lunes, 2 de noviembre de 2015

DOCE IDEAS QUE TE AYUDAN A EDUCAR A LOS NIÑOS

12 ideas que te ayudan a educar a los niños
Educación Integral

Un buen comienzo para poner en práctica todas estas ideas, es que os sentéis juntos a considerar si la forma de educar a vuestros hijos se corresponde con una educación que potencia hábitos y virtudes o, por el contrario, los premios materiales, los castigos, la vigilancia y las reglas impuestas.


Por: Fernando Corominas | Fuente: Educar hoy 



Educar es una ciencia y un arte. Un arte porque no hay reglas fijas y cada caso es diferente, cada circunstancia única, pues las personas somos irrepetibles. Pero, a su vez, es una ciencia y como tal es necesario conocerla, estudiarla y dedicarle horas de trabajo. Nadie nace sabiendo y hoy en día la experiencia heredada de nuestros padres en el área de la educación no es suficiente. Con estas 12 ideas que ayudan a educar a los niños será más fácil.

12 consejos para educar a los niños

1. Los niños hacen lo que tú haces
Nuestros hijos nos observan para obtener las claves de cómo comportarse en el mundo, somos su modelo a imitar. Por esta razón, debemos usar nuestro propio comportamiento para guiarles. Lo que hacemos es a menudo mucho más importante de lo que imaginamos. Si buscamos que nuestro niño diga "por favor", debemos decirlo nosotros primero. Si no queremos que levante la voz, deberemos mantener también un tono de voz razonable.
2. Mantén las promesas
Cuando hacemos promesas, ya sean buenas o malas, nuestros hijos aprenden a confiar en nosotros y a respetarnos. Así que, cuando prometamos ir a dar un paseo después de que recoja sus juguetes, tendremos que estar preparados para salir de casa, en cuanto él termine con su obligación. Cuando le advertimos que nos iremos de la biblioteca si no deja de correr por los pasillos, estaremos preparados para marcharnos enseguida si continúa comportándose así. No hay ninguna necesidad de montar un escándalo.
3. Bájate a su nivel
Arrodillarse o agacharse cerca de los niños es una herramienta muy poderosa para comunicarse positivamente con ellos. Estar cerca de ellos nos permite afinar sobre lo que deben estar sintiendo o pensando. Además, les ayuda ha centrarse  en lo que les decimos o preguntamos. Si nos situamos cerca y captamos su atención, no será necesario hacer que nos miren.
4. Escuchar con atención
Escuchar activamente es otra herramienta para ayudar a los niños pequeños a sobrellevar sus emociones. Ellos tienden mucho a sentirse frustrados, sobre todo si no pueden expresarse lo suficientemente bien por sí mismos para que los entendamos. De manera que, cuando les repetimos lo que nos dicen y lo que pensamos, les ayudamos a aliviar algo de su tensión y les hacemos sentirse respetados y consolados. Esto puede evitar muchas rabietas de carácter potencial.
5. Sorpréndele portándose bien
Cuando nuestro hijo se comporta como esperamos de él, podemos darle una  gran respuesta positiva. Por ejemplo, "¡Qué contento estoy, te estás portando pero que muy bien!". "¡Cómo me gusta cuando guardas todos los juguetes después de jugar!". Esta actitud funciona mejor que "estar esperando" a que llegue el momento de iros a la calle y reñirle por haber dejado todo desordenado. Esta respuesta positiva a veces se suele denominar alabanza descriptiva. Un buen propósito es hacer seis comentarios positivos (alaba y anima), por cada comentario negativo (críticas y regañinas). Es bueno recordar que los niños buscan la atención negativa, si es la única alternativa para que le hagáis caso.

6. Escoge sabiamente las batallas
Antes de intervenir en algo que está haciendo vuestro hijo, preguntaros primero si hace realmente falta. Dando instrucciones y respuestas negativas sólo cuando son estrictamente necesarias, creáis menos oportunidades para el conflicto y los malos sentimientos. Las reglas son importantes, pero hay que reservarlas para las cosas importantes.
7. Hazlo sencillo y simple
Debéis darle instrucciones claras en términos simples, para que vuestro hijo sepa lo que se espera de él. Por ejemplo, "Por favor, no te sueltes de mi mano cuando cruzamos la  calle".
8.  Responsabilidad y consecuencias
A medida que los niños se hacen mayores, es bueno hacerles responsables de su propio comportamiento, dándoles la posibilidad de que experimenten las consecuencias naturales de su conducta. No podemos ser constantemente los malos de la película. Por ejemplo, si se olvidó de poner la tartera  en su mochila, a la hora de la comida pasará hambre, una vez, porque la siguiente se preocupara de llevarla. A veces, con las mejores intenciones, hacemos demasiado por nuestros niños y no les permitimos que aprendan por sí mismos. En otras ocasiones, tendremos que hacerles ver las consecuencias de un comportamiento inaceptable, asegurándonos de que les hemos explicado las consecuencias y que ellos las han entendido.
9. Dilo una vez y sigue adelante
Dar la lata es aburrido para los padres y no funciona. Debemos evitar amenazas ociosas, pues acabarán siendo ignoradas. La mejor manera es decirles las cosas una sola vez y solo intervenir si más adelante necesitas establecer límites o sostener una regla.
10. Hazle sentir importante
A los niños les encanta poder contribuir en la familia. Podéis empezar por encargarles algunas tareas fáciles o cosas que ellos puedan hacer para desempeñar un papel importante ayudando en las tareas de la casa. Esto les hará sentirse importantes y orgullosos de echar una mano. Además les ayudan a sentirse responsables y elevarán su autoestima.
11. Anticipate a posibles conflictos
En ocasiones, no podemos atender a nuestros hijos como quisiéramos o no podemos acompañarles en alguna ocasión importante para ellos, por circunstancias ajenas a nuestro control (un viaje de negocios). En estos casos, es bueno prever de antemano estas situaciones delicadas para planificar las necesidades de vuestro hijo y explicarle el porqué necesitamos de su comprensión y colaboración. De esta manera, estarán preparados para lo que esperamos de ellos en ese momento.
12. Mantén el sentido del humor
Otra manera de reducir la tensión y los posibles conflictos es usar el humor. Tenéis que llegar a ser el monstruo amenazador de hacer cosquillas o hacer ruidos de animal, en las situaciones que lo requieran. Sin embargo, no debéis echar mano del humor sobre sus defectos, pues no les ayuda en absoluto. A los niños les duelen mucho las burlas paternales. Con las bromas tenéis que reíros todos.

Claves para reflexionar sobre la educación en familia

-   Es muy bueno ayudar a los hijos a potenciar sus actitudes positivas. Elogiar actos buenos, promueven que los repitan.
-   Los hábitos se adquieren mejor por medio de "actos libres repetidos con esfuerzo". Es decir, de modo consciente y queridos por quien los hace.
-   Si educamos con premios y castigos, vigilándoles o con actitudes autoritarias, los hijos no actuarán con libertad, sino mediatizados.
-  Ayudar a vuestros hijos para que sean deportistas y evitaréis muchos problemas en la adolescencia. Es muy bueno si pueden coincidir con alguna de vuestras aficiones.
Un buen comienzo para poner en práctica todas estas ideas, es que os sentéis juntos a considerar si la forma de educar a vuestros hijos se corresponde con una educación que potencia hábitos y virtudes o, por el contrario, los premios materiales, los castigos, la vigilancia y las reglas impuestas. Éstas deben existir, pero es mejor que sean aceptadas libremente. Escoger una idea o dos de las que te proponemos más arriba y ¡manos a la obra!

EL MISTERIO DE LA MUERTE

El misterio de la muerte
La muerte no es sólo el último acto; es, de algún modo, compendio de una vida


Por: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net 



El mes de Noviembre, que se abre con la Solemnidad de Todos los Santos y con la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, pone ante nuestra mirada la realidad de la muerte. La muerte vista cara a cara, como un paso que hemos de dar en primera persona. No se trata sólo de que exista "la" muerte, o de que "los otros" mueran; no, se trata de algo mucho más íntimo y más próximo: se trata de "mi" muerte. Sólo contemplada así, la muerte acaba por ser, de verdad, "maestra de la filosofía de la vida".

De la propia muerte, intuida como inminente, saludada como cercana, ha escrito el Papa Pablo VI un texto de sorprendente belleza y profundidad: "Meditación ante la muerte". Un texto en el que la confesión de fe se une al conocimiento de la condición humana, y la esperanza del creyente a la sensibilidad de un fino pensador e incluso de un poeta.

"No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está para realizarse en mi ser, ante lo que se avecina". Desde la "peculiar claridad oscura" que alumbra el fin de la vida temporal, Pablo VI se pregunta sobre sí mismo, sobre las responsabilidades que en ese momento le salen al paso, sobre la necesidad de redimensionar las esperanzas para situarlas en el lugar que les corresponde: el más allá. Pero este último coloquio no es nunca un monólogo del hombre aprisionado por el drama de su partida, sino siempre un diálogo con la Realidad divina, desde la desnudez de la muerte y desde la confianza de la fe.

¿Cuáles son los sentimientos que afloran en ese diálogo? Ante todo, el reconocimiento y la gratitud por el don de la vida. "Todo era don, todo era gracia". La belleza del mundo, de la vida, de lo creado, es un signo que apunta a la grandeza de Dios, a la sublimidad de su amor. Y junto al reconocimiento agradecido, la petición de perdón, la llamada a la misericordia desde el arrepentimiento: "Que al menos sepa yo hacer esto: invocar tu bondad y confesar con mi culpa tu infinita capacidad de salvar".

Miseria y misericordia: he ahí la síntesis de la vida, su apretado resumen.

¿Qué queda al final? ¿Cómo se hace balance de una vida? ¿Qué ha sido lo primero y principal de cuanto en ella ha acaecido? Pablo VI no duda a la hora de dar la respuesta: "el acontecimiento más grande entre todos para mí fue, como lo es para cuantos tienen igual suerte, el encuentro con Cristo, la Vida". Y con palabras del pregón pascual, añade: "de nada nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados". Éste es "el criterio de valoración de cada cosa que mira a la existencia humana y a su verdadero y único destino, que sólo se determina en relación a Cristo".

Misterio de encuentro con Cristo y misterio de vocación al seguimiento de Cristo. Misterio de servicio, del que no escapa la misma muerte: "El ocaso de la vida presente, que había soñado reposado y sereno, debe ser, en cambio, un esfuerzo creciente de vela, de dedicación, de espera. Es difícil; pero la muerte sella así la meta de la peregrinación terrena y ayuda para el gran encuentro con Cristo en la vida eterna".

La muerte impone un último deber al discípulo: morir piadosamente; hacer de la propia muerte un sacrificio, a semejanza de la entrega sacrificial de Cristo: "Por tanto ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de amor para su Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el coraje de hacer".

La muerte no es sólo el último acto; es, de algún modo, compendio de una vida. Mirarla de frente es aprender a vivir en el reconocimiento agradecido, en la súplica penitente, en el deseo de seguir a Cristo, Esposo de la Iglesia y Salvador del mundo. Si la vida de Pablo VI fue una hermosa lección, su "meditación ante la muerte" es un no menos precioso epílogo.

 

SI NO COME DE ESTE PAN, VIVIRÁ PARA SIEMPRE


Si uno come de este Pan, vivirá para siempre
Solemnidades y Fiestas



Juan 6, 51-58. Fieles Difuntos. En este día estamos llamados a recordar a todos, incluso aquellos de los que no se acuerda nadie.


Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net 



Te adelantamos las Reflexiones del Evangelio de la Semana 31o. del Tiempo Ordinario, del domingo 1 al sábado 7 de octubre 2015.
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Del santo Evangelio según san Juan 6, 51-58
Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo.» Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre. 

Oración introductoria
Señor, gracias por recordarme que estoy de paso en esta vida, y que este paso debe ser ágil, comprometido, responsable, entusiasta, animado y fortalecido por tu gracia.

Petición
Que a la luz de la eternidad aprendemos que todo es pasajero, relativo, y al meditar en la muerte, nos ayude a no poner nuestro corazón y nuestras seguridades en cosas materiales y efímeras.

Meditación del Papa Francisco
La Iglesia, peregrina en la historia, se regocija por la intercesión de los santos y beatos que apoyan la misión de anunciar el Evangelio; por otro, que, como Jesús, compartiendo las lágrimas de los que sufren la separación de sus seres queridos, y por Él y gracias a Él, da las gracias al Padre que nos ha sacado del dominio del pecado y de la muerte”.
Entre ayer y hoy muchos hacen una visita al cementerio, que, como dice la misma palabra, es el ‘lugar de descanso’, esperando el despertar final. Es agradable pensar que el mismo Jesús nos despertará. Jesús mismo reveló que la muerte del cuerpo es como un sueño del que Él nos despierta.
Con esta fe nos detenemos - incluso espiritualmente - en las tumbas de nuestros seres queridos, de cuantos han deseado el bien y han hecho el bien.

En este día estamos llamados a recordar a todos, incluso aquellos de los que no se acuerda nadie.
Recordamos a las víctimas de la guerra y la violencia; muchos mundos ‘pequeños’ aplastado por el hambre y la miseria; recordamos a los anónimos que reposan en el osario común. Recordamos a nuestros hermanos y hermanas muertos porque son cristianos; y aquellos que han sacrificado la vida para servir a los demás. Encomendamos al Señor especialmente a cuantos nos han dejado en el último año”.
La tradición de la Iglesia siempre ha instado a rezar por los difuntos, en particular, ofreciendo por ellos celebración Eucarística: esa es la mejor ayuda espiritual que podemos dar a sus almas, especialmente a los más abandonados”.
La memoria de los muertos, el cuidado de las tumbas y los sufragios son evidencia de confiada esperanza, enraizada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre el destino del ser humano, ya que el hombre está destinado a una vida sin límites, que tiene sus raíces y su realización en Dios.
Con esta fe en el destino último del hombre, nos dirigimos ahora a la Virgen María, que sufrió bajo la Cruz el drama de la muerte de Cristo y ha participado en la alegría de su resurrección.  Y para poder comprender cada vez más el valor de las oraciones de sufragio por los muertos. ¡Están cerca de nosotros!. Ella nos apoya en nuestra peregrinación diaria en la tierra y nos ayuda a no perder de vista el objetivo final de la vida que es el Paraíso. Y nosotros con esta esperanza que no defrauda, ¡vamos a seguir adelante!. (P Francisco Ángelus, 2 noviembre 2014)
Reflexión
Amigo lector: permíteme que te haga una confidencia personal. ¿Sabes? A mí me gusta mucho meditar sobre la muerte. Y no por ser un tipo melancólico, pesimista o lunático, ni de carácter fúnebre o taciturno. Francamente no. Más bien, me considero una persona alegre y optimista, amante de la vida y de la aventura. Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado a considerar la muerte como algo tétrico y negativo, y cuyo pensamiento debemos casi evitar a toda costa. Y, sin embargo, si tenemos una certeza absoluta en la vida es, precisamente, que todos vamos a morir.

Pero a mí, en lo personal, esta certeza no me atemoriza, para nada. Al contrario. Me hace pensar con inmenso regocijo y esperanza en el “más allá”, en lo que hay después de la muerte. Y también me ayuda a aprovechar mejor esta vida. Pero no para “pasarla bien”, sino para tratar de llenar mi alforja de buenos frutos para la vida eterna.

Alguien dijo: “Morir es sólo morir; morir es una hoguera fugitiva; es sólo cruzar una puerta y encontrar lo que tanto se buscaba. Es acabar de llorar, dejar el dolor y abrir la ventana a la Luz y a la Paz. Es encontrarse cara a cara con el Amor de toda la vida”.
Es verdad. Lo importante de la muerte no es lo que ella es en sí, sino lo que ella nos trae; no es el instante mismo del paso a la otra vida, sino la otra vida a la que ella nos abre paso. Para quienes tenemos fe, la muerte es sólo un suspiro, una sonrisa, un breve sueño; y para los que vivimos de la dichosa esperanza de una felicidad sin fin, que encontraremos al cruzar el umbral de la otra vida, ésta no es sino un ligero parpadeo y, al abrir los ojos, contemplar cara a cara a la Belleza misma; es exhalar el más exquisito perfume –el de nuestra alma, cuando abandone el cristal que la contiene— para iniciar la más hermosa aventura y gozar del Amor en persona… ¡ahora sí, para toda la eternidad! La muerte no debería llamarse “muerte”, sino “vida” porque es el inicio de la verdadera existencia.

El libro del Apocalipsis nos dice hermosamente que allí, en el cielo, después de la muerte “ya no habrá hambre, ni sed, ni calor alguno porque el Cordero que está en medio del trono, Jesús, los apacentará –a los que han entrado en la gloria— y los guiará a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 7, 16-17). Ya no habrá tristeza, ni dolor, ni sufrimiento, sino amor completo y dicha sin fin. ¿No es emocionante y apetecible?

Nuestra Madre, la Iglesia, nos ha enseñado a ver con ojos muy distintos la realidad de la muerte, a mirarla con gran serenidad y a aceptarla con paz y esperanza; incluso con alegría y regocijo –si es viva nuestra fe— porque aquel bendito día será el más glorioso de toda nuestra existencia: el de nuestro encuentro personal con Dios, el Amor que nuestro corazón reclama.

¡Claro!, sólo es posible hablar así cuando tenemos fe. Por eso, los santos se expresaban de ella –de la muerte— con un lenguaje desconcertante para el mundo. San Francisco de Asís la llamaba “hermana muerte”, y deseaba que llegara pronto. San Pablo afirmaba que para él la muerte era una ganancia porque así podría estar ya para siempre con el Señor (Fil 1, 21-23); y santa Teresa de Jesús también se consumía por el anhelo de que ésta no se demorara tanto en venir: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero” –decía en uno de sus poemas místicos— que, en nuestro lenguaje común, podríamos traducirlo con un “me muero de ganas de morirme”. Y hallamos la misma experiencia en tantos otros santos y mártires, que veían en la muerte no precisamente un castigo o una maldición, sino el momento dichoso de su definitivo y eterno encuentro con el Señor.

Fue Jesucristo quien nos enseñó a ver así las cosas. Durante su vida pública muchas veces nos habló de este tema, y en el Evangelio encontramos páginas muy bellas que robustecen nuestra fe y alimentan nuestra esperanza. Como aquella parábola de las diez vírgenes, en la que nos exhorta a vivir “esperando la llegada del esposo” –o sea, de Cristo el Señor—. La parábola de los talentos, de las minas, de los invitados a la boda, del rico epulón y del pobre Lázaro y muchas otras enseñanzas tienen esta misma temática.

Y es que, si nos tomamos en serio esta meditación, la muerte nos enseña a vivir mejor y a valorar el poco tiempo del que disponemos para hacer méritos que perduren. Nos educa en la justa consideración de las cosas y de los bienes terrenos: a la luz de la eternidad aprendemos que todo es pasajero, relativo, accidental y caduco; y nos ayuda, en consecuencia, a no poner nuestro corazón y nuestras seguridades en cosas tan baladíes y efímeras. Nos da, en definitiva, la auténtica sabiduría, esa que no engaña y que nos hace vivir según la Verdad, que es Dios mismo.

Entonces, es muy saludable pensar de vez en cuando en la muerte. Y si la tenemos siempre presente en nuestra vida, tanto mejor. Ahora sí nos damos cuenta de que celebrar a los fieles difuntos tiene mucho sentido y de que, en vez de temer a la muerte, de rehuirla o de reírnos de ella, es mucho más provechoso aprender las lecciones de vida que ella nos ofrece.

Propósito
Ver con ojos muy distintos la realidad de la muerte, a mirarla con gran serenidad y a aceptarla con paz y esperanza; incluso con alegría y regocijo a través de la fe.
Rezar por nuestros difuntos para que estén disfrutando de la gloria de Dios.

ESTAMPAS CON ORACIONES POR LOS FIELES DIFUNTOS



DÍA DE LOS FIELES DIFUNTOS, 2 DE NOVIEMBRE


Fieles difuntos
2 de noviembre. Conoce el significado de las costumbres y tradiciones relacionadas con esta fiesta.


Por: Tere Fernández | Fuente: Catholic.net 




Un poco de historia

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, “podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)

Costumbres y tradiciones.

El altar de muertos

Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección.

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa “lugar de la muerte” o “residencia de los muertos” para purificarse y seguir su camino.

Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra.

El difunto ese día se convertía en el "huésped ilustre" a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida.

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imágen de la Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.

Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo de su vida.

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados “calaveras” en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.

La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres “estadios” de la Iglesia:

1) La Iglesia Purgante, conformada por todas las almas que se encuentran en el purgatorio, es decir aquéllas personas que no murieron en pecado mortal, pero que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.

2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos.

3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y somos los que ponemos la ofrenda.
En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y a los niños se les pone diferente tipo de comida.

Cuida tu fe

Halloween o la noche de brujas: Halloween significa “Víspera santa” y se celebra el 31 de Octubre. Esta costumbre proviene de los celtas que vivieron en Francia, España y las Islas Británicas.

Ellos prendían hogueras la primera luna llena de Noviembre para ahuyentar a los espíritus e incluso algunos se disfrazaban de fantasmas o duendes para espantarlos haciéndoles creer que ellos también eran espíritus.

Podría distraernos de la oración del día de todos los santos y de los difuntos. Se ha convertido en una fiesta muy atractiva con disfraces, dulces, trucos, diversiones que nos llaman mucho la atención.

Puede llegar a pasar que se nos olvide lo realmente importante, es decir, el sentido espiritual de estos días.

Si quieres participar en el Halloween y pedir dulces, disfrazarte y divertirte, Cuídate de no caer en las prácticas anticristianas que esta tradición promueve y no se te olvide antes rezar por los muertos y a los santos.

Debemos vivir el verdadero sentido de la fiesta y no sólo quedarnos en la parte exterior. Aprovechar el festejo para crecer en nuestra vida espiritual.

Algo que no debes olvidar

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo entre el 1 y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación en el purgatorio.

Oración

Que las almas de los difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Así sea.
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