miércoles, 20 de enero de 2016

CUENTA CON TODOS, SOMOS FAMILIA

Cuenta con todos, somos familia
La prueba de la estimación, del amor, es ser solidario, y eso esperamos de nuestros seres cercanos


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net 



La solidaridad es una de las cualidades comunitarias más decisivas, quizá la más importante. La prueba de la estimación, del amor, es ser solidario, y eso esperamos de nuestros seres cercanos: padres y hermanos primeramente, luego familiares y amigos (no necesariamente en ese orden), y por último de compañeros y hasta desconocidos de buena pinta.

“Cuenta conmigo” decimos a quienes estimamos cuando están en problemas, reales o potenciales o sólo requieren una palmadita en el hombro. Esa es la señal del verdadero amor familiar, de la amistad y del compañerismo, o hasta del sentido social, si algo podemos hacer por alguien desconocido, y pensamos serle de alguna ayuda.

Se supone que esa solidaridad (“cuenta conmigo”), es la mejor manifestación de amistad, que siendo franca, nos lleva a hacer lo necesario por otra persona, hasta llegar al límite de dar la vida. Cristo dio su vida por sus amigos, como la mayor prueba de amor: solidaridad al límite.

Así, en la vida podemos ir seleccionando amistades, con las que podemos contar, desde el compartir la alegría hasta aliviar la grave necesidad. Dicen que un amigo es un hermano que nosotros escogemos. Escoger al futuro cónyuge es buscar a la mejor amistad de por vida.

Pero antes de tener que buscar amigos verdaderos, con quienes contar, seleccionado entre quienes nos rodean, o acabamos de conocer, tenemos una red de convivencia real o potencial a la cual recurrir, para convivir en las buenas y en las malas.

Se trata de la familia extendida, la que se extiende fuera del núcleo familiar de padres e hijos. Allí están los abuelos, los tíos y tías, la primada y sobrinos y sobrinas. Cuando esta familia extendida permanece unida, en contacto y frecuente convivencia, es la mayor fuerza de solidaridad que la sociedad conoce.

Es la unión de la sangre, de parte de padre y de madre. Los abuelos son una especie definitiva de segundos padres, que velan (y se dice consienten) a los nietos. Los tíos y tías, forman un manto protector de sobrinos, sean hijos de hermanos o de primos. Un buen matrimonio une a las familias políticas como una sola.

Y qué decir de los primos; cuando se les ha mantenido en contacto: son casi como hermanos todos, y así se ven, apoyan y comparten la vida, también en las alegrías como en la necesidad.

Las grandes familias unidas son ejemplo de solidaridad ante cualquier comunidad humana, son imbatibles. Los padres de familia saben que cuentan con abuelos y primos para ayudar con los hijos y para que aprendan a convivir solidariamente. A su vez, están dispuestos a hacer lo que sea necesario por los niños y jóvenes de la familia extendida y adultos mayores.

En la gran familia, los valores, la fe y la moralidad se aprenden y fortalecen casi en automático, porque son la vida cuando esa familia, esos parientes, son gente de bien (porque cuando son gente de mal, desgraciadamente también se maman las malas costumbres y los antivalores).

Las personas mayores no temen así a la soledad que amenaza cada vez más a su vejez: la soledad y el abandono. Siempre hay alguien cerca, allí están hijos, nietos, sobrinos, y hasta la familia política de los hijos y nietos, para compartir algo de su vida y velar por sus necesidades.

Una gran familia unida es el mejor apoyo para quien ha perdido su trabajo y carece de recursos para la vida diaria: “no te preocupes, nosotros (sí, ‘nosotros’) te apoyaremos”. La enfermedad de un miembro de esa gran familia se verá atendida no solamente por cónyuges e hijos, sino por toda una comunidad de sangre y amor.

Los hijos aprenden a convivir y a ser solidarios en la vida cuando así lo viven, naturalmente, sin que necesariamente alguien les diga: “mira, así se hace”; simplemente es así, lo ha enseñado la convivencia familiar.

Difícilmente se da una alegría mayor que la que desborda una reunión de la gran familia. Esa alegría no sólo se participa, sino que es una forma de unión espiritual.

La vida contemporánea y su tendencia son hacia el aislamiento, como fenómeno de las grandes ciudades, y las comunidades menores tienden a crecer y convertirse en ciudades de gran tamaño, con la problemática que se conoce y se sufre ahora. La sociedad se queja de que los cónyuges conviven cada vez menos con los hijos y éstos entre sí, pues las costumbres los llevan al aislamiento.

La solución a la desintegración de la familia celular, más que la convivencia con vecinos, compañeros y familias amigas, está en la familia extendida. No se trata de que vivan en comunas familiares, sino que la cercanía de comunicación y de reuniones frecuentes les hace convivir en armonía y solidaridad.

Ante la desintegración social, y el desvanecimiento de la solidaridad comunitaria, debemos fortalecer a la gran familia, la extendida; crear y reforzar la conciencia de que así es, de que los valores humanos se preservan mejor entre los parientes cercanos (y lejanos).

Cuando tenemos esa familia unida, con padres, hermanos y también abuelos, tíos, primos y sobrinos, algo flota siempre en el ambiente, y es que, en las buenas y en las malas, cada quien sabe que el mensaje implícito de esos parientes es siempre: “cuenta con todos, para eso somos familia”.

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