domingo, 13 de julio de 2014

DÉJAME VER TU GRANDEZA, SEÑOR...


Déjame ver tu grandeza, Señor.


Señor:
Me acaricias con la brisa,
me besas con la luz del sol,
me meces en las olas de Tus playas,
me mimas con las gotas de la lluvia,
me consuelas con Tu Palabra,
me perdonas en el Sacramento de la Reconciliació n
y me das Vida con la Eucaristía.

¡Si supiéramos la grandeza del Sagrario!
Te das por amor en la Eucaristía,
Te inmolas constantemente por mí.
Aumenta mi amor por Tí
y déjame ver Tu Grandeza
y sentir Tu Amor.
¡Amén!

DIOS SABE SOBRE SUS PROYECTOS Y NO SE EQUIVOCA

Autor: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net
Dios sabe sobre sus proyectos y no se equivoca
Quizá tú no veas cuál es el propósito de Dios para tu vida, pero puedes confiar que te está preparando para alcanzarlo.
 
Dios sabe sobre sus proyectos y no se equivoca
Dios siempre saca de un mal un bien, solo basta tener el corazón abierto, cultivar la fe y la esperanza; Dios sabe perfectamente lo que quiere con cada uno de nosotros, a nosotros nos toca confiar, esperar, tener paciencia, con la certeza que en algún momento ese enigma tan grande por el que pasamos se va a aclarar. No te desanimes, no pierdas la confianza en tu Padre Dios, tú confía y prepárate para la gran aventura de tu vida, mientras mejor estés preparado con las virtudes humanas y teologales, en esa medida, atravesarás el gran océano de tu vida.

Intentar algo nuevo quizá sea aterrador y hasta peligroso, por eso es mucho más inteligente aceptar un riesgo calculado, que un paso imprudente.

Charles Lindbergh se metió en un riesgo calculado cuando decidió cruzar el Atlántico solo con un monoplano de un solo motos. ¿Tenía Lindbergh temor? Sin duda podía haberlo tenido si no hubiera volado antes, o si hubiera ignorado todo sobre aviones.

Si no hubiera confiado en el constructor de su avión, ni en sus mecánicos, también habría tenido una buena razón para estar preocupado. Y si hubiera decidido hacer el viaje por capricho, sin planificación anticipada, sin duda alguna los demás habrían pensado que era imprudente.

No obstante, ninguno de estos factores se dieron en el caso de Lindbergh. Era un piloto y mecánico experimentado que dedicó meses a supervisar en persona la construcción de su avión; participó en la planificación de cada detalle de este vuelo histórico. El resultado final fue un vuelo seguro que terminó antes de lo previsto y con gasolina en el depósito.

En gran medida, el afortunado Lindbergh formó su propia suerte.

Asimismo, los grandes momentos espirituales se basan casi siempre en la preparación anticipada. Moisés creció en la corte del faraón, desconociendo que lo preparaban para el día en que le pediría al faraón que dejara salir a su pueblo de Egipto.

Daniel era un hombre de oración muchos años antes de que el rey firmara el decreto prohibiendo la oración. La violación de la ley llevó a Daniel al foso de los leones, donde se respondieron sus oraciones pidiendo protección.

David pertenecía a la corte del rey Saúl y se casó con su hija; esto fue parte de su preparación para sentarse un día en el trono. Los años que pasó en el desierto lo prepararon en lo espiritual para confiar en Dios, y solo en Dios, de modo que le preservara, protegiera y ayudara a gobernar un imperio. La misma Ester se preparó durante un año antes de ganar el "concurso" de reina.

José el soñador, después de haber sido vendido por sus hermanos, de haber sufrido la traición, el abandono, se convirtió en el ministro del faraón, recibió a sus hermanos en momentos en que Canaán pasaba carestía, y los terminó perdonando y con la siguiente reflexión que solo un hombre lleno del Espíritu de Dios, puede concluir:

Soy yo su hermano José, a quien ustedes vendieron a los egipcios. Pero no se asusten ni se aflijan por haberme vendido, pues Dios me mandó a Egipto antes que a ustedes para salvarles la vida, un hombre de corazón grande que supo entender los designios de Dios 

Quizá tú no veas con claridad cuál es el propósito de Dios para tu vida, pero puedes confiar en que te está preparando para alcanzarlo. Él no desaprovecha ningún momento de tu vida, sabe sacar del mal muchos bienes, así que haz que cada relación y experiencia cuenten hoy, ¡a sabiendas de que el Señor te está preparando para un futuro mejor! ¿Lo crees?


  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Dennis Doren LC 

    ¿QUÉ TIPO DE TIERRA ERES TÚ?

    Autor: P. Sergio A. Cordova LC | Fuente: Catholic.net
    ¿Qué tipo de tierra eres tú?
    Mateo 13, 1-23. Tiempo Ordinario. Se nos reconocerá por las obras. No dejes de responder a esta pregunta que te dirige Cristo hoy.
     
    ¿Qué tipo de tierra eres tú?
    Del santo Evangelio según san Mateo 13, 1-23

    "Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Acudió tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó, y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento: otros, sesenta: otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga. Se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: -¿Por qué les hablas en parábolas? Él les contestó: -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron". Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

    Oración Introductoria 

    Señor Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andamos extraviados para que podamos volver al buen camino, concédeme que esta oración me ayude a rechazar lo que impide que la semilla de mi fe crezca y fructifique en obras buenas.

    Petición 

    Jesús, aumenta mi fe, para que pueda ver todo como venido de tu mano.

    Meditación del Papa Francisco

    Queridos hermanos y hermanas, vivir este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros.
    Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas. Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. "Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales" (S.S. Francisco, 16 de enero de 2014, Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones). 

    Reflexión

    Salió el sembrador a sembrar...

    Se cuenta que un cierto día un hombre recién convertido a la fe católica iba caminando a toda prisa, mirando por todas partes, como buscando algo. Se acercó a un anciano que estaba sentado al borde del camino y le preguntó: – "Por favor, señor, ¿ha visto pasar por aquí a algún cristiano?" El anciano, encogiéndose de hombros, le contestó: – "Depende del tipo de cristiano que ande buscando". –"Perdone –dijo contrariado el hombre–, pero yo soy nuevo en esto y no conozco los tipos de cristianos que hay. Sólo conozco a Jesús". Y el anciano añadió: –"Pues sí amigo; hay de muchos tipos y los hay para todos los gustos: hay cristianos por tradición, cristianos por cumplimiento y cristianos por costumbre; cristianos por superstición, por rutina, por obligación, por conveniencia; y también hay cristianos auténticos..."

    –"¡Los auténticos! ¡Esos son los que yo busco! ¡Los de verdad!"-exclamó el hombre emocionado.

    – "¡Vaya!" –dijo el anciano con voz grave–. "Esos son los más difíciles de ver. Hace ya mucho tiempo que pasó uno de esos por aquí, y precisamente me preguntó lo mismo que usted".

    –"¿Cómo podré reconocerle?" –le preguntó.
    Y el anciano contestó tranquilamente: –"No se preocupe amigo. No tendrá dificultad en reconocerle. Un cristiano de verdad no pasa desapercibido en este mundo de sabios y engreídos. Lo reconocerá por sus obras. Allí donde van, siempre dejan una huella".

    Tal vez esta sencilla historia nos puede ayudar a comprender lo que nos dice hoy nuestro Señor en el Evangelio del día de hoy. Jesús comienza el discurso de las parábolas con la del sembrador: "Salió el sembrador a sembrar..."–nos cuenta– y al sembrar parte de la semilla cayó junto al camino; otra parte cayó en terreno pedregoso; otra cayó entre espinas; y el resto cayó en tierra buena...". Y nos narra qué sucedió con cada tipo de semilla: una no fructificó porque se la comieron los pájaros; otra se secó; a otra la ahogaron las espinas; y la sembrada en tierra buena dio una cosecha abundante.

    Hasta aquí la parábola. La hemos escuchado tantas veces que tal vez ya no nos impresiona. Sabemos también cuál es su significado porque el mismo Cristo nos la explica enseguida, a petición de sus apóstoles: Cristo es el sembrador, la semilla es la Palabra de Dios, y el terreno somos cada uno de nosotros. Y aquí viene lo más importante de todo: Si el Sembrador sembró la semilla a voleo, con gran generosidad en todas direcciones, ¿por qué sólo una cuarta parte produjo buena cosecha y el resto se echó a perder? ¿por qué no frutificaron todas las semillas, si eran de óptima calidad?

    Es en este momento cuando tenemos que aplicarnos el "cuentito"; aquí –como solemos decir–" tiene que caernos el veinte" a cada uno en particular. Cristo no nos está contando una historia simpática de la vida agrícola de Palestina por afán cultural o para divertirnos. Con esta imagen quiere interpelar a cada una de nuestras conciencias: La semilla da frutos sólo si cae en tierra buena. Y el fruto será tanto más abundante cuanto mejor sea el terreno en donde caiga. La semilla de la Palabra de Dios sólo es fecunda allí donde encuentra un alma bien dispuesta y unas condiciones espirituales adecuadas. Dios siembra todos los días a manos llenas en tu alma su gracia divina. ¿Cuántos frutos está dando esta semilla en tu vida?

    Pero aún hay más. Esa semilla no sólo representa la Palabra de Dios, sino todos los dones que Dios nuestro Señor te regala a diario, con tanta abundancia y generosidad: el don de la vida, la familia –unos padres, unos hijos, unos hermanos y familiares tan extraordinarios–, el vestido, el alimento, la educación, las vacaciones que ahora estás disfrutando... Esa semilla son también todos los regalos espirituales que Él te concede gratuitamente: el don infinito de la fe, los sacramentos, la redención, la Eucaristía, la Iglesia. Y si Dios está sembrando tanto en ti, ¿cuánto le correspondes tú? ¿cuántos frutos estás produciendo: al ciento por ciento? Dicho de otra manera: ¿Qué tipo de tierra eres tú? ¿Qué clase de cristiano eres: cristiano por conveniencia, por tradición, superficial, de nombre nada más? ¿o cristiano de verdad, convencido, demostrado con tus obras y comportamientos? Si no te preocupas de ir a tu Misa dominical o casi nunca haces oración, o si no te interesa recibir los sacramentos y formarte en la fe católica, es que eres un cristiano rutinario, "del montón", y eres de los que reciben la semilla junto al camino. No penetra en tu alma porque la tierra está endurecida por la indiferencia. Si eres una persona que sí se preocupa por formarse en su fe y se interesa por las cosas de Dios y de la religión; si quieres un colegio católico para tus hijos y de vez en cuando vas a reuniones de espiritualidad o a asistes a algunos retiros, pero eres inconstante; y si desistes de tus propósitos iniciales apenas te surge un plan más “divertido” o menos exigente, es que eres el terreno pedregoso. La Palabra de Dios brota en tu corazón, pero no echa raíces, y cuando sale el sol –una dificultad cualquiera–, tu semilla se seca.

    O tal vez seas una persona de buena voluntad, –como solemos decir– un "buen cristiano" (y solemos llamar "buen" cristiano a aquel que "cumple" con los requisitos elementales de su fe, que no mata ni roba, que es "buena gente", pero se abstiene de hacer el bien a los demás). Su fe es acomodaticia y poco exigente; y, además –nos dice Cristo– se deja arrastrar por los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan en él la Palabra de Dios. En el fondo, aunque es un "buenazo", es todavía muy materialista y está demasiado absorbido por las vanidades, los lujos, las comodidades, las cosas superfluas, y así Dios no entra hasta el fondo del alma. Éste es el tercer tipo de tierra: el espinoso.

    O, finalmente, podemos ser una tierra buena. O sea, cristianos convencidos, de los que tratan de vivir con coherencia su fe, que se esfuerzan de verdad por dar testimonio público de su ser cristiano –aunque también tienen debilidades y defectos, pues nadie es perfecto en esta tierra–; que buscan ayudar a los demás y ser apóstoles en su medio ambiente; que oran, que procuran vivir cada día más cerca a Dios a través de la gracia santificante y los sacramentos; que se esfuerzan por crecer en su fe y aman de veras a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa, a la Santísima Virgen, y luchan para que otros también lo sean. Ése es un cristiano auténtico, que produce una buena cosecha: frutos al ciento por ciento, al sesenta o treinta por ciento. Si somos de éstos, no será difícil que nos reconozcan, porque un cristiano de verdad no pasa desapercibido en este mundo. Allí donde van, siempre dejan una huella. "Por sus frutos los conoceréis" – nos dijo Cristo–. Se nos reconocerá por las obras. No dejes de responder a esta pregunta que te dirige Cristo hoy: ¿Qué tipo de tierra eres tú? ¡Ojalá que de esta última!


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  • P. Sergio Cordova LC 

    TE QUIERO


    Te quiero


    Transcurrían los años inmediatamente posteriores a la Revolución Francesa. Un general monárquico, Alejandro Beauharnais, y su mujer hallábanse en los trámites de separación, cuando fueron prisioneros por los revolucionarios. Alejandro declaraba con asiduidad a su esposa que la quería, y trataba de complacerla en todo. Pero ella lo tuvo como algo no sentido y como un ardid o estratagema para evitar la ruptura definitiva de su matrimonio.

    Cierto día los presos fueron reunidos en el patio. Un oficial se dirigió a ellos leyendo una lista en la que constaban los nombres de aquéllos que habrían de ser conducidos a la guillotina. En voz alta y autoritaria iba dando nombres, y en un cierto momento pronuncia el de la pareja:

    - ¡Beauharnais!

    Ambos, marido y mujer, dieron un paso al frente, separándose del grupo. El oficial les miró con sorpresa y dijo:

    - ¡Dos! ¿Cómo dos? En la lista sólo consta uno.

    Entonces, Alejandro se gira levemente hacia la todavía su esposa, y mirándola a los ojos le dice:

    - Permíteme que, por primera vez, en esta ocasión sea yo quien pase delante.

    Ella, muda, absorta, se conmovió de arriba abajo.

    Él, avanzando con paso firme, se subió a la carreta de los condenados a muerte.

    Ellas, más tarde, sería puesta en libertad.

    Fue su última forma de decirle «te quiero».
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