miércoles, 8 de octubre de 2014

TUS PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE AMOR Y SEXO

Autor: Ana Rafaella | Fuente: La opciónV
Tus preguntas y respuestas sobre amor y sexo
Definitivamente, este es un libro que te recomiendo leer porque nos ofrece una correcta perspectiva sobre lo que es el amor y cómo podemos llegar a él
 
Tus preguntas y respuestas sobre amor y sexo
Tus preguntas y respuestas sobre amor y sexo
La lectura de este libro es fundamental para quien quiere encontrar razones y argumentos para vivir la castidad. Nos abre a una perspectiva distinta a la que la sociedad nos muestra hoy en día en lo que se refiere al amor y al sexo. La visión que presenta Mary Beth es absolutamente positiva. Ella nos explica que la sexualidad humana es un don, un regalo de Dios, y cómo la castidad es algo positivo pues nos lleva a comprender y a vivir el amor auténtico.

Lo más importante de este libro es que nos explica de manera sencilla lo que significa amar. Estamos hechos para amar y ser amados, por eso necesitamos vivir en familias, en sociedades, no solos. Pero vivimos en sociedades heridas por el egoísmo, en las que se nos enseña a pensar más en nosotros mismos que en los demás. Así es fácil ver a los demás como objetos para alcanzar un fin, y muchas veces este fin es llenar un vacío afectivo, obtener un placer, “pasarla bien juntos” o “hacer el amor”.

En medio de una cultura que diariamente nos bombardea con mensajes sensuales, hedonistas, e incluso eróticos y sexuales, se nos hace muy difícil comprender lo que es el amor auténtico. Este libro, a través de sus distintos capítulos y respuestas, nos permite descubrir que amar, antes que buscar uno su propio beneficio, es buscar el bien del otro o de la otra incluso a costa de nuestro propio sacrificio. Por ello el auténtico amor nunca será egoísta, nunca se pondrá a sí mismo/a en primer lugar, antes que la persona amada. El amor parte de un darse espiritualmente a los demás procurando su mayor bien, su crecimiento, su maduración.

Mary Beth nos enseña que si queremos encontrar un amor verdadero el camino no es andar reclamándolo o peor aún “mendigándolo”, sino que tienes que empezar a darlo tú primero buscando el bien de los demás, ayudándolos a crecer. Y ojo, buscar el bien de los demás no quiere decir darles todo lo que te piden, sino darles lo que verdaderamente es bueno y negarles también con firmeza aquello que no es bueno (aunque lo parezca). Es necesario aprender a amar, y esto es un proceso que se lleva a cabo cada día y dura toda la vida. Amar no es “estar enamorados”, sentir algo fuerte por la otra persona, sentir que “no puedo vivir sin ti” y que “tengo que ´por amor´ tengo entregarte todo lo que me pides”. Amar no es decirse miles de cosas bonitas y promesas de “amor eterno” para obtener una entrega total sin tener que esperar a ese “futuro”. No, amar es un compromiso diario no solo con la persona amada, sino también con la propia familia, con los amigos que lo son de verdad y con todas las personas con las que nos relacionamos, el compromiso de trabajar por el bien de cada uno, porque sean cada vez mejores personas.

Mary Beth nos enseña también que hay que entender que el sexo debe estar íntimamente ligado al amor verdadero. No es amor aquél que te dice “te tomo prestado/a” con la promesa de que “estaremos siempre juntos”. El amor dice “me entrego a ti para siempre”, pero para que esto se pueda dar debe haber un verdadero compromiso, que se llama matrimonio. Ojo: no una promesa de un matrimonio futuro (¡las promesas se las lleva el viento!), sino el compromiso real, la palabra solemne entregada ante el Altar del Señor, ante Dios, ante la persona amada, ante las familias de ambos, ante los amigos y todos los presentes. Es solo en ese momento cuando todas las promesas adquieren un carácter de compromiso permanente, el compromiso de “no utilizarse mutuamente” sino de procurar cada cual el bien del otro durante toda la vida. El compromiso asegura que nadie se guarde nada para sí mismo, sino que la entrega sea completa. En el matrimonio –cuando se asume seriamente– no hay vuelta atrás, no hay puertas de “escape”, es un poner la propia vida en manos del otro, de la otra, es una entrega no solo física, sino sicológica y espiritual, de forma que dos personas se vuelven realmente una. Esta unión es sellada con la relación sexual donde entregan sus cuerpos el uno al otro, expresando con su cuerpo lo que han afirmado con palabras solemnes frente al altar. El sexo tiene su propio idioma y es el de la de entrega total a otra persona. Este es el idioma que entiende el corazón, el idioma del amor auténtico, no del “amor” de ocasión, de promesas inciertas, de ilusiones de un “para siempre”, sino del amor sólido, permanente y comprometido.

Cuando se da ese amor comprometido, surgen nuevas vidas de esta entrega, surge el hijo/a, un ser único que es expresión del amor y del compromiso. ¿Cuántos se juran amor y lo hacen “porque se aman” y cuando surge el fruto de ese supuesto amor lo eliminan? Es entonces cuando el supuesto amor queda desenmascarado: solo se trataba de un egoísmo compartido de dos, que excluye radicalmente a todo aquél que osa interferir en sus vidas y “malograr su futuro”. En el contexto del matrimonio, en cambio, el fruto de ese amor es esperado y recibido con amor y alegría, porque el amor, cuando es verdadero, busca difundirse y comunicarse a otros, especialmente a quien por naturaleza es fruto de ese amor y mutua entrega: el hijo.

Mary Beth nos explica que el amor auténtico se construye y conquista con la castidad. ¿Y qué es la castidad?:

«Algunos piensan que castidad simplemente quiere decir “sin sexo”. Pero eso es la abstinencia: enfocarse en lo que no puedes hacer o tener. La castidad es lo que sí puedes hacer y tener ahora mismo si lo quieres: una forma de vida que te da libertad, respeto, paz, alegría y hasta romance, sin reproches, sin temores ni angustias. La castidad libera a las parejas de la actitud egoísta de usarse uno al otro como objetos, dejándolos libres para tener y gozar de un amor verdadero. Vivir la virtud de la castidad, de forma positiva, va purificando tu corazón en todos los ámbitos y fortalece tu voluntad».

Mary Beth nos ayuda a tomar conciencia de que el sexo no es un juego, como lamentablemente muchos lo toman hoy en día. El sexo es algo muy serio, tiene un profundo impacto psicológico, espiritual y físico sobre la persona. En la mujer sobre todo “la primera vez” deja una huella profunda y origina un vínculo muy sólido, tan fuerte que resulta casi imposible romper. Este fenómeno tiene un fundamento biológico: la oxitocina, sustancia que se libera en el cuerpo de la mujer al tener relaciones sexuales, hace que se establezca con el hombre a quien se entrega un vínculo emocional y afectivo muy fuerte y duradero. Es como un pegamento emocional que, de paso, tiene el efecto de nublar una visión objetiva sobre los defectos de la persona a la que se entrega. Por ello es tan importante para la mujer hacer esperar al hombre, hasta que pueda conocer bien quién es él, no sólo sus virtudes sino también todos sus defectos, y eso hasta que se dé el compromiso definitivo (o sea, el matrimonio), pues la entrega sexual hará que ella literalmente le pertenezca totalmente al hombre a quien se entrega.

No es bueno para la mujer permitir que la fuerza de ese primer encuentro tan íntimo se pierda o use mal con alguien que no sabes si va a seguir a tu lado para siempre o no. Lo mejor es no arriesgarse y esperar al matrimonio. ¿Esto sólo le sucede a la mujer? Sí. El hombre es diferente, no experimenta ese efecto como la mujer, y por eso en la entrega la que más tiene que perder es la mujer. De allí que sea ella también la que en vez de ceder deba exigir al hombre el respeto: “si me amas, espérame… hasta el matrimonio. Entonces sabré si verdaderamente me amas y te quedarás conmigo para siempre. Entonces me entregaré a ti, no antes”. La mujer debe cuidar su propio corazón, su alma, todo su ser, y debe cuidar que la relación se purifique de la búsqueda de lo que parece ser amor pero no lo es. Por ello una mujer inteligente sabe que el tema del sexo en la relación “no es negociable”.

La autora alienta a quienes hasta ahora no han vivido la castidad. No todo está perdido, y nunca es tarde para empezar a vivir este estilo de vida. Para quien quiera, ¡siempre hay una nueva oportunidad para vivir el amor verdadero! Ella te explicará cómo darte esa oportunidad…

Definitivamente, este es un libro que te recomiendo leer porque nos ofrece una correcta perspectiva sobre lo que es el amor y cómo podemos llegar a él.

Ana Rafaella, 20 años, Perú.


“Tus preguntas y las respuestas sobre amor y sexo”;
BONACCI, Mary Beth:
Madrid, Ed. Palabra, 2008.

¿ES FRÁGIL LA FE?


Autor: www.interrogantes.net | Fuente: www.interrogantes.net 
¿Es frágil la fe?
Tener fe es elegir entre dos modos de ver la vida

 ¿Es frágil la fe?
He perdido la fe

«Recuerdo –me contaba en confianza un antiguo compañero mío– aquellas devociones de mi niñez y mi primera adolescencia, y la verdad es que siento haber perdido la fe. Pero así ha sido. 

Cuando mi pensamiento vuelve, con nostalgia, a aquellos recuerdos, aún adivino que había en ellos algo grande y valioso. Me sentía a gusto entonces, en esa inocencia, pero ahora pienso que todo aquello era demasiado místico, que la realidad no es así. 

Mi afición a la filosofía y aquellas ávidas lecturas de juventud deshicieron enseguida, como un terrón de azúcar en el café, aquel clima religioso de la niñez. La imprecisión y vaguedad de mi fe infantil se convirtió con los años en una demoledora duda intelectual. Yo quisiera creer, pero ahora no me parece serio creer. La razón me lo estorba.»

En muchas ocasiones, como sucede en esta, una persona avanza con los años en su preparación profesional, en su formación cultural, en su madurez afectiva e intelectual..., pero, sin embargo, su conocimiento de la fe se queda estancado en unos conceptos elementales aprendidos en la niñez. 

Y a ese desfase hay que añadir, en algunos casos, el triste hecho de que esa formación religiosa quizá fue impartida por personas de conducta poco coherente. 

Cuando todo esto sucede, la fe va dejando de informar la vida, y se va rechazando poco a poco, de una manera insensible. Y esas personas acaban por decir que Dios no les interesa, que no tiene sitio en su vida, o que para ellos es poco importante. 

Este proceso, lamentablemente corriente, demuestra la fragilidad de la fe en personas que se educaron asumiendo unas simples prácticas religiosas sin preocuparse por alcanzar un conocimiento real y profundo de la fe. La vida espiritual no puede reducirse a una actividad sentimental ajena a lo racional.

El creyente debe buscar en su vida espiritual una fuente de luz que facilite una vida intelectual rigurosa. 


¿Y cuando aparecen las dudas?

Es natural que a veces se presenten dudas. Pero eso no es perder la fe, pues se puede conservar la fe mientras se profundiza en la resolución de esas dudas. Es más, en muchos casos la duda abre la puerta a la reflexión y a la profundización, para así alcanzar una fe más madura: en ese sentido puede incluso resultar positiva.

Es preciso buscar respuesta a las dudas, a esas aparentes contradicciones, aunque no siempre se llegue a comprender todo enseguida. Así lo explicaba Joseph Ratzinger: La fe no elimina las preguntas; es más, un creyente que no se hiciera preguntas acabaría encorsetándose.

Por otra parte, aunque sea cierto que el creyente puede sentirse amenazado por la duda, hay que recordar que tampoco el no creyente vive en una existencia cerrada a la duda. Incluso aquel que se comporte como un ateo total, que ha logrado acallar casi por completo la llamada de lo sobrenatural, siempre sentirá la misteriosa inseguridad de si su ateísmo será un engaño. 

El creyente puede sentirse amenazado por la incredulidad, pero quien pretenda eludir esa incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que no puede negar de manera definitiva que la fe sea verdadera. Al ateo y al agnóstico siempre les acuciará la duda de si la fe no será real. Nadie puede sustraerse a ese dilema humano. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

«Es inevitable –ha escrito Rosario Bofill- que a veces tengamos que caminar entre nieblas. 

En cierta manera, la fe es la capacidad de soportar la duda. 

Y de vez en cuando, una persona, una reflexión, o una lectura nos hacen atisbar un poco de ese misterio por el que uno ha optado. Cada creyente sabe que alguna vez ha tenido evidencias de la existencia de Dios, pequeñas pruebas que quizá vistas por otro, fuera de su contexto, le harían sonreír displicente... 

Y a lo largo de los siglos la mayoría de los hombres han experimentado esa necesidad de Dios. ¿Es esto una prueba de que existe? Pienso que sí, invocado de distinta forma en las distintas religiones y en los distintos siglos.

Si me repugna creer que el mundo está abocado al absurdo, debo creer que más allá de la muerte hay algo, que tendremos otra vida distinta a la de ahora. Hay una razón de justicia que me parece imperiosa: ¿cómo Dios no va a dar a los pobres, a los desheredados, a los que viven en la miseria, a los que sufren tanto en esta vida, su parte de felicidad? Ha de haber algo que restablezca el orden y dé a los que aquí no han tenido nada, la plenitud. Y que los que aquí han amado no vean acabado su amor.

Siento una voz íntima, un grito interior que me hace creer que es imposible un mundo sin Dios, un mundo del absurdo. Porque un mundo sin Dios me parece un absurdo total. ¿A qué esa sed interior, esa angustia, ese deseo de vida del hombre? Ese amasijo de sentimientos, inteligencia, deseos, nostalgia, que somos las mujeres y los hombres, cada uno a su manera, ¿qué sentido tienen perdidos en el cosmos sin un Dios que al fin dé respuesta a tanto deseo, tanto vacío, tanto anhelo?

He tenido que madurar mi educación religiosa de la infancia y la juventud, pero recibí unos principios básicos a los que he sido fiel. Hay gente que cuando se hace adulta rechaza lo que le enseñaron y cómo le educaron. Sin duda al hacerse adulto uno tiene que reflexionar sobre su fe y madurar, pero creo que es una suerte haber vivido rodeada de gente que ha vivido a fondo su fe, y también haberse encontrado con personas críticas, buenos creyentes, que son los que más me han ayudado. La fe es como una herencia que no quisiera echar por la borda y a la que en lo más hondo de mí estoy muy agradecida».

A veces lo que plantea dudas no es la fe, sino la práctica de la fe: lo difícil no es creer, sino vivir lo que se cree. Todo el mundo siente esa tensión en su interior. Todo hombre se siente atraído por extremos diferentes, y experimenta el tirón de lo que sabe que va contra sus convicciones. Pero eso no significa una rotura. 

De vez en cuando pueden surgir dudas sobre la propia capacidad de vivir la fe. Se nos puede hacer un poco más cuesta arriba. Es preciso entonces seguir esforzándose por mejorar, con la confianza de que precisamente gracias a esa fe, iremos recibiendo más luz y más fortaleza, profundizaremos más en esa fe y la viviremos mejor. La fe ayuda a vivir esa coherencia de vida, sin que esas tensiones tengan por qué producir frustración o ruptura. 

Pero muchos, en esa cuesta arriba, abandonan la práctica religiosa. Suele suceder cuando se ve la práctica religiosa como un fin y no como un medio. Por eso es importante levantar la vista por encima del acontecer diario para atisbar la meta a la que nos dirigimos. Ser buen cristiano puede a veces resultar costoso, pero merece la pena. Además, esos momentos de cuesta arriba siempre brindan al hombre una oportunidad de dar lo mejor de sí mismo. Son la piedra de toque que identifica la calidad del edificio que estamos construyendo con nuestra vida.

“El ser humano –escribe Javier Echevarría– posee una capacidad de infinito que sólo el Infinito, Dios mismo, puede saciar. Hay en nosotros un fondo que nada ni nadie, excepto Dios, logra llenar; y, en consecuencia, existe –incluso en las más grandes amistades y en los más grandes amores– una cierta experiencia de límite, de soledad no superada. En ocasiones, esa experiencia engendra miedo, repliegue sobre sí mismo para conservar un reducto de intimidad en el que nadie entre; en otras, impulsa hacia adelante, a buscar algo más. De este modo se encauza una inquietud del espíritu que sólo en Dios puede encontrar finalmente reposo”.


¿Está anticuada la Iglesia?

A ojos de muchos, la Iglesia aparece como algo anticuado, cuyos métodos se han ido anquilosando. Son muchos, en efecto, los que tienen esa extraña imagen. Pienso que si conocieran la fe y la realidad de la Iglesia con mayor profundidad, comprobarían que en la Iglesia sopla un aire fresco de novedad y de ideales grandes. Verían que brinda una espléndida posibilidad de transformar la propia vida.

Por eso es importante que los cristianos promuevan, por decirlo así, una cierta curiosidad por lo que significa realmente ser cristiano, y que fomenten el interés por contemplar la riqueza que la fe contiene, su variedad, su capacidad de resolver los problemas del hombre de hoy. Para descubrirlo hay que acercarse un poco, pues la fe se entiende mucho mejor cuando uno se pone en camino.

Algunos ven la fe como una simple coraza que el hombre se fabrica para sentirse mejor consigo mismo. La religión da respuesta a muchas preguntas y miedos que el hombre lleva consigo, y le ayuda a superarlos. En ese sentido, es cierto que ayuda a sentirse mejor con uno mismo. Pero aunque tenga esos efectos psicoterapéuticos, la fe no es eso, es mucho más. 

En todas las épocas de la humanidad ha existido la tendencia del hombre hacia lo eterno, hacia Dios. Y de la misma manera que el hombre se siente mejor cuando lleva bien sus relaciones humanas, es lógico que sienta lo mismo, y con más intensidad, cuando lleva bien su relación con Dios.


Vivir sin fe

Parece bastante más fácil no creer que creer. Puede parecer más sencillo, o más cómodo, en el sentido de que quien no cree no se liga a nada. En ese sentido es fácil. Pero vivir sin fe no es tan fácil. La vida sin fe es complicada generalmente, porque el hombre no puede vivir sin puntos de referencia. No tenemos más que recordar la filosofía de Sartre, Camus, o de otros muchos, para comprobarlo enseguida. 

La carga que conlleva la falta de fe es mucho más pesada. Tener fe es, en cierta manera, una opción. Elegir entre dos modos de ver la vida. Ambos modos –vivir con fe o sin ella– se presentan como dos posibilidades coherentes. Sin embargo, pienso que la razón y la observación de la naturaleza y del hombre llevan indefectiblemente hacia la fe. De todas formas, al final hay siempre una decisión de la voluntad. Una decisión perfectamente compatible con que después uno pueda sentir a veces el atractivo de la otra opción. 

La vida con fe es más esperanzada, más optimista, más alegre.

JESÚS ENSEÑA EL PADRENUESTRO

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
Jesús enseña el Padrenuestro
Lucas 11, 1-4. Tiempo Ordinario. Recemos el Padrenuestro, No dudemos de repetirlo en nuestros corazones siempre.
 
Jesús enseña el Padrenuestro
Jesús enseña el Padrenuestro
Del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-4

Un día Jesús estaba orando y cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».

Oración introductoria

Señor, te damos gracias por enseñarnos a orar, por dejarnos tu oración, porque gracias a ella pedimos las gracias que necesitamos. Danos ese amor por la oración y que sigamos tu ejemplo de siempre orar antes de actuar.

Petición

Padre, dame la gracia de apreciar la oración que Cristo nos enseñó, el Padrenuestro y así pedirte lo que de verdad necesito.

Meditación del Papa Francisco

Para rezar no hay necesidad de hacer ruido ni creer que es mejor derrochar muchas palabras. No podemos confiarnos al ruido, al alboroto de la mundanidad, que Jesús identifica con “tocar la tromba” o “hacerse ver el día de ayuno”. Para rezar no es necesario el ruido de la vanidad: Jesús dijo que esto es un comportamiento propio de los paganos. La oración no es algo mágico; no se hace magia con la oración; esto es pagano.
Entonces, ¿cómo se debe orar? Jesús nos lo enseñó: Dice que el Padre que está en el Cielo "sabe lo que necesitáis, antes incluso de que se lo pidáis". Por lo tanto, la primera palabra debe ser "Padre". Esta es la clave de la oración. ¿Es un padre solamente mío? No, es el Padre nuestro, porque yo no soy hijo único. Ninguno de nosotros lo es. Y si no puedo ser hermano, difícilmente puedo llegar a ser hijo de este Padre, porque es un Padre, con certeza, mío, pero también de los demás, de mis hermanos. (Cf. S.S. Francisco, de 2013, homilía en Santa Marta).

Reflexión

Muchas veces he contemplado la escena de una madre en la iglesia. Ella arrodillada, después de la comunión tiene a un lado a su hijito. Éste de repente la interrumpe con una pregunta: Mami, ¿qué estás haciendo? La respuesta no se hace esperar: Rezar, hijito. Si esto sucede dentro de una familia, ¿qué no habrá pasado en el grupo de los apóstoles?

Los apóstoles habrán visto rezar muchas veces a Cristo. Les ha cautivado su manera de relacionarse con su Padre. Por eso, cansados de sólo ver, le hacen la pregunta del millón: "¿puedes enseñarnos a orar como lo hizo Juan con sus discípulos?" ¡Qué gracia hemos tenido con esa respuesta! ¡Poder hablar con Dios de forma directa y llamándolo "Padre".

Aprendamos a apreciar esa oración que Cristo nos enseñó. Es de un mensaje inigualable porque con ella podemos hablar a Dios pidiéndole lo que más necesitamos: "danos pan, perdónanos, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal". No tengamos miedo de repetirla en nuestros corazones en los momentos de dificultad. En ella está la paz del alma. Es un pequeño sacrificio, pero vale la pena aprender a orar.

Propósito

Hoy rezaré el Padrenuestro despacio, sin prisa, pensando en cada palabra, y que sea la oración más importante de mi día...y de mi vida.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...