domingo, 20 de septiembre de 2015

SI UNO QUIERE SER EL PRIMERO - MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 20 DE SEPTIEMBRE 2015


Si uno quiere ser el primero…


«Entonces se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”». ¿Es que Jesús condena, con estas palabras, el deseo de sobresalir, de hacer grandes cosas en la vida, de dar lo mejor de uno, y privilegia en cambio la dejadez, el espíritu abandonista, a los negligentes? Así lo pensaba el filósofo Nietzsche, quien se sintió en el deber de combatir ferozmente el cristianismo, reo, en su opinión, de haber introducido en el mundo el «cáncer» de la humildad y de la renuncia. En su obra ‘Así hablaba Zaratustra’ él opone a este valor evangélico el de la «voluntad de poder», encarnado por el superhombre, el hombre de la «gran salud», que quiere alzarse, no abajarse.

Puede ser que los cristianos a veces hayan interpretado mal el pensamiento de Jesús y hayan dado ocasión a este malentendido. Pero no es ciertamente esto lo que quiere decirnos el Evangelio. «Si uno quiere ser el primero...»: por lo tanto, es posible querer ser el primero, no está prohibido, no es pecado. No sólo Jesús no prohíbe, con estas palabras, el deseo de querer ser el primero, sino que lo alienta. Sólo que revela una vía nueva y diferente para realizarlo: no a costa de los demás, sino a favor de los demás. Añade, de hecho: «...sea el último de todos y el servidor de todos».

¿Pero cuáles son los frutos de una u otra forma de sobresalir? La voluntad de poder conduce a una situación en la que uno se impone y los demás sirven; uno es «feliz» (si puede haber felicidad en ello), los demás infelices; sólo uno sale vencedor, todos los demás derrotados; uno domina, los demás son dominados.

Sabemos con qué resultados se puso por obra el ideal del superhombre por Hitler. Pero no se trata sólo del nazismo; casi todos los males de la humanidad provienen de esta raíz. En la segunda lectura de este domingo Santiago se plantea la angustiosa y perenne pregunta: «¿De dónde proceden las guerras?». Jesús, en el Evangelio, nos da la respuesta: ¡del deseo de predominio! Predominio de un pueblo sobre otro, de una raza sobre otra, de un partido sobre los demás, de un sexo sobre el otro, de una religión sobre otra...

En el servicio, en cambio, todos se benefician de la grandeza de uno. Quien es grande en el servicio, es grande él y hace grandes a los demás; más que elevarse por encima de los demás, eleva a los demás consigo. Alessandro Manzoni concluye su evocación poética de las empresas de Napoleón con la pregunta: «¿Fue verdadera gloria? En la posteridad la ardua sentencia». Esta duda, acerca de si se trató de verdadera gloria, no se plantea para la Madre Teresa de Calcuta, Raoul Follereau y todos los que diariamente sirven a la causa de los pobres y de los heridos de las guerras, frecuentemente con riesgo para su propia vida.

Queda sólo una duda. ¿Qué pensar del antagonismo en el deporte y de la competencia en el comercio? ¿También estas cosas están condenadas por la palabra de Cristo? No; cuando están contenidas dentro de límites de corrección deportiva y comercial, estas cosas son buenas, sirven para aumentar el nivel de las prestaciones físicas y... para bajar los precios en el comercio. Indirectamente sirven al bien común. ¡La invitación de Jesús a ser el último no se aplica, ciertamente, a las carreras ciclistas o a las de Fórmula 1!

Pero precisamente el deporte sirve para aclarar el límite de esta grandeza respecto a la del servicio. «En las carreras del estadio todos corren, más uno solo recibe el premio», dice San Pablo (1 Co 9,24). Basta con recordar lo que ocurre al término de una final de 100 metros lisos: el vencedor exulta, es rodeado de fotógrafos y llevado triunfalmente en volandas; todos los demás se alejan tristes y humillados. «Todos corren, más uno solo recibe el premio».

San Pablo extrae, sin embargo, de las competiciones atléticas, también una enseñanza positiva: «Los atletas -dice- se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio [para recibir de Dios la] corona incorruptible [de la vida eterna]». Luz verde, por lo tanto, a la nueva carrera inventada por Cristo en la que el primero es quien se hace último de todos y siervo de todos.


P. Raniero Cantalamessa

LA GRANDEZA DE LOS PEQUEÑOS

La grandeza de los pequeños
Tiempo Ordinario
Marcos 9, 30-37.Domingo 25o.Tiempo Ordinario B. ¡Qué grande y que hermosa es la fe y la sencillez de los niños.


Por: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net 



Te adelantamos las Reflexiones del Evangelio de la 25a. Semana del Tiempo Ordinario,  del domingo 20 al sábado 26 de septiembre 2015.
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Del santo Evangelio según san Marcos 9, 30-37
Y saliendo de allí, iban caminando por Galilea; él no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará.» Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado.» 

Oración introductoria
Señor, vengo abrirte mi corazón porque, aunque te he fallado, confío en tu misericordia y creo en tu infinito amor. No quiero tener nunca miedo de acercarme a Ti, porque sólo en Ti podré encontrar la respuesta a los interrogantes de mi vida.

Petición
Señor, permite que sepa imitar tu ejemplo de paciencia, donación y servicio a los demás.

Meditación del Papa Francisco
Las divisiones entre los cristianos, mientras hieren a la Iglesia, hieren a Cristo. Y nosotros divididos hacemos una herida a Cristo. De hecho, la Iglesia es el cuerpo del que Cristo es la cabeza. Sabemos bien cuanto estaba en el corazón de Jesús que sus discípulos permanecieran unidos en su amor. Basta pensar en sus palabras que aparecen en el capítulo diecisiete del Evangelio de Juan, la oración dirigida al Padre en la inminencia de su Pasión: "Padre santo, cuídalos en tu nombre, los que me has dado, para que sean una sola cosa, como nosotros".
Esta unidad estaba ya amenazada mientras Jesús estaba aún entre los suyos: en el Evangelio, de hecho, se recuerda que los apóstoles discutían entre ellos quién era el más grande, el más importante. El Señor, sin embargo, ha insistido mucho en la unidad en el nombre del Padre, haciéndonos entender que nuestro anuncio y nuestro testimonio serán más creíbles cuanto más seamos capaces de vivir en común y querernos.
Es lo que sus apóstoles, con la gracia del Espíritu Santo, después comprendieron profundamente y se tomaron en serio, tanto que san Pablo llegará a implorar a la comunidad de Corintio con estas palabras: "Hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo: que no haya divisiones entre ustedes y vivan en perfecta armonía, teniendo la misma manera de pensar y de sentir".(S.S. Francisco, audiencia del 8 de octubre de 2014).

Reflexión
Amigo lector, déjame hacerte hoy una confidencia personal. ¿Sabes? A mí me encantan los niños y disfruto mucho estando y conversando con ellos. Tal vez también a ti te suceda algo igual. Y la razón es muy simple: porque nos fascina su sencillez, su inocencia, su bondad natural, la transparencia de su alma, su pureza y su candor. Casi todos los niños son así. Aunque algunos sean un poco más pícaros, poseen un alma noble y son muy sensibles ante lo grande y lo bello. Te podría contar muchas experiencias, y seguramente también tú tendrás muchas de ellas. Si quisieras contarme alguna, me encantaría que me escribieras a mi dirección de internet para compartirla conmigo. Mira, yo te quiero contar hoy una historia para que veas la grandeza de la fe, la inocencia y el candor de los pequeños.

Es un hecho real, por supuesto. Sucedió hace algunos años en unas misiones del Africa. Dejemos a la misionera que nos lo cuente personalmente.

Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto. Pero, a pesar de todo lo que hicimos, murió la madre dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años. Nos iba a resultar difícil mantener el bebé con vida porque no teníamos incubadora -¡no había electricidad para hacerla funcionar!-, ni facilidades especiales para alimentarlo. Aunque vivíamos en el Ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical. -"¡Era la última bolsa que nos quedaba! -exclamó-; y no hay farmacias en los senderos del bosque".
-"Muy bien -dije-; pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo. Su trabajo es mantener al bebé abrigado".

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les sugerí a los niños varias intenciones para su oración y les hablé del bebé prematuro. Les conté el problema que teníamos para mantenerlo abrigado, pues se había roto la bolsa de agua caliente y el bebé se podía morir fácilmente si cogía frío. También les dije que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto. Durante el tiempo de oración, Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos: –"Por favor, Dios –oró– mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde". Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó: –"Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para la pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?"

Con frecuencia las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. ¿Podría decir honestamente "Amén" a esa oración? No creía que Dios pudiese hacerlo. Sí, claro, sé que Él puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes "peros". La única forma en la que Dios podía responder a esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Había ya estado en Africa casi cuatro años y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente?

A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de once kilos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto, no iba a abrir el paquete yo sola. Así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento. Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja. Había vendas para los pacientes del leprosario. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas. Eso serviría para hacer una buena horneada de panecitos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí... ¿sería posible? La agarré y la saqué... ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva!

Lloré... Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: –"¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!". Escarbé el fondo de la caja y saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: –"¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama en verdad?”

Ese paquete había estado en camino por cinco meses. La había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios mucho antes de que sucedieran las cosas, y fue Él quien la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar yo en el Ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes, en respuesta a la oración llena de fe de una niña de diez años que la había pedido para esa misma tarde».

¿Ves qué grande y qué hermosa es la fe y la sencillez de los niños? Nosotros, los adultos, ¿tenemos una fe igual que la de ellos? Por eso, nuestro Señor nos dijo en el Evangelio que “si no nos hacemos como niños, no entraremos en el Reino de los cielos”. Y también: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al Padre que me ha enviado”. ¡Ojalá que nosotros no nos avergoncemos de ser un poco como ellos!

Propósito
Tener una atención, un acto de servicio, o al menos una sonrisa, con la persona que más me cuesta «soportar», con la sencillez de un niño.

Diálogo con Cristo 
Jesús, qué testimonio de paciencia y comprensión ante la debilidad. En vez de valorar el plan de salvación que me propones, me distraigo en lo pasajero, en la tentación del poder, del tener o del aparecer, cuando mi único afán debe ser entregarme con la confianza y docilidad de un niño a mi misión, como discípulo y misionero de tu amor. Te ofrezco éste y todos mis días. Tómame Señor, como tu servidor. Cuenta conmigo.

 

Preguntas o comentarios al autor  P. Sergio Cordova LC

UNA VISIÓN CRISTIANA DEL MEDIO AMBIENTE

Una visión cristiana del medio ambiente
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 

¿Qué tipo de relación debe establecer el hombre con el medio ambiente? ¿Hasta dónde llega su responsabilidad moral y física?


Por: Redacción Zenit | Fuente: Zenit.org 



El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dedica un capítulo entero a temas medioambientales, reconociendo su creciente importancia. Los primeros números animan a los cristianos a considerar el medio ambiente con una actitud positiva, para evitar una mentalidad de desprecio y condena, y reconocer la presencia de Dios en la naturaleza.

Deberíamos ver el futuro con esperanza, recomienda el Compendio, «sostenidos por la promesa y el compromiso que Dios renueva continuamente» (No. 451). En el Antiguo Testamento vemos cómo Israel vivió su fe en un medio ambiente que era visto como don de Dios. Además, «la naturaleza, la obra de la acción creativa de Dios, no es un adversario peligroso».

El Compendio también invita a recordar el comienzo del libro del Génesis, en el que el hombre es puesto como la cima de todos los seres y Dios le confía que cuide toda la creación. «La relación del hombre con el mundo es parte constitutiva de su identidad humana. Esta relación es a su vez resultado de otra relación aún más profunda con Dios» (No. 452).

En el Nuevo Testamento Jesús hace uso de los elementos naturales en algunos de sus milagros y recuerda a los discípulos la providencia de su Padre. Luego, en su muerte y resurrección, «Jesús inaugura un mundo nuevo en el que todo le está sometido y recrea las relaciones de orden y armonía que el pecado había destruido» (No. 454).

Ciencia y tecnología
El concilio Vaticano II reconocía el progreso hecho por la ciencia y la tecnología al extender nuestro control sobre el mundo creado. Mejorar nuestras vidas de este modo está de acuerdo con la voluntad de Dios, concluían los padres conciliares. También observaban que la Iglesia no se opone al progreso científico, que es una parte de la creatividad humana dada por Dios.

Pero, añade el Compendio, «un punto central de todo uso científico y tecnológico es el respeto por los hombres y mujeres, que debe acompañarse también de la necesaria actitud de respeto por todas las criaturas vivas» (No. 459). Por lo tanto, nuestro uso de la tierra no debería ser arbitrario y es necesario que esté inspirado por un espíritu de cooperación con Dios.

Olvidar esto suele ser la causa de acciones que dañan el medio ambiente. Reducir la naturaleza a «términos mecanicistas», suele acompañarse por la falsa idea de que sus recursos son ilimitados, llevando a considerar el desarrollo en una dimensión meramente material, en la que se da el primer lugar «al hacer y tener en vez de al ser» (No. 462).

Si es necesario que evitemos el error de reducir la naturaleza a términos meramente utilitaristas, según el cual sólo es algo que hay que explotar, también es necesario que evitemos irnos al otro extremo haciéndola un valor absoluto. Una visión ecocéntrica o biocéntrica del medio ambiente cae en el error de poner a todos los seres vivos al mismo nivel, ignorando la diferencia cualitativa entre los seres humanos, basada en su dignidad de personas humanas, y otras criaturas.

La clave para evitar tales errores es mantener una visión trascendente. Actuar de modo más responsable hacia el medio ambiente resulta más fácil cuando recordamos el papel de Dios en la creación, explica el Compendio. La cultura cristiana considera las criaturas como un don de Dios, que debe cuidarse y salvaguardarse. El cuidado del medio ambiente también entra dentro de la responsabilidad de asegurar el bien común, por el que la creación se destina a todos. El Compendio también observa que tenemos una responsabilidad con las generaciones futuras.

Biotecnología
Una sección del capítulo se centra en el tema de la biotecnología. Las nuevas posibilidades ofrecidas por estas técnicas son una fuente de esperanza, pero también han levantado hostilidad y alarma. Como regla, observa el texto, la visión cristiana de la creación acepta la intervención humana, porque la naturaleza no es una suerte de objeto sagrado que debemos dejar solo.

Pero la naturaleza es también un don a usar con responsabilidad y, por lo tanto, el modificar las propiedades de los seres vivos se debe acompañar de una evaluación cuidadosa de los beneficios y riesgos de tales acciones. Además, es necesario que la biotecnología se guíe por los mismos criterios éticos que deberían orientar nuestras acciones en las esferas de la acción social y política. Y también se deben tener en cuenta los deberes de justicia y solidaridad.

En cuanto a la solidaridad, el Compendio pide «intercambios comerciales equitativos, sin la carga de injustas estipulaciones» (No. 475). En este sentido es importante ayudar a las naciones a lograr una cierta autonomía en ciencia y tecnología, transfiriéndoles el conocimiento que las ayudará en el proceso de desarrollo. La solidaridad también significa que, junto a la biotecnología, son necesarias políticas comerciales favorables para mejorar la alimentación y la salud.

El Compendio también menciona a los científicos que, estando llamados a trabajar de modo inteligente y con perseverancia para resolver los problemas de suministro de alimentos y salud, también deberían recordar que están trabajando con objetos que forman parte del patrimonio de la humanidad.

A los empresarios y agencias públicas del sector de la biotecnología, el texto les recuerda que junto a la preocupación por lograr un beneficio legítimo, deberían tener presente el bien común. Esto es especialmente aplicable en los países más pobres, y a la hora de salvaguardar el ecosistema.

Compartir los bienes
Se dedica una sección del capítulo a la cuestión de compartir los recursos de la tierra. Dios ha creado los bienes de la tierra para que sean usados por todos, observa el Compendio, y «deben ser compartidos de modo equitativo, de acuerdo a la justicia y la caridad» (No. 481). De hecho, es necesaria la cooperación internacional en temas ecológicos, puesto que suelen ser problemas a escala global.

Los problemas ecológicos suelen estar conectados con la pobreza, con gente pobre incapaz de abordar problemas como la erosión de las tierras de cultivo, debido a sus limitaciones económicas y tecnológicas. Y muchos pobres viven en suburbios urbanos, afligidos por la polución. «En tales casos el hambre y la pobreza hacen virtualmente imposible evitar una explotación intensiva y excesiva del medio ambiente» (No. 482).

La respuesta a estos problemas no es, sin embargo, políticas de control de población que no respetan la dignidad de la persona humana. El Compendio sostiene que el crecimiento demográfico es «plenamente compatible con un desarrollo integral y compartido» (No. 483). El desarrollo debería ser integral, continúa el texto, asegurando el verdadero bien de las personas.

En relación a los recursos naturales hay que considerar el destino universal de los bienes, y particularmente cuando se trata del tema del agua. El acceso inadecuado al agua potable afecta a gran número de personas y suele ser fuente de enfermedades y muerte.

Para el mundo desarrollado, el compendio ofrece algunas notas sobre los estilos de vida apropiados. A nivel individual y comunitario, se recomiendan las virtudes de la sobriedad, la templanza y la autodisciplina. Necesitamos romper con la mentalidad basada en un mero consumo, además de ser conscientes de las consecuencias ecológicas de nuestras elecciones, sostiene el texto.

El Compendio concluye su capítulo pidiendo que nuestra acción hacia la creación se caracterice por la gratitud y el aprecio. Deberíamos recordar también que el mundo revela el misterio de Dios que lo ha creado y lo sostiene. Redescubrir este significado profundo de la naturaleza no sólo nos ayuda a descubrir a Dios, sino que también es la clave para actuar de modo responsable de cara al medio ambiente.

QUERIDO INTERNET, POR FAVOR DEJA DE ACONSEJARME CÓMO SER FELIZ

Querido Internet, por favor deja de aconsejarme cómo ser feliz
¿Agobiado con toda esta mole digital de optimismo light?


Por: Mauricio Artieda | Fuente: http://catholic-link.com/ 





Internet: "¡No me basta! ¡me haces daño! ¿por qué tengo que sonreír si mi corazón está vacío? No estoy bien, estoy roto, me siento culpable ¡dame razones para recuperar la esperanza, sálvame!" Pero ese clamor es demasiado grande para nuestro mundo.

Internet está repleta de publicaciones ultra positivas llenas de consejos desabridos sobre la felicidad, el amor, la libertad, la eficiencia, la alegría, etc, etc. ¿Los has leído alguna vez? Sí, son esos de "despertarse con una sonrisa" y "respirar profundamente para dejar ir tus miedos". ¿Te gustan? A mí me fastidian, y por eso hoy quiero proponerte un texto muy bueno para conversar sobre el moralismo cómodo del cual están llenas las redes sociales e internet.
El artículo es de Jamie Varon, una escritora americana agobiada con toda esta mole digital de optimismo light.  Al final del texto de Jamie doy mi opinión y hago algunos comentarios orientados al uso apostólico de este recurso. Me encantaría saber qué piensas 😉
Creo que cuando la gente es ultra positiva y tiene esa incomparablemente feliz disposición hacia el mundo, me apago. Hay muchas cosas por ahí que intentan hacerte sentir inspirado, pero terminan haciéndote sentir avergonzado de ser humano. Para mí sería fácil decir:
«¡Todo pasa por algo!»
«¡La vida es una aventura!»
«¡El amor lo soluciona todo!»
«¡La felicidad es una opción!»
Son palabras fáciles de decir. Cosas fáciles de pensar. Fáciles, fáciles, fáciles. Pero sus significados se secan en el momento en el que transcurre la vida.
He pasado demasiadas noches sintiéndome avergonzada de no poder ser más positiva, feliz, mejor, más fuerte. Miro a estas personas sonrientes, pegadas a tanta positividad que me pregunto qué he hecho mal. ¿Por qué me afecta tanto el mundo? ¿Por qué no siento cada día como una aventura? Esta gente, ¿no tiene que pagar facturas y tener conversaciones incómodas y levantarse, a veces, con dolor de cabeza? ¿No tienen vidas rutinarias? ¿Por qué me parece que soy la única persona a la que le afecta tanto la experiencia humana?
No quiero estar inspirada nunca más. La inspiración es barata. Es fácil. Es decorativa. Está empapada en promesas que nadie puede cumplir.
Quiero sentirme comprendida. Quiero sentirme escuchada. Quiero sentir cómo mis pensamientos, extraños y sinuosos y oscuros, y mis temores y mis sentimientos no me son exclusivos. No necesito que nadie me niegue mi experiencia y me la facilite con palabras dulces y mullidas como las nubes, e igual de transparentes. Quiero valentía, realidad y crudeza y prefiero ver a la gente hecha un lío que intentando actuar como si nunca estuvieran hechos un lío.
Estoy cansada de la gente que trata de inspirarme para tener una vida mejor, más grande, más feliz. Dejadme existir. Dejadme experimentar. Dejadme encontrar el punto de luz en el largo túnel de oscuridad. Dejadme averiguar cosas por mi cuenta. Yo digo que en este mundo necesitamos menos inspiración falsa y más realidad. Menos fin del mundo. Menos felicidad falsa. Más mierda real. Menos sermones. Más narración. Menos consejo. Más comunidad.
Me encantaría que la gente dejara de tratar de perfeccionar mi vida. Todo el mundo está vendiendo la píldora mágica de la felicidad. ¿Por qué tengo que ser tan feliz a todas horas? ¿PUEDO VIVIR?
Quiero que sepas que no tienes nada que arreglar si no estás sonriendo a cada momento del día. A veces no tienes nada que agradecer y está bien. A veces es difícil reunir energía para ser feliz con lo que tienes cuando quieres mucho más del mundo. Eso está bien. Está bien enfadarse y ser un poco oscuro y extraño y no ser una bola de energía positiva en cada momento. A veces está bien aburrirse y pensar que la felicidad es un poco aburrida porque, de algún modo, lo es. A veces está bien estar de mal humor y triste y contemplativo y solucionar los problemas con una copa de vino o una pizza o buen sexo. Ya ni sé, simplemente está bien no tenerlo todo resuelto, no tener respuestas, solo ser, como es el punto de nada.
Está bien sentir que el suelo tiembla bajo tus pies. No pasa nada porque todo es temporal. Puedes perder el equilibrio un día y estar en la cima del mundo al día siguiente. Todo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. La felicidad es tan efímera como cualquier otra cosa. Estos vendehumos que actúan como si tuvieran la cura de la humanidad me matan. Para lo único que sirven es para que te sientas avergonzado por no tenerlo todo resuelto. Te venden tu propia experiencia aspiracional y hornean en ella tu vergüenza.
Sólo prométeme que lo último que vas a hacer es avergonzarte de dónde estás en tu experiencia como ser humano. Nada bueno viene de la vergüenza. Se trata del lugar de vibración más íntimo desde el que puedes obrar. Evita la vergüenza y cualquier cosa o persona que te causen esta vergüenza. Sácalo todo fuera de tu campo de energía. La vergüenza no te va a motivar. Te va a secar.
Si hay una promesa que te puedes hacer a ti mismo, que sea esta: no me dejaré avergonzar por mi experiencia de ser humano. Olvida la mierda del pensamiento positivo: esa promesa, ese mantra, ese estado mental es lo que puede realmente cambiar tu vida. Una persona incapaz de ser acobardada hasta la vergüenza es un héroe, teniendo en cuenta las muchas razones que nuestro mundo nos da para avergonzarnos. Renunciar a esta sensación de vergüenza es un acto de resistencia radical. Déjate llevar. Déjate ser verdaderamente tú. Qué libertad.
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Veamos. Jamie desmonta todas estas publicaciones porque percibe que detrás de ellas no hay ninguna consistencia. La moral del espíritu positivo por el espíritu positivo es hueca y a la larga no da ninguna razón legítima de su esperanza. Cuando las cosas van bien en la vida estos consejos suenan sensatos y atractivos; pero cuando la realidad se muestra en toda su dificultad, cuando aparece el sufrimiento y el pecado en sus distintas formas, todo este consejerismo almidonado se transforma en un chirrido que desespera y frustra porque es imposible vivirlo. Este tipo de publicaciones no ofrecen razones sobre el porqué debemos superar el dolor o afrontar el desgano, ni por qué la felicidad está detrás de una sonrisa o un gesto de amor y no detrás de la aceptación resignada de la soledad y del individualismo. Omiten respuestas esenciales simplemente porque no las tienen, o, mejor dicho, las han olvidado, porque yo creo que este moralismo light no es otra cosa que un remedo mutilado del cristianismo, o si se quiere, un residuo "descrucificado" de nuestra fe.
Este punto me parece importante así que me explicaré mejor. A este moralismo mundano le gusta eso de que "un amigo es un tesoro" pero reniega ante la posibilidad de "dar la vida por uno de ellos"; considera lindo eso de que "hombre y mujer se vuelven un solo cuerpo" pero proscribe aquello de estar juntos "en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe"; reputa precioso que Dios nos ame incondicionalmente pero tacha de abominable aquello de "negarse a uno mismo, cargar la cruz y seguirlo". El mundo quiere la resurrección sin pasar por la cruz y ha elegido una sola cara de la medalla del cristianismo pensando que podía desechar la otra. El problema es que de pronto aparecen personas como la autora de este texto diciendo, en resumen: "¡no me basta! ¡me haces daño! ¿por qué tengo que sonreír si mi corazón está vacío? No estoy bien, estoy roto, me siento culpable ¡dame razones para recuperar la esperanza, sálvame!" Pero ese clamor es demasiado grande para nuestro mundo. El número de psicólogos, psiquiatras y "coaches ontológicos" (no me pregunten qué significa eso) paradójicamente crece junto con los índices de depresión más altos que ha visto nuestro tiempo. Por suerte bajo la manga siempre quedan pastillas para controlar esta "enfermedad", o como ya se hace en Bélgica, la infeliz propuesta de optar por una "muerte digna". Si no se entendió la ironía lo pongo un poco más crudo: "Si tu corazón no se conforma con lo que te ofrezco — nos dice el mundo — dópate o mátate".
Pero nosotros, cristianos, sabemos que la fe no puede descrucificarse sin traicionarse a sí misma. Nosotros no debemos caer en las respuestas fáciles porque tropezaríamos con el mismo problema que el artículo de Jamie le ha planteado al optimismo barato de la modernidad. Cristo no es una respuesta fácil y no lo será. Es una respuesta verdadera que toca el corazón del hombre y explica, desde lo hondo de su miseria, por qué todavía existe esperanza; por qué, a pesar del dolor y el sufrimiento, abandonarse a la tristeza no es un camino humano. Dios no elimina el drama de nuestras vidas, no disfraza nuestra libertad para evitar que veamos sus tremendas consecuencias. Cristo nos acerca al borde del precipicio y nos muestra cuán hondo es el abismo de separación que nuestra libertad es capaz de crear entre Dios y el hombre. ¡Pero no nos deja solos! Nos pide que contemplemos nuestro drama desde sus ojos, y sobre sus hombros. ¡Esto es hermoso! Cristo pudiendo, no vence el mal con una sonrisa ni con un par de palmadas en nuestra espalda, Jesús se lanza en el abismo de nuestra indiferencia llevando en su corazón un océano de amor y de perdón. La cruz es una áspera embarcación de madera, de acuerdo, pero es también el océano de amor que nos permite navegar y cruzar ese abismo. La cruz es certeza, horizonte, victoria, esperanza, amor y dolor unidos en el corazón de cada cristiano que se dirige a la orilla del encuentro con Dios, la felicidad plena.
Estas certezas — le diría a Jamie —te permitirán sentirte orgullosa de tu experiencia como ser humano por más triste, sola o frustrada que estés; pero no te equivoques, lo valioso no está en cargar tu humanidad doliente con firmeza y estoicismo hasta llegar al punto de aceptar que las cosas pueden estar bien, aunque estén mal — ¿no estás cayendo un poco en lo que criticas?— ¿Y los que no podemos evitar esa vergüenza qué hacemos? Lo verdaderamente valioso está en que sin importar cuán profundo sea nuestro abismo, Dios lo conoce y por alguna misteriosa razón no deja de pronunciar nuestro nombre. ¡Ese es el tipo de esperanza que anhela nuestro corazón! Esta llamada no sé si elimina del todo la vergüenza pero ciertamente la coloca en un lugar secundario con relación a la gratitud.
Por último, Jamie podrá estar o no estar de acuerdo con nuestra propuesta; sin embargo, nunca podrá tildar la esperanza cristiana de fácil, ligera, ingenua o inocua. Por ahora me basta con esto.
Mauricio Artieda
Es peruano y ha realizado estudios en derecho y filosofía. Actualmente estudia Ciencias de la Comunicación en Roma. Desde hace 3 años es profesor de religión católica.
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