martes, 20 de enero de 2015

LA DEBILIDAD DE LOS LAICOS


La debilidad de los laicos
La debilidad de los laicos

Hay una insuficiente e inadecuada presencia de los laicos católicos en la vida pública 


Por: . | Fuente: ForumLibertas



La razón fundamental es que su condición católica queda diluida por las categorías del mundo secular, por sus marcos de referencia. Reducen la fe a una cuestión interior sin traducción encarnada en la vida colectiva, cuando precisamente el hecho católico es esencialmente encarnado y comunitario. La eucaristía es su centro. Entre las causas que motivan esta pobre actuación cristiana, que ha criticado el Papa Francisco, hay en ocasiones un déficit de valor para afrontar el mundo y las repercusiones negativas que comporta, en nuestro país y en gran parte de Europa, el profesar la fe y actuar en consecuencia en la vida pública. En la política ciertamente, pero también en los ámbitos profesionales y sociales hay mucho de una deficiente formación espiritual, teológica y doctrinal. Esta insuficiencia educativa no se explica si solo nos remitimos a los laicos, porque en la Iglesia este tipo de formación recae esencialmente en los pastores. Hay en consecuencia una insuficiente capacidad para dar una buena preparación espiritual, teológica y doctrinal por parte de sacerdotes y obispos, y este segundo problema nos remite más lejos y más hondo. Porque, si esto es así, quiere decir que los seminarios y otros medios educativos de la Iglesia no hacen del todo bien su papel.

El laico católico ha de ser capaz de hacerse presente en el mundo y presentarse en él con un relato hecho desde el marco de referencia cristiano. Esto quiere decir pensar en categorías de la Doctrina Social de la Iglesia, en aquello que es más específico de la vida pública, y, con carácter más general, pesar en términos catequéticos. Dicho breve y claro: tenemos un compendio de Doctrina Social y un Catecismo que deberían ser el fundamento, pero los tenemos olvidados. El laico ha de formarse sobre aquel fundamento, ha de evitar toda interpretación de la fe desde la ideología, ha de estar lejos de supeditarlo a un pretendido dogma económico o a toda sumisión al interés del partido o de la organización, sea cual sea. Y todo esto sin perder de vista algo que es importante y en cierta medida nuevo: las doctrinas expresadas por los partidos políticos tal y como llegan al siglo XXI están agotadas, son insuficientes, incapaces de resolver la acumulación de crisis generadas por la Modernidad y Postmodernidad. Es precisamente en el cristianismo, en la Doctrina Social de la Iglesia, donde pueden encontrarse las fuentes renovadoras capaces de aportar respuestas.

Hay otros factores de menor entidad que también debilitan la presencia del laicado cristiano. Una es la excesiva tendencia de demasiados movimientos y entidades católicas a aferrarse a sus propias iniciativas, evitando que una parte de su gente colabore con otros laicos en los asuntos públicos. Bien está lo propio, la especificidad, la escuela de espiritualidad, pero esto no puede significar nunca el ser un ente autoreferenciado en el seno de la propia Iglesia, sin participación activa en los asuntos comunes, uno de los cuales es precisamente el de la acción en la plaza pública.

Un segundo factor es el predominio de la reacción sobre la proposición, lo que significa que la posición inicial es siempre defensiva. Así es muy difícil ganar espacio.

Finalmente, el predominio del monocultivo. Muchas entidades se dedican a algunos temas irrenunciables, vida y familia, aunque generalmente entendidos de forma limitada. Pero a su lado, no en lugar de ellos, sino a su lado, repitámoslo, faltan misiones, presencias y propuestas en todos los otros órdenes del campo social, económico y cultural. Y sobre todo faltan propuestas que vayan a la raíz de la cosa, que se dirijan al conjunto de la polis, es decir, propuestas políticas, no en el sentido del partido político, sí en tanto en cuanto hacen referencia a cuestiones que nos afectan a todos.

LA VIRTUD DE LA RELIGIÓN

La virtud de la religión
La virtud de la religión tiene sus raíces en la sabiduría, en la humildad y en el amor 


Por: Tomás Trigo | Fuente: www.unav.es



La religión es la virtud moral que inclina al hombre a dar a Dios el respeto, el honor y el culto debidos como primer principio de la creación y gobierno de todas las cosas.


1. Raíces de la virtud de la religión

La virtud de la religión tiene sus raíces en la sabiduría, en la humildad y en el amor.

Por la sabiduría, el hombre conoce y “reconoce” a Dios como creador y señor del cosmos; por la humildad, acepta el lugar que le corresponde y considera su propio ser y todas las cosas del mundo como dones recibidos del amor de Dios; en consecuencia, entiende que debe corresponder con amor, lo que implica el reconocimiento de la suprema dignidad y excelencia de Dios (culto), y la entrega total a su servicio (devoción).

Por tener su raíz en la sabiduría, la imagen que el hombre se hace de Dios tiene una importancia capital para su vida religiosa, y todo error en este aspecto se traduce en una deformación práctica de la religión.

La humildad es necesaria para que el hombre mantenga viva su conciencia creatural, cuya pérdida lo conduciría a considerarse a sí mismo como “creador”, ser autónomo y dueño absoluto del mundo, negando radicalmente su esencial dimensión religiosa. Por otra parte, la humildad y, por tanto, la perfección de la persona, crece cuanto mejor se vive la virtud de la religión: «Por el hecho de honrar y reverenciar a Dios, nuestra alma se humilla ante Él, y en esto consiste la perfección de la misma, ya que todos los seres se perfeccionan al subordinarse a un ser superior» (S.Th., II-II, 81, 7c).

La respuesta adecuada al don de Dios surge del amor o, si se prefiere, de la justicia, a condición de que se entienda como la virtud que «consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que le es debido» (Catecismo de la Iglesia Católica: CEC, 1807). Ahora bien, la relación con Dios no es de igualdad, sino asimétrica: es la relación de la criatura con el Creador, de quien ha recibido gratuitamente todo lo que es y tiene. En consecuencia, debe reconocer su señorío absoluto, y, ante la imposibilidad de corresponder según estricta justicia a sus dones, debe manifestar su agradecimiento, que implica la entrega total de sí mismo. La gratitud aparece así como la respuesta adecuada, el acto religioso más perfecto.


2. La religión y las virtudes teologales

Las virtudes teologales tienen como objeto directo a Dios creído, esperado y amado; por ellas, el hombre se une íntimamente a Dios, establece un contacto directo con Él. En cambio, el objeto propio de la virtud de la religión son los medios para dar gloria a Dios: los actos internos y externos de culto (cfr. S.Th., II-II, 81, 5c).

Esta proposición se enriquece si se considera la virtud de la religión en sentido amplio, es decir, como la relación del hombre con Dios, en la medida en que responde de la manera debida a la realidad del Dios santo, que se revela al hombre, y que viene a su encuentro aquí y ahora en la Iglesia y en sus sacramentos. En tal caso, se puede decir que la virtud de la religión comprende entre sus elementos más importantes la fe, la esperanza y la caridad, y después el culto (cfr. A. Günthör, 329).

En la vida moral de la persona cristiana, las virtudes teologales son el alma de la virtud de la religión. Su raíz ya no es meramente natural, sino sobrenatural: la fe, la esperanza y la caridad son, en el cristiano, la causa de los actos propios de la religión: «Las virtudes teologales pueden imperar a la virtud de la religión, cuyos actos se ordenan a Dios. He aquí por qué S. Agustín dice que a Dios se le da culto con la fe, la esperanza y la caridad» (S.Th., II-II, 81, 5). En efecto, el culto a Dios presupone que creemos en Dios, uno y trino, principio y fin de todas las cosas, que tenemos la esperanza de que Él acepta nuestros dones, y que nuestra voluntad está conformada a la suya por la caridad.

Por la fe, la ordenación del hombre a Dios (ordo hominis ad Deum), propia de la religión, es ahora ordo filiorum, in Christo, ad Patrem, per Spiritum Sanctum. La relación con Dios del hombre redimido es la relación de un hijo en el Hijo, con su Padre, lleno del amor del Espíritu Santo. La ruptura entre la criatura y el Creador ha sido cancelada por Cristo, al convertir al hombre en hijo de Dios y miembro de su Cuerpo Místico, haciéndolo partícipe, a la vez, de su función real, profética y sacerdotal, por medio del Bautismo.

Por último, conviene tener en cuenta que se da un influjo recíproco entre la religión y las virtudes teologales. Así, la devoción es causada por la caridad, pues por amor se dispone uno a servir con prontitud a Dios; pero también la caridad se nutre de la devoción, al igual que toda amistad se conserva y crece por el intercambio de muestras de afecto y por la meditación (cfr. S.Th., II-II, 82, 2, ad 2).


3. La función ordenadora y unificadora de la religión

Aunque la virtud de la religión tiene unos actos específicos, abarca en realidad la entera vida de la persona, pues todas las acciones, por el hecho de ser realizadas para la gloria de Dios, pertenecen a esta virtud, en cuando son imperadas por ella. Por esta razón, puede decirse que religión y santidad se identifican (cfr. S.Th., II-II, 81, 8), y que la religión tiene la preeminencia entre todas las virtudes morales (cfr. S.Th., II-II, 81, 6).

La virtud de la religión no puede ser considerada, por tanto, como una virtud más entre otras, pues debe animar y configurar toda la vida del cristiano: «Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10, 31; cfr. Col 3, 17). Mientras la caridad convierte la vida moral en amorosa donación a Dios, la virtud de la religión le confiere el carácter cultual, la convierte en culto a Dios.

El cristiano, que participa de la función sacerdotal de Cristo, ofrece toda su vida como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: éste es su culto espiritual (cfr. Rm 12,1). Refiriéndose especialmente a los laicos, afirma el Concilio Vaticano II: «Todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cfr. 1 P 2,5)» (Lumen Gentium, 34).

La religión desempeña, en consecuencia, una importante función arquitectónica en la vida de la persona: dirige todos los aspectos de su actividad a la gloria de Dios, y no a la búsqueda desordenada de la propia excelencia; la mueve a vivir las exigencias de la justicia como glorificación de Dios, constituyendo así la garantía más fundamental de la justicia en la sociedad; y ordena su relación con el mundo, a fin de que toda la creación glorifique a Dios a través del hombre.

La virtud de la religión asegura, de este modo, la unión de culto y moralidad. El verdadero culto a Dios, que implica el deseo sincero de cumplir su voluntad, exige vivir todas las demás virtudes morales. Jesús fustiga la falta de amor, como contradictoria con el verdadero espíritu de adoración a Dios (cfr. Mt 12, 1-14), y hace propias las palabras de Oseas (6, 6), según las cuales vale más la misericordia que el sacrificio. En la predicación apostólica aparece con frecuencia la exigencia de unidad del culto a Dios y el cumplimiento de su voluntad en todos los campos de la vida: «La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y preservarse de la corrupción de este siglo» (St 1,27).


4. Los actos específicos de la virtud de la religión

La dimensión fundamental de la virtud de la religión es la interior: «Dios es espíritu, y los que lo adoran han de adorarlo en espíritu y en verdad» (Jn 4, 24). Esta dimensión interior consiste, sobre todo, en la oración (v), por la que el hombre adora, agradece, implora perdón y pide todo tipo de bienes a Dios, y en la devoción.

La devoción (de devovere, entregarse) consiste en la voluntad de entregarse plenamente al servicio de Dios. Se acrecienta por la meditación de la bondad de Dios y por el conocimiento propio. Cuando la persona considera el amor de Dios y todos sus beneficios, se enciende el amor hacia Él, y este amor es la causa de la devoción. «Nada nos induce tanto a amar a alguien como experimentar el amor que a nosotros nos tiene» (Contra gentes, IV, 54). El amor de Dios se hace especialmente visible en la Humanidad de Cristo. De ahí que la meditación de la vida de Cristo sea lo que más excite nuestra devoción (cfr. S.Th., II-II, 82, 3, ad 2). A la vez, la reflexión sobre los propios defectos y pecados, lleva a la persona a buscar la ayuda de Dios y su misericordia, evitando así la presunción, que impide someterse a Dios (cfr. S.Th., II-II, 82, 3c).

Pero la persona humana, por ser espíritu encarnado, debe manifestar su reverencia a Dios con actos exteriores: palabras, obras, gestos (culto), que, por una parte, expresan la entrega interior y, por otra, excitan o mueven a la mente a practicar los actos espirituales con los que se une a Dios, pues el alma necesita, para su unión con Dios, ser llevada como de la mano por las cosas sensibles (cfr. S.Th., II-II, 81, 7c).

El desprecio de la dimensión exterior de la religión en aras de la pureza espiritual manifiesta, casi siempre, el desconocimiento de la naturaleza humana, y suele apoyarse en concepciones antropológicas espiritualistas que, en el fondo, niegan la bondad de lo corporal, y tienen como consecuencia la destrucción misma de la religión. Pero a la vez, los actos externos de religión, si no están vivificados por su dimensión interna, son vacíos: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí» (Mt 15, 8).

Entre los actos exteriores de la religión, suelen señalarse los siguientes: la adoración, el sacrificio, el voto, las promesas (ver CEC, 2101-2103) y el juramento (ver CEC, 2150-2155).

El culto que el hombre tributa a Dios alcanza su plenitud en la Eucaristía. En ella, los cristianos, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, pueden dar al Padre todo el honor y toda la gloria. El alma de este culto espiritual es el mismo Espíritu Santo. En ella se cumplen las palabras de Cristo: «Pero llega la hora, y es ésta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,23).

El cristiano que participa en la Santa Misa –centro y raíz, fuente y culmen de toda la vida cristiana- participa sacramentalmente de la muerte y resurrección de Cristo; entrega su vida con Él; adora a Dios a través de Él; le da gracias, implora su perdón y le pide todo tipo de bienes, a través de la oración de Cristo. A partir de ahí, toda su vida puede y debe convertirse en un culto espiritual a Dios.

Si la virtud de la religión, como hemos visto, exige una vida moral coherente, ésta solo puede darse plenamente si la persona enraíza toda su vida en la Eucaristía. En efecto, en ella, como afirma Benedicto XVI, «fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el encuentro con el agapé de Dios. Así, la contraposición usual entre culto y ética simplemente desaparece. En el “culto” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros» (Deus Caritas est, 14).


5. Pecados contra la virtud de la religión 

Uno de los problemas más graves de nuestra época es el ateísmo, que rechaza la existencia de Dios, apoyándose frecuentemente en una falsa concepción de la autonomía humana, y que adopta formas diversas, como el materialismo práctico o el humanismo ateo. Está muy extendido también el agnosticismo, que, aunque no niega o no se pronuncia sobre la existencia de Dios, equivale con mucha frecuencia a un ateísmo práctico (cfr. CCE, 2123-2128).

En el ámbito de la vida pública, el ateísmo y el agnosticismo se manifiestan en el laicismo, entendido como la voluntad de prescindir de Dios en la ordenación de la vida cultural, social y política, y en la pretensión de construir una sociedad sin referencias religiosas, exclusivamente terrena, sin culto a Dios ni aspiración trascendente alguna, fundada únicamente en los recursos materiales y orientada casi exclusivamente al goce de los bienes de la tierra.

Otros pecados contra la virtud de la religión son: la superstición, desviación del culto debido al Dios verdadero, que se expresa también bajo las formas de adivinación, magia, brujería y espiritismo; la irreligión, que se manifiesta en tentar a Dios con palabras o hechos; el sacrilegio, que profana a las personas y las cosas sagradas, sobre todo la Eucaristía; la simonía, que intenta comprar o vender realidades espirituales; la blasfemia, que consiste en injuriar a Dios, la Virgen o los santos; y la idolatría, que diviniza a un ser creado, el poder, el dinero, e incluso al demonio (cfr. CCE, 2110-2122).


Bibliografía

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, 2095-2132; 2142-2188.
S. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, II-II, qq. 80-100.
E. AMANN, Religion (vertu), en DTC 141, 2306-12.
A. GÜNTHÖR, Chiamata e risposta. Una nuova teologia morale, II, Paoline, Cinisello Balsamo (Milano) 51988, 321-525.
O. LOTTIN, L’âme du Culte, la vertu de la Religion, Lovaina 1920; ÍD., La définition classique de la vertu de la religion, «Ephemerides theologicae lovanienses» 24 (1948) 333-353.

TEMA SOBRE LA EXISTENCIA DEL INFIERNO

¿Cómo se concilia la presciencia divina con la existencia del infierno?
Dios quiere la salvación para todos pero no la impone.


Por: . | Fuente: toscanaOggi.it



Pregunta de un lector:
A diario hablo con ateos y agnósticos y consigo dar respuesta a muchas de sus objeciones, pero hay una que me pone en dificultad... por lo demás clásica... ¿cómo se concilia la presciencia divina con la existencia del infierno? Si Dios, respetando el libre arbitrio, sabe con todo que un alma está condenada, ¿dónde está su amor? ¿Qué sentido tiene entonces la vida de esa persona? ¿Está todo, en el fondo, ya escrito? F.S.
 
Responde don Angelo Pellegrini, profesor de Teología Sistemática en la Facultad Teológica de Italia Central (Florencia - Italia):
 
Como dice el lector, la objeción es verdaderamente histórica, y se encuentran trazas ya bien definidas por ejemplo en el pensamiento de Severino Boezio (años 475-525) en relación con el vínculo entre el tiempo y lo eterno; y sin embargo, reflexionar sobre esta cuestión resulta importante para las motivaciones de fe. Voy a ser un poco esquemático para no perder algunas de las preguntas presentes en la consulta del lector.
 
El primer punto tiene que ver con el dialogo con el no creyente: quisiera subrayar brevemente que el principal fin de este diálogo, en el pleno respeto mutuo, no debería caracterizarse por el tener respuestas, sino más bien por la búsqueda de la verdad, que brota del debate y de la colaboración, de lo contrario no se trata de un diálogo, sino de un intercambio de opiniones contrarias.
 
El segundo punto se refiere a la presciencia divina, el hecho de conocer todo, antes incluso de que suceda en el tiempo: los documentos del Concilio Vaticano II, apoyados en una tradición muy sólida, enseñan que la presciencia divina está unida con su voluntad.
 
La Constitución Dogmática Dei Verbum sobre la Divina Revelación en el n. 2 afirma: "Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina".
La voluntad de Dios, desvelada mediante la revelación, consiste en crear y redimir a los seres humanos para elevarlos a la comunión con Él. Todo el misterio de la relación con la humanidad, de la creación en adelante, está marcado por la bondad divina que quiere una proximidad con el ser humano, hasta dar a su Hijo, que en su carne realiza esta comunión.
 
Si esta es la voluntad divina, hay que decir que no forma parte del proyecto divino la perdición humana: una de las principales objeciones se refiere a una especie de preordenación al infierno, como si Dios hubiera creado a alguien exclusivamente para llenar una especie de lugar que si no estaría vacío.
 
En realidad, Dios quiere la salvación para todos. Su conocimiento eterno, por tanto, debería verse más como un espectador de las elecciones libres de la humanidad y de cada ser humano. Dios ofrece la salvación, no la impone.
 
Es oportuno recordar la lección del libro del Deuteronomio (30,15ss):
"Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo, si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás, y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar y vas a postrarte ante otros dioses para servirlos, yo os anuncio hoy que os perdéis irremediablemente (vv. 15-18)".
Del texto apenas citado se ve claro el enorme valor que Dios da a la libertad humana, pues el pueblo de Israel está puesto ante una elección. Se suele tender a interpretar "la muerte y el mal" de que habla el texto como una especie de castigo, pero en realidad es una advertencia: Dios invita a elegir la vida y la bendición y a permanecer fieles a su alianza, porque fuera de él no existe la vida.
Pero la muerte aquí no es un castigo, sino el triste resultado de no haber elegido la vida, es en la práctica un suicidio.
 
El pasaje citado dice muchas cosas sobre el estilo de Dios y su actuación temporal: Dios tiene una actitud, que podríamos definir "continuo aguijoneo", para que los seres humanos hagan elecciones salvíficas. Lo hace mediante líderes, alianzas, profecías, pero sobre todo lo hace con la misión de Jesucristo y con el don del Espíritu Santo.
 
Y sin embargo, su respeto de la libertad de elección es enorme, el mismo Jesús no impone y no se impone nunca, como se ve en la respuesta al joven rico: "Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes… y sígueme" (Mt 19,21). El mismo Espíritu es un "viento que sopla donde quiere", se puede oír su voz y compartir la característica de la extrema libertad: "así es el que nace del Espíritu" (Jn 3,8).
 
El hecho de que Dios intervenga históricamente en el tiempo debería enseñarnos que Él no es un espectador aséptico, eterno y lejano, respecto a lo que pasa en la creación; lo vemos implicarse personalmente en el mundo, hasta el don del Hijo y del Espíritu, porque quiere profundamente la salvación y el bien de toda la creación. Él, con el estilo de la propuesta, no se cansa de exhortar a elegir la vida, no se resigna a los no, pero nunca fuerza la libertad humana.
 
Hace algún tiempo, un teólogo importante, Hans Urs von Balthasar, había sugerido que el infierno podría estar "vacío". En realidad esta hipótesis, aun resaltando el gran amor y misericordia divinos, no muestra plenamente la característica de Dios de respetar las decisiones, incluso suicidas, de sus criaturas.
 
Por tanto, el sentido de la vida humana, desde este punto de vista, es importantísimo, porque es el momento de la elección radical de Cristo, de Dios, de la salvación.
 
No debemos pensar en Dios como aquel que ya se ha leído el final de la novela, haciendo casi inútil leer el libro, sino más bien como el "hincha" incansable que sigue animando y alentando a su criatura para que no se cierre a su don.
 
La historia de la salvación parece enseñarnos que Dios, aun pudiendo tener conocimiento de que el final será negativo, no se resigna y sigue impertérrito reiterando su propuesta y su don.
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