domingo, 5 de julio de 2015

IMÁGENES DEL PAPA FRANCISCO EN ECUADOR





LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA: ECUADOR


La Iglesia en América Latina: ECUADOR
Una mirada al continente del papa Francisco (V)

Valioso estudio del Observatorio Pastoral del Celam (OPC), que nos acerca a la realidad pastoral, social y devocional de los pueblos latinoamericanos


Por: José Antonio Varela Vidal | Fuente: Zenit.org 



Los orígenes
El 8 de enero de 1546, el papa Paulo III erigió la diócesis de Quito, desmembrándola de la arquidiócesis de Lima. Su primer obispo fue el dominico Jerónimo de Loayza. El papa Pío IX, el 13 de enero de 1848, la eleva a la categoría arquidiócesis y nombra a Nicolás Joaquín de Arteta y Calisto como primer arzobispo.
El 1 de julio de 1786, Pío VI erige la diócesis de Cuenca separándola de Quito y nombra a José Carrión y Marfil como primer obispo. El 9 de abril de 1957 es elevada a arquidiócesis por el papa Pio XII. La diócesis de Guayaquil fue erigida el 29 de enero de 1838 por Gregorio XVI quien nombró a Francisco Xavier de Garaycoa Llaguno como obispo. El 22 de enero de 1956 fue elevada a arquidiócesis por Pío XII y César Antonio Mosquera Corral.
Comunidad de servicio
La Iglesia ecuatoriana está organizada en cuatro provincias eclesiásticas y ocho vicariatos apostólicos. La provincia eclesiástica de Quito la conforman la arquidiócesis de Quito y las diócesis de Riobamba, Ibarra, Ambato, Guaranda, Latacunga y Tulcán.
De la provincia eclesiástica de Guayaquil forman parte la arquidiócesis de Guayaquil y las diócesis de Babahoyo y Yaguachi. En el caso de la provincia eclesiástica de Cuenca, la conforman la arquidiócesis de Cuenca y las diócesis de Loja, de Azogues y de Machala.
Completa esta conformación la provincia eclesiástica de Portoviejo, que contiene a la arquidiócesis de Portoviejo y a la diócesis de Santo Domingo.
Son ocho los vicariatos apostólicos, tales como Napo, Méndez, Zamora, Esmeraldas, Puyo, San Miguel de Sucumbíos, Aguarico y Galápagos. También se debe contar al Obispado Castrense y a una Prelatura Personal.
Para extender este servicio, el OPC describe que la Iglesia ecuatoriana cuenta con cuatro arzobispos, doce obispos residentes, un obispo castrense, nueve obispos auxiliares y nueve obispos vicarios apostólicos.
Son cerca de 1.100 los presbíteros diocesanos y 721 los presbítros religiosos, quienes atienden 1208 parroquias, con la colaboración de 74 diáconos permanentes, 1381 religiosos y 4617 religiosas, además de los numerosos ministros laicos que ayudan en las comunidades eclesiales de base que funcionan en todo el país, especialmente en el área rural; participan además, los numerosos movimientos apostólicos que funcionan tanto a nivel nacional como local.
La Conferencia Ecuatoriana de Religiosos (CER), fue fundada en 1954 y agrupa a veinte congregaciones, entre masculinas y femeninas. Los laicos cuentan con el Consejo Ecuatoriano de Laicos Católicos (CELCA).
Relación Iglesia - Estado
Según informa el OPC, la actual Constitución declara el carácter laico del Estado ecuatoriano, “invocando el nombre de Dios” en el Preámbulo, y “reconociendo nuestras diversas formas de religiosidad y espiritualidad”.
Las relaciones de cooperación y respeto mutuo entre el Estado y la Iglesia, se han visto afectadas por la presentación de proyectos de ley que impactan a la vida y la familia: el aborto, la educación de los hijos, la unión legal de personas del mismo sexo y la gran dificultad para entablar diálogos respetuosos con el Gobierno y los otros poderes del Estado. Estos hechos han generado un gran debate y una actuación de la Iglesia defendiendo los principios y valores del cristianismo que son causa de oposición del gobierno actual.
La Iglesia ecuatoriana ha manifestado abiertamente su posición frente al actual presidente, en temas relacionados con la Estrategia Nacional de Planificación Familiar y Prevención del Embarazo en Adolescentes, que han propiciado significativos debates en torno al tema. En este sentido, el Comité de Población y Desarrollo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y UNFPA (Fondo de las Naciones Unidas sobre Población) manifestaron su beneplácito por la ejecución de esta política; mientras que la Iglesia controvirtió la medida por considerar atenta contra la familia como núcleo esencial de la sociedad.
Presencia en la Sociedad
En el OPC se lee que la Iglesia católica en el Ecuador ha tenido a lo largo de su historia una significativa presencia en los diferentes campos de la vida social, destacándose su servicio en la educación, desde la educación básica hasta el nivel universitario y la promoción humana y asistencia social, especialmente de la mujer y los indígenas; todo esto a través de programas en las jurisdicciones eclesiásticas como a nivel nacional, siguiendo las orientaciones de las comisiones episcopales.
El episcopado expresa sus orientaciones en las situaciones de conflicto social y promueve cada vez con mayor insistencia la formación de un laicado maduro, que pueda hacer presentes los valores del Evangelio en los ámbitos económico, político y cultural.
La Iglesia, según el mismo Informe, desarrolla los programas Amanecer, que busca mejorar la calidad de la educación popular y la comunicación social comunitaria; y el programa, Unión Católica para el Desarrollo Comunitario – UCADE, que pretende contribuir a la formación de una economía solidaria que supere las deficiencias del modelo neoliberal imperante.
Las creencias de hoy
Ecuador, como explica el OPC, no ha estado aislado a los cambios culturales y nuevos fenómenos sociales que representa la globalización, de tal forma que el 95% de fieles que en un momento contaban como dato del país, según nuevos sondeos representa hoy un 85%.
Según el Programa Latinoamericano de Estudios Religiosos, la población católica es aproximadamente un 85% debido a la fuerza con la que han irrumpido movimientos y religiones evangélicas a partir de la década de los 80, con un número de agnósticos, especialmente en ciertos segmentos de la población joven del país.
En este sentido, el 15% de la población está compuesta por protestantes, en su mayoría evangélicos (18%). Un 5% se compone de diversas denominaciones: cristianos ortodoxos, judíos, musulmanes, budistas, movimientos culturales tales como, New Age, creencias animistas indígenas, agnósticos y ateos. La Dirección de Políticas de Regulación para el Libre Ejercicio de Cultos del Ministerio de Justicia, Derechos Humanos y Cultos, registra legalmente en Ecuador más de 2.980 grupos religiosos pero que muchos comparten una sola matriz religiosa.
Acción Pastoral
El OPC se extiende también en explicar que la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, después de un análisis de las situaciones que vive el país y de los desafíos a la evangelización, traza periódicamente unas líneas orientadoras para la acción pastoral de las distintas jurisdicciones, las cuales son adecuadas según las circunstancias particulares. Son de especial interés los programas relacionados con la pobreza y la promoción humana, la familia y la defensa de la vida.
Cada una de las comisiones episcopales a través de los departamentos y servicios que forman parte del Secretariado de la Conferencia Episcopal, apoyan y animan la labor de las jurisdicciones en sus procesos de renovación pastoral.
La Conferencia Episcopal Ecuatoriana cuenta con siete comisiones episcopales para orientar y animar la vida pastoral, cada una de las cuales se ocupa de determinados ámbitos, tales como Magisterio de la Iglesia, Biblia, Comunidades Eclesiales, Catequesis, Cáritas parroquiales, Derechos Humanos, Políticas Educativas, Pastoral Indígena, entre otras.
La Iglesia católica en Ecuador cuenta con varias universidades entre las que se destaca la Pontificia Universidad Católica del Ecuador con sede en Quito y con programas de extensión en Ibarra, Esmeraldas, Ambato y Tulcán. La Universidad Católica de Guayaquil sirve a la región de la Costa. Se suma también, la Universidad del Azuay, la Universidad Politécnica Salesiana y la Universidad Técnica Particular de Loja.
También funciona una importante red de comunicación católica de medios que apoyada por la Conferencia Episcopal Ecuatoriana y asociaciones extranjeras como la Organización Católica Latinoamericana y Caribeña de Comunicación, (OCLACC) logra responder a los desafíos cada vez mayores de la evangelización y de las obras misioneras.
Relación Eclesial Interna
Las relaciones entre las diferentes instancias de la Iglesia son de mutua colaboración y respeto, buscando responder de la mejor manera a los desafíos que presenta la realidad social, económica, política y religiosa del Ecuador. La Iglesia ecuatoriana, trabaja en la integración de las diferentes culturas indígenas y afroecuatorianas, así como en el ámbito de la cultura rural y urbano.
Explica el Informe del Celam que la Pastoral Afroecuatoriana ofrece un servicio de animación, formación y coordinación a las comunidades cristianas negras con los grandes valores evangélicos presentes en el Pueblo Afroecuatoriano manifestados en su historia, cultura, tradiciones y manifestaciones religiosas.
La Pastoral Indígena tiene una misión significativa en Ecuador, evangelizando las culturas de los Pueblos Indígenas hacía una vivencia comunitaria e intercultural, a partir de las Semillas del Verbo y de sus experiencias de Dios para anunciar y hacer presente el Reino, desde la Iglesia Indígena con Agentes, Teología y Liturgia propios, para aquellos que libremente quieren vivir el cristianismo con respeto afectivo y práctico hacia su identidad, cosmovisión y valores propios.
Santos Ecuatorianos
Los santos que se veneran en Ecuador son varios, entre los que destaca el OPC está santa Mariana de Jesús Paredes y Flores. Nacida en Quito en 1618, murió en la misma ciudad. Ha sido llamada la “Azucena de Quito”. Laica Virgen, en 1645, sucedieron una serie de terremotos en Quito y luego una epidemia acabó con la vida de muchos habitantes. El cuarto domingo de cuaresma, Santa Mariana ofreció su vida al Señor a cambio de la paz y la salud del pueblo. Poco tiempo después los temblores cesaron y la epidemia desapareció. La santa ecuatoriana fue canonizada el 9 de junio 1950 y fue denominada la “Heroína de la Patría”.
También tiene mucha devoción santa Narcisa de Jesús Martillo Morán, nacida en Nobol el 29 de octubre de 1832 y fallecida en Lima, Perú, el 8 de diciembre de 1869. Laica virgen, llamada la “Violeta de Nobol”. El papa Juan Pablo II la declara beata el 25 de octubre de 1992. Canonizada por Benedicto XVI, el 12 de octubre de 2008, en la plaza de San Pedro. Su fecha central es el 30 de agosto.
El santo Hermano Miguel Febres Cordero nació en Cuenca el 7 de noviembre de 1854, y murió en España el 9 de febrero de 1910. Hermano de las Escuelas Cristianas, recibe mucho culto entre los educadores que lo tienen como modelo. Fue bautizado con el nombre de Francisco Febres Cordero Muñoz, Recibió el hábito religioso a los 14 años y tomó el nombre de Miguel. A los 17 años escribió su primer libro. Fue beatificado el 30 de octubre de 1977 y luego canonizado por el papa Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984.
Es importante en la devoción ecuatoriana, la beata Mercedes de Jesús Molina y Ayala, nacida en Guayaquil en 1828, muerta el 12 de junio de 1883 en Riobamba. Fue la fundadora del Instituto religioso Hermanas de Santa Mariana de Jesús. El 8 de febrero de 1946, el papa Pío XII decretó la introducción de la causa de su beatificación y el 27 de noviembre de 1981, el papa Juan Pablo II expidió el decreto sobre las virtudes heroicas y le dio el título de venerable. El 1 de febrero de 1985, “La Rosa de Guayas” fue beatificada.
Existen otros beatos y siervos de Dios como: la beata María Encarnación “Vicenta Rosal”, el venerable padre Julio Matovelle Maldonado, el siervo de Dios Rafael Armando Fajardo Rodríguez, entre otros.
Santuarios marianos
Entre los santuarios más visitados por los peregrinos está el del Inmaculado Corazón de María, Patrona del Ecuador y el de la Dolorosa del Colegio, ambos en Quito. También La Inmaculada Concepción de Colatoa en Latacunga y Nuestra Señora de la Merced en Guayaquil.
Otros son el santuario nacional de Nuestra Señora de la Presentación del Quinche en Pichincha y el de Nuestra Señora del Cisne, en Loja. También está el de la Virgen de la Nube de Palosolo en El Oro, cuya devoción llega hasta Lima y otras ciudades del Perú.

¿NO ES ÉSTE EL CARPINTERO, EL HIJO DE MARÍA?


¿No es éste el carpintero, el hijo de María?

El escandalo a causa de Jesús


Marcos 6, 1-6. Domingo XIV Tiempo Ordinario B. Creían que lo conocían, pero no tenían ni idea de quién era realmente. Les faltaba fe para aceptarlo como era en verdad. 



Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net 




Del santo Evangelio según san Marcos 6, 1-6
En aquel tiempo, Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?» Y se escandalizaban a causa de él. Jesús les dijo: «Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa.» Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

Oración introductoria
Señor, gracias por este domingo, día en que celebramos tu resurrección. Creo que tu siempre caminas conmigo y que hoy también quieres asombrarme con tu mensaje de salvación. Dame la fe de María, una fe que me haga entregarme, no a unas ideas o a una doctrina, sino a tu persona amada. Una fe que me lleve a ver mucho más allá de las dificultades y que me haga perseverar en toda circunstancia.

Petición
Señor, sabes que creo en ti, que espero en ti y que te amo, pero te pido que aumentes mi fe, mi esperanza y mi caridad.

Meditación del Papa Francisco
Ese es signo de que un cristiano va adelante. Cuando el Señor le hace pasar la prueba del rechazo. Porque es el signo de los Profetas, los falsos profetas nunca fueron rechazados, porque les decían a los reyes o a la gente lo que querían escuchar. Así que todo “ah qué lindo”, ¿no? Y nada más. No. El rechazo, ¿no?
Ahí está el aguante. Aguantar en la vida hasta ser dejado de lado, rechazado, sin vengarse con la lengua, la calumnia, la difamación. Y después una cosa que es inevitable, no ver, un poco para… o sea vos me preguntabas cuál era mi secreto, no sé, pero a mí me ayuda no mirar las cosas desde el centro, ¿no?
Hay un solo centro. Es Jesucristo. Sino mirar las cosas desde las periferias, ¿no? Porque se ven más, más claras, ¿no?
Cuando uno se va encerrando en el pequeño mundito, el mundito del movimiento, de la parroquia, del arzobispado, o acá, el mundito de la Curia, entonces no se capta la verdad. Sí se la capta quizás en teoría, pero no se capta la realidad de la verdad en Jesús, ¿no? Entonces la verdad se capta mejor desde la periferia que desde el centro, ¿no? Eso a mí me ayuda.  (S.S. Francisco, al Movimiento de Schoenstatt, 24 de octubre de 2014).
Reflexión
En una ocasión vinieron a Jesús unos discípulos de Juan el Bautista a preguntarle si El era el Mesías o tenían que esperar a otro. Es difícil decir si a Juan, estando ya encarcelado por Herodes Antipas, le haya entrado alguna duda acerca del Señor; o si, más bien, viendo que se hallaba ya a las puertas de la muerte, haya querido acercar a sus discípulos a la persona de Jesús y confirmar su fe en El como Mesías. Sea como sea, la respuesta de nuestro Señor fue maravillosa: apela a las obras que ellos mismos están viendo: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados". Estos eran, precisamente, los signos que había anunciado el profeta Isaías como característicos del futuro Mesías (Is 61, 1-3) y que Lucas recoge también al inicio de su evangelio como inauguración del ministerio público de Jesús (Lc 4, 16-30). Pero, no contento con este argumento, añade el Señor como colofón: "Y bienaventurado el que no se escandaliza de mí" (Mt 11, 4-6).

¿Es que alguien podía escandalizarse de Jesús? “Escándalo" es una palabra de origen griego, que significa "ser piedra de tropiezo o de caída para alguno". ¿Y cómo el Señor podía servir de tropiezo para alguien, si había venido a este mundo a salvarnos? ¿Cómo nos podía hacer caer si vino a levantarnos del pecado en el que yacíamos? Y, sin embargo, durante su vida pública, muchos judíos sí se escandalizaron de El.

Ante todo, los escribas y los fariseos. Eran supuestamente gente piadosa, culta, muy versados en las Sagradas Escrituras y en materia de religión. Pero muchos de ellos eran hipócritas y legalistas, altaneros, orgullosos y muy amantes de sus propios honores, poderes y seguridades personales; con su fama de "santidad" engañaban al pueblo y se servían de ellos para su propio medro y para alimentar su codicia y ambición. Pero, sobre todo, no creían en Jesús y veían en El a un rival, a un adversario. Y se escandalizaban de El. Como les diría nuestro Señor: ni ellos entraban al reino de los cielos, ni dejaban entrar a los que querrían entrar.

Estaban, además, los saduceos y los zelotas, que eran la clase dirigente en Israel. Supuestamente debían ser personas buenas y religiosas por ser de la estirpe sacerdotal; pero, en realidad, ostentaban el poder de forma tiránica, hombres sin escrúpulos ni principios morales, que sólo se interesaban por el dinero y por aumentar su influencia política bajo pretextos religiosos. ¡Una forma de fundamentalismo y de fanatismo religioso, ya en tiempos de Jesús!

Pero también muchos judíos del pueblo, duros de corazón, no creían en Jesús ni en su mesianismo redentor. A éstos los encontramos en el Evangelio, movidos por su incredulidad, siempre discutiendo y enfrentándose contra nuestro Señor, poniendo en tela de juicio su doctrina, sus comportamientos e incluso sus mismos milagros. No creen en El a pesar de los prodigios que obra. Un caso típico de escándalo lo encontramos después del milagro de la multiplicación de los panes y del discurso eucarístico de Jesús. "Desde entonces -nos dice san Juan- muchos de sus discípulos se retiraron de El y ya no lo seguían" (Jn 6, 66).

Pero no sólo son los enemigos y los "extraños" los que se escandalizan de Jesús. Aunque parezca increíble, también entre sus amigos, sus parientes y sus paisanos encuentra gente que no cree en El y que no lo acepta como Mesías. En una ocasión, durante su vida pública, fue al pueblo en que se había criado, y la gente comenzó a murmurar de El. ¿Cómo era posible que el "hijo del carpintero" se dedicara a enseñar en las sinagogas, a predicar y a hacer milagros, siendo que era uno de ellos? "¿De dónde saca éste todo eso? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?" -se preguntaban-. Creían que lo conocían; pero no tenían ni idea de quién era realmente. Lo miraban con ojos demasiado humanos, con criterios muy terrenos y carnales. Les faltaba el mínimo de fe para aceptarlo como era en verdad. Y desconfiaban de El. Y por eso -nos dice el evangelista- no hizo allí ningún milagro, sino sólo curó a algunos pocos. Y se extrañó de su falta de fe.

Ya el anciano Simeón lo había profetizado, siendo Jesús todavía un infante, cuando sus padres llevaron al Niño en brazos para presentarlo al Señor: "Este niño -le dijo Simeón a María– está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, y será como un signo de contradicción; y a ti una espada te traspasará el alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lc 2, 34-35). Sería piedra de tropiezo y de caída para muchos.

Pero el escándalo, la mayoría de las veces no viene del exterior, sino que nace en nuestro propio corazón. No es que los demás nos escandalicen por la manera como se comportan o por las cosas malas que hacen -aunque alguna vez sí pueden contribuir a ello-. En realidad, somos nosotros mismos los que nos escandalizamos por la malicia que se acurruca en el fondo del corazón y por las malas inclinaciones que llevamos en nuestro interior, y caemos en pecado.

Son todavía bastante recientes esos escándalos que algunos medios de comunicación desencadenaron contra los sacerdotes, acusándolos de pederastia y de abuso de menores. Algunos casos -muy pocos, por fortuna- han sido ciertos, desafortunadamente. Pero la inmensa mayoría han sido falsas acusaciones y sin ningún fundamento de verdad, sólo para desprestigiar a la Iglesia y a los sacerdotes; y porque estos escritores de pacotilla han sido muy bien pagados para difundir estos escándalos de tan mal gusto... ¡Qué pena! Pero el escándalo no es por culpa de los sacerdotes, sino por la maldad y la incredulidad de quien "se cree" -en estas cosas sí son demasiado crédulos- estas aberraciones.

Y quien se escandaliza de algunas cosas de la Iglesia, de los sacramentos, de los sacerdotes y hasta del Papa, antes se han escandalizado ya del mismo Jesús. Nos pasa como a los judíos, que escuchaban sus palabras con espíritu crítico y racionalista, con prevenciones y recelo, con malicia y, en definitiva, sin ninguna fe en El. Si sólo vemos la parte meramente humana y exterior de las personas -aun de las más santas- y nos acercamos a las realidades sagradas sin fe, seguro que caeremos en el escándalo y nos alejaremos de Dios. Pero la culpa no será de El, sino de nuestra soberbia e incredulidad.

Propósito
Ojalá que nuestro corazón sea humilde, bueno y dócil, lleno de fe y de confianza en Jesús, en su Iglesia y en sus representantes, porque sólo así sacaremos provecho para nuestras almas y seremos de verdad auténticos discípulos del Señor.

Diálogo con Cristo

Ayúdame, Señor, a confiar más en Ti, a creer en tu bondad y omnipotencia, para que pueda mostar a otros el gozo que aportas a mi vida.
Preguntas o comentarios al autor   P. Sergio Cordova LC

¿POR QUÉ CONFESARSE?


¿Por qué confesarse?
Motivos humanos y sobre- naturales de la confesión, para comprender mejor el sentido y finalidad del sacramento. Pegas u objeciones a la misma 


Por: Eduardo Volpacchio | Fuente: www.algunasrespuestas.com 



Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados

Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros" (1 Jn 1, 9-10).

De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos dicho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?

No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.

Como respetó nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.

En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.

Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.

La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural. Consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote.

Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, vale la pena acudir a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.


Algunas razones por las que tenemos que confesarnos

- En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar " (Jn 20, 22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando quieres que Dios te borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese poder.

Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

- Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5, 16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.

- Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confiesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.

- Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».

- El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.

- Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:

a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.

b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en "off-side": no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.

c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11, 27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.

- Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.

- La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.


Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión

- Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.

- Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.

- Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.

- Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.

- Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.

- Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.

- Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.

- Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.

- Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.

- Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…

- Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.

- Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.


Algunos "motivos" para no confesarse

- ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos

Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permíteme decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (puedes mirar Mt 9, 1-8).

- Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios

Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos "peros"…
Pero… ¿cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo confirma?
Pero… ¿cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado.

Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»? ¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."

- ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?

Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.

- ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?

El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.

- Me da vergüenza...

Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confiesas poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza.

Además, no creas que eres tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…

Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.

- Siempre me confieso de lo mismo...

Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañas o lavas la ropa, no esperas que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.

- Siempre confieso los mismos pecados...

No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última confesión.

- Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso...

El desánimo, puede hacer que pienses: "es lo mismo si me confieso o no, total, nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.

- Sé que voy a volver a pecar... lo que muestra que no estoy arrepentido

Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro déjalo en las manos de Dios…

- Y si el cura piensa mal de mi...

El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importas… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.

- Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados...

No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.

- Me da pereza...

Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…

- No tengo tiempo...

No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animas a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplica el número de horas diarias que ves por el número de días…)?

- No encuentro un cura...

No es una raza en extinción, hay varios miles. Toma la guía de teléfono (o llama a información). Busca el teléfono de tu parroquia. Si ignoras el nombre, busca por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te puedes confesar… e incluso pedirle una hora… para no tener que esperar.


Preguntas y comentarios a P. Eduardo Volpacchio
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