viernes, 17 de abril de 2015

¿DEBEMOS CREER EN LAS REVELACIONES PERSONALES?

¿Debemos creer en las revelaciones personales?
Una aparición, cuando es autorizada por la Iglesia, no puede ir en contra de la verdad que Dios ha revelado 


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Debes creer en las apariciones de...” “Yo no sé si sea cierto, pero desde que fui al Santuario de tal lugar, mi vida ha cambiado. Fue una experiencia de fe, una conversión de vida”.
Con estos y otros muchos argumentos, hay personas que se esfuerzan por propagar los mensajes que la Virgen ha prodigado en diversas partes del mundo. Garabandel o Medjugorie son dos nombres entre otros muchos que vienen a nuestra mente como muestras de ese esfuerzo colectivo por dar a conocer un mensaje de la Virgen. En no pocas ocasiones estas personas recurren incluso a la amenaza o al tremendismo al presagiar acontecimientos funestos en caso de que no se sigan las indicaciones y las peticiones de la Virgen. Muchos incluso contrastan estas apariciones con las aceptadas por la autoridad eclesiástica como pueden ser Fátima, Lourdes o Guadalupe. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras apariciones? ¿Debemos o no debemos creer a estas apariciones recientes y a sus mensajes en ellas contenidos?
Es necesario distinguir antes que nada lo que son las apariciones y sus aportaciones a la verdad revelada. Cada católico busca, sin lugar a dudas, su salvación. Su vida se convierte así en un esfuerzo por seguir la voluntad de Dios. ¿En dónde se encuentra contenida la voluntad de Dios? Sin duda alguna en la Palabra revelada, en la Biblia, en las Sagradas Escrituras. Ahí queda consignada la Palabra de Dios y todo lo que es necesario para la salvación de nuestra alma. El Decálogo se fundamenta sobre estas palabras: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí.” (Ex. 20, 2-3). Por lo tanto “aquello que es el hombre y lo que debe hacer se manifiesta en el momento en el cual Dios se revela a sí mismo”, como nos dice la Encíclica Veritatis Slpendor del 6 de agosto de 1993 en el número 10.
Todo lo que el hombre necesita para salvarse se encuentra en la verdad revelada, consignada en la Biblia. Bien sabemos que esta verdad no es una verdad que queda encerrada en el tiempo, una verdad sólo aplicable a un determinado tiempo histórico y a unos hombres. Esta verdad se extiende a todos los hombres y a todos los tiempos de la historia. ¿Quién es la encargada de velar por la fidelidad de la transmisión del mensaje? Es la Iglesia Católica, pues fue Cristo, su mismo fundador quién le encargó a la Iglesia esta misión. “Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y de las circunstancias.
Las apariciones por lo tanto no añaden nada a la verdad revelada. Las apariciones, para ser auténticas, ayudan a comprender y a vivir mejor la verdad revelada y deben sujetarse siempre a las normas de la Iglesia, como guardiana que es, a nombre de Jesucristo, del depósito de la fe. Por lo tanto nadie está obligado a creer en las apariciones. Son una ayuda para vivir la fe, para la conversión, para acercarse más a una vida de gracia. Pero no son esenciales a la fe.
Aclaremos bien lo dicho anteriormente: una aparición, cuando es autorizada por la Iglesia, no puede ir en contra de la verdad que Dios ha revelado a través de la Escritura y de la Tradición. Debe ayudar y ése es su objetivo principal, a vivir con mayor fidelidad la verdad revelada. Como un caso semejante tenemos la devoción a los santos que no añaden nada a la verdad revelada, pero su ejemplo y su intercesión en el Cielo nos ayuda a vivir con más coherencia, con más amor, con más fidelidad y con más valentía nuestra fe.
Si hay personas que de alguna manera tratan de tergiversar la fe católica haciéndola aparecer como dependiente de un suceso, como puede ser una aparición, la recitación de oraciones en una cadena que no debe ser interrumpida, la devoción particular a un santo o persona venerable, hay que explicarles con mucha caridad que no están dentro del camino que Cristo ha querido para la salvación. Esos actos nos sirven y nos ayudan para alcanzar la salvación, no cabe duda, pero ni son la salvación en sí ni sólo con cumplirlos alcanzamos la salvación.
La salvación se encuentra en la Palabra revelada y custodiada por la Iglesia, tal y como ha quedado consignado en el Código de Derecho Canónico: “Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas” (CDC. Can. 747, 2).

APRENDE A DISCERNIR Y DEFENDERTE DEL DEMONIO

Aprende a discernir y defenderte del demonio
Muchas cosas que supones vienen del Cielo vienen del maligno


Por: Nadya Pinelo | Fuente: forosdelavirgen.org



La duda sistemática de aquello que parece ser una gracia de Dios es buena consejera.
El caos en que parece estar sumido el mundo nos hace pensar que hay una fuerza eficiente operándolo, y en especial, cuando vemos que desde los púlpitos esto no se dice.  Pero conforme uno va a avanzando en la comprensión de la existencia demoníaca como factor de todo este caos, comienza a descubrir las sutilezas con que actúan los demonios, especialmente al hacernos pasar tentaciones como cosas que vienen de Dios.
Esto nos debe poner en guardia sobre el atribuir influjo celestial a muchas cosas que nos suceden en la vida. Parecería que incluso, cuanto más piadosas son las cosas que nos pasan o vemos, más riesgo hay de que provengan de las sutilezas demoníacas.
Los escritos de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, que son doctores de la Iglesia, hablan de haber tenido innumerables encuentros con demonios y son especialmente esclarecedores de este tema.
Ambos fueron bien conocidos, especialmente San Juan de la Cruz, por sus poderes al exorcizar demonios.  Santa Teresa ha dicho de él,
"Juan de la Cruz tiene un don especial para echar demonios. En Ávila exorcizó a muchos de una persona, y él los mandaba en el nombre de Dios que le dijesen sus nombres, y ellos obedecían de inmediato".

Apariciones de demonios

Santa Teresa describe en su vida cómo el diablo se le apareció, a veces teniendo:
"Una forma abominable; su boca era horrible.  Parecía que de su cuerpo salía de una gran llama, que no proyectaba ninguna sombra."
En otra ocasión, vio a un pequeño diablo horrible, gruñendo como desesperado por haber perdido lo que él estaba tratando de ganar. También vio con los ojos del alma dos demonios de aspecto horrible que parecían tener sus cuernos alrededor de la garganta de un sacerdote mientras celebraba misa.  En su vida, Santa Teresa describe cómo en 1550 tuvo una visión que llevó su espíritu a un lugar en el infierno.
Santa Teresa descubre que el agua bendita, mejor que cualquier otra cosa, tenía el poder de expulsar a estas apariciones externas y visibles, y señaló que los teólogos estaban de acuerdo con su experiencia.
Por ejemplo, el P. Joseph Tonquédec s.j. -exorcista oficial de París de 1924 a 1962- decía que el agua bendita es bendecida expresamente para mantener lejos de los lugares y de las personas sobre las que se rocía "todo el poder del enemigo y al enemigo mismo con sus ángeles apóstatas".

Importancia de las tentaciones demoníacas

La destreza y artimañas que el diablo usa para evitar que las almas caminen por el camino de la perfección son terribles.
Para San Juan de la Cruz, el diablo es el enemigo más poderoso y astuto, sus artimañas son más desconcertantes que las del mundo y la carne.  Él es "el más difícil de entender", provoca la ruina de una gran multitud de religiosos que se propusieron ir por la vida de perfección, y ningún poder humano puede ser comparado con él.
El diablo engaña, corrompe, y seduce. Las tentaciones diabólicas son la experiencia ordinaria de la humanidad.
Para el P. Tonquedec, él es el tentador, el seductor, el inspirador de malas acciones. El homicidio, el odio, la mentira, son sus "obras". Él es el "padre" de los asesinos y en general de todos los pecados.
Pero el diablo no es la única causa de nuestros pecados, como Santo Tomás de Aquino observa en la Summa y, Santa Teresa en su libro Las Fundaciones.
Para Santa Teresa, nuestras propias inclinaciones perversas y mal humor, especialmente si sufrimos de melancolía - también nos causan mucho daño.
"Melancolía" fue el término utilizado anteriormente para describir la neurosis.  Es justo decir, sin embargo, que el diablo es indirectamente la causa de todos los defectos que surjan de nuestra naturaleza en el sentido de que, como consecuencia del pecado original, el diablo introdujo el desorden y la concupiscencia de la naturaleza humana.

El diablo y las debilidades de la naturaleza humana

Debemos darnos cuenta que los demonios son seres intelectuales puros, no seres racionales como nosotros. Ellos poseen un conocimiento superior de nuestras debilidades y disposiciones que utilizan para tentarnos.
Santa Teresa es consciente de que,
"El diablo sabe muy bien cómo tomar ventaja de nuestra naturaleza y poca comprensión".
En un Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz también sugiere que los demonios usan el mundo y la carne para aumentar el poder de su trabajo:
"La tentación de los demonios es más fuerte que las del mundo y la carne, porque los demonios se refuerzan a sí mismos con estos otros dos enemigos, el mundo y la carne, con el fin de librar una fuerte guerra".
El diablo sabe cómo explotar nuestros instintos y pasiones, la debilidad de nuestra carne y nuestro orgullo.  
Victor White en "Dios y el Inconsciente", comenta que la desgracia, la enfermedad o la ansiedad mental no son pecados, pero nos pueden inducir a la rebelión y la desesperación. Y Satanás puede tomar ventaja de todo ello para tentarnos a pecar.
Para Santo Tomás de Aquino, el diablo sólo puede actuar sobre la mente humana por causas naturales, físicas y psicológicas; por el contrario, todas las causas naturales, físicas y psicológicas pueden ser instrumentos de propósitos diabólicos.  Este punto de vista difumina la distinción entre el trastorno mental que proviene de causas internas y trastorno mental que viene de acción diabólica, planteando un problema difícil de discernir.

Formas de tentación demoníaca

La tentación demoníaca generalmente afecta a los poderes psicosomáticos; concretamente, la imaginación, la memoria, y el apetito sensitivo, que son importantes para el uso y el control de nuestras emociones.
Tentando a estos poderes, los demonios perturban el apetito sensorial e indirectamente afectan el intelecto y la voluntad.
Las experiencias de Santa Teresa y San Juan de la Cruz verifican esta doctrina que es comúnmente aceptada en la teología espiritual.
San Juan dice que el mayor engaño demoníaco es a través de la memoria, y que puede durar mucho tiempo, especialmente en las almas que están absortas en la noche oscura de los sentidos en el umbral de la noche del espíritu.
Además de las tentaciones ordinarias de la imaginación y la memoria, las almas en avanzado estado de perfección son el objeto de otro tipo de tentación.
El diablo sabe que una tentación que cause la caída de un alma avanzada no puede normalmente ser una tentación abierta, que es rechazada fácilmente, sino un engaño bajo la apariencia del bien.
Así Santa Teresa escribe:
"Pero el diablo viene con sus artimañas ingeniosas, y, bajo el color de hacer el bien, se pone a socavar en formas triviales, y trabajando en prácticas que, por lo que se da a entender, no están mal; poco a poco oscurece su comprensión y debilita su voluntad, y hace que su amor propio aumente de una manera u otra, comienza a retirarlo del amor a Dios y a persuadirlo a complacer sus propios deseos".
San Juan de la Cruz también escribe de estas experiencias, observa que el diablo hace el mayor daño y hace que el alma pierda abundantes riquezas al seducirla con un poco de carnada de las simples aguas del espíritu.
Santa Teresa tuvo experiencias similares, encontrando que este tipo de tentación por lo general ocurre con las almas contemplativas que se encuentran en la "quinta mansión", la mansión que se caracteriza por la oración contemplativa de unión con Dios.

El demonio falsifica a Dios

Para engañar a las almas contemplativas, el diablo también falsifica Dios. Las tentaciones evidentes se disfrazan de falsas apariciones de santos, o en palabras hermosas o aparentemente santas.
San Juan de la Cruz dice:
"El diablo a menudo provee objetos a los sentidos, ofreciendo al sentido de la vista imágenes de santos y las más hermosas luces. Y para el sentido del olfato, olores fragantes; y pone dulzor en la boca, y deleite en el sentido del tacto. Él hace todo esto por lo que, al atraer a las personas a través de estos objetos sensoriales puede inducirlos a muchos males."
Santa Teresa experimentó tales tentaciones en varias ocasiones cuando el diablo trató de presentarse ante ella como el Señor, haciendo una falsa semejanza de Él. Se dio cuenta de que el alma se torna problemática, abatida, inquieta, y es incapaz de orar.
Lo mismo puede decirse en relación con locuciones interiores, también difíciles de juzgar para el alma.  En estos casos, San Juan de la Cruz informa que el discernimiento exacto depende de la santidad del DIRECTOR ESPIRITUAL:
"Una persona, en consecuencia, tendrá que ser muy espiritual para reconocer esto".

Diferentes tipos de tentaciones

En el Cántico Espiritual, San Juan de la Cruz explica tres tipos diferentes de tentaciones diabólicas que afectan a las almas espirituales avanzadas:
  1. Las que vehementemente incitan la imaginación;
  2. Cuando la primera forma demuestra, tormentos corporales fútiles y ruidos que distraen al alma; y
  3. El tormento a veces temible del diablo que lucha contra el alma con terrores y horrores espirituales.
El santo español da pocos detalles de la segunda categoría de tentaciones, aunque como se lee en las biografías de su vida, se vio afectado por ellas.
En el caso de los horrores espirituales,
"el diablo puede hacer esto fácilmente, ya que el alma, en ese momento entra en gran desnudez de espíritu por el bien de este ejercicio espiritual, el diablo se puede mostrar fácilmente ante ella, porque él también es espíritu",
Su presencia misteriosa plantea problemas psicológicos y espirituales intrigantes.
La doctrina teológica acepta que ordinariamente la influencia diabólica es a través de los sentidos, especialmente, los sentidos internos de la memoria y la imaginación. Pero tanto San Juan de la Cruz como Santa Teresa sugieren que algunas tentaciones y horrores pueden trascender los sentidos y afectar los poderes espirituales del alma. Esto parece ocurrir sólo en contemplativos avanzados que ya han alcanzado el desposorio espiritual con Dios en la sexta mansión y están cerca del umbral de la séptima, el matrimonio espiritual.
Consideremos la consideración de San Juan de la Cruz del horror que el demonio causa a través de los sentidos:
"Cuando la comunicación espiritual no es concedida exclusivamente en el espíritu, sino en los sentidos también, el diablo perturba más fácilmente y agita el espíritu con estos horrores por medio de los sentidos.  El tormento y el dolor que provoca entonces es inmenso, y a veces es inefable.  Porque desde que se procede manifiestamente de espíritu a espíritu, el horror que causa el espíritu maligno  dentro del espíritu bueno, si es que alcanza a la parte espiritual, es insoportable".
Luego, en La Noche Oscura, San Juan de la Cruz sugiere la posibilidad de un contacto puramente espiritual:
"Esta horrenda comunicación procede de espíritu a espíritu manifiestamente y, de alguna forma, incorpóreamente, de una manera que trasciende todo dolor sensorial".
Cerca del matrimonio espiritual, la lucha por la salvación y la lucha del bien y el mal se promulgan dramáticamente. Los ángeles ayudan al alma y los demonios intentan su última oportunidad.   
Cuando la comunicación espiritual viene de los ángeles, el diablo puede detectar algunos de estos favores concedidos al alma.
"Ordinariamente, Dios permite al adversario reconocer favores concedidos a través de los ángeles buenos para que él pueda hacer lo posible, de acuerdo con la medida de justicia, para impedirlos".
Entonces el diablo no puede quejarse de que no se le da la oportunidad de conquistar al alma. De acuerdo con San Juan, él podría hacerlo, si aún Dios no permitiese una cierta paridad entre los dos en la lucha por el alma.
Los ángeles producen comunicaciones espirituales; los demonios, horrores espirituales. Pero al final, la victoria pertenece a los ángeles buenos.
Estos horrores que purifican el alma son seguidos por un favor espiritual, de acuerdo con la purgación oscura y horrible que sufrió.
El alma "disfrutará de una comunicación espiritual maravillosa y encantadora, a veces inefablemente sublime.  El horror precedente del espíritu maligno, refina el alma para que pueda recibir este bien".
Santa Teresa experimentó encuentros similares y observó que los demonios no producen nada más que aridez e inquietud.
"Esta inquietud es tal que yo no sé de dónde viene: sólo el alma parece resistirse, está preocupada y angustiada, sin saber por qué; pues las palabras de Satanás son buenas y no malas".
Estos encuentros espirituales ocurren sólo en personas tan avanzadas en la perfección y así purificadas por sufrimientos y pruebas que adquieren un poco del conocimiento que corresponde a los seres espirituales, que penetra todos los seres, como dice San Pablo y, San Juan de la Cruz explica:
"El alma con universalidad y gran facilidad percibe y penetra todo lo terrenal o celestial que se le ha presentado. De ahí que el Apóstol dice que el hombre espiritual penetra todas las cosas, aún lo profundo de Dios (1 Cor 2:10)"
Esta es la característica del espíritu purgado y aniquilado de todo conocimiento particular y afecto, que es el espíritu de contemplación en sus estados superiores.

Humildad y demonios

Para San Juan de la Cruz, un alma que espera superar la "fuerza" del diablo será incapaz de hacerlo sin la oración.
Sin embargo, para entender sus "engaños", el alma necesita humildad -pues el diablo es el enemigo jurado de la humildad-.  El místico español señala que la carnada del diablo es el orgullo -sobre todo el orgullo que surge de la presunción espiritual-.
Las almas santas deben ser cautelosas acerca de cualquier tipo de revelaciones, porque el diablo por lo general se mete en ellas y
"une tantos hechos aparentes y apropiados, y los implanta muy firmemente en la imaginación, que parece que sin duda ocurrirá cada evento".
Santa Teresa dice que los demonios incluso, utilizan la imagen de Cristo o de sus santos para fomentar la falsa devoción.  Pero las visiones del diablo no hacen daño si hay humildad:
"Por mi parte, creo que Su Majestad no le permitirá, ni le dará el poder, para engañar a nadie con tales apariciones a menos que la persona misma sea el culpable. Me refiero a que para las almas humildes es posible que no haya engaño".

Fe y demonios

El fundamento de la religión cristiana es la fe. Los errores y las mentiras serán repartidas por los demonios para tratar de debilitar este fundamento.
Para Santa Teresa, el diablo - es en conjunto, un mentiroso - puede reproducir muchos trucos, pero
"Dios no le permitirá engañar a un alma que no tiene ninguna confianza en sí misma, y se fortalece en la fe".
San Juan de la Cruz es aún más enfático y aconseja que, para el diablo, la luz de la fe es peor que la oscuridad.
Cuando el alma se viste de fe, el diablo es ignorante de cómo impedirlo, no es exitoso en sus esfuerzos, porque la fe da al alma, una fuerte protección contra el diablo, que es el enemigo más poderoso y astuto.  Como resultado, San Pedro no encontró una mayor salvaguardia que la fe al liberarse de diablo, cuando aconsejó "Cui resistite fortes en fidei (Resistidle firmes en la fe)" (1 P 5, 9).
Para fomentar la oscuridad de la fe pura, el director espiritual debe tener cuidado de no fomentar visiones, locuciones, profecías, u otros tipos de fenómenos extraordinarios.  Aunque estos fenómenos son a veces de Dios, es más a menudo que sean del diablo.  
Para San Juan de la Cruz este peligro era real. Entendió que el diablo puede presentar a la memoria muchas ideas falsas con el pretexto de la verdad, por lo que estas ideas parecen tan seguras, que el alma piensa que no pueden ser falsas, pero lo que se siente va de acuerdo con la verdad.

El demonio y el estado de unión perfecta con Dios

Después que las almas espiritualmente purificadas alcanzan el estado de la perfecta unión con Dios a través del amor de la "séptima mansión", las tentaciones diabólicas han terminado, y los demonios tienen miedo de ellos.  
"Tampoco aparece Aminadab," dice San Juan en el final del Cántico Espiritual.  Aminadab simboliza al diablo, y en este estado del alma es tan favorecida, tan fuerte y victoriosa que el diablo sabe que ha perdido la batalla.  En esta etapa, el diablo huye en inmenso miedo y no se atreve a reaparecer.
Santa Teresa, también victoriosa, percibió que el diablo estaba aterrorizado de ella, pero ella de él, no:
"[los Diablos] parecen tener miedo de mí que he adquirido autoridad sobre ellos, depositada en mí por el Señor de todos, por lo que ellos ya no son más problema para mí; ahora vuelan".
En este estado, las almas son transformadas por Dios. Son divinas por participación y poseen cualidades como las de Cristo. En ellas, el Redentor ha derrotado a Satanás y su reino de las tinieblas. Santa Teresa y San Juan de la Cruz lucharon con los demonios, pero al final la victoria de ellos - y de Dios - fue completa.

Algunas reflexiones sobre demonios y los místico

Cualquier doctrina válida relativa a demonios presupone la fe, que nos presenta el objeto de nuestra fe - en este caso, los demonios. Del mismo modo que no vemos a Dios, no vemos a los demonios. Cualquier especulación sobre los demonios debe fundarse en la Sagrada Escritura, en la teología espiritual, y las experiencias de los santos.
1 - Santa Teresa y San Juan de la Cruz creen, por la fe en la existencia de demonios. No podían dudar de su existencia.
Además, experimentaron visiones, locuciones, apariciones, horrores, daño físico, tentaciones, y otras manifestaciones demoníacas.  Algunos santos son sometidos a estas intervenciones demoníacas inusuales, como fue el caso de Ignacio de Loyola, y en los tiempos modernos, el Cura de Ars.
2 - Los demonios son nuestros adversarios, tratando todo lo posible de impedir el viaje de las almas hacia Dios.
Pero las acciones demoníacas asumen una intensidad especial, y son más sutiles y más fuertes, cuando se dirigen contra las almas contemplativas avanzadas. Estas almas atraen a los demonios que desean detener o al menos frenar su progreso hacia Dios. El alma de un santo es el campo de batalla entre el bien y el mal, entre Dios y los demonios.  Después que el alma de un santo llega a la séptima mansión, la actividad diabólica llega a su fin, y los demonios tienen miedo de ellos.
3 - Santa Teresa y San Juan de la Cruz estaban dotados de un discernimiento inusual, y sabían que las manifestaciones demoníacas aparentes, eran más a menudo el resultado de una enfermedad mental o "melancolía".
También sabían que los demonios usan la debilidad humana y los estados mentales negativos como instrumentos de sus tentaciones.  Por lo tanto, no es fácil discernir cuando una tentación demoníaca aparente es meramente psicológica, y cuándo es a la vez psicológica y demoníaca.
Debido a que los místicos españoles eran conscientes de la dificultad, a menudo involucrada en la detección de lo demoníaco, recomendaban la oración para superar la "fuerza" del diablo, así como la humildad y el recurso a la luz de Dios para discernir los "engaños" del diablo.  
4 - Algunos confesores estaban seguros de que Santa Teresa estaba poseída y debía ser exorcizada.
Eran, como Santa Teresa los llamó, "hombres de medio-aprendizaje", que le hicieron mucho daño. Los teólogos, como Pedro Ibáñez, Domingo Báñez, Álvarez de Toledo, y santos, como Pedro de Alcántara y Francisco de Borja, nunca la engañaron.
Pedro Ibáñez, un famoso teólogo, que mandó a Santa Teresa a escribir su vida, aplicó las reglas de discernimiento de espíritus a Santa Teresa, y ella pasó la prueba en cada uno de sus once reglas estrictas. Allison Peers tuvo el buen juicio de incluir estas reglas y, cómo Ibáñez, las aplicó a Santa Teresa en el tercer tomo de sus Obras Completas de Santa Teresa de Jesús (312-333).
Naturalmente, cualquier psicólogo o teólogo que a priori descarta la existencia de los demonios no está calificado para iluminarnos en este problema, no importa qué tan sobresaliente, erudito él o ella pueda ser.  Por otro lado, debemos rechazar la obra y escritos de cualquier teólogo moderno que ignore los beneficios de la psicología o encuentre demonios en toda neurosis.

LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y DE LOS PECES


Multiplicación de los panes y de los peces
Pascua


Juan 6, 1-15. Pascua. Basta que pongamos nuestros cinco panes y dos peces y Cristo hará el milagro. 


Por: Santiago Garza | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15
Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

Oración introductoria
La multiplicación de los panes me recuerda que la abundancia es una característica del auténtico amor. Señor, creo en ti y te amo, por eso, con toda confianza, te pido que me permitas escucharte en esta oración para conocer cuál es el camino que debo seguir para que mi amor, a Ti y a los demás, sea ilimitado.

Petición
Jesús, ayúdame a que mi amor sea incondicional, auténtico, abundante.

Meditación del Papa Francisco
El que ama conoce a Dios; el que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. Pero no amor de telenovela. ¡No, no! Amor sólido, fuerte; amor eterno, amor que se manifiesta en su Hijo, que ha venido para salvarnos. Amor concreto; amor de obras y no de palabras. Para conocer a Dios hace falta toda una vida; un camino, un camino de amor, de conocimiento, de amor al prójimo, de amor a los que nos odian, de amor por todos. […]
El Señor tuvo compasión de la cantidad de gente que había ido a escucharlo, porque eran ovejas sin pastor, desorientadas. Y hoy mucha gente está desorientada en nuestras ciudades, en nuestros países. Por eso, Jesús les enseña la doctrina y la gente le escucha. Cuando luego se hace tarde y pide que les den de comer, sin embargo, los discípulos responden un poco nerviosos. Una vez más Dios ha llegado primero, los discípulos no habían entendido nada:
Así es el amor de Dios: siempre nos espera, siempre nos sorprende. Es el Padre, es nuestro Padre que nos ama tanto, que siempre está dispuesto a perdonarnos. ¡Siempre! No una vez, 70 veces 7. ¡Siempre! Como un padre lleno de amor y para conocer a este Dios, que es amor, debemos subir por el escalón del amor al prójimo, por las obras de caridad, por las obras de misericordia, que el Señor nos ha enseñado. Que el Señor, en estos días en que la Iglesia nos hace pensar en la manifestación de Dios, nos dé la gracia de conocerle por el camino del amor. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 8 de enero de 2015, en Santa Marta).
Reflexión
El evangelio de este día nos presenta a un Jesús poderoso, a un Jesús capaz de hacer los milagros nunca antes imaginados. El milagro de la multiplicación de los panes es uno de los más recordados por todos nosotros, pues, en cierta manera nos gusta saber que Jesús puede realizar maravillas de donde no hay mucho. Pero es así, Dios es capaz de hacer esto y mucho más.

Es interesante observar la metodología que siguió Jesús en este milagro. Primero ve la situación, sabe que humanamente sería difícil salir al paso. Segundo, prueba a sus discípulos; les pide una solución humana. Andrés de forma un poco ingenua insinúa:- Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces, pero ¿qué es esto para tanta gente?

Al ver que ellos no son capaces de solucionar el problema, entonces, actúa. –Haced que se recueste la gente... y el milagro se hizo realidad.

Muchas veces pensamos que nuestros problemas no tienen solución, que humanamente no hay una salida, o que somos un verdadero fracaso y que más nos valiera mejor no haber nacido, etc, etc...

Pensemos que Dios con su omnipotencia infinita nos puede ayudar. Basta que pongamos nuestros cinco panes y dos peces. Y estos cinco panes y dos peces pueden ser quizá mis muchas o pocas virtudes, mis logros, triunfos pero también mis caídas y fracasos. En definitiva basta que nos abramos completamente a Jesús y le demos todo lo que tengamos sea poco o mucho, de esto Él se encarga.

Propósito
En mi siguiente encuentro con Cristo en la Eucaristía, pedirle que abra mi corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.

Diálogo con Cristo 
Jesús, ayúdame a saber multiplicar mi amor. Para que el milagro se produzca necesito simplemente ofrecerte lo que tengo, nada más… pero tampoco nada menos. Tú multiplicarás estos pocos o muchos dones para el bien de todos. Con humildad y sencillez te ofrezco mis talentos, consciente de que los he recibido para darlos a los demás.

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