lunes, 10 de agosto de 2015

SI EL GRANO DE TRIGO MUERE, DA MUCHO FRUTO


Si el grano de trigo muere, da mucho fruto
Solemnidades y Fiestas


Juan 12, 24-26. Fiesta San Lorenzo. Es necesario dejar de ser grano, renunciar, para dar el mejor fruto. El distintivo de todo verdadero cristiano es el amor. 


Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net 



Te adelantamos las Reflexiones del Evangelio de la 19a. Semana del Tiempo Ordinario   del lunes 10 al domingo 16 de agosto 2015.
---------------
Del santo Evangelio según san Juan 12, 24-26
En aquel tiempo Jesús dijo a sus discípulos: en verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará. 

Oración introductoria
Señor, ayúdame a servirte siempre y en todo. A saber vivir sostenido por tu amor, dispuesto a dejarme cribar con una confianza ilimitada en tu Providencia, por un amor apasionado y abrazado a tu cruz.

Petición
Señor, dame la generosidad para pasar mi vida sirviendo a los demás.

Meditación del Papa Francisco
Con él, sólo con su gracia, con su ayuda, también nosotros podemos vencer esta tentación de la vanidad, de la mundanidad, no sólo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida.
En esto, nos ayuda y nos conforta el ejemplo de muchos hombres y mujeres que, en silencio y sin hacerse ver, renuncian cada día a sí mismos para servir a los demás: un familiar enfermo, un anciano solo, una persona con discapacidad, un sin techo...
Pensemos también en la humillación de los que, por mantenerse fieles al Evangelio, son discriminados y sufren las consecuencias en su propia carne. Y pensemos en nuestros hermanos y hermanas perseguidos por ser cristianos, los mártires de hoy, hay muchos. No reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. (Homilía de S.S. Francisco, 29 de marzo de 2015).
Reflexión
Jesucristo dice: "Si el grano de trigo no muere, no dará fruto". El grano que quiera seguir como grano, que le tenga miedo a la humedad, que no esté dispuesto a desaparecer como grano, ¿cómo ha de dar fruto? Si el grano muere, nacerá una nueva planta. Si es de maíz, dará muchos elotes, que tendrán muchos granos cada uno. Pero es necesario dejar de ser grano para dar todo ese fruto.

Así, Jesucristo habría de morir para darnos un gran fruto: la salvación de nuestras almas, el perdón de los pecados, la apertura nuevamente del Cielo para nosotros, la vida eterna, la gracia santificante, recobrar nuevamente la amistad con Dios. Todo ello es parte del fruto que Jesucristo dará al morir como grano de trigo en la cruz.

Luego, inmediatamente, el mismo Jesús dice: "El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna".

Estas palabras son muy importantes para un cristiano, para un verdadero seguidor de Jesucristo, para todos aquellos que quieren imitarle en sus vidas. Él nos dice que las personas que son egoístas, que piensan en su comodidad, en su bienestar, en su placer, olvidándose de los demás no obtendrán la vida eterna. Si pasarán esta vida con placer, con comodidad, cumpliéndose todos sus caprichos, pero perderán los más importante, la vida eterna. Aquél que busca lo mejor para sí mismo, que no le importa dañar a los demás, u ofenderlos, o maltratarlos con tal de lograr sus placeres no vivirá con el Señor la vida eterna. Cambia el placer que se va pronto, que dura "nada", por toda la vida eterna.

Por el contrario, quien no se interesa por los placeres, por las comodidades, por cumplir sus caprichos y egoísmos, quien piensa en los demás, se entrega por ellos y los ama, ese alcanzará lo más importante, lo que nunca ha de acabarse: la vida eterna.

Y Jesucristo que nos dice esas palabras, es el primero en darnos el ejemplo: pues Él ha de ofrecer su vida, ha de perderla, ha de morir, para darnos la vida eterna, para perdonarnos los pecados, para darnos la salvación. "El que se aborrece a sí mismo". Nuestro Señor, un verdadero ejemplo de amor por nosotros. No le importó morir, ni sufrir tanto, ni ser despreciado, abofeteado, escupido, azotado, ridiculizado, golpeado, coronado de espinas, despreciado, crucificado y ajusticiado en la cruz, con tal de buscar nuestro bien. ¡Eso es amor! ¡Eso es amar al prójimo! ¡¡Eso es vivir la ley de Dios: amar a Dios y al prójimo! Por eso nuestro Señor será capaz de decirnos: “Ámense como yo los he amado” ¡Hasta dar la vida por los demás!

Recordemos lo que decían de los primeros cristianos hace ya dos mil años: "¡Miren cómo se aman!". Los pueblos paganos quedaban maravillados por el amor con que se trataban entre sí los cristianos y el amor con que trataban a todos los demás. El verdadero cristiano ha de ser como Jesucristo: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. ¿Acaso Jesucristo no hizo eso en la cruz por todos y cada uno de nosotros? Imitémosle.

El auténtico cristiano, el verdadero católico es quien ama al prójimo y no se preocupa de sí mismo. Tengamos cuidado de los placeres, de las comodidades, de los caprichos, de los deseos, pues lo único que hacen es convertirnos en el centro de nuestro amor: nos buscaremos a nosotros mismos.

Quien verdaderamente ama a su prójimo pensará en ellos continuamente: el esposo, en su esposa; la esposa, en el esposo; los padres, en los hijos; el ciudadano, en sus conciudadanos; el maestro, en sus alumnos;

El mundo pagano se distingue por el egoísmo. El mundo cristiano se ha de distinguir por el amor. ¿Cuál mundo estamos construyendo? ¿Soy pagano o soy cristiano? El mundo pagano termina con la muerte. El mundo cristiano empieza con la vida eterna.

Jesucristo muere en la cruz para perdonarnos los pecados, para darnos nuevamente la amistad con Dios, nos vuelve a abrir las puertas del Cielo, nos hace partícipes de la vida eterna, nos da su gracia. El Señor nos enseña: "El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna", y "Si el grano de trigo no muere, no dará fruto". El distintivo de todo verdadero cristiano es el amor.

Sabemos que por mucho tiempo que pueda vivir un hombre en la tierra, no será más que una gota en medio de la inmensidad del océano, un punto en medio de la eternidad. ¿No será preferible dejar un poco las comodidades de aquí para entrar en la eternidad por la puerta grande?

¿Cuántas veces pensamos en ella? ¿La tenemos como una realidad? ¿O sólo es algo lejano e imaginario? Los santos mártires, como San Lorenzo, nos ponen ante los ojos el valor de la vida futura. Antes de padecer los sufrimientos a los que le sometieron -ser quemado vivo- reflexionó unos instantes y optó por Cristo a pesar de todo. Porque sabía muy bien qué encontraría después de su muerte.

Propósito
Darme el tiempo para escuchar a las personas con las que convivo diariamente: oír, comprender, acompañar, sin buscar alguna ventaja personal.

Diálogo con Cristo 
Generosidad, valentía, fe, perseverancia, paciencia, tenacidad, celo apostólico y humildad son las virtudes que deben abonar la semilla de mi vida, para que dé el fruto para lo cual fue creada. Señor, dame tu gracia para dejar a un lado todo lo que me aparte de cumplir tu voluntad.

LA OBSESIÓN POR SER LEÍDO

La obsesión por ser leído
¿Es correcto invertir tiempo y energía para buscar que los propios escritos se difundan?


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic net 



Es algo normal en todo escritor: desear que otros lo lean.

Internet desvela esa faceta de quienes escriben, pues fácilmente se puede ver cómo se esfuerzan para que sus escritos se difundan.

Blogs, Facebook, Twitter y otros ámbitos cibernéticos se convierten en medios usados con frecuencia para lograr una mayor difusión. Además, con frecuencia los escritores se conectan entre sí: empiezan a seguir a otros, y son a su vez seguidos.

Puede entonces surgir la pregunta: ¿es correcto invertir tiempo y energía para buscar que los propios escritos se difundan?

No resulta fácil responder. Si miramos al pasado, el mundo de la imprenta generaba situaciones parecidas: los autores tenían que luchar con pasión para vencer las no pocas dificultades que ponían los editores. Sólo si se pasaba el “filtro” de la imprenta un escrito daba el paso decisivo para ser difundido, para llegar a los lectores.

En la era de Internet, publicar se ha convertido en algo tan fácil y rápido, que entonces parece no tener mucho sentido el esfuerzo por ganar lectores. Pero precisamente la facilidad con la que se realizan publicaciones digitales ha generado un aumento enorme de materiales, un “griterío” de artículos y textos sobre temas parecidos, que el ansia reaparece: ¿no ocurrirá que el trabajo pensado por uno queda sepultado y perdido en la avalancha electrónica de escritos que aparecen continuamente?

De ahí el esfuerzo por aumentar el número de “amigos”, por enviar mensajes de aviso sobre el trabajo recién publicado, por conseguir que la propia página quede enlazada en otros lugares, y un etcétera largo como larga es la ansiedad.

Pero, ¿es esa la cuestión? ¿No se trata más bien de preparar buen material y dejarlo abierto, sin presiones a los potenciales lectores, para que cada quien pueda encontrarlo y leerlo si lo desea? ¿No hay que superar el anhelo por aparecer en los primeros lugares en los buscadores, google y compañeros, para “existir” en el mundo de la información?

La verdad es hermosa en sí misma. Cristo no nació ni en el tiempo de la imprenta, ni en la época de la radio, ni entre las antenas televisivas, ni en el mundo de Internet, aunque sí predicó en un mundo que ya conocía la escritura en formas frágiles pero eficaces. A pesar de ello, su mensaje tiene una fuerza arrolladora, simplemente porque contiene verdades que Jesús enseñaba con su voz y con su vida.

Quizá, entonces, el punto no consiste en luchar día tras día para “difundirse”. Basta, simplemente, con lanzar la semilla. Si algo vale la pena, y si Dios así lo quiere, llegará a quien tenga que llegar.

Si, además, algún lector consigue acercarse a la verdad, ¿qué más puede desearse? A veces resulta suficiente con que se produzca un único “acceso”, que no tiene casi ningún peso en los medidores de “visitantes”, si ese acceso ha sido de calidad, y si el lector ha encontrado un escrito bañado de belleza y de empatía sincera.

Preguntas o comentarios al autor

LA BATALLA DEL ABORTO VISTA DESDE LA FE

La batalla del aborto vista desde la fe
Vida-aborto

En ningún caso podemos perder la esperanza porque Dios puede tocar el corazón de cualquiera en cualquier momento, y no son pocos los casos de mujeres que se han levantado de la camilla del abortorio en el último momento...


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net 




El aborto voluntario es una lacra social poliédrica, con muchas caras ya que afecta a muchas personas y se extiende a ámbitos muy diversos. Afecta en primer lugar al abortado, afecta a la madre que aborta, afecta en distinto grado a los familiares y amigos, a quien lo practica, a quien lo aconseja y promueve, a quien calla debiendo hablar. Y afecta finalmente a la sociedad entera que se ve privada de uno de los suyos.

En cuanto a los ámbitos a los que el aborto interesa también son múltiples. El aborto tiene implicaciones familiares, psicológicas, asistenciales, sanitarias, educativas, políticas, legislativas, jurídicas, religiosas, informativas, de instituciones internacionales.

En medio de este bosque de personas implicadas, de consecuencias y de ámbitos puede que pase desapercibido un aspecto que a mi juicio es el primero y fundamental y es el que se desprende del título: El aborto es una batalla. Esta batalla se presenta en todos los campos citados anteriormente y en otros muy concretos, como es el lenguaje, pero es sobre todo una batalla espiritual. No es una manera de hablar sino una convicción de fe -al menos de fe católica-; la realidad del aborto tiene sus fuentes primigenias en un campo de batalla entre dos fuerzas espirituales antagónicas, las del bien y las del mal. Este campo no es otro que el hombre mismo a lo largo de toda su historia, desde sus inicios con Adán y Eva, y durará hasta el último día. Así lo enseña la Iglesia en el punto 37 de la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II: “A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final”.

Quienes aspiramos y trabajamos por una sociedad en la que el aborto voluntario esté considerado socialmente como una vergüenza y legalmente como un grave delito, es mucho lo que tenemos que hacer en el orden práctico, desde la toma de postura y el testimonio personal a la colaboración en movimientos provida; desde la participación en campañas a favor de la vida, al ejercicio profesional, en los casos en los que corresponda. De esto muchos estamos convencidos pero la verdadera batalla donde se dilucidará la suerte del aborto -y donde se acabará con él- se juega en otro campo, un campo bélico. Estamos en guerra, una guerra espiritual y por ello mucho más profunda y mucho más intensa que las guerras convencionales. Lo sepamos o no, lo aceptemos o no, estamos en guerra. Es una guerra holística, que tiene carácter de totalidad, global y globalizada, con muchos frentes abiertos, de los cuales este del aborto no es sino uno entre varios. San Juan Pablo II se refirió a ella como “una guerra de los poderosos contra los débiles alimentada por una especie de «conjura contra la vida», que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados” (Evangelium vitae, 12).

Esta guerra es temporal (empezó un día y un día acabará) si bien no podemos rastrear sus inicios ni predecir su hora final. Lo que sí sabemos es cómo empezó. Empezó cuando un ángel poderoso se alzó contra Dios con un grito de rebeldía: “¡Non serviam!” ¡No serviré! Le salió mal esa rebeldía y entonces plantó cara a la Mujer, la Virgen María, tratando de devorar el fruto bendito de su vientre, Jesús, según narra el Apocalipsis. Como este segundo asalto contra Dios tampoco le valió “entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (Apocalipsis 12, 17).

El campo de batalla es el ser humano, tanto si lo consideramos ad intra, en su corazón, como si lo entendemos ad extra, en su mundo de relaciones. Estos ataques contra la vida son ataques contra el ser, contra el ser del hombre, que por ser imagen y creación directa de Dios, es sagrado. La persona humana es sagrada, ya lo entendió así y lo dejó escrito Séneca sin ser cristiano y así lo ha entendido la tradición cristiana. Los ataques contra la vida son ataques contra lo sagrado. Tienen como origen el espíritu del mal. Decía líneas atrás que los ámbitos son muy variados y en todos hemos de trabajar, pero no invertiremos las tendencias de la cultura de la muerte desde la legislación, desde la acción política, desde la educación, desde los movimientos provida, ni desde ningún otro que se nos pueda ocurrir si no damos la primera batalla en el campo en que el enemigo nos hace frente. No nos enfrentamos solamente ni en primer lugar a fuerzas de este mundo. Con esas podríamos medirnos de tú a tú, pero “nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire” (Efesios 6, 12).

La duda que puede entrar es si tenemos capacidad para enfrentarnos a estas fuerzas espirituales y qué garantía de éxito podemos tener. Si no contáramos nada más que con las fuerzas de nuestra naturaleza, la batalla estaría perdida de antemano porque la naturaleza humana no da para tanto. Pero contamos con la gracia y con la gracia de Dios actuando en nosotros la victoria está asegurada, hasta el punto de que esta lucha se nos puede mandar: “Sed humildes ante Dios, pero resistid al diablo y huirá de vosotros” (Santiago 4, 7).

¿Cómo se derrota a la cultura de la muerte? Con santidad, no hay otro remedio, sometiéndonos a Dios, siendo “humildes ante Dios”, que “da su gracia a los humildes” (Santiago 4, 6). Con la cultura de la santidad, comenzando por vivir con profunda piedad el sentido de lo sagrado, que es algo que hay que pedir a Dios, recuperar si se perdió y explicar y difundir a quien lo desconozca. Sin un correcto sentido de lo sagrado -y eso nos lo dan los dones de piedad y de temor de Dios- la vida no pasará de la categoría de “cosa”, algo de lo que podemos disponer a capricho.

La batalla entre el bien y el mal, que durará mientras esta tierra y estos cielos viejos duren, se da en todos los ámbitos, pero especialmente en la intimidad, en el interior del corazón humano.

Yo he podido comprobar algo de esto en varias ocasiones. Cuando una mujer se está planteando si abortar o no abortar, se está librando una auténtica batalla en su corazón. En muchos casos es una batalla durísima, que causa profunda inquietud y desazón, y en la cual la mujer necesita de mucho acompañamiento, de mucha comprensión, de mucha ayuda, pero sobre todo de medios espirituales porque la mujer vive momentos de auténtica angustia.Si ya ha decidido abortar no hay fuerza humana capaz de vencer esa decisión. En ningún caso podemos perder la esperanza porque Dios puede tocar el corazón de cualquiera en cualquier momento, y no son pocos los casos de mujeres que se han levantado de la camilla del abortorio en el último momento y han salido huyendo, pero son excepciones.

Insisto en que todos esos ámbitos que he citado deben ser trillados por los que queremos ver desaparecer esta calamidad de entre nosotros, pero estos campos son la expresión externa de una batalla que se desarrolla en otros niveles y que comienza por el corazón de cada hombre. En esos campos no es poco lo que se está haciendo y es mucho más aún lo que queda por hacer. En todos ellos es necesaria una acción decidida, es necesario mucho trabajo, mucha dedicación, mucho empeño, pero mientras no nos tomemos en serio nuestra santidad y nuestra responsabilidad como miembros del cuerpo que somos, la Iglesia, esto no se arregla. Y en la Iglesia hay muchos que en este tema está tan dormidos como en tantos otros.

A pesar de ello no podemos perder en ningún caso la esperanza y esperanza activa, esperanza de quien se aplica con denuedo en esta guerra y emplea con prudencia y arrojo los medios con los que cuenta. A alguien le podría caber la duda de si merece la pena. Por supuesto que sí. Toda victoria importante merece la pena y esta victoria está asegurada. “La vida vencerá: esta es para nosotros una esperanza segura. Sí, la vida vencerá, puesto que la verdad, el bien, la alegría y el verdadero progreso están de parte de la vida. Y de parte de la vida está también Dios, que ama la vida y la da con generosidad”. (S. J. Pablo II. Discurso a los participantes en la VII Asamblea de la Pontificia Academia para la Vida, punto 3. 3 de marzo de 2001).

¿Se lo pedimos al apóstol Santiago para España, de la que es patrono?
Gracias por tu atención. Que Dios te bendiga.
Estanislao Martín Rincón

HOY LA MAYORÍA YA NO QUIERE CASARSE ¿POR QUÉ?

Hoy la mayoría ya no quiere casarse ¿Por qué?



Por: Dr. Óscar Perdiz Figueroa | Fuente: Catholic.net 



El miedo al fracaso pesa mucho, el miedo a amar es el mal de nuestro tiempo. Otros no quieren repetir los patrones de sus padres, no creen en el amor o se resbalaron a una relación sin pensar ni decidir. Otros muchos se dejan llevar por una obstinada propaganda que endiosa el individualismo, que dice que estar solo es lo mejor para ganar más dinero y no tener que compartirlo. Todo esto lleva a nuestros jóvenes a jubilarse de la vida en plena flor de la edad, reduciendo todo a sexo sin amor y no esperar ni planear la vida con alguien. Algunas parejas alegan motivos económicos pero esto en el fondo no es tan grave. Lo duro es que ninguna de estas situaciones ha hecho más feliz a nadie, quizá más bien lo contrario.
Hay dos modos de enfrentar el amor y en general la vida: ir resbalándose o decidir lo que uno quiere.
 
1.    Sliding o modo resbalarse
El modo resbálese usted mismo consiste en asumir el sexo como un fin o pura relación que consiste en estar con alguien mientras le saque provecho, mientras me dé, mientras yo me sienta "a gusto". Al inicio más o menos funciona, todo amor al inicio siempre es rosa. Cada uno vive en su casa, luego se resbalan a vivir juntos, quizá porque sale más barato. Se tienen cada vez más afecto y van avanzando en la mutua entrega. Pero ésta no es fruto de una decisión explicita y deliberada sino lo que "se va dando". Las dos vidas se trenzan y si llegan los hijos, el lazo se vuelve más fuerte y romper traería más dolores de cabeza que soluciones. Los dos nunca se eligieron, no optaron. Quien se resbala se encuentra un día con una persona con la que quizá era mejor no estar, pero ya es tarde. Lo que parecía una unión libre tenía muy poco de libre pues le dejaron la decisión al tiempo, a las ganas y las hormonas.  La relación se vuelve esclavizante. Quizá aparezca alguien más con quien resbalarse hacia otro lado. Y en la mayoría de los casos se resbala hacia la ruptura.
En este amor "por mientras" y "hasta nuevo aviso", ¿se piensa en los hijos? Aunque los hubiere no hay mucha responsabilidad hacia ellos: es poco responsable tener hijos en esa circunstancia.  La primera responsabilidad hacia los hijos sería la de casarse, el no hacerlo refleja la inseguridad mutua, un amor ni completo. El círculo vicioso que surge hace la vida más difícil a los niños. Es inútil llamar matrimonio y vivir como matrimonio donde no hay tal. Cómo se puede salir de esta dinámica si se la pasa uno frente a la tele y las pantallas la mayor parte del día.
2.    Deciding o elegir-se
El otro modo es el de escogerse deliberadamente decidir mutuamente ¿Hay que descubrir el hilo negro? A veces se nos olvida lo más evidente: amar es exactamente lo contrario de usar. El amor es sentimiento, enamoramiento, burbujeo, pero sobre todo es una decisión: procurar el bien para el otro: amistad y donación mutua. El amor se presenta por capas y muchos se quedan en la cáscara.
El matrimonio sigue siendo el terreno más seguro para el amor. En él se proyecta la vida entre dos, esto requiere de dialogo, de decisión y preparación, lo contrario de resbalarse. Por otro lado dos seres humanos no pueden lograr unión más grande que a través de la procreación de un hijo, siempre serán sus padres independientemente de cómo vayan las cosas. Lo natural es que el amor desemboque en el matrimonio y éste tenga su coronación en la procreación y la educación de los hijos, a eso se le llama familia y las familias son las que realmente construyen la sociedad. Porque en la familia uno está volcado a los demás.
 
En todo esto la boda es esencial: es un momento que acredita el mutuo amor. Es una meta en la vida pero sobre todo es un punto de partida para un proyecto en común: hacer al otro el proyecto de mi vida, mi empresa y el jardín que estoy llamado a cultivar. La boda es una promesa y en esa promesa va la semilla de toda una vida entre dos. Dura un rato  pero refleja una vida entera. Le da al matrimonio el carácter público y religioso que necesita: ¡no estamos solos, Alguien nos acompaña en esta historia!
¿Nos casamos siempre con la persona equivocada? En el matrimonio hay dudas y certezas,  crisis e ilusiones, discusiones,  problemas económicos y grandes satisfacciones… retos que vencer con un proyecto mutuo. La persona ideal no está al inicio sino al final de una vida entre dos.
Hay que cuestionarse en serio, cada uno, si el modelo individualista, desechable y hedonista que nos presenta la sociedad realmente nos hace felices. Los seres humanos somos esos animales raros hechos para recibir y sobre todo para dar, es decir para amar. Amar es sobre todo dar-se. El individualismo y la mentalidad usa y tira lleva siempre al miedo de ser usados como servilletas de papel. La obsesión por el placer produce solo tristeza y vacío como las resacas. En el fondo producen una sociedad más dominadora y prepotente, más insegura.
Todos estamos hechos para amar. Pero ni el matrimonio es para todos, ni cualquier unión es un matrimonio. Resbalarse por inercia es siempre más cómodo, pero es la autopista directa a la infelicidad. Hay que meter en la cabeza a nuestros niños y jóvenes que amar es posible, pero requiere orden y preparación, que mejor entregarse. Y a quien se ha resbalado: ¡siempre hay esperanza, siempre se puede amar!
Estos son en el fondo los grandes temas y preocupación del Sínodo de los Obispos que se celebra en Roma en estos días, la Iglesia no podría estar lejos de las familias.  Porque la Iglesia no es el papa o los curas o quién sabe quién, la Iglesia la hace cada una de las familias, en la vida diaria con sus retos y esperanzas cotidianos, siendo Ella misma una gran familia de familias.  
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...