martes, 28 de abril de 2015

¿QUÉ ES EL CUERPO MÍSTICO?


¿Qué es el Cuerpo Místico? 
La gracia

Con nuestra virtud colaboramos a su vitalidad. Si esto se conociera más, ¿quién viviría en pecado mortal? 


Por: P. Jorge Loring, S.I. | Fuente: Catholic.net



En la Iglesia hay una vida sobrenatural, que se llama gracia. La Iglesia fundada por Jesucristo no es solamente una familia visible. En ella hay una vida interior, invisible, sobrenatural, divina, que comunica el mismo Jesucristo.

Dios nuestro Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza, dándole un alma espiritual e inmortal, capaz de conocerlo y amarlo y alcanzar una felicidad proporcionada a su naturaleza. Pero, en su amor infinito, Dios ha querido llamarnos a más altos destinos. Quiso darnos la altísima dignidad de hijos suyos, y hacernos participantes de su misma felicidad en la gloria. Para esto nos une a Él en la persona divina de su Hijo hecho hombre, Jesucristo, de cuyo Cuerpo Místico somos miembros vivos. Esta vida divina en nosotros es la gracia santificante. Por ella Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Cristo.

Por eso llamamos a la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es la Cabeza. Todos nosotros somos sus miembros. O como Él mismo dijo con otra comparación: «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos».

Como los sarmientos reciben la savia de la vid -y gracias a ella producen las uvas- así nosotros recibimos de Jesucristo la gracia. Es la savia que nos hace vivir una vida sobrenatural, de la misma manera que nuestra alma vivifica nuestro cuerpo y le da vida natural.

La doctrina del Cuerpo Místico tiene enorme importancia en orden a la valoración de nuestros actos. El barrido de una calle realizado por un empleado de la limpieza pública que está en gracia de Dios, tienen incomparablemente más valor que la conferencia de más altura científica que sólo puede ser entendida por media docena de hombres en el mundo, pero pronunciada por un sabio que no está en gracia de Dios.

La razón es que las acciones de los hombres que no están en gracia de Dios, aunque tengan su valor, como enseña el Vaticano II, no rebasan los límites de lo humano. En cambio, cuando un hombre está en gracia de Dios es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, y entonces sus obras, por sencillas que sean, pertenecen a un plano sobrenatural, infinitamente superior a todo lo humano.

Si esto se conociera más, ¿quién viviría en pecado mortal?. Cada uno de nosotros es una célula del Cuerpo Místico de Cristo. Con nuestra virtud colaboramos a su vitalidad. Con nuestros pecados, además de convertirnos en células muertas, entorpecemos la vida de las otras células, nuestros hermanos. Somos células cancerosas.

La gracia santificante es un don personal sobrenatural y gratuito, que nos hace verdaderos hijos de Dios y herederos del cielo. Es una cualidad que hace subir de categoría al hombre dándole como una segunda naturaleza superior. Es como una semilla de Dios. La comparación es de San Juan. Desarrollándose en el alma produce una vida en cierto modo divina, como si nos pusieran en las venas una inyección de sangre divina. La gracia santificante es la vida sobrenatural del alma. Se llama también gracia de Dios.

La gracia santificante nos transforma de modo parecido al hierro candente que sin dejar de ser hierro tiene las características del fuego. La gracia de Dios es lo que más vale en este mundo. Nos hace participantes de la naturaleza divina. Esto es una maravilla incomprensible, pero verdadera. Es como un diamante oculto por el barro que lo cubre. El siglo pasado Van Wick construyó con guijarros una casita en su granja de Dutoitspan (Sudáfrica). Un día, después de una fuerte tormenta, descubrió que aquellos guijarros eran diamantes: el agua caída los había limpiado del barro. Así se descubrió lo que hoy es una gran mina de diamantes. La gracia es un diamante que no se ve a simple vista.

La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina, pero no nos hace hombres-dioses como Cristo que era Dios, porque su naturaleza humana participaba de la personalidad divina, lo cual no ocurre en nosotros. Dios al hacernos hijos suyos y participantes de su divinidad nos pone por encima de todas las demás criaturas que también son obra de Dios, pero no participan de su divinidad. La misma diferencia que hay entre la escultura que hace un escultor y su propio hijo, a quien comunica su naturaleza.

Cuando vivimos en gracia santificante somos templos vivos del Espíritu Santo. La gracia santificante es absolutamente necesaria a todos los hombres para conseguir la vida eterna. La gracia se pierde por el pecado grave. En pecado mortal no se puede merecer. Es como una losa caída en el campo. Debajo de ella no crece la hierba. Para que crezca, primero hay que retirar la losa. Estando en pecado mortal no se puede merecer nada.

Quien ha perdido la gracia santificante no puede vivir tranquilo, pues está en un peligro inminente de condenarse. La gracia santificante se recobra con la confesión bien hecha, o con un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse. El perder la gracia santificante es la mayor de las desgracias, aunque no se vea a simple vista.

Sin la gracia de Dios toda nuestra vida es inútil para el cielo. Por fuera sigue igual, pero por dentro no funciona: como una bombilla sin corriente eléctrica. Dice San Agustín que como el ojo no puede ver sin el auxilio de la luz, el hombre no puede obrar sobrenaturalmente sin el auxilio de la gracia divina .

En el orden sobrenatural hay esencialmente más diferencia entre un hombre en pecado mortal y un hombre en gracia de Dios, que entre éste y uno que está en el cielo. La única diferencia en el cielo está en que la vida de la gracia -allí en toda su plenitud- produce una felicidad sobrehumana que en esta vida no podemos alcanzar. Esta vida es el camino para la eternidad. Y la eternidad, para nosotros, será el cielo o el infierno.

Sigue el camino del cielo el que vive en gracia de Dios. Sigue el camino del infierno el que vive en pecado mortal. Si queremos ir al cielo, debemos seguir el camino del cielo. Querer ir al cielo y seguir el camino del infierno, es una necedad. Sin embargo, en esta necedad incurren, desgraciadamente, muchas personas. Algún día caerán en la cuenta de su necedad, pero quizá sea ya demasiado tarde.

Además de la gracia santificante Dios concede otras gracias que llamamos gracias actuales, que son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, que nos son necesarios para conseguir algo en orden a la salvación. Pues por nosotros mismos nada podemos. No podemos tener una fe suficiente, ni un arrepentimiento que produzca nuestra conversión.

Las gracias actuales iluminan nuestro entendimiento y mueven nuestra voluntad para obrar el bien y evitar el mal. Sin esta gracia no podemos comenzar, ni continuar, ni concluir nada en orden a la vida eterna. El hombre no puede cumplir todas sus obligaciones ni hacer obras buenas para alcanzar la gloria eterna sin la ayuda de la gracia de Dios. Merecer el cielo es una cosa superior a las fuerzas de la naturaleza humana. Pero como Dios quiere la salvación de todos los hombres, a todos les da la gracia suficiente que necesitan para alcanzar la vida eterna.

Con la gracia suficiente el hombre podría obrar el bien, si quisiera. La gracia suficiente se convierte en eficaz cuando el hombre colabora. Los adultos tienen que cooperar a esta gracia de Dios. Dijo San Agustín: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Dios ha querido darnos el cielo como recompensa a nuestras buenas obras. Sin ellas es imposible, para el adulto, conseguir la salvación eterna. Nuestra salvación eterna es un asunto absolutamente personal e intransferible. Al que hace lo que puede, Dios no le niega su gracia.

Y sin la libre cooperación a la gracia es imposible la salvación del hombre adulto. Con sus inspiraciones, Dios predispone al hombre para que haga buenas obras, y según el hombre va cooperando, va Dios aumentando las gracias que le ayudan a practicar estas buenas obras con las cuales ha de alcanzar la gloria eterna.

«Tan grande es la bondad de Dios con nosotros que ha querido que sean méritos nuestros lo que es don suyo». Esta gracia, que nos eleva por encima de la naturaleza caída, la mereció el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. La obtenemos mediante la oración y los Sacramentos.

 

EL CONFORT DE LA DERROTA

El confort de la derrota
Cuando una persona tiende a pensar que casi nunca es culpable de sus fracasos, entra en una espiral que anula esa capacidad de superación


Por: Alfonso Aguiló Pastrana | Fuente: Catholic.net



El victimista suele ser un modelo humano mezquino, de poca vitalidad, dominado por su afición a renegar de sí mismo, a retirarse un poco de la vida. Una mentalidad que —como ha señalado Pascal Bruckner— hace que todas las dificultades del vivir del hombre, hasta las más ordinarias, se vuelvan materia de pleito.
El victimista se autocontempla con una blanda y consentidora indulgencia, tiende a escapar de su verdadera responsabilidad, y suele acabar pagando un elevado precio por representar su papel de maltratado habitual.
El victimista difunde con enorme intensidad algo que podríamos llamar cultura de la queja, una mentalidad que —de modo más o menos directo— intenta convencernos de que somos unos desgraciados que, en nuestra ingenuidad, no tenemos conciencia de hasta qué punto nos están tomando el pelo.
El éxito del discurso victimista procede de su carácter incomprobable: no es fácil confirmarlo, pero tampoco desmentirlo.
Es una actitud que induce a un morboso afán por descubrir agravios nimios, por sentirse discriminado o maltratado, por achacar a instancias exteriores todo malo que nos sucede o nos pueda suceder.
Y como esta mentalidad no siempre logra alcanzar los objetivos que tanto ansía, conduce a su vez con facilidad a la desesperación, al lloriqueo, al vano conformismo ante el infortunio. Y en vez de luchar por mejorar las cosas, en vez de poner entusiasmo, esas personas compiten en la exhibición de sus desdichas, en describir con horror los sufrimientos que soportan.
La cultura de la queja tiende a engrandecer la más mínima adversidad y a transformarla en alguna forma de victimismo. Surge una extraña pasión por aparecer como víctima, por denunciar como perversa la conducta de los demás.
Para las personas que caen en esta actitud, todo lo que les hacen a ellos es intolerable, mientras que sus propios errores o defectos son sólo simples futilezas sin importancia que sería una falta de tacto señalar.
Hay básicamente dos maneras de tratar un fracaso profesional, familiar, afectivo, o del tipo que sea. La primera es asumir la propia culpa y sacar las conclusiones que puedan llevarnos a aprender de ese tropiezo. La segunda es afanarse en culpar a otros, buscar denodadamente responsables de nuestra desgracia. De la primera forma, podemos adquirir experiencia para superar ese fracaso; de la segunda, nos disponemos a volver a caer fácilmente en él, volviendo a culpar a otros y eludiendo un sano examen de nuestras responsabilidades.
Cuando una persona tiende a pensar que casi nunca es culpable de sus fracasos, entra en una espiral de difícil salida. Una espiral que anula esa capacidad de superación que siempre ha engrandecido al hombre y le ha permitido luchar para domesticar sus defectos; un círculo vicioso que le sumerge en el conformismo de la queja recurrente, en la que se encierra a cal y canto. La victimización es el recurso del atemorizado que prefiere convertirse en objeto de compasión en vez de afrontar con decisión lo que le atemoriza.

LOS 144.000 SALVADOS SEGÚN LAS SECTAS

Los 144.000
¿Cómo interpreta la iglesia católica los 144.000 elegidos para la salvación que menciona el libro del Apocalipsis? 


Por: Fr. Nelson M. | Fuente: Apolog?ca.org



Dicen los Testigos de Jehová:
Los que son llamados por Dios para participar en el servicio celestial son pocos. Como dijo, son "un pequeño rebaño". Años después de su regreso al cielo, Jesús dio a saber el número exacto en una visión dada al Apóstol Juan, quien escribió: "Vi, y,¡miren! el cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil... que han sido comprados de la tierra" (Revelación 14, 1-3). El "Cordero" al que se hace referencia aquí es, por supuesto, Jesucristo; el "monte Sión " no está en la tierra, sino en el cielo donde Jesús está (Jn 1, 29; Heb 12, 22). De modo que los 144.000 son personas que mueren en la tierra como hermanos y son resucitados a la vida celestial como criaturas espíritus, tal como le sucedió a Jesús (Rom 6, 5). Cuando se les compara con los miles de millones de personas que viven en la tierra, son, verdaderamente, un "rebaño pequeño".
(La verdad que lleva a vida eterna, 77).
Taze Russell dice más. De esos 144.000, doce mil pertenecen a su grupo de Testigos de Jehová, y el resto pertenecieron a los siglos pasados. Dice literalmente:
En la tierra hoy día sólo sobrevive un resto de los 144.000 escogidos quienes son cristianos dedicados, bautizados, engendrados por el espíritu de Jehová Dios para ser coherederos con su Hijo Jesucristo en el reino celestial (Rom 8, 14-17). Los informes muestran que ahora hay menos de 12.000 de estos sobrevivientes. No todos los "Testigos de Jehová" esperan ir al cielo. Verdaderamente, sólo una porción pequeña esperan esto (Lc 12, 32). El todopoderoso Dios, quien coloca a todos los miembros en su organización como a él le place, ha limitado a 144.000 el número del "´Cuerpo de Cristo", cuyos miembros reinarán con Cristo Jesús en el reino celestial de Dios.
(Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta, 337).
Dice la Biblia:

a) Jesús es nuestro Salvador Jesús de Nazaret ha venido a dar la respuesta definitiva a las esperanzas de salvación que alimentaba el Antiguo Testamento. Esta convicción expresa ya con toda claridad el anciano Simeón (Lc 2, 29-32): Ahora, Señor, dejas marchar a tu siervo... mis ojos han visto tu salvación... El mismo nombre de Jesús significa "Salvador" (Mt 1, 21; Hech 4,12). Somos herederos de la salvación y estamos plenamente justificados (Rom 5, l). Sin embargo, sólo en esperanza estamos salvados (Rom, 8, 24). Dios nos destina a la salvación, pero se trata de una herencia que sólo se manifestará plenamente al fin de los tiempos (1 Tes 5,9): "Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro señor Jesucristo". De manera parecida se expresa 1 Ped 1, 4-5. Cristo aparecerá para damos la salvación. Así lo dice Heb 9, 28: "Cristo, después de ofrecerse una sola vez para quitar los pecados de muchos, se presentará por segunda vez, sin pecado, a los que le esperan para la salvación ".

b) Dios quiere que todos se salven 1 Tim 2, 3-4: Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. La voluntad de Dios es la Salvación de todos los hombres. La obra de la Redención tiene un valor universal. No se trata de una voluntad absoluta que se cumplirá a pesar de todo, sino de un deseo ardiente, cuya eficacia está condicionada por la libertad del hombre. El hombre, a quien se han aplicado todos los méritos del sacrificio de Cristo, de la predicación apostólica y de la oración de los hermanos, debe cooperar en la aceptación de la verdad. Llegar al conocimiento de la verdad es la condición indispensable para salvarse, y en cierto modo es la salvación misma, como enseña Jesucristo: "La vida eterna es ésta: que te conozcan a ti como el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo" (Jn 17, 3).

c) El número de los que se salvan Lc 13,23-30: Cuando uno pregunta a Jesús si son pocos los que se salvan, Jesús no establece ninguna limitación en cuanto al número; exhorta a entrar por la puerta estrecha, antes de que esa puerta se cierre. El libro del Apocalipsis habla de los 144.000 que se salvan. El libro del Apocalipsis tiene como tema fundamental nuestra lucha actual y la victoria que nos espera; aborda la cuestión de los que se salvan y, por dos veces, señala el número determinado de 144.000. ¿Se trata de un número matemático exacto? ¿Tan reducido es el número de los que se salvan? Habrá que tener en cuenta que el Apocalipsis utiliza con frecuencia el simbolismo de los números y de los colores. Por ejemplo:
  • 7 es el número perfecto;
  • 8 (7+1) es la superabundancia de la perfección;
  • 6 (7-1) es la deficiencia, el mal: la bestia está expresada por 666;
  • 3 1/2 (7/2) = tres años y medio = 42 meses = 1.260 días. Significa un período corto, un tiempo escaso;
  • 1.000 es número inmenso, infinito.
  • 12 es cifra santa, indica plenitud;
  • Blanco = victoria, pureza;
  • Rojo = sangre, crueldad, guerra;
  • Púrpura = poder imperial;
  • Negro = miseria;
  • Verde (o amarillo) = peste;
  • Arco iris (descomposición de colores) = presencia divina.
Apoc 7,4-10: Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel: de la tribu de Judá, doce mil marcados, de la tribu de Rubén, doce mil, de la tribu de Gad, doce mil, de la tribu de Aser, doce mil, de la tribu de Neftalí, doce mil, de la tribu de Manasés, doce mil, de la tribu de Simeón, doce mil, de la tribu de Leví, doce mil, de la tribu de Isacar, doce mil, de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil marcados.
Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano; aclamaban a gritos: La victoria pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero. Apoc 14, 1-13: En la visión apareció el Cordero de pie sobre el monte Sión y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban inscrito en la frente el nombre del cordero y el nombre de su Padre. Oí también un fragor que bajaba del cielo, parecido al estruendo del océano y al estampido de un trueno fuerte: era el son de citaristas que tañían sus cítaras delante del trono, delante de los cuatro vivientes y los ancianos, cantando un cántico nuevo. Nadie podía aprender aquel cántico fuera de los ciento cuarenta y cuatro mil, los adquiridos en la tierra. Éstos son los que no se pervirtieron con mujeres, porque son vírgenes; éstos son los que siguen al Cordero adonde quiera que vaya; los adquirieron como primicias de la humanidad para Dios y el Cordero. En sus labios no hubo mentira, no tienen falta. Vi otro ángel que volaba por mitad del cielo; llevaba un mensaje irrevocable para anunciarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo... Oí una voz del cielo que decía: Escribe: Dichosos los que en adelante mueran en el Señor. Cierto, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.
¿Cómo interpretar estos textos? Los ciento cuarenta y cuatro mil marcados son todos del pueblo de Israel. A continuación se habla de una multitud incontable de todos los demás pueblos y razas. -El número ciento cuarenta y cuatro mil hay que entenderlo en sentido simbólico, de acuerdo con el carácter del Apocalipsis, y no con un valor matemático exacto. De cada una de las tribus son sellados doce mil. El doce es número sagrado que indica plenitud; el mil es número de inmensidad.
Quiere, pues, decir, que de cada tribu son muchos los que se salvan. En la enumeración de las tribus, se omite la de Dan. Tal vez porque -según una tradición judía- de ella nacería el anticristo; por eso era considerada como maldita. No obstante, hay que mantener el número de doce por su simbolismo; para ello, además de nombrar a José, nombra a su hijo Manasés.
La multitud incontable (a la que podemos pertenecer los que no somos descendientes de Israel) alcanza igualmente la Salvación, pues: -tienen vestiduras blancas (color de victoria), -tienen palmas en la mano (símbolo de triunfo), -están delante del trono y del Cordero. -En el capítulo 14 esta muchedumbre está en la tierra, mientras que los ciento cuarenta y cuatro mil están en el cielo. Es decir, "el Resto de Israel" ya se ha salvado y está en el cielo cuando Juan escribe este libro, porque Israel como pueblo religioso ha acabado.
En cambio, hay muchas gentes que se han de salvar y están todavía en la tierra, en la tribulación, en la lucha. A éstos exhorta el ángel para que se mantengan fieles, reconozcan y teman a Dios ... porque "dichosos los que en -adelante mueran en el Señor". Se trata de una diferencia actual: unos salvados están ya en el cielo, mientras que otros que se han de salvar están todavía en la tierra. No hay nada en el texto que haga pensar que unos alcanzan una salvación plena en el cielo, mientras que la salvación de otros es de menor valor, permaneciendo para siempre en la tierra. Esta distinción no estaría de acuerdo tampoco con los muchos textos que hablan de la salvación, y nunca mencionan una categoría diversa en los salvados. -La virginidad de los ciento cuarenta y cuatro mil, de que habla el capítulo 14, hay que entenderla igualmente en sentido simbólico. Si sólo se salvaran los "vírgenes" en sentido fisiológico, habría que excluir de la salvación a todos los Patriarcas comenzando por el mismo Abraham. En el AT se habla con frecuencia de la Alianza de Dios con Israel con el simbolismo de la alianza matrimonial. El pueblo debe mantenerse fiel a estos desposorios. Si abandona a Yahveh, su legítimo esposo, para servir a otros dioses, comete adulterio. La virginidad, en consecuencia, es la fidelidad a Dios, evitando toda idolatría. Viene, pues a decir el Apocalipsis: Muchos judíos han alcanzado la salvación ya. Muchos más de la gentilidad la alcanzarán, pero todavía están en la lucha, todavía han de esforzarse por alcanzar esta salvación.


Fr. Nelson M.


Preguntas y comentarios al autor de este artículo

lunes, 27 de abril de 2015

EL BUEN CARÁCTER DEL PAPA SAN JUAN XXIII


El buen carácter del Papa Juan XXIII
La bondad y cercanía de Juan XXIII se reflejaban en multitud de anécdotas y bromas que ha dejado para la posteridad


Por: R. Breeze | Fuente: www.teinteresa.es



"Cuando volváis a vuestros hogares, vuestros niños estarán durmiendo: acariciadles sin despertarles y explicadles después que era la caricia del papa", la frase más recordada del Papa XXIII recaló un 11 de octubre de 1962 en los corazones de todo el mundo y le valió el nombre de 'Papa bueno'. Lo improvisó en un discurso que pasó a la historia, el famoso y poético 'Discurso de la luna'.
Conocido por su buen carácter, las anécdotas de su vida se suceden. Una vez, cuando tuvo que posar para una fotografía oficial, el papa se encontraba incómodo. Un momento dado le dijo a uno de sus acompañantes "Dios sabía hace 77 años que algún día yo sería papa. ¡Ya podría haberme hecho algo más fotogénico!".
Su incomodidad ante la perspectiva de ser retratado se reflejó en otra ocasión, en 1959, se encargó un retrato suyo. Estar sentado y quieto con la misma expresión no era una de las virtudes del papa, que al final del primer día de posado exclamó "¡Ahora entiendo qué sentían los santos cuando les quemaban en la hoguera!".
Su sentido del humor eran de sobra conocidos y, a diferencia de sus antecesores, le gustaba ser cercano y bromear con la gente a la que conocía. Hijo de campesinos, a menudo bromeaba con sus orígenes. Solía decir "hay tres maneras de perder el dinero en la vida: mujeres, apuestas y la agricultura. Mi padre eligió la más aburrida de las tres".

La naturalidad del Papa Juan XXIII se enmarcaba en su trato con todo el mundo. Muy similar al papa actual, solía acercarse a la gente y, en una ocasión, se acercó de improviso a una de las carpinterías del Vaticano. Al ver a los trabajadores en su dura labor, mandó pedir vino y les propuso un brindis.
En una ocasión le dijo a uno de los trabajadores "Veo que perteneces al mismo partido que yo", a lo que el carpintero, sorprendido, le contestó "Pero Padre, no pertenezco a ningún partido". "Sí", le contestó el Papa, "te haces miembro automáticamente: es el partido del hombre gordo".
Las salidas del Papa propiciaron algunas críticas, lo cual hizo que comentara"Dicen que salgo demasiado de día. Muy bien, pues entonces saldré más de noche". Y preguntado una vez por cuánta gente trabajaba en el Vaticano, no dudó en decir "sólo la mitad".
Durante su época como nuncio, Roncalli dijo una vez: "Sabéis, es difícil ser un nuncio papal. Me invitan a todas las fiestas diplomáticas donde la gente está de pie, con un plato de canapés intentanto no parecer aburridos. Entonces, entra una mujer voluptuosa con un escote y todo el mundo se da la vuelta. Y me miran a mí".
La espontaneidad del pontífice se reflejaba también en sus decisiones. En enero de 1959, declaró su intención de celebrar el Segundo Concilio del Vaticano a un grupo de cardenales. Estos, sorprendidos ante el poco tiempo que tendrían para celebrarlo, le dijeron "¡No podemos celebrar un concilio ecuménico en 1963!". "Vale, entonces lo celebraremos en 1962", respondió el pontífice. Y, en efecto, se celebró en 1962.
Una de las características del papa fue su cercanía con el hombre común. Un hombre que no se acostumbraba a su posición. Según cuentan, durante sus primeros días como papa, solía despertarse durante la noche con un problema en mente. Entonces, se decía a si mismo "Lo hablaré con el papa", pensando que seguía siendo cardenal. Hasta que se daba cuenta: "¡Pero si soy yo el Papa! Muy bien, entonces lo hablaré con Dios".
Una sencillez que se reflejó en otra ocasión, cuando un niño le dijo que de mayor quería ser o policía o Papa. Juan XXIII le dijo "Si yo fuera tú, me metería a policía. Pueden nombrar Papa a cualquiera, ¡mirame a mí!".
El que fue su mayordomo, Guido Gusso, también recordaba alguna anécdota, especialmente una vez que lo absolvió de una excomunión:
“Yo estaba en el Cónclave asistiendo al Papa Roncalli, lo acababan de elegir, pero decidieron alargar el Cónclave para comunicarlo al mundo al día siguiente. Después de la cena me mandó ir a recoger unas cartas a su apartamento. Tenía que atravesar parte del Vaticano, pero me encontré con unos gendarmes que me bloquearon la entrada”. Necesitaba el permiso del Cardenal Tisserant -entonces Decano del Colegio Cardenalicio-. Me dirigí al Cardenal Tisserant, era un hombre francés con mucha personalidad, y me respondió enfadadísimo: "¡Usted sale del Cónclave y queda excomulgado!".

El mayordomo volvió al Cónclave y se lo contó todo al Papa Juan, que respondió: "¡Pues entonces sal y le dices al Cardenal Tisserant que si él te excomulga, luego el Papa te quita la excomunión!".
Su bondad, otra de sus características, la llevó siempre consigo, hasta su mismo lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: "Tuve la gran gracia de nacer en una familia cristiana, modesta y pobre, pero con el temor de Jehová. Mi tiempo en la tierra está llegando a su fin. Pero Cristo vive y continúa su trabajo en la Iglesia. Almas, almas, ut omnes unum sint ".
Entonces, Van Lierde, el sacristán papal le ungió sus ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies. Abrumado por la emoción, Van Lierde olvidó el orden correcto de la unción, pero Juan XXIII le ayudó suavemente antes de despedirse de los allí presentes.

¿CÓMO ENSEÑAR EL AMOR A LOS HIJOS?

¿Cómo enseñar el amor a los hijos?
El amor no solo se expresa con palabras sino principalmente con hechos hacia los demás


Por: Francisco Mario Morales | Fuente: Catholic.net



Para iniciar debemos considerar algo elemental.
Todo ser humano desde el momento de nacer comenzamos a aprender y asimilar experiencias.
Cuando nos convertimos en papás, una  de nuestras principales responsabilidades es enseñar a nuestros hijos a expresarse con palabras, a dar sus primeros pasos, a controlar sus movimientos y ser precavidos, a alimentarse y comenzar a ser autónomos, y algo muy importante a conocer, a sentir, a vivir el amor, y aprender a dar amor.
En la mayoría de las veces creemos que el amor es algo que cada uno de nuestros hijos irá descubriendo poco a poco a medida que vaya creciendo. San Francisco de Sales, nos enseña algo muy importante para la enseñanza del amor: “No sólo amar a los demás, sino que los demás sientan y se den cuenta que sí los amamos”.
Los hijos tienen que aprender a ver el amor. El verdadero amor no es pasión desbordada y fugaz. El amor lo aprenderá por la veces que los padres se lo digamos, el amor tenemos que enseñarlo. Tenemos que enseñarles a amarse así mismos y también amar a los demás, y que además sepan como demostrarlo. La salud afectiva se enseña y todos nuestros hijos deben aprenderla, y esto desde los primeros meses de vida.
¿Cuántos de nosotros exigimos amor, pero no sabemos cómo amar a los demás? El amor se demuestra respetando, obedeciendo, siendo agradecidos y tolerantes, también corrigiendo. El amor se demuestra perdonando, con un abrazo sincero y un beso sano.
El amor no solo se expresa con palabras sino principalmente con hechos hacia los demás. Los hijos poco creen en el amor porque los padres lo hemos distorsionado con el ejemplo.
Visitar a los enfermos, compartir el alimento, ayudar a las personas en sus necesidades extremas, solidarizarse con los vecinos cuantas veces sea necesario, estar dispuestos a apoyar a quien lo necesite, interés de bienestar de los demás,  de esta manera se expresa  y se hace sentir el amor no solo con palabras sino con hechos, y además es una forma de enseñar el amor y la forma de amar a los demás. Todo esto debe comenzar y vivir desde la familia
El verdadero amor, que tanta falta hace en los hogares, requiere de dar ejemplo de sacrificio para beneficiar a muchas personas que necesitan de nuestro amor.
Tenemos que ayudar a alejar la ignorancia, orientar a quien lo desee y necesite, dentro de lo posible ayudar a corregir errores, perdonar, consolar, tolerar con medida y acercar a Dios a quien lo necesite.
Porque el amor no sólo es recibir, el amor se satisface al dar y ver el bien que podemos hacer a los  demás (no solo buscar ser amados). No solo debemos sentirnos amados, sino hacer que los demás sientan y se den cuenta de nuestro amor por ellos.
Es necesario salir del egoísmo en el que estamos inmersos y que nos impide vivir el amor verdadero y enseñarlo con el ejemplo a nuestros hijos. ¡Hay que enseñar a vivir el amor!
El verdadero amor es el que da sentido a la vida. Vivir con soberbia, egoísmo y envidia es no saber vivir.  Nuestros hijos deben aprender lo que es el amor, viéndolo a través de nosotros, diciéndoselos y enseñándoselos con nuestro propio ejemplo.
El odio y el rencor son veneno letal para quienes viven con ellos en lugar del amor.

EL ESPÍRITU SANTO Y EL DON DE LA CIENCIA



El Don de la Ciencia
Reflexiones Pascua y Pentecostés

Los dones del Espíritu Santo y la oración. Nos permite descubrir a Dios detrás de las obras humanas


Por: P. Donal Clancy, L.C. | Fuente: la-oracion.com



"En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, ... »" (Lc 10, 21)
Frutos del don de ciencia
Jesús nos manifiesta el don de ciencia cuando ora en el gozo del Espíritu Santo al ver volver a los setenta y dos discípulos su misión. Este don contribuye mucho a la oración, pues nos descubre la relación entre las cosas creadas y Dios.
Por la acción iluminadora del Espíritu Santo, perfecciona nuestra fe y concurre directamente a la contemplación, dándonos un conocimiento inmediato de la relación de las creaturas a Dios. Así nuestra mente descubre en la belleza e inmensidad de la creación, la presencia de la belleza, bondad y omnipotencia de Dios y se siente impulsado a traducir
este descubrimiento en alabanza, cantos, oración, acción de gracias, y exclamar: "Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra..".
Este don también nos permite descubrir a Dios detrás de las obras humanas: "Es la sensación
que experimentamos cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que es fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: ante todo esto el Espíritu nos conduce a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros." (Papa Francisco, 21 de mayo de 2014).
Lugares donde se manifiesta el don de ciencia
Los salmos, que por definición son oraciones inspiradas, son un constante manifestación de la acción de los dones del Espíritu Santo en los autores, y en especial del don de ciencia. También vemos esta ciencia espiritual en las parábolas de Jesucristo, al encontrar un sentido escondido en todas las realidades creadas: el agua, el pan, el vino, una piedra, los campos de labranza, el cielo, el sol, la vida, la higuera, la semilla, la tempestad. Allí se nos descubre el sentido último de las cosas materiales y de la misma vida humana: su relación ontológica con Dios, su Creador, su Padre y Redentor.
Otro efecto de este don en el alma, esencial para la oración y para abrirse a la gracia de la contemplación, es la conciencia de lo efímero de las criaturas. El hombre, iluminado por el don de ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le empuja a volverse con mayor ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la sed de infinito que le acosa. (Cfr. Juan Pablo II, 23 de abril de 1989). El libro de la Sabiduría comentaba a propósito de los ateos: "Tal vez como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas, y se dejan seducir por lo que ven. ¡Tan bellas se presentan a los ojos!" (Sab 13, 7). El creyente, a su modo, puede quedar tan cogido por las huellas de Dios, que en su oración ya no pasa más allá de ellas para quedarse sólo en el Creador. Esto constituye una advertencia para quien desea progresar en la oración contemplativa.
Cuando el alma, por ejemplo, se siente llena de paz delante un paisaje majestuoso, alabando al Creador, esa experiencia tan valiosa corre el peligro de detenerse en la belleza misma de la criatura. El don de ciencia viene en nuestra ayuda, para que el orante al final contempla no a las criaturas, sino a su Origen y Señor.

YO SOY LA PUERTA DE LAS OVEJAS


Yo soy la puerta de las ovejas
Pascua


Juan 10, 1-10. Pascua. Entrar por la puerta de Cristo es encontrar la paz, la alegría, la serenidad, el gozo. 


Por: P. Miguel Ángel Gómez | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Juan 10, 1-10
En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Oración preparatoria
Dios mío, ayúdame a escucharte en este rato de oración, porque Tú me das vida, y en abundancia. Concédeme amarte más a Ti que a mí mismo, dame la gracia de saber entrar por la puerta que me señalas y que en definitiva seas Tú realmente el Señor de mi vida entera.

Petición
Jesús, que sepa reconocer tu voz. Y reconocerte en mis hermanos.

Meditación del Papa Francisco
Quisiera decir una última cosa, una última cosa. Aquí hay muchos jóvenes. Jóvenes, queridos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo con el bien. La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha «venido para que tengan vida y la tengan abundante».
Hoy digo a todos ustedes: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el Papa está con ustedes. Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. Todo lo encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los pobres del Brasil, y con gran afecto les imparto mi Bendición. Gracias. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 25 de julio de 2013).
Reflexión
Pronunciar el nombre de Cristo, escucharle y reconocerle en nuestro interior, sólo nace de las almas que verdaderamente han hecho esa experiencia amorosa con Él. Una experiencia que no se reduce a un simple recitar de oraciones, o a un compromiso obligatorio dominical, sino que más bien se eleva a un contacto frecuente e íntimo con el Señor en la oración de todos los días, en el trabajo cotidiano, e incluso, en los sufrimientos que podamos padecer y ofrecer por amor a Él.

Las almas que buscan la verdadera fuente de la felicidad en Cristo, saben que solamente en su interior, donde Dios se hace paz, alegría, serenidad, gozo, se encuentra la verdadera e íntima amistad con Él. Son esas ovejas que entran por la puerta de la renuncia y del sacrificio, que escuchan el llamado personal del Buen Pastor, y que le siguen por los caminos por donde Él las lleva, siempre con la única finalidad y deseo de estar con Él delectándose con su dulce compañía.

Propósito
Renovar mi compromiso de meditar diariamente, para vivir de acuerdo a la Palabra de Dios.

Diálogo con Cristo
La parábola del Buen Pastor me permite recordar que Tú eres quien debe guiar mi vida. Buscas mi bien y por eso me invitas a entrar por la puerta de la fe, para que pueda realmente tener un encuentro personal contigo en la oración y mi vida sacramental. Ayúdame a nunca temer, que me atreva a abrir, entrar y recorrer el camino que me señalas, porque es el camino a la felicidad.

viernes, 24 de abril de 2015

¿HA LEÍDO ALGÚN BUEN LIBRO? UN PLAN DE LECTURA ESPIRITUAL PARA TODA LA VIDA


¿Ha leído algún buen libro? Un Plan de Lectura Espiritual para Toda la Vida
Lectura espiritual

La lectura espiritual hace santos


Por: Padre John McCloskey | Fuente: www.catholicity.com/mccloskey/articles



El propósito de la vida de un católico es llegar a ser santo. Por la gracia de Dios, podemos colaborar con El en esta tarea que dura toda la vida. Ya conocemos varios medios, y uno de ellos, verdaderamente indispensable, es la lectura espiritual que esta a la disposicion de todo el que sabe leer. San Josemaría Escrivá decía: “Que tu conducta y tu conversación sea tal que todo aquel que te mire o te escuche, pueda decir: Esta persona lee la vida de Jesucristo”.
Demos un vistazo a la situación actual de la mayoría de los católicos en Europa y Norteamérica. Lamentablemente creo que estoy en lo cierto cuando digo que el contacto que la gran mayoría de los varios cientos de millones de personas tienen con la Sagrada Escritura es durante unos 10 minutos durante la Misa del domingo. Además, la mayoría tiene solamente una educacion catequética rudimentaria, que generalmente termina a una temprana edad. Por tanto, no conocen la Sagrada Escritura y a duras penas recuerdan el Catecismo. Además, muy pocas personas tienen conocimiento de los grandes clásicos de la espiritualidad católica.
Por otra parte, sus ojos y oídos se ven asaltados a diario por una avalancha de estímulos que parecieran diseñados por el demonio, o por lo menos por los muchos amigos que tiene en la tierra, para mantenernos inmersos en el mundo de lo efímero y nuestras mentes muy lejos de la vida sobrenatural. Constantemente y en forma progresiva, la mayoría de la gente sólo lee libros y revistas que no son más que basura. Las películas que miran están llenas de violencia y estímulos sexuales, al igual que la música que se escucha. En el típico hogar americano la gente mira televisión durante un promedio de siete horas al día, convirtiendo a las personas en zombies, aptos para ser manipulados. La única competencia no es el disfrute saludable de la mutua compañía familiar, sino los juegos de computadoras y el Internet, donde basta apretar un botón para encontrar tentaciones muy serias.
Me parece que esta descripción es un retrato acertado de la vida diaria de cientos de millones de católicos.
Afortunadamente esto aún no ha llegado a todas partes del mundo, pero en vista de la actual hegemonía del Occidente secular, puede serlo muy pronto. Que remedio existe para detener este asalto de la cultura de la muerte que lleva no sólo al embotamiento sino a la muerte del alma? Una respuesta es la lectura espiritual católica, que está disponible para todo aquel que tenga ojos para ver, oídos para oir (Recordemos los libros en cassettes) y dinero para comprar libros o bibliotecas donde prestarlos.
“La lectura ha producido muchos santos”. Es difícil imaginar un santo que no haya sido profundamente influenciado por la lectura espiritual no sólo antes de entregar su vida a la obra de Dios en la tierra, sino continuando la lectura espiritual como parte integral de su rutina diaria hasta el día de su muerte.
Dice Santo Tomás de Aquino: “Nada hay en el intelecto que no nos haya llegado primero por los sentidos”. Lo maravilloso es que tenemos una clara ventaja, ya que a medida que pasan los años y los siglos, apenas estaríamos empezando a cubrir una pequeña porción de los cientos de miles de los grandes clásicos espirituales, y de la poesía y la prosa inspirada por el catolicismo.
Veamos el ejemplo de San Agustín, quien escuchó la frase “Tolle et lege” (Toma y lee) y abrió el Evangelio en una sección que como resultado, cambió su vida y el curso de la civilización cristiana. San Antonio, el fundador del monasticismo, se conmovió tanto leyendo la historia del joven rico que siguió el mandato de “Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y ven sígueme”. Sin esta obediencia a la Palabra, quién sabe si la cristiandad hubiera podido sobrevivir el asalto de la invasión bárbara. San Ignacio, convalesciendo en su cama de las graves heridas recibidas en batalla, echó a un lado el equivalente a lo que hoy llamamos sensacionalismo, comenzó a leer libros espirituales que lo inspiraron a cambiar radicalmente su vida, abrazar a Cristo y fundar la orden de los Jesuítas, los grandes campeones de la Reforma Católica. Otra vez se cambió la historia del mundo.
O en tiempos más modernos, pensemos en el joven Anglicano divino, John Henry Newman, quien leyendo y releyendo los Padres de la Iglesia, vino a darse cuenta que, como Anglicano, su posición era análoga a la de un semi-Pelagiano. Leyó los argumentos de San Atanasio, quien dijo que sólo la Iglesia Católica “gobierna el mundo” y la Iglesia fue bendecida con una de las más grandes conversiones cuya influencia nos llega hasta el día de hoy.
Observemos al escritor espiritual moderno Thomas Merton quien, por pura curiosidad tomo un libro escrito por Etienne Gilson, el gran Tomista francés, sobre “Los elementos de la filosofía cristiana”, y esto lo llevó a estudiar más detenidamente los postulados del catolicismo. Su estudio lo llevó a la conversión y eventualmente a su vocación como monje trapense. Flannery O’Connor, la gran autora católica sureña, se propuso leer por lo menos 20 minutos diarios de la Summa, y en consecuencia sus escritos están llenos del sentido común y aun del tono irónico del Doctor Angélico. Estos son apenas unos pocos ejemplos que podrían citarse. En realidad, creo que toda persona que lea este articulo, podría contarnos su propia historia ahora o muy pronto!
El Santo Padre en su carta apostólica “Al comienzo del Tercer Milenio”, que constituye el plan apostólico para nuestro siglo, nos urge a que “contemplemos el rostro de Cristo”, y uno de los medios principales que nos señala es la Sagrada Escritura: “La Escritura tiene un legítimo lugar de honor en la oración pública de la Iglesia. Es especialmente importante que el escuchar la palabra de Dios se convierta en un encuentro vivificante, en la antigua y siempre nueva tradición de la ‘lectio divina’, que extrae del texto bíblico la palabra viva que cuestiona, dirige, y da forma a nuestras vidas”.
Según el Catecismo de la Iglesia y el Concilio Vaticano II, la Sagrada Escritura es la palabra de Dios puesta por escrito por el soplo del Espíritu Santo. La Biblia consta de 72 libros en el Nuevo y el Antiguo Testamento, confirmados por la Iglesia en el Concilio Provincial de Hipona en 393, como canónicos (o de inspiración divina). La Sagrada Escritura no es solamente la guía de nuestra salvacion, de la que fluye virtualmente toda la teología y práctica catolicas, sino que también es la base de la cultura cristiana.
Sin la Biblia nos reduciríamos a simples adoradores de la naturaleza, o algo peor. Parafraseando el Catecismo: “La verdad que Dios ha revelado para nuestra salvación, la ha confiado a la Sagrada Escritura”. Pero como el Espíritu Santo ha trabajado por medio de autores humanos quienes han usado muchas formas literarias para comunicar el Mensaje, es comprensible que acudamos sobre todo a la Iglesia para guiarnos en la interpretación correcta.
Después de todo, hasta San Pedro encontró desconcertantes algunos de los escritos de San Pablo! Este libro, el mejor vendido y el más citado de la historia, debe ser nuestro libro predilecto, para leerlo y meditarlo por lo menos unos pocos minutos diarios en forma ordenada.
Podríamos llamar a la Biblia el libro sin fin, ya que una vez que lo terminemos, lo comenzamos de nuevo, una y otra vez hasta que Dios nos llame a su lado. Es muy importante que aprendamos de la Biblia cómo vivir y para tal efecto, hacer resoluciones diarias. Con el tiempo vendremos a tener tal familiaridad con las historias de la Biblia, especialmente las del Nuevo Testamento, como la historia de nuestra propia vida, y entonces empezaremos a vivir en Cristo, inmersos en sus palabras y ejemplo.
La Biblia vendrá a ser la inspiracion frecuente de nuestra meditación y el texto principal para nuestro trabajo de evangelización.
Para asegurarnos de que nuestra Biblia esté siempre cerca de nosotros, es una buena idea tener una edición grande de la Biblia en casa y una edición de bolsillo del Nuevo Testamento. De ser posible, la versión grande debería tener comentarios que se concentren principalmente en el sentido práctico, espiritual o ascético de la Escritura, más que en el aspecto hermenéutico o exegético. Este comentario debe ser fiel a las enseñanzas de la Iglesia. La Biblia es por sobre todo, un libro por el que aprendemos a vivir la vida cristiana, más que para dirimir discusiones sobre aspectos de interpretación. Afortunadamente se han producido recientemente, ediciones que se ajustan a estos lineamientos. También hay libros muy buenos sobre la vida de Cristo que nos ayudan a “contemplar su Rostro”, tales como “Conocer a Cristo Jesus” (To know Christ Jesus), de Frank Sheed y “Vida de Cristo” por Fulton Sheen.
Para complementar adecuadamente la lectura diaria de la Sagrada Escritura, sería bueno leer algún libro espiritual, normalmente recomendado por el propio director espiritual. Es prácticamente imposible agotar los libros clásicos espirituales católicos, ya que ni un universo entero de libros podría contarnos todo lo que Jesús hizo y enseñó durante su Vida. Estos libros pueden incluir obras del magisterio de la Iglesia, vidas de santos y libros escritos por santos, obras de teología, y una plétora de clásicos espirituales católicos.
Es una buena práctica leer sólo un libro a la vez, de principio a fin, quizás haciendo anotaciones o subrayando aquellos puntos que nos llaman la atención, de manera que podamos usarlos en la oración silenciosa, o en nuestras conversaciones con nuestro director espiritual. El Catecismo (2654) señala: “Buscad leyendo, y encontraréis meditando; llamad orando, y se os abrirá por la contemplación”. Una buena lectura espiritual lleva a la oración, a la auto negación y a un deseo cada vez mayor de compartir la evangelización con la familia, los amigos y la cultura que nos rodea.
Antes de finalizar, quiero agregar unos pocos consejos prácticos:
Cuando haga su lectura espiritual, póngase en la presencia de Dios e invoque al Espíritu Santo.
Asegúrese que está completamente alerta y en una habitación con buena luz y sin distracciones. O sea: Nunca tarde en la noche y acostado. No cree usted que la Palabra de Dios y los grandes clásicos espirituales merecen más que eso?
La lectura no debe durar más de 15 minutos pero nunca menos. Juan Pablo II nos insta a seguir el mandamiento del Señor, de “ir y buscar lo hondo para pescar”. Nuestro compromiso de lectura espiritual diaria nos ayudará a ser “pescadores de hombres”.
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