viernes, 2 de enero de 2015

AMOR MATRIMONIAL: CAMINO DE SANTIDAD

Amor matrimonial: camino de santidad
Descubre los tesoros ocultos en el amor matrimonial y vive en plenitud este camino de perfección personal. - 


Por: P. Juan Carlos Ortega | 



"Como Dios ha equipado a todos los hombres con la vocación al amor y les ha regalado
de forma gratuita el fin y las fuerzas,
así ha colocado a cada individuo
en su estado, que es el lugar y la forma
en los que tiene que tender a su destino".
(Estados de vida del cristiano, Von Balthasar, H.U.)

De acuerdo a este pensamiento, deducimos que Dios regala al hombre el matrimonio como instrumento y estructura que facilita y ayuda a la persona humana la vivencia de su vocación al amor. Y, por lo tanto, el católico casado tiene la seguridad de haber recibido de Dios todo lo que necesita para vivir esta misión en el estado matrimonial.

A pesar de ello, el católico siente en su mismo ser, tanto corporal como espiritual, el aguijón del pecado y sus consecuencias. Pero, también, recibe la fuerza revitalizadora de la gracia de Cristo. A causa de la redención, operada ya en el ser humano por medio de Jesucristo, el cristiano no ha de detener su mirada en lo que era el hombre pecador, sino alargar su horizonte hasta redescubrir lo que era el hombre del paraíso y prefigurar lo que será el hombre celestial.

Si lo anterior se puede afirmar de todo cristiano, en cualquier estado al que sea llamado, también se afirma del casado, quien encuentra en el amor matrimonial la posibilidad de superar el desorden del pecado y el camino hacia la perfección personal.

La fuerza oculta del amor matrimonial

Los esposos cristianos, al poner su mirada en lo original de la primera pareja, recordarán que lo realmente diverso en ellos es el modo de amar. Un amor que les llevaba al servicio pleno de Dios, manifestado en una total disponibilidad de las cosas materiales y del propio cuerpo y libertad.

Por lo tanto, el amor en el estado matrimonial ha de ayudar a ordenar el uso de las creaturas, del cuerpo y de la libertad. En este sentido se podría afirmar que el matrimonio católico es una verdadera consagración a Dios.

Una entrega que lleva a los esposos a alcanzar la santidad a través de la vivencia por amor de los consejos evangélicos:

1. Pobreza interior

Los esposos pueden formar una actitud de pobreza interior que les lleva a recibir como don de Dios al propio cónyuge. Y a reconocer en él la única y principal riqueza de su vida:
Única porque deben estar dispuestos a renunciar a todo lo material, si ello es obstáculo para la unidad matrimonial.
Principal porque desde el momento del matrimonio el valor de una persona se mide, no por los elementos materiales que posee sino, por la entrega al esposo.

De este modo el amor convierte la actitud de pobreza en un servicio al amado.

El católico casado tiene la seguridad de haber recibido de Dios todo lo necesario para vivir en el matrimonio.

Adán y Eva, en su pobreza, esperaban que todo le viniera de Dios. Y vivían en una continua solidaridad, hasta el punto que todo lo que tenían era para donarlo al otro. De modo similar, en la vivencia práctica de la vida matrimonial, la actitud de pobreza, vivida por amor, llevará a los esposos cristianos, a recibir con alegría lo que el otro le puede aportar por medio de su trabajo. En cualquier circunstancia económica que les toque vivir, no guardará nada para sí, lo compartirá y deseará que el otro disfrute de lo marterial antes que uno mismo.

Así los esposos, realizarán las palabras de san Pablo: "aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad" (2Co 8,2).

2. Sexualidad al servicio del amor

El ejercicio del amor conyugal supera el desorden introducido por el pecado en la sexualidad humana. De hecho, coloca el eros y el sexo al servicio del amor cristiano y matrimonial. En realidad, los esposos consagran a Dios su corazón y su cuerpo para el uso exclusivo del cónyuge y se sirven de ellos para expresar amor en los momentos y del modo como Dios lo ha pensado.

Jesucristo se entregó a su Padre y a todos los hombres en la cruz. Su sacrificio y renuncia fueron realizados tanto en el cuerpo como en el espíritu. Esta renuncia realizada por el Hijo de Dios obtuvo la fertilidad que el Padre quería: la redención del hombre.

Los esposos no hacen otra cosa sino consagrar a Dios su corazón y su cuerpo para uso exclusivo del cónyuge.

Así los esposos cristianos, para obtener la fertilidad que, en conciencia, creen que Dios les quiere otorgar, unas veces se entregarán mutuamente, por amor, con el cuerpo y el espíritu, y en otras ocasiones, también por amor, renunciarán al deseo espiritual de la posesión del cuerpo.

3. Libertad obediente

El tercer desorden provocado por el pecado, el desorden de la libertad, también es purificado por el sacramento del matrimonio. Al momento de unir sus vidas, los católicos se comprometen a vivir en obediencia a Dios manifiestada en las necesidades y deseos legítimos del esposo respectivo y a ejercer sobre los hijos la autoridad amorosa y delegada de su verdadero Padre.

Adán vivía en plena libertad y autonomía aceptando en todo lo que Dios quería de él. Su obediencia no era sentida como imposición, pues el amor le movía a realizar todo mandato y deseo que podía hacer feliz a Dios, a quien amaba. De modo similar, los esposos cristianos, en el ejercicio perfecto de su libertad y movidos por el amor, no desean otra cosa sino hacer feliz al cónyuge en el cumplimiento de sus mandatos y deseos.
De este modo el hombre cristiano casado, sin renunciar definitivamente a la libertad, ni al ejercicio de la sexualidad, ni a la propiedad, supera el desorden provocado por el pecado en el uso de las cosas materiales, del cuerpo y de la libertad. Lo supera, como el hombre original, por medio del amor.

Pero si la vivencia del amor cristiano en el matrimonio, ayudado por la gracia de la redención otorgada por Cristo, sólo devolviera al hombre la capacidad de ordenar lo que el pecado desordenó, su función sería netamente negativa y condicionada por el pecado. El amor matrimonial encierra mayores riquezas para los esposos cristianos.

Camino de perfección

El Nuevo Testamento nos ha revelado que todos los católicos son "elegidos de Dios, santos y amados" (Col 3,12). Y así lo experimentan aquellos que con sinceridad buscan vivir su vocación de ser imagen de Dios en el amor.

Santidad con el otro

El cristiano, aunque permanecerá siempre copia, cada día podrá asemejase más al original. La posibilidad de crecer es una condición humana de la que nadie puede escapar. Y esto también se aplica al laico quien ha recibido del evangelio, al igual que el sacerdote y el religioso, el mandato de alcanzar la perfección del Padre sin indicación alguna sobre el hasta dónde debe tender a la santidad o de qué aspectos está dispensado.

Por consiguiente, si el esposo cristiano está llamado a ser santo y perfecto en el estado matrimonial al que Dios le ha llamado y Él mismo le ha regalado, significa que junto con el estado encontrará todo lo que necesita para ser perfecto y santo. La santidad consiste en reproducir con la mayor perfección posible la imagen original del amor de Dios. Pero recordemos que dicha imagen divina en nuestras almas es fruto principalmente de la acción de Dios, a la que se suma la colaboración dócil del hombre.

Signo de la presencia sacramental

La acción del amor divino en el alma se realiza principalmente por medio de los sacramentos, en los que el Hijo de Dios actúa personal y directamente sobre quienes los reciben. Por otra parte, para que Él se haga presente en medio de nosotros basta una comunidad de dos o tres reunidos en su nombre (Mt 18,20).

1. Signo de Entrega:
Por ello, el matrimonio, comunidad de personas en Cristo, es un ámbito humano propicio para que Él, por medio de la vivencia de los esposos, actúe los contenidos de su amor de acuerdo a cada uno de los sacramentos. El sacramento del matrimonio es signo de la vida y entrega total del Hijo de Dios al Padre y a la humanidad. Los esposos cuanto más se entregan por amor el uno al otro, más son signos de la presencia de Jesucristo vivo que vino a salvar a los hombres.

2. Signo de renuncia:
La entrega exige en primer lugar la renuncia a lo propio. Como Cristo tuvo que despojarse de su apariencia divina para devolver al hombre el bien que había perdido. Así, por el bautismo, todos nosotros hemos muerto al pecado (Rm 6,2), es decir, al egoísmo de los propios gustos para buscar el bien de los demás.

Igualmente, la vida matrimonial exige de los esposos un nuevo modo de pensar y actuar, no centrado ya en sí mismo sino en el bien del matrimonio y de los hijos. En la medida que sean capaces de renunciar por amor a lo propio en beneficio de la familia, están siendo signos de la presencia del amor de Cristo que se hizo hombre, no buscando su bien sino el de la humanidad.

3. Signo de sacrificio:
Además de la renuncia, la entrega tiene otra cara, que se llama sacrificio, y al que la revelación nos invita expresamente: "también nosotros debemos dar la vida por los hermanos" (1Jn 3,16).

Cada vez que los esposos se sacrifican por el cónyuge o los hijos son signos de la presencia del amor de Jesucristo, para quien no fue suficiente entregarse de una vez para siempre, sino que quiso perpetuar su sacrificio cada día y en todas las partes del mundo.

Así, en el sacrificio eucarístico, los esposos encuentran fuerzas para no poner límites en el tiempo a su entrega sacrificada y diaria.
Pero la finalidad del sacrificio de Cristo es la unidad de todos los cristianos en Él: "todos nosotros seamos un cuerpo, ya que todos participamos de un sólo pan" (1Co 10,17).

Del mismo modo, todo sacrificio que exige la vida matrimonial debe buscar, ante todo, mantener la unidad entre los cónyuges, de ellos con los hijos y de los hermanos entre sí. Entonces, la unidad familiar, fruto del amor conyugal, será signo del amor que debe existir entre todos los cristianos, fruto de la unidad de cada uno con Jesucristo.

4. Signo de perdón:
El culmen del sacrificio del Hijo de Dios se descubre en la cruz, cuando perdona a aquellos que le crucificaron. Perdón, que como su sacrificio, ha querido perdurar durante toda la vida y en todo lugar por medio del sacramento de la penitencia. Como el maestro, así los cristianos debemos perdonarnos unos a otros (Ef 4,32; Col 3,13).

Por su parte, los esposos cristianos no pueden quedar excluidos de esta obligación en el seno de su matrimonio. Han de perdonar, incluso cuando sientan que ha sido su propio esposo quien les ha colocado en la altura de la cruz.

Y han de perdonar como Él, para quien no existe una última oportunidad: ´porque te amo te perdono, y también te perdonaré mañana si vuelves a ofenderme´. Esta actitud del corazón del esposo cristiano es signo del amor por el hombre que Cristo tuvo desde la cruz.

5. Signo de amor por los necesitados:
Mientras caminaba por los senderos y ciudades de Palestina, Jesús manifiesta una especial sensibilidad por los enfermos y tullidos. Hoy mantiene esta expresión de su amor por medio de la unción de los enfermos.

No quiere dejar sólo ni desamparado al cristiano en el momento del dolor y de la muerte. Así la presencia del esposo junto al lecho de la enfermedad del cónyuge, incluso cuando éste, por su debilidad, ya no tiene posibilidad de ofrecerle nada, expresa el amor fiel del Padre y de su Hijo quienes le recibirán y colmarán el amor matrimonial vivido en este mundo.

6.Signo de compromiso:
Todo lo anterior no es sino la realización del sacramento de la confirmación, por la que cada cristiano se convierte en apóstol y transmisor de la doctrina y vida de Cristo. Aún más, vivido el matrimonio de este modo, también los esposos son signos del Sacramento del sacerdocio instituido por el amor de Cristo para administrar las gracias de Dios.

Los esposos entre sí y como padres de familia respecto a sus hijos son instrumentos de la gracia Dios. Los hijos se acercan a los sacramentos preparados por su padres. Y éstos se apoyan mutuamente para mantener y recuperar la vida de gracia y de unión con Dios.

La oración, escuela de amor

La estructura matrimonial facilita, por lo tanto, a los esposos el ser imagen de la acción del amor de Dios a través de los sacramentos. Pero el amor de Dios se derrama también por medio de la oración.

Oración que pueden realizar ayudándose de la predicación de los ministros, siempre y cuando la reciban "no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios" (1Ts 2,13). Los esposos, al acudir unidos a la predicación, pueden con más facilidad, mediante el diálogo, hecho también oración, aplicar la Palabra de Dios escuchada tanto a lo ordinario como a lo circunstancial de su vida matrimonial.
Los esposos deben realizar también la oración personal y privada, para que, una vez conocidas y asimiladas las virtudes de Cristo, traduzcan en obras, bajo la guía de un prudente director, los frutos de su contemplación. Es en la oración donde el Espíritu de Cristo ilumina a los esposos para amar al cónyuge y a los hijos como el mismo Jesucristo los ama en las circunstancias concretas de edad y temperamento.

Signo de la vivencia de las virtudes teologales

Al ser signo del amor de Cristo que se derrama a través de los sacramentos y de la oración, el estado matrimonial se convierte en luz del mundo, cumpliendo lo mandado por el Señor: "¡Luzca así vuestra luz delante de los hombres!" (Mt 5,16). El acto mismo del compromiso matrimonial que ambos cónyuges declaran el día de su boda es signo claro de lo que debe ser toda la vida cristiana: una respuesta de amor a la llamada amorosa de Dios.

¡Qué importante es para los esposos que su promesa de fidelidad sea, en primer lugar, promesa a Dios, y, sólo después, promesa al cónyuge! ¿Por qué? Porque sólo Dios es fiel, y nada más él puede asegurar lo que el amado promete. Sólo porque se tiene la fe y la confianza en la gracia de Dios, que acompañará al consorte, se puede esperar y creer en las palabras de fidelidad de éste.

Pero el acto del compromiso matrimonial no es luz para el mundo sólo por lo que entraña de fiarse de la palabra ajena. Su luz más radiante proviene de lo que uno mismo es capaz de prometer. Toda vida matrimonial que inicia entraña un verdadero riesgo, se inicia una hoja en blanco en la que ninguno de los dos esposos saben qué se escribirá en ella. Pero ambos prometen amor y entrega absoluta incluso en la adversidad, entendida ésta tanto como proveniente de fuera de la pareja como causada por el propio cónyuge.

Prometer una fidelidad tal es "para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios" (Mc 10,27).

De este modo, la vida matrimonial se convierte también en modelo de la cruz y el sacrificio de Jesús.

Si lo anterior se puede afirmar de todo cristiano, en cualquier estado al que sea llamado, también se afirma del casado (Flp 1,29). Los esposos sufren por Jesucristo cuando, en respuesta a su generosidad, no reciben del cónyuge lo prometido.

Ellos, en razón de la promesa realizada a Dios, permanecen fieles. "Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas" (1Pe 2,20-21).

Los esposos cristianos han de estar convencidos que el sacrificio no puede desaparecer de su vida matrimonial, como no desapareció de la vida de Cristo, cuyo amor tratan de reproducir en el matrimonio.

Llamados a evangelizar juntos

Pero aún quedaría un aspecto más en el que la vida matrimonial debe ser imagen del amor de Dios. "En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él" (1Jn 4,9). Si el amor de Dios hizo que él viniera al encuentro del hombre para acercarle a sí mismo, los esposos cristianos serán imagen del amor de Dios cuando, saliendo de su entorno familiar, vayan al encuentro de otros hombres para transmitir su fe en Dios.

Los dones de ser imágenes de Dios y de reproducir su amor divino a través de la vida matrimonial no pueden ser recibidos por los esposos cristianos de forma pasiva. Los esposos cristianos tienen la misión de ser apóstoles del matrimonio y de la familia.

Han de transmitir con su testimonio, con su palabra y con sus acciones la grandeza de la gracia del matrimonio que Dios les ha regalado y ellos se esfuerzan por vivir.

Ciertamente el matrimonio cristiano es un don de Dios a la humanidad, pues ofrece todos los elementos que el ser humano requiere, no sólo para superar el desorden creado en él por el pecado, sino que lo encauza a la vivencia del amor absoluto para realizar su misión de ser imagen y semejanza de Dios.

¿POR QUÉ DIOS SE DEMORA EN CONTESTAR?


¿Por qué Dios se demora en contestar?
Reflexiones de María

El ruego de una madre. Después de todo, estoy pidiendo algo que no sólo es razonable, sino bueno y necesario para ellos. 


Por: P. John Bartunek, L.C. | Fuente: la-oracion.com



El dolor y el sufrimiento que una madre pasa en una prueba familiar es palpable. Desearía poder dar una respuesta fácil.

Desafortunadamente, temo que no va a gustar mucho mi respuesta porque es muy difícil y creo que por eso su alma está buscando certezas.

¿Por qué Dios no responde a mis plegarias de la manera que yo quiero que lo haga?

Después de todo, usted está pidiendo algo que no sólo es razonable, sino bueno y, tal parece, necesario. Entonces, ¿por qué Dios se demora? Permítame contestar a esa pregunta con otra pregunta: ¿Qué tan firmemente cree usted que Dios ama a sus hijos, incluso mucho más que usted? Sabemos que Él los ama – no porque el amor de usted sea insignificante, sino porque su amor es infinito. El amor que usted tiene por sus hijos, tan fuerte y apasionado, es sólo un reflejo del amor infinito que Dios tiene por ellos. Al mismo tiempo, Dios es todopoderoso. Entonces, por la fe sabemos que si Dios está permitiendo esta cruz, Él tiene sus motivos y les dará una serie de gloriosos domingos de resurrección a partir de lo que parece esta sucesión sin fin de viernes santos.

En tiempos de crisis, debemos ejercitar nuestra fe de manera premeditada. Además, deliberadamente y con valor, debemos acordarnos que el propósito último de Dios es llevar a cada persona hacia una comunión cada vez más profunda con Él. Esta comunión comienza y crece aquí en la tierra, pero alcanza su plenitud sólo en el cielo. Las batallas, luchas, penas y, muchas veces, los sufrimientos terribles que enfrentamos en nuestra peregrinación terrenal son inevitables en un mundo caído; pero Dios, lejos de estar ausente en medio de ellos, los ha transformado en canales de gracia, en gimnasios de virtud y puentes hacia una mayor sabiduría, compasión y madurez espiritual.

Ayudas prácticas

Usted siente que su fe está siendo probada por su situación actual. Esto debe ponerla de rodillas más frecuentemente – y tal parece que eso es lo que Dios le está pidiendo al empujarla fuera de su zona de confort espiritual. Él está purificando su fe y una fe más pura la llevará hacia una mayor unión con el Sagrado Corazón. Como el apóstol Santiago lo explica: Considerad como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ser acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear. (Santiago 1,2-4)

En este período de sufrimiento, puede encontrar ánimo leyendo algunos escritos espirituales. Usted no está sola en esta prueba, es miembro del Cuerpo Místico de Cristo. Inspirarse en las vidas de los santos, y de otros cristianos, quienes han sobrellevado sufrimientos tremendos en su camino hacia la santidad le dará ánimo, la guiará y la edificará. Lea, por ejemplo Mártires del siglo veinte, de Robert Royals o Ven, sé mi luz, de la Madre Teresa de Calcuta o He Leadeth Me del Padre Walter Ciszek, S.J. Debemos, a propósito, llenar nuestra imaginación con recordatorios de que Dios trabaja a través del sufrimiento, de otra manera nuestra fe y nuestra esperanza disminuirán y caeremos en el espiral cegador de la frustración y el desánimo donde somos vulnerables del más mortífero de los pecados: el orgullo.

Cuando el amor de una madre se siente impotente

¿Qué puede decirles a sus hijos, qué puede usted hacer por ellos para que su fe no decaiga? 


La respuesta a esta pregunta va a gustarle menos que la que le di anteriormente. Permítame comenzar citando palabras de Nuestro Señor a san Pedro al final del Evangelio de Juan, cuando Pedro le preguntó a Jesús sobre qué le iba a pasar al otro discípulo (san Juan): ¿Señor, y éste, ¿qué? San Pedro quería saber que era lo que le esperaba al discípulo más joven, quizá debido a que lo quería tanto y estaba preocupado por él y Jesús responde de manera cortante Si yo quiero que se quede hasta que yo venga ¿qué te importa? Tú, sígueme (Juan 21,22). Jesús frenó la preocupación y ansiedad de Pedro diciéndole que permaneciera concentrado en su propio apostolado y confiara en que Jesús se haría cargo del resto.

Su corazón de madre anhela consolar a sus hijos, salvarlos del sufrimiento, rodearlos de luz, afecto y éxito. Esto es correcto, es saludable y es verdad, y aun así, al final no puede usted determinar cómo responderán ellos a la gracia de Dios. Por más que usted quiera asegurar que ellos conserven la fe, busquen a Dios y crezcan en santidad, no puede hacerlo, sólo puede hacer lo que a usted le toca. Al final, cada uno de sus hijos es responsable de su propia relación con Dios, cada uno de ellos es responsable de cómo enfrenta la crisis actual, cada uno es libre para crecer en paciencia, humildad, sabiduría y valor, o para rebelarse contra Dios, quien nos ama tanto que rehúsa evitarnos las dificultades...Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. (Hebreos 12,6).

Aprendiendo a dejar ir y a dejar a Dios

Cuando sus hijos eran pequeños, usted podía controlar más directamente lo que los rodeaba e incluso sus reacciones. Entonces dependían más de usted. Pero ahora sólo puede influir en ellos y sus circunstancias de manera indirecta. Aceptar tranquilamente las limitaciones de su influencia dará gran gloria a Dios, porque elevará su confianza en Él a un nuevo nivel. Y si, en medio de esta prueba, alguno de sus hijos se revela contra Dios, usted debe conservar su paz interior a través de la oración y la confianza, mientras ofrece a Dios el sufrimiento que pueda experimentar. Después de todo, aun si en ellos hubiera una rebelión violenta, éste no es el final de la historia – la historia sólo termina el día del Juicio.

Recuerde, Dios ama a sus hijos aún mas de lo que usted los ama y Él honrara su amor de madre por ellos mucho más de lo que puede imaginar, siempre y cuando sea un amor puro, y su amor por Dios y su confianza en Él permanezcan en el primer lugar. Así que continúe haciendo lo que pueda para dar apoyo y valor a sus hijos y para ayudarlos a llevar sus cruces, a través de sus oraciones, su ejemplo y cualquier palabra y obra que las circunstancias le permitan.

Pero –cuantas veces sea necesario- renuncie en su corazón y en su mente al control que le gustaría tener. Salvarlos no depende de usted, sólo puede ser un instrumento de la gracia de Dios hasta donde Él lo permita.

Dios es Dios, nosotros no somos Dios, y con Dios de nuestro lado ¿quién contra nosotros? (Romanos 8,31). Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio (Romanos 8,28). Ésa es nuestra seguridad, nuestra esperanza, nuestra roca y nuestro refugio.

LA IGLESIA SEGÚN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


La Iglesia según los medios de comunicación
Hablar con la verdad

Si mostrar la verdad es uno de los anhelos principales de todo buen periodista, entonces no pueden faltar, en toda su riqueza, el rostro y la voz de Jesucristo y de su Iglesia...


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Si intentásemos comprender qué es la Iglesia católica a través de lo que aparece en algunos medios de comunicación social, adquiriríamos una imagen curiosa y extraña de la misma.

Porque en muchos medios la Iglesia es noticia cuando hay escándalos, cuando hay quejas contra ella, cuando hay teólogos que critican su doctrina, cuando algún obispo hace declaraciones sobre temas de moral o de fe que van contra la mentalidad del mundo, cuando se lanzan hipótesis de todo tipo sobre las “luchas de poder” en el Vaticano, cuando se alude a la salud del Papa y a sus posibles sucesores.

De este modo, se corre el riesgo de deformar la esencia de la Iglesia. No se conoce a una persona cuando se le mira sólo desde fuera y desde lejos, sino cuando se convive con ella, cuando se la escucha, cuando le preguntamos sobre sus convicciones y sus miedos, cuando la vemos actuar en momentos de bonanza o ante dificultades de mayor envergadura.

Es cierto que en los medios de comunicación hay espacios para que hablen laicos y sacerdotes, obispos y cardenales. La voz de los miembros de la Iglesia no ha sido apagada. Pero también es cierto que en muchos de los grandes medios informativos la Iglesia aparece sólo por asuntos que suscitan escándalo, que son “noticiables”, y según la perspectiva de quienes la miran de lejos, a veces con desprecio.

Pocos medios se interesan por lo que hacen unas religiosas cuando cuidan un día sí y otro también a cientos de enfermos o de ancianos. En cambio, muchos alzan las cejas y despiertan su interés cuando acusan a una religiosa por robar niños recién nacidos, o a un sacerdote por gritar contra la gente en una homilía.

La Iglesia, no podemos negarlo, está compuesta de hombres y mujeres débiles y libres, capaces de todo: lo bueno, lo mediocre y lo malo. Pero la Iglesia es mucho más que sus escándalos o que las debilidades de sus miembros. Porque la Iglesia sólo se comprende desde su origen: el Amor de Dios manifestado en Jesucristo y difundido en los corazones a través del Espíritu Santo.

En los medios de comunicación es difícil expresar la verdadera naturaleza de la Iglesia. Prejuicios y mentalidades “mercantiles” cierran los ojos al tema decisivo: ¿fundó o no fundó Cristo la Iglesia? ¿Y quién era ese Maestro venido de Nazaret: un simple hombre o el Hijo de Dios? Responder es algo tan difícil como serio, porque la respuesta no puede quedarse a un nivel puramente intelectivo. Como decía un joven sacerdote que luego se convertiría en Pablo VI, declarar quién es Jesús implica, en definitiva, “vivirlo”.

Los miembros de la Iglesia seguimos en el camino de la historia humana. Las dificultades de comunicación no deben apagar el deseo sincero de dar a conocer un tesoro que no es nuestro, sino que viene de Dios y es para todos. También para quienes trabajan en el mundo de la información: si mostrar la verdad es uno de los anhelos principales de todo buen periodista, entonces en la prensa no pueden faltar, en toda su riqueza, el rostro y la voz de Jesucristo y de su Iglesia...

LA DIADEMA DE CONSTANTINO


La diadema de Constantino
Corona de Hierro o Corona Férrea
La tradición cuenta que la Corona de Hierro fue forjada con uno de los clavos de la crucifixión de Cristo


Por: Varios | Fuente: Wikipedia / Otros



La Corona de Hierro o Corona Férrea es una antigua y preciosa corona usada desde la Alta Edad Media hasta el siglo XIX para la coronación del rey de Italia. Durante mucho tiempo, los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico recibieron esta coronación debido a que la titulación de reyes de Italia estaba ligada a la dignidad imperial.
En el interior de la corona, hay una lámina circular de metal: la tradición cuenta que esta fue forjada con el hierro de uno de los clavos que se usaron en la crucifixión de Cristo. Por este motivo, la corona es también venerada como reliquia y se encuentra custodiada en una capilla de la catedral de Monza (Italia), llamada capilla de Teodolinda.
Historia
Según la tradición familiar, hacia el año 324, Elena, madre del emperador Constantino I, hizo excavar el área del Gólgota en busca de los instrumentos de la Pasión de Cristo. En aquellas excavaciones fue encontrada aquella que fue identificada como la Vera Cruz que aún tenía clavados los clavos. Elena dejó la cruz en Jerusalén, llevándose en cambio los clavos consigo. De vuelta en Roma, con uno de éstos creó un bocado de caballo e hizo colocar otro sobre el yelmo de Constantino con el fin de que el emperador y su caballo fuesen protegidos en sus batallas.
Dos siglos después, el papa Gregorio Magno habría donado los clavos a Teodolinda, reina de los longobardos, que hizo erigir la catedral de Monza; hizo fabricar la corona e insertar el clavo forjado en la misma en forma de lámina circular.
La historiadora Valeriana Maspero mantiene, en cambio, que la corona fue la diadema montada sobre el yelmo de Constantino, donde el sacro clavo estaba ya presente. El yelmo y el bocado, junto a otras insignias imperiales, fueron llevados a Milán por Teodosio: Ambrosio de Milán lo describe en su oración fúnebre de obitu Teodosii. Después de la caída del Imperio Romano de Occidente, el yelmo fue llevado a Constantinopla, pero rápidamente fue reclamado por el rey ostrogodo de Italia Teodorico el Grande, el cual tenía en Monza su residencia estival. Los bizantinos le enviaron la diadema reteniendo el yelmo. El Sacro Bocado permaneció no obstante en Milán, hoy conservado en la catedral de la ciudad.
La Corona de Hierro fue usada por los reyes longobardos y después por Carlomagno (que la recibe en 775) y sus sucesores, para la coronación del Rey de Italia. El historiador de Monza Bartolomeo Zucchi, escribió en torno al año 1600, que la corona había sido usada en 34 coronaciones hasta ese momento. Los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico eran coronados en tres ocasiones: una como rey de Alemania, una como rey de Italia y una como emperador (esta última corona era impuesta por el papa). La coronación con la Corona de Hierro se desarrollaba como regla general en Milán, en la basílica de San Ambrosio; a veces también se desarrolló en Monza o Pavía y excepcionalmente en alguna otra ciudad.
Entre una coronación y otra, la Corona de Hierro era custodiada en la catedral de Monza que por este motivo fue declarada ciudad regia, propiedad directa del emperador, gozando de privilegios y exenciones fiscales. Ésta atravesó, no obstante, algunas vicisitudes más: en 1248 fue dada en prenda a la orden de los Humillados, como garantía de un importante préstamo contratado por el capítulo de la catedral para pagar una pesada impuesta monetaria extraordinaria de guerra, y sólo fue recuperada en 1319. Sucesivamente fue transferida a Aviñón, entonces sede papal, donde permaneció entre 1324 y 1345: durante este período fue incluso robada, pero el ladrón fue capturado.
La tradición de la triple coronación se interrumpe con Carlos V, que fue coronado en 1530 en Bolonia y que abdicó en 1556, dividiendo su imperio en dos entre su hermano Fernando y su hijo Felipe, separando así los reinos de Italia y Alemania. Dos siglos después, tras la Guerra de Sucesión Española, sin embargo, el ducado de Milán pasó a Austria lo que hizo retornar de nuevo la tradición: el emperador Francisco I recibió la Corona de Hierro en 1792.
El papa Inocencio VI promulgó en 1354 un edicto con el cual revindicaba el derecho de Monza a la imposición de la Corona de Hierro en su catedral.
La coronación más famosa, no obstante, fue la de Napoleón Bonaparte que se coronó rey de Italia en 1805: en el rito celebrado en la catedral de Milán, se impuso él solo la corona pronunciando las siguientes palabras: Dios me la ha dado y ¡ay! del que me la quite.
Después del paréntesis napoleónico, la coronación volvió a ser una prerrogativa de los emperadores de Austria, recibiéndola Fernando I en 1838. Durante las guerras de independencia italianas, la corona fue requisada a Monza y llevada a Viena, pero en 1866 después de la derrota de Austria en la tercera guerra de independencia, fue restituida a Italia y retornó a Monza.
Los Saboya, sin embargo, no la utilizaron nunca para las coronaciones, sino que conservaron la corona del Reino de Cerdeña (incluso en el escudo regio). Además, ésta se había convertido, en los años precedentes, en un símbolo de la dominación austríaca pero además el Reino de Italia había entrado en conflicto con el Papado por la conquista de Roma, por lo que utilizar una corona que además era venerada como reliquia parecía poco oportuno. El rey Humberto I quizás meditó coronarse con la Corona de Hierro cuando el clima político se volvió más favorable: en 1890 insertó la Corona de Hierro en el escudo regio y en 1896 la donó a la catedral de Monza, ciudad en la cual le gustaba residir, la vitrina de cristal blindado donde todavía es custodiada. Su asesino interrumpió en 1900 sus proyectos, pero sobre su tumba en el Panteón de Roma descansa una copia de bronce de la Corona de Hierro . Su hijo Víctor Manuel III no quiso ninguna ceremonia de coronación. Con la proclamación de República Italiana en 1946, la Corona de Hierro dejó de ser un símbolo de poder para convertirse sólo en una reliquia y un recuerdo histórico.
El último viaje de la corona tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial: temiendo que los nazis se quisiesen apoderar de ella, el cardenal Ildefonso Schuster la hizo trasladar al Vaticano, donde estuvo hasta 1946. Ésta retornó a Monza llevada por dos canónigos de la catedral en el interior de una maleta.

La Corona

La corona es una liga de plata y oro al 80 % aproximadamente, y está compuesta por seis placas ligadas entre ellas por bisagras verticales; tiene un diámetro de 15 cm y una altura de 5'5 cm; está adornada por veintiséis rosas de oro, veintidós gemas de varios colores y veinticuatro joyas de otros tipos. La lámina circular que tradicionalmente se identifica con el Sagrado Clavo recorre la cara interna de las seis placas. La corona es demasiado pequeña para ceñirse a la cabeza de un hombre: se piensa que en origen la corona quizás estuvo compuesta por ocho placas en lugar de seis.
Según la reconstrucción de Valeriana Maspero, en origen las placas de oro tenían sólo una gema central, como se ve en algunas monedas que representan a Constantino con su yelmo en la cabeza. Dos coronas encontradas en el siglo XVIII en Kazán (Rusia), son completamente similares; probablemente la Corona de Hierro fue obra de orfebres orientales.
Las láminas de color con las otras piedras fueron añadidas probablemente por Teodorico, el cual hizo colocar la diadema sobre otro yelmo, en sustitución del otro retenido por los bizantinos. Carlomagno hizo después sustituir alguna de las láminas que se habían estropeado. El examen de Carbono 14 a través de dos trozos de estuco han datado los mismos en torno al año 500 y los otros en torno al año 800. El aspecto de la corona posterior a la restauración encargada por Carlomagno se encuentra testimoniada por los documentos de la coronación de Federico I Barbarroja; ésta no fue nunca más colocada sobre un yelmo. Ésta tenía las dimensiones adecuadas para ser llevada sobre la cabeza.
La dos placas que faltan fueron probablemente robadas mientras la corona se encontraba en poder de los Humillados, que la conservaron en el convento de Santa Ágata (en la actual Piazza Carrobiolo de Monza). Los documentos sucesivos a 1300 de hecho la describen como pequeña. En 1345 fue encargada para una segunda restauración por parte del orfebre Antellotto Bracciforte, el cual le dio su aspecto actual.

El Sacro Clavo

La identificación de la lámina metálica inserta en la corona con el clavo de la Pasión de Cristo parece provenir del siglo XVI. San Carlos Borromeo, que relanzó la veneración del sacro bocado en la catedral de Milán, visitó más veces también la Corona de Hierro y rezó ante ella. En 1602 Bartolomeo Zucchi afirmaba con certeza que la corona era la diadema de Constantino y que en ella se encontraba el sacro clavo. Un siglo más tarde, Ludovico Antonio Muratori expresaba lo contrario, afirmando que la lámina, en comparación con un clavo romano de crucifixión, era demasiado pequeña.
Mientras tanto, también las autoridades eclesiásticas examinaron el problema: finalmente en 1717 el Papa decretó que, no obstante la falta de certeza sobre la efectiva presencia del clavo en la corona, se autorizaba la veneración como reliquia en base a la tradición ya secular en este sentido.
En 1993, la corona fue sometida a análisis científicos, y el veredicto fue clamoroso: la lámina no era ni siquiera de hierro, sino de plata. Según Valeriana Maspero, ésta fue insertada por Branciforte en 1345 para soldar la corona que había sido dañada tras el robo de dos de las placas.
Maspero, en cambio, sostiene que la corona sí es, en realidad, la diadema de Constantino y que con el sacro clavo hubiesen sido forjados dos pequeños arcos que eran usados para enganchar la diadema al yelmo. Cuando los bizantinos desengancharon la diadema para dárselo a Teodorico, éstos retuvieron también los pequeños arcos. El yelmo permaneció expuesto en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla situada sobre el altar hasta el saqueo veneciano de 1204, para después perderse su pista.

Bibliografía

  • Valeriana Maspero, La corona ferrea. La storia del più antico e celebre símbolo del potere in Europa, Vittone Editore, Monza, 2003.
  • Valeriana Maspero, "Alla ricerca del Sacro Chiodo. La ricostruzione dell'elmo diademico di Costantino", en Arte Cristiana, fasc. 823, vol. XCII (julio-agosto de 2004), pp. 299-310

A MÁS RELIGIOSIDAD, MAYOR BIENENESTAR

A más religiosidad, mayor bienestar
¿Cómo se definiría usted? ¿Una persona religiosa, no religiosa o un ateo convencido? 


Por: Forum Libertas | Fuente: www.forumlibertas.com



Un estudio realizado en Estados Unidos y publicado por Gallup, en el que se analizaron 676.000 entrevistas, muestra que las personas muy religiosas tienen un índice de bienestar más alto que las que se declaran no religiosas, ateas o agnósticas.

De acuerdo con el estudio, las personas muy religiosas de los diferentes grupos de creencias encuestadas en Estados Unidos fueron calificadas mejor que las personas no religiosas. Los judíos muy creyentes obtuvieron la escala más alta del estudio, con una puntuación de 72,4. En segundo lugar, aunque con una puntuación cercana (71,5), quedaron los mormones muy religiosos.

En comparación, los judíos moderados y no religiosos tuvieron una calificación de 68 puntos, mientras que en los mormones poco o nada religiosos fue de 63.

El estudio, publicado el 5 de abril, tiene un margen de error de más menos 1% y las entrevistas se realizaron entre enero de 2010 y diciembre de 2011. Los datos son parte de una serie realizada por Gallup sobre la religiosidad y el bienestar entre los estadounidenses, según informa CNN.


Fuerte relación entre religiosidad y bienestar

“Los resultados confirman que la fuerte relación entre la religiosidad y el bienestar que Gallup demostró anteriormente se mantiene independientemente de la fe (religión)”, señaló una publicación de los investigadores Frank Newport, Dan Witters y Sangeeta Agrawal.

Aunque la diferencia entre la calificación más alta sólo fue de siete puntos, las personas que se identificaron como no religiosas, ateas o agnósticas, terminaron con la puntación más baja con 65,8 puntos.

“Al parecer esta relación es independiente de la proporción de religiosidad de las personas (muy religiosas, medianamente religiosas y las no religiosas) en cada grupo, y está más relacionada con la fe misma”, señalan en la publicación.

Por ejemplo, mientras los musulmanes tienen un menor nivel de bienestar que los judíos, la diferencia entre los más religiosos y los menos religiosos básicamente es la misma.

Los resultados del estudio también muestran que los mormones son por mucho el grupo más religioso de todos los encuestados. El 73% de los mormones se identificaron como muy religiosos, comparado con el 50% de los protestantes, el 46% de los musulmanes y el 43% de los católicos.

En comparación, las personas de otras religiones no cristianas y los judíos fueron en su mayoría no religiosos con el 43% y el 53.5%, respectivamente.


Bienestar no es igual a felicidad

Cabe recordar que Gallup define al bienestar en base a una serie de indicadores de salud mental y física en su índice de bienestar.

En ese sentido, habría que considerar que bienestar no es igual a felicidad. Al hablar de felicidad, los psicólogos han llegado a la conclusión de que ésta es una palabra que no describe con precisión lo que el cerebro quiere decir, y que ´bienestar´ es un concepto mucho más adecuado.

Para la psicología positiva, las personas felices son quienes logran un estado mental y espiritual complejo y satisfactorio y sostenible en el tiempo, combinando experiencias positivas en cuatro áreas distintas:

- Las emociones positivas: quienes experimentan curiosidad, amor o placer con cierta frecuencia tiene más posibilidades de ser feliz.

- El flow, cuando nos involucramos por completo en algo que nos gusta hacer y que sabemos hacer bien.

- La trascendencia, que incluye todos aquellos proyectos en los que nos involucramos en ideas que van más allá de nosotros.

- Las relaciones interpersonales: quien triunfa en ellas tiene mucho más fácil triunfar en las demás.

Para Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de California en Riverside y autora de The How of Happiness (El cómo de la felicidad), alrededor de la mitad de nuestra felicidad está condicionada por nuestros genes, sólo 10% depende de las cosas que nos pasan en la vida y el 40% restante depende de nosotros, de nuestro autocontrol y de las cosas que hacemos para ser felices.

EDUCA A TUS HIJOS CON UN POCO DE HAMBRE Y UN POCO DE FRÍO


Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío
Hoy nos preocupamos por llenar de cosas materiales a nuestros hijos y olvidamos por completo sus necesidades morales y espirituales
Por: . | Fuente: son tus hijos



El amor que les tenemos a nuestros hijos nos lleva muchas veces a cegarnos y a olvidar lo que los hará felices a la larga. Es muy común en estos tiempos que los padres de familia, sobre todo los de ciertos recursos económicos, les construyamos un mundo irreal, sacado de un cuento de Walt Disney, aislándolos así de la realidad.

Cuando tarde que temprano el cuento termina, nuestros hijos se enfrentan a un mundo que desconocen, que no comprenden, lleno de trampas y callejones sin salida que no saben sortear, y las consecuencias son peores a las que quisimos evitar.

Hace poco la imagen de un padre con lágrimas en los ojos conmovió profundamente al mundo entero. Pelé, el gran ídolo del fútbol de los últimos tiempos, quien a diferencia de otras ocasiones, dio una de las ruedas de prensa más tristes y dolorosas de su vida: su hijo, Edson de 35 años, fue arrestado junto a 50 personas más en la ciudad de Santos-Brasil. El hijo de Pelé fue acusado de asociación delictiva con narcotraficantes y puede ser condenado a 15 años de cárcel. Con lágrimas en los ojos, el ex futbolista brasileño admitió públicamente que su hijo resultó involucrado en una pandilla de traficantes de cocaína arrestados por la policía.

Pelé dijo a los medios: "como cualquier padre, es triste ver a tu hijo metido en grupos como ése y ser arrestado, pero él tendrá que sufrir las consecuencias". Y agregó, "desafortunadamente, yo quizás estaba demasiado ocupado y no me di cuenta. Es lamentable, porque yo siempre he peleado contra las drogas y no noté lo que pasaba en mi propia casa".

Pelé es un personaje mundial admirable como deportista y hombre honesto que no perdió su humildad como otras figuras del deporte. Sin embargo, es triste que un hombre bueno y talentoso como él se haya "distraído" en su jugada más importante: la formación de sus hijos. La historia de Pelé no es un hecho aislado.

Por desgracia es la vida de cientos de padres de familia de estas épocas atrapados en una agenda
saturada de trabajo y de compromisos fuera de casa. Papás que compensan la falta de atención a sus hijos con bienes materiales. Los inscriben en las mejores escuelas, los rodean de lujos y comodidades y piensan que con eso ya cumplieron con su tarea de padres, cuando lo único
que han logrado es formar niños que desconocen el hambre y tiran lo que no les gusta.

Hijos tiranos, pequeños monstruos insoportables y prepotentes que sufrirán y harán sufrir a sus semejantes porque desde pequeños se han salido con la suya. Muchachitos que creen que sentir frío o calor es cuestión de aire acondicionado, que el cansancio que han sentido se limita a caminar unas cuantas cuadras porque no hallaron estacionamiento frente a la discoteca, jovencitos que piensan que el trabajo de los padres es firmar cheques para que ellos tengan todo lo que se les antoja.

¿Qué posibilidades tienen nuestros hijos de convertirse en hombres y mujeres de bien si los papás les damos todo y no les educamos la voluntad?

¿Qué hijos estamos formando si con nuestra actitud les mostramos que el dinero es lo más importante en la vida?

Confucio decía "Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío".

Proverbios señala "Corrige a tus hijos". Cuánto bien hacen los padres a los hijos cuando ponen esa máxima tan sencilla en práctica. Y cuánto daño les hacen al ponerles todo en bandeja de plata.

Hay muchas realidades que como padres quisiéramos desaparecer; el sufrimiento de los hijos, el exceso de sudor, de esfuerzo, y las carencias económicas. Sin embargo, quizás esas realidades no los hagan felices de momento, pero a la larga puedan forjarlos como hombres y mujeres de bien.

Ojalá que más padres de familia tengan la inquietud de enterarse por dónde andan sus hijos. Que no les vaya a pasar que cuando tengan tiempo deban decir: "Estaba demasiado ocupado y no me di cuenta".

"Encárgate hoy de lo posible, que Dios se encargará por ti de lo imposible”

Tus hijos son tu Responsabilidad. Cuando Dios puso en tus brazos ése pequeño ser, te lo dio Limpio, Sano, Puro, te dio un Maravilloso Material para que tú elaboraras una Extraordinaria Obra de Arte, ¿qué has hecho con ése pequeño ser? ¿En qué lo has convertido?, ¿qué cuentas le vas a entregar al Creador de la misión que te encomendó, de formar un ser humano de bien?

Dios te Reprende la falta de atención y la negligencia. Haz un examen de conciencia y reconoce tus errores y enmiéndalos, reconoce tus carencias y prepárate, busca tu dignidad y recupérala.

Hoy nos preocupamos por llenar de cosas materiales a nuestros hijos y olvidamos por completo sus necesidades morales y espirituales, también el alma necesita de alimento.

Enséñale a conocer y a practicar la generosidad, hay muchas cosas que dar: una sonrisa, una flor, amistad, amor, compañía, una palabra amable, una oración.

¿QUÉ DESEA EN UN AÑO NUEVO?


¿Qué deseo en un año nuevo?
Este año será distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que te encontrarás este año.
Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net



La pregunta me deja un poco inquieto. Porque sé que el "año nuevo" es simplemente una hoja de calendario, un cambio en los números, una simple tradición humana. Porque el tiempo escapa a nuestro control, y fluye sin cesar.

Pero casi todos, al llegar el año nuevo, damos una mirada al año que termina y soñamos en el año que comienza.

Lo pasado queda allí: fijo, inmodificable, casi pétreo. Con sus momentos buenos y sus fracasos, con sus sueños realizados y con los sueños que se evaporaron en el vacío, con las ayudas que me ofrecieron y con las ayudas que pude ofrecer a otros, con mis omisiones y mis cobardías.

Lo futuro inicia, como inició ayer, como inició hace un mes, como iniciará mañana.

Cada instante se presenta como una oportunidad que en parte depende de mi prudencia y de mis decisiones. En otra buena parte, depende de las decisiones de otros. En los dos casos, y aunque no siempre nos demos cuenta, depende de Dios.

De nuevo, ¿qué deseo en un año nuevo? Desearía la paz en Tierra Santa. Para que nadie privase a nadie de su tierra, de su casa, de su familia. Para que las religiones fueran vividas como lo que son: un camino para unir a los hombres bajo la luz de Dios. Para que la tierra donde vivió, murió y resucitó Cristo testimoniase con un estilo de vida nuevo la gran belleza del Evangelio.

Luego, desearía la paz en tantos lugares del planeta. Especialmente en África, donde todavía unos poderosos venden armas para la muerte pero no ofrecen comida para los hambrientos.

Querría, además, que desapareciese el aborto en todos los países del mundo. Lo cual no es ningún sueño imposible: basta con aprender a vivir responsablemente la vocación al amor para que ningún hijo sea visto como un “enemigo” o un obstáculo en el camino de la propia vida. Porque lo mejor que podemos hacer es vivir para los demás. Porque cada niño pide un poquito de amor y de respeto. Porque cada madre que ha empezado a serlo merece ayuda y apoyo, para que no le falten las cosas que más necesite durante los meses de embarazo y los primeros años de su hijo.

En este nuevo año me gustaría dialogar con quien piensa de modo distinto en un clima de respeto, sin insultos, sin desprecios, sin zancadillas. Porque si él y si yo somos humanos, porque si él y si yo queremos encontrar la verdad, podemos ayudarnos precisamente con una palabra nacida desde los corazones que saben escucharse y, más a fondo, que saben amarse...

El año que inicia querría tener más energías, más entusiasmo, más convicción, para enseñar a los otros lo que para mí es el tesoro verdadero: mi fe católica. Enseñarla, sobre todo, con mi vida. Querría ser, en ese sentido, más coherente, más bueno, más abierto, más disponible, más cercano. Especialmente cuando me encuentre con un pobre, con un enfermo, con una persona triste o desesperada, con quien llora porque sabe lo que muchos no se atreven a reconocer: que ha pecado. Porque sólo cuando me pongo ante mis faltas con honestidad clara y completa, descubro mi miseria y comprendo la de los otros. Y porque cuando reconozco mi miseria y la ajena puedo entender que necesitamos al único que puede limpiarnos con su palabra llena de perdón y de esperanza: Dios.

¿Qué deseo en un año nuevo? Quizá deseo demasiado. Quizá he soñado despierto. Quizá me he dejado llevar por una emoción inconsistente. Mientras, el reloj sigue su marcha, y, sin saberlo, me dice: este año será un poco distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que encontrarás en los mil cruces de camino de este año que está iniciando...

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