lunes, 5 de diciembre de 2016

LA FELICIDAD Y LOS BIENES MATERIALES

La felicidad y los bienes materiales
¿Demasiado de todo?


Fuente: Acción familia 



Desde que el mundo es mundo, la especie humana ha debido luchar por su supervivencia. La necesidad es la condición normal del ser humano, y tratar de satisfacerla, uno de los instintos más fuertemente enraizados. Pero, hoy, algo extraordinario se ha producido en el mundo desarrollado. Por primera vez en la Historia, las sociedades como un todo están confrontadas a problemas no más de penuria, sino de sobreabundancia.
Vivimos, hasta ahora –no sabemos qué modificaciones podrá traer la crisis financiera actual– en una economía de excedentes donde casi todos los sectores de actividad, antiguos y nuevos, sufren de una sobrecapacidad. Hay tantos automóviles en circulación que casi ya no hay espacio para conducirlos. Tenemos tanto para comer que sufrimos de una epidemia de obesidad. Hay tantas cosas para comprar, para ver y para hacer, que no encontramos tiempo para disfrutarlas. Nos entusiasmamos por un momento con el nuevo celular, ipod o ipad, para dejarlo de lado y correr a adquirir el más reciente “avance” tecnológico.
¿Demasiado de todo? Esa era la utopía que nuestros antepasados perseguían, sin gran esperanza de conseguirlo. ¿Entonces, por qué no somos netamente más felices?
De hecho, las “encuestas sobre la felicidad” realizadas hace algún tiempo en Estados Unidos, Gran Bretaña y en Europa continental muestran que el nivel de felicidad frecuentemente ha disminuido en el curso los 30 últimos años.
El verdadero y permanente problema del hombre es pensar que encontrará su felicidad en los bienes materiales.


“Ad majora natus sumus”. Hemos nacido para cosas mayores.
San Agustín, en sus célebres Confesiones, dice dirigiéndose a Dios: “Nos criasteis para Vos, y está inquieto nuestro corazón hasta que descanse en Vos”.

domingo, 4 de diciembre de 2016

CARTA AL NIÑO JESÚS EN ADVIENTO



Carta al Niño Jesús


Querido Niño Dios:

¿Cómo están por allá arriba en el cielo?  Por aquí, tú sabes cómo estamos.  Creo que no hace falta contarte los desastres, las injusticias, la violencia y todas las tragedias que dejan su huella en este mundo que es tu mundo.

Además, Navidad no es ocasión de hacer lista de desgracias sino lista de ilusiones.

Por eso te escribo esta carta.  Como las que escribía la niña y como las que escriben los niños cuando no se ha ensombrecido su mirada.

Ya no pido juguetes.  Pero no creas que he dejado de ser pedigüeña.  Quiero pedirte muchas, muchísimas cosas.

Quiero pedirte una tregua a la violencia que desangra a nuestra patria y al mundo: tú puedes cambiar los corazones de los violentos para que no empuñen las armas de la muerte.

Y una tregua a la injusticia que nos está destruyendo: tú puedes cambiar los corazones de los hombres y las mujeres para que sientan como propias las necesidades de los hermanos.

También sería buenísima una tregua a la irresponsabilidad y a la inconciencia: tú puedes cambiar los corazones de los irresponsables para que caigan en cuenta de los disparates que cometen, del daño que se hacen ellos y le hacen a otros.

Otra cosa que quiero pedirte es una tregua a las caras largas: tú puedes cambiar los corazones de jóvenes y viejos para que puedan sonreír.

Por favor, tráenos en esta Navidad una tregua a la agresividad que hace insoportables las calles: tú puedes cambiar los corazones de los agresivos para que se acerquen unos a otros sin miedo, para que se respeten, para que se ayuden.

También nos está haciendo falta una tregua al silencio y las palabras duras en los hogares: tú puedes cambiar los corazones de los esposos, de los padres y de los hijos, para que descubran, los unos, lo que los otros quieren decir con su silencio, para que las palabras expresen el amor y la necesidad de amor.

No se te olvide una tregua a la intolerancia: tú puedes cambiar los corazones de los intolerantes para que sean capaces de comprender y perdonar y olvidar.

Y una tregua al egoísmo: tú puedes cambiar los corazones de los egoístas para que sean capaces de amar y de acercarse a la necesidad del amigo, del vecino, del familiar, del desconocido e incluso del que les cae mal.

No sobraría una tregua a la desesperanza y al escepticismo que nos están carcomiendo: tú puedes cambiar los corazones de los aplanchados y los pesimistas para que miren la vida con optimismo.

También te pido que pongas a los pies de las camas de los niños y en el árbol de Navidad de todos: sueños y esperanzas que podamos realizar; fe en nosotros mismos y en los que nos rodean; fe en la vida y, sobre todo, fe en ti; amor que construya la armonía en los hogares y la paz en nuestra patria; tu amor para poder amar.

Ese es, tal vez, el verdadero regalo de Navidad, el que nos hace seguir siendo niños a pesar de todos.

Con una caricia para tu alma.

Autor: Graciela Baquerizo

VIVIR EL ADVIENTO


Vivir el Adviento
El auténtico Adviento procede del interior del corazón creyente del hombre y, sobre todo, de la hondura del amor de Dios
 Autor: Felipe Borau | Fuente: www.mercaba.org




Vivir el Adviento no es tan fácil. Para muchos apenas adquiere relevancia, ni la palabra en sí y mucho menos su contenido.

Apenas una suma pequeña de domingos que nos conduce a la Navidad.


Es necesario reivindicar el sentido pleno del Adviento como actitud cristiana fundamental: esperar a Dios y esperarlo en Jesús; creer en su venida progresiva, misteriosa pero real, a nosotros, al mundo. El Adviento es ese tiempo concreto que rompe nuestra inconcreción y nuestra monotonìa para ponernos en camino de conversión, para centrar nuestra vida no en una irrealidad, sino en la realidad maravillosa de Jesús que se acerca a la vida de los hombres como nuestro Salvador.

Cada día esperábamos, a veces hasta acomodados en un sueño profundo; oíamos voces, ecos; alguien que viene, que vendrá...

También nos habíamos cansado de esperar... casi siempre todos los días eran lo mismo, subía el egoísmo de los hombres y el panorama era un puro desierto de soledad. Cada día era una continua espera desde los solitarios valores de los hombres. Parecía que el cielo estaba más lejos de nosotros. Nuestra espera se había convertido en una actitud inútil. Aunque las fiestas de la Iglesia recuerdan algo pasado, son también presente, realización viva, pues lo que ha ocurrido una vez en la historia, debe volver a ocurrir una y otra vez en la vida de los creyentes. Cada uno de nosotros debe vivir la expectación, la llegada del Señor desde su propia realización y su propia lucha para obtener con ello la Salvación. ¿Qué es eso de esperar a Alguien que viene de otra parte? ¿Qué hay más importante que encontrar en mi vida al Amigo? Un amigo es algo grande y precioso. Pero, ¿me lo puedo hacer yo mismo? Ciertamente, no. Puedo estar vigilante y receptivo, para notar cuando se me acerca una persona que puede ser importante para mí; pero tiene que venir. Venir, desde ese ámbito, inabarcable con la vista, que es la vida humana. En cualquier ocasión nos encontramos, entramos en conversación, y entonces se desarrolla esa cosa fecunda y hermosa que se llama amistad... Alguien que viene a nosotros desde la amplitud de los cielos, desde la inmensidad... hemos extendido las manos, hemos abierto las puertas... Alguien ha penetrado profundamente en nuestra vida.

Nuestra salvación descansa en una venida. Aquel que viene, no lo han podido inventar ni producir los hombres mismos; ha venido a ellos desde el misterio de la libertad de Dios. ¡Cuántas veces lo han intentado! En todos los pueblos y en todas las épocas surgen las figuras de salvadores y redentores que apenas pueden modificar la realidad humana. Por haber nacido del mundo, no pudieron llevar el mundo a la libertad; y por estar hechos de la materia de su tiempo desaparecieron.

El auténtico Redentor, Aquél a quien esperamos, ha procedido de la libertad de Dios: ha surgido en una pequeña nación, en una época que nadie podría demostrar que era la apropiada y en figura ante la cual nos invade el asombro: ¿por qué precisamente ésta? La decisión de la fe consiste en buena medida en prescindir de qué es lo correcto y apropiado, y recibir al que proviene de la libertad de Dios: "Bendito el que viene en el nombre del Señor".

Este es el comienzo de la Buena Nueva, de la Buena Noticia.

Estamos ya en el camino de la esperanza.

Esto nos dice el Adviento. Todos los años nos exhorta a considerar el prodigio de esta Venida. Pero nos recuerda también que su sentido sólo puede adquirir su plenitud si el Redentor no viene sólo para la humanidad en su conjunto, sino para cada uno de nosotros en particular: en sus alegrías y miserias, en sus convicciones, perplejidades y tentaciones, en todo lo que constituye su ser y su vida. Descubrir desde lo hondo de nuestras conciencias que Cristo es mi Redentor y viene a mi vida, es ponerse en el camino de Adviento. El auténtico Adviento procede del interior. Del interior del corazón creyente del hombre y, sobre todo, de la hondura del amor de Dios. Debemos preparar el camino a su Amor y descubrir formas nuevas que nos pongan en disposición de recibir "al Salvador de Dios". De nuevo volver

VIVE EL ADVIENTO CON JESÚS


Vive el Adviento con Jesús


Se acaba el año… Esta es una de las frases que escuchamos constantemente a lo largo de estos días. Y nos toca correr al ritmo que lo hace mucha gente en la calle. Diciembre es un mes de fiestas. El día 8, les rendimos honor a la Inmaculada Concepción. El día 25, celebramos el nacimiento del Niño Jesús, y el día 31, le damos un adiós definitivo a este año y celebramos por el que ha de venir. Pero este tiempo es un momento oportuno para reflexionar sobre lo que hemos hecho y lo que no, sobre el sentido de nuestro ser y quehacer. Puede ser oportuno hacerlo desde lo que empezamos a celebrar este domingo 2 de diciembre, cuando iniciamos el Adviento…

Llegó el tiempo de la espera y la esperanza. El tiempo de preparar caminos… ¿En qué consiste esa esperanza, que unos años nos encuentra felices, y otros con ánimo bajo? ¿De qué está hecha esa confianza en que Dios sigue viniendo? ¿Cómo se enciende esa luz que rompe tinieblas, noches, sombras y que ilumina los rincones más oscuros? Y es tan humano el esperar y ponerse en camino, el desear y luchar por algo, el creer cuando todo parece invitar al descreimiento… ¿Qué ingredientes tiene esa esperanza poderosa que provoca escalofríos a los infames y hace sonreír a los heridos?

Esperamos porque sabemos de quién nos hemos fiado. Porque preparamos los caminos para una venida que ya comenzó hace mucho. Porque en la vida es fundamental mantener una memoria agradecida por todo lo recibido. Aprender de una historia muchas veces trenzada en golpe y dicha... En los momentos de dicha recordamos que todo es don. Y en las noches oscuras, en los momentos en que parece que algo falta, en las épocas de dolor o sufrimiento, recordamos las bendiciones que en otros momentos han llenado nuestras vidas de pasión. Y la entrega de un Dios cuya salvación ya comenzó de manera inexorable. La sorpresa del Dios del pesebre y la historia de una salvación extraña. Recordamos con gratitud, y nos vivimos como partes de una historia.

Esperamos porque sabemos lo que puede llegar. A veces lo intuimos. Otras lo soñamos. En ocasiones sencillamente queremos que las cosas sean diferentes. Imaginamos futuros mejores, para nosotros, pero sobre todo para aquellos cuyos presentes son sombríos; hasta ahí, nada distinto de los "buenos deseos" con los que se reciben estas fechas en las teles y los mercados, en las promociones navideñas y las declaraciones institucionales. Pero entonces se enciende una luz en nuestra entraña, se escucha una voz que, muy hondo, muy dentro, muy suave, susurra: "¿Por qué no? Y el deseo se convierte en urgencia, en anhelo, y quema y aquieta a un tiempo. El deseo es también llamada, y algo me dice: "lucha por lo que deseas", y eso es Adviento…

Adviento, Navidad, fin de año. Seguirá siendo un momento oportuno para reflexionar si de verdad hemos vivido todo profundamente y si ello nos ha llevado a Dios. Porque todo en la vida, vivido hondamente, nos puede llevar a Dios.

Padre José Domingo Cuesta S.J.

RADIOGRAFÍA DEL CATEQUISTA

Radiografía del catequista.
La catequesis, como inicio de la evangelización debe basarse sobre todo en el SER, porque es a nivel del SER, a nivel de la persona del catequista, donde se realiza la primera y más importante comunicación del mensaje Salvador.


Fuente: Tiempos de Fe, año 1, No. 5, 



Radiografía del catequista.
Los agentes de pastoral, comprometidos de tiempo atrás, en las tareas de la evangelización ya lo sabe: no es la cantidad de trabajo lo que hace crecer a una comunidad, sino la calidad. Una comunidad eclesial vigorosa, no se organiza, se engendra. Se engendra con carismas y de todos, el más fecundo es el de la santidad. 
He preguntado a muchas catequistas que les preocupa más en el desarrollo de su trabajo evangelizador. A otros los he visto hacer.
A muchos lo que más les interesa es la preparación doctrinal y metodológica, para quedar y hacerlo bien.
Puede ser una respuesta legítima. Es más, hay que juzgarla como muy positiva en cuando puede ser la expresión de una toma de conciencia de la necesidad de una sólida preparación doctrinal y pedagógica, para desarrollar sin improvisación y con eficiencia las tareas de la catequesis.


De hecho, la preparación de los catequistas en los dos secretos mencionados es frecuentemente débil e  insuficiente, y aún en eso le dejan toda la tarea al Espíritu  Santo, olvidando que para eso los llamo.
Pero esta respuesta inmediata de muchos catequistas, no ha captado lo fundamental, no han dado en el blanco, porque se han centrado en el HACER,  olvidando el SER. Hacen catequesis, no son apóstoles.
La catequesis, como inicio de la evangelización debe basarse sobre todo en el SER, porque es a nivel del SER, a nivel de la persona del catequista, donde se realiza la primera y más importante comunicación del mensaje Salvador.
Es a nivel del SER, donde el catequista debe centrar su mayor preocupación y atención.
La formación integral de los catequistas  comprende varias dimensiones. La más profunda e importante hacer referencia al SER del catequista, a su dimensión humana y cristiana, para madurar y crecer ante todo como personas, como creyente y como apóstol, de modo que su acción brote, en verdad, del testimonio de su vida. Son palabras del Directorio General para la Catequesis.
Todos los que trabajan en la pastoral y por supuesto los catequistas, están expuestos a una grave tentación: la de pensar que la acción apostólica les permite de alguna manera proponer o descuidar la realización de un camino personal de fe. No están exentos. ¡Todo lo contrario! Y el que no lo crea, mire a la gente que lo rodea. ¿Cuáles son los frutos de su activismo? A la proyección hacia lo extraño, el P. Maciel le llama, justamente, la herejía de la acción. El apostolado y la catequesis, pueden convertirse en una escapatoria o evasión para no prestar atención a cuanto está sucediendo dentro de nosotros mismos, a la fragilidad de los propios principios y a las contradicciones entre fe y vida. 
La Iglesia evangeliza sobre todo por lo que ella es. Lo mismo se debe decir de todo catequista. No es, en primer lugar, lo que caracteriza a los catequistas, es más bien que lo son en profundidad, en la intimidad de su ser. No es cuestión de oficio, es cuestión de vida.
Su debilidad más preocupante no es a nivel técnico o doctrinal, su debilidad mayor es Espiritual: la debilidad y la incoherencia de su vida cristiana.
Por eso, la preparación espiritual del catequista, la plena maduración de su personalidad cristiana precede y está por encima de cualquier otro proyecto. La preparación teológica y metodológica, son importantes, pero vendrán después.
El catequista, en su preparación, debe tender hacia aquella madurez y que se mide, como dice San Pablo, con la estatura espiritual de Jesucristo.
El primer problema: el catequista.
La persona del catequista es la primera y más importante comunicación evangelizadora, por la dimensión experiencial que caracteriza tal comunicación. 
El primer Heraldo cristiano es precisamente el catequista con su vida cristiana; y el primer factor metodológico es un su propia persona, porque el mensaje propuesto palabras y acciones se verá reforzado por el mensaje propuesto con la vida.  
También desde el punto de vista de contenidos y pedagógico el primer problema de la catequesis es el catequista mismo. 
El catequista es ante todo un cristiano, por lo tanto su ser ha sido plasmado por el Espíritu Santo, y su vida interior es una vida espiritual, una espiritualidad. 
Ahora bien ¿el catequista es un cristiano especial, que debe tener una espiritualidad propia y específica?
Desempeñar un misterio que por su origen es siempre un don del Espíritu a la Iglesia, comporta, más que en cualquier otro bautizado, la exigencia de una fuerte espiritualidad; con sólidas virtudes morales, nobles actitudes interiores, indispensable para hacer creíble su obra. Me pregunto si existe una espiritualidad específica del catequista. Y si existe, ¿qué cosa la caracteriza?
Para responder a la pregunta, primero hay que aclarar lo que es una espiritualidad. 
Ser cristiano significa elegir a Jesucristo y seguir los pasos de su vida. En esto, como es obvio, somos todos iguales y nuestro proyecto de vida es el mismo para todos. 
Pero la propuesta de Jesús es tan rica que ninguna persona y ningún grupo pueden pensar en realizarlas plenamente. Es posible sólo una realización parcial, que acentúa uno u otro aspecto, dando así un matiz particular dentro de la fidelidad a la propuesta de Cristo en su conjunto.
Estos acentos  están ligados al temperamento propio, a la respuesta personal a la gracia, a la educación recibida, a la pertenencia a determinado grupo, etc. 
Estos acentos vividos con humildad y espíritu de servicio hacen más bello rostro de la iglesia y expresan  mejor la riqueza, la profundidad y la amplitud de la experiencia cristiana.
Por eso las diversas espiritualidades  son un grupo de donde Dios a la comunidad eclesial y a la misma humanidad. De cuanto se ha dicho se deduce fácilmente que debe haber una espiritualidad propia del catequista, teniendo en cuenta el puesto específico que ocupa la iglesia y el particular ministerio que en ella  desempeña.
Como catequista vive de este modo propio la experiencia cristiana. 
Para concluir entendemos por espiritualidad del catequista, aquella "dimensión permanente, que de modo orgánico, unitario y coherente caracteriza y anima todos los aspectos de su comportamiento, de sus elecciones metodológicas; promoviendo  una síntesis coherente entre su vida y su fe, entre su ser y su obra; de tal forma que haga más transparente y creíble su propia experiencia cristiana en la comunidad".

DECIMOS MUCHO AMÉN, SABES QUÉ SIGNIFICA?

Decimos mucho ¡Amén! pero… ¿ Sabes qué significa?
Debemos estar conscientes de lo que estamos diciendo cuando la repetimos tanto


Por: Andrés Loya | Fuente: Catoliscopio; parroquiaicm.wordpress.com 



La palabra “Amén” la encontramos por primera vez en el primer libro de las Crónicas:
Alaben al Señor porque es bueno. Porque es eterna su misericordia. Digan: Sálvanos, Señor, Dios nuestro, y júntanos de entre las naciones, a fin de celebrar tu nombre santo y tener nuestra gloria en alabarte. Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde siempre hasta siempre: Que todo el pueblo diga: Amén. Aleluya. Todo el pueblo contestó «Amén» y alabó a Yavé. (1Cron 16, 34-36)
Me entró la curiosidad hace poco de contar las veces que usamos la palabra “Amén” ya sea en nuestro lenguaje con Dios o en nuestras oraciones que acaban siempre con esa antigua palabra. Me di cuenta que son muchas las veces que la utilizamos, pero ¿Qué significa?, ¿De dónde proviene?, ¿Cuándo decirla?…
Amén es una palabra aramea, de la lengua que hablaba Jesús, y significa la  fuerza, la firmeza, la solidez, la estabilidad, la duración, la credibilidad, la fidelidad, la seguridad total… Y suele traducirse como “ASÍ SEA”.

En los tiempos bíblicos cuando se hablaba en arameo si una persona decía “Amén” quería decir que hablaba con seriedad. Era casi un juramento.
Desde niños se nos ha enseñado que cuando terminemos una oración digamos Amén, al hacerlo le estamos pidiendo a Dios que lo que dice e implica esa oración se haga realidad en cada aspecto de nuestra vida.


Pero no es tan simple, debemos estar conscientes de lo que estamos diciendo cuando la repetimos tanto.  Decir Amén implica un gran compromiso, es hacer una profesión de fe, es decirle a Dios que sí, que estamos de acuerdo con todo lo que Él nos dice, es repetirle una y otra vez que le vamos a ser fieles, es asegurar nuestra esperanza.
Es triste que al momento de orar es como si estuviéramos conversando con alguien y al terminar ya no es necesario seguir con esa conversación, porque ya dijimos amén.

Recuerda que no es necesario estar en la iglesia de rodillas para conversar con el Señor, podemos hacerlo durante el día en nuestras tareas diarias. El Amén es solamente el “así sea” y no el despedir o dejar de hacer lo que estaba haciendo, sobre todo cuando oramos.
“En efecto, todas las promesas de Dios encuentran su «sí» en Jesús, de manera que por él decimos «Amén» a Dios, para gloria suya.” (2Cor 1,20)
– A ti que lees ésta pequeña reflexión: “Dios te bendiga”... creo que responderás con “Amén”

Nota del editor: Debo agregar que el uso del “Amén” debe ser exclusivo para los momentos de oración, el uso y abuso que se da a ella en las redes sociales, tan sólo para indicar que estamos de acuerdo con o nos gusta algo, es mal usarla, haciéndolo así no damos la Gloria a Dios a la que se refiere San Pablo, al contrario estamos desvalorizando aquella fe que decimos profesar.

MEDITACIÓN DEL PAPA FRANCISCO DE HOY II DOMINGO DE AVIENTO 2016


Papa Francisco: Para encontrarse con Dios hay que liberarse del egoísmo
Por Álvaro de Juana
Foto: Daniel Ibañez / ACI Prensa


VATICANO, 04 Dic. 16 / 06:27 am (ACI).- Como cada domingo, el Papa Francisco presidió el rezo del Ángelus y comentó las lecturas de la liturgia del día. En esta ocasión, reveló lo que hay que hacer para alcanzar el reino de los cielos y encontrarse con Dios.

El Papa recordó que se celebra el segundo domingo de Adviento y explicó que “se trata de un anuncio gozoso: viene el reino de Dios, es más, está cerca, está en medio de nosotros”. “Este es el mensaje central de toda misión cristiana”, añadió.

Francisco se preguntó: “¿qué es esto del reino de los cielos?”. “Pensamos rápidamente en algo que respecta al más allá: la vida eterna. Cierto, el reino de Dios se extenderá sin fin más allá de la vida terrena, pero la hermosa noticia que Jesús nos lleva es que el reino de Dios no debemos esperarlo en el futuro: se ha acercado, de alguna manera está presente y podemos experimentar hasta ahora la potencia espiritual”.


“Dios viene a establecer su señoría en nuestra historia, en nuestra vida de cada día; y allá donde ella viene acogida con fe y humildad germinan el amor, la alegría y la paz”.

El Papa explicó también la condición necesaria para formar parte de este reino: “cambiar en la vida, es decir, convertirse”. “Se trata de dejar los caminos, cómodos pero astutos, de los ídolos de este mundo: el éxito cueste lo que cueste, el poder a cambio de los más débiles, la sed de riquezas, el placer a cualquier precio” y “de abrir el camino al Señor que viene: Él no quita nuestra libertad, si no que nos dona la verdadera felicidad”.

“Con el nacimiento de Jesús en Belén es Dios mismo que toma morada en medio de nosotros para liberarnos del egoísmo, del pecado y de la corrupción”.

Francisco manifestó que la Navidad “es un día de gran alegría también exterior, pero es sobre todo un advenimiento religioso por lo que es necesaria una preparación espiritual”. Por ello invitó a confesar “nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia” puesto que “en este sacramento experimentamos en nuestro corazón la cercanía del reino de Dios y su salvación”.

“La salvación de Dios es obra de un amor más grande que nuestro pecado. Solo el amor puede borrar el pecado y liberar del mal y solo el amor de Dios puede orientarnos hacia la vía del bien”. 
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