sábado, 31 de enero de 2015

LA TEMPESTAD CALMADA


La tempestad calmada
Tiempo Ordinario


Marcos 4, 35-41. Tiempo Ordinario. Cristo está cerca de nosotros en cualquier tempestad de nuestra vida. 


Por: Estanislao Mª García | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

Oración introductoria
Señor, aunque creo tener fe, necesito de tu gracia para acrecentarla porque me parezco a tus discípulos, ante los problemas y angustias me acobardo. Te suplico que esta oración me ayude a creer con fe viva en tu nombre, a actuar mi fe de manera filial, recordando que Tú eres un Padre que vela con infinita ternura sobre mí. Ayúdame a descubrir tu mano amorosa detrás de todo, porque Tú sólo buscas mi bien.

Petición
Señor, te pido me concedas caminar por la senda de una fe viva, operante y luminosa.

Meditación del Papa Francisco
El temor, sin embargo, no es un buen consejero. Jesús muchas veces, ha dicho: "¡No tengan miedo!" El miedo no nos ayuda. La cuarta actitud es la gracia del Espíritu Santo. Cuando Jesús trae la calma al agitado mar, los discípulos en la barca se llenaron de temor. Siempre, ante el pecado, delante de la nostalgia, ante el temor, debemos volver al Señor.
Mirar al Señor, contemplar al Señor. Esto nos da estupor, tan hermoso, por un nuevo encuentro con el Señor. "Señor, tengo esta tentación: quiero quedarme en esta situación de pecado; Señor, tengo la curiosidad de saber cómo son estas cosas; Señor, tengo miedo". Y ellos vieron al Señor: "¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!" Y llegó la sorpresa del nuevo encuentro con Jesús. No somos ingenuos ni cristianos tibios, somos valientes, valerosos. Somos débiles, pero hay que ser valientes en nuestra debilidad. Y nuestro valor muchas veces debe expresarse en una fuga y no mirar hacia atrás, para no caer en la mala nostalgia. ¡No tener miedo y mirar siempre al Señor!. (S.S. Francisco, 2 de julio de 2013, homilía en misa matutina en capilla de Santa Marta). 

Reflexión
Han pasado más de dos mil años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de dos mil años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así.

La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: ¡No temáis, tened fe! Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios.

Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él tome el timón de nuestra vida.

Además en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo.

Propósito
Ante las dificultades, preocupaciones y angustias, decir la jaculatoria: ¡Jesús, en ti confío!

Diálogo con Cristo 
Señor, la tormenta más grande que debo combatir diariamente es el pecado. Necesito esforzarme constantemente para no caer en la tentación y decidirme, con entusiasmo y confianza, a conquistar la santidad mediante la caridad. Por eso te pido me ayudes a ser perseverante en mis propósitos.

viernes, 30 de enero de 2015

LA SEMILLA CRECE


La semilla que crece
Parábolas


Marcos 4, 26-34. Tiempo Ordinario. Cuida tu vida interior que crece como una pequeña semilla. 


Por: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34 
También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado. 

Oración introductoria
Ven, Espíritu Santo, guía esta oración para que se convierta en esa semilla que fructifique en obras buenas. Creo, espero y te amo, haz que mi fe crezca, mi esperanza se fortalezca y mi caridad se multiplique.

Petición
Señor multiplica, para bien de la Iglesia y el triunfo de tu Reino, los frutos de mi apostolado.

Meditación del Papa Francisco
La esperanza entra en esta dinámica de dar vida. Sin embargo, la primicia del Espíritu no se puede ver. No obstante, sé que el Espíritu obra. Obra en nosotros como un grano de mostaza diminuto, pero que por dentro está lleno de vida, de fuerza, que va hacia adelante hasta convertirse en árbol. El Espíritu obra como la levadura. Así la obra el Espíritu: no se ve, pero existe. Es una gracia para pedir.
Una cosa es vivir en la esperanza, porque en la esperanza hemos sido salvados, y otra cosa es vivir como buenos cristianos no más. Vivir a la espera de la revelación o vivir bien con los mandamientos; estar anclados en la orilla del más allá o instalados en la laguna artificial. (Cf. S.S. Francisco, 29 de octubre de 2013, homilía en Santa Marta).
Reflexión
¿No es ésta la más pequeña de entre todas las semillas? Y aún así es el más grande de todos los arbustos. Así es la vida interior, y Cristo nos la ha dado ha conocer de esa misma manera.

Lo único que se tiene que hacer para poseer ese magnifico arbusto es cultivar esa pequeña semillita hasta que crezca totalmente. Así la vida interior, en un principio es como una pequeña semilla, posteriormente, dentro de nuestro corazón, crece tanto que llena todo el corazón. Es como el amor que da verdadera felicidad, es tan pequeño al inicio que hay que irlo cultivando para que crezca y se fortalezca. Poco a poco éste se hace más fuerte hasta que se mantiene en pie por sí solo, pero sigue siendo frágil, porque cualquier hachazo puede derribarlo, por lo tanto necesita un cuidado continuo.

Esto es lo que hay que hacer con la vida interior, cuidarla cuando este bien crecidita, para que ningún hacha o sierra eléctrica nos lo vaya a echar para abajo.

Propósito
Como rama viva de la Iglesia, buscaré sostener a otros con mi oración y testimonio de vida cristiana coherente.

Diálogo con Cristo
Jesús, ayúdame a cumplir mi misión de vivir un cristianismo activo al servicio de tu Iglesia. Ayúdame a ser el instrumento para que otras personas encuentren a Dios.

EL JUICIO


EL JUICIO




Después de haber vivido en la Tierra, mi vida llego a su fin. Lo primero que recuerdo es que estaba sentado sobre un banco, en la sala de espera de lo que imaginaba era una Sala de Jurados.

La puerta se abrió y se me ordenó entrar y sentarme en el banquillos de los acusados. Cuando miré a mi alrededor ví al "Fiscal", quien tenia una apariencia de villano y me miraba fijamente, era la persona mas demoníaca que había visto en mi vida.

Me senté, miré hacia la izquierda y allí estaba mi abogado, un caballero con una mirada bondadosa cuya apariencia me era familiar. La puerta de la esquina se abrió y apareció el Juez, vestido con una túnica impresionante. Su presencia demandaba admiración y respeto. Yo no podía quitar mis ojos de Él, se sentó y dijo "Comencemos".

El Fiscal se levantó y dijo "Mi nombre es Satanás y estoy aquí para demostrar por qué este individuo debe ir al Infierno". Comenzó a hablar de las mentiras que yo había dicho, de cosas que había robado en el pasado cuando engañaba a otras personas. Satanás habló de otras horribles cosas y perversiones cometidas por mi persona, y cuanto más hablaba, más me hundía en mi banquillo de acusado. Me sentía tan avergonzado que no podía mirar a nadie, ni siquiera a mi Abogado. Mientras, Satanás continuaba la lista de pecados que inclusive yo ya había totalmente olvidado. Estaba tan molesto con Satanás por todas las cosas que estaba diciendo de mi, e igualmente molesto con mi abogado, quien estaba sentado en silencio sin ofrecer ningún argumento de defensa a mi favor.

Yo sabía que era culpable de las cosas que me acusaban, pero también había hecho algunas cosas buenas en mi vida, ¿no podrían esas cosas buenas por lo menos equilibrar lo malo que había hecho?.

Satanás termino con furia su acusación y dijo "Este individuo debe ir al Infierno, es culpable de todos los pecados y actos que he acusado, y no hay ninguna persona que pueda probar lo contrario.

Cuando llegó su turno, mi Abogado se levanto y solicitó acercarse al Juez, quien se lo permitió, haciéndole señas para que se acercara, pese a las fuertes protestas de Satanás. Cuando se levantó y empezó a caminar, lo pude ver en todo su esplendor y majestad. Hasta entonces me di cuenta por que me había parecido tan familiar, era Jesús quien me representaba. Se paró frente al Juez, suavemente le dijo "Hola Papá", y se volvió para dirigirse al Jurado:
"Satanás está en lo correcto al decir que este hombre ha pecado, no voy a negar esas acusaciones. Reconozco que el castigo para el pecado es muerte y este hombre merece ser castigado". 

Respiró Jesús fuertemente, se giró hacia su Padre y con los brazos extendidos proclamó: "Sin embargo, Yo di mi vida en la cruz para que esta persona pudiera tener vida eterna, y él me ha aceptado como su Salvador, por lo tanto es mío".

Mi Salvador continuó diciendo "Su nombre está escrito en el libro de la vida y nadie me lo puede quitar. Satanás todavía no comprende que este hombre no merece justicia, sino misericordia."

Cuando Jesús se iba a sentar, hizo una pausa, miró a su Padre y suavemente dijo "No se necesita hacer nada más, lo he hecho todo".

El Juez levantó su poderosa mano y golpeando la mesa fuertemente, las siguientes palabras salieron de sus labios: "Este hombre es libre, el castigo para él ha sido pagado en su totalidad,... caso concluído".

Cuando mi Salvador me conducía fuera de la Corte, pude oír a Satanás protestando enfurecido: "No me rendiré jamás, ganaré el próximo juicio".

Cuando Jesús me daba instrucciones hacia donde me debía dirigir, le pregunté "Has perdido algún caso?" Cristo sonrió amorosamente y dijo: "Todo aquel que ha recurrido a mí para que lo represente, ha obtenido el mismo veredicto que el tuyo..... Pagado en su totalidad".

QUIERO SER SANTO!



¡Quiero ser santo!
Santidad

“¡Quiero ser santo!” Es lo que han dicho,pensado, escrito, rezado las almas que han llegado a la perfección. 


Por: P. Gustavo Lombardo, IVE | Fuente: Catholic.net



Una vez la hermana religiosa de Santo Tomás le escribió preguntándole qué cosas eran necesarias para llegar a la santidad. El santo de Aquino era ya un teólogo reconocido y, probablemente, su hermana esperaría una especie de pequeño tratado sobre la perfección –hay libros que surgieron como respuesta a una pregunta por el estilo–, pero él no le respondió con un tratado, tampoco con algunas páginas, ni siquiera con una frase, solo escribió una palabra: “¡querer!”.
“¡¡Quiero ser santo!!” Es lo que han dicho/pensado/escrito/rezado las almas que en todos los tiempos han llegado a la perfección. Siendo la santidad un llamado de Dios (el segundo llamado, luego del llamado a la vida), sólo se llega a ella respondiendo libremente a ese clamor divino; por eso es absolutísimamente imposible alcanzarla sin quererlo de verdad y con todas las fuerzas.
El beato José Allamano, Fundador de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata, en sus predicaciones, una y otra vez insistía en la importancia del “quiero” sincero y decidido:
“Al Señor no le gusta esta poquedad de fe. Nos quiere confiados y decididos en decir: «Lo quiero»[1]”.
“Cuando vayáis a la iglesia, mirando a Nuestro Señor en el Sagrario, y luego viéndole también en el pesebre, decidle: «¡Quiero tener todas tus virtudes, todas las virtudes de un niño!»”.
“He aquí la importancia de mirar bien al blanco. Si nosotros le damos el principio de las obras, el Señor nos ayuda en lo demás. Lo que ha hecho a los santos y los hace es la voluntad, la buena voluntad; es no poner límites ni reservas al servicio de Dios. No decir: «Sí, quiero ser bueno, pero sin exceso». No hay excesos en el servicio de Dios.¡Haré, cueste lo que cueste, todo cuanto me mandéis, Señor!”.
“Cada uno se dirá a sí mismo: «He resucitado, no quiero morir más, quiero ser un verdadero misionero». No tengáis miedo de haceros demasiado fervorosos…”.
“¡Elevémonos! ¡Quiero vivir del cielo, del cielo!”.
Enseña la filosofía que la “causa final” es la primera en la intención y la última en la ejecución. Primero me decido a alcanzar tal o cual objetivo/fin, y luego, entonces, pongo en marcha toda la serie de medios y disposiciones necesarias para llegar a él. De ahí también que sea llamada “causa de las causas”, por la importancia que tiene –sin ella no hay ni el más mínimo movimiento hacia algún fin– y su omnipresencia en todo el proceso de la realización de una obra. En la vida espiritual la causa final es justamente la santidad.
Tomás de Cory fue un franciscano que, luego de ser maestro de novicios, vio que en su orden se abría una rama más contemplativa. En 1684 pidió permiso y llamó a la puerta del convento con una carta personal de presentación, clara y escueta; rezumaba humildad: “Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo”Ahora lo llamamos, justamente por eso, “santo” Tomás de Cori[2].
En abril del 2003 Juan Pablo II beatificó a María Cristina Brando (1856-1906), fundadora de la Congregación de las Hermanas Víctimas Expiadoras de Jesús Sacramentado, religiosa napolitana que desde su infancia repetía: “Tengo que ser santa, quiero ser santa”.
El domingo 5 de septiembre de 2004, el mismo pontífice canonizaba al médico y sacerdote catalán Pere Tarrés i Claret, apóstol de los enfermos y de los más pobres, y en la homilía decía:
“Se consagró con generosa intrepidez a las tareas del ministerio, permaneciendo fiel al compromiso asumido en vísperas de la ordenación: «Un solo propósito, Señor: sacerdote santo, cueste lo que cueste»”.
El “magis ignaciano”, ese buscar siempre “lo que más”, a lo que el santo de Loyola nos impele en los Ejercicios Espirituales, se concreta puntualmente en el deseo de santidad.
“¡Quiero ser Santo!” Escribe Nando Frigeiro, joven italiano, al finalizar los Ejer­cicios, que han de ser los últimos de su corta, pero fructuosa vida (vivió 23 años y murió en olor de santidad).
Con 23 años y movido por la llamada de Dios, San Gerardo Mayela pide al P. Cáfaro, misionero redentorista en su pueblo, que lo lleve con ellos. Pero no fue tan fácil… su madre lo encerró en su habitación para que no se marchase. ¿Quedarse allí con tal deseo?… Escapó por la ventana ayudado con unas sábanas y dejando escrito: “No piensen en mí; voy a hacerme santo”…
Este deseo deber ser firme a pesar de vernos tan distintos de los santos; le escribía Santa Teresita a su priora:
“Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables[3]”.
Podríamos seguir y seguir citando pero creo que ya alcanza para demostrar que no ha habido santo –ni tampoco habrá–, sin deseo firme y concreto, de llegar a esas cumbres de la vida espiritual.
El P. Leonardo Castellani, jesuita argentino, no está canonizado, pero hay muchas muestras en su vida de su ferviente deseo de alcanzar esa meta, cuyo quizás mejor exponente –como las llagas que en el Señor Resucitado daban muestras de su Cruz– fue la persecución que tuvo que sufrir. Él, en su hermoso libro de fábulas “Camperas”, luego de poner como ejemplo la obstinada terquedad y perseverancia de una tortuga que se escapó de su improvisada jaula, escribe esta poética oración:
 “Por lo tanto Dios hombre que te hiciste carne siendo espiritual,
yo te juro con todos los recursos de mi natura racional-animal,
ya que patas de liebre no tengo y las alas quebradas me duelen tanto,
yo te juro que me haré santo.
Que saldré algún día -no sé cómo- del cajón oprimente
en que doy vueltas en redondo y tropiezo continuamente
‘Padre, propongo no hacerlo más’, y mañana lo hago tranquilamente.
Pero setenta veces siete aunque tuviera que levantarme
y aunque tuviera línea por línea milimétricamente que arrastrarme
y yo sé que el diablo es fuerte, pero yo soy más terco y cabezudo
y yo sé que el diablo es diablo, pero la oración es mi escudo;
y es malo, pero Tú sólo puedes sacar bien del mal
–con tal que no me dejes nunca caer en pecado mortal–.
Yo te juro que saldré con tu gracia del cajón desesperadamente
que andaré de las virtudes iluminativas el camino rampante
y me hundiré en el río de la contemplación
con una terca, de tortuga, tosca y humilde obstinación[4]”.
Este deseo, como decíamos arriba, responde a un llamado de Dios, y por tanto no tienen nada de presuntuoso, ¡al contrario!, encierra en sí toda la humildad de quien ve con total claridad la completa imposibilidad de llegar ¡allá! sin Su ayuda.
Y, además, este llamado a la santidad es el primero que el hombre tiene que responder en su camino hacia Dios, faltando el cual, es una quimera preguntarse por el otro llamado, que conocemos más propiamente con el nombre de “vocación”; porque es ilusorio y contradictorio querer saber en qué estado Dios quiere que me haga santo (eso es la vocación en definitiva) si primero no quiero, de hecho, serlo.
¡Todos! Todos somos llamados a la santidad; y en ese “todos”, hay que hacer el esfuerzo intelectual de incluirnos, de sabernos y entendernos “capaces de”, “partes de”. Sí, por pura misericordia de Dios, pero con toda la realidad que nos viene de esa infinita y omnipotente misericordia. En estas cosas puede pasar algo análogo a lo que, al menos en mi caso, me sucedía en los primeros tiempos de sacerdote: antes de ser ordenado, no me resultaba difícil tener fe en que el sacerdote obraba “in persona Christi”, y en Su nombre y ocupando Su lugar consagraba y absolvía; pero cuando ese “otro Cristo” comencé a ser yo… fue un poco más difícil…
Así también puede acontecer que no se nos haga difícil pensar en que “fulano” o “mengano” puede ser santo, pero quizás no podamos decir lo mismo de nosotros. Esa será la tarea, entonces: tener la serena convicción de que “yo puedo ser santo si lo quiero”.
Todo un Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros… ¡cómo no vamos a poder llegar a la santidad así! Sí –repetimos–, con nuestras propias fuerzas es imposible, pero sabemos que nada es imposible para Dios (Lc 1,37) y que todo lo puedo en aquel que me conforta (Fil 4,13)
“La verdad es que todos estamos llamados —no tengamos miedo de la palabra— a la santidad (¡y el mundo tiene hoy mucha necesidad de santos!), una santidad cultivada por todos, en los diversos géneros de vida y en las diferentes profesiones, vivida según los dones y las funciones que cada uno ha recibido, emprendiendo sin vacilación el camino de la fe viva, que suscitó la esperanza y actúa en la caridad”[5]. (San Juan Pablo II)
“La santidad no es un lujo, no es un privilegio de unos pocos, una meta imposible para un hombre normal; en realidad, es el destino común de todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, la vocación universal de todos los bautizados”[6]. (Benedicto XVI)
 “Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque los llamara, no dijera: Yo os daré de beber. Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Mas como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva[7]” (Santa Teresa)
En la encíclica Rerum omnium (26-1-1923) sobre San Francisco de Sales, Pío XI, glosando la doctrina de este santo Doctor de la Iglesia, insistía en la universalidad de la vocación cristiana a la perfección:
“Que nadie juzgue que esto obliga únicamente a unos pocos selectísimos y que a los demás se les permite permanecer en un grado inferior de virtud. Están obligados a esta ley absolutamente todos sin excepción”.
Juan Pablo II dirá:
“Ya en tiempo de los santos Padres, era costumbre afirmar: Christianus alter Christus («el cristiano es otro Cristo»), queriendo con eso resaltar la dignidad del bautizado y su vocación, en Cristo, a la santidad”[8].
 En la Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre san Simeón el Nuevo Teólogo, refería:
 “Para Simeón esa experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido[9]”.
Será cuestión entonces, de mantener bien en alto estos santos deseos y reavivarlos cada día. Escuchemos a la Santa de Ávila, que con el ímpetu de “varona”, o sea con esa fortaleza propia de los santos, nos dice:
 “Digo que importa mucho, y en todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella [la santidad], venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo[10]”.
“Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí. Y no he visto a ninguna de éstas que quede baja en este camino; ni ninguna alma cobarde, con amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas[11]”.
Este deseo de la santidad, cuando se vive de este modo, hace al hombre feliz en la tierra y eternamente en el cielo; según nos lo indica el Señor con aquel Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (es decir, de santidad), porque ellos serán saciados (Mt 5,6).
¿Puede un hombre caminar sobre el agua? Solo si mira constantemente a Jesucristo y con la confianza que viene de la fe firme, no se inmuta por el viento y las olas; de lo contrario… ¡Señor, sálvame! (Mt 14,30). Caminar a la santidad es más milagroso que caminar sobre el agua, pero tanto lo uno como lo otro puede llevarse a cabo confiando en Quien dijo te basta mi gracia (2Cor 12,9), y en Quien confirmó con su vida esa verdad con aquel Hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso (Lc 1,49).

FIDELIDAD A DIOS Y AL CÓNYUGE

​Fidelidad a Dios y al Cónyuge
Cada vez es más frecuente que las personas que han sido abandonados por sus cónyuges busquen llenar el vacío 


Por: Luce Bustillo Schott | Fuente: Catholic.net



"Los cónyuges injustamente abandonados dan un importante testimonio cristiano de auténtica caridad cuando, fruto de la fe y de la esperanza, no consienten en una nueva unión matrimonial por fidelidad a Dios y a su cónyuge, aunque éste se comporte injustamente."(Catecismo)
Cada día estoy más convencida que después de una ruptura, una separación, entrar en una nueva unión nunca es la mejor decisión, ni es la solución, mucho menos cuando ha habido abandono injusto y se deja a la esposa (o) y los hijos con el dolor producido por la división de la familia.
Cada vez es más frecuente que las personas que han sido abandonados  por sus cónyuges busquen llenar el vacío en otra relación creyendo que les dará felicidad, tranquilidad, o les ayudara a aliviar el dolor que se vive a raíz de ese abandono. A veces por no lograr llenarlo,  saltan de una relación a otra y lo que logran con esto,  es que sin darse cuenta se va deteriorando el alma y continúa sintiendo soledad ,tristeza y dolor, porque su comportamiento le ha alejado del único que logra sanar las heridas y llenar el vacío que nos deja ese abandono: Jesús.
Cuando una esposa (o) es abandonado, se comete una gran injusticia,  experimenta un dolor tan profundo que es imposible describirlo, es un dolor de alma que llega sangrar interiormente heridas que se han producido a lo largo del matrimonio y que causan interiormente lo que pudiéramos llamar "una carga al corazón". Le duele que su cónyuge se aparte de su familia y se aparte de Dios.
Existe la posibilidad siempre que en vez de salir de un matrimonio con problemas, se busque curar las heridas que han ocurrido durante el matrimonio, con la ayuda adecuada, buscando sanar a ambos cónyuges y  conseguir que la unión cobre más fuerza para llegar a  la restauración del matrimonio, que con la ayuda de la gracia de Dios, recibida en la bendición sacramental, haga realidad el amor que nos enseñó y entregó Jesucristo.
 
Sin duda  ambos cónyuges son responsables de cuidar la relación y de los problemas que surgen en ésta,  sin embargo hay errores, faltas, acciones y  pecados individuales que dañan y afectan a la parte inocente especialmente cuando la parte que abandona se involucra en una relación adúltera que fue la causa de ese abandono. La tercera pieza también hace parte de ese dolor que vive la esposa y los hijos abandonados.  Cuando esta situación se da se hace más difícil la restauración, sobre todo si la persona no toma conciencia de su pecado, sin embargo si la persona toma conciencia y busca a través del perdón, la reconciliación, ésta puede darse a través de un proceso de arrepentimiento, reconociendo ambas partes los errores cometidos y cambiando lo que los ha separado.
Las personas abandonadas que entran en nuevas relaciones, se les ve  disfrutando en lugares y eventos públicos  porque encajan en los círculos sociales por no estar solas (os), pero en el fondo sigue dándose  el vacío que ha sido producido por el abandono y que al llegar a casa les regresan los recuerdos de los mejores momentos vividos con el cónyuge, los hijos y reviven una y otra vez el dolor y la soledad producida por el abandono, con los vacíos causados por no compartir la convivencia y por el amor que sigue vivo de esa esposa (o) abandonado por el cónyuge que se fue.
 
"El divorcio nunca estuvo en el Plan Original de Dios para el hogar. Jesús lo estableció claramente en Mateo 19:8 “Jesús contestó: Porque ustedes son duros de corazón, Moisés les permitió despedir a sus esposas, pero no es esa la ley del comienzo.” El Plan Original fue sencillo y claro: un hombre, Adán, con una mujer, Eva, juntos en una unión permanente, matrimonio para toda la vida. ¡Cuán perfecto!. Recordemos que el pecado no estaba presente, ni la naturaleza carnal en esa humanidad."
“El Señor está cerca de las almas que sienten aflicción y salva a los de espíritu abatido.”(Salmo34,19).  Sin que las heridas causadas por la ruptura sanen aun cuando creamos haber encontrado en otro (a) lo que tanto buscábamos, la felicidad perfecta no  lograra la unidad interiormente ya que  ha habido división y el hombre dividido hasta no encontrarse con Dios, no podrá volver a sentir la paz necesaria para lograr la plenitud que el ser humano debe alcanzar para vivir en comunión con Dios, con el mismo y los demás.
Muchos piensan que en esa nueva relación pueden inclusive recibir a Jesús,  pero, ¿ si podrán sin hacer las paces con la esposa y los hijos abandonados? Para poder estar bien con Dios deberá recorrer el camino del perdón y no buscar en otro lo que sólo Dios le puede dar, el amor verdadero y la paz necesaria para seguir sin las cargas que produce el haber dejado ese hogar que Dios le confió.
La voluntad de Dios es restaurar matrimonios  y la vocación de los esposos es buscar la santidad a través del sacramento,  es poder dar cuentas a Dios de cuánto lo hemos amado a Él  a través de ese esposo y poder juntos entrar al reino de Dios.
Les regalo una hermosa historia que encontré para que aquellos que han abandonado sus hogares  busquen ese camino de perdón y reconciliación porque hay alguien que está lleno de amor esperando su regreso:
"El amor en el matrimonio es un elemento indispensable y debe ser espontáneo y natural. El amor es el secreto de la felicidad que deseamos en el matrimonio. Oí alguna vez la siguiente historia: un ángel vio a un hombre casado que era muy infeliz. Llegó a donde estaba y le preguntó por qué se sentía así. El hombre le contó entonces la triste historia de su vida y el ángel le entregó la mitad de una piedra preciosa diciéndole que le buscara la otra mitad, que estaba en manos de una mujer que lo haría inmensamente feliz. El hombre de la historia recorrió muchos lugares buscando la otra mitad de la piedra preciosa que lo haría dichoso y feliz por el resto de su vida. Para sorpresa suya un día descubrió que la mitad faltante de la piedra preciosa estaba en la caja de joyas de su esposa. La felicidad que buscaba estaba bajo su techo y no se había dado cuenta de ello."
“La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del Matrimonio…, un vínculo sagrado…no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del Matrimonio”. (1603 Catecismo de la Iglesia Católica)

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¿Te ha tocado un matrimonio difícil?

JESÚS Y LOS SACERDOTES

Jesús y los Sacerdotes
Debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado 


Por: P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá | Fuente: Para dar razón de nuestra Esperanza, sepa defender su Fe



El otro día alguien me dijo que «los sacerdotes mataron a Jesús», y lo confirmó con un texto bíblico en la mano: Mt. 27, 1
Leyendo esta cita fuera de contexto me imagino que efectivamente habrá gente sencilla que piensa que realmente fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica quienes mataron a Jesús. ¡Tal vez por eso algunos evangélicos miran tan mal a los sacerdotes porque están convencidos de que ellos mataron a Jesús!
Perdono a los que así piensan acerca de los ministros de la Iglesia Católica, pero no confío en su juicio en esta materia.
En esta carta quiero contestar a los que piensan así y aclararles lo que dice la Iglesia Católica de los sacerdotes. Les hablaré con amor pero con un amor que busca la verdad, pues solamente «la verdad nos hará libres» (Jn. 8, 32).

El contexto bíblico

Debemos leer bien la Biblia y no quedar aferrados a un solo texto aislado. Con una sola cita bíblica fuera de contexto podemos condenar a medio mundo y al mismo tiempo faltar al mandamiento más importante de Dios: el amor. ¿Acaso no dijo el apóstol que la letra mata y el espíritu vivifica? (2 Cor. 3, 6).

¿Quiénes mataron a Cristo? 

Debemos tener una gran confianza en la Iglesia de Cristo y en sus ministros, guiados por el Espíritu Santo. Jesús dijo a sus discípulos en la noche antes de morir: El Espíritu Santo, que el Padre va a enviar en mi nombre para que les ayude y consuele, les enseñará todo, y les recordará todo lo que Yo les dije (Jn. 14, 26 y Jn. 16, 13).

¿Qué decir de los que piensan que son los sacerdotes católicos los que mataron a Jesús?

Dice Mateo:
"Cuando amaneció todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús".
En el contexto bíblico nos damos cuenta de que el Evangelista Mateo se refiere aquí a «los sacerdotes judíos» de aquel tiempo, es decir, a los sacerdotes de la Antigua Alianza.
Es una monstruosidad decir ahora que fueron los sacerdotes de la Iglesia Católica los que mataron a Jesús. Esta manera de leer la Biblia es una manipulación descarada de un texto bíblico y no reviste ninguna seriedad. Es simplemente una ignorancia atrevida y una forma muy sutil pero muy poco cristiana de sembrar dudas y meter miedo en el corazón de la gente sencilla.
Creo que bastan estas pocas palabras para contestar a los que piensan así. Aunque si bien lo meditamos, todos hemos puesto la mano en la crucifixión de Cristo ya que murió por nuestros pecados.

¿Quería sacerdotes Jesús?

Otros se ríen de los sacerdotes de la Iglesia Católica y dicen que «Jesús no quería sacerdotes».
Los católicos creemos:
  1. Que Jesucristo es el único y verdadero Sumo Sacerdote.
  2. Que todo el pueblo cristiano, por voluntad de Dios, es un pueblo sacerdotal, y
  3. Que dentro de este pueblo sacerdotal algunos son llamados a participar del sacerdocio llamado ministerial o pastoral.
Yo no invento esto. Es la comunidad de los creyentes, guiada por el Espíritu Santo y meditando largamente la Palabra de Dios, la que ha llegado a esta verdad acerca de Cristo, su Iglesia y sus ministros.

Guiados por este mismo Espíritu,
leamos la Biblia:

Los sacerdotes judíos de la Antigua Alianza
Leyendo bien las Sagradas Escrituras, nos damos cuenta de que Jesús nunca se identificó con los sacerdotes de la Antigua Alianza. En su tiempo había muchos sacerdotes judíos del rito antiguo. Todos ellos eran miembros de la tribu de Leví y estaban encargados de los sacrificios de animales en el templo. Estos sacrificios eran ofrecidos para la purificación de los pecados del pueblo judío (Mc. 1, 44; Lc. 1, 5-9). Hasta José y María, cumpliendo con este rito de purificación, ofrecieron una vez un par de palomas (Lc. 2, 24).
Pero este sacerdocio judío era incapaz de lograr la santificación definitiva del pueblo (Hebr. 5, 3; 7, 27; 10, 1-4). Era un sacerdocio imperfecto y siempre sellado con el pecado. Jesús, el Hijo de Dios, el hombre perfecto, nunca se atribuyó para sí este título de sacerdote judío.

¿Participamos del sacerdocio de Cristo?
¿Es verdad que la Iglesia primitiva proclamó después a Jesucristo como el único y verdadero Sumo Sacerdote? ¿Participamos nosotros del sacerdocio de Cristo?
Así es efectivamente. Aunque durante su vida Jesús nunca usó el título de sacerdote, la Iglesia primitiva proclamó que «Jesús es el Hijo de Dios y es nuestro gran Sumo Sacerdote» (Hebr. 4, 14).

Escribe el sagrado escritor de la carta a los Hebreos, como cuarenta años después de la muerte y Resurrección de Jesucristo: Jesús se ofreció a lo largo de su vida al Padre y a los hombres, con una fidelidad hasta la muerte en la cruz, dio su vida como el gran sacrificio de una vez por todas, y su sacrificio ha sido absoluto. El verdadero sacerdote para toda la humanidad es Jesús el Hijo de Dios y ahora no hay más sacrificio que el suyo, que empieza en la cruz y termina en la gloria del cielo. Jesús es el único Sumo Sacerdote, el único Mediador delante del Padre y así El terminó definitivamente con el antiguo sacerdocio.
"Cristo ha entrado en el Lugar Santísimo, no ya para ofrecer la sangre de cabritos y becerros, sino su propia sangre; y así ha entrado una sola vez para siempre y nos ha conseguido la salvación eterna" (Hebr. 9, 12).
Lea también: Hebr. 7, 22-28; 9, 11-12; 10, 12-14
¿Somos un pueblo sacerdotal?
¿Es verdad que el apóstol Pedro dice que nosotros los creyentes somos un pueblo sacerdotal? Sí, Dios, en su gran amor hacia los hombres, quiso que todos los creyentes-bautizados participaran como miembros del Cuerpo de Cristo, del único sacerdocio de Cristo: «Ustedes también, como piedras que tienen vida, dejen que Dios los use en la construcción de un templo espiritual, y en la formación de una comunidad sacerdotal santa, para ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por mediación de Cristo» (1 Pedr. 2, 5) «Ustedes son una raza escogida, una nación santa, un pueblo que pertenece a Dios» (1 Pedr. 2, 9).

Así, hermanos, por la fe y por el bautismo Dios nos integra en un pueblo sacerdotal. Y como pueblo de sacerdotes, tenemos la vocación de ofrecer nuestras personas, nuestras vidas «como hostia viva» (Rom. 12, 1). En todo lo que hacemos con amor, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestros trabajos, siempre ejercemos este sacerdocio.
¿Quería Jesús tener ministros para su pueblo?
Así es. No es la Iglesia la que inventó el ministerio apostólico sino el mismo Jesús. El llamó a los Doce apóstoles (Mc. 3, 13-15) y les encargó ser sus representantes autorizados: «Quien los recibe a ustedes, a mí me recibe.» (Lc. 10, 16).
La misión de los apóstoles fue encomendada con estas palabras: «Les aseguro: todo lo que aten en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo» (Mt. 18, 18). Este «atar» y «desatar» significa claramente la autoridad de gobernar una comunidad y aclarar problemas en el Pueblo de Dios. En la última Cena, Jesús dio a sus apóstoles este mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22, 19). Es eso lo que celebra la Iglesia en la Eucaristía.
Y en una de sus apariciones, Jesús sopló sobre sus discípulos y dijo: «A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn. 20, 23).
Dirigir, enseñar y administrar los signos del Señor, he aquí el origen del ministerio apostólico. Poco a poco la comunidad cristiana va aplicando y evolucionando en este servicio apostólico según la situación de cada comunidad.
¿Qué representan los obispos y presbíteros en una comunidad?
En las cartas apostólicas del Nuevo Testamento, los ministros de la comunidad cristiana reciben el título de «obispos y presbíteros» (Hech. 11, 30; Tit. 1, 5 etc.).
La palabra obispo viene del griego y en castellano significa «el encargado de la Iglesia»; la palabra presbítero significa en castellano «el anciano». Los obispos y los presbíteros son así los encargados de la comunidad de los creyentes. Ellos tienen la función de servir en el nombre de Cristo al Pueblo de Dios. Estos nombres de «obispo y presbítero» van a evolucionar hacia la función del sacerdocio ministerial. Aunque los apóstoles todavía no hablaron de sacerdocio ministerial, ya estaba esta idea en germen en la Iglesia Primitiva. Es el Espíritu Santo el que hizo ver, poco a poco, que los obispos y presbíteros representaban al Señor, al Único Sumo sacerdote, por el ministerio que ejercían. «No nos proclamamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, Señor y a nosotros como servidores suyos, por amor a Jesús» (2 Cor. 4, 5-7).
El apóstol Pablo en su carta a los filipenses ya usa ciertos términos para expresar su sacerdocio apostólico: «Y aunque deba dar mi sangre y sacrificarme para celebrar mejor la fe de ustedes, me siento feliz y con todos ustedes me alegro» (Fil. 2, 17: «Bien sabe Dios a quién doy culto con toda mi alma proclamando la buena noticia de su Hijo» (Rom. 1, 9).
En estos textos hay indicaciones que la liturgia de la Palabra y la entrega de la vida del apóstol ya es una función sacerdotal: «En todo, los ministros del pueblo deben ser no como los grandes y los reyes, sino servidores como Jesús: como el que sirve» (Lc. 22, 27).
¿Cómo se transmite este sacerdocio?
Este ministerio apostólico se transmite con la imposición de manos. Escribe el apóstol Pablo a su amigo Timoteo: «Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por imposición de mis manos» (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14).
Este gesto de imposición transmite un poder divino para una misión especial.
El apóstol Pablo recibió la imposición de manos de parte de los apóstoles (Hch. 13, 3). Pablo a su vez impuso las manos a Timoteo (2 Tim. 1, 6; 1 Tim. 4, 14) y Timoteo repitió este gesto sobre los que escogió para el ministerio (1 Tim 5, 22).
Así, la Iglesia Católica, desde los apóstoles hasta ahora, sigue sin interrupción imponiendo las manos y comunicando de uno a otro los dones del ministerio sacerdotal.
Esta sucesión apostólica tan sólo se ha perpetuado en la Iglesia Católica durante 20 siglos hasta llegar a los ministros actuales. Ninguna otra iglesia puede decir esto, solamente la Iglesia Católica.
De esta la forma los pastores de la Iglesia participan del único sacerdocio de Cristo.

Conclusión

Tal vez es un poco difícil todo lo que les he hablado. Pero debemos en la oración pedir que el Espíritu Santo nos ilumine. Además debemos tener un gran amor hacia la Iglesia y sus ministros, que Jesús nos ha dejado. Para terminar quiero resumir las ideas más importantes de esta carta:
  1. Jesús quería tener ministros (servidores) para su pueblo sacerdotal.
  2. Los apóstoles transmitieron este ministerio apostólico siempre con la imposición de manos.
  3. Aunque los sagrados escritores nunca usaron el nombre de «sacerdotes» para indicar a los ministros, ya está en germen en el N. T. hablar de un sacerdocio apostólico como un servicio al pueblo sacerdotal.
En este sentido es que la Iglesia Católica, ya desde el año cien hasta ahora, llama a los ministros de la comunidad (presbíteros y obispos) como sus pastores y sacerdotes.
Por supuesto que este sacerdocio pastoral participa del único sacerdocio de Cristo y no tiene nada que ver con los sacerdotes del Antiguo Testamento. Nosotros, los sacerdotes de la nueva alianza, por una especial vocación divina somos los ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor. 4, 1).

Cuestionario

¿Quiénes mataron a Jesús? ¿Se puede decir que todos hemos puesto las manos en la muerte de Jesús? ¿Se puede decir que los sacerdotes de la Iglesia católica mataron a Jesús? ¿A qué sacerdotes se refieren los Evangelistas? ¿Es lícito sacar de su contexto estas palabras y aplicarlas a los sacerdotes del Nuevo Testamento? ¿Somos el Pueblo de Dios un pueblo sacerdotal? ¿Quiso Jesús que en su Iglesia hubiera un sacerdocio ministerial? ¿Quiénes tienen esta función?
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