viernes, 27 de noviembre de 2015

CÓMO SABER EL NIVEL DE AUTORIDAD DE UNA ENSEÑANZA DE LA IGLESIA

Cómo saber el nivel de autoridad de una enseñanza de la Iglesia
La doctrina

Hay que distinguir entre las enseñanzas del magisterio y la autoridad temporal de la Iglesia en otras cuestiones


Por: Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María | Fuente: www.corazones.org 



Los católicos obedecemos al magisterio porque es la auténtica interpretación de la Palabra de Dios encomendada por Jesucristo al Papa y a los obispos en comunión con el. Jesús dijo: "El que a vosotros oye, a Mí me oye" (Lc 10,16). Todas las enseñanzas del magisterio son importantes y dignas de ser recibidas con obediencia.

Es cierto que las enseñanzas de la Iglesia están ordenadas en una jerarquía que nos ayuda a entender mejor el significado de cada una. El Papa y los obispos no ejercen el mismo grado de autoridad en todas las enseñanzas. Pero esto no debe ser pretexto para despreciar ninguna de sus enseñanzas. El Papa Pío XII (Humani generis, 12-14) advierte de este peligro:
"Hay algunos que, de propósito y habitualmente, desconocen todo cuanto los Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre el carácter y la constitución de la Iglesia; y ello, para hacer prevalecer un concepto vago que ellos profesan y dicen haber sacado de los antiguos Padres, especialmente de los griegos. Y, pues los Sumos Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en las opiniones disputadas entre los teólogos, se ha de volver a las fuentes primitivas, y con los escritos de los antiguos se han de explicar las constituciones y decretos del Magisterio. Afirmaciones éstas, revestidas tal vez de un estilo elegante, pero que no carecen de falacia. Pues es verdad que los Romanos Pontífices, en general, conceden libertad a los teólogos en las cuestiones disputadas -en distintos sentidos- entre los más acreditados doctores; pero la historia enseña que muchas cuestiones que algún tiempo fueron objeto de libre discusión no pueden ya ser discutidas. Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: `El que a vosotros oye, a Mí me oye` (Lc 10:16); y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos".

Llamamos "doctrina" a toda verdad enseñada por la Iglesia como necesaria de creer
Toda doctrina cabe en una de las siguientes categorías:

1-Es revelación divina (Ej.: la Presencia Real Eucarística)

2-Es una conclusión teológica de la verdad revelada (Ej.: la canonización de un santo)

3-Es parte de la ley natural (Ej.: la pecaminosidad de los anticonceptivos).


Doctrinas "de fe"

Las verdades que la Iglesia enseña como "de fe" son aquellas sobre las que se tiene la certeza de que son infalibles (sin posibilidad de error) porque están amparadas por las promesas de Cristo: ´El que a vosotros oye, a Mí me oye´(Lc 10,16). La promesa de Cristo no puede fallar. Estas verdades requieren de los católicos el asentimiento de la fe. Es decir, la virtud sobrenatural de la fe, porque tenemos fe en Cristo y su promesa de enseñar por medio de la Iglesia. Estas verdades obligan a los católicos bajo pena de romper nuestra comunión con la fe verdadera.


¿Como podemos saber si una enseñanza es "de fe"?
Es "de fe" si se encuentra en los tres primeros niveles del magisterio:


  • Primer nivel de magisterio: Una definición infalible del Papa

    "El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral..." -Catecismo 891

    1) "como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos". (Si habla en calidad de persona privada, o si se dirige solo a un grupo y no a la Iglesia universal, no goza de infalibilidad).

    2) "proclama por un acto definitivo la doctrina". (Cuando el Papa claramente expresa que la doctrina es definitiva, no puede cambiar y es infalible)

    3) "en cuestiones de fe y moral"

    Al ejercicio especial y explícito de infalibilidad Papal se le llama un pronunciamiento ex-cathedra. Cuando el Sumo Pontífice habla desde su silla (cathedra) de autoridad, como cabeza visible de todo los cristianos, sus enseñanzas no dependen del consentimiento de la Iglesia y son irreformables.

    Aunque la mayoría de las proclamaciones infalibles del Papa han sido en colegialidad (en consulta con los obispos), esta no es requisito. El Papa puede definir un dogma aun sin los obispos. Concilio Vat. II (Lumen Gentium, 25): "sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro, y así no necesitan de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco la apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica."

     
  • Segundo nivel: La enseñanza del magisterio episcopal en comunión con el Papa

    Esto ocurre:

    1- Cuando los obispos enseñan verdades definitivas de la fe y moral en comunión con el Papa.

    2- de manera especial, cuando se reúnen en Concilio.

    "La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico. Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar "como revelado por Dios para ser creído" y como enseñanza de Cristo, "hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe". Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina." -Catecismo 891.

    Lumen Gentium 25: "Aunque cada uno de los prelados por sí no posea la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, si todos ellos, aun estando dispersos por el mundo, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el Sucesor de Pedro, convienen en un mismo parecer como maestros auténticos que exponen como definitiva una doctrina en las cosas de fe y de costumbres, en ese caso enuncian infaliblemente la doctrina de Cristo."

    Una definición solemne no requiere una fórmula especial. Se sabe que es una enseñanza infalible porque el mismo documento del magisterio claramente hace saber que la enseñanza es definitiva. Un ejemplo es el Concilio de Trento (DS 1520) que "estrictamente prohíbe que se crea o predique o enseñe diferente de lo que se ha establecido y explicado en el presente decreto". Por lo tanto es un decreto infalible.

    Los concilios han usado la fórmula: "Si alguien dice... Sea anatema". ("Si quis dixerit... anathema sit."). Pero esa fórmula por si sola no es determinante de infalibilidad ya que también se ha utilizado en materia disciplinaria.

    Para saber si la Iglesia tiene la intención de enseñar infaliblemente en este segundo nivel, se debe observar el lenguaje y la intención. Si hace ver que es una verdad definitiva, entonces es infalible.

     
  • Tercer nivel: El magisterio ordinario del Papa, cuando este expresamente ejerce un juicio definitivo en materia de fe o moral que era antes debatida

    En ese caso lo que el Papa enseña está amparado por las promesas de Cristo en Lc. 10:16. Estos juicios definitivos pueden darse en una encíclica u otro tipo de documento pontificio.

     
  • Cuarto Nivel - pronunciamientos que no son infalibles.

    No requieren el asentimiento de la fe pero sí una sumisión religiosa de la voluntad y del entendimiento (Cf. Canon 752 de la nueva Ley Canónica).

    "Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según la mente y voluntad que haya manifestado él mismo y que se descubre principalmente, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas." -Lumen Gentium, 25; Cf: Canon 752

    La enseñanzas que no son definitivas no entran en la virtud de la fe. Más bien se trata de materia que Lumen Gentium 25 y la ley canónica llaman "sumisión religiosa de la voluntad y el entendimiento".


    ¿Que requiere esta sumisión?

    Prohíbe que se contradigan estas enseñanzas públicamente.

    También requiere asentimiento de la mente, aunque no requiere el asentimiento de la fe.


    ¿Cómo podemos dar asentimiento mental sin certeza absoluta?

    Lo hacemos por confianza en la fuente. Lo cierto es que todos damos asentimiento a diario en cuestiones seculares sobre las que no podemos tener absoluta certeza. Por ejemplo, cuando tomamos un vuelo, confiamos nuestra vida en el piloto sin la certeza de que sea buen piloto. Cuando vamos a un restaurante, confiamos que no nos van a envenenar.... Nuestra creencia de que no nos engañan en esos casos toma en cuenta que hay una pequeña probabilidad de error pero arriesgamos nuestra vida por confianza en la empresa. No podríamos vivir sin este tipo de asentimiento. En la corte se trata de encontrar la verdad y probarla más allá de dudas razonables. No se exige ni se puede pedir más.

    Nuestro asentimiento a las enseñanzas del magisterio del cuarto nivel no es de fe, no contiene la certeza absoluta de los primeros tres niveles, pero si es un asentimiento confiado en la guía del Espíritu Santo sobre la Iglesia. Las posibilidades de error en este tipo de asentimiento son aun mucho menores que en el caso del avión o el restaurante. Además, si erramos por ser asentir a alguna enseñanza de la Iglesia que no es de fe, cuando estemos ante el Juez Divino, este nos felicitará. Pero si erramos por romper con la Iglesia pensando que sabemos más que ella, caemos en serio riesgo de ser acusados por lo menos de orgullosos.

    Algunos objetan que por obedecer a las autoridades de la Iglesia se cometieron injusticias en el pasado. Respuesta: Hay que distinguir entre las enseñanzas del magisterio y la autoridad temporal de la Iglesia en cuestiones de gobierno o de juicios sobre personas ejercida en el pasado, que no es el ámbito del magisterio.


    Con frecuencia el Papa enseña con la ayuda de las Congregaciones de la Curia Romana. Las declaraciones publicadas estas Congregaciones no pretenden enseñar doctrinas nuevas sino reafirmar o sintetizar la doctrina de la fe católica definida o enseñada en anteriores documentos del Magisterio de la Iglesia, indicando su recta interpretación frente a los errores y ambigüedades doctrinales actuales. Un documento doctrinal de una Congregación de la Curia es formalmente promulgado cuando es expresamente aprobado por el Sumo Pontífice y por lo tanto tiene naturaleza magisterial universal porque lleva la autoridad del mismo Papa.

COMUNIÓN: UNIÓN SACRAMENTAL CON EL SAGRADO CORAZÓN



Comunión: Unión sacramental con el Sagrado Corazón
Partes de la Misa: Comunión


Es la unión sacramental con Cristo verdadero Dios y verdadero hombre.


Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net 



La comunión es el momento fundamental de la Misa. Todo lo que hemos vivido espiritualmente se realizará sacramentalmente. Es ahora cuando se da la más íntima comunión con Él. Es la unión sacramental con Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Nos hemos ido preparando durante toda la Misa para este momento. 
Hemos muerto a nosotros mismos y nos hemos vaciado en el acto penitencial para recibir el don de Cristo. Hemos adorado a Dios dejando que el Espíritu alabe en nosotros durante el Gloria. Hemos acogido su Palabra que se ha hecho carne en nosotros en la Liturgia de la Palabra. Nos hemos ofrecido totalmente a Él, desde nuestra miseria, en el ofertorio. Hemos recibido el don de unirnos a su cuerpo y su sangre espiritualmente en la consagración. Hemos intercedido por la humanidad entera en la Plegaria Eucarística. Hemos llamado “Padre” a Dios. Ahora es nuestra oportunidad de acoger a Cristo Eucaristía para que se realice todo esto en nosotros. Jesús sacramentado, en nosotros, lleva a cabo estos misterios.
Mientras caminas en la fila para recibir la hostia consagrada puedes hacer una oración de deseo. Desea a Dios, desea recibirlo, desea unirte íntimamente con Él, desea su gracia, deséalo profundamente. Díselo una y otra vez:
Señor Jesús, te deseo recibir. Mi alma tiene hambre y sed de ti. No soy digno, pero ven a mí. Deseo ser uno contigo. Ansío tu presencia. Te he buscado en los hombres, en las criaturas, en este mundo y no te encuentro. Mi alma te busca ¡oh Señor! no le escondas tu rostro. Ven Señor Jesús.
Cuando recibas a Jesús, di con fuerza “Amén”. El Amén es nuestra prueba de fe. El sacerdote nos da la hostia diciendo: “Cuerpo de Cristo” y nosotros con nuestro amén, creemos. Creo que eres Dios, creo en tu amor, creo en tu misericordia, creo en tu presencia real, creo en ti. Aumenta mi fe (Mc. 9, 24).


 ¿Por qué se requiere fe? Se puede decir que es el momento más “sensible” de la Misa. Recibimos físicamente a Cristo. Sin embargo Dios permanece oculto en las especies del pan y del vino. “Yo soy el pan de la vida.” Jn. 6, 35. Dios sigue siendo incomprensible para nuestra naturaleza. Siempre nos pide el salto de la fe. Seguimos buscando a un Dios según nuestros criterios. Un Dios majestuoso, poderoso, omnipotente que creemos que va a estar en el viento huracanado que parte las montañas y resquebraja las rocas. Lo estamos esperando en el terremoto o en el fuego. Sin embargo, Dios está en el rumor de una brisa suave. (1Re. 19, 11-12). El hombre no termina de entender dónde reside la verdadera grandeza. En la pequeñez de una hostia, blanca y pura, se encuentra la majestad de Dios.
Es por eso que Dios requiere de tu fe. Prepárate para recibirlo con ese gesto tan sencillo de decir con fe: Amén.
En la acción de gracias después de la comunión desearíamos hablar mucho con Jesús. Sin embargo, este momento tan bello de unión es recomendable que sea invadido por el silencio. Cuando dos personas se aman, sobran las palabras. Así es con Dios, a quien amas y que te ama. Intenta entrar dentro de ti, de unirte al Señor que has recibido en silencio. Un silencio que adora, que ama. Te aconsejo que sólo rompas el silencio con pocas palabras.
¿Qué palabras puedes decir? En primer lugar: gracias. La palabra gracias dice mucho, expresa una actitud del corazón. Las personas que saben que no merecen nada agradecen siempre. La gratitud abre el corazón, lo hace más sensible a los dones que se reciben. Recibir a Dios como alimento es el don más grande (Jn. 6, 32). Repite sencillamente: “Gracias Señor, gracias”.
En segundo lugar dile al Señor: te necesito. Expresarle a Dios la necesidad que tenemos de Él nos hace capaces de recibir su ayuda. “No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.” Mt. 9, 12. En este momento puedes decirle que lo necesitas porque estás enfermo, porque has pecado, porque no puedes ser santo por tus propias fuerzas. Dile que necesitas de Él. Dios quiere sanar tu corazón, te quiere perdonar, te quiere llenar de su gracia.
En esta petición incluye a todos tus seres queridos, a los más necesitados, a los enfermos, a los sacerdotes, a todas aquellas personas por las que quisieras interceder. Cuando intercedes por los demás te conviertes en padre o madre espiritual. Pide al Señor por todos tus hijos. Repite con la fuerza de tu corazón pobre: “Señor te necesito y te necesitan todos mis hijos.”
En último lugar puedes decir: te amo. Al corazón de Dios le consuela escuchar que le amas. A Dios le agradan estas palabras dichas con todo el corazón. A veces, no nos sentimos dignos de decirle a Dios que lo amamos porque pensamos que no somos auténticos. Sabemos que el amor se expresa con los actos y con la vida. “Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.” 1Jn. 3, 18. Por eso, esperamos ser perfectos. Pasarás la vida esperando el momento para decirle que lo amas y se te acabará tu oportunidad, ya que nunca seremos perfectos. Dios sabe que tu corazón está herido por el pecado, sin embargo, el amor que brota de tu corazón herido le consuela (1Jn. 4, 10-17). Repite sin cansarte: “Te amo Señor”.
Comentarios al autor Taís Gea

EL CIELO Y LA TIERRA PASARÁN, PERO MIS PALABRAS NO


El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
Tiempo Ordinario



Lucas 21, 29-33. Tiempo Ordinario. El mejor camino para afrontar el futuro es aprovechar el momento presente. 


Por: Ignacio Sarre | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Lucas 21, 29-33
Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Oración introductoria
Espíritu Santo, te pido el don de ciencia para valorar las cosas humanas en relación a mi último fin y para saber discernir lo que debo hacer en cada momento. En este momento de oración, ayúdame a guardar el silencio necesario para agradarte y escuchar lo que hoy me quieres decir.

Petición
Señor, dame fortaleza, para buscar con constancia la santidad.

Meditación del Papa Francisco
Con la venida de Dios en la historia estamos ya en los tiempos “últimos”, después de los cuales el paso final será la segunda y definitiva venida de Cristo.
Naturalmente aquí se habla de la 'calidad' del tiempo, no de su 'cantidad'. Con Jesús ha venido la plenitud del tiempo, plenitud de significado y plenitud de salvación. Y no habrá más una nueva revelación, pero la manifestación plena de lo que Jesús ha ya revelado.
En este sentido estamos ya en la 'última hora'; cada momento de nuestra vida no es provisorio es definitivo y cada acción nuestra está cargada de eternidad. De hecho la respuesta que damos hoy a Dios que nos ama en Jesucristo, incide en nuestro futuro.
La visión bíblica y cristiana del tiempo y de la historia no es cíclica, pero linear: es un camino que va hacia un cumplimiento. Un año que ha pasado por lo tanto no nos lleva a una realidad que termina pero a una realidad que se cumple, es un paso ulterior hacia la meta que está delante de nosotros: una meta de esperanza y de felicidad, porque encontraremos a Dios, razón de nuestra esperanza y fuente de nuestra alegría. (Homilía de S.S. Francisco, 31 de diciembre de 2013).
Reflexión
Nos interesan mucho los pronósticos. Ponemos atención al reporte del clima para saber si saldremos o no al campo. A los aficionados, el de la Liga de fútbol. A los empresarios, el de la Bolsa de valores. ¡Qué previsores! Nos gusta saber todo con antelación para estar preparados.

Jesucristo ya lo había constatado hace 2000 años, cuando no había ni telediarios, no existía el fútbol, ni mucho menos la Bolsa de Valores. Pero los hombres de entonces, ya sabían cuándo se acercaba el verano, porque veían los brotes en los árboles.

Nuestra vida se mueve entre una historia (el pasado) y un proyecto (el futuro). La invitación del Señor es a estar preparados para lo que nos aguarda, con atención a los signos de los tiempos. A aprender de las lecciones del pasado, con optimismo y deseo de superación. Pero, sobre todo, a vivir intensamente el presente, el único instante que tenemos en nuestras manos para construir. No lo podemos perder lamentándonos por los errores del pasado y, menos aún, temiendo lo que puede llegar en el porvenir. El mejor camino para afrontar el futuro es aprovechar el momento presente. Seamos previsores, ¡invirtamos y apostemos hoy por la vida eterna!


Propósito
El Señor nos advierte: "mis palabras no pasarán", es nuestra responsabilidad no perder más el tiempo, el tiempo es un regalo de Dios de valor incalculable. Utilizarlo de cara a Él, obedeciendo su santa voluntad. He ahí la tarea del cristiano y lo único que puede darnos la felicidad.
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