jueves, 24 de julio de 2014

MENTALIDAD TRIUNFADORA


Mentalidad triunfadora
Autor: Carlos Cuauhtémoc Sánchez


Las personas somos lo que creemos ser y nuestras “etiquetas” se forman con el recuerdo de nuestras “últimas experiencias”.

Cuando el conductor de un automóvil sufre un accidente grave, su primera reacción es no volver a conducir. Quien se cae de la bicicleta no querrá volver a pedalear. Si persiste en la deserción, quedará marcado para siempre.

Todos los “no puedo” tienen el mismo origen: un fracaso no superado, una caída tras la que no se realizó otro intento, un error que se fijó como la “última experiencia”.

Nuestras expectativas en deporte, estudios, oratoria y hasta en relaciones humanas o amorosas, están determinadas por nuestras “últimas experiencias”.

Toda información nueva, al penetrar en la mente, tiende a sustituir la información antigua relacionada con el mismo tema. El que sufrió un revés, no quiere intentarlo de nuevo. El que tuvo éxito está dispuesto a volver a tenerlo.

La clave para ser hábil en una disciplina no es practicarla cuando sale bien, sino volver a intentarlo cuando sale mal.

Hay un dicho deportivo que versa: “Si no duele, no hace bien”. Sólo pueden ganar competencias importantes los atletas, estudiantes, profesionistas, empresarios y jefes de familia que lo entienden. En la pugna, todos los contendientes comienzan a sufrir al alcanzar el borde de la fatiga. Es una frontera clara en la que muchos abandonan la carrera, convencidos de que han llegado a su límite. Pero quienes no desfallecen, quienes hacen un esfuerzo consciente por aceptar el dolor que otros evaden, de pronto rompen el velo y entran en un terreno nuevo que se llama “segundo aire”. En el segundo aire, la energía regresa en mayores cantidades, los pulmones respiran mejor, el sistema cardiovascular trabaja con más eficiencia y el cerebro agudiza sus sentidos. Sólo en el segundo aire se triunfa; sólo en este terreno se hacen los grandes inventos; sólo aquí se realizan las obras que trascienden y las empresas que dejan huella. Debemos llegar siempre a nuestro segundo aire. Debemos insistir y resistir. Sabemos que dando más de lo que debemos dar recibiremos más de lo que esperamos recibir. Sabemos que nuestros resultados son superiores porque están dados después de la fatiga, porque no fueron fáciles ni gratuitos, porque ocupamos este sitio tras haber hecho un esfuerzo extra en la vereda. Nuestro amor por lo bien hecho nos une, nuestra complicidad por haber llegado juntos a la línea de sufrimiento y haberla traspasado para permanecer juntos en el segundo aire, donde ya no se sufre, donde todo son resultados.

Somos lo que creemos. Valemos lo que tenemos en la mente y en el alma. Alcanzamos lo que soñamos con toda intensidad

Nadie triunfa por casualidad. Cada hombre exitoso posee una filosofía de vida que lo lleva a tomar decisiones correctas en los momentos precisos.

Mañana sólo vas a cosechar aquello por lo que te partiste el alma hoy.

Sólo los de mente arcaica piden limosna; son inútiles, aunque tengan veinte años de edad... Pero tú eres joven mentalmente. Tú puedes lograr tus sueños.

Comienza a hacer lo que te corresponde, hoy mismo. Haz que tu mejor esfuerzo se convierta en tu mejor plegaria.

Ora así: “Señor, lo que tengo que hacer, lo haré lo mejor que pueda, pondré mi mayor cuidado y entusiasmo. Obsérvame en la entrevista o en el examen. Te brindo mi mejor esfuerzo este día y dejo en tus manos el resultado”.

Tienes inteligencia, voluntad, conciencia; todos los elementos para triunfar. Si no logras tus anhelos es que no pagaste el precio.

¡Actúa! ¡Deja de suspirar y hacerte el mártir! ¡Si no triunfas, es porque no quieres! No inventes excusas. Sal al campo de batalla. Hazte oír, hazte valer.

Si no crees en ti, nadie lo hará; si no levantas la mano por temor a la crítica, podrías morirte y nadie te echaría de menos.

¡Lucha! ¡Incluso un poeta luchador es mejor que un poeta aislado! El hombre que se dice intelectual y se retira permanentemente, en realidad es un perezoso.

Los seres ordinarios tienen pereza de pagar el precio. Quieren llegar a la cima sin prepararse ni moverse.

Los mediocres ven al triunfador y lo minimizan, pero no se dan cuenta de que el triunfador ha dado la vida por sus anhelos.

Las ideas te hacen libre o esclavo. De ideas positivas te sostienes para salir del fango, como si fueran ramas de un árbol que se inclinan hacia ti.

La medicina para superar tropiezos es esforzarse, cambiar de actitud, lograr una nueva mentalidad y un incremento en tu autoestima.

¿Estás abatido? El árbol podrido en que te refugiabas fue tragado por el pantano; caíste al fango y has permanecido en él. Sacúdete el lodo, ten el coraje, la fuerza y la fe para mover tus alas anquilosadas hasta que logres elevar el vuelo rumbo al bosque fértil que te está esperando.
No importa lo que se haya vivido, no importan los errores que se hayan cometido, no importan las oportunidades que se hayan dejado pasar, no importa la edad; siempre estamos a tiempo para decir “basta”, para oír el llamado que tenemos de buscar la perfección, para sacudirnos el cieno y volar muy alto y muy lejos del pantano.

DAME UN POCO DE TU TIEMPO



Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
Dame un poco de tu tiempo
Sufrir en soledad no es nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en el dolor somos valiosos.


La enfermedad, el dolor, pueden ser aislantes. El que sufre siente la tentación de encerrarse en sí mismo, de guardar el dolor dentro de su alma, de no desvelar un secreto que le pertenece a él, que no puede ser comprendido del todo por los otros.

Pero otras veces la enfermedad nos impulsa a pedir ayuda. Sufrir en soledad no es nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en el dolor somos valiosos, que nuestra incapacidad, nuestra pequeñez, nuestra nulidad, no resultan un obstáculo para que otros nos cuiden, nos amen, nos apoyen.

Las manos de muchos hombres y mujeres que sufren nos aprietan con firmeza. Nos piden una parte de nuestra vida. El enfermo necesita amor, cariño, cercanía, a veces tanto o más que una medicina, que una nueva dosis de calmante. El médico que sabe acariciar la frente de sus enfermos, que les conoce, que les da no sólo su ciencia y su técnica, sino su corazón, hace un bien incalculable. El enfermero o la enfermera que peina a una anciana, que le ayuda a refrescarse la boca, que le cuenta una historia del periódico o le pregunta por sus nietos, ofrece un bálsamo profundo, que llega al corazón. El familiar, el amigo, que pasa horas y horas junto al trabajador o al estudiante víctima de un accidente inesperado, hace un gesto de amor y de cariño que sólo los que han sufrido saben apreciar en toda su grandeza.

Es cierto que vivimos en un mundo de prisas. Es cierto que tenemos mil cosas por hacer. Es cierto que desde muy temprano hemos de luchar contra el tráfico, en medio de mil tensiones y problemas. Pero también es cierto que somos más hombres cuando podemos darnos al que sufre, para que su dolor no sea vacío, para que su pena no lo hunda en la soledad, para que su angustia no lo lleve a la desesperación.

Cuando algún enfermo nos apriete la mano y no nos deje ir, no tengamos miedo. Nos pide un poco de tiempo, pero sobre todo nos pide un poco de amor. Nos ofrece también, quizá sin saberlo, la oportunidad de ser un poco más buenos, de sentir lo hermoso que es ser hombre cuando el amor se convierte en lo más importante. Quizá incluso el enfermo sepa amarnos más de lo que nosotros le amemos. Entonces, de un modo misterioso, nuestro dar se convierte en recibir. Los dos somos así un reflejo de Dios, que supo amar sin buscar recompensa, que dio su sangre en una Cruz porque nos quiso, que ha iluminado cada lecho de hospital con un rayo de esperanza, con una lágrima de alegría. Lágrima de un enfermo y de un sano que supieron dejar algo de sí mismos para vivir, generosos, buenos, junto al que sigue allí, a nuestro lado.

EUCARISTÍA Y APOSTOLADO

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
Eucaristía y apostolado
Cada Eucaristía debe traernos, espiritualmente a nuestro lado, a todos aquellos que vamos encontrando en nuestro camino.
 
Eucaristía y apostolado
¿Cómo iban creciendo los primeros cristianos? A través de la fracción del pan y la predicación.

No sé si todos nosotros sentimos el mismo aguijón de San Pablo: “Ay de mí, si no evangelizo . . .” (1 Cor. 9,16). Urge el apostolado. El papa en la encíclica sobre “La misión del Redentor” nos dice: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio después de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (n.1).

¿Qué es el apostolado?

El apostolado es precisamente ese comprometernos con todas nuestras energías a llevar el mensaje de Cristo por todos los continentes. Jesús al irse al cielo no nos dijo: “Id y rezad”; sino que dijo clarísimamente: “Id y anunciad”.

Esto es el apostolado: anunciar a Cristo.

Para san Juan , el apostolado es dar a los demás lo contemplado, escuchado, vivido, comido, experimentado con Jesús. Eso es el apostolado. Apostolado es llevar el buen olor de Cristo (2 Cor. 2,15). Es llevar la sangre de Cristo, y esa sangre se derrama en cada eucaristía. Es llevar el mensaje de Cristo, y ese mensaje se proclama en cada eucaristía. Es salvar las almas, y esas almas son redimidas en cada eucaristía.

¿Para qué hacemos apostolado? Para que Cristo sea anunciado, conocido, amado, imitado y predicado. En la eucaristía hemos escuchado, comido y contemplado a Jesús.

¿Dónde hacer apostolado? En la familia, la calle, la profesión, los medios de comunicación social, la facultad. En todas partes encontramos púlpitos, auditorios, escenarios, estrados y areópagos desde donde predicar a Cristo, con valentía y sin miedo.

¿Cómo hacer apostolado? Con humildad, ilusión, alegría, voluntad, ánimo, caridad. La caridad es el alma de todo apostolado y nos urge. No imponemos con la fuerza, sólo proponemos con el bálsamo del amor y del respeto.

El apostolado es, pues, llevar el mensaje de Cristo a nuestro alrededor, dando razón de nuestra fe. En cada eucaristía Jesús nos entrega su mensaje, vivo en la Liturgia de la Palabra y en la Comunión. Es el derramamiento al exterior de nuestra vida espiritual e interior. En cada eucaristía Jesús nos llena de su gracia y amor y vamos al apostolado a dar de beber esas gracias a todos los sedientos. Es poner a las personas delante de Jesús para que él las ilumine, las cure, las consuele, como hicieron aquellos con el paralítico que llevaron en una camilla. El encuentro con Jesús en la eucaristía nos debería comprometer a ir trayendo a las personas a este encuentro con Jesús.

La misa acaba con este imperativo latino: “ite, missa est”. Es una invitación al apostolado. Missus quiere decir “enviado”. El apostolado debe ser el fruto de la eucaristía, el fruto de la liturgia. Es como si se dijera: “id, sois enviados, vuestra misión comienza”.

El apostolado debe brotar de la misa y a ella debe retornar. Es decir, debemos salir de cada eucaristía con ansias de proclamar lo que hemos visto, oído, sentido, experimentado, para que quienes nos vean y escuchen estén en comunión con nosotros y ellos se acerquen a la eucaristía. Y al mismo tiempo debemos volver después a la eucaristía para hablar a Dios, traer aquí todas las alegrías y gozos, angustias, problemas y preocupaciones de todas aquellas gentes que hemos misionado.

Todos sabemos que el fin último del apostolado es la glorificación de Dios y la santificación de los hombres. Este fin es el mismo que el fin de la liturgia y de la eucaristía o misa, que es el sol y el corazón de la liturgia.

Si esto es así, la misa nunca termina, sino que se prolonga ininterrumpidamente. El apostolado hace que la misa se prolongue. Porque en todas partes, durante las 24 horas del día se está celebrando una misa. Ese Sol de la eucaristía nunca experimenta el ocaso. Ese Corazón de la eucaristía nunca duerme, siempre está vigilando y palpita de amor por todos nosotros.

¿Cómo vivir entonces cada eucaristía?

Con muchas ansias de alimentarnos para tener fuerza para el camino de nuestro apostolado; con mucha atención para escuchar el mensaje de Dios a través de la lectura, para después comunicarlo en el apostolado; con espíritu apostólico, pues cada misa debe traernos, si no en persona, al menos espiritualmente a nuestro lado, a todos aquellos que vamos encontrando en nuestro camino.

Por tanto, ya en cada misa estamos haciendo apostolado. Colocamos a esas personas en la patena del sacerdote, las encomendamos en la Consagración y pedimos por ellas en la Comunión. A ellas, Cristo les hará llegar los frutos de su Redención eterna.

Pidamos la misma pasión por la almas de san Pablo, de san Francisco Javier, que no nos deje tranquilos hasta ver a todos los hombres conquistados para Cristo, y valoremos la misa como medio para salvar almas y prepararnos para el apostolado e incendiar este mundo. ¡Incendiemos no sólo el Oriente, sino también el Occidente, el Norte y el Sur, el Este y el Oeste!


  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Antonio Rivero LC 

    LA VERDAD, UN TEMA SIEMPRE DE MODA

    Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
    La verdad, un tema siempre de moda
    La verdad es un tema siempre nuevo, vivo, actual, de moda
     
    La verdad, un tema siempre de moda
    La verdad, un tema siempre de moda
    Existe el peligro de considerar la verdad desde un punto de vista reductivo, formal, como quien diseca una planta o analiza al microscopio pedazos de una piedra.

    ¿En qué consiste ese peligro? En focalizar la atención en un simple análisis lingüístico. La verdad sería, en esa perspectiva, una propiedad de una frase en la que se unen un sujeto y un predicado de modo correcto, comprensible y aceptado por quien formula frase y por quien la escucha (o la lee).

    Esa definición tiene elementos válidos y de gran importancia. Decir “los elefantes vuelan” suscita reacciones de sorpresa ante lo difícil que resulta juntar un sujeto muy pesado (elefantes) y un verbo que no se aplica normalmente a animales de grandes dimensiones. A la vez, decir que “las piedras suelen ir hacia abajo gracias a la fuerza de gravedad” no crea grandes problemas en los oyentes.

    Existen, desde luego, contextualizaciones que modifican el sentido de las frases: las piedras van hacia abajo sólo si están en un planeta de ciertas dimensiones, o si no tienen una energía cinética que las haga moverse en forma circular o de otra manera.

    Pero la definición no llega a otras dimensiones importantes, porque el hombre no busca simplemente frases verdaderas, sino que se interesa por encontrar respuestas correctas a aquellas preguntas que le afectan íntimamente, a temas que son siempre de moda.

    ¿Es verdad que tal persona es un buen amigo? ¿Resulta oportuno ahora comprar esta casa? ¿Pido un préstamo o espero más tiempo para ahorrar? ¿Hará sol en la tarde o será mejor coger el paraguas?

    Esas y otras miles y miles de preguntas, sobre ámbitos distintos, en tiempos verbales diferentes, surgen en los corazones desde un deseo insuprimible: queremos conocer, en la medida de lo posible, la situación en la que nos encontramos, las cualidades (y defectos) propios y de quienes nos rodean, las oportunidades y los riesgos de las distintas opciones que tenemos ante nosotros.

    En otras palabras, deseamos respuestas a preguntas que nos permitan salir de la situación de duda, que nos aparten del riesgo del error y nos acerquen, en la medida de lo posible, a lo más “verdadero”.

    De esta manera, la verdad no es simplemente un asunto lógico, sino algo que afecta al ser humano en lo más profundo de sus intereses, deseos, proyectos, amores, miedos, esperanzas.

    Para avanzar hacia la respuesta a esas preguntas, los caminos son muchos, diferentes en características y límites. Consultar en Internet puede dar pistas de respuesta, pero también puede llevarnos a un engaño desagradable. Lo mismo podemos decir respecto de la lectura de un libro, de las respuestas que ofrece un amigo o conocido, de lo que encontramos en un interesante, pero no siempre bien planteado, programa televisivo.

    Otras veces tenemos el tiempo y los medios para usar potentes aparatos que sirven para medir y calibrar los objetos que tenemos ante nosotros. Así, podemos medir el nivel de calcio en el agua, o la cantidad de sal de la comida, o la resistencia (y seguridad) del suelo que pisan nuestros zapatos. Pero la mayoría no tenemos ni instrumentos ni tiempo para controlar la consistencia y “bondad” de aquello que podemos usar (o dejar de usar) en los próximos minutos.

    Hay temas en los que la respuesta puede ser buscada sin grandes aparatos, con la ayuda de nuestros sentidos (vista, tacto, olfato) o con nuestras reflexiones. Ver si las cuentas del banco son correctas o han sido falseadas (por culpa o sin culpa) es una tarea que muchos pueden llevar a cabo con un poco de matemáticas. Dilucidar si vale la pena decir una mentira que nos ofrecerá importantes beneficios o si es mejor conservar la propia honestidad y no engañar a un familiar o un amigo, es algo que podemos sopesar en una habitación a oscuras, sin libros, sin computadores, sin ruidos, con esa mente con la que somos capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo.

    La verdad es un tema siempre nuevo, vivo, actual, de moda. Cada día se presentan cientos de ocasiones que nos llevan a buscarla intensamente.

    Una de las dichas mayores en la existencia humana es la que nos produce reconocer que la hemos encontrado, solos o bien acompañados, en el camino que recorremos en pos de bienes auténticos. De este modo, podremos mejorar un poco nuestra existencia en este tiempo efímero, y prepararnos hacia el mundo eterno que nos espera más allá de la frontera de la muerte.
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