domingo, 13 de septiembre de 2015

LO QUE TU HIJO ADOLESCENTE DESEA OÍR DE TI

Lo que tu hijo adolescente desea oír de ti
A pesar de su aparente desapego, tu hijo adolescente espera mucho de tí, y necesita que le transmitas una serie de mensajes 


Por: Teresa Artola González | Fuente: edufam.com 



¿De qué hablas con tu hijo adolescente? 

Es posible que la mayor parte de las conversaciones se reduzcan a retarlo y criticarlo por su aspecto descuidado, por la hora de llegar a la casa, por las notas, por estar todo el día colgado del teléfono....

Cierto es que tenemos el deber de corregir pero, si nos descuidamos, nuestra relación puede reducirse a reproches y críticas.

A pesar de su aparente desapego, de su afán por ser independiente, tu hijo adolescente espera aún mucho de ti y necesita que le transmitas una serie de mensajes.

Un adolescente necesita oír de sus padres que están orgullosos de él, y no sólo cuando saca buenas notas o cuando gana el partido de fútbol, sino también cuando:

1. Se esfuerza por conseguir un objetivo, aunque no lo logre.

2. Toma sus propias decisiones.

3. Lo intenta de nuevo a pesar de haber fallado.

4. Lucha por superarse.

Debes hacer ver a tu hijo que estás orgulloso de él o de ella, a pesar de todo, porque es tu hijo.

Que le aceptas y apruebas como persona, aunque en ocasiones no apruebes su comportamiento.

Muchos adolescentes de hoy en día no tienen la suerte de escuchar con frecuencia este mensaje.

El segundo mensaje tiene que ver con la disponibilidad.

Tu hijo necesita saber que estás ahí, disponible para cuando le haga falta, que siempre puede contar contigo. Aunque aparente que no te necesita, en los momentos difíciles necesita saber que cuenta contigo. Si no consigues transmitirle este mensaje buscará consejo y ayuda en otros lugares.

Debes estar disponible para cuando te necesite, lo que no es lo mismo que atosigarle con preguntas. La intimidad no se impone, se gana.

Otro mensaje que debe captar tu hijo es tu interés por comprenderle.

Es frecuente que los adolescentes acusen a sus padres de no entenderles, de vivir en otra galaxia, de no enterarse de nada.

A veces simplemente nuestro hijo está intentando manipularnos: confunde el comprender con el estar de acuerdo.

Debes procurar tomarte el tiempo necesario para intentar descubrir los motivos que hay detrás de las afirmaciones de tu hijo, y escucharle poniéndote «en su pellejo» antes de formarte una opinión.

Al menos tu hijo debe darse cuenta de que intentas comprenderle, respetando su personalidad, su peculiar forma de ser.

Procurando estar al día: películas, canciones, famosos, deportes...

Sabiendo ser flexibles en lo que no es sustancial: horarios, vestido, orden...

Dando importancia a cada hijo individualmente: exámenes, salidas, amigos, diversiones...

Descubriendo al hijo callado, triste enfadado...

Sabiendo perdonar, dando una segunda oportunidad.

Sabiendo pedir perdón cuando sea necesario: no se pierde autoridad y se gana prestigio.

Para ello es fundamental que hagas ver a tu hijo que confías en él, de esta forma le animarás a querer estar a la altura de esa confianza.

No obstante, esta confianza no implica que le permitamos hacer cosas para las que aún no está preparado o que le permitamos enfrentarse a situaciones en las que el grado de riesgo es más elevado que su nivel de madurez.

Debemos hacerle ver que esa confianza se irá desarrollando gradualmente a medida que él vaya adquiriendo más experiencia y nos vaya demostrando que es capaz de actuar de forma responsable.

El último mensaje, y también el más importante, que los hijos desean oír de sus padres es que lo quieren. Cuando un adolescente no está seguro del cariño de sus padres, los demás mensajes no significan nada.

Necesita que le digas que le quieres y que se lo demuestres

Tomado del libro "Cómo resolver situaciones cotidianas de tus hijos adolescentes", editorial Palabra, Madrid, 2.000.eo

LA MEDITACIÓN, PASO A PASO



La meditación, paso a paso 
La Oración


¿Necesita ayuda para hacer su meditación diaria? Le ofrecemos aquí una guía para que pueda realizarla. 


Por: Extracto adaptado del libro LA MEJOR PARTE, del P. John Bartunek, L.C. | Fuente: La-oracion.com 



1. Concéntrate       (Oración inicial y petición)
2. Reflexiona          (Evangelio del día)
3. Conversa           (Diálogo con Cristo)
4. Comprométete    (Propósito)

Paso 1. Concéntrate
• Aparta tu atención de las cosas externas y de tus preocupaciones, ponte en la presencia de Dios. Haz un acto preparatorio de fe, esperanza y amor.
• Recuerda que Dios está verdaderamente presente escuchándote, que tiene algo que decirte. Tú necesitas escucharlo.
• Pide a Dios la gracia que necesitas (petición).
• Elige el mejor tiempo y lugar adecuado para tu meditación.
• Prepara desde la noche anterior lo que vas a meditar.
Señor, sé que estás aquí y que nunca me dejas. Tú eres fiel. Gracias Señor por estar aquí. Gracias por todos los dones que me has dado: la vida, mi fe católica, mi vocación. Oh, Señor, tú eres rey eterno y me has hecho ciudadano de tu Reino. Sólo ahí seré feliz. Y eso es lo que deseo, ser feliz. Para eso me has creado y por eso mi espíritu me impulsa hacia Ti. Sé que nunca dejas de llamarme para que esté  más cerca de Ti. Guía mis pensamientos esta mañana, llena mi corazón de amor por Ti, fortalece mi fe. Te ofrezco esta pequeña oración para glorificarte y para que tu Reino se extienda. Te pido que me ayudes a aumentar la virtud de la paciencia en mi corazón, mientras paso este tiempo meditando en tu palabra. Enséñame a ser manso y humilde de corazón como Tú eres.-

Paso 2. Reflexiona
• Selecciona la Palabra de Dios, que se encuentra en la Biblia, escritos de santos, documentos de la Iglesia o escritos espirituales, etc., de acuerdo con tu programa de vida espiritual.
• Lee despacio y reflexivamente el texto que vas a meditar. Léelo nuevamente buscando descubrir lo que Dios quiere de ti en el aquí y el ahora de tu vida. Ejercita toda tu mente: memoria, imaginación e inteligencia; deja que tus emociones participen.
• No se trata de aprender nuevas verdades, sino que las comprendas con más claridad, con mayor profundidad, saboréandolas, contemplándolas.
• Dios sabe qué gracias necesitas más. Busca cuáles son en este rato de meditación.
• Escucha con atención lo que el Espíritu Santo te inspira.
• Reflexiona en una o dos luces que te han llamado más la atención. Si has encontrado muchas, no te apresures, mantén la calma y reflexiona un punto a fondo, hasta que tu corazón esté satisfecho. Sólo entonces pasa al siguiente aspecto.
Me pongo a buscar el libro de meditaciones que he estado usando y me doy cuenta de que lo olvidé en casa una vez más. Afortunadamente hay un misal en la banca de enfrente. Lo tomo y leo el pasaje del Evangelio del domingo anterior. Habla sobre no poner vino nuevo en odres viejos, y no poner un parche nuevo en un paño viejo. Lo leo una vez más y nada me llama la atención. Lo leo una vez más lentamente, pero sólo escucho la respiración de la persona que está sentada atrás de mí. ¡Señor, enséñame qué me quieres decir hoy! - Miro una vez más la custodia en donde estás silenciosamente presente pero ninguna idea aparece. Traigo a mi mente mi salmo favorito (131) y lo recito en silencio dentro de mi corazón.
- «No está inflado, Yahveh, mi corazón, ni mis ojos subidos. No he tomado un camino de grandezas ni de prodigios que me vienen anchos. No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! Espera, Israel, en
 
   
   
Yahveh desde ahora y por siempre!»” -
Como siempre, encuentro mucho material para considerar en estas simples palabras. Tener confianza en Dios y entregarle el control de mi vida. Yo siempre me estoy preocupando por tener el control de todo, especialmente de mi futuro; pero es Dios quien realmente tiene el control. Él me ha creado, tiene un plan para mí y quiere que confíe en Él. Vino al mundo para ganarse mi confianza. Él está ahora aquí presente en la Eucaristía para reafirmar su amor y su omnipotencia. Debo confiar en Él. Necesito dejar que la quietud y el silencio penetren mi corazón.

Paso 3. Conversa
• La oración nunca es pasiva ni exhaustiva. Tú recibes la verdad y la gracia de la revelación de Dios y das tu propia respuesta, conversas con Dios de corazón a corazón, y esto, es el alma de la meditación.
• Tus respuestas pueden ser palabras de amor, gratitud, alabanza, arrepentimiento o petición. En ocasiones serán un torrente de palabras y en otras sólo repetirás frases cortas o incluso una palabra.
• Este paso consiste principalmente abrir tu corazón para que la palabra de Dios penetre ahí, regenere e inflame con su luz los recovecos más profundos y secretos de tu vida.
Mi amado Señor, Tú eres el centro del universo y tienes el control de todas las cosas. Sé que tienes un plan para mi vida y que, cualquiera que éste sea, será lo mejor para mí, para mi familia, para la Iglesia. Tú me has creado para algo y deseas que lo haga. Quiero conocer tu plan sobre mí y seguirlo. Oh, Señor, soy tan débil. Me preocupo tanto cuando no puedo tener todo bajo control. ¿Por qué no me dices cuál es tu plan en vez de que trate de adivinarlo, me preocupe y luche para descubrir lo que quieres de mí? (Pausa para escuchar).
Tus caminos son misteriosos, pero Tú eres Dios, yo no. Mi parte consiste sólo en hacer todo lo mejor posible y en confiar en Ti para todo lo demás. Hoy, por lo menos, sé qué quieres que haga. Tengo mis obligaciones, y a pesar de que Tú sabes que preferiría eludirlos e irme a descansar, no lo haré. Trataré de hacerlos lo mejor que pueda porque eso es lo que Tú quieres, Señor, y Tú siempre quieres lo que es mejor para mí. (Silencio para poder escuchar).

Paso 4. Comprométete
• Hacia el final de la meditación hay que concluir y renovar tu compromiso con la misión que Dios te ha dado. Este paso es el puente entre la oración y la acción.
• Si puedes enlaza este compromiso con las tareas específicas de tu día. Algunas veces el Espíritu Santo te impulsará a un acto concreto de caridad (visitar a un enfermo) o de autocontrol (pedir disculpas).
• Termina tu meditación renovando tu compromiso con Cristo y, si te ayuda, dedica un tiempo a escribir las luces que Dios te inspiró durante la
 
   
   
 
meditación y agradéceselas.
• Brevemente revisa cómo te fue en la meditación, qué te ayudó o qué obstáculos encontraste.
• Termina con una oración vocal breve como el padrenuestro, el avemaría, o cualquiera otra de tus oraciones favoritas.
Miro una vez más la Hostia en la custodia. - ¿Qué puedo hacer hoy para mostrarte mi amor, Señor? No se me ocurre nada. En mi programa de vida estoy trabajando en la virtud de la paciencia. Siempre la pierdo cuando hablo con… acerca de la Iglesia. No podemos ponernos de acuerdo. Hoy comeremos juntos. No lo voy a contradecir y trataré de desviar la conversación lejos de estos puntos en que discutimos. Señor, te prometo que no discutiré hoy. Quiero que mi sinceridad y gentileza reflejen las tuyas. Ayúdame a ser más como Tú. Padre Nuestro…

Extracto adaptado del libro LA MEJOR PARTE, del P. John Bartunek, L.C.

QUIEN PIERDA SU VIDA POR MÍ Y POR EL EVANGELIO, LA SALVARÁ

Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Tiempo Ordinario
Marcos 8, 27-35. Domingo 24o.Tiempo Ordinario B. Sólo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios.


Por: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net 



Te adelantamos las Reflexiones del Evangelio de la 24a. Semana del Tiempo Ordinario,  del domingo 13 al sábado 19 de septiembre 2015.
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Del santo Evangelio según san Marcos 8, 27-35
Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas.» Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.» Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Oración introductoria
Señor, quiero ir contigo y «perder» mi vida por amor a Ti. No me atrae la cruz, pero creo que Tú eres mi Dios, mi Salvador, mi Amigo y fiel compañero, que ha estado y estará conmigo en todos los momentos de mi vida. Por eso, con mucha fe, esperanza y amor quiero tener este momento de oración.

Petición
Espíritu Santo, transforma mi debilidad en santidad, para poder seguir tu camino.

Meditación del Papa Francisco
Llegamos hoy al punto crucial en el que Jesús, después de haber verificado que Pedro y los otros once habían creído en Él como Mesías e Hijo de Dios "empezó a explicarles que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho..., y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día". Es un momento crítico en el que emerge el contraste entre la forma de pensar de Jesús y la de los discípulos. Pedro, de hecho, se siente en el deber de regañar al Maestro, porque no puede atribuir al Mesías un final así de innoble. Entonces Jesús, a su vez, regaña duramente a Pedro, le marcó la línea, porque no piensa "según Dios, sino según los hombres" y sin darse cuenta hace la parte de Satanás, el tentador.
Sobre este punto insiste también el apóstol Pablo, el cual, escribiendo a los cristianos de Roma, les dice: "No os ajustéis a este mundo, no ir con los esquemas de este mundo, sino transformaros por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es voluntad de Dios". (S.S. Francisco,   ángelus 31 de agosto de 2014).
Reflexión
Cuenta una leyenda que, en una ocasión, una mujer budista acudió al templo con su hijo muerto. Su niño era una criaturita de seis años. Lo llevaba en brazos y, con lágrimas en los ojos, le gritaba a la imagen de Buda pidiendo que lo curase. Y el Buda le dijo que se lo podría traer de nuevo a la vida si ella le llevaba unas semillas de mostaza. Pero con una condición: debían ser semillas recogidas en la casa de alguna persona que no estuviera sufriendo ningún dolor desde el año anterior. La mujer dio un salto de júbilo y salió corriendo a buscar lo que se le pedía. Fue de casa en casa hasta que recorrió casi toda la Tailandia. Al poco tiempo volvió a Buda con las manos vacías. Pero esta vez ya no pidió la curación de su hijo. Había comprendido que no hay ningún hombre sin sufrimiento en esta tierra.

¿A cuántas personas conoces tú, amigo lector, que no sufran algo en la vida? A veces nos puede dar la impresión de que fulanito o menganito no tienen problemas ni sufrimientos... ¡Parece que todo les sonríe y les salen las cosas como ellos las habían planeado!: tienen dinero, gozan de comodidades, buena fama, de una posición económica y social afortunada, amistades, etc., etc., etc.. Diríamos que son personas con bastante "suerte" o que el "destino" les ha favorecido. Pero, en el fondo, yo creo que esos juicios son demasiado ligeros y no tienen ningún fundamento de verdad. Además de que, al hablar así, están demostrando una fe no muy grande en la Divina Providencia. También aquí se cumple el refrán de que "el jardín del vecino siempre parece más verde"...

Yo diría, más bien, que mucha gente "aparenta" ser feliz, como la historia de Garrik de la semana pasada. ¿La recuerdas? ¡Son máscaras de felicidad! Y no digo yo que no existan personas verdaderamente felices. Por supuesto que las hay. ¡Y muchas, gracias a Dios! Pero lo que quiero subrayar ahora es que todos, absolutamente todos en esta tierra, tenemos que sufrir. Y de hecho, sufrimos. ¿Quién no ha tenido, en efecto, una enfermedad, un dolor, un accidente? ¿o una pena personal muy honda por motivos económicos, familiares o espirituales? ¿Y quién no ha sufrido alguna vez el dolor por un problema de un hijo, una enfermedad del esposo, de la esposa o de los propios padres; o la muerte de un ser querido? Y, además, ¡cuántos sufrimientos morales invaden, a veces de improviso, la casa de nuestra alma: pesares, tristezas, depresiones, fracasos, angustias, tribulaciones por tantísimos motivos! La listas de posibilidades es casi infinita....

Y lo curioso es que, cuando nos sobreviene cualquier dolor, casi nunca estamos preparados. Siempre nos coge de sorpresa, a pesar de que el sufrimiento es algo tan común en todos los mortales. Es más, diría yo sin temor a equivocarme que el dolor es un elemento esencial en la vida de todo ser humano; y con mayor razón de todo cristiano. De todo ser humano porque nadie vive, de hecho, sin él; y de todo cristiano porque la cruz es el signo de su identidad. ¿Cuál es, si no, lo primero que una madre cristiana enseña a su niño pequeño? A hacer la señal de la cruz. Y es este signo, en efecto, lo primero que hacemos todos cuando iniciamos una oración y, tal vez, hasta llevamos una cruz colgada en nuestro pecho. Somos cristianos porque seguimos a Cristo y somos sus discípulos. Y sólo existe un Cristo: el Crucificado y el Resucitado por nuestra salvación.

El evangelio de hoy, con su mensaje eterno, nos confirma esta enseñanza. Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, nos cuenta san Marcos que Jesús comenzó a instruir a sus apóstoles: "El Hijo del hombre –les dijo– tiene que padecer mucho, ser condenado por los sumos sacerdotes y por los ancianos del pueblo, ser ejecutado y resucitar a los tres días". El sabía muy bien que ése era el camino de nuestra redención. Más aún, pudiendo haber escogido otros caminos diferentes para salvarnos, quiso escoger precisamente éste. ¿Por qué? Es un misterio. Pero, al menos, estamos seguros de que el camino de la cruz es el más conveniente para nuestra salvación porque fue el que eligió nuestro Redentor.

Cuando Pedro quiso apartar al Señor de esta senda –pues, al igual que nosotros, no entendía por qué su Maestro tenía que sufrir– se llevó la gran "reprimenda" de su vida: "¡Apártate de mi vista, Satanás! –le dijo el Señor a su apóstol predilecto– porque tú piensas como los hombres y no como Dios". Es decir, que sólo podemos entender el lenguaje de la cruz por medio de la fe, que nos coloca en el punto de vista de Dios.

Y, al final de este evangelio, nuestro Señor añade: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga". Enseñanza contundente, clarísima, ineludible. Si somos cristianos, hemos de seguir a Cristo abrazando con fe y con amor nuestra propia cruz. Entonces, ¿por qué nos extrañamos cuando ésta se presenta en nuestra vida? Hemos de pedirle a nuestro Señor, más bien, la generosidad, la fortaleza y el amor necesarios para ser cristianos de verdad, siguiéndolo por el mismo camino que va recorriendo El, delante de nosotros.

Propósito
Renovar mi pureza de intención en mis actividades de hoy, y hacer todo para cumplir la voluntad de Dios en mi vida.

Diálogo con Cristo 
Señor, quiero que seas todo para mí. Moldea mi corazón al tuyo para que pueda valorar y experimentar todos los acontecimientos desde tu perspectiva. Ayúdame a amarte sobre todas las cosas para estar listo para seguirte en los momentos de dificultad; cuando se necesite un sacrificio personal o renuncia, sosténme para poder seguir tu camino.

 
Preguntas o comentarios al autor   P. Sergio Cordova LC

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