lunes, 27 de julio de 2015

SI TUVIERAS FE COMO UN GRANO DE MOSTAZA


Si tuvieras fe como un grano de mostaza
Parábolas



Mateo 13, 31-35. Tiempo Ordinario. Si bien es la más pequeño de todas las semillas, crece hasta volverse la más grande que todas.


Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net 




Del santo Evangelio según san Mateo 13, 31-35
En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas. Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo."

Oración introductoria
Ven, Espíritu Santo, ilumina mi meditación para que, como la semilla de mostaza, crezca y sea el fermento para que mis actividades de este día produzcan los frutos de amor que Tú tienes dispuesto.

Petición
Padre Santo, haz que tenga el anhelo de llevar a todos los hombres, mis hermanos, la Buena Nueva de tu Evangelio.

Meditación del Papa Francisco
La parábola utiliza la imagen del grano de mostaza. Si bien es el más pequeño de todas las semillas está lleno de vida y crece hasta volverse 'más grande que todas las plantas de huerto'.
Así es el reino de Dios: una realidad humanamente pequeña y aparentemente irrelevante. Para entrar a ser parte es necesario ser pobres en el corazón; no confiarse en las propias capacidades sino en la potencia del amor de Dios; no actuar para ser importantes a los ojos de mundo, sino preciosos a los ojos de Dios, que tiene predilección por simples y los humildes.
Cuando vivimos así, a través de nosotros irrumpe la fuerza de Cristo y transforma lo que es pequeño y modesto en una realidad que hace fermentar a toda la masa del mundo y de la historia.
De estas dos parábolas nos viene una enseñanza importante: el Reino de Dios pide nuestra colaboración, si bien es sobretodo iniciativa y un don del Señor. Nuestra débil obra aparentemente pequeña delante de los problemas del mundo, si se inserta en la de Dios y no tiene miedo de las dificultades.» (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2015).
Reflexión
Cuando vemos que la sociedad vive cada vez más descristianizada, nos lamentamos y vemos lo poco que podemos hacer. Ese sentimiento de impotencia es natural. Sin embargo, los mecanismos del Reino de los Cielos funcionan de manera diferente. ¿Por qué? Porque el verdadero actor es Dios, y como Él es Todopoderoso puede hacer que cambie hasta lo más difícil.

Al contemplar la vida de los santos, como la de S. Francisco de Asís, vemos cómo se realiza una gran obra a través de ese "pequeño instrumento". Esto es lo que Jesús quiere decirnos: "no te preocupes si sólo eres una semilla diminuta. Siémbrate en mi Corazón y verás hasta dónde puedes".

Así lo hicieron un grupo de gente sencilla que siguió a Jesús: sus apóstoles. ¿Quién les iba a decir que después de dos mil años la Iglesia estaría presente en tantos lugares y atendería las necesidades materiales y espirituales de millones de personas? Esto se debe a que la fuerza de la Iglesia no está en lo que pueda hacer cada uno por su cuenta, sino en el poder de Dios con las personas que se entregan a fondo.

El secreto consiste en cambiar el propio corazón por el de Jesús, pareciéndonos a Él en todo lo posible. Así se transforma también nuestra familia y las personas de nuestro entorno. Y entre todos, impulsados por Cristo, podemos traer a este mundo la civilización del amor.

Propósito
Sembrar amor al escribir un correo electrónico o una nota a quien se ha alejado de Cristo.

Diálogo con Cristo
Señor, gracias por la semilla de la fe que recibí el día de mi bautismo. Quiero que ésta crezca para que pueda convertir, con tu gracia, mi vida en tierra buena, sin obstáculos ni cizaña que detengan los frutos de amor que Tú produces.

TALLER DE ORACIÓN


Taller de oración

La vida de oración



La oración ilumina y fermenta toda nuestra vida y nos hace crecer interiormente. Dios se convierte en un Alguien en nuestras vidas y no es sólo una 



Por: Catholic.net | Fuente: Redacción 




Necesidad de la oración  
La oración es tan necesaria en nuestra vida espiritual como lo es respirar para nuestra vida del cuerpo. 

Desgraciadamente, muchos intentan encontrar a Dios a través de caminos erróneos como la meditación trascendental, la dianética, la cienciología, las técnicas orientales de meditación y relajación, la quiromancia y la adivinación.

En todos estos casos, se habla del espíritu y de un ser superior, un dios cósmico, un dios presente en los elementos que conforman el universo y los ejercicios que realizan los centran en ellos mismos, pues buscan como único fruto "sentirse bien", estar en paz con ellos mismos.

La oración cristiana es muy diferente a estas técnicas que están de moda, porque es una oración personal (de persona a persona) en la que nosotros hablamos con Dios que nos creó, nos conoce y que nos ama. Nuestro Dios es una persona, no algo etéreo como el cosmos o el universo.

No es un dios "cósmico", es un Dios con el que podemos dialogar de persona a persona porque nos conoce a cada uno y sabe qué es lo que necesitamos. Dios es un Padre que nos ama, y con la oración nosotros participamos de su amor. Es un Padre que llena de bendiciones a sus hijos. La oración cristiana da frutos, no sólo con uno mismo sino con los demás, nos hace crecer en el amor a Dios y a los hombres.

 Algunos quizá, hayamos alguna vez intentado orar con toda nuestra buena voluntad, pero los esfuerzos que hicimos no dieron el fruto que esperábamos y terminamos desanimados y abandonando la oración. 

¿Por qué nos pasa esto? Porque no sabemos orar, necesitamos aprender a orar. Si aprendemos a orar, encontraremos en Dios la respuesta a todas nuestras inquietudes, encontraremos la paz espiritual y nuestro corazón se encontrará lleno de energía para dar amor a los demás 

La oración ilumina y fermenta toda nuestra vida y nos hace crecer interiormente. Dios se convierte en un Alguien en nuestras vidas y no es sólo una "idea" sin vida. El diálogo continuo con Dios se vuelve parte de nuestra vida cotidiana

Para continuar con el taller, puedes ir recorriendo en orden los siguientes enlaces o escoger el que más se adapte a tus necesidades de oración.
¿Qué es la oración?
-Para orar, es necesario querer orar 
-La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios 
-Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor 

-Quien tiene el hábito de orar, en su vida ve la acción de Dios en los momentos de más importancia, en las horas difíciles, en la tentación, etc 
-En cambio, si no oramos con frecuencia, vamos dejando morir a Dios en nuestro corazón y vendrán otras cosas a ocupar el lugar que a Dios le corresponde 
¿Por qué nos desanimamos en la oración?
-Algunas veces podemos desanimarnos en la oración, porque creemos que estamos orando, pero lo que hemos hecho no es propiamente oración 
Lo que no es oración
-Si no se dirige a Dios, no es propiamente oración 
-Si no buscamos una comunicación con Dios, sino únicamente una tranquilidad y una paz interior, no estamos orando, sino buscando un beneficio personal 

-Si no interviene la persona con todo su ser (afectos, inteligencia y voluntad) no es oración 
-Si no hay humildad y esfuerzo no es oración. Para orar es necesario reconocer que necesitamos de Dios 
-Si no hay un diálogo con Dios, no es oración 
-Cuando retamos o exigimos a Dios tampoco estamos orando 
-Si no nos sentimos poco a poco más identificados con Jesucristo no hemos hecho oración 
-Si no tenemos un fruto de más amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, no hemos hecho oración.
Características y consejos para la oración
Características de la oración 

-La oración se dirige a Dios y no necesita de muchas palabras: Él conoce lo que nos pasa. 
-La oración debe ser perseverante: tener paciencia en establecer ese diálogo con Dios. 
-La oración debe ser insistente: no abandonarla a la primera sino insistir 
-Para orar es necesario ser humildes: es enriquecerse partiendo de nuestra pobreza para abrirnos a la riqueza de Dios. 
-La oración es poderosa: se pueden observar en la Iglesia muchos imposibles conseguidos por la oración 
-La oración es confiada: al orar se tiene la certeza de que Dios no nos va a fallar y esto debe transformar nuestra vida 
-La oración, siempre debe estar precedida del perdón: antes de orar debemos limpiar nuestro corazón... 
-La oración es necesaria para no caer en tentación: nos fortalece para vivir siempre cerca de Dios

Consejos para la oración
Cuando comencemos a orar es muy conveniente hacer un ejercicio de reflexión para preparar nuestro corazón. Consiste en detenernos un momento a pensar que es lo que estamos haciendo, con quién estamos hablando 

Dedicar cada día unos minutos a la oración personal. Así como dormimos, comemos, trabajamos y descansamos, la oración debe formar parte de nuestra vida diaria. 
Algunas recomendaciones prácticas que cada persona puede adaptar a su estilo de vida: 
- Lugar: Escoger un lugar específico para orar. No importa cuál sea, mientras nos ayude a obtener el silencio interior que necesitamos 

- Horario: Revisar nuestro horario y escoger para la oración un momento en el que nos encontremos en paz y no tengamos muchas ocupaciones y que tampoco nos encontremos muy cansados. Procurar que esta hora sea siempre la misma y mantenerla fija lo más que se pueda 

- Postura: La postura es importante, mas no indispensable. La oración no es cuestión de ejercicios físicos, es algo espiritual. Cada quien puede adoptar la postura que quiera, ya que cada persona experimenta las cosas de manera distinta. Nos pueden ayudar algunos ejercicios de relajación y de respiración, pero sin convertirse en el fin de nuestra meditación.


Tipos de oración  
Los caminos de la oración son muchos. Se puede orar de varias formas. Existen muchos modos de entrar en contacto con Dios. Cada quien elegirá el suyo de acuerdo a su personalidad, a sus circunstancias personales, a lo que le llene más espiritualmente en cada momento determinado.

Éstas son:

 Oración vocal 
 Lectura meditada 
 Contemplación del 
 Evangelio 
 Oración sobre la vida cotidiana 
 Oración de contemplación 

 Oración vocal: 

Consiste en repetir con los labios o con la mente, oraciones ya formuladas y escritas como el Padrenuestro, el Avemaría, el ángel de la guarda, la Salve. Para aprovechar esta forma de oración es necesario pronunciar las oraciones lentamente, haciendo una pausa en cada palabra o en cada frase con la que nos sintamos atraídos. Se trata de profundizar en su sentido y de tomar la actitud interior que las palabras nos sugieren. Es así como podemos elevar el alma a Dios. Podemos apoyarnos en la oración vocal para después poder pasar a otra forma de oración. Todos los pasos en la vida se dan con apoyos y la oración vocal es un apoyo para las demás. La palabra escrita es como un puente que nos ayuda a establecer contacto con Dios. Por ejemplo, si yo leo "Tú eres mi Dios" y trato de hacer mías esas palabras identificando mi atención con el contenido de la frase, mi mente y mi corazón ya están "con" Dios.

 La lectura meditada: 

Un libro nos puede ayudar mucho en el camino a encontrarnos con Dios. No se trata de leer un libro para adquirir cultura, sino de tener un contacto más íntimo con Dios y el libro puede ser una ayuda para conseguirlo. No se trata de aprender cosas nuevas, sino de platicar con Dios acerca de las ideas que nos inspire el contenido del libro. Hay que leer hasta que encontremos una idea que nos haga entrar en contacto con Dios y ahí frenar la lectura "saboreando" el momento. Es así como se profundiza en las ideas del libro para escuchar a Dios. Si cuando estamos leyendo, se produce una visita de Dios, abandonémonos a Él. Al orar hay algo que nos "llama", una idea en la que sentimos la necesidad de profundizar. Para profundizar volvemos a la idea para verla en todos sus aspectos hasta que llegue a sernos personal, hasta que la hagamos propia. Esta idea mueve nuestra voluntad, nuestra capacidad para el amor, el deseo y el afecto. Esta oración debe terminar con un propósito de vida de acuerdo a las ideas en las que hemos profundizado en compañía de Dios.

 Contemplación del Evangelio: 

Consiste en leer un pasaje del Evangelio, contemplarlo, saborearlo y compararlo con nuestra vida, tratando de ver qué es lo que debo cambiar para vivir de acuerdo a los criterios de Cristo. Al leer el Evangelio nos vamos a familiarizar con los gestos y las palabras de Cristo, y a comprender su sentido. Poco a poco iremos cambiando nuestra mentalidad y nuestra conducta de acuerdo a los criterios del Evangelio. Comparamos nuestro actuar en la vida con la vida de Jesús en el Evangelio. Se trata de mirar a Jesús más que mirar el pasaje del Evangelio, escuchar su Palabra. Al orar de esta forma, hemos pasado de la reflexión que se detiene a mirar en cada punto a un mirar simplemente a Cristo. Para ponerlo en práctica se necesitan seguir los siguientes pasos: 

a) Ponernos en presencia de Dios y ofrecerle nuestra oración. Leer lentamente la escena del Evangelio para tener una visión rápida de conjunto, del lugar donde sucede. Por ejemplo, en Belén, en el templo de Jerusalén, etc. Después pedirle a Dios que adquiramos un conocimiento más hondo de Jesús para amarlo más y poderlo servir mejor. 

b)Volvemos sobre el pasaje evangélico y vemos las personas y: 
- Vemos a los personajes que hablan y actúan en el pasaje. Fijarnos en cada uno en particular viendo primero su exterior para luego contemplar sus sentimientos más íntimos, sean buenos o malos. Sacar algún fruto personal. 
- Después escuchamos las palabras: Penetrar en su sentido, poner atención a cada una de ellas. Algunas palabras las podemos escuchar dirigidas a nosotros personalmente. Sacar un fruto personal. 
- Como tercer punto, consideraremos las acciones: seguir las diversas acciones de Jesús o de las demás personas. Penetrar en los motivos de tales acciones y los sentimientos que los han inspirado. Sacar algún fruto personal, recordando que la oración nos debe llevar a la conversión de corazón. 

c) Terminar platicando con Jesús o con su Madre la Santísima Virgen María acerca de lo que hemos descubierto. 

 Oración sobre la vida cotidiana: 

Dios está presente en nuestra vida. Los acontecimientos de la vida son un camino natural para entrar en contacto con Dios. Es necesario buscar la presencia de Dios en nuestra vida y descubrir qué es lo que Dios quiere de nosotros. Esta búsqueda y este descubrimiento son ya una oración. Estar atentos a lo que Dios quiere de nuestra vida es hacer oración y nos invita a colaborar con Él. De esta "mirada" sobre mi vida nacerá el asombro, el agradecimiento, la admiración, el dolor, el pesar, etc. De esta manera nuestra vida entera será una oración.

 Contemplación: 

Se le conoce también como silencio en presencia de Dios. Este es el punto donde culminan todos las formas de orar de las que hemos hablado con anterioridad. Es el momento en que se interrumpe la lectura, o se deja la reflexión sobre un acontecimiento, una idea o un pasaje del Evangelio. Se da cuando ya no hay deseos de seguir lo demás, se ha encontrado al Señor con toda sencillez, después de recorrer un camino. Hemos experimentado interiormente que Dios nos ama a nosotros y a los demás. Es guardar silencio en presencia de Dios con un sentimiento de admiración, de confusión, de gratitud, cuando nos sentimos invadidos por la grandeza de Dios y su amor hacia nosotros y nos ofrecemos a Él. 
La oración contemplativa es mirar a Jesús detenidamente, es escuchar su Palabra, es amarlo silenciosamente. Puede durar un minuto o una hora. No importa el tiempo que dure ni el momento que escojamos para hacerla. 
Para tener una oración contemplativa, debemos: 

a) Recoger el corazón: Olvidarnos de todo lo demás, encontrándonos con Él tal y como somos, sin tratar de ocultarle nada. 

b) Mirar a Dios para conocerle: No se puede amar lo que no se conoce. Al mirarlo debemos tratar de conocerlo en su interior, sus pensamientos y deseos. 

c) Dejar que Él te mire: Su mirada nos iluminará y empezaremos a ver las cosas como Él las ve. 

d) Escucharle con espíritu de obediencia, de acogida, de adhesión a lo que Él quiere de nosotros. Escuchar atentamente lo que Dios nos inspira y llevarlo a nuestra vida. 

e) Guardar silencio: Silencio exterior e interior. En la oración contemplativa no debe haber discursos, sólo pequeñas expresiones de amor. Hablar a Jesús con lo que nos diga el corazón. 



¡Comenzar con la oración de hoy!
Ponerse en presencia de Dios

-Ponte en presencia de Dios 
-Date cuenta de que Él está allí; Él te mira, te conoce, te penetra con su luz 
-Date cuenta de que todo esto es muy importante porque orar es unirse con Dios que está presente delante de nosotros en estos momentos... 
-Si no se establece esta relación de unión con Dios, no es oración cristiana 

La oración se inicia con una invocación al Espíritu Santo

-Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. 
-Envía tu Espíritu Creador. Y renueva la faz de la tierra. 
-Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Actos preparatorios 

 Acto de fe: 
Señor, creo que tu estás aquí, dentro de mí. No te veo, ni te oigo, ni te siento, pero creo que sí estás realmente aquí. No hay ningún rincón de mi cuerpo o de mi alma escondido para ti, pues tu me penetras totalmente con la luz de tu inteligencia. Creo todo lo que tu me enseñas por medio de tu Palabra y por medio de la santa Iglesia Católica.

 Acto de esperanza: 
Confío en tí, Señor. Sé que miles de personas confían en otras cosas como dinero, prestigio, posición social, sus propias cualidades.... Pero yo confío únicamente en ti. Sé que nunca me vas a fallar y que siempre eres fiel. Espero en ti para la salvación de mi alma y que me darás todo lo necesario para alcanzar la vida eterna.

 Acto de caridad: 
Te amo, Señor, porque eres infinitamente amable. Quiero amarte con toda mi inteligencia, con toda mi voluntad, con todo mi corazón y con todas mis fuerzas. Quiero amarte como tú me amaste, con un amor hecho de esfuerzo y entrega. Te ofrezco esta meditación como una manifestación de mi amor. Quédate conmigo durante la meditación y durante toda mi jornada.

 Acto de humildad: 
Me doy cuenta, Señor, que no soy nada. Soy lo que soy delante de tí. No soy más porque los hombres me alaben, o menos porque me vituperen. Ayúdame a darme cuenta de mi miseria física, moral y espiritual. Si produzco fruto en mi vida es porque tú me das tu gracia. Perdóname mis pecados, que son muchos. He traicionado tu amor tántas veces...

 Acto de entrega: 
Yo me consagro una vez más a tí, Señor. Aquí tienes mi boca para hablar las palabras que tu quieres que hable; tienes mis pies para llevarme a donde tú quieres que vaya; tienes mi mente para que piense lo que tu deseas que piense. Te ofrezco mi corazón para que tú ames en mí a todos los hombres con los cuales me encuentre hoy.

 Acto de gratitud: 
Te agradezco, Señor, por haberme creado, por haberme llamado a la fe católica. Te agradezco especialmente por todas las veces que me protegiste y no me dejaste caer en pecado. Te agradezco, de antemano, el fruto que deseo sacar en esta meditación. 


Test: ¿Sé hacer oración?

Cuenta un punto por cada respuesta a la que contestes SÍ
1. ¿Mi oración es un coloquio con Dios y una unión con Cristo y la Virgen? 
Si
No

2. ¿Me cuesta orar? 
Si
No

3. ¿Sé buscar la hora oportuna y el lugar adecuado para hacer oración? 
Si
No

4. ¿Es mi postura correcta para estar hablando con mi Creador? 
Si
No

5. ¿Trato de no distraerme voluntariamente durante mi oración? 
Si
No

6. Cuando la distracción es involuntaria, ¿sé volver a empezar?
Si
No  

7. ¿Sé vencer la flojera, el cansancio, la falta de tiempo, los pretextos que yo mismo me pongo? 
Si
No

8. ¿Hago oración aunque me cueste? 
Si
No

9. ¿Es para mí la oración una necesidad íntima? 
Si
No

10. ¿Trato día con día de orar mejor? 
Si
No

11. ¿Trato de profundizar en las frases en vez de conformarme con sólo leerlas? 
Si
No

12. ¿Escojo para meditar lo que me va a ayudar a cambiar mi vida? 
Si
No

13. ¿Pido consejo espiritual cuando me cuesta la oración mental? 
Si
No

14. ¿Hago mi oración lleno de fe en Jesucristo para ir conociéndolo o amándolo cada vez más?
Si
No  

15. ¿Sé escuchar lo que Dios me dice, lo que quiere de mí? 
Si
No

16. Durante la oración, ¿sé ser humilde, sencillo y confiado?
Si
No  

17. Unido a Cristo en la oración, ¿creo, espero y amo, por los que no creen, no esperan y no aman?
Si
No  

18. ¿Noto que la oración transforma mi vida? 
Si
No

19. ¿Saco un propósito de mi oración? 
Si
No

20. ¿Me acuerdo durante el día de mi propósito?
Si
No  

21. ¿Pongo mi propósito en práctica?
Si
No  

22. ¿Ocupa la Virgen una parte importante en mi oración?
Si
No  

23. ¿Pongo cada vez más fervor en rezar? 
Si
No
ORAR ES ALGO SENCILLO
Cuando hoy se nos recomienda tanto y tanto la oración, ¿en qué pensamos y cómo nos imaginamos que debemos orar? Eso de rezar, ¿es una ciencia esotérica, reservada para unos pocos? Por el contrario, ¿es una cosa fácil, que puede hacer cualquiera? ¿Y cuál es la mejor manera de rezar?... 

Si Jesús insiste tanto en el Evangelio sobre la oración, tenemos que decir que es una cosa demasiado importante. Y si es tan necesaria a todos, por fuerza Dios la ha hecho fácil y al alcance de cualquiera. 

Nosotros nos perdemos en nuestra relación con Dios porque complicamos las cosas. 
Y la oración, como nos dijo de una manera inolvidable Teresa de Jesús, no es más que tratar de amistad con Aquel que sabemos que nos ama. 

¡De amistad! ¡Qué expresión tan bella! Tratar a Dios como un amigo, ya que Dios se ha hecho en Jesús esto: un amigo nuestro al hacerse como uno de nosotros. 

Entonces, para hablar a Jesús, y en Jesús a Dios, no hay como acudir al Evangelio para saber cómo hemos de hablar con Jesús. Con la misma naturalidad que todos usaban con Él y le exponían sus necesidades. Cualquier situación nuestra tiene su exponente en el Evangelio. 

- ¡Señor, que vea!, le decía el ciego. 
- ¡Dame de esa tu agua, para no tener más sed!, le pedía la Samaritana. 
- ¡Señor, enséñanos a orar!, le decían los discípulos. 
- ¡Sálvanos, Señor!, que perecemos!, le gritaron los apóstoles en la barca que se hundía. 
- ¡Señor, mándame ir a ti!, le pidió Pedro. 
- ¡Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador!, murmuraba el publicano. 
- ¡Señor, si quieres puedes limpiarme!, le suplicaba humilde el leproso. 
- Mira que tu amigo, a quien tanto quieres, está enfermo, mandó a decirle Marta. 
- ¡Auméntanos la fe!, le pidieron los discípulos. 
- ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu reino!, le suplicó el ladrón. 
- ¡Señor, danos ese pan!, le pidieron los oyentes cuando prometió la Eucaristía. 
- ¡Señor, tú sabes que yo te quiero!, le protestaba Pedro. 
- ¡Mira, Jesús, que no tienen vino!, se limitó a decir María por los otros cuando los vio en apuros... 

Así, así le hablaban a Jesús. Imposible mayor sencillez. Y Jesús no dejó de atender ningún deseo. 

Si así son las cosas con Jesús, nos ponemos a pensar. ¿Nos damos cuenta de lo que ahora le deben gustar a Jesús estas mismas súplicas, cuando se las repetimos hoy nosotros? ¡Le traemos a su mente unos recuerdos tan queridos!... ¿Por qué no le hablamos con las mismas palabras que escuchó entonces y que le enternecían el corazón?... 

Sería la oración más fabulosa y segura salida de nuestros labios. 

Precisamente en el Evangelio aprendemos la insistencia con que Jesús nos recomendaba la oración. Podríamos decir que esa insistencia era hasta machacona. Cuando así lo hacía Jesús, quiere decir que la oración es lo más importante de nuestra jornada y de la vida entera. La Iglesia lo ha entendido siempre así, y en la oración oficial de la Iglesia --la que hacen obligatoriamente los sacerdotes en nombre y por todo el Pueblo de Dios-- tiene repartido de tal manera el día que en ninguna hora le falta a Dios la súplica de toda la Iglesia. Y para orar bien los sacerdotes como los fieles, no hay como acudir al Evangelio. 

Corre por ahí una poesía preciosa sobre la manera de orar, tal como se oraba a Jesús en el Evangelio, y que dice así:
Rezar... la mar se pone fea; 
Rezar es departir con el Maestro, 
y es rezar –¡y qué rezar!– decir “te quiero”, 
es echarse a sus plantas en la hierba, 
y lo es –¡no lo iba a ser!– decir “me pesa”, 
o entrar en la casita de Betania 
y el “quiero ver” del ciego, 
para escuchar las charlas de su cena; 
y el “límpiame” angustioso de la lepra, 
rezar es informarle de un fracaso, 
la lágrima de la viuda, 
decirle que nos duele la cabeza; 
y el “no hay vino” en Caná de Galilea; 
rezar es invitarle a nuestra barca 
y es oración, con la cabeza gacha, 
mientras la red lanzamos a la pesca, 
después de un desamor gemir “¡qué pena!”; 
y mullirle una almohada 
cualquier contarle a Dios nuestras tristezas, 
sobre un banquillo en popa a nuestra vera; 
cualquier poner en Él nuestra confianza... 
y, si acaso se duerme, 
–y esta vida está llena de “cualquieras”–, 
no aflojar el timón mientras Él duerma; 
todo tierno decir a nuestro Padre, 
y es rezar despertarle, si, de pronto, 
todo es rezar..., ¡y hay gente que no reza! 
Esto es oración. Ésta es la mejor oración. 
Éste es el método más fácil de orar. Y es posible que sea también la manera de oración que más le gusta oír a Jesús. Aquí todo es amor, confianza, amistad. Todo es actualización del Evangelio. 

Le podemos pedir ahora de nuevo a Jesús: 
- ¡Señor, enséñanos a orar! 
Pero es casi seguro que Él nos va a responder: 
- Ya os he enseñado. ¿Por qué no rezáis así?...

LOS CINCO ERRORES MÁS COMUNES AL HACER APOSTOLADO

Los 5 errores más comunes al hacer apostolado
¿Te pasó que hablabas con alguien sobre algún tema de fe, pero esta persona pensaba exactamente lo contrario?


Fuente: http://catholic-link.com/ 



¿Te pasó que hablabas con alguien sobre algún tema de fe, pero esta persona pensaba exactamente lo contrario? ¡Muy bien! Ese es, justamente, el principio del apostolado: intentar a acercar a la Iglesia a las personas que quizás estén un poco alejadas de Dios.
¿Cómo? Como lo decía San Juan Pablo II: "La fe se propone, no se impone". Sin embargo, a veces es muy fácil, por un mal entendido celo apostólico, caer en algunos errores a la hora de hacer apostolado, dejándonos llevar por respuestas violentas, muestras de enojo, gestos de impaciencia o frustración, falta de escucha, miedos y demás… Lamentablemente, al ofuscarnos, no podemos pensar bien en lo que decimos ni en cómo lo decimos, y podemos terminar alejando a las personas y no acercándolas a Dios.
Es por eso que en esta galería hemos querido hablar de los 5 errores más comunes a la hora de evangelizar y, a partir de ellos darles algunos consejos que los ayuden a superar estos obstáculos y confiar en la gracia de Dios que sale a nuestro encuentro.
1. Ser muy emocional
Si nuestras respuestas son muy emocionales y no nos resulta mucho esto de hablarle a otros de temas de fe: ¡No hay que desanimarse! Es algo muy común. Jacques Phillippe, en su libro: "La paz interior", nos dice que frecuentemente, como deseamos algo bueno, incluso querido por Dios, nos creemos justificados para desearlo de tal modo que, si no se realiza, nos impacientamos y disgustamos: "Deseamos cosas buenas, en conformidad con la voluntad de Dios, pero todavía las queremos de un modo que no es ‘el modo de Dios’, es decir, el del Espíritu Santo, que es dulce, pacífico y paciente, sino a la manera humana: tenso, precipitado, y defraudado si no logra inmediatamente aquello hacia lo que tiende". Muchas veces nos tocará corregir y enseñar, pero hay que hacerlo en un ambiente de comprensión, de cariño, de paz. Otra cosa que agrega este autor de espiritualidad cristiana es que: "Tenemos que razonar así: "Si el Señor no ha transformado todavía a esa persona, no ha eliminado de ella tal o cual imperfección, ¡es que la soporta como es! Espera con paciencia el momento oportuno (…) ¿Por qué ser más exigente y más precipitado que Dios?".
Dicen que San Francisco de Sales, el santo de la dulzura, de joven tenía muy mal genio y luchó toda su vida para mejorarlo. Para ello, él aconsejó y siguió el siguiente plan de vida: cada mañana hacía un "examen de previsión" (veía qué trabajos, con qué personas y qué actividades iba a realizar en ese día, planeando cómo iba a comportarse),  al mediodía hacía un "examen particular" (examinaba su defecto dominante, que durante 19 años fue su inclinación a encolerizarse, y si había actuado con la virtud contraria), todos los días hacía un rato de oración, durante todo el día buscaba tener presencia de Dios, entre otras prácticas. Otra cosa que nos puede ayudar, y mucho, es no contestar por impulso, sino pensar qué estamos diciendo y si lo estamos diciendo en el tono adecuado. Para esto, podemos respirar hondo y esperar unos segundos antes de hablar.
2. No tener suficientes argumentos
San Pablo dijo: "Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno" (2Tim 3:16-17). Es importante que investiguemos y nos esforcemos por tener suficientes conocimientos del catecismo católico, porque es lo que nos proporcionará los argumentos necesarios a la hora de evangelizar. Muchos católicos creen, pero no saben por qué creen. Tienen fe, pero no saben cómo expresarla. Por eso, después tampoco saben cómo defenderla con fundamentos sólidos o cómo responder a los cuestionamientos de quienes profesan otra religión. No es necesario aprenderse de memoria la Biblia, el Catecismo, la Doctrina Social de la Iglesia y todos los textos del Magisterio, pero sí contar con razones convincentes a la hora de transmitir y defender la fe. Al menos, hay que saber dónde buscar.
3. No escuchar
OidosOtro error muy común es suponer cuál es la postura de la otra persona, sin antes escucharla. Esto hace que presumamos que esta sabe o entiende mucho menos de lo que en realidad sabe y cree – siendo que, en muchas oportunidades, personas que confiesan una fe distinta pueden coincidir con nosotros en algunos aspectos –. Si no aprendemos a escuchar, caemos en la equivocación de apurarnos a defender sin antes saber sobre qué puntos tenemos que hablar. En esos casos, la otra persona pierde el interés por mantener la conversación y atender a los fundamentos que podemos presentarle, ya que resultan desacertados y despegados de su realidad. Muchos creen que hay que buscar el argumento contrario más débil y atacarlo, ridiculizando al otro. Es un error en el que a menudo podríamos caer, consciente o inconscientemente. Por el contrario, Santo Tomás nos enseña que resulta mucho más efectivo buscar el mejor argumento del oponente, analizarlo, y convertirlo en nuestro mejor argumento. Pero, para eso, primero hay que conocer y entender la creencia ajena para después poder compartir la nuestra. Cuando nos cueste, podemos recordar que la otra persona también es hija de Dios, y tratar de imitar la paciencia con la que Él le escucharía. Para aprender a escuchar, debemos aprender a querer, con respeto, sencillez y humildad, porque muchas veces es nuestro orgullo oculto el que nos lleva a no escuchar, porque queremos "lucirnos".
4. No saber qué hacer si no se conocen las respuestas
Lo que también podría ocurrirnos es que tengamos conocimientos suficientes, pero, aun así, llegue un momento en el que nos "bloqueemos", nos quedemos en blanco y sin saber qué responder. Si llega a ocurrir eso, lo mejor que puede hacerse admitir, con mucha humildad, "eso no sé, pero voy a averiguar". Es mucho mejor que desviar la conversación o divagar sin seguridad. Como dijimos antes, hay que tener ciertos conocimientos para la evangelización. Pero pretender saberlo todo sería una manifestación de soberbia: no lo sabemos todo y seguiremos formándonos hasta el último día de nuestras vidas.
5. Subestimar el poder de la narrativa
¿Alguna vez pensaste que los "cuentos" eran solo para explicar el catecismo a niños pequeños? Pues son válidos para todas las edades, ¡no solo para la catequesis de los chiquitos! Muchas veces, tenemos los conocimientos y fundamentos, y creemos que todo esto es lo que la gente necesita oír para convertirse, pero subestimamos la importancia de los relatos personales como un medio para hacerles llegar esta doctrina. Las personas no quieren escuchar cátedras, sino historias. ¡Pensemos en los evangelios! cuando vemos a Jesús enseñando con parábolas: verdades muy profundas Él las exponía de manera muy sencilla. ¡Claro que hay que tener justificación doctrinal! pero hay que tener también anécdotas y experiencias particulares que nos ayuden no solo a explicar nuestra postura de manera más simple, sino también a crear una conexión personal y un impacto muy fuerte con quien nos escucha.
Finalmente…
Descubrir que caemos en alguno de estos errores no debería desanimarnos, ¡es muy normal contar con ellos! Podrían aparecer numerosas veces a lo largo de nuestras vidas, incluso si ya llevamos años trabajando por mejorar en alguno de estos puntos.
Lo más importante es procurar hablar cuidando, ante todo, caridad. La Madre Teresa de Calcuta decía que: "Cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios"; si los demás pueden percibir nuestro cariño, nuestra paciencia, humildad, se sentirán más conmovidos y predispuestos a reflexionar sobre lo que decimos.
Pero si a veces nos equivocamos – lo que es inevitable –, podemos seguir practicando, rezando, prepararnos mejor para la próxima… ¡nada se pierde! Contamos con la ayuda del Espíritu Santo, y como Dios es el más interesado en que hagamos un poderoso y eficaz apostolado, podemos contar con su ayuda si ponemos de nuestra parte.

LOS PELIGROS DE LA RELIGIÓN

Los peligros de la religión
¿No puede decirse que toda religión ayude al hombre a ser bueno? 


Por: interrogantes.net | Fuente: interrogantes.net 



El marxismo decía que la religión era el opio del pueblo, y que las prácticas religiosas, y en especial el cristianismo, eran algo alienante.

El balance histórico de las sociedades inspiradas por el marxismo –y más aún después de la caída del bloque soviético–, demuestra dónde estaba la verdadera alienación.

“En cambio –ha escrito Ángeles Caso– hay algo sorprendente en la doctrina cristiana: su capacidad para sobrevivir durante siglos, para afectar, emocionar e imponerse en una forma de vida y de cultura social en medio mundo. La ideología marxista aplicada a la realidad apenas ha durado medio siglo y ha sido un desastre. La doctrina cristiana, en cambio, lleva ya veinte de existencia, y no parece ir a menos. No es un dato que convenga desdeñar.”

De todas formas, es cierto que a veces puede haber religiones y prácticas religiosas que alienan al hombre. Un ejemplo son las prácticas supersticiosas de algunas religiones animistas en África, que suponen un serio impedimento para la estructuración de la sociedad, al difundir un miedo irracional a los espíritus. Y ha habido, a lo largo de la historia, muchas religiones inhumanas con ritos plagados de sacrificios humanos. Basta recordar el culto de los incas, o los aztecas, por ejemplo. También algunas divinidades griegas eran completamente negativas, como sucede aún ahora, por ejemplo, con algunos dioses del cosmos religioso indio. Y algo parecido puede decirse de la actividad de muchas sectas en nuestros días.

¿No puede decirse entonces que toda religión ayude al hombre a ser bueno?

Algunos modos de entender la religión pueden hacérselo bastante difícil, como acabamos de ver. Es indudable que hay formas religiosas degeneradas y enfermas, que no elevan al hombre, sino que lo alienan. Y también las religiones, a las que hay que reconocer una grandeza moral y están en el camino hacia la verdad, pueden enfermar en algún trecho del camino.

También puede suceder en el cristianismo, cuando se deforma o se hacen reducciones sectarias. Aunque en ese caso ya no sería exactamente cristianismo, sino otra cosa.

En la religión cristiana se han dado a veces desviaciones patológicas, y la historia recoge abundantes ejemplos de errores teológicos más o menos extendidos entre los cristianos, que la autoridad de la Iglesia ha tenido que corregir. Ha habido ocasiones en las que la verdadera fe cristiana se ha mezclado con prácticas supersticiosas, o con el uso de la violencia, o con la dialéctica marxista de la lucha de clases. O se ha visto afectada por relajaciones morales de muy diverso tipo.

No todos los cristianos han vivido siempre bien el cristianismo. Pero la fe cristiana ofrece las pautas y medios necesarios para la necesaria purificación de esos errores.

Los católicos somos como los demás hombres: unos mejores y otros peores, como sucede en cualquier religión, donde puede haber personas de gran calidad humana y otras de las que no puede decirse lo mismo. Pienso que no se trata de hacer estadísticas para ver qué proporciones hay de unos u otros. La fe católica afirma que quien viva fielmente esa fe, se purificará de sus errores y flaquezas, mejorará como hombre y alcanzará la vida eterna.
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