domingo, 28 de septiembre de 2014

FINURA EN EL TRATO



Autor: Rebeca Reynaud 
Finura en el trato
La amistad con Dios hace el alma más sensible, y afina los modos

 Finura en el trato



La delicadeza en el trato es una de las cosas más agradables de la convivencia en una familia o en un grupo de amigos. Se trata de apreciar a los demás, sin miedo a querer, pero sin familiaridades.
Se trata de un “esfuerzo”, porque de modo espontáneo no suele brotar ese trato delicado, que es fruto de la propia exigencia. Contra el trato fino va la brusquedad, ese modo áspero y desapacible de comportarse que nada tiene que ver con la fortaleza en el trato.

La delicadeza ha de ser universal y extremada, pero sin empalagos ni exageraciones, sin blandura excesiva. Es molesto que una persona que no es de la familia nos diga, por ejemplo, “Reina”. La delicadeza es mesura y templanza, es equilibrio; es atención sin servilismo. La delicadeza no siempre es actuar; a veces es pasiva, por ejemplo, cuando uno procura no darse por enterado ante una situación embarazante que puede producir confusión: por ejemplo, que alguien se moleste públicamente porque se manifieste una opinión, o que se meta la pata en la urbanidad en la mesa, etc.

La delicadeza se refleja en detalles: en saber escuchar con atención, saber dar las gracias, el modo de tratar las cosas, los muebles, las puertas; el caminar sin estrépito; el no elevar destempladamente la voz; la corrección en el aseo, la pulcritud, la sonrisa. No tenemos la culpa de la cara que tenemos sino de la que ponemos. Todo esto lleva frutos de unidad, de paz y de alegría de vivir en familia.

Tenemos que elevar la amabilidad a nuestro alrededor, de allí la importancia de las virtudes de la convivencia: gratitud, afabilidad, cortesía, buen humor..., que son manifestaciones de la caridad. Todos sabemos hasta qué punto se hace difícil, y aun borrascosa, la convivencia cuando faltan esas virtudes. La última raíz y el fin de todas las virtudes es la caridad, y la práctica de esas virtudes se resume en una expresión: delicadeza extrema.

Muchas personas sin educación humana son de una extrema delicadeza en el trato, fruto de una intensa vida interior. La amistad con Dios hace el alma más sensible, y afina los modos. Y luego, la fe, hace ver a un hijo de Dios en los demás, y entonces el trato lleva una especie de veneración y de politesse humana.

Hay que afinar en saber escuchar: en la mesa y en la convivencia diaria. Nos perdemos de información interesante, política o cultural, por no sabe escuchar. A veces llega una persona a una reunión donde la conversación está iniciada y, en vez de enterarse en qué tema están, interrumpe con lo que trae en la cabeza.

Las incorrecciones en el hablar, la falta de educación, y el uso de malas palabras suelen revelar una ausencia de calidad en el ser y en el amor. Goethe dice:”No hay ningún signo externo de cortesía que no tenga una profunda razón de ser moral”.

Cada persona tiene una afectividad distinta, que hay que respetar y potenciar. A la vez, nadie tiene una afectividad madura si carece de virtudes humanas. Cada día hemos de tener más respeto a la personalidad de cada uno. “Es única la Iglesia, escribía San Cipriano, como son muchos los rayos del sol, pero una sola es la luz” (De catolicae Ecclesiae unitate 5).

San Pablo relaciona la caridad con todo un conjunto de virtudes humanas: “La caridad es paciente, es servicial... no se irrita, no piensa mal... todo lo sufre, todo lo soporta...” (1 Cor 13, 4ss). ¿Qué sería de la caridad sin la paciencia, la generosidad, la mansedumbre, magnanimidad, veracidad...? Todo esto forja el carácter y da felicidad.

La delicadeza está también en la lucha por superar los estados de ánimo, evitando subidas y bajadas bruscas, los enfados: Hay que aprender a pasar por alto los roces normales de la convivencia; y eso de refleja en la educación en la comida y la bebida; en el modo elegante y templado de divertirse... Detalles que son como joyas que brillan.

Dice la Escritura:”El atuendo del hombre, su modo de reír y su caminar revelan lo que es” (Eccli 19, 27). La actitud exterior es imagen de la disposición del alma; y nuestros gestos manifiestan la belleza de nuestra alma. Escribe San Juan Crisóstomo:”Que nuestra mirada no se distraiga por todas partes, ni nuestros pasos anden a la deriva, que nuestra boca pronuncie las palabras con calma y suavidad; en una palabra, que todo nuestro aspecto exterior refleje la belleza interior de nuestra alma” (Sermo ad neophytos, VII, n. 26).

¿CUÁL DE ELLOS HIZO LA VOLUNTAD DEL PADRE?


Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
¿Cuál de ellos hizo la voluntad del Padre?
Mateo 21, 28-32. Tiempo Ordinario. Lo que verdaderamente importa para salvarse no son las palabras, sino las obras.
 
¿Cuál de ellos hizo la voluntad del Padre?
¿Cuál de ellos hizo la voluntad del Padre?
Del santo Evangelio según san Mateo 21, 28-32

«Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: Hijo, vete hoy a trabajar en la viña. Y él respondió: No quiero, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: Voy, Señor, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» - «El primero» - le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en Él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en Él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en Él.

Oración introductoria 

Padre mío, aunque me duela, tengo que aceptar que aún sabiendo que nos amamos infinitamente, yo puedo traicionarte muy fácilmente. Pero te creo y sé que tu misericordia es más grande que mis debilidades, por eso te pido que me guíes en esta oración para encontrar la fuerza para perseverar siempre en el Amor.

Petición

Señor, ayúdame a ser siempre fiel a tu amor.

Meditación del Papa Benedicto XVI

«Hoy la liturgia nos propone la parábola evangélica de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en su viña. De estos, uno le dice inmediatamente que sí, pero después no va; el otro, en cambio, de momento rehúsa, pero luego, arrepintiéndose, cumple el deseo paterno. Con esta parábola Jesús reafirma su predilección por los pecadores que se convierten, y nos enseña que se requiere humildad para acoger el don de la salvación."No hagáis nada por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismos". Estos son los mismos sentimientos de Cristo, que, despojándose de la gloria divina por amor a nosotros, se hizo hombre y se humilló hasta morir crucificado. El verbo utilizado -ekenosen- significa literalmente que “se vació a sí mismo y pone bien de relieve la humildad profunda y el amor infinito de Jesús, el Siervo humilde por excelencia» (Benedicto XVI, 28 de septiembre de 2008).

Reflexión

Seguramente nos es bastante familiar este refrán: “Obras son amores, que no buenas razones”. Es probable que nosotros mismos lo hayamos pronunciado miles de veces. Y, sin embargo, parece que en muchas ocasiones nos olvidamos fácilmente de él....

En el Evangelio de hoy nuestro Señor nos cuenta la historia de dos hijos. Su padre les pide que vayan a trabajar a la viña. El primero responde de un modo muy poco cortés y un tanto violento: "¡No quiero!" le dice al padre. En cambio, el otro, con palabras muy atentas y comedidas, dignas incluso de un caballero: "Voy, señor" le contesta, pero no va. En cambio, el hijo rebelde y "rezongón" se arrepiente y va a trabajar. Y Cristo pregunta a sus oyentes: "Cuál de los dos hizo lo que quería el padre?". La respuesta era obvia: el primero. Sus obras lo demostraron.

Y, después del "cuentito", el Señor dirige unas palabras muy duras a los sumos sacerdotes y jefes del pueblo que le oían: –"Yo os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios". ¡Un juicio duro, pero muy certero! ¿Por qué? Porque los pecadores y las prostitutas son como el primer hijo de la parábola: a pesar de que sus palabras no eran las más "bonitas" y adecuadas, ellos hicieron la voluntad del Padre: creyeron en Cristo y se convirtieron ante su predicación.

Mientras que los fariseos y los dirigentes del pueblo judío, que se consideraban muy justos y observantes, y se sentían muy seguros de sí mismos, ésos son como el segundo hijo: sus "pose" externo es muy respetuoso y comedido, pero NO obedecen a Dios. Y lo que Cristo quería era que hicieran la voluntad del Padre.

Yo creo que lo que nuestro Señor quiere decirnos con esta parábola es, en definitiva, que lo que verdaderamente importa para salvarse no son las palabras, sino las obras. O, mejor: que las palabras y las promesas que hacemos a Dios y a los demás cuentan en la medida en que éstas van también respaldadas por nuestras obras y comportamientos. Éstas son las que mejor hablan: las obras, no los bonitos discursos; las obras, no los bellos propósitos o los nobles sentimientos nada más.

Se cuenta que en una ocasión, la hermana pequeña de santo Tomás de Aquino le preguntó: "¿Tomás, qué tengo yo que hacer para ser santa?". Ella esperaba una respuesta muy profunda y complicada, pero el santo le respondió: "Hermanita, para ser santa basta querer".¡Sí!, querer. Pero querer con todas las fuerzas y con toda la voluntad. Es decir, que no es suficiente con un "quisiera". La persona que “quiere” puede hacer maravillas; pero el que se queda con el "quisiera" es sólo un soñador o un idealista incoherente. Éste es el caso del segundo hijo: él "hubiese querido" obedecer, pero nunca lo hizo. Aquí el refrán popular vuelve a tener la razón: "del dicho al hecho hay mucho trecho".

Por eso, nuestro Señor nos dijo un día que "no todo el que me dice ¡Señor, Señor! se salvará, sino el que hace la voluntad de mi Padre del cielo". Palabras muy sencillas y escuetas, pero muy claras y exigentes.

Y nosotros, ¿cuál de estos dos hijos somos?

Propósito

Iniciar y terminar el día con un momento de oración humilde ante el Dueño de mi vida.

Diálogo con Cristo

Tengo que salir de mí mismo, de mis gustos y proyectos cuando no están en consonancia con mi vocación a la santidad. Sé que cuento con tu presencia, cercana y amorosa en la Eucaristía, ayúdame a no sólo oír sino saber responder a tu llamado, apoyado en tu gracia.

CUANDO LAS DIFICULTADES NO TE DEJAN VOLAR


Autor: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net 
Cuando las dificultades no te dejan volar
Abandona la vía segura y cómoda. Lánzate a la ruta incierta, esa ruta que te toca comenzar ahora a vivir.
 

Cuando las dificultades no te dejan volar


El pasar de los años, la rutina de los días, la erosión de las horas, van produciendo en nuestra vida y en nuestra alma un cierto cansancio, ese natural desgaste que no quisiéramos experimentar; pero la realidad es que ya no vemos la vida como antes, nos cuesta tomar decisiones que nos obliguen a sacudirnos de todo ese peso que se va incrustando en nuestra alma y en nuestra conciencia, nuestro ideal se nos ha apagado, el anhelo de seguir trabajando ha desaparecido, el ejercitar una virtud, el luchar contra las tentaciones, todo este mar de posibilidades para superarnos y crecer ha perdido su brillo y ahora nos encontramos tirados en el fango de la mediocridad, en el pantano de nuestras propias decepciones y fracasos, la vida ha perdido su ilusión y esperamos que un milagro cambie nuestra vida. Este milagro sucede siempre que experimentamos alguna situación que nos sacude y nos impulsa a salir adelante, a tener que esforzarnos y a vencernos a nosotros mismos; este milagro está tocando a tu puerta, no dejes que pase de largo.


Un pájaro que vivía resignado en un árbol podrido en medio del pantano, se había acostumbrado a estar ahí, comía gusanos del fango y se hallaba siempre sucio por el pestilente lodo. 

Sus alas estaban inutilizadas por el peso de la mugre, hasta que cierto día un gran ventarrón destruyó su guarida; el árbol podrido fue tragado por el cieno y él se dio cuenta que iba a morir.

En un deseo repentino de salvarse, comenzó a aletear con fuerza para emprender el vuelo, le costó mucho trabajo porque había olvidado cómo volar, pero enfrentó el dolor del entumecimiento hasta que logró levantarse y cruzar el ancho cielo, llegando finalmente a un bosque fértil y hermoso.

Los problemas, las dificultades y los fracasos son como el ventarrón que ha destruido tu guarida y te están obligando a elevar el vuelo, a mirar con optimismo tu futuro y aprovecharlos como una oportunidad para mejor.

Nunca es tarde. No importa lo que se haya vivido, no importa los errores que se hayan cometido, no importa las oportunidades que se hayan dejado pasar, no importa la edad, siempre estamos a tiempo para decir BASTA, para oír el llamado que tenemos de buscar la perfección, para sacudirnos el lodo y volar ALTO y muy lejos del pantano.

Abandona la vía segura y cómoda. Lánzate a la ruta incierta, esa ruta que te toca comenzar ahora a vivir, con nuevos desafíos, nuevos retos, nuevos amigos, nuevos maestros, llena de enigmas e inseguridades. Dios te acompañará y te dirá qué camino tomar.

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO POR EL PAPA FRANCISCO...


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