martes, 19 de mayo de 2015

10 RAZONES DEL POR QUÉ YO CREO EN LA IGLESIA CATÓLICA


10 razones del por qué creo en la Iglesia Católica
Quien cree que Jesús es Dios debe creer también en todo lo que Él ha hecho y dispuesto para nuestra salvación


Por: Padre Jordi Rivero | Fuente: Corazones.org



1.- Creo en la Iglesia por gracia de Dios. 
La fe es un regalo inmerecido que libremente recibimos.
2.- Creo en la Iglesia porque creo en Jesucristo. 
Quien cree que Jesús es Dios debe creer también en todo lo que Él ha hecho y dispuesto para nuestra salvación. La Iglesia nace de su costado traspasado de donde vertió agua y sangre. La Iglesia sigue viviendo del agua (Bautismo) y de la Sangre (Eucaristía) derramada en la Cruz.
3.- Creo en la Iglesia por la Eucaristía. 
Dios hace muchísimos milagros para recordarnos las verdades de la fe. Muchos de estos son verificados por rigurosos estudios científicos: Lanciano, Lourdes, Guadalupe y muchos otros. El milagro más grande es la Eucaristía. El dijo: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día" Juan 6,54. Es El mismo Cristo en la Eucaristía quien se hace realmente presente cada día en más de 500.000 iglesias católicas en todos los continentes.
Algunos dicen: "Jesús está en todas partes. Para que ir a la Iglesia".  Hay que enseñarles: Sí, Jesús está en todas partes, pero sólo en la Eucaristía está presente en forma substancial para que lo comamos y tengamos vida nueva. Para sanarnos, liberarnos del mal, unirnos en la Iglesia y darnos fuerza para vivir la santidad. Sólo en la Iglesia se encuentra a Cristo Eucaristía. Cristo ha venido para reunirnos, como un pastor recoge a sus ovejas. Quiere así que seamos su Cuerpo Místico para que en EL seamos todos hijos del Padre. Quiso hacernos familia suya. Por eso funda una sola Iglesia, con una sola fe, un solo bautismo.
4.- Creo en la Iglesia porque es obra de Dios y no de hombres. 
No escojo a la Iglesia como podría escoger mi plato favorito. La Iglesia es institución divina y no capricho humano. Los hombres pueden fundar otras muchas iglesias y religiones para reunirse y hacer cosas buenas. A estas guardo respeto y a quienes buscan la verdad con sinceridad les tengo admiración. Pero no por eso olvido que Jesús, Dios y hombre verdadero, quiso reunirnos en UNA IGLESIA, la que El fundó.
5.- Creo en la Iglesia "Católica" que significa "Universal".
La Iglesia católica no es sólo para un grupo o región. Es para todo pueblo, raza y nación. Está en todas partes, es la más grande y bien organizada del mundo. No porque sus miembros sean más inteligentes sino porque es obra de Dios.
¿Sabía usted que cada día hay en el mundo 50.000 nuevos católicos? Cada mes hay un millón y medio de católicos más que el mes anterior. Cada año hay 18 millones de católicos más que el año anterior. Durante el gobierno del Papa Pablo VI, la IglesiaCatólica pasó de 600 millones a 750 millones. Durante el  gobierno del Papa Juan Pablo II el número de católicos ha pasado de 750 millones a 1,086 millones en 2003. Esto a pesar de un esfuerzo intenso de parte del mundo para desprestigiarla y destruirla.
6.- Creo en la Iglesia porque sólo ella enseña con autoridad divina toda la verdad. 
Jesús confió a los Apóstoles la revelación divina contenida en su Palabra. Les prometió el Espíritu Santo y les comunicó la facultad de enseñar en Su nombre. «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lucas 10,16) Sólo la Iglesia Católica es gobernada por el Papa y los obispos, sucesores de los Apóstoles, herederos de esta promesa. Ellos poseen por lo tanto la autoridad del magisteriopara enseñar toda la Palabra revelada y profundizar su contenido sin error, con la protección y guía del Espíritu Santo.
Mientras que en otras Iglesias hay diversidad de interpretaciones Bíblicas, sólo la Iglesia Católica ha enseñado la verdad plena con total consistencia en todas partes desde el principio. Sólo ella posee el Depósito de Fe que contiene todo lo que Jesús nos reveló: La Biblia y la Tradición Apostólica.
7.- Creo en la Iglesia porque veo la obra de Dios en María  nuestra madre.
Los católicos hacemos lo que Jesús pidió al discípulo amado en la Cruz: Llevamos a María a nuestra casa. Cf. Jn 19,27.
8.- Creo en la Iglesia por el testimonio de los Apóstoles y los Padres
9.- Creo en la Iglesia por el testimonio de los santos, nuestros hermanos mayores. 
Ellos son Evangelios vivos, ejemplos de lo que Dios hace en los que viven plenamente en la Iglesia y son alimentados con Cristo vivo a través de ella.
10.- Creo en la Iglesia porque no me dejo llevar por los escándalos sino por la Palabra de Dios. 
Es cierto que hay escándalos en la Iglesia. Ya Jesús lo advirtió. Pero también hay cientos de miles demártires que han derramado su sangre por Cristo en cada siglo incluso el nuestro. Millones y millones viven su fe inspirados por el Evangelio.
Sé bien que la Iglesia está formada de seres humanos pecadores. Pero Jesús quiso reunir en ella a los pecadores para hacerlos hijos de su Padre, Dios. No todos se convierten. Desde el principio algunos desde adentro le traicionan. Pero Jesús no revoca su alianza sellada con Su Sangre. Sigue siempre fiel a sus promesas. Jesús dijo: "Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." Mateo 16,18
Cada uno pone sus ojos en lo que le interesa:unos miran a los santos y ven Evangelios vivos dignos de ser imitados. Otros en cambio sólo miran los malos ejemplos para justificar el rechazo a la Iglesia. 
¿Dónde pones tus ojos en los santos o en los escándalos? 
Jesús nos advierte: "el que no tiene pecado, que tire la primera piedra". Por mi parte prefiero mirar a los santos, nuestros hermanos mayores pues tengo mucho que aprender de ellos y aprecio sus ayudas. No desisto en la esperanza de llegar a ser uno de ellos por la misericordia de Dios que perdona y da la gracia.
En cada siglo los enemigos de la Iglesia anuncian su inminente desaparición. Sin embargo ella los entierra a todos. Han pasado 2000 años. Todo imperio se ha derrumbado pero la Iglesia sigue siendo la misma madre con más de mil millones de hijos e hijas, más de 405.450 sacerdotes y más de 3.000 obispos. El número de seminaristas está aumentando y también las ordenaciones sacerdotales aumentaron en el 2004. Todavía hay muchachas que optan por la vida religiosa y aun surgen nuevas comunidades religiosas (como la que produce esta página).
Hoy la Iglesia es perseguida, despreciada y difamada por todas partes. Pero su autoridad moral sigue siendo un faro de luz inextinguible que puede ser odiado pero no ignorado. La sucesión de Pedro jamás se ha roto. El Papa sigue gobernando a la Iglesia y los católicos por todo el mundo siguen unidos en comunión con él. A pesar de su ancianidad, el Papa es capaz de reunir a cientos de miles de jóvenes para escucharle enseñar la Palabra de Dios. La Santa Sede mantiene relaciones con 175 países (2002).
Todo esto sólo puede ser obra de Dios. Por eso creo y por eso no puedo dejar de anunciar la verdad a mis hermanos. 
Y usted: ¿Conoce la Iglesia católica o la caricatura que hacen de ella sus enemigos? ¿Está usted sobre la roca firme establecida por Cristo o en las arenas movedizas de interpretaciones humanas?Jesús te llama. No lo hagas esperar

¿CÓMO SER SANTOS?



¿Cómo ser santos?
Fragmentos de verdad católica

Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad.


Por: Mons. Rafaello Martinelli | Fuente: Catholic.net



¿Qué significa ser santos? 
Significa estar unidos, en Cristo, a Dios, perfecto y santo. 
“Sean por tanto perfectos como es perfecto su Padre celestial” (Mt 5, 48), nos ordena Jesucristo, Hijo de Dios. “Sí, lo que Dios quiere es su santificación.” (1 Ts 4, 3). 
¿Por qué Dios quiere nuestra santidad? 
Porque Dios nos ha creado “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y de ahí que Él mismo nos diga: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv11, 44). 
La santidad de Dios es el principio, la fuente de toda santidad. 
Y, aún más, en el Bautismo, Él nos hace partícipes de su naturaleza divina, adoptándonos como hijos suyos. Y por tanto quiere que sus hijos sean santos como Él es santo. 
 ¿Estamos todos llamados a la santidad? 
Todo ser humano está llamado a la santidad, que “es plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad, y se realiza en la unión íntima con Cristo y, en Él, con la Santísima Trinidad. El camino de santificación del cristiano, que pasa por la cruz, tendrá su cumplimiento en la resurrección final de los justos, cuando Dios sea todo en todos” (Compendio, n. 428). 
 ¿Cómo es posible llegar a ser santos? 
- El cristiano ya es santo, en virtud del Bautismo: la santidad está inseparablemente ligada a la dignidad bautismal de cada cristiano. En el agua del Bautismo de hecho hemos sido “lavados [...], santificados [...], justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11); hemos sido hechos verdaderamente hijos de Dios y copartícipes de la naturaleza divina, y por eso realmente santos. 
- Y porque somos santos sacramentalmente (ontológicamente - en el plano de nuestro ser cristianos), es necesario que lleguemos a ser santos también moralmente, es decir en nuestro pensar, hablar y actuar de cada día, en cada momento de nuestra vida. Nos invita el Apóstol Pablo a vivir “como conviene a los santos” (Ef 5, 3), a revestirnos “como conviene a los elegidos de Dios, santos y predilectos, de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de dulzura y de paciencia” (Col 3, 12). 
Debemos con la ayuda de Dios, mantener, manifestar y perfeccionar con nuestra vida la santidad que hemos recibido en el Bautismo: Llega a ser lo que eres, he aquí el compromiso de cada uno. 
- Este compromiso se puede realizar, imitando a Jesucristo: camino, verdad y vida; modelo, autor y perfeccionador de toda santidad. Él es el camino de la santidad. Estamos por tanto llamados a seguir su ejemplo y a ser conformes a Su imagen, en todo obedientes, como Él, a la voluntad del Padre; a tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual “se despojó de su rango, tomando la condición de siervo (…) haciéndose obediente hasta la muerte” (Fil 2, 7-8), y por nosotros “de rico que era se hizo pobre” (2 Cor 8, 9). 
- La imitación de Cristo, y por lo tanto el llegar a ser santos, se hace posible por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, quien es el alma de la multiforme santidad de la Iglesia y de cada cristiano. Es de hecho el Espíritu Santo quien nos mueve interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas (cfr. Mc 12, 30), y a amarnos los unos a los otros como Cristo nos ha amado (cfr. Jn 13, 34). 
 ¿Cuáles son los medios para nuestra santificación? 
El primer medio y el más necesario es el Amor, que Dios ha infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado (cfr. Rm 5, 5) y con el cual amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimos por amor de Él. Pero para que el amor, “como una buena semilla y fructifique, debe cada uno de los fieles oír de buena gana la Palabra de Dios y cumplir con las obras de su voluntad, con la ayuda de su gracia, participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en otras funciones sagradas, y aplicarse de una manera constante a la oración, a la abnegación de sí mismo, a un fraterno y solícito servicio de los demás y al ejercicio de todas las virtudes. Porque la caridad, como vínculo de la perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3,14), gobierna todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin” (Lumen Gentium, 42). 
Cada fiel es ayudado en su camino de santidad por la gracia sacramental, donada por Cristo y propia de cada Sacramento. 
 ¿Existen diversas maneras y formas de santidad? 
Ciertamente. Cada uno puede y debe llegar a ser santo según los propios dones y oficios, en las condiciones, en los deberes o circunstancias que son los de su propia vida. 

Las vías de la santidad son por tanto múltiples, y adaptadas a la vocación de cada uno. Muchos cristianos, y entre ellos muchos laicos, se han santificado en las condiciones más ordinarias de la vida. 
 ¿Por qué la Iglesia es santa? 
- La Iglesia es santa porque: 
· Dios santísimo es su autor; 
· en ella está presente Cristo, cabeza de la Iglesia, el cual se ha entregado a sí mismo por Ella, para santificarla y hacerla santificante; 
· está animada por el Espíritu Santo, que la vivifica con la Caridad y la enriquece con sus carismas; 
· en Ella es custodiada fielmente la Palabra de Dios; 
· se encuentra en Ella la plenitud de los medios de la salvación: Ella es instrumento de santificación de los hombres mediante el anuncio de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos, el ejercicio de la Caridad en la búsqueda constante del rostro de Cristo en cada hermano. La Iglesia es la casa de la santidad y la caridad de Cristo, infundida por el Espíritu Santo, es su alma;
· la santidad es la vocación de cada uno de sus miembros, la fuente secreta, la medida infalible y el fin de toda su actividad apostólica y de su impulso misionero; 
· la santidad de la Iglesia es la fuente de la santificación de sus hijos. Por esto justamente la Iglesia es llamada la madre de los santos, Aquella que genera santidad con fecunda y magnánima sobreabundancia; 
· Ella cuenta en su interior a la Virgen María: en Ella la Iglesia es ya toda santa. La Iglesia ha alcanzado ya en la santísima Virgen María la perfección que la hace sin mancha y sin arruga; 
· en la Iglesia, a lo largo de todos los siglos de su historia, ha florecido en manera increíblemente extraordinaria la santidad cristiana, sea heroica sea ordinaria, y así hemos tenido innumerables Santos; 
· ha suscitado, a través de toda su historia, infinitas obras de caridad. 
- “La santidad de la Iglesia se fomenta también de una manera especial en los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos, entre los que descuella el precioso don de la gracia divina que el Padre da a algunos (cf. Mt 19,11; 1 Cor 7,7) de entregarse más fácilmente sólo a Dios en la virginidad o en el celibato, sin dividir con otro su corazón (cf. 1 Cor 7,32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido considerada por la Iglesia en grandísima estima, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo” (Lumen Gentium, 42). 
- La Iglesia es santa, es verdad, pero al mismo tiempo está necesitada siempre de purificación. De hecho todos sus miembros, aquí en la tierra, se reconocen todos pecadores, siempre necesitados de conversión y de purificación. La Iglesia incluye en su seno seres humanos frágiles, que se reconocen pecadores, y por eso necesitados de pedir y recibir el perdón de Dios por sus propios pecados. 
Por eso la Iglesia sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales, además, tiene el poder de sanar a sus hijos con la sangre de Cristo y el don del Espíritu. 
 ¿Por qué la Iglesia proclama santos a algunos de sus hijos? 
“Al canonizar a ciertos fieles, es decir, al proclamar solemnemente que esos fieles han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios, la Iglesia reconoce el poder del Espíritu de santidad, que está en ella, y sostiene la esperanza de los fieles proponiendo a los santos como modelos e intercesores” (CEC, n. 828). 
La Iglesia, desde sus inicios, ha siempre creído que los Apóstoles y los Mártires estén estrechamente unidos a nosotros en Cristo, los ha celebrado con particular veneración junto con la santísima Virgen María y los santos Ángeles, y ha implorado piadosamente la ayuda de su intercesión. Y a lo largo de los siglos, ha siempre ofrecido para la imitación de los fieles, a la veneración y a la invocación, a algunos hombres y mujeres, insignes por el esplendor de la caridad y de todas las otras virtudes evangélicas. 
 ¿Cuáles son las objeciones que se ponen contra los santos? 
Está quien insinúa que se trata de una estrategia expansionista de la Iglesia Católica. Para otros, la propuesta de nuevos beatos y santos, tan diversos por categoría, nacionalidad y cultura, sería sólo una operación de marketing de la santidad con finalidad de leadership del Papado en la sociedad civil actual. Está incluso quien ve en la canonización y en el culto de los santos un residuo anacrónico de triunfalismo religioso, extraño incluso al espíritu y a lo dicho por el Concilio Vaticano II, el cual ha tanto puesto en evidencia la vocación a la santidad de todos los cristianos. Quienes ponen tales objeciones no toma en cuenta el gran rol y la verdadera importancia de los santos en la Iglesia. 
¿Quiénes son los santos para la Iglesia? 
- Los santos son: 
· aquellos que contemplan ya claramente a Dios uno y trino. Ciudadanos de la Jerusalén celestial, cantan sin fin la gloria y la misericordia de Dios, habiéndose cumplido en ellos el paso pascual de este mundo al Padre; 
· discípulos del Señor. Orígenes lo afirma con decisión: “Los santos son imagen de la imagen, siendo el Hijo imagen” (La oración, 22, 4). Son el reflejo de la luz de Cristo resucitado. Como en el rostro de un niño, en el cual se acentúan particularmente los rasgos físicos de sus padres, en el rostro del santo el rostro de Cristo ha encontrado una nueva modalidad de expresión; 
· modelos de vida evangélica, de los cuales la Iglesia ha reconocido la heroicidad de sus virtudes y luego los propone a nuestra imitación. Ellos “han sido siempre fuente y origen de renovación en los momentos más difíciles de la historia de la Iglesia” (Juan Pablo ii, Christifideles laici, 16). “Ellos salvan a la Iglesia de la mediocridad, la reforman desde adentro, la apremian a ser lo que debe ser la esposa de Cristo sin mancha ni arruga (cfr Ef 5, 27)” (Juan Pablo ii, Discurso a los jóvenes de Lucca, 23 de septiembre de 1989). Y el Card. Joseph Ratzinger ha justamente afirmado que: “No son las mayorías ocasionales que se forman aquí o allá en la Iglesia las que deciden su camino y el nuestro. Ellos, los santos, son la verdadera, determinante mayoría según la cual nos orientamos. A esa nos atenemos! Ellos traducen lo divino en lo humano, lo eterno en el tiempo”; 
· testigos históricos de la llamada universal a la santidad. Fruto eminente de la redención de Cristo, son prueba y documento de que Dios, en todos los tiempos y en todos los pueblos, en las más variadas condiciones socioculturales y en los distintos estados de vida, llama a sus hijos a alcanzar la perfecta estatura de Cristo (cfr Ef 4, 13; Col 1, 28). Ellos muestran que la santidad es accesible a las multitudes, que la santidad es imitable. Con su concreción personal e histórica hacen experimentar que el Evangelio y la vida nueva en Cristo no son una utopía o un simple sistema de valores, sino un “fermento” y “sal” capaces de hacer vivir la fe cristiana dentro y desde dentro de las diferentes culturas, áreas geográficas y épocas históricas; 
· expresión de la catolicidad o universalidad de la fe cristiana y de la Iglesia que vive esa fe, la custodia y difunde. Los santos, expresión del mismo Espíritu -como dice el Evangelio- que “sopla donde quiere”, han vivido la misma fe. Tal internacionalidad confirma que la santidad no tiene confines y que ésa no está muerta en la Iglesia y, aún más, continúa a tener viva actualidad. El mundo cambia, pero los santos, aún cambiando ellos mismos con el mundo que cambia, representan siempre el mismo rostro vivo de Cristo. Ellos hacen resplandecer en el mundo un reflejo de la luz de Dios, son los testigos visibles de la santidad misteriosa y universal de la Iglesia; 
· una auténtica y constante forma de evangelización y de magisterio. La Iglesia quiere acompañar la predicación de la verdad y de los valores evangélicos con la presentación de los santos que han vivido esas verdades y esos valores en modo ejemplar; 
· mientras honran al hombre, rinden gloria a Dios, porque “la gloria de Dios es el hombre viviente” (San Ireneo de Lyon);
· son un signo de la capacidad de inculturación de la fe cristiana y de la Iglesia en la vida de los diferentes pueblos y culturas; 
· intercesores y amigos de los fieles todavía peregrinos en la tierra, porque los santos, aunque inmersos en la gloria de Dios, conocen los afanes de sus hermanos y hermanas y acompañan su camino con la oración y el patrocinio; 
· innovadores de cultura. Los santos han permitido que se crearan nuevos modelos culturales, nuevas respuestas a los problemas y a los grandes retos de los pueblos, nuevos desarrollos de humanidad en el camino de la historia. Los santos son como faros: han indicado a los seres humanos las posibilidades que los mismos seres humanos poseen. Por esto son interesantes incluso culturalmente. Un grande filósofo francés del siglo XX, HENRY BERGSON, ha hecho esta observación: “los personajes más grandes de la historia no son los conquistadores, sino los santos”. 
- Todo esto la Iglesia lo confiesa cuando, agradecida a Dios Padre, proclama: “en la vida de los santos nos ofrece un ejemplo, en la intercesión una ayuda, en la comunión de gracia un vínculo de amor fraterno” (Prefacio de la Misa).
¿Qué diferencia existe entre beatos y santos? 
- En cuanto a la certeza de que unos y otros se encuentren en el cielo, no hay entre ellos ninguna diferencia. 
- En cuanto al procedimiento: normalmente primero un cristiano es proclamado beato (beatificación), y después, sucesiva y eventualmente, es proclamado santo (canonización). 
- En cuanto a la autoridad implicada en la declaración de un beato o de un santo: es siempre el Papa quien, con un específico acto pontificio, declara a alguien beato o santo. 
- En cuanto al culto: 
· las beatificaciones tienen un culto permitido y no prescrito, limitado a una Iglesia local; 
· la canonizaciones tienen un culto extendido a toda la Iglesia, prescrito, con una sentencia definitiva. 
 ¿Son demasiados los beatos y los santos? 
Juan Pablo ii respondió a tales objeciones de esta manera: “Se dice a veces que hoy hay demasiadas beatificaciones. Pero esto, además de reflejar la realidad, que por gracia de Dios es la que es, corresponde al deseo expreso del Concilio. El Evangelio si ha difundido de tal modo y su mensaje ha puesto tales profundas raíces, que propio el gran número de beatificaciones refleja la acción del Espíritu Santo y la vitalidad que de Él brota en el campo más esencial para la Iglesia, el de la santidad. Ha sido de hecho el Concilio que ha puesto en particular relieve la llamada universal a la santidad” (Discurso de apertura al Consistorio extraordinario en preparación del Jubileo del 2000, 13-VI-1994). 
Y aún más escribe: “El más grande homenaje, que todas las Iglesias rendirán a Cristo al umbral del tercer milenio, será la demostración de la omnipotente presencia del Redentor mediante los frutos de fe, de esperanza y de caridad en hombres y mujeres de tantas lenguas y razas, que han seguido a Cristo en las diversas formas de la vocación cristiana” (Juan Pablo ii, Tertio Millenio adveniente, 37). 
 ¿Cómo llega la Iglesia a la canonización? 
El modo de proceder de la Iglesia en las causas de beatificación y de canonización se ha desarrollado siempre en el curso del tiempo con nuevas formas, a la luz incluso del progreso de las disciplinas históricas, con el fin de tener la agilidad en el modo de proceder, manteniendo sin embargo firme la seguridad de las investigaciones en una cuestión de tanta gravedad e importancia. 
Estas son las diversas etapas: 
1.                 FASE DIOCESANA:
- Cualquier persona puede solicitarle al Obispo de la diócesis, donde ha muerto el Siervo de Dios, de dar inicio a una causa de canonización. Los santos y la santidad son reconocidos, por tanto, como un movimiento desde abajo hacia lo alto. Todavía hoy, es de hecho el mismo pueblo cristiano que, reconociendo por intuición de la fe la “fama de santidad”, señala los candidatos a la canonización al propio Obispo, quien sucesivamente envía las pruebas recogidas al Dicasterio de la Santa Sede competente, la Congregación de las Causas de los santos. 
- El obispo, por instancia del Postulador y con el previo permiso de la Santa Sede, inicia el proceso, normalmente no antes de cinco años de la muerte del fiel. Le compete al Obispo el derecho de recoger las pruebas acerca de la vida, las virtudes o el martirio, los milagros realizados, y, si es el caso, el culto antiguo del Siervo de Dios, del cual se pide la canonización. Para hacer esto, el obispo recurre a la ayuda de varios expertos, los cuales, después de haber investigado escritos y documentos, e interrogado a los testigos, expresan un juicio acerca de su autenticidad y de su valor, como también acerca de la personalidad del siervo de Dios. 
- Si el Obispo retiene que la causa contiene elementos fundados, entonces nombra un Tribunal (Juez, Promotor de justicia y Notario), quien interroga los testigos y recibe de una Comisión histórica toda la documentación relacionada con la vida, las virtudes y la fama de santidad del Siervo de Dios. 
2.                 FASE PONTIFICIA:
- Terminadas las investigaciones a nivel diocesano, se transmiten todas las actas en doble copia a la Santa Sede, y más precisamente a la Congregación de los Santos, que examina los actos mismos: 
· bajo el aspecto formal (para verificar si los actos son válidos y auténticos) y;
· bajo el aspecto de mérito (para demostrar si las virtudes son probadas). 
- Al final dicha Congregación da su valoración sobre las virtudes y sobre los milagros. 

 ¿Cómo se hace el examen acerca de las virtudes? 
La Congregación de los Santos procede de esta manera: 
- En primer lugar se prepara la Positio, que es el conjunto de los actos procesales y de las actas documentales, la cual deberá ser sometida al examen de los Consultores específicos expertos en la materia, para que emitan el voto sobre su valor científico. 
- La Positio (con los votos escritos de los Consultores históricos y con las ulteriores aclaraciones del Relator, si son necesarios) será examinada por los Consultores teólogos, los cuales, junto al Promotor fidei, expresan su parecer sobre la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios y preparan una propia relación final, que será sometida, junto a la Positio, al juicio de los Cardenales y de los Obispos Miembros de la Congregación de los Santos.
 ¿Cómo viene considerada la heroicidad de las virtudes? 
El concepto de heroicidad de las virtudes no implica, necesariamente, que las acciones realizadas por la persona virtuosa tengan que ser asombrosas. “La heroicidad -ha explicado el Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de los Santos- puede muy bien consistir en el cumplimiento en modo extraordinariamente generoso y perfecto de los propios deberes cotidianos hacia Dios, hacia el prójimo y hacia sí mismos. La vida ordinaria de cada día es el lugar más común para alcanzar las más elevadas cumbres de la santidad” (Discurso del 2003). 
 ¿Es necesario también un milagro? 
Para poder proceder a la beatificación de un Siervo de Dios, la actual legislación canónica requiere también un milagro, realizado por intercesión del Siervo de Dios después de su muerte. Para la beatificación de un mártir no se requiere el milagro, por cuanto el mismo martirio, sufrido por amor de Dios, es un signo inequívoco de la vida virtuosa de un Siervo de Dios. 
Para la canonización en cambio de los mártires y de los no-mártires es necesario un nuevo milagro, realizado después de la beatificación. 
 ¿Por qué son necesarios los milagros? 
- Hay una razón histórica: desde siempre la Iglesia ha exigido “signos” que confirmen la vida virtuosa de un cristiano. 
- Hay sobretodo una razón teológica: los milagros son necesarios siempre para:
· confirmar la doctrina de la fe del Siervo de Dios; 
· garantizar el juicio sobre la heroicidad de las virtudes; 
· probar que la vida de un no-mártir no haya sido secretamente laxior (es decir, menos santa) respecto a lo que resulta de los testimonios 
 ¿Cómo se procede en el caso de los milagros? 
- Los milagros son estudiados bajo dos aspectos: 
· el científico: para probar que el evento prodigioso (la curación), sobre la base de los testimonios y la documentación médica, es inexplicable; 
· el teológico: para verificar si el evento prodigioso está connotado de preternaturalidad, es decir si es un verdadero y propio milagro. 
- Corresponde al Obispo, donde se ha realizado el evento prodigioso, hacer estudiar el milagro por un Tribunal, que debe recoger las pruebas testimoniales y médico-clínicas. 
- Después el Obispo envía las actas de dicho Tribunal a la Congregación de las Causas de los Santos, la cual las estudia tanto desde el punto de vista procesal (para acertar la valides de tales actas) como sobretodo sobre el mérito. A tal fin: 
· las actas son primero examinadas por dos peritos médicos individualmente, y luego por un órgano colegial de cinco médicos, los cuales recogen sus conclusiones (diagnosis, prognosis, terapia, modalidad de curación inexplicable desde un punto de vista médico...) en una relación; 
· viene luego preparada una “Positio” (con todas las actas diocesanas y la relación de los médicos) que es examinada por los teólogos, los cuales emitirán un parecer sobre la preternaturalidad del hecho; 
· finalmente la misma Positio, la relación de los médicos y los pareceres de los teólogos son sometidos al juicio de los Padres (Cardenales y Obispos) de la Congregación de los Santos, los cuales valorarán si el hecho prodigioso es un milagro o no. 
- El juicio de los Padres Cardenales y de los Obispos, sea sobre la heroicidad de las virtudes sea sobre el milagro, es referido, por el Cardenal Prefecto de la Congregación de los Santos, al Sumo Pontífice, al cual le compete únicamente el derecho de declarar, con un acto solemne, que se puede proceder a la beatificación o a la canonización de un cristiano y por tanto al culto público eclesiástico, a él debido. 
 ¿Cuál culto se debe dar a los beatos y a los santos? 
A los beatos y a los santos se les debe el culto de veneración, y no de adoración, siendo éste reservado únicamente a Dios. Es necesario no olvidar que el fin último de la veneración de los santos es la gloria de Dios y la santificación de cada ser humano mediante una vida plenamente conforme a la voluntad de Dios y a la imitación de las virtudes de aquellos que fueron eminentes discípulos del Señor.


El Primicerio
de la Basílica de los Santos Ambrosio y Carlos en Roma 
Monsignor Raffaello Martinelli

AMA A DIOS Y SERÁS FELIZ


Ama a Dios y serás feliz
Cristo fue el hombre más feliz porque no le negó nada a Dios olvidándose de sí mismo preocupándose por los demás.
Por: Padre Sergio P. Larumbe, I.V.E. | Fuente: Caholic.net




Quien no antepone nada al amor de Dios será la persona más dichosa, ya que en Dios está nuestra felicidad. La demostración de este principio está en que las cosas creadas no tienen la capacidad de colmar todas nuestras ansias y nuestras apetencias de infinito, que sólo Dios puede colmar, ya que solo Él es infinitamente perfecto, poderoso, bondadoso y lleno de atributos que serían innumerables y de nunca acabar.

Los santos fueron hombres alegres, y no se conocen santos que hayan sido frustrados, amargados o tristes, y el motivo es porque supieron no anteponer nada al amor de Dios.

Dice el salmista "¿Quién nos mostrará la felicidad, si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros? tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan ellos de trigo y vino nuevo".(Salmo 4,7-8) Por lo tanto, debemos afirmar que se aleja la felicidad del alma cuando se aleja el rostro de Dios de nosotros. Y ¿Cómo se aleja su rostro de nosotros? Cuando anteponemos otros amores al amor de Dios.

Por eso que la felicidad debe ser conquistada. La felicidad consiste en el Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien. Como dice la carta a los Gálatas, la alegría, es decir la felicidad, es fruto del Espíritu (Gal. 5,22) , y como tal debe ser conquistado con el amor a Dios sobre toda las cosas. Si miramos siempre a Dios en todo y en Él ponemos nuestro corazón, la luz de su rostro no se apartará de nosotros y su felicidad invadirá todo nuestro corazón.

Un alma triste es un alma que algo le esta negando a Dios, como el joven rico del evangelio, que tras al haber sido invitado a seguir a Cristo dejándolo todo no quiso porque tenia muchas riquezas y dice el evangelio que al oír esto, "se puso muy triste, porque era muy rico". (Lc. 18,23)


Cristo el hombre más feliz

Siguiendo este principio, de que la felicidad depende de no negar nada a Dios, y no anteponer nada a su amor, debemos afirmar que Cristo fue el hombre más feliz de todos.

Cristo fue el hombre más feliz de todos porque su voluntad humana estaba en perfecta armonía con el plan divino. 

Nada interpuso al Plan de Dios, al Plan de “Su Padre Celestial” y por eso que no sólo en cuanto Dios, sino que también en cuanto hombre fue el más feliz de todos.

Él mismo enseñaba a rezar a que se haga la voluntad de Dios por encima de todo: "Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mt. 6,9-10). Enseñaba que lo primero era hacer la voluntad de Dios: "No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial" (Mt. 7,21). Y si enseñaba a cumplir la voluntad de Dios era porque él mismo la ponía por obra porque no enseñaba nada que antes no practicará él primero. De hecho se decía de Cristo que "les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas" (Mt. 7,29).

Por eso que no sólo enseña a que se haga la voluntad de Dios sino que él mismo busca cumplir esa voluntad y ese plan con su misma vida. Abundan las citas Bíblicas en donde se ve el deseo de Cristo de Cumplir con la Voluntad del Padre celestial: Estando en el huerto de los olivos, momentos previos a su prendimiento rezaba de esta manera: "Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42). Se pueden ver también los paralelos a este evangelio. Cristo no antepone nada al plan de Dios, su voluntad humana está en perfecta armonía con el plan de salvación del Padre y por eso a pesar de sus sufrimientos, Cristo es el hombre más feliz. En el fondo de su corazón esconde su alegría.

Cristo vino para hacer la voluntad del Padre: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra."(Jn 4,34)) No vino para sí mismo sino para el Padre y por nosotros y toda su vida la gasta en esta misión sin mirarse a sí mismo. Y en otro pasaje dice "no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado" (Jn 5,30) . Siempre busca no anteponer nada al amor de Dios. También leemos en el mismo evangelio de Juan "porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día" (Jn 6,38-40) . La Obra de Cristo está centrada en Dios y en el prójimo, y Cristo la cumplió a la perfección, por lo que no podemos dudar de que en él hubo una gran alegría a pesar de sus sufrimientos.

Cristo fue el hombre más feliz porque no le negó nada a Dios olvidándose de sí mismo preocupándose por los demás.

Cuando Cristo se retiró a un lugar solitario y lo siguieron dice la escritura que "Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: «El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida» Mas Jesús les dijo: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer»"(Mt 14,14-16) . Cristo venía ya haciendo muchas curaciones, y siempre se preocupaba de los demás, ahora podía preocuparse de si mismo, pero como se ve en el evangelio citado, Cristo se preocupa de la muchedumbre. En el mismo evangelio, un poco mas adelante Jesús dice a sus discípulos "Siento compasión de la gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino" (Mt 15,32). Hace tres días que están con Cristo. Él esta predicando, curando, haciendo el bien, y sigue preocupándose por los demás sin tenerse en cuenta a si mismo. Nada antepone al amor de Dios y al amor del prójimo.

Cristo es el hombre más feliz porque nada antepuso al amor de Dios haciéndose servidor de todos. 

Como él mismo lo dijo: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".(Mt 20,28) Y en el evangelio de Lucas nos dice: "Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar Bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve. Porque, ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22,25-27).

Cristo es el hombre más feliz porque no le negó nada a su Padre dando su vida en rescate por el género humano cumpliendo con el plan de salvación. 

Así, él entrega su cuerpo y su sangre: "Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: « Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros". (Lc 22,19)

Él mismo entrega su vida: "Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre."(Jn 10,17-18) Y al final de su vida dice: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu." (Lc 23,46)

Por estos motivos debemos decir, que aunque Cristo haya sufrido y Dios haya permitido que por momentos sintiese tristeza de muerte, debemos afirmar que Cristo fue el hombre más feliz de todos.
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