lunes, 4 de agosto de 2014

¿CÓMO TIENES LA CONCIENCIA?

Autor: Caesar Atuire | Fuente: Del libro: Toma la vida en tus manos / Catholic.net
¿Cómo tienes la conciencia?
Una conciencia bien formada es la que ilumina al hombre sobre lo bueno y lo malo
 
¿Cómo tienes la conciencia?
¿Cómo tienes la conciencia?
La conciencia contribuye a formar el mosaico armonizado que es el hombre maduro. Si la madurez humana se manifiesta en la capacidad para tomar decisiones prudentes, en la rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres, en la estabilidad de espíritu y en la autenticidad de vida, la luz sobre la cual todos estos actos se proyectan es una conciencia bien formada, pues es ella la que ilumina al hombre sobre lo bueno y lo malo.

Hay muchas expresiones que se han empleado para describir la conciencia que nos pueden ayudar a entender mejor lo que es: «El núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium et spes, 16); el patio interior en el cual el hombre capta aquello que es bueno y aquello que es malo, la sede de las relaciones del hombre con Dios. Para hacerlo todavía más accesible, algunos han comparado la conciencia con los detectores de metal en los aeropuertos. Es aquella facultad que revisa nuestros actos conscientes y libres para dar luz verde si son buenos o encender la roja si son malos. Ciertamente, esto no es del todo correcto pero nos puede servir como ilustración.

Analizando un poco la época en la que vivimos, constatamos que son tiempos en los que es muy fácil la desorientación de los criterios morales. Estamos asistiendo a una desorientación gigantesca de la conciencia individual y social, hasta el punto de que a muchos les resulta difícil distinguir los límites de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo permitido y lo prohibido, lo honesto y lo deshonesto en la esfera individual, familiar, social, política y religiosa.

Por ejemplo, nunca como hoy el hombre ha sido tan sensible al valor de la libertad y nunca ha hecho peor uso de ella; así, por un lado, escribe una Carta de los Derechos Humanos y por otro, los suprime de raíz con el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la dictadura, la manipulación de la opinión pública y las diversas formas de violencia. Por una parte, proclama a los cuatro vientos la propia madurez y por otra, adopta como pautas de comportamiento normas tan volubles como la opinión pública, el voto de la mayoría, los eslóganes de moda y los modelos culturales y sociales del momento. A veces la norma viene a ser: "Todos lo hacen, luego debe ser bueno", "lo dicen los medios de comunicación, así opina la mayoría o el partido o así piensa Fulano de tal, luego lo acepto incondicionalmente", "está admitido en las Constituciones de muchas naciones, luego es algo respetable", etc.

De hecho, algunos entienden la libertad como ausencia total de cualquier tipo de normas. Ser libre significa para muchos hombres "hago lo que me da la gana", es decir, un simple libertinaje. En una palabra, nunca como hoy el hombre ha sido más bárbaramente manipulado en el campo comercial, ideológico, político, ético y religioso.

De ahí que hoy se haga absolutamente necesario formar una conciencia recta y tener un cuerpo doctrinal ético sólido. Así se podrá orientar acertadamente en medio de la confusión actual de valores y podrá ayudar a los demás a hacer lo mismo. Para lograr eso tenemos que conocer la naturaleza de la conciencia, sus deformaciones y los medios para formar y mantener una conciencia recta.


1. La conciencia recta

La conciencia moral a la cual nos referimos aquí es la capacidad de percibir el bien y el mal y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y a evitar el mal. La conciencia moral se expresa a través del juicio "bonum facendum, malum vitandum". El hombre no sólo tiene el derecho, sino el deber de seguir el dictamen de su conciencia. Una persona es madura cuando se comporta según el juicio de la recta conciencia. La conciencia se dice recta si el juicio que formula es conforme con la ley o moral objetiva. Es decir, cuando la conciencia sabe distinguir el bien del mal.

La ley con la que la recta conciencia tiene que conformarse es la ley objetiva natural y la ley sobrenatural. La ley natural es aquella que todo hombre encuentra escrita en su corazón. Por ejemplo, el precepto que dice: "Hay que decir siempre la verdad". Por otra parte, existe una ley revelada y sobrenatural como: "Bienaventurados los pobres y humildes de corazón, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 1-8). Si tomamos el ejemplo de un católico que se pregunta si está bien trabajar los domingos como en cualquier otro día, estamos ante una aplicación concreta de la ley cristiana. En cambio, si tomamos el ejemplo de un estudiante que se pregunta si está bien copiar el trabajo del otro en un examen, estamos ante una aplicación real de la ley natural. El hombre restaurado por Cristo tiene una oportunidad grande para integrar y armonizar la ley natural y la ley revelada en su vida.

Entonces, cuando decimos recta conciencia nos referimos a la conciencia que emite juicios que están de acuerdo con la ley. Por eso, en la formación de la conciencia lo que se busca es la conformidad con la ley, de forma que lo que la conciencia personal juzgue como bueno o malo, sea lo mismo que dice la ley, como dos relojes sincronizados. Cuando existe desacuerdo entre los juicios de la conciencia y la verdad objetiva se origina una deformación de la conciencia.

El cristianismo, vivido como una relación amorosa con la persona de Jesucristo, lleva a la interio-rización de la ley. Esto ocurre de tal manera que ya no se trata de una norma extrínseca sino de algo connatural, como instintivo. Entonces la persona puede llegar a decir "mi alimento es hacer la voluntad del que me envió" (Jn 4, 34). Se trata de la armonía perfecta entre ley y conciencia. Ya no se trata de dos relojes sincronizados sino de uno solo. Dios mismo habita en la persona y actúa como causa y fin de sus acciones. Aquí la conciencia ya no es una voz que coarta a la persona, sino una fuente de fuego y dinamismo que lleva a vivir unido a Dios y cumplir sus mandamientos con perfección.

Pero una vez adquirida la recta conciencia es necesario afinarla, como las cuerdas de un violín, para que no se afloje. Se le ha de sacar brillo, siempre con el ejercicio continuo, para que el tiempo no la cubra de polvo.

Una conciencia recta puede mermar como puede progresar y perfeccionarse. En ese sentido el estado de la conciencia en un momento dado puede ser una muestra de la madurez moral y la coherencia de vida de la persona. Por eso, resulta importante saber cuáles son las principales desviaciones de la conciencia y los medios prácticos para llevar a cabo un trabajo de superación.


2. Deformaciones de la conciencia

Hay muchos factores en juego cuando hablamos de una conciencia deformada. Aquí trataremos solamente algunos:

a. Las máscaras de la conciencia
Se da cuando se tira la toalla en la lucha por vivir en la verdad. Cuando el hombre consiente en una divergencia entre lo que es y lo que aparenta, entre la fachada social y la vida real, entonces le pone un antifaz a su conciencia. Aquí el problema es la falta de identidad.

b. Conciencia indelicada
Esta es la conciencia que admite pequeñas transgresiones al deber cotidiano y por falta de esfuerzo cumple sus deberes a medias. Vive una vida incompleta. Es necesario hacer ver a la conciencia la realidad de su situación. Tanto el bien que puede resultar de un mayor esfuerzo como el mal que se sigue de su negligencia.

c. Conciencia adormecida
Esta deformación se produce cuando la conciencia ya no responde a estímulos y no emite juicios acerca de la maldad o la bondad de los propios actos. Puede ser por tibieza espiritual, por irreflexión o por insinceridad. Se apaga toda vibración espiritual o anhelo de superación moral. Los que viven así excusan fácilmente su conducta con frases como: "Hay que tomar las cosas con calma", "no hay que ser exagerado o quisquilloso". En este estado, la conciencia no reacciona cuando percibe que se obra mal.

d. Conciencia domesticada
Es la conciencia recortada a una medida cómoda. Suaviza todo, sabe encontrar justificaciones para todas sus faltas. "Estoy muy cansado", "todos lo hacen", "es de sentido común".

e. Conciencia falsa 
Es la conciencia que emite juicios falsos, es decir, juicios que no concuerdan con la norma objetiva de la ley. Esta conciencia llama bueno a lo que es malo. Puede o no ser culpable. En el segundo caso, la persona puede hacer un juicio moral equivocado y obrar de buena fe creyendo que obra bien. En ese caso no peca. No obstante, hay que afirmar que todo hombre tiene el derecho y la obligación moral de buscar la verdad, de adherirse a ella y de ordenar su vida según sus exigencias (cf. Dignitatis humanae, 2). Si la falta de conocimiento de la ley es querida en sí, entonces la persona es culpable. Como ejemplo, pueden servir los conductores que por una razón u otra nunca han aprendido bien las reglas de tráfico.

Hay otros tipos de deformaciones de conciencia de las que se puede hablar como la conciencia escrupulosaque exagera el papel de la ley hasta hacerla opresiva y angustiante o la conciencia laxa que deja pasar todo con excusas.


3. Cómo formar una conciencia recta

Hay algunos medios prácticos que ayudan al hombre a formar bien su conciencia y mantenerla siempre recta. Entre ellos se puede mencionar el examen de conciencia diario para analizar cómo se ha actuado frente a lo que es más importante en la vida: la opción por Dios. Tomarse unos momentos para ver cómo se está llevando a la práctica lo que se cree. Hecho de una manera consciente y práctica es un medio muy útil.

El sacramento de la reconciliación, la dirección espiritual, son medios imprescindibles para formar bien la conciencia. La actitud fundamental que hace valorar todos estos medios es la de la vigilancia y sinceridad para reconocer si uno está viviendo rectamente o si está consintiendo en la propia vida cosas ajenas a su opción fundamental.

Después de las ayudas prácticas, es importante también conocer el proceso de un acto moral para saber dirigir bien la formación de la conciencia. Se puede hablar de tres operaciones o fases en la formación de la conciencia:

  • La primera, que precede a la acción, es percibir el bien como algo que debe hacerse y el mal como algo que debe ser evitado. Éste es el momento de ver: "Esto es bueno hay que hacerlo" o "no, esto no está bien, debo evitarlo".
  • La segunda fase es la fuerza que lleva a la acción, impele a hacer el bien y evitar el mal. Se expresa cuando decimos: "Hago el bien" o "no, esto no lo hago".
  • Por último la operación subsiguiente a la acción, el emitir juicios sobre la bondad o maldad de lo hecho. En esta etapa nos decimos: "He obrado bien" o "he hecho algo malo".


    En el primer paso lo importante es abrir la conciencia a la ley como norma objetiva. Es decir, educar una conciencia recta que sabe dónde va y qué es la verdad. Esto lleva al segundo paso que requiere trabajo para que la conciencia sea guía de la voluntad. Se trata de habituarse a la "coherencia", entendida como la constancia en actuar como pide la conciencia. No basta percibir que algo es bueno o malo, hay que saber dirigir la voluntad a hacer lo bueno y evitar lo que no se debe hacer. Percibir que es bueno ser paciente y amable con los demás es bueno, pero es insuficiente; esta percepción debe llevarme a acoger a los demás con bondad y delicadeza aun cuando me sienta cansado o de mal humor.

    Esto requiere un trabajo de formación especialmente en el campo de la voluntad y de los estados de ánimo. Los estados de ánimo tienen que ser educados para lograr en la persona una ecuanimidad que le lleve a realizar lo que le pide la conciencia en cualquier circunstancia. Además, la voluntad tiene que ser formada para que sea eficaz, es decir, para que logre lo que pretende.

    Por último, y todavía más importante, viene el juicio ulterior sobre lo hecho. Aquí es donde se juega de modo definitivo la formación o deformación de la conciencia. El que ha obrado mal y toma las medidas necesarias para reparar su falta y para pedir perdón ha dado un paso firme en la formación de su conciencia, mientras que el que la acalla, no prestándole atención, puede llegar a dañarla hasta que un día quizá sea incapaz de reaccionar ante el bien y el mal.

    En conclusión, podemos decir que la brújula más segura en todo este campo moral es la adhesión fiel a la voluntad de Dios, compendio supremo de la ley natural y la ley revelada. La coherencia ante ella es el camino de la madurez y de la felicidad que brota de una recta conciencia que vive en paz con Dios y consigo misma.

    Los estados de ánimo son elementos connaturales a todo ser humano y se manifiestan en el hombre espontáneamente por motivos diversos (humanos, físicos, psíquicos, espirituales...).

    Lo importante es no dejarse abatir por ellos; lo necesario es controlarlos y no dejar que se adueñen de las facultades superiores; lo urgente es no permitir la anarquía interna o la creación de estados habituales de sentimentalismo.
  • SAN JUAN MARÍA VIANNEY, CURA DE ARS, 4 DE AGOSTO

    Autor: . | Fuente: EWTN.com
    Juan María Vianney, Santo
    Cura de Ars, 4 de agosto
     
    Juan María Vianney, Santo
    Juan María Vianney, Santo

    El Cura de Ars

    Martirologio Romano: Memoria de san Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con una intensa predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la Eucaristía, brilló de tal modo, que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas (1859).

    Fecha de canonización: 31 de mayo de 1925 por el Papa Pío XI.
    Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan Vianney, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: "Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes".

    Era un campesino de mente rústica, nacido en Dardilly, Francia, el 8 de mayo de 1786. Durante su infancia estalló la Revolución Francesa que persiguió ferozmente a la religión católica. Así que él y su familia, para poder asistir a misa tenían que hacerlo en celebraciones hechas a escondidas, donde los agentes del gobierno no se dieran cuenta, porque había pena de muerte para los que se atrevieran a practicar en público sulreligión. La primera comunión la hizo Juan María a los 13 años, en una celebración nocturna, a escondidas, en un pajar, a donde los campesinos llegaban con bultos de pasto, simulando que iban a alimentar sus ganados, pero el objeto de su viaje era asistir a la Santa Misa que celebraba un sacerdote, con grave peligro de muerte, si los sorprendían las autoridades.

    Juan María deseaba ser sacerdote, pero a su padre no le interesaba perder este buen obrero que le cuidaba sus ovejas y le trabajaba en el campo. Además no era fácil conseguir seminarios en esos tiempos tan difíciles. Y como estaban en guerra, Napoléon mandó reclutar todos los muchachos mayores de 17 años y llevarlos al ejército. Y uno de los reclutados fue nuestro biografiado. Se lo llevaron para el cuartel, pero por el camino, por entrar a una iglesia a rezar, se perdió del gurpo. Volvió a presentarse, pero en el viaje se enfermó y lo llevaron una noche al hospital y cuando al día siguiente se repuso ya los demás se habían ido. Las autoridades le ordenaron que se fuera por su cuenta a alcanzar a los otros, pero se encontró con un hombre que le dijo. "Sígame, que yo lo llevaré a donde debe ir". Lo siguió y después de mucho caminar se dio cuenta de que el otro era un desertor que huía del ejército, y que se encontraban totalmente lejos del batallón.

    Y al llegar a un pueblo, Juan María se fue a donde el alcalde a contarle su caso. La ley ordenaba pena de muerte a quien desertara del ejército. Pero el alcalde que era muy bondadoso escondió al joven en su casa, y lo puso a dormir en un pajar, y así estuvo trabajando escondido por bastante tiempo, cambiándose de nombre, y escondiéndose muy hondo entre el pasto seco, cada vez que pasaban por allí grupos del ejército. Al fin en 1810, cuando Juan llevaba 14 meses de desertor el emperador Napoleón dio un decreto perdonando la culpa a todos los que se habían fugado del ejército, y Vianney pudo volver otra vez a su hogar.

    Trató de ir a estudiar al seminario pero su intelecto era romo y duro, y no lograba aprender nada. Los profesores exclamaban: "Es muy buena persona, pero no sirve para estudiante No se le queda nada". Y lo echaron.

    Se fue en peregrinación de muchos días hasta la tumba de San Francisco Regis, viajando de limosna, para pedirle a ese santo su ayuda para poder estudiar. Con la peregrinación no logró volverse más inteligente, pero adquirió valor para no dejarse desanimar por las dificultades. El año siguiente, recibió el sacramento de la confirmación, que le confirió todavía mayor fuerza para la lucha; en él tomó Juan María el nombre de Bautista.

    El Padre Balley había fundado por su cuenta un pequeño seminario y allí recibió a Vianney. Al principio el sacerdote se desanimaba al ver que a este pobre muchacho no se le quedaba nada de lo que él le enseñaba Pero su conducta era tan excelente, y su criterio y su buena voluntad tan admirables que el buen Padre Balley dispuso hacer lo posible y lo imposible por hacerlo llegar al sacerdocio.

    Después de prepararlo por tres años, dándole clases todos los días, el Padre Balley lo presentó a exámenes en el seminario. Fracaso total. No fue capaz de responder a las preguntas que esos profesores tan sabios le iban haciendo. Resultado: negativa total a que fuera ordenado de sacerdote.

    Su gran benefactor, el Padre Balley, lo siguió instruyendo y lo llevó a donde sacerdotes santos y les pidió que examinaran si este joven estaba preparado para ser un buen sacerdote. Ellos se dieron cuenta de que tenía buen criterio, que sabía resolver problemas de conciencia, y que era seguro en sus apreciaciones en lo moral, y varios de ellos se fueron a recomendarlo al Sr. Obispo. El prelado al oír todas estas cosas les preguntó: ¿El joven Vianney es de buena conducta? - Ellos le repondieron: "Es excelente persona. Es un modelo de comportamiento. Es el seminarista menos sabio, pero el más santo" "Pues si así es - añadió el prelado - que sea ordenado de sacerdote, pues aunque le falte ciencia, con tal de que tenga santidad, Dios suplirá lo demás".

    Y así el 12 de agosto de 1815, fue ordenado sacerdote, este joven que parecía tener menos inteligencia de la necesaria para este oficio, y que luego llegó a ser el más famoso párroco de su siglo (4 días después de su ordenación, nació San Juan Bosco). Los primeros tres años los pasó como vicepárroco del Padre Balley, su gran amigo y admirador.

    Unos curitas muy sabios habían dicho por burla: "El Sr. Obispo lo ordenó de sacerdote, pero ahora se va a encartar con él, porque ¿a dónde lo va a enviar, que haga un buen papel?".

    Y el 9 de febrero de 1818 fue envaido a la parroquia más pobre e infeliz. Se llamaba Ars. Tenía 370 habitantes. A misa los domingos no asistían sino un hombre y algunas mujeres. Su antecesor dejó escrito: "Las gentes de esta parroquia en lo único en que se diferecian de los ancianos, es en que ... están bautizadas". El pueblucho estaba lleno de cantinas y de bailaderos. Allí estará Juan Vianney de párroco durante 41 años, hasta su muerte, y lo transformará todo.

    El nuevo Cura Párroco de Ars se propuso un método triple para cambiar a las gentes de su desarrapada parroquia. Rezar mucho. Sacrificarse lo más posible, y hablar fuerte y duro. ¿Qué en Ars casi nadie iba a la Misa? Pues él reemplazaba esa falta de asistencia, dedicando horas y más horas a la oración ante el Santísimo Sacramento en el altar. ¿Qué el pueblo estaba lleno de cantinas y bailaderos? Pues el párroco se dedicó a las más impresionantes penitencias para convertirlos. Durante años solamente se alimentará cada día con unas pocas papas cocinadas. Los lunes cocina una docena y media de papas, que le duran hasta el jueves. Y en ese día hará otro cocinado igual con lo cual se alimentará hasta el domingo. Es verdad que por las noches las cantinas y los bailaderos están repletos de gentes de su parroquia, pero también es verdad que él pasa muchas horas de cada noche rezando por ellos. ¿Y sus sermones? Ah, ahí si que enfoca toda la artillería de sus palabras contra los vicios de sus feligreses, y va demoliendo sin compasión todas las trampas con las que el diablo quiere perderlos.

    Cuando el Padre Vianney empieza a volverse famoso muchas gentes se dedican a criticarlo. El Sr. Obispo envía un visitador a que oiga sus sermones, y le diga que cualidades y defectos tiene este predicador. El enviado vuelve trayendo noticias malas y buenas.

    El prelado le pregunta: "¿Tienen algún defecto los sermones del Padre Vianney? - Sí, Monseñor: Tiene tres defectos. Primero, son muy largos. Segundo, son muy duros y fuertes. Tercero, siempre habla de los mismos temas: los pecados, los vicios, la muerte, el juicio, el infierno y el cielo". - ¿Y tienen también alguna cualidad estos sermones? - pregunta Monseñor-. "Si, tienen una cualidad, y es que los oyentes se conmueven, se convierten y empiezan una vida más santa de la que llevaban antes".

    El Obispo satisfecho y sonriente exclamó: "Por esa última cualidad se le pueden perdonar al Párroco de Ars los otros tres defectos".

    Los primeros años de su sacerdocio, duraba tres o más horas leyendo y estudiando, para preparar su sermón del domingo. Luego escribía. Durante otras tres o más horas paseaba por el campo recitándole su sermón a los árboles y al ganado, para tratar de aprenderlo. Después se arrodillaba por horas y horas ante el Santísimo Sacramento en el altar, encomendándo al Señor lo que iba decir al pueblo. Y sucedió muchas veces que al empezar a predicar se le olvidaba todo lo que había preparado, pero lo que le decía al pueblo causaba impresionantes conversiones. Es que se había preparado bien antes de predicar.

    Pocos santos han tenido que entablar luchas tan tremendas contra el demonio como San Juan Vianney. El diablo no podía ocultar su canalla rabia al ver cuantas almas le quitaba este curita tan sencillo. Y lo atacaba sin compasión. Lo derribaba de la cama. Y hasta trató de prenderle fuego a su habitación . Lo despertaba con ruidos espantosos. Una vez le gritó: "Faldinegro odiado. Agradézcale a esa que llaman Virgen María, y si no ya me lo habría llevado al abismo".

    Un día en una misión en un pueblo, varios sacerdotes jovenes dijeron que eso de las apariciones del demonio eran puros cuentos del Padre Vianney. El párroco los invitó a que fueran a dormir en el dormitorio donde iba a pasar la noche el famoso padrecito. Y cuando empezaron los tremendos ruidos y los espantos diabólicos, salieron todos huyendo en pijama hacia el patio y no se atrevieron a volver a entrar al dormitorio ni a volver a burlarse del santo cura. Pero él lo tomaba con toda calma y con humor y decía: "Con el patas hemos tenido ya tantos encuentros que ahora parecemos dos compinches". Pero no dejaba de quitarle almas y más almas al maldito Satanás.

    Cuando concedieron el permiso para que lo ordenaran sacerdote, escribieron: "Que sea sacerdote, pero que no lo pongan a confesar, porque no tiene ciencia para ese oficio". Pues bien: ese fue su oficio durante toda la vida, y lo hizo mejor que los que sí tenían mucha ciencia e inteligencia. Porque en esto lo que vale son las iluminaciones del Espíritu Santo, y no nuestra vana ciencia que nos infla y nos llena de tonto orgullo.

    Tenía que pasar 12 horas diarias en el confesionario durante el invierno y 16 durante el verano. Para confesarse con él había que apartar turno con tres días de anticipación. Y en el confesionario conseguía conversiones impresionantes.

    Desde 1830 hasta 1845 llegaron 300 personas cada día a Ars, de distintas regiones de Francia a confesarse con el humilde sacerdote Vianney. El último año de su vida los peregrinos que llegaron a Ars fueron 100 mil. Junto a la casa cural había varios hoteles donde se hospedaban los que iban a confesarse.

    A las 12 de la noche se levantaba el santo sacerdote. Luego hacía sonar la campana de la torre, abría la iglesia y empezaba a confesar. A esa hora ya la fila de penitentes era de más de una cuadra de larga. Confesaba hombres hasta las seis de la mañana. Poco después de las seis empezaba a rezar los salmos de su devocionario y a prepararse a la Santa Misa. A las siete celebraba el santo oficio. En los últimos años el Obispo logró que a las ocho de la mañana se tomara una taza de leche.

    De ocho a once confesaba mujeres. A las 11 daba una clase de catecismo para todas las personas que estuvieran ahí en el templo. Eran palabras muy sencillas que le hacían inmenso bien a los oyentes.

    A las doce iba a tomarse un ligerísimo almuerzo. Se bañaba, se afeitaba, y se iba a visitar un instituto para jóvenes pobres que él costeaba con las limosnas que la gente había traido. Por la calle la gente lo rodeaba con gran veneración y le hacían consultas.

    De una y media hasta las seis seguía confesando. Sus consejos en la confesión eran muy breves. Pero a muchos les leía los pecados en su pensamiento y les decía los pecados que se les habían quedado sin decir. Era fuerte en combatir la borrachera y otros vicios.

    En el confesionario sufría mareos y a ratos le parecía que se iba a congelar de frío en el invierno y en verano sudaba copiosamente. Pero seguía confesando como si nada estuviera sufriendo. Decía: "El confesionario es el ataúd donde me han sepultado estando todavía vivo". Pero ahí era donde conseguía sus grandes triunfos en favor de las almas.

    Por la noche leía un rato, y a las ocho se acostaba, para de nuevo levantarse a las doce de la noche y seguir confesando.

    Cuando llegó a Ars solamente iba un hombre a misa. Cuando murió solamente había un hombre en Ars que no iba a misa. Se cerraron muchas cantinas y bailaderos.

    En Ars todos se sentían santamente orgullosos de tener un párroco tan santo. Cuando él llegó a esa parroquia la gente trabajaba en domingo y cosechaba poco. Logró poco a poco que nadie trabajara en los campos los domingos y las cosechas se volvieron mucho mejores.

    Siempre se creía un miserable pecador. Jamás hablaba de sus obras o éxitos obtenidos. A un hombre que lo insultó en la calle le escribió una carta humildísima pidiendole perdón por todo, como si el hubiera sido quién hubiera ofendido al otro. El obispo le envió un distintivo elegante de canónigo y nunca se lo quiso poner. El gobierno nacional le concedió una condecoración y él no se la quiso colocar. Decía con humor: "Es el colmo: el gobierno condecorando a un cobarde que desertó del ejército". Y Dios premió su humildad con admirables milagros.

    El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

    Fue beatificado el 8 de enero de 1905 por el Papa San Pío X, y canonizado por S.S. Pío XI el 31 de mayo de 1925.

    GOLPE DE TIMÓN


    Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 
    Golpe de timón
    Cuesta mucho romper con una vida ya hecha, con un modo de pensar y de actuar aparentemente, seguro.



    La vida avanza, muchas veces entre hábitos de pereza, entre grises de monotonía, entre indiferencias y desganas. Resulta difícil pensar en cambios. Todo más o menos está bajo control. Lo novedoso puede ser problemático. Mejor es dejar las cosas como están, o al menos así lo pensamos...

    El corazón, sin embargo, siente una llamada, respetuoso y constante, a dar un golpe de timón. Porque no podemos vivir como auténticos cristianos si dejamos en silencio el Evangelio. Porque la caridad tiene un dinamismo profundo que lleva a la aventura.

    Es cierto que nos gusta tener todo bajo control. Avanzar hacia opciones nuevas, abrirse a la fantasía del Espíritu Santo, nos inquieta. Cuesta mucho romper con una vida ya hecha, con un modo de pensar y de actuar consolidado y, aparentemente, seguro.

    Además, no resulta fácil abandonar esquemas consolidados y rehacer la propia vida. Como Nicodemo, sentimos resistencia: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer? (Jn 3,4).

    Dios, sin embargo, sigue a la puerta y llama. La Biblia nos interpela y nos recuerda que no podemos ser tibios (cf. Ap 3,16-20). Las palabras de Cristo resuenan en lo más íntimo del alma: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva (Mc 1,15).

    Un grito llega a mi alma: Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo (Ef 5,14).

    Es hora de dar un fuerte golpe de timón a mi vida. Entonces empezaré a ser auténticamente discípulo, porque buscaré en todo amar a Dios y servir a mis hermanos.

    JESÚS CAMINA SOBRE LAS AGUAS

    Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net
    Jesús camina sobre las aguas
    Mateo 14, 22-36. Tiempo Ordinario. Caminar con la mirada puesta en Él, así todo lo puedo, a pesar de las tempestades y dificultades.
     
    Jesús camina sobre las aguas
    Jesús camina sobre las aguas
    Del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-36


    En aquel tiempo, después de que se hubo saciado la muchedumbre, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Jesús les dijo enseguida: ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: Señor, si eres tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Él le dijo: Ven. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? En cuento subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios. Terminada la travesía, llegaron a tierra de Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.

    Oración introductoria

    Jesús, creo que verdaderamente eres el Hijo de Dios y hoy, al igual que llamaste a Pedro, me llamas porque quieres tener un encuentro conmigo en la oración. Mi camino no siempre es tu camino, por eso pido la intercesión de María Inmaculada, para seguir su ejemplo, no dudar nunca y seguir siempre el camino que me propones.

    Petición

    Señor, que tenga el valor de salir de mi zona de confort y responder a tu llamado.

    Meditación del Papa Francisco

    El "fantasma" es el que precisamente los discípulos ven asombrados y temerosos venir hacia ellos caminando sobre el mar. Pero su estupor nace de una dureza de corazón, porque no habían entendido la multiplicación de los panes sucedida poco antes. Así, si tú tienes el corazón endurecido tú no puedes amar y piensas que el amor es imaginarse cosas. No, el amor es concreto. Y esta concreción se funda sobre dos criterios. Primer criterio: amar con las obras, no con las palabras. ¡Las palabras se las lleva el viento! Hoy están, mañana no están. Segundo criterio de concreción es: en el amor es más importante el dar que el recibir. El que ama da, da... Da cosas, da vida, da sí mismo a Dios y a los demás. Sin embargo, quien no ama, quien es egoísta, siempre busca recibir, siempre buscar tener cosas, tener ventajas. (Cf. S.S. Francisco, 9 de enero de 2014, homilía en la capilla de Santa Marta).

    Reflexión

    No siempre es fácil discernir el verdadero del falso profeta. En ocasiones se nos presentan circunstancias personales o sociales en las que no sabemos a ciencia cierta descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida. Un criterio seguro de discernimiento se mide por el contenido de las promesas: cuando todo parece de color de rosa y se nos asegura una vida cómoda, hay muchas sospechas de que venga de Dios.

    Cristo nos dijo que, si queríamos seguirlo, deberíamos tomar nuestra cruz e ir detrás de Él. Nunca nos habló de triunfos rápidos y fáciles, al estilo del mundo. Más bien, nos alertó ante el desaliento de la prueba, pero nos aseguró, al mismo tiempo, la fuerza para vencerla: "En el mundo habréis de encontrar tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo" (Jn 16,33). Al ver a Jesús andar sobre las aguas por su propio poder debe llenarse nuestra alma de confianza y seguridad: a pesar de todas las dificultades del mar, de todos los vientos y tempestades, si vamos con Cristo, todo lo podemos. En su nombre, también nosotros podemos caminar sobre las aguas. Lo importante es tener fe en Él, confiar en la fuerza de su palabra y no aceptar dudas. Hemos de mirarlo a Él sin ponernos aconsiderar el viento y el mar.

    Sólo cuando bajamos los ojos de su Persona y nos miramos a nosotros mismos, empezamos a hundirnos, como Pedro.

    ¡Señor, aumenta mi fe y mi confianza en ti! Nunca permitas que me mire a mí mismo. Enséñame siempre a caminar en la vida con mi mirada puesta en ti, pues contigo todo lo puedo, a pesar de todas las tempestades y dificultades.

    Propósito

    Rezar, diariamente, antes de dormir, el credo, para constantemente recordar las verdades de mi fe que me ayudan a recorrer el camino de la salvación.

    Diálogo con Cristo

    Señor, dame tu gracia porque quiero gozar de la oración como lo hacía Jesús, que te buscaba en el lugar donde sabía que podría encontrarte. Deseo experimentar la libertad, la paz y el gozo de la auténtica oración al saber apartarme de todo y de todos, para en la soledad de mi propio yo, abrirte mi corazón, con esa firme decisión que rompa mi inercia, mis dudas y mi mediocridad. 
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