sábado, 9 de agosto de 2014

ME CAÍ, ME HUNDÍ Y ME LEVANTÉ PARA EMPEZAR DE NUEVO

Autor: M | Fuente: La opción V
Me caí, me hundí y me levanté para empezar de nuevo
Podremos ser cada vez más quienes creemos que el amor verdadero sí existe, y que el camino para alcanzarlo es la castidad
 
Me caí, me hundí y me levanté para empezar de nuevo
Me caí, me hundí y me levanté para empezar de nuevo
¡Hola! Tengo 22 años, soy de España y me gustaría compartir con ustedes mi testimonio, porque quizás para muchos sirva de ayuda y esperanza. Yo siempre he sido católica, desde bien pequeñita, pero pasé por una época en la que, aunque en el fondo de mi corazón seguía creyendo y amando a Dios, exteriormente hacía todo lo que me daba la gana.

Todo empezó más o menos a los 18 años. Empecé una relación seria con un chico que al principio creí que me quería de verdad (lo típico), y resultó que no fue así. Al cabo de unos meses me entregué a él porque para mí era otra forma de demostrar cuánto le quería, pero a los pocos meses todo ese amor que creía que existía se esfumó. Resultó que… ¡solo había estado conmigo para darle celos a otra chica!

Entonces decidí hacer lo que muchas hacen, una vez que han salido heridas y decepcionadas de un amor que pensaban era verdadero: “viviré la vida y la disfrutaré, pero nada serio”. Algunos seguro sabéis por donde voy… y así estuve un tiempo…

Sin embargo, un año más tarde, conocí a otro chico del que me enamoré locamente. Todo era precioso al principio, me llamaba siempre, buscaba sacar tiempo para mí, hablaba de sus sentimientos hacia mí, todo iba genial. Aunque oficialmente nunca estuvimos juntos (con fechita y todo), en realidad era como si lo estuviéramos, porque no había nadie más, solo éramos nosotros dos. Pasaron 4 o 5 meses y la cosa se estropeó. Simplemente prefería pasar más tiempo con sus amigos, no me llamaba, salía mucho de fiesta y por supuesto no quedaba nada de aquellas conversaciones en las que me decía que yo “era especial” y “muy importante para él”. Cuando me armaba de valor y le decía que no quería seguir con aquello, me pedía perdón y yo como tonta le perdonaba, así una y otra vez, hasta que pasaron otros cinco meses, que me enteré por un amigo que se había liado con otra chica. Yo me sentí morir, me sentía estúpida por no haberme dado cuenta, por haberle perdonado tantas veces con la esperanza de que cambiaría…

Terminé con aquello, lo borré de todos lados, pero yo me hundí. Y en vez de salir al cabo de un tiempo de aquello, me dediqué a la fiesta, a los chicos… en vez de centrarme en mí…

Yo claro, en aquel momento cuando estaba de fiesta o con un chico, en aquel momento realmente sentía algo parecido a la felicidad, pero no era felicidad, era algo que solo duraba mientras estaba allí. Pero luego volvía a mi habitación y estaba sola y lloraba.

Soy universitaria y estoy en una residencia de estudiantes, la peculiaridad de esta residencia es que es solo de chicas y es llevada por monjas. Digo esto porque la directora de esa residencia fue la que me ayudó a salir de aquello. Se dio cuenta de que algo no andaba bien, salía demasiado por las noches hasta las mil, apenas iba a clase, siempre estaba de compras… me alejé de todo creyendo que así estaba siendo feliz. Una tarde me cogió y me llevó a su despacho a hablar.

No sé como, al llegar al tema ese que yo creía que tenía olvidado, me puse a llorar, pero llorar como nunca antes lo había hecho. No tenía consuelo. Ella me tendió la mano, ella y mis padres estuvieron a mi lado y salí de ese pozo oscuro y volví a ver un poco de luz.

Pero no estaba realmente curada del todo y no era feliz del todo. Yo no sabía por qué. Era como que algo me faltaba… Un día empecé a leer el Evangelio y me gustó. También empecé a ir a las reuniones pastorales universitarias y me lo pasaba genial. Sentía la necesidad de ir a Misa y poco a poco estaba siendo realmente feliz, pero aun así me faltaba algo…

En el mes donde se hace el sacramento de penitencia o reconciliación, le dije a mi directora y guía espiritual (las chicas de la residencia hacemos reuniones pastorales también) que quería confesarme, que lo necesitaba. He de decir que llevaba desde los 9 años sin confesarme, y cuando entré a hablar con el sacerdote estaba muy nerviosa, pensaba “me va a juzgar”, “me va a juzgar”, pero no… Le conté todo y me dijo que “Dios había encontrado un modo de llegar a mí, que estaba haciendo un camino yo solita para acercarme a él, que por supuesto lo tenía que seguir haciendo”, y después de darme algunos consejos y decirme palabras hermosas me absolvió de todos mis pecados. Cuando salí del confesionario realmente por primera vez fui feliz, ¡muy pero muy feliz! Me sentía como liberada.

Al día de hoy sigo avanzando en ese caminito y noto que mi vida va mucho mejor, y que gracias a Dios soy realmente feliz ahora.

M., 22 años, España

ORACIÓN POR LOS SACERDOTES


Oración por los sacerdotes 

Oh Jesús, Eterno Sacerdote ! guarda a tus sacerdotes al abrigo de tu Corazón. Guarda sin manchas sus manos consagradas que diariamente tocan tu santo Cuerpo, y limpios sus labios teñidos con tu preciosa Sangre.

Guarda puros sus corazones, marcados con el sello sublime del Sacerdocio, y no permitas que el espíritu del mundo los contamine. Aumenta el número de tus apóstoles, que tu santo Amor los proteja de todo peligro.

Bendice sus trabajos y que el fruto de sus desvelos sea la salvación de muchas almas. que serán su consuelo aquí y su corona eterna. Amén.

LA FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA

Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net
La fe como un grano de mostaza
Mateo 17, 14-20. Tiempo Ordinario. La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración.
 
La fe como un grano de mostaza
Del santo Evangelio según san Mateo 17, 14-20

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo. Jesús contestó: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo. Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron, aparte: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Les contestó: Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.

Oración introductoria

Señor, me falta fe... para ser perseverante en mi oración, para amar mejor a los demás, para ser fiel a mi misión. Inicio mi oración haciendo silencio en mi corazón; no un silencio vacío, sino lleno de esperanza al estar ante ti, poniéndome humildemente ante tu presencia, con la seguridad que por el gran amor que me tienes, fortalecerás mi fe.

Petición

Jesús, dame la gracia de asimilar que la verdadera oración consiste en unir mi voluntad a la de Dios.

Meditación del Papa Francisco

Y el Señor, ¿qué cosa nos responde? Responde: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, habrían dicho a este sicómoro: Arráncate y plántate en el mar, y les habría obedecido". La semilla de la mostaza es pequeñísima, pero Jesús dice que basta tener una fe así, pequeña, pero verdadera, sincera, para hacer cosas humanamente imposibles, impensables. ¡Y es verdad!
Todos conocemos a personas sencillas, humildes, pero con una fe fortísima, ¡que verdaderamente mueven las montañas! Pensemos por ejemplo en tantas mamás y papás, que afrontan situaciones muy pesadas; o en ciertos enfermos, incluso gravísimos, que transmiten serenidad a quien los va a visitar. Estas personas, precisamente por su fe, no se vanaglorian de lo que hacen, es más, como pide Jesús en el Evangelio, dicen: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer". ¡Cuánta gente entre nosotros tiene esta fe fuerte, humilde, y que hace tanto bien!. (S.S. Francisco, 6 de octubre de 2013).

Reflexión:

Se puso de rodillas. ¿Te imaginas a un padre de familia, desesperado, poniéndose de rodillas delante de alguien que aparentemente es un hombre como los demás? ¿Qué le movió a hacerlo? El amor a su hijo.

Primero lo había intentado con los discípulos, pero ellos no pudieron curar al chico de los ataques de epilepsia. Luego ve al Señor, se acerca y cae de rodillas ante Él. No tiene ninguna vergüenza. No le importa lo que digan de él. Únicamente busca el bien de aquel a quien ama.
Jesús, conociendo el amor que brotaba del corazón de ese hombre, curó al hijo.

Por su parte, los discípulos no entendían en qué habían fallado. Jesús les respondió que les faltaba fe. No dice que no tienen fe, sino que aún es muy pequeña.

La fe, aunque es un don de Dios, debe crecer y fortalecerse con nuestra colaboración. Es como ir a un gimnasio: al levantar las pesas una y otra vez, nuestros músculos se desarrollan. La fe también debe ejercitarse, ponerse a prueba, alimentarse. Si nos conformamos con la fe que teníamos a los diez años, cuando hicimos la primera comunión, es lógico que nuestro "músculo" espiritual esté raquítico.

Necesitamos una fe adulta, resistente, alimentada con las lecturas adecuadas, con la oración diaria, con los sacramentos y con todo aquello que nos ayude a fortalecerla.

Propósito

Rezar con mucha fe, diariamente, la oración a mi ángel custodio

Diálogo con Cristo 

El ingrediente secreto para tener éxito en cualquier cosa es la fe. No es necesario nada más. Jesús, ahora veo que la oración no es opcional, sino que es el medio por el cual podemos crecer en la fe. Sólo quien reza, es decir, quien confía en Dios, con un amor filial, puede sanarse a sí mismo y a los demás. 

PENSAMIENTO SOBRE LA SOLEDAD


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