viernes, 30 de enero de 2015

QUIERO SER SANTO!



¡Quiero ser santo!
Santidad

“¡Quiero ser santo!” Es lo que han dicho,pensado, escrito, rezado las almas que han llegado a la perfección. 


Por: P. Gustavo Lombardo, IVE | Fuente: Catholic.net



Una vez la hermana religiosa de Santo Tomás le escribió preguntándole qué cosas eran necesarias para llegar a la santidad. El santo de Aquino era ya un teólogo reconocido y, probablemente, su hermana esperaría una especie de pequeño tratado sobre la perfección –hay libros que surgieron como respuesta a una pregunta por el estilo–, pero él no le respondió con un tratado, tampoco con algunas páginas, ni siquiera con una frase, solo escribió una palabra: “¡querer!”.
“¡¡Quiero ser santo!!” Es lo que han dicho/pensado/escrito/rezado las almas que en todos los tiempos han llegado a la perfección. Siendo la santidad un llamado de Dios (el segundo llamado, luego del llamado a la vida), sólo se llega a ella respondiendo libremente a ese clamor divino; por eso es absolutísimamente imposible alcanzarla sin quererlo de verdad y con todas las fuerzas.
El beato José Allamano, Fundador de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata, en sus predicaciones, una y otra vez insistía en la importancia del “quiero” sincero y decidido:
“Al Señor no le gusta esta poquedad de fe. Nos quiere confiados y decididos en decir: «Lo quiero»[1]”.
“Cuando vayáis a la iglesia, mirando a Nuestro Señor en el Sagrario, y luego viéndole también en el pesebre, decidle: «¡Quiero tener todas tus virtudes, todas las virtudes de un niño!»”.
“He aquí la importancia de mirar bien al blanco. Si nosotros le damos el principio de las obras, el Señor nos ayuda en lo demás. Lo que ha hecho a los santos y los hace es la voluntad, la buena voluntad; es no poner límites ni reservas al servicio de Dios. No decir: «Sí, quiero ser bueno, pero sin exceso». No hay excesos en el servicio de Dios.¡Haré, cueste lo que cueste, todo cuanto me mandéis, Señor!”.
“Cada uno se dirá a sí mismo: «He resucitado, no quiero morir más, quiero ser un verdadero misionero». No tengáis miedo de haceros demasiado fervorosos…”.
“¡Elevémonos! ¡Quiero vivir del cielo, del cielo!”.
Enseña la filosofía que la “causa final” es la primera en la intención y la última en la ejecución. Primero me decido a alcanzar tal o cual objetivo/fin, y luego, entonces, pongo en marcha toda la serie de medios y disposiciones necesarias para llegar a él. De ahí también que sea llamada “causa de las causas”, por la importancia que tiene –sin ella no hay ni el más mínimo movimiento hacia algún fin– y su omnipresencia en todo el proceso de la realización de una obra. En la vida espiritual la causa final es justamente la santidad.
Tomás de Cory fue un franciscano que, luego de ser maestro de novicios, vio que en su orden se abría una rama más contemplativa. En 1684 pidió permiso y llamó a la puerta del convento con una carta personal de presentación, clara y escueta; rezumaba humildad: “Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo”Ahora lo llamamos, justamente por eso, “santo” Tomás de Cori[2].
En abril del 2003 Juan Pablo II beatificó a María Cristina Brando (1856-1906), fundadora de la Congregación de las Hermanas Víctimas Expiadoras de Jesús Sacramentado, religiosa napolitana que desde su infancia repetía: “Tengo que ser santa, quiero ser santa”.
El domingo 5 de septiembre de 2004, el mismo pontífice canonizaba al médico y sacerdote catalán Pere Tarrés i Claret, apóstol de los enfermos y de los más pobres, y en la homilía decía:
“Se consagró con generosa intrepidez a las tareas del ministerio, permaneciendo fiel al compromiso asumido en vísperas de la ordenación: «Un solo propósito, Señor: sacerdote santo, cueste lo que cueste»”.
El “magis ignaciano”, ese buscar siempre “lo que más”, a lo que el santo de Loyola nos impele en los Ejercicios Espirituales, se concreta puntualmente en el deseo de santidad.
“¡Quiero ser Santo!” Escribe Nando Frigeiro, joven italiano, al finalizar los Ejer­cicios, que han de ser los últimos de su corta, pero fructuosa vida (vivió 23 años y murió en olor de santidad).
Con 23 años y movido por la llamada de Dios, San Gerardo Mayela pide al P. Cáfaro, misionero redentorista en su pueblo, que lo lleve con ellos. Pero no fue tan fácil… su madre lo encerró en su habitación para que no se marchase. ¿Quedarse allí con tal deseo?… Escapó por la ventana ayudado con unas sábanas y dejando escrito: “No piensen en mí; voy a hacerme santo”…
Este deseo deber ser firme a pesar de vernos tan distintos de los santos; le escribía Santa Teresita a su priora:
“Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables[3]”.
Podríamos seguir y seguir citando pero creo que ya alcanza para demostrar que no ha habido santo –ni tampoco habrá–, sin deseo firme y concreto, de llegar a esas cumbres de la vida espiritual.
El P. Leonardo Castellani, jesuita argentino, no está canonizado, pero hay muchas muestras en su vida de su ferviente deseo de alcanzar esa meta, cuyo quizás mejor exponente –como las llagas que en el Señor Resucitado daban muestras de su Cruz– fue la persecución que tuvo que sufrir. Él, en su hermoso libro de fábulas “Camperas”, luego de poner como ejemplo la obstinada terquedad y perseverancia de una tortuga que se escapó de su improvisada jaula, escribe esta poética oración:
 “Por lo tanto Dios hombre que te hiciste carne siendo espiritual,
yo te juro con todos los recursos de mi natura racional-animal,
ya que patas de liebre no tengo y las alas quebradas me duelen tanto,
yo te juro que me haré santo.
Que saldré algún día -no sé cómo- del cajón oprimente
en que doy vueltas en redondo y tropiezo continuamente
‘Padre, propongo no hacerlo más’, y mañana lo hago tranquilamente.
Pero setenta veces siete aunque tuviera que levantarme
y aunque tuviera línea por línea milimétricamente que arrastrarme
y yo sé que el diablo es fuerte, pero yo soy más terco y cabezudo
y yo sé que el diablo es diablo, pero la oración es mi escudo;
y es malo, pero Tú sólo puedes sacar bien del mal
–con tal que no me dejes nunca caer en pecado mortal–.
Yo te juro que saldré con tu gracia del cajón desesperadamente
que andaré de las virtudes iluminativas el camino rampante
y me hundiré en el río de la contemplación
con una terca, de tortuga, tosca y humilde obstinación[4]”.
Este deseo, como decíamos arriba, responde a un llamado de Dios, y por tanto no tienen nada de presuntuoso, ¡al contrario!, encierra en sí toda la humildad de quien ve con total claridad la completa imposibilidad de llegar ¡allá! sin Su ayuda.
Y, además, este llamado a la santidad es el primero que el hombre tiene que responder en su camino hacia Dios, faltando el cual, es una quimera preguntarse por el otro llamado, que conocemos más propiamente con el nombre de “vocación”; porque es ilusorio y contradictorio querer saber en qué estado Dios quiere que me haga santo (eso es la vocación en definitiva) si primero no quiero, de hecho, serlo.
¡Todos! Todos somos llamados a la santidad; y en ese “todos”, hay que hacer el esfuerzo intelectual de incluirnos, de sabernos y entendernos “capaces de”, “partes de”. Sí, por pura misericordia de Dios, pero con toda la realidad que nos viene de esa infinita y omnipotente misericordia. En estas cosas puede pasar algo análogo a lo que, al menos en mi caso, me sucedía en los primeros tiempos de sacerdote: antes de ser ordenado, no me resultaba difícil tener fe en que el sacerdote obraba “in persona Christi”, y en Su nombre y ocupando Su lugar consagraba y absolvía; pero cuando ese “otro Cristo” comencé a ser yo… fue un poco más difícil…
Así también puede acontecer que no se nos haga difícil pensar en que “fulano” o “mengano” puede ser santo, pero quizás no podamos decir lo mismo de nosotros. Esa será la tarea, entonces: tener la serena convicción de que “yo puedo ser santo si lo quiero”.
Todo un Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros… ¡cómo no vamos a poder llegar a la santidad así! Sí –repetimos–, con nuestras propias fuerzas es imposible, pero sabemos que nada es imposible para Dios (Lc 1,37) y que todo lo puedo en aquel que me conforta (Fil 4,13)
“La verdad es que todos estamos llamados —no tengamos miedo de la palabra— a la santidad (¡y el mundo tiene hoy mucha necesidad de santos!), una santidad cultivada por todos, en los diversos géneros de vida y en las diferentes profesiones, vivida según los dones y las funciones que cada uno ha recibido, emprendiendo sin vacilación el camino de la fe viva, que suscitó la esperanza y actúa en la caridad”[5]. (San Juan Pablo II)
“La santidad no es un lujo, no es un privilegio de unos pocos, una meta imposible para un hombre normal; en realidad, es el destino común de todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, la vocación universal de todos los bautizados”[6]. (Benedicto XVI)
 “Mirad que convida el Señor a todos; pues es la misma verdad, no hay que dudar. Si no fuera general este convite, no nos llamara el Señor a todos, y aunque los llamara, no dijera: Yo os daré de beber. Pudiera decir: venid todos, que, en fin, no perderéis nada; y los que a mí me pareciere, yo los daré de beber. Mas como dijo, sin esta condición, a todos, tengo por cierto que todos los que no se quedaren en el camino, no les faltará esta agua viva[7]” (Santa Teresa)
En la encíclica Rerum omnium (26-1-1923) sobre San Francisco de Sales, Pío XI, glosando la doctrina de este santo Doctor de la Iglesia, insistía en la universalidad de la vocación cristiana a la perfección:
“Que nadie juzgue que esto obliga únicamente a unos pocos selectísimos y que a los demás se les permite permanecer en un grado inferior de virtud. Están obligados a esta ley absolutamente todos sin excepción”.
Juan Pablo II dirá:
“Ya en tiempo de los santos Padres, era costumbre afirmar: Christianus alter Christus («el cristiano es otro Cristo»), queriendo con eso resaltar la dignidad del bautizado y su vocación, en Cristo, a la santidad”[8].
 En la Catequesis del Papa Benedicto XVI sobre san Simeón el Nuevo Teólogo, refería:
 “Para Simeón esa experiencia de la gracia divina no constituye un don excepcional para algunos místicos, sino que es fruto del bautismo en la existencia de todo fiel seriamente comprometido[9]”.
Será cuestión entonces, de mantener bien en alto estos santos deseos y reavivarlos cada día. Escuchemos a la Santa de Ávila, que con el ímpetu de “varona”, o sea con esa fortaleza propia de los santos, nos dice:
 “Digo que importa mucho, y en todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella [la santidad], venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajase, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo[10]”.
“Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí. Y no he visto a ninguna de éstas que quede baja en este camino; ni ninguna alma cobarde, con amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas[11]”.
Este deseo de la santidad, cuando se vive de este modo, hace al hombre feliz en la tierra y eternamente en el cielo; según nos lo indica el Señor con aquel Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (es decir, de santidad), porque ellos serán saciados (Mt 5,6).
¿Puede un hombre caminar sobre el agua? Solo si mira constantemente a Jesucristo y con la confianza que viene de la fe firme, no se inmuta por el viento y las olas; de lo contrario… ¡Señor, sálvame! (Mt 14,30). Caminar a la santidad es más milagroso que caminar sobre el agua, pero tanto lo uno como lo otro puede llevarse a cabo confiando en Quien dijo te basta mi gracia (2Cor 12,9), y en Quien confirmó con su vida esa verdad con aquel Hizo en mí grandes cosas el Todopoderoso (Lc 1,49).

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