miércoles, 19 de agosto de 2015

¿QUÉ ES LA IGLESIA?

¿Qué es la Iglesia?
Hoy en día hay muchas iglesias y denominaciones que dicen ser los verdaderos seguidores de Cristo 


Por: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net 



Hoy en día hay muchas iglesias y denominaciones que dicen ser los verdaderos seguidores de Cristo. Sin embargo, en los inicios del cristianismo no era así. Había una sola Iglesia y todos los cristianos permanecían unidos bajo las enseñanzas de los apóstoles.

Hoy hablaremos de cuál es esta Iglesia, y para qué funda Cristo una Iglesia.

Hay personas que encuentran, muchas veces, a la Iglesia como un obstáculo, incluso reconocen que prefieren ir a la Iglesia sólo cuando lo sienten. Otros, sostienen que en la Iglesia católica hay muchas normas y prefieren dejarla. Y hay quienes alegan que ellos prefieren confesarse directo con Dios, o que tratan de acomodar los Mandamientos de la Iglesia según su conveniencia.


¿Por qué Cristo fundó una Iglesia?

Hay muchos cristianos que encuentran a la Iglesia como un obstáculo por las normas, las reglas y la estructura; creen que los asfixia y sugieren entonces vivir algo espontáneo, sin lineamientos. Pero, si lo pensamos bien, no podemos vivir un auténtico cristianismo sin la Iglesia fundada por Cristo.

Sin la Iglesia, el cristianismo se hace inofensivo. La Iglesia traduce el cristianismo en un cristianismo real. Sin la Iglesia, el Evangelio sería como cualquier libro o como una plastilina en donde cada quien modelaría su propio cristianismo, el que quisiera, como más le convenga o le guste, haciendo a un lado aquello que le desagrada y exige.

Hay personas que pueden decir que son católicas, pero que nunca van a Misa, que no se acercan a la Iglesia y sus sacramentos, o que están lejos del Papa y los sacerdotes, representantes de Cristo, y no se dan cuenta que justamente la Iglesia es al Católico como la tortilla a un taco (valga la comparación sencilla): sin la tortilla no hay taco, pues sin la Iglesia no hay cristianismo.

Es la Iglesia la que traduce al cristianismo en un compromiso real y que pone lo rieles de nuestro tren para que sepa hacia donde ir; no puede ser un estorbo para un verdadero cristiano. Es un estorbo sólo para aquellos que quieren vivir el cristianismo como les viene en gana, y que deciden hacerla a un lado y fundar su "iglesia propia".

Por ejemplo, el joven que se escapa de la escuela, que dice sentirse muy feliz y contento por que no hay quien le exija, aún cuando sabe que su deber es estar estudiando; sólo se engaña a él mismo. Pues en nuestra religión, es la Iglesia la que nos pone las normas, la que hace que el cristianismo sea compromiso, la que nos motiva e impulsa a seguir, la que responde nuestras dudas, la que nos señala por donde ir, que nos da un espíritu de lucha, de superación, de esfuerzo, de exigencia, reto y autoconquista para transformarnos en otro Cristo.

Es gracias a la Iglesia que sabemos que lo importante no era tener el cabello largo, usar sandalias, y traer túnica para ser católico. Sin la Iglesia, el cristianismo no hubiera pasado de ser el club de amigos de Jesús de Nazaret. Fue la Iglesia la que propagó, perpetuó y creó ese movimiento de fe, amor práctico y compromiso de vida. Para eso Cristo creó su Iglesia para que perpetuar a lo largo del tiempo su mensaje.


¿Por qué, a veces, estorban las normas de la Iglesia? 

La única respuesta es por falta de amor. Por ejemplo, cuando tu amas a una persona estás dispuesto a hacer todo lo que ella te pide: hasta te sacas diez en el examen, o hasta te cae bien tu suegra. Dejas todo por corresponder a ese amor que te tienen, cumples con tus responsabilidades y hasta dejas el partido de fútbol por estar con esa persona.

Cuando se ama, aún el gesto más sencillo, un pequeño detalle lo sabemos apreciar. Si decimos ser cristianos y amar a Cristo, ¿por qué entonces no sabemos apreciar lo que Cristo hizo por nosotros al dejarnos concretamente, y sin fallas, todo lo que quiere que hagamos y como hacerlo?

Hay veces en que apreciamos más un detalle que nos brinda un desconocido, que el gran regalo que nos tiene Cristo; y hasta lo dejamos a un lado con el moño puesto.

Cuando hay amor no dejas a Cristo abandonado con los brazos abiertos por que te pidió que hicieras ciertas cosas: te das por completo aceptando las normas y condiciones. Como cuando una pareja se va a casar, la novia no puede pensar "me caso contigo y te entrego toda mi vida incondicionalmente, pero yo no plancho, ni lavo, ni hago de comer". Cuando amas lo das todo sin límites, y aceptas los requisitos sin límites.

Cristo fundó una Iglesia y estableció una jerarquía a ser respetada (El Papa, los Obispos); puso unas leyes y normas para que no estuviéramos cada año, cada tiempo y cada moda re-inventando la Iglesia, sino para que vivamos en la Iglesia como Él quiso, por amor a ella y así, formemos con ella un sólo cuerpo en Cristo.


¿Qué significa Iglesia?

Iglesia quiere decir "comunidad convocada". En este caso, convocada por Cristo.

Cristo dio ciertas características a la Iglesia para que la distinguiéramos como la verdadera. Entre estas características está la unidad.

En primer lugar, unidad de fe, que se muestra por el Credo que rezamos todos los Domingos, que es el mismo que rezaban los apóstoles y describe en pocas palabras en qué creemos como católicos.

En segundo lugar, unidad de comunión, pues formamos una sola Iglesia en todo el mundo, en donde nuestro jefe, nuestro rey es Cristo, y su vicario, la cabeza visible de la Iglesia es el Papa. Es la misma en todas partes del mundo, ya sea en Cuba, en México, o en España. Igual que en los primeros tiempos, en donde existía la misma Iglesia en Filipo o en Corintio. Unidad de comunión, también porque comemos del mismo pan y formamos un mismo cuerpo (Hechos 2:42).

Es necesario que colaboremos en esta unidad, que estemos unidos entre nosotros, unidos entre los grupos sin que haya divisiones, y después, estos grupos unidos al sacerdote; y él, a su vez, al obispo y al Papa. Y así, dar testimonio verdadero de que somos la Iglesia de Cristo y que en nosotros se cumple ese deseo de Cristo, la unidad. Esta es una característica que nos distingue a los católicos.

La Iglesia es llamada, también, Cuerpo Místico de Cristo, en donde Jesús es la cabeza y nosotros todo el cuerpo. Y está viva como el cuerpo de cualquiera de nosotros lo está; y siente dolor cuando una parte se enferma; y alegría cuando una parte se mejora. Cada uno de nosotros forma la Iglesia de Cristo, y es en nosotros, en los jóvenes, donde la Iglesia se mira a sí misma. "Vosotros jóvenes sois la esperanza de la Iglesia", afirmó hacia el comienzo de su pontificado, el papa Juan Pablo II.

Gracias a muchas personas, hoy tenemos nuestra fe. Desde los primeros tiempos hasta el día de hoy, desde los apóstoles, mártires, y tantos santos que, al dar su vida, nos mostraron el valor de nuestra fe. Ahora, el Santo Padre nos dice que nosotros, que cada uno de nosotros somos la esperanza de la Iglesia, porque ahora nos corresponde tomar la estafeta de nuestra fe y transmitirla, para continuar a través de nuestro testimonio esa gran labor que Cristo ha dejado: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio".

Hace poco, me dijo una amiga, que desde que se cambió de la Iglesia Católica a otra distinta, vive mejor y hace más cosas buenas, y hasta ha logrado deshacerse de vicios. Podemos con esto concluir que en muchas otras "iglesias" (recuerda que es el cuerpo místico de Cristo, y ni modo que tuviera varios cuerpos) algo bueno debe haber, y si aunque sea eso bueno se vive, se pueden lograr buenas cosas; pero es necesario hacer notar que si ella hubiera vivido todo lo bueno que tiene nuestra Iglesia, simplemente llegaría a niveles como el de la Madre Teresa de Calcuta: a la santidad.

Si nosotros la viviéramos, la conociéramos y la amáramos, nos daríamos cuenta de todas sus características y podríamos sacarle más fruto que cualquiera de las otras. Es importante que usemos los medios que nos ofrece la Iglesia Católica, como ir a Misa, confesarse, leer la Biblia, participar en grupos parroquiales, conocer la palabra y escritos del Santo Padre. Es importante conocer, amar y vivir lo que en ella se enseña.


Notas de la Biblia

1. San Juan 17, 20, nos habla de cómo Cristo es quien convoca la Iglesia, nos invita a que seamos una sola Iglesia.

2. Carta a los Efesios 4,4, nos describe la Iglesia que predicaba San Pablo, una sola.


En resumen:

- Cristo fundó la Iglesia, la única y auténtica depositaria de lo que Dios quiere de nosotros, y puso a Pedro y a sus sucesores, los Papas, para reconocerla como la verdadera y para guiarla.

- Un católico que no vive dentro de las líneas de la Iglesia, es como un tren que decide no seguir las vías... ¿has oído de las consecuencias de un descarrilamiento?

- Hay personas que hacen su propia iglesia porque no quieren seguir reglas ni obedecer; por comodidad.

- Un verdadero miembro de la Iglesia vive diariamente el mandato de Jesús: "Id por todo el mundo, y predicad el Evangelio..."

- Si viviéramos en profundidad todo lo que la Iglesia Católica nos recomienda, llegaríamos al máximo nivel y plenitud que un hombre y una mujer pueden llegar: la santidad.

LA FINALIDAD Y SENTIDO DE LA LITURGIA


Finalidad y sentido de la liturgia
La Liturgia

Toda la vida litúrgica gira en torno a los sacramentos, y se orienta a traernos de Dios la salvación, la redención, la santificación, aquí y ahora, para toda la Iglesia. 


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net 



¿Para qué sirve la liturgia y cuál es su sentido profundo?

Toda la vida litúrgica gira en torno a los sacramentos, y se orienta, por una parte, a traernos de Dios la salvación, la redención, la santificación, aquí y ahora, para nosotros y para toda la Iglesia; y por otra parte, a rendir culto a Dios, glorificando al Padre por la creación, agradeciendo a Cristo por su redención, y abriéndonos al Espíritu Santo para la santificación de nuestra alma y la efusión de sus dones a toda la Iglesia.

En la carta apostólica del Papa Juan Pablo II con motivo del cuadragésimo aniversario de la constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia nos resume así la finalidad de la liturgia: “Los padres conciliares sitúan la liturgia en el horizonte de la historia de la salvación, cuyo fin es la redención humana y la perfecta glorificación de Dios. La redención tiene su preludio en las maravillas que hizo Dios en el Antiguo Testamento, y fue realizada en plenitud por Cristo nuestro Señor, especialmente por medio del misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión. Con todo, no sólo es necesario anunciar esa redención, sino también actuarla , y es lo que lleva a cabo mediante el sacrificio y los sacramentos, en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica” (n. 2).



La liturgia nos permite recibir la salvación de Cristo “aquí y ahora” en cada sacramento y que hoy actualicemos y vivamos lo mismo que ayer vivieron Cristo y la primera Iglesia.

  • En el bautismo vivimos como un nuevo diluvio, que ahoga toda la maldad de los pecados y destruye todo lo malo que hay en nuestra alma. En los niños e infantes, ahoga el pecado original, con el que todos nacemos. Y en los adultos que reciben dicho bautismo, además de quitar el pecado original, también quita los pecados personales cometidos desde que tuvimos uso de razón. En el bautismo Dios nos hace hijos suyos por adopción, nos configura con Cristo profeta, rey y sacerdote, nos hace templos del Espíritu Santo, y herederos del cielo. Por tanto, nos regenera, nos santifica, infunde en nuestra alma las virtudes teologales, las virtudes morales y los dones del Espíritu Santo.
     
  • En la confirmación, el Espíritu Santo ordena nuestro caos, quema y sopla sobre nosotros, nos embriaga y nos saca de nuestras cobardías, como sucedió en el primer Pentecostés y nos da la fuerza para testimoniar a Cristo, incluso con nuestra sangre. En la confirmación, Dios “nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre, nos une más firmemente a Cristo, aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo, hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia, nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz” .
     
  • En la eucaristía, en la santa misa, celebramos la Nueva Pascua. Esa Pascua celebrada en cada Eucaristía es Sacrificio incruento, renovación del sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, es Banquete celestial donde nos ofrece Dios el Cuerpo sacratísimo de su Hijo para que tengamos vida eterna. La Eucaristía termina en misión, para que vayamos a dar testimonio de Cristo resucitado, y podamos partir, repartir y compartir el pan de nuestra caridad y de nuestra fe con nuestros hermanos; y al mismo tiempo estemos dispuestos a morir nosotros mismos sobre el altar de nuestra vida ordinaria, y así resucitar a una vida nueva en Cristo.
     
  • En la confesión, la sangre de Jesús lava nuestra alma y perdona nuestros pecados, como lo hizo en ese primer Viernes Santo. Y salimos resucitados, restaurados, renovados y santificados, gracias a ese abrazo y perdón de Dios.
     
  • En la unción de los enfermos, es el mismo Jesús quien se acerca a nosotros, que estamos enfermos, y nos impone las manos, nos unge con el bálsamo de su amor, nos da fuerza para resistir la enfermedad, mantener firme la fe y la esperanza en Dios.
     
  • En el sacramento del matrimonio, Cristo se hace presente y se vuelve a entregar a la Iglesia con un amor total, indiviso, fiel, a través de los esposos; y ese esposo y esposa son así el reflejo de ese amor de Cristo y su Iglesia.
     
  • En el sacramento del orden sagrado, Dios elige, consagra a unos hombres de carne y hueso, y los hace sus continuadores, sus “otros Cristos “ que irán por el mundo curando, perdonando, alimentando, animando, predicando, iluminando como lo hizo Cristo. A ese hombre, en el orden sacerdotal, Dios lo configura con Cristo, en cuanto pastor y cabeza de su cuerpo. Cristo sigue actuando hoy a través de cada sacerdote.
     
  • En la Liturgia de las Horas, no somos nosotros quienes rezamos solos, porque nos gusta o porque nos enfervoriza, sino que es toda la Iglesia quien eleva este cántico de alabanza a Dios, por medio de Cristo; cántico que resuena en las moradas celestiales en el momento en que rezamos la Liturgia de las Horas. Es la voz de la Esposa-Iglesia a su Esposo Jesús.


    Por tanto, es en la liturgia y por la liturgia donde vemos, tocamos, oímos, gustamos en la fe y desde la fe la presencia de Cristo, sus misterios; donde Cristo se acerca a nosotros; y experimentamos su amor, su perdón, su cariño, su enseñanza, su alivio; y donde nos acercamos a Él también, ofreciéndole nuestra vida con sus luces y sombras, nuestro amor y penas; alegrías y proyectos, y sobre todo nuestra alabanza y adoración.

    ¡Qué sublime, pues, es la liturgia! Por eso, debemos vivirla con mucho fervor y conciencia.

  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Antonio Rivero.

LA VERDAD, UN TEMA SIEMPRE DE MODA


La verdad, un tema siempre de moda
La verdad afecta al ser humano en lo más profundo de sus intereses, deseos, proyectos, amores, miedos, esperanzas... 


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 



Existe el peligro de considerar la verdad desde un punto de vista reductivo, formal, como quien diseca una planta o analiza al microscopio pedazos de una piedra.

¿En qué consiste ese peligro? En focalizar la atención en un simple análisis lingüístico. La verdad sería, en esa perspectiva, una propiedad de una frase en la que se unen un sujeto y un predicado de modo correcto, comprensible y aceptado por quien formula frase y por quien la escucha (o la lee).

Esa definición tiene elementos válidos y de gran importancia. Decir “los elefantes vuelan” suscita reacciones de sorpresa ante lo difícil que resulta juntar un sujeto muy pesado (elefantes) y un verbo que no se aplica normalmente a animales de grandes dimensiones. A la vez, decir que “las piedras suelen ir hacia abajo gracias a la fuerza de gravedad” no crea grandes problemas en los oyentes.

Existen, desde luego, contextualizaciones que modifican el sentido de las frases: las piedras van hacia abajo sólo si están en un planeta de ciertas dimensiones, o si no tienen una energía cinética que las haga moverse en forma circular o de otra manera.

Pero la definición no llega a otras dimensiones importantes, porque el hombre no busca simplemente frases verdaderas, sino que se interesa por encontrar respuestas correctas a aquellas preguntas que le afectan íntimamente, a temas que son siempre de moda.

¿Es verdad que tal persona es un buen amigo? ¿Resulta oportuno ahora comprar esta casa? ¿Pido un préstamo o espero más tiempo para ahorrar? ¿Hará sol en la tarde o será mejor coger el paraguas?

Esas y otras miles y miles de preguntas, sobre ámbitos distintos, en tiempos verbales diferentes, surgen en los corazones desde un deseo insuprimible: queremos conocer, en la medida de lo posible, la situación en la que nos encontramos, las cualidades (y defectos) propios y de quienes nos rodean, las oportunidades y los riesgos de las distintas opciones que tenemos ante nosotros.

En otras palabras, deseamos respuestas a preguntas que nos permitan salir de la situación de duda, que nos aparten del riesgo del error y nos acerquen, en la medida de lo posible, a lo más “verdadero”.

De esta manera, la verdad no es simplemente un asunto lógico, sino algo que afecta al ser humano en lo más profundo de sus intereses, deseos, proyectos, amores, miedos, esperanzas.

Para avanzar hacia la respuesta a esas preguntas, los caminos son muchos, diferentes en características y límites. Consultar en Internet puede dar pistas de respuesta, pero también puede llevarnos a un engaño desagradable. Lo mismo podemos decir respecto de la lectura de un libro, de las respuestas que ofrece un amigo o conocido, de lo que encontramos en un interesante, pero no siempre bien planteado, programa televisivo.

Otras veces tenemos el tiempo y los medios para usar potentes aparatos que sirven para medir y calibrar los objetos que tenemos ante nosotros. Así, podemos medir el nivel de calcio en el agua, o la cantidad de sal de la comida, o la resistencia (y seguridad) del suelo que pisan nuestros zapatos. Pero la mayoría no tenemos ni instrumentos ni tiempo para controlar la consistencia y “bondad” de aquello que podemos usar (o dejar de usar) en los próximos minutos.

Hay temas en los que la respuesta puede ser buscada sin grandes aparatos, con la ayuda de nuestros sentidos (vista, tacto, olfato) o con nuestras reflexiones. Ver si las cuentas del banco son correctas o han sido falseadas (por culpa o sin culpa) es una tarea que muchos pueden llevar a cabo con un poco de matemáticas. Dilucidar si vale la pena decir una mentira que nos ofrecerá importantes beneficios o si es mejor conservar la propia honestidad y no engañar a un familiar o un amigo, es algo que podemos sopesar en una habitación a oscuras, sin libros, sin computadores, sin ruidos, con esa mente con la que somos capaces de distinguir entre lo bueno y lo malo.

La verdad es un tema siempre nuevo, vivo, actual, de moda. Cada día se presentan cientos de ocasiones que nos llevan a buscarla intensamente.

Una de las dichas mayores en la existencia humana es la que nos produce reconocer que la hemos encontrado, solos o bien acompañados, en el camino que recorremos en pos de bienes auténticos. De este modo, podremos mejorar un poco nuestra existencia en este tiempo efímero, y prepararnos hacia el mundo eterno que nos espera más allá de la frontera de la muerte.

 

TODOS RECIBIERON UN DENARIO CADA UNO


Todos recibieron un denario cada uno
Parábolas



Mateo 20, 1-16. Tiempo Ordinario. Cristo necesita tus manos, tu inteligencia, tu servicio, para hacer algo por los demás. 


Por: P. Clementre González | Fuente: Catholic.net 



Te adelantamos las Reflexiones del Evangelio de la 20a. Semana del Tiempo Ordinario,  del domingo 16 al sábado 22 de agosto 2015.
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Del santo Evangelio según san Mateo 20, 1-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Oración introductoria
Señor Jesús, Tú sabes que es lo que más me conviene. Cuenta conmigo, llámame, a la hora que quieras, para trabajar en tu viña. Tú eres fiel a tu Palabra y estás más interesado que yo en mi bien espiritual, por eso confío plenamente en Ti. Quiero escuchar tu voz. Habla, Señor, estoy a la escucha.

Petición
Señor, quiero trabajar por Ti, quiero desgastarme por Ti, quiero poner todo lo que soy a tu servicio. Ilumíname para saber cómo y dónde servirte.

Meditación del Papa Francisco
Había mucha necesidad en la viña y este señor pasó casi todo el tiempo yendo por las calles y las plazas del pueblo buscando trabajadores. Al respecto, ha invitado a pensar en los que buscó a última hora, nadie les había llamado, quién sabe cómo podían sentirse, porque al final del día no habrían llevado a casa nada para dar de comer a los hijos. Por esta razón, el Santo Padre ha dicho que esta parábola es un buen ejemplo para los responsables de la pastoral.
Otro aspecto profundizado por el Santo Padre ha sido a través de una advertencia: "no acudamos a la voz de las sirenas que llaman a hacer de la pastoral una serie convulsa de iniciativas, sin conseguir recoger lo esencial del compromiso de la evangelización.
Francisco ha señalado que a veces parece que estamos más preocupados por multiplicar las actividades más que por ser atentos con las personas a su encuentro con Dios. "Una pastoral que no tiene esta atención -ha indicado- se hace estéril poco a poco". Asimismo ha querido recordar que una pastoral sin oración y contemplación no podrá nunca alcanzar el corazón de las personas. (Discurso de S.S. Francisco, 19 de septiembre de 2014).
Reflexión
¿Quién dice que ya no hay trabajo? Jesucristo, en esta parábola, viene a ofrecernos uno: el trabajo por su viña, por su Iglesia. ¿Y con qué moneda nos pagará? Con la vida eterna.

Es necesario ver cuánta necesidad hay en el mundo. No sólo en las misiones; también en nuestra ciudad, en nuestra parroquia, quizás también en nuestra propia familia. Porque a unos les falta el pan y a otros el alimento espiritual, que es la palabra de Dios. ¡Qué importa la edad o los medios que tengamos! Cada uno tiene una vocación muy concreta que Dios le ha regalado, una misión insustituible. ¿Cuál es la mía? Mi primera misión es la de ser cristiano, por algo estoy bautizado. Y un cristiano lo es en la medida que da testimonio con su vida.

¿Hay otras maneras de trabajar en la viña del Señor? Desde luego: la oración, el consejo acertado, la ayuda económica, etc. Hay que echarle un poco de imaginación, y seguro que encontraremos un apostolado que nos venga a la medida. Y si no, pregúntale a tu párroco.

Cristo te necesita. Necesita tus manos, tu inteligencia, tu servicio para hacer algo por los demás. Decídete a ser un apóstol y prepárate para el premio de la vida eterna.

Propósito
Renunciar a los sentimientos de descontento y saber agradecer diariamente a Dios, los talentos que me ha dado.

Diálogo con Cristo 
Señor, que diferente es tu justicia a la del mundo. Mezquinamente busco la recompensa de lo que hago por el bien de los demás, olvidando que eso que creo que es extraordinario, es simplemente mi obligación. Tú eres infinitamente misericordioso y me colmas con la gratuidad de tus dones. Dame lo único que necesito, la gracia de salir de esta oración decidido a darlo todo por tu causa; a vencer el miedo, la rutina y los cálculos egoístas.
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