viernes, 7 de agosto de 2015

EL DERECHO DE LA IGLESIA DE POSEER BIENES

El derecho de la Iglesia a poseer bienes
La Iglesia afirma su derecho a ser titular de derechos reales, como el de propiedad. Los bienes que posee, sin embargo, se refieren a los fines de la Iglesia, que son espirituales.


Por: Pedro María Reyes Vizcaíno | Fuente: Catholic.net 



Es sabido que la Iglesia Católica afirma su capacidad de poseer bienesy de ser titular de derechos reales, de ser titular de un patrimonio. En este artículo se examinará brevemente el contenido de este derecho. Nos referimos en este artículo a la perspectiva de la Iglesia, es decir, fundamentalmente a las indicaciones del Código de Derecho Canónico. No es el objeto de este artículo, por ello, el reconocimiento de este derecho por parte del Estado o el modo en que en cada legislación civil se garantiza la titularidad de los bienes de la Iglesia.

Parece claro que la Iglesia, como sociedad terrena que es, necesita disponer de bienes materiales. Ciertamente la finalidad de la Iglesia es espiritual, y la Iglesia ha de afirmar con el Evangelio que el Reino de Dios no es de este mundo, pero la sociedad eclesiástica vive y opera en el mundo: “las realidades terrenas y espirituales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia usa los medios temporales en cuanto su propia misión lo exige” (Concilio Vaticano II, Constitución PastoralGaudium et Spes, 76). Sería un espiritualismo exagerado pretender que la Iglesia pudiera desarrollar su finalidad específica sin bienes materiales, sin tener patrimonio, como si estuviera formada por ángeles y no de hombres.

Pero no deja de ser cierto que en la Iglesia la titularidad de los diversos patrimonios se deben relacionar con el hecho de que la finalidad de la Iglesia es espiritual. Por ello, el legislador canónico ha querido garantizar la sujeción del patrimonio eclesiástico a los fines que son propios, a través del canon 1254:

Canon 1254 § 1: Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus propios fines.

§ 2: Fines propios son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados.


No este tampoco el lugar de extenderse en la finalidad del patrimonio de la Iglesia, pero sí se puede resaltar que este canon constituye la piedra angular del derecho patrimonial canónico. El uso de bienes materiales en la Iglesia encuentra su justificación en los fines propios de la Iglesia. A la vez este canon es una llamada a la responsabilidad de los pastores de la Iglesia, además de a los administradores de las personas jurídicas que conforman el patrimonio eclesiástico: los bienes que, de una forma u otra administran, les han sido confiados por los fieles para el cumplimiento de los fines que indica el canon 1254.

También es una llamada a la responsabilidad de los fieles, pues sin ellos sería imposible cumplir con la finalidad de la Iglesia, puesto que a todos los fieles compete ayudar al sostenimiento de la Iglesia. El canon 222 establece el deber de los fieles de ayudar al sostenimiento de la Iglesia.

Canon 222 § 1: Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros.

Ciertamente, este deber de los fieles se ha de poner en relación con el canon 1254, al indicar cuáles son las necesidades materiales de la Iglesia. Nótese que ambas relaciones, aunque con redacción distinta, son en la práctica coincidentes.

El patrimonio eclesiástico

Ciertamente una de las características del derecho patrimonial canónico es su concepción unitaria, lo cual es compatible con otra de las características del derecho patrimonial como es la variedad de personas jurídicas eclesiásticas que son titulares de derechos reales. El canon 1255 indica:

Canon 1255: La Iglesia universal y la Sede Apostólica, y también las Iglesias particulares y cualquier otra persona jurídica, tanto pública como privada, son sujetos capaces de adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales, según la norma jurídica.

Lo cual indica que efectivamente en la Iglesia nos encontramos con una gran variedad de titulares de derechos reales, tantos como personas jurídicas hay. La doctrina canonística, suele denominar patrimonio eclesiástico al conjunto de bienes y derechos reales de los que es titular la Iglesia Católica a través de las diversas personas jurídicas reconocidas según las normas del derecho canónico.

Se debe advertir, además, que la titularidad de la Iglesia es enormemente variada. Salvo raras excepciones, la Iglesia Católica en cuanto tal, no es titular de ningún bien. La Santa Sede o el Estado del Vaticano también tiene contados bienes fuera de Roma. De la inmensa mayoría del patrimonio de la Iglesia el titular es alguna de las personas jurídicas que conforman la Iglesia Católica, como las diócesis o las parroquias, o bien las asociaciones de fieles o las fundaciones. De ese modo se consigue una adecuación del uso de cada bien al fin concreto por el que un fiel lo donó a la persona jurídica de la Iglesia. Si un fiel dona un bien a su diócesis, pongamos por caso, no sería lógico, y se cometería una injusticia si el titular fuera otra persona jurídica de la Iglesia.

Pero esta diversidad de titulares del patrimonio de la Iglesia no quita que se dé un cierto tratamiento unitario del patrimonio. Un ejemplo es el ya indicado de la adecuación del patrimonio eclesiástico al fin de la Iglesia, sea quien sea el titular de los bienes. Otro ejemplo es el del canon 1256:

Canon 1256: El dominio de los bienes corresponde bajo la autoridad suprema del Romano Pontífice, a la persona jurídica que los haya adquirido legítimamente.

En este canon se establece lo que la doctrina canonística ha llamado el dominio eminente del Romano Pontífice. En esta doctrina se apoyan todos los poderes del Papa sobre los bienes de la Iglesia, además de la unidad del patrimonio eclesiástico.

EL PECADO: SU NATURALEZA EN EL AT Y EN EL NT


Pecado: su naturaleza en el AT y en el NT


El pecado, sin duda, es falla personal, fracaso social y algo feo y vergonzoso, aunque no siempre el pecador lo capte así. Sin embargo, el pecado es algo mucho más grave que todo eso: es ofensa contra Dios, separación o alejamiento de Él, rechazo de sus dones.


Por: José María Iraburu, sacerdote | Fuente: Catholic.net 



–Y ahora nos va a hablar ¡del pecado! Lo que nos faltaba…
–Lo vergonzoso es que hoy se predique tan poco del «pecado», cuando Cristo y los Apóstoles hablan de él tantas veces.
–Hay que predicar del pecado y combatirlo.Actualmente, casi se ha suprimido la misma palabra. A lo más se dice «grave desorden» y eufemismos semejantes. Sin embargo, el ángel del Señor anuncia a José que el que nacerá de María virgen «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Y Juan Bautista presenta a Jesús a su pueblo diciendo: «éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). La Sagrada Escritura, Jesucristo, los Apóstoles, la Tradición, la Liturgia, el Magisterio, los santos, hablan con frecuencia del pecado, y de Cristo como el único Salvator mundique puede liberarnos de él. ¿Y habremos nosotros de silenciar nuestra predicación contra el pecado, dándola por superada? No lo entendía así, por ejemplo, San Juan Pablo II (cf. exhort. apost. Reconciliatio et pænitentia, 2-XII-1984; catequesis sobre el pecado, VIII-XII-1986).
Las Iglesias locales configuradas más bien como las ONG filantrópicas son aquellas quecombaten «las consecuencias del pecado» –hambre, enfermedades, violencias, injusticias, exilios forzados, etc.–, procurando aliviar de ellas a los hombres, en lo que realizan una inmensa obra de caridad; pero que no combaten directamente el «pecado», predicando el Evangelio y procurando con el Espíritu Santo hacer cristianos. No prolongan, pues, la misión que recibieron de Cristo, que es la misma misión que Cristo recibió del Padre.
Es decir, no cumplen su misión principal. Si no predican porque no pueden (al día siguiente los expulsan del país), ad impossibilia nemo tenetur. Pero si pudiendo hacerlo, no lo hacen –por ideología errónea–, incumplen su misión. Hoy vemos que estas Iglesias que no evangelizan, incluso en sus propios países, donde nadie les impediría hacerlo, se van reduciendo aceleradamente. Y si no se convierten, recuperando su misión apostólica, se extinguirán a corto plazo, o quedará de ellas un exiguo resto de Yavé.
* * *
El pecado en el Antiguo Testamento
–El conocimiento de Dios y el conocimiento del pecado van unidosSe conoce qué es realmente el pecado en la medida en que se conoce de verdad a Dios. Aquellas oscuras religiones que apenas sabían de un Dios personal y que con frecuencia tampoco conocían la condición libre del hombre, consideraban el pecado como infracción de un tabú, como impureza ritual, quizá a veces como algo contraido involuntariamente, o como una quiebra social por la que los dioses debían ser aplacados. Es la luz de la revelación bíblica la que suscita en Israel un conocimiento profundo del pecado del hombre, en la medida en que va revelando el ser de Dios, su bondad, poder, belleza, misericordia, en una palabra, su santidad.
–Ya el pecado primero se muestra en Adán y Eva como desobediencia al mandato de Dios, como voluntad orgullosa de autonomía ante el Creador: ellos quieren «ser como Dios», quieren determinar en forma autónoma «el bien y el mal» (Gen 2,17-3,24). Y así caen bajo el influjo maléfico del Demonio. La naturaleza misma del pecado aparece muy claramente en este relato primitivo, y también sus terribles consecuencias: Adán y Eva, que eran amigos de Dios, ahora «se esconden» de él, avergonzados y temerosos. El hombre culpa a la mujer –desolidarizándose de ella–, y la mujer culpa al Diablo. Arrojados del paraíso, ya no tienen acceso al árbol de la vida, se ven en la aflicción y el trabajo penoso, y conocen el rostro tenebroso de la enfermedad y de la muerte. Eso es el pecado.
Más tarde, la misma historia de Israel va a ocasionar la revelación del pecado,de un pecado que la Biblia siempre contempla en el marco luminoso de la misericordia del Señor. El pueblo elegido no es un pueblo inocente y virtuoso. Aunque fue sacado de la abyecta idolatría (Jos 24,2.14; Ez 20,7.18), y constituido por Dios como «hijo primogénito» (Ex 4,22), multiplicó una y otra vez sus rebeldías contra su Salvador (Dt 9,7). La historia de Israel, siempre considerada en relación a Yavé, aunque a veces santa y gloriosa, está lastrada por una sucesión de infidelidades, ingratitudes, ofensas contra Dios…
Israel en el desierto no se fía del Señor, y cae en la infidelidad. Tras salir de Egipto, pasada la primera euforia, murmura una y otra vez contra Yavé (Ex 16,2-12; 17,7). Añora las carnes, melones, cebollas y alimentos de Egipto, se queja del maná, que no le sabe a nada (Núm 11,4-6), y llega a ser para Moisés un pueblo «insoportable» (11,14; cf. Ex 17,4).
Los pecados abren entre Yavé y su pueblo un abismo de separación (Is 59,2; Jer 2,13). En esa separación hay rebeldía, un intento miserable de sacu­dirse el yugo bendito de Yavé, y hay también mentira, falsedad y engaño. El Señor se lamenta de ello: «Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo» (Sal 2,3)… «¡Ay de ellos, por haberse apartado de mí!; ¡desgraciados! por rebelarse contra mí. Yo los salvaba y ellos me mentían» (Os 7,13).
El pecado de Israel es siempre una abominable ingratitud. Los judíos son «hijos desnaturalizados, que se han apartado de Yavé, que han renegado del Santo de Israel, y le han vuelto las espaldas» (Is 1,4). Más aún, el pecado es un terribleadulterio: Israel, la mujer miserable y deshonrada, la que fue purificada y adornada por Yavé, la que él tomó como esposa, se prostituye después indecentemente con el primero que pasa (Ez 16). Los judíos se hacen siervos del «espíritu de fornicación, desconocen a Yavé, traicionan a Yavé, engendrando hijos extraños» (Os 5,4.7); «han preferido la ignominia a la gloria de Yavé» (4,18). Y el Señor se lo echa en cara: «como la infiel a su marido, así has sido tú infiel a mi, Casa de Israel» (Jer 3,20).
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«Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces» (Sal 50,6)
 –En la revelación bíblica el pecado es siempre una ofensa contra Dios.Nunca en la Biblia se muestra el pecado como si sólo fuera el quebrantamiento moral de unas normas éticas anónimas. Muy al contrario, El nos dio sus mandamientos con tanto amor, «para que fuéramos felices siempre» (Dt 6,24), y nosotros, rechazando sus preceptos, le rechazamos a él miserablemente,  despreciando al Señor.
En el pecado del rey David con Betsabé, por ejemplo, es horrible el adulterio, y espantoso el homicidio del marido traicionado, Urías. Pero lo más horrible y espantoso de ese pecado es el desprecio del Señor. El profeta Natán le dice a David: «Así dice el Señor, Dios de Israel. “Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl”, etc. (ingratitud). ¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa, por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías”… David respondió a Natán: “¡He pecado contra el Señor!”» (2Sam 12,1-14). La Biblia desde el principio entiende siempre en este sentido el misterio del pecado. «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti» (Sal 40,5).
El mismo modo que el Señor tiene de establecer sus leyes morales revela claramente cuál es la naturaleza más profunda del pecado. Y así lo entenderá siempre Israel. En la proclamación, por ejemplo, del código moral del Levítico leemos:
«Yavé habló a Moisés, diciendo: “habla a los hijos de Israel y diles: Yo soy Yavé, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en la tierra de Egipto… Guardaréis mis leyes y mis mandamientos. El que los cumpliere vivirá por ellos. Yo, Yavé». Y tras este inicio, viene una larga enumeración de lo que es debido hacer o está prohibido; para terminar diciendo: «Yo Yavé, vuestro Dios» (Lev 18, 1-30). Un esquema idéntico se reitera en los capítulos siguientes, que terminan con iguales palabras: «Guardad todas mis leyes y mandamientos y practicadlos. Yo, Yavé» (19,1-37). «Santificaos y sed santos, porque yo soy Yavé, vuestro Dios. Yo, Yavé, que os santifica» (20,7).
En Israel el amor a Dios se identifica con el amor a sus mandamientos.«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón… y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que yo hoy te doy»  (Dt 6,5-6). «Los que me aman guardan mis manamientos» (5,10; cf. 10,12-13). Esta identificación de la norma moral con el mismo Dios, de quien proceden, explica que tanto en el AT como en el NT el amor a los mandamientos de Dios y el amor a Dios mismo se identifican (Jn 14,15.21; 15,10.14).
En los Salmos, por ejemplo, en el 118, el amor a los Mandatos divinos va totalmente unido con el amor a Dios mismo. «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero; lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos» (105-106).  «Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos… Tus mandatos son mi delicia; la justicia de tus preceptos es eterna, dame inteligencia y tendré vida» (137.143-144). Israel está orgulloso de tener a Yavé como Dios y orgulloso de haber recibido sus mandatos (Dt 4,7-8). Dios se identifica con sus leyes. Se identifica con su propia Voluntad.
Por otra parte, nuestro pecado, al ofender a Dios, no logra dañarle. Eso es impensable. Como Santo Tomás explica, «Dios no es ofendido por nosotros sino en cuanto [pecando] obramos contra nuestro propio bien» (Summa C. Gentes III,122). Los hombres «perjuran, mienten, matan, roban, adulteran, oprimen, homicidios sobre homicidios» (Os 4,2), y esto ofende a Dios porque daña al hombre, que es Su amado. Los mismos pecados de blasfemia o idolatría, más directamente contrarios a Dios, ofenden al Señor en cuanto destrozan al hombre mismo. Y así dice Yavé, «para irritarme hacen libaciones a dioses extranjeros. ¿Es a mí a quien irritan? ¿No es más bien para su daño?» (Jer 7,18-19).
En fin, si el pecado es apartarse de Dios, la conversión será volver al Señor, reintegrarse a su amor, a su obediencia, a la unión con él, a la fidelidad esponsal de la Alianza. El alma adúltera del pecador se dice entonces a sí misma: «Voy a volverme con mi primer marido, pues entonces era más feliz que ahora», y el Dios-Esposo la recibe dulcemente: «Yo seré tu esposo para siempre, y te desposaré conmigo en justicia y derecho, en amor y en compasión» (Os 2,9.21).
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El pecado en el Nuevo Testamento
–La Ley antigua no fue capaz de salvar a los judíos del pecado. «El precepto, que era para vida, fue para muerte» (Rm 7,10). Por eso ya el Antiguo Testamento anuncia un Salvador que «justificará a muchos y cargará con sus culpas» (Is 53,11). Y este Salvador es Jesucristo, que «se manifestó para destruir el pecado, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca» (1 Jn 3,5-6). El fue enviado por el Padre para «llamar a los pecadores» (Mc 2,17), «para quitar el pecado del mundo» (Jn 1,29).
El pecado había hecho de nosotros «hijos rebeldes», «hijos de ira» (Ef 2,2-3), «enemigos de Dios» (Rm 5,10; 8,7), esclavos de nuestro mal corazón (1,24. 28), más aún, esclavos del Demonio (Jn 8,34; 1Jn 3,8). El pecado se había adueñado de todo hombre y de todo el hombre, mente, voluntad, sentimientos, cuerpo, palabras y obras (Rm 7,15-24). ¿Cómo pudo Dios permitir una tragedia tal?…
–Dios permitió el pecado de Adán y su descendencia «porque» había decidido salvar a los hombres por Cristo, el nuevo Adán, inicio de una humanidad sanada y liberada. Si el Señor permitió que en torno a Adán se formara una tenebrosa solidaridad en el pecado, fue porque había decidido que en torno a Cristo, segundo Adán, surgiera una luminosa solidaridad en la gracia. «Si por el pecado de uno solo [Adán] reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por obra de uno solo, Jesucristo» (Rm 5,17). Por eso la Iglesia, en el pregón de la noche pascual, canta llena de gozo: «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!». Feliz el hombre, pues «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).
La parábola del hijo pródigo revela el doble abismo: la Miseria del hombre pecador y la Misericordia divina salvadora (Lc 15,11-32; cf. Juan Pablo II, enc. Dives in Misericordia 30-XI-1980, 5-6). El pecador es el hijo que busca realizar su vida y ser feliz lejos del Padre, como no-hijo, y que termina en la abyección más profunda, fuera de Israel, hambriento, cuidando cerdos –animal impuro para los judíos–. En este sentido, Antiguo y Nuevo Testamento coinciden plenamente al manifestar la naturaleza del pecado. Lo que trae de nuevo el Evangelio es que gracias a El la revelación de la misericordia del Padre hacia el pecador, ya manifestada con frecuencia en el A.T., se hace total e insuperable en Jesucristo, «cuando se manifestó (epefane) la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4; cf. Jn 3,16; Rm 5,8; 8,35-39; Tit 3,4). Y lo nuevo es también que el retorno a la casa del Padre se hace por Cristo: «Yo soy el Camino; nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6). «Yo soy la Puerta; el que entrare por mí se salvará» (10,9).
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Naturaleza del pecado
–El pecado es ofender a Dios, separarse o alejarse de él más o menos. Es buscar el bien propio al margen de Dios, contra él. Es por tanto, renegar de la condición de hijos suyos. Este misterio de horror se da en cualquier pecado. Por ejemplo, una mujer casada siente que en su situación no es feliz, no se realiza; y llega un momento en que se junta con otro hombre en adulterio, porque trata de ser feliz… alejándose de Dios. ¡Qué espanto!… La fornicación no es lo peor en esta situación de pecado; lo peor es que esa persona trata de vivir, intenta realizarse, ganar realidad, separándose de Dios: ése es el corazón mismo del pecado. Prefiere seguir la exigencia de su pasión a permanecer unida a Dios por el amor y la obediencia. ¡Qué horror, si pensamos que en Dios «vivimos y nos movemos y existimos» (Hch 17,28)! Por eso dice Santo Tomás que: «el pecado mortal implica dos cosas: separación de Dios y dedicación al bien creado; pero la separación de Dios (aversio a Deo) es el elemento formal, y la dedicación (conversio ad creaturam) es el material» (STh III,86, 4 ad 1m).
–El pecado es rechazar un don de Dios, lo que equivale a rechazarle a Él. Puesto que en Dios vivimos y somos, de él vienen a nosotros constantemente impulsos de naturaleza y de gracia: «Todo buen regalo, todo don perfecto viene de arriba, desciende del Padre de las luces» (Sant 1,17). Pues bien, siempre que pecamos, rechazamos en mayor o menor medida estos dones de Dios. El pecado será mortal si el don rechazado es necesario para vivir con Dios. Será, en cambio, venial si el don rechazado es conveniente, pero no estrictamente necesario para vivir en unión con Él. Volviendo al anterior ejemplo: Dios quería conceder a aquella esposa la gracia de permanecer fiel a su marido, participando de la cruz de Cristo; pero ella, entregándose al adulterio, no ha querido recibir esa gracia, ha rechazado el don de Dios, la participación maravillosa en su amor: ha rechazado al Señor, ha elegido realizar su vida marchándose de la Casa del Padre…
–El pecado es siempre un acto humano, es decir, consciente y libre: un acto que implica conocimiento suficiente de la malicia del acto (advertencia) y que exige consentimiento libre de la voluntad (deliberación); un consentimiento al menos indirecto, pues el que quiere la causa, directa o indirectamente quiere el efecto necesario y previsible. Sin plena advertencia y deliberación, no puede haber pecado mortal, aunque la materia del acto sea grave. Es evidente que quien comete algo malo sin conocimiento y sin voluntad libre, comete sólo un pecado material, inculpable, que no es pecado formal. Puede haber en cambio pecado formal in causa cuando esa ignorancia no ha sido invencible, sino debida al desinterés por conocer los pensamientos y caminos de Dios.
Hay, por otra parte, pecados positivos de comisión, o negativos por omisión de actos debidos. Hay pecados externos, y otros que son internos, que sólamente se dan en la mente y el corazón. Hay, en fin, pecado original, propio de la naturaleza humana, ypersonal, actualmente imputable a la persona.
* * *
–Hoy son muchos los cristianos que ignoran lo que es el pecadoPor no conocer la sagrada Escritura y por ignorar la gran doctrina teológica y espiritual de la Iglesia, no tienen de su pecado una conciencia sana y verdadera, sino que lo viven y se arrepienten de él –cuando se arrepienten– dentro de un cuadro mental puramente moralista, horizontal, con frecuencia marcadamente pelagiano, con una referencia a Dios muy débil. Ésta es una de las causas principales de que los pecadores permanezcan en el pecado.
Los errores sobre el pecado son innumerables. Hay ignorantes o escrupulosos que estiman posible el pecado sin advertencia suficiente («sin darme cuenta, bebí demasiado y me emborraché»); o que creen posible el pecado sin deliberaciónvoluntaria («me obligaron a beber, y por más que me resistí, me emborraché»). Pero quizá el error más común es el pecado sin referencia a Dios, es decir, el pecado entendido como una falla personal que humilla la soberbia («no supe dominarme, y bebí hasta perder la conciencia»), o como un fracaso social que hiere la vanidad («todos me vieron borracho… ¡que vergüenza, qué dolor!»). Para otros que tienen un hondo sentido estético moral, el pecado es simplemente algo feo, degradante («estuve borracho, grité a la gente, vomité, rompí cosas: fue algo horrible»). De estos modos tan falsos de entender-sentir los propios pecados no puede surgir un arrepentimiento verdadero.
El pecado, sin duda, es falla personal, fracaso social y algo muy feo y vergonzoso, aunque no siempre el pecador lo capte así. Eso está claro. Pero cuando así es entendido, puede producir gran dolor y también lágrimas –que serán, por cierto, muy amargas–. Sin embargo, el pecado es algo mucho más grave que todo eso: es ofensa contra Dios, separación o alejamiento de Él, rechazo de sus dones. Sólo si el pecador, ayudado por la gracia, entiende así su pecado, podrá llegar, con el auxilio de la gracia, al verdadero arrepentimiento, aquel que, con la gracia del Salvador, transforma realmente al hombre, dándole un corazón nuevo. Así es como el pecador recibe de Dios un perdón que renueva verdaderamente su espíritu, y que no es una mera declaración externa y luterana de justicia, ni tampoco un pseudo-perdón de Dios pseudo-misericordioso a un pecador pseudo-arrepentido.

José María Iraburu, sacerdote

NADIE DEBE VIVIR SIN CAMBIAR


Nadie debe vivir sin cambiar
Nadie debe vivir sin cambiar
Sembrando Esperanza II. No dejes pasar las oportunidades, pues ellas serán la plataforma de tu vida feliz y llena de realizaciones.


Por: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net 




"A Dios rogando, pero con el mazo dando."

Este antiguo refrán, siendo tan antiguo, no pierde en actualidad y realismo. Dios siempre está presente para ayudarnos, pero también cuenta con nuestra colaboración y trabajo; nuestra vida es una constante lucha llena de desafíos y aventuras diarias, no tenemos cómo aburrirnos. Por eso, Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti.

La respuesta la tienes en tus manos, nadie más que tú eres el artífice de esta realidad. Respira profundo y comienza a correr, que nadie lo hará por ti, y al final lo importante es que llegues a la meta con la satisfacción de haber corrido bien. ¡Buena suerte y adelante!

Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida, con una sola rectificación. Ni alcanza altura con un solo vuelo.

Nadie camina la vida sin haber pisado en falso muchas veces. Nadie recoge cosechas sin probar muchos sabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra.

Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega al puerto sin remar muchas veces.

Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas.

Nadie hace obras sin golpear sobre su edificio, ni cultiva amistad sin renunciar a sí mismo.

Nadie llega a la otra orilla sin haber ido haciendo puentes para pasar.

Nadie puede juzgar sin conocer primero su propia debilidad.

Nadie consigue su ideal sin haber pensado muchas veces que perseguía un imposible.

Nadie reconoce la oportunidad hasta que ésta pasa por su lado y la deja ir.

Nadie debe vivir sin cambiar, ver cosas nuevas, experimentar otras sensaciones y tener la capacidad de corregir sus errores.

Nadie tiene el derecho de consumir el amor o la amistad de las personas si uno mismo no la produce.

Nadie puede intercambiar un apretón de manos con el puño cerrado.

Por eso, vivir es una aventura que conlleva tener las ganas de correr, surcar mares y subir montañas, lanzarse en bicicleta y ponerse unos patines, cruzar ríos y deslizarse por la nieve. Nadie, sino tú, eres el protagonista de esta aventura. No dejes pasar las oportunidades, pues ellas serán la plataforma de tu vida feliz y llena de realizaciones. Sé que no todo será fácil, pero te tocará a ti sacarles el provecho y orientarlas a que salga de ti lo mejor. 

NO LO OLVIDES, NO ESTAS SOLO EN ESTA AVENTURA, DIOS VA CONTIGO.


  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Dennis Doren LC

    EL QUE QUIERA VENIR CONMIGO, CARGUE CON SU CRUZ


    El que quiera venir conmigo, cargue con su cruz
    Tiempo Ordinario


    Mateo 16, 24-28. Tiempo Ordinario. Cargar la cruz que tenemos con alegría, Cristo va por delante. 


    Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net 



    Del santo Evangelio según san Mateo 16, 24-28
    En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad.

    Oración introductoria

    Padre santo, ayúdame a buscar lo que me haga crecer en el amor, para darte gloria y servir mejor a los demás: bienes que duren y valgan para la eternidad. Y, aunque no me guste ni me atreva a buscarla, que sepa renunciar a mí mismo para tomar mi cruz y seguirte.

    Petición

    Señor, dame la fortaleza para tomar mi cruz y seguir los pasos de tu Hijo.

    Meditación del Papa Francisco
    Responde a la llamada a tomar la cruz e ir tras él, a imitar su dedicación al Padre y sus gestos de servicio y de amor, a perder la vida para encontrarla. Y dado que toda la existencia de Cristo tiene un carácter misionero, los hombres y las mujeres que le siguen más de cerca asumen plenamente este mismo carácter.
    La dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada, y no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure el carisma. La misión no es proselitismo o mera estrategia; la misión es parte de la “gramática” de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve”. Quién sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús “camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera”.
    La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo.(Mensaje del Santo Padre por la Jornada Mundial de las Misiones 2015, 24 de mayo de 2015).
    Reflexión
    Un sacerdote tuvo que realizar un viaje a Estados Unidos y en el avión coincidió con un empresario muy importante. Después de un rato de diálogo, el millonario le contó esta confidencia: Daría con gusto gran parte de mi dinero con tal de volver a tener la experiencia de Dios que viví hace muchos años.

    La amistad con Cristo no se paga con dinero, es gratis. Por eso es tan difícil lograrla, porque no se vende en ningún establecimiento. No es una mercancía, pero es el bien más cotizado del mundo. Y por desgracia, también el más desconocido.

    ¿Cómo se logra esa amistad? En primer lugar, haciéndose como Cristo. Para eso hay que empezar a conocerlo; leer el Evangelio, acudir a los sacramentos, dedicar momentos diarios a la oración, etc. Es necesario "empaparse" de sus enseñanzas, que son divinas. Es entonces cuando damos un fundamento sólido a nuestra vida cristiana.

    Jesús nos avisa que esa transformación en Él es costosa, como cargar con una cruz sobre los hombros. No hay que engañarse. Pero también es la manera más plena de vivir, despreocupándose de los propios intereses y tratando a los demás como Cristo lo haría. Es así como podremos experimentar su amistad y cercanía. Así "recobramos" nuestra alma para el Señor y ayudamos, con nuestro testimonio, a los otros.

    Diálogo con Cristo 
    Es mejor si este diálogo se hace espontáneamente, de corazón a Corazón
    Señor, no es fácil ser tu amigo en la cruz. La tentación a escapar o renegar de la realidad, cuando se presentan los problemas, fácilmente me domina. Gracias por esta meditación que me confirma que puedo confiar en que, con tu gracia, puedo perseverar hasta el final. No puedo esperar gozar de una eternidad gloriosa, llena de fiesta y de alegría, si no derramo, por amor a Ti y a mis hermanos, un poco de sangre, sudor y lágrimas en la tierra.

    Propósito
    Adoptar una actitud positiva, y no quejarme, ante las dificultades de este día para seguir a Cristo en el camino de la cruz.
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