sábado, 10 de octubre de 2015

NO PUEDO PERDONAR ...


No puedo perdonar...
El odio sólo sirve para fomentar el odio, y en la historia humana nadie ha conseguido ser libre gracias al odio 


Por: P. Jorge Loring, S.I. | Fuente: Catholic.net 



El quinto mandamiento de la Ley de Dios, -no matarás- ordena no hacer daño a la propia vida o a la de otros con palabras, obras o deseos (odio); es decir, querer bien a todos y perdonar a nuestros enemigos. El desear la muerte a sí mismo o a otro, es pecado grave si se hace por odio o desesperación rebelde. El odio es incapaz de liberar a nadie. Sólo sirve para fomentarlo más y en la historia humana nadie ha conseguido ser libre gracias al odio.

El odio nunca está justificado para un cristiano. Las riñas, los insultos, las injurias, etc., pueden, a veces, llegar a ser pecado grave si se desea en serio un mal grave a otro, si se falta gravemente a la caridad y si son la exteriorización del odio. Pero de ordinario no lo son, ya sea por inadvertencia, ya porque no se les dé importancia, etc. Cuando dos riñen, de ordinario cada uno tiene la mitad de la razón y la mitad de la culpa; pero cada cual mira la parte que él tiene de razón y la que el otro tiene de culpa. Por eso no se ponen de acuerdo.

Las riñas empiezan generalmente por pequeñeces, pero con el calor de la discusión se van desorbitando hasta terminar en enemistades profundas..., y, a veces, en crímenes. Lo mejor en las riñas es cortarlas desde el principio sin permitir que adquieran grandes proporciones. Y si uno se encuentra de mal humor, seguir el consejo de aquel inglés que contaba hasta diez antes de contestar. Con calma y con sensatez se evitarían muchos rencores nacidos generalmente por pequeñeces.

La venganza personal no está permitida en ningún sentido. Cristo la prohibió. Si fuese permitida, no se podría vivir en el mundo, todos nos creeríamos con derecho a vengarnos de alguien. No: hay que perdonar a los enemigos, y dejar que Dios los castigue en la otra vida, y la Autoridad Pública en este mundo. Como dice San Pablo, hay que saber «vencer al mal con el bien».

Es necesario saber perdonar a las personas que nos hayan ofendido. Es, desde luego, indispensable estar dispuestos a conceder el perdón si nos lo piden, quedándonos satisfechos con una moderada reparación. Quien niega el perdón a su hermano, es inútil que espere el perdón de Dios. En el «Padrenuestro» tiene su sentencia: como él no perdona, tampoco Dios le perdonará. Lo dijo Jesucristo.

Y no seamos fáciles en echar al otro toda la culpa. Ordinariamente la culpa hay que repartirla entre los dos. Uno fue el que empezó, pero el otro contestó con ofensa más grave. Si los dos están esperando a que sea el otro el que se adelante a pedir perdón, la cosa no se arreglará nunca. El que sea más generoso con Dios es el que debe tomar la iniciativa.

Cristo habla de poner la otra mejilla. Es una fórmula oriental hiperbólica para dar a entender que debemos estar dispuestos al perdón; pero no es para que lo entendamos al pie de la letra. El mismo Cristo al ser abofeteado no puso la otra mejilla, sino que respondió con toda energía, verdad y dominio propio: «Si he respondido mal, muestra en qué; mas si bien, ¿por qué me hieres?».

Si la culpa ha sido nuestra tenemos obligación de pedir perdón de alguna manera, pero incluso, aunque sea claro que toda la culpa es del otro, da una muestra de virtud el que se adelanta a otorgar el perdón, por ejemplo, dirigiéndole amablemente la palabra, ofreciendo un servicio, reanudando el saludo, etc. Durante un tiempo puede manifestarse el disgusto, por ejemplo, con una actitud más seria y distanciada; pero esto no debe durar indefinidamente. Salvo en algunos casos excepcionales de ofensas gravísimas, es muy de aconsejar que al cabo de cierto tiempo se reanuden los saludos ordinarios entre gente educada. Negar el saludo no es cristiano. Si el otro no contesta allá él; pero que la cosa no quede por tu parte.

Cuando han fracasado ya varios intentos de reconciliación, o el otro se niega obstinadamente a devolver el saludo, o si parece cierto que nuestro esfuerzo por la reconciliación puede ahondar la mala voluntad del otro, será mejor esperar otra ocasión. Pero no abandonar el deseo de reconciliación, ni escudarse en esta dificultad para no reconciliarse, por no desearlo. Nuestra voluntad de reconciliación debe ser sincera. Si el otro no quiere saludarnos o hablarnos, nosotros debemos estar dispuestos a hablarle cuando él lo desee, y saludar cuando él nos salude. A veces puede facilitar la reconciliación la ayuda de una tercera persona.

Distingue, con todo, entre el rencor admitido y un cierto distanciamiento para evitar el chocar de nuevo. Y también entre el sentimiento de la ofensa y el resentimiento admitido voluntariamente. Aunque la ofensa recibida nos duela, no podemos desear mal a nadie. Esta voluntad de perdonar puede unirse a un sentimiento inevitable de la ofensa recibida. Muchos se refieren a este sentimiento cuando dicen que no pueden perdonar.

Es posible que la serenidad de espíritu, después de la ofensa, requiera un tiempo mínimo para sobreponerse al dolor. Una prueba de esta sincera buena voluntad sería orar por el ofensor, nunca hablar mal de él y pedir a Dios la gracia de saber perdonar. Cuando tengas antipatía por una persona, pide por ella. Y cuando tengas ganas de desearle algo malo, reza por ella un «Padrenuestro». Dice Jesucristo: «rogad por los que os persiguen».

Y si el que consideramos nuestro enemigo estuviera en una necesidad grave y no pudiera salir de ella sin nuestro especial auxilio, tenemos obligación de ayudarle, porque en estos casos hay obligación de atender al prójimo aunque sea enemigo.

No es odio a una persona odiar lo que hay de malo en ella o el mal que nos causa injustamente a nosotros o a otros. El amor a nuestros enemigos que pide el Evangelio no obliga a la amistad con ellos, sino que prohíbe el odio y la venganza o el desearles algún mal y manda tener un deseo de reconciliación.

«El ofendido está obligado siempre a perdonar al ofensor que le pide perdón, en forma directa o indirecta. Si se niega a hacerlo, comete un grave pecado contra la caridad, y regularmente no podrá ser absuelto mientras continúe en su obstinación».

Por supuesto que es lícito exigir una reparación del daño recibido, pero no por odio ni por venganza, sino por deseo de justicia. La buena voluntad de perdonar de corazón a los que nos han ofendido no excluye utilizar todos los medios justos para que se haga justicia.

Es verdad que hay personas que son indignas de nuestro perdón; pero nosotros no perdonamos porque ellas lo merezcan, sino porque lo merece Jesucristo, que es quien nos lo pide. Para eso nos dio Él su ejemplo: fue mucho más ofendido que nosotros y sin embargo perdonó. No sólo en su corazón, sino que lo manifestó exteriormente. El perdón de Cristo en la cruz es el modelo que debemos imitar. Las almas generosas tienen en esto un inmenso campo de perfección y santificación.

El mundo de los hombres no puede hacerse cada vez más humano si no introducimos el perdón -que es esencial en el Evangelio- en las relaciones de unos con otros.

DICHOSOS LOS QUE OYEN LA PALABRA DE DIOS Y LA GUARDAN


Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan
Tiempo Ordinario


Lucas 11, 27-28. Tiempo Ordinario. Jesús la presenta como modelo de fidelidad porque oyó y cumplió la palabra de Dios. 


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net 



Durante el mes de Octubre, Mes del Rosario, en esta sección, meditaremos cada día un misterio, y así poder "guardar y meditar en  nuestro corazón" la Vida de Jesús.¡Suscribete a la Meditación diaria!
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Del santo Evangelio según san Lucas 11, 27-28
Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero Él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan».

Oración introductoria
Padre, que sepamos escuchar tu Palabra para convertirnos en testigos y, aún más, en portadores de Jesús resucitado en el mundo.

Petición
Jesús confío en Ti, que nunca dejes que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Y que siempre nos darás el ciento por uno y la vida eterna, cada vez que dejemos todo y te sigamos.

Meditación del Papa Francisco
La fe sin el fruto en la vida, una fe que no da fruto en las obras, no es fe. También nosotros nos equivocamos a veces sobre esto: 'Pero yo tengo mucha fe', escuchamos decir. 'Yo creo todo, todo...' Y quizá esta persona que dice eso tiene una vida tibia, débil. Su fe es como una teoría, pero no está viva en su vida.
El apóstol Santiago, cuando habla de fe, habla precisamente de la doctrina, de lo que es el contenido de la fe. Pero ustedes pueden conocer todos los mandamientos, todas las profecías, todas las verdades de fe, pero si esto no se pone en práctica, no va a las obras, no sirve. Podemos recitar el Credo teóricamente, también sin fe, y hay tantas personas que lo hacen así. ¡También los demonios! Los demonios conocen bien lo que se dice en el Credo y saben que es verdad. (Cf. S.S. Francisco, 21 de febrero de 2014, homilía en Santa Marta)
Reflexión
Muchas veces el cariño que sentimos hacia María se trasluce en un mohín de disgusto al escuchar este pasaje. ¿No fue Cristo injusto -o a lo menos descortés- con su madre al responder así ante el piropo que le brindaban? A simple vista podría parecer que sí, pero si lo pensamos más aguda y profundamente, concluiremos que lo que en realidad buscó -y logró- con esa respuesta, fue que María no fuese alabada y querida por el hecho físico de llevar a Jesús en el seno y alimentarlo, sino por algo infinitamente más grande: cumplir la voluntad de Dios y perseverar en ella todos los días de su vida.

María -aun siendo madre de Dios- tenía todos los ingredientes para ser una perfecta infeliz: de clase baja, en un país ocupado, perseguida por la autoridad, prófuga en Egipto con un niño recién nacido, viuda en plena juventud, solitaria en una aldehuela miserable, con un hijo al que la familia considera loco, víctima de las lenguas que le cuentan cómo los poderosos desprecian a su único hijo -un predicador- y buscan su muerte. Y lo más impresionante, su propio hijo la abandona y aparentemente la infravalora en público.

Tenemos buenos argumentos para un melodrama o una telenovela lacrimógena. Jesús -contra todo pronóstico- la presenta como modelo de felicidad sólo porque oyó y cumplió la palabra de Dios. A veces sentimos que nos agobia el mucho trabajo, el estrés, el estrecho sueldo que hay que estirar cada mes, los plazos del coche, la casa y los electrodomésticos que aún no pagamos... Sufrimos porque no entendemos la actitud de ese hijo que se entrega completamente a Dios y parece que nos abandona en el momento más difícil para la familia. Todo esto y mucho más vivió la Virgen, añadiendo el aparente abandono de Dios. Sin embargo, aquí no se queda la historia.

María vivió en esta vida las cosas más grandes y sublimes, fue elegida predilecta de Dios en todo momento y el amor de Dios invadía su persona y, por tanto, su vida. María rezaba. Nosotros también podemos vivir cosas similares a ella y hemos de ser conscientes de que ante todo, las cruces son una muestra del amor inmenso de Dios, del amor de predilección de Dios hacia nosotros. Él nunca va a dejar que estemos siendo tentados por encima de nuestras fuerzas. Y siempre nos dará el ciento por uno y la vida eterna, cada vez que dejemos todo y le sigamos.

Propósito
Escuchar, como nos dice el Papa, más atentamente la Palabra de Cristo y saborear el Pan de su presencia en las celebraciones eucarísticas.

¿NO DEBE CAMBIAR NADA EN LA IGLESIA?

¿No debe cambiar nada en la Iglesia?
Claro que sí debe hacerlo, pero desde la perspectiva de Jesucristo, la Tradición y el Magisterio


Por: Josep Miró i Ardèvol | Fuente: http://www.forumlibertas.com 



Una tarea vital de la Iglesia es la de acompañar a las personas, a la humanidad doliente. Este es un mandato inevitable, que exige sin embargo responder a dos cuestiones: acompañar adónde y por qué. Si no se hace así, se puede incurrir, sobre todo en la sociedad opulenta, en una colaboración pasiva con las causas que hacen daño a las personas, las causas que la apartan de Dios, y con las estructuras de pecado. Al igual que la solidaridad, la caridad cristiana, cuando alcanza una gran dimensión, como sucede afortunadamente con nuestras Cáritas, tiene el riesgo de actuar como válvula de seguridad de la injusticia social, sino de ilustrar sobre ella, también en una sociedad marcada por las adiciones al dinero, a la evasión, al sexo, y por la alienación en una sociedad desvinculada, se incurre en la posibilidad de convertir a la Iglesia en un hospital de campaña que cura heridos para ser devueltos al frente, donde volverán a ser dañados, incluso muertos. Y esta no es la tarea de la Iglesia.
 
La Iglesia está para acompañar al ser humano, para su encuentro, su experiencia de Dios, y lo hace así porque esa es la Buena Nueva a proclamar, la de que en Dios todo lo humano se realiza. La Iglesia no es una agencia humanitaria, aunque vive profundamente en la humanidad del hombre, pero para ayudar a que la trascienda. Si no obra de esta manera corre el riego, ya evidente, de ser una Iglesia sin signo, sin identidad.
 
Ciertamente, la Iglesia ha de vivir en el tiempo presente, pero no para depender de él, sino para transitar por él con la mirada en la cruz de Jesucristo, como señala Baltasar. Si no fuera así, si los cambios del mundo marcaran los cambios en la Iglesia, esta se disolvería en la nimiedad, en la temporalidad de la historia.
Entonces, ¿no debe cambiar nada? Claro que sí debe hacerlo, pero desde la perspectiva de Jesucristo, la Tradición y el Magisterio. Las tradiciones son dinámicas, MacIntyre escribe con acierto que una transformación surge de dos impulsos, en relación a otras tradiciones rivales (y esto te obliga a preguntarte cuáles son las más decisivas ahora y aquí), y también por la corriente interna que busca la mejor adecuación. Pero, en ambos casos, la cuestión fundamental es que no desaparezcan los acuerdos fundamentales que la caracterizan y le dan sentido, y esto nos obliga a preguntar cuáles son estos acuerdos en el caso católico. Y nuestro acuerdo fundamental se sitúa en el eje de la persona de Jesucristo tal y como se manifiesta en los evangelios, y el conjunto del Nuevo Testamento, en el marco de la tradición e interpretación de la propia Iglesia. Porque lo que identifica a las cuestiones fundamentales es que son indemnes al tiempo. Dios, el juicio personal, la recompensa y el castigo, lo que nos es mandado, y sobre lo que somos advertidos, no cambia. Esta es la causa profunda de por qué no adoramos al César, no fuimos gnósticos, ni arrianos, a pesar que eran opciones atractivas, porque no aceptamos la libre interpretación de la Biblia, porque profesamos el perdón de los pecados que necesita del arrepentimiento, porque seguimos la primacía de Pedro y la continuidad apostólica, porque afirmamos la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, la Comunión de los Santos, la Nueva Alianza y el Pueblo de Dios, la resurrección y vida eterna. Porque afirmamos que el mundo ha sido creado por Dios persona y Trinidad.
Esta última cuestión sirve para ilustrar lo dicho sobre la tradición: sin Creación no hay Dios, y esto ya da lugar a toda una teología y una interpretación de la historia, pero esto no significa dificultad para aceptar la evolución, que es un signo de nuestro tiempo, ni el Bing Bang, ni a adecuar la idea de Cielo e Infierno a los conocimientos actuales, afirmando que no es un lugar ni un momento, porque el espacio y el tiempo, dimensiones relativas de nuestro Universo, dejan de existir en la otra vida.
Acompañar y curar al herido para hacerle partícipe de la Buena Nueva, todo lo que no sea esto destruye a la Iglesia porque la deja sin identidad e impide sentirse miembro de su comunión unido por un vínculo fuerte.
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