domingo, 24 de abril de 2016

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO: DIEZ OBRAS QUE TODO CATÓLICO DEBE LEER


Día Internacional del Libro: 10 obras que todo católico debe leer
Por Diego López Marina



 (ACI).- Hoy 23 de abril se celebra en todo el mundo el Día internacional del libro al conmemorarse los 400 años de la muerte de dos grandes de la literatura mundial: el inglés William Shakespeare y el español Miguel de Cervantes, fallecidos ambos en 1616.

Por conmemorar la ocasión, ACI Prensa presenta una lista con 10 libros que todo católico debe leer.

1. La Biblia

Nada más importante y elemental para un católico que leer la Palabra de Dios. Es un libro que reúne a otros libros escritos por hombres pero inspirados por el Espíritu Santo. 

A este conjunto de 73 libros lo llamamos Biblia y en ellos encontramos buena parte de la revelación que Dios ha hecho a los hombres de Sí mismo y de aquellas otras verdades necesarias para la salvación eterna. 

2. Catecismo de la Iglesia Católica

Promulgado en 1992 por el Papa San Juan Pablo II, que dijo en 1997: "el Catecismo de la Iglesia Católica presenta una exposición orgánica y sistemática de los contenidos fundamentales de la fe y de la moral católicas, a la luz de la Tradición viva de la Iglesia y del Concilio Vaticano II; y contribuye notablemente a un conocimiento más profundo y sistemático de la fe".

"Por tanto, es necesario que este instrumento sirva como punto de referencia para la enseñanza de la religión en las comunidades parroquiales. Además, es deseable que cada familia tenga una copia del Catecismo de la Iglesia Católica, porque es una guía segura en la educación religiosa y en la vida conforme a la fe".


3. Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis.

Esta obra fue escrita por el famoso literato, ensayista, crítico y apologeta cristiano C.S. Lewis, reconocido internacionalmente por su obra Las crónicas de Narnia y sus ensayos apologéticos.

Cartas del diablo a su sobrino es un clásico para la defensa de la fe cristiana. Es una sátira que trata de la tentación, una obra que representa la vida y debilidades del hombre desde el punto de vista de Escrutopo, un asistente de alto rango de Satanás.


C. S. Lewis comparte las misivas entre este viejo diablo y su sobrino Orugario, un demonio novato que debe encargarse de la condenación de un joven. Sin duda una atractiva historia que además ayudará al creyente a combatir las tentaciones y el pecado.


4. El silencio de María, Ignacio Larrañaga

Esta obra le pertenece al sacerdote franciscano P. Ignacio Larrañaga y se centra en el tema del silencio de María, presentándola de una forma convincente y fiel a las fuentes del Evangelio.

Este clásico de la espiritualidad del siglo XX se divide en cuatro capítulos en los que se medita sobre la maternidad y fidelidad de la Reina del Cielo al designio que Dios tuvo para ella.


5. Confesiones, San Agustín

Esta obra fue escrita entre el 397 y el 398 por el Doctor de la Iglesia, San Agustín de Hipona. En ella el santo se confiesa con Dios, contándole sus pecados cometidos durante su juventud, así como el camino de su conversión.

Por más de mil años, antes de la publicación de la Imitación de Cristo de Tomas de Kempis, esta famosa autobiografía fue el manual más utilizado para alcanzar una correcta vida espiritual.

“Grande eres Tú, Oh Señor, digno de alabanza (…) Tu nos has creado para Ti, oh Señor, y nuestros corazones estarán errantes hasta que descansen en Ti” (Confesiones, Capítulo 1)



6. Imitación de Cristo, Tomás de Kempis

La fama mundial de Tomás de Kempis se debe a que escribió La Imitación de Cristo: el libro que más ediciones ha tenido después de la Biblia. Este librito es llamado "el consentido de los libros" porque ha tenido ya más de 3.100 ediciones en diferentes idiomas.

Es un libro de devoción y ascética escrito en forma de consejos breves cuya finalidad, según el propio texto, es “instruir al alma en la perfección cristiana, proponiéndole como modelo al mismo Jesucristo”.



7. Jesús de Nazaret, Benedicto XVI

El Papa Emérito Benedicto XVI publicó esta obra en el 2007, siendo esta la primera parte de la trilogía dedicada a la vida de Jesús.

Aquí el teólogo restaura la identidad de Jesucristo presentada en los Evangelios abordando gran parte de su ministerio público, bautismo, sermón de la montaña, parábolas, vocación de los apóstoles, confesión de Pedro y la Transfiguración.



8. Introducción a la vida devota, San Francisco de Sales

Esta importante y referencial obra espiritual contiene las instrucciones y consejos enviados por San Francisco de Sales a su prima política, la señora de Chamoisy, que se había confiado a la dirección espiritual del religioso.

Francisco decide publicar estas notas en 1608 y desde entonces se ha considerado como una de las obras maestras de la ascética cristiana por lo que se tradujo a diversos idiomas.



9. Historia de un alma, Santa Teresita del Niño Jesús

La Doctora de la Iglesia carmelita, conocida también como Santa Teresita de Lisieux, escribió esta autobiografía a finales del siglo XIX por orden de su superiora monástica.

El libro recopila los recuerdos, experiencias y testimonios de Teresita, que con apenas 15 años de edad, revela su camino de infancia espiritual, es decir, sus caminos de humildad, confianza y entrega total a Dios.

“Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos”, fueron las palabras de Jesús en Mateo 18:4.

Este clásico imprescindible de la literatura espiritual ha sido traducido a más de 60 idiomas y contiene más de mil citas bíblicas -400 del Antiguo Testamento y 600 del Nuevo-.


10. Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, San Luis María Grignion de Montfort

Para cerrar la lista está el libro favorito San Juan Pablo II y una de las obras más grandes que se han escrito sobre la Virgen Santísima. En esta obra San Luis de Monfort expresa la práctica de la Consagración a Jesucristo por medio de la Madre de Dios.


Y tú, ¿qué otro libro agregarías a la lista?

LAS PARROQUIAS NECESITAN APOLOGÉTICA

Las parroquias necesitan apologética
Es muy raro encontrar parroquias en las que la Apologética forme parte de los ministerios parroquiales

  Fuente: VacunaDeFe.com 




Sin duda la apologética, es un tema que no podemos decir que ha caído en decadencia, lamentablemente en un porcentaje altísimo de cristianos la necesidad de defender a la Iglesia es algo que ni siquiera se estima imprescindible, me he topado con algunos católicos que afirman que la apologética “no es necesaria”, otros simplemente se muestran indiferentes.
Y estas posiciones son hasta cierto punto “válidas“ por parte de católicos que aunque no tienen una formación teológica-catequética  sólida sin embargo, mantienen un fuerte comunión  con Dios y gozan de una espiritualidad plena. A estos católicos aunque se vean objetados resulta casi imposible que lleguen a arrebatarles su credo o que siembren dudas en ellos. Creo que la mayoría de los católicos se hallan en este supuesto, cuando uno tiene la plena convicción espiritual de lo que cree y ha tenido un verdadero encuentro con el Señor, es complicado que tienda a dudar  o que sienta la curiosidad por participar en prácticas de otros cultos no católicos. Aunque no justifico esta situación para no profundizar en nuestra doctrina, creo que parcialmente podemos bajar la guardia.
El problema comienza con los otros católicos, con los que habitualmente no van a misa o que rara vez llegan a encontrarse con Dios, con los que se acercan a la parroquia sólo el 12 de Diciembre o durante la Semana Santa y el resto del año se olvidan por completo de la Iglesia. A este tenor me gustaría  resaltar que incluso los mismos evangélicos han hecho un “catálogo” de las especies de católicos que existen para luego aplicar una estrategia de particular “evangelización”. Así lo describe el autor evangélico Daniel R. Sánchez en su libro “CÓMO TESTIFICAR A SUS AMIGOS CATÓLICOS”:
«La Iglesia Católica Romana no es un grupo monolítico; está formada por numerosos grupos que tienen diferentes grados de devoción y con diferentes puntos de vista: El católico tradicional, el católico progresivo, el católico nominal, el católico cultural, el católico carismático…»
(R. Sánchez Daniel, Cómo testificar a sus amigos católicos, Casa Bautista de Publicaciones, pág.90)

Con este tipo de católicos es con los que nace aún más la necesidad de instruir en la fe, la experiencia nos dice que son esta clase de cristianos  los más proclives a ser presa de alguna secta. En la sagrada escritura se advierte: “Perece mi pueblo por falta de conocimiento” (Oseas 4: 6)
Hoy día existen distintos ministerios que se han aperturado hacia la enseñanza de la apologética en las comunidades parroquiales, en los sitios de la web encontramos ya muchísimas páginas que se dedican de lleno a la evangelización a través de la defensa la fe, sin embargo, el número de parroquias y comunidades en las que ésta se imparte es todavía paupérrimo, a decir verdad es muy raro encontrar iglesias en las que la Apologética forme parte de los ministerios parroquiales. Pero tal vez el problema de los escases enseñanza de la apologética no radique  esencialmente  en la falta de interés por parte del católico hacia la solidez de su credo, muchos apologistas afirman que han sido las mismas comunidades las que le han cerrado las puertas a esta rama de la teología.
Tristemente es ésta una realidad innegable, dialogando con hermanos apologistas testimonian que se han encontrado con muchos obstáculos al momento de pretender instruir a la comunidad. Entre los más sobresalientes se encuentra, como ya lo habíamos dicho antes, la falta de interés por parte de los católicos hacia un concreto conocimiento de su religión, la gente se muestra indiferente ante este tema, y no sólo la comunidad,  muchos sacerdotes  no consideran a ésta como necesaria. Esta clase de católicos estima que mientras no falten a misa y tengan una asidua espiritualidad no tienen nada más de qué preocuparse.
Quizá para muchos se estime complicado el estudio de las escrituras, ciertos católicos alegan que adentrarse en la doctrina es sinónimo de estudio intenso y que francamente no tienen el tiempo para hacerlo o creen que no tienen la capacidad como para afrontar un ministerio de esta categoría, ”eso le corresponde a los teólogos y a los curas” afirman. Otros sostienen que con leer continuamente la sagrada escritura están ya preparados para afrontar a los hermanos separados cuando toquen a sus puertas.
Afirman también que en algunos casos se arguye al hecho de que “de nada sirve saber mucho sobre Dios y la Iglesia si no se pone en práctica”. Analicemos este argumento, efectivamente de nada sirve ser casi casi un erudito de la Biblia si en nuestra vida cristiana no reflejamos el conocimiento que Dios nos ha dado a través de su Palabra y por demás si no lo compartimos con nuestros hermanos, una persona puede llegar a saber mucho sobre la historia de la Iglesia y sobre el plan de Dios para nuestras vidas pero si no practica las virtudes de un cristiano, eso y no saber nada es casi lo mismo. Sin embargo, la historia nos muestra que muchas personas que consagraron su vida a Dios o que tenían un encuentro muy cercano con el Señor llegaron a apostatar por completo de la iglesia. Tenemos para muestra un botón, el fundador del protestantismo, Martín Lutero era nada más y nada menos que un monje de la orden de los Agustinos y ¿qué pasó? ¡Hoy día es el responsable de que en el Mundo existan cerca de 33,000 denominaciones protestantes diferentes!, tenemos también a los autores intelectuales de la biblia herética por excelencia, Casidoro de Reyna y Cipriano de Valera (de ahí que se le denomine a esta versión de la biblia “reyna-valera”) fueron dos monjes católicos de España quienes fueron de los primeros que tradujeron la biblia a una lengua vernácula. El fundador de la secta La Luz del Mundo, Eusebio Joaquín González llegó a ser el sacristán de su parroquia durante su militancia en el catolicismo. De manera que también, uno puede tener una estrecha relación con el Señor, pero nadie está exento de caer en las trampas de la herejía.
Un problema enorme que representa esta realidad es que de alguna manera conduce al relativismo y peor aún, a un culposo sincretismo religioso, muchos católicos creen que mientras permanezcan dentro del catolicismo no tienen nada de qué preocuparse, pero precisamente por  no tener un conocimiento pleno de la doctrina católica tienden a mezclar o peor a importar errores doctrinales al interior de la Iglesia. He conocido a muchas personas que se ostentan orgullosamente como católicos pero que al mismo tiempo tienen en sus casas matas de sábila para ahuyentar las malas vibras o las envidas, que asisten continuamente a la oración pero que le atribuyen a un listón rojo o a un collar de ajos el poder que solo Dios tiene.
He escuchado cantar en misa muchos coros que de la misma manera entonan el Ave María que una canción de Jesús Adrián Romero o de Marcos White y muchas veces cuando uno intenta coregirles,lejos de tratar de enmendar el error se molestan. He conocido a más de un católico que entre su música de alabanzas tiene la discografía completa del grupo protestante “Rojo” o “Inspiración” y por si esto fuera poco hasta los he visto vender sus discos a la salida de los templos.
Existen bastantes católicos que tienen una ferviente devoción hacia nuestra Madre pero que en el mismo altar en donde le ofrecen flores o le prenden una veladora, tienen una imagen de la Muerte o de Buda, algunos hasta descaradamente llevan a bendecir a las iglesias sus imágenes.
Cuando nos acercamos a las fiestas navideñas es fácil notar como muchos católicos participan de las posadas y demás festividades decembrinas pero que también participan de “rituales para atraer el dinero o el amor en el año que viene”
De igual manera el descuido en  los conocimientos doctrinales puede desembocar en un verdadero sincretismo religioso constituyendo católicos que licuan las verdades católicas con prácticas ajenas al cristianismo como lo son el esoterismo  y otras pertenecientes de la Nueva Era. A propósito el Padre Daniel Gagnon opina:
“En nuestra experiencia hemos encontrado personas dedicadas de tiempo completo a la Nueva Era que incluso tienen infinidad de discípulos y que en conferencias públicas se presentan como católicos y en la misma conferencia enseñan cosas incompatibles con la fe católica como por ejemplo: que nuestro Señor Jesucristo no puede romper las leyes kármicas; o que sólo aprendiendo a leer el tarot se entiende el misterio de la Santísima Trinidad”.
(Gagnon Daniel, Introducción a la Nueva Era, Editorial Basilio Núñez, pág.22)
Existen tantos católicos activos que llevan una vida de piedad pero que leen a autores como Pablo Coello que es un promotor firme de la Nueva Era o que escuchan música anticlerical como “Mago de Oz”.
Este problema tiene una única explicación: la inmensa falta de información de los católicos. De manera que como hemos visto, la apologética no es un mero capricho de aquellos que se interesan en instruirse para defender a la Iglesia, en realidad la apologética tiene como principales objetivos contrarrestar precisamente los errores garrafales en los que pueden incurrir católicos aparentemente formados. Y no sólo eso, tenemos que entender además que la apologética constituye una obra de misericordia para con el prójimo, ¡y recordemos que son nuestras buenas obras las que nos van a juzgar!: “¿De qué me sirve, hermanos míos que alguien me diga <>, si no tiene obras?, ¿Acaso podrá salvarle la fe? “(Santiago 2:14)
Según el catecismo de la Iglesia Católica entre las obras de misericordia espirituales se encuentran:
  1. Corregir al que está en el error. Y precisamente un objetivo primordial de la Apologética es recomponer los errores doctrinales en los que muchos católicos pueden encontrarse, cuando un apologista reprende a un católico que está errando en su teología no lo está haciendo simplemente por reprenderlo está siendo por el contrario misericordioso con él. ¡En cuanta responsabilidad estaremos incurriendo al impedir a nuestros hermanos que nos instruyan o instruyan a otros!
     
  2. Enseñar al que no sabe: Consiste en enseñar al ignorante sobre temas religiosos o sobre cualquier otra cosa de utilidad. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de comunicación o directamente.
A lo mejor es preferible que te dejes enseñar. Esto también es obra de misericordia: saber escuchar y agradecer lo que has aprendido. Todos necesitamos aprender unos de otros, incluso el profesor del alumno, el padre del hijo, y el empresario del obrero.
“Quien instruye a muchos para que sean justos, brillarán como estrellas en el firmamento”.  (Dan. 12, 3b)
Como vemos, la necesidad de la apologética es realmente inmensa y va más allá de un simple conocimiento profundo sobre Dios y nuestra Iglesia, lamentablemente en muchas parroquias se ha rechazado la enseñanza de esta materia y por otro lado, el interés de los católicos por formarse en esta rama es también un tanto escaso. Ojalá que pronto hagamos consciencia sobre la importancia que debe tener la Apologética en nuestras comunidades, una importancia que también debe darse en nuestros hogares,podemos comenzar por nuestras propias familias instruyendo a los hijos y a nuestros hermanos para así mantenernos dentro de lo posible dentro del margen de la doctrina católica.
 “Estad siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza” (1 Pedro 3:15)

Te invitamos a aprender a defenderr tu fe, inscríbete en el Diplomado de Apologéticaque estamos dando.

LA NOVEDAD DE ESTE MANDAMIENTO


La novedad de este mandamiento
Pascua


Juan 13, 31-35. Domingo V de Pascua C. El mandamiento que Cristo nos dejó es un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado.


Por: P . Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan 13, 31-33ª, 34-35
Cuando salió, dice Jesús: Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros. 

Oración introductoria

Señor, soy privilegiado al poder tener este rato de oración contigo. Consciente de mis fallas, confío en tu misericordia y en tu amor. Te ofrezco mi mente abierta y dispuesta a escuchar lo que hoy me quieres decir, para que así se encienda en mí el fuego de tu amor divino y pueda amar a los demás como Tú me has amado.

Petición
Jesús, concédeme amarte con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas.

Meditación del Papa
Meditad la Palabra de Dios. Descubrid el interés y la actualidad del Evangelio. Orad. La oración, los sacramentos, son los medios seguros y eficaces para ser cristianos y vivir "arraigados y edificados en Cristo, afianzados en la fe". El Año de la fe será una ocasión para descubrir el tesoro de la fe recibida en el bautismo. Podéis profundizar en su contenido estudiando el Catecismo, para que vuestra fe sea viva y vivida. Entonces os haréis testigos del amor de Cristo para los demás. En él, todos los hombres son nuestros hermanos. La fraternidad universal inaugurada por él en la cruz reviste de una luz resplandeciente y exigente la revolución del amor. "Amaos unos a otros como yo os he amado". En esto reside el testamento de Jesús y el signo del cristiano. Aquí está la verdadera revolución del amor. Por tanto, Cristo os invita a hacer como Él, a acoger sin reservas al otro, aunque pertenezca a otra cultura, religión o país. Hacerle sitio, respetarlo, ser bueno con él, nos hace siempre más ricos en humanidad y fuertes en la paz del Señor. (Benedicto XVI, 15 de septiembre de 2012).

 
Sólo seremos de verdad bienaventurados, felices, cuando entremos en la lógica divina del don, del amor gratuito, si descubrimos que Dios nos ha amado infinitamente para hacernos capaces de amar como Él, sin medida. Como dice San Juan: «Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. (Homilía de S.S. Francisco, 28 de septiembre de 2015).

Reflexión
Muchas veces he escuchado decir que el mandamiento que Cristo nos dejó en la Última Cena es "nuevo" porque está todavía sin estrenar, y que si los cristianos y la gente de buena voluntad realmente lo viviéramos, el mundo sería mucho mejor, más humano y feliz.

Es verdad. Pero tampoco seamos tan pesimistas y digamos que "está todavía sin estrenar". Gracias a Dios, hay muchos buenos cristianos que viven el mandamiento de la caridad y, gracias a ellos, el mundo no es más cínico y cruel de lo que ya es. Gracias a los santos y al testimonio de tantos hombres y mujeres, todavía podemos vivir en este mundo con alegría y esperanza: ¡porque aún existe el amor!

Y tenemos tantísimos ejemplos de esta gran verdad. Lo que pasa es que la gente buena no hace noticia. Sólo los escándalos, las guerras, las injusticias y el mal encuentran eco en la prensa y en los medios masivos de comunicación, salvo muy raras excepciones. Nos gusta leer chismes y noticias "amarillistas". Pero no olvidemos que existen legiones enteras de cristianos que se dedican a sembrar el bien y a repartir amor por doquier sin esperar ninguna recompensa. ¡Gracias al cielo!

¿Qué sería del mundo sin las hijas de la caridad de la Madre Teresa de Calcuta? ¿O sin tantas almas buenas que se pasan la vida entera sirviendo a los pobres, a los enfermos, a los huérfanos, a los marginados y a los moribundos en todos los rincones del planeta: en los hospitales, en las cárceles, en los asilos, en las barricadas, en los campos de refugiados, en las escuelas y en las parroquias, lo mismo de las grandes metrópolis de Occidente que de las tierras de misión y los suburbios del tercer mundo?

Recordemos hoy el maravilloso testimonio de tantos sacerdotes, misioneros, religiosos, religiosas y laicos del pueblo de Dios que se desviven por ayudar a aquellos que no son nada a los ojos del mundo y de la sociedad opulenta, egoísta y utilitarista del siglo XXI. ¡Tenemos muchos santos en nuestra Iglesia Católica, de todas las épocas de la historia, que han sido verdaderos mártires de la caridad cristiana! Por citar sólo algunos nombres conocidos, allí están Francisco y Clara de Asís, Juan de Dios, Vicente Ferrer, Francisco de Sales, Juana de Chantal, Vicente de Paúl, Camilo de Lelis, Isabel de Hungría, Don Bosco, Maximiliano María Kolbe, el Padre Damián, Charles de Foucald y tantísimos otros hombres y mujeres cuya lista sería interminable... San Felipe Neri, fundador del Oratorio, se dedicaba a educar en la fe a niños y adolescentes pobres que recogía de la calle y los llevaba a su casa o a la parroquia para atenderlos en sus necesidades materiales. Pero tenía que hacer con frecuencia diversos recorridos por la ciudad para pedir limosna y poder proveer a sus muchachos del alimento necesario. En una ocasión, recibió una agria negativa de parte de un señor muy rico. Como el santo sabía que ese hombre poseía bastantes riquezas, insistió y volvió a tocar la puerta de la casa. El señor salió molesto y furioso, lo insultó y lo escupió en la cara. San Felipe, sin inmutarse, se limpió el rostro y le dijo: "Bien, eso ha sido para mí. Y qué me va a dar para mis muchachos?"

Aquí tenemos otro ejemplo de lo que es la auténtica caridad cristiana, que sabe servir, ayudar al necesitado, perdonar las ofensas y seguir amando, sin guardar odios ni resentimientos. Porque la caridad que Cristo nos enseñó es hacer el bien sin esperar recompensa. Así tendremos un gran premio en el cielo y seremos hijos de nuestro Padre celestial, que es bueno con todos, también con los malos y los ingratos.

Se cuenta una bella historia de san Hugo, obispo de Grenoble. Se retiraba de vez en cuando a la Cartuja Mayor para vivir, bajo la guía de san Bruno, como un religioso más. En cierta ocasión le tocó ser compañero de celda de un monje llamado Guillermo -es costumbre, como se sabe, que los cartujos vivan de dos en dos en cada habitación-. Pues fray Guillermo se quejó amargamente del obispo ante san Bruno. )Cuál fue su queja? Que, con gran pesar suyo, el santo obispo realizaba las faenas más humildes y penosas, y se portaba no como compañero, sino como criado, prestándole los servicios más bajos. Por ello, rogó instantemente a san Bruno que moderara aquella humildad y solicitud del santo obispo y diera orden de que las labores humildes de la celda fuesen compartidas igualmente por los dos. San Hugo, a su vez, suplicaba también con insistencia a san Bruno que le permitiera satisfacer su devoción y entregarse con solicitud al servicio de su hermano. Tales son las contiendas de los santos.

Nuestro Señor nos dijo que la caridad sería la señal con la que nos distinguirían que somos realmente sus discípulos. ¿A cuántos de nosotros se nos distingue, efectivamente, por la práctica de esta virtud?

Y es que la caridad es como el resumen y la culminación de muchísimas otras virtudes. No en vano nuestro Señor la llamó "su mandamiento nuevo", la plenitud de la Ley, el primero y el más grande de todos los mandamientos, hasta el punto de equipararla con el amor a Dios, ya que, como nos recuerda san Juan: "Si uno dice amar a Dios, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve" (I Jn 4, 20). Y Jesús nos dijo que lo que hiciéramos a uno de éstos, sus humildes hermanos, lo habríamos hecho a Él en persona. (Mt 25, 40).

San Pablo, por su parte, nos recuerda que "la caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera… Ahora permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad" (I Cor 13, 4-7.13).

La caridad es perdón, es comprensión, es bondad de corazón; es incapaz de negar nada y está siempre atenta para prestar un servicio a los demás. La caridad no piensa mal, no habla mal, no quiere mal a nadie, ni siquiera a nuestros enemigos o a los que nos ofenden y maltratan.

¡Qué hermosa virtud, pero cuánto heroísmo requiere en ocasiones, cuánta abnegación nos exige y cuánto olvido de nosotros mismos para ayudar a nuestros prójimos!

Propósito
Pidamos al Señor la gracia de asemejarnos cada día más a Él, amando a los demás como Él nos amó a nosotros hasta el punto de entregar su vida y derramar toda su sangre por nosotros. Si somos cristianos, procuremos vivir como Él vivió. En esto conocerán que somos discípulos suyos.

 
Preguntas o comentarios al autor   P. Sergio Cordova LC

jueves, 21 de abril de 2016

QUÉ PENSABA JESÚS DE LOS RICOS?


¿Qué pensaba Jesús de los ricos?
Jesús y las personas


¿Cómo actuaba frente a ellos? ¿Les obligaba a dar todo su dinero a los necesitados? ¿Les aconsejaba lo que debían hacer con sus posesiones? 


Por: P. Antonio Rivero, L.C | Fuente: Libro Jesucristo. 



Jesús, al invitar a renunciar a las riquezas, ¿apunta hacia la carencia, incita a ingresar en el vacío y la nada? Jesús apunta más bien a conseguir una riqueza infinitamente mayor. Al igual que se entra desnudo en la vida, sólo se entrará desnudo en el Reino de los cielos, pues, si desnudo se nace, desnudo se renace. Sólo quien se ha despojado de riquezas, de ambiciones, de poderes, de falsas ilusiones, de odios y revanchas, podrá entender mejor las riquezas del cielo. Jesús no viene a empobrecer al hombre, pero sí a sustituir una riqueza pasajera por la gran riqueza de Dios.

Todos los bienes materiales son regalos de Dios, nuestro Padre. Debemos usarlos en tanto cuanto nos lleven a Él, con rectitud, moderación, desprendimiento interior. Al mismo tiempo, son medios para llevar una vida digna y para ayudar a los más necesitados. Lo que Jesús recrimina es el apego a las riquezas, y el convertirlas en fin en sí mismas.

Hay expresiones de Jesús en los Evangelios bastante desconcertantes sobre las riquezas y sobre los ricos: "Hijos, cuán difícil es entrar en el Reino de Dios para los que confían en las riquezas. Más fácil es que pase un camello por ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios" (Mc 10, 24). O aquella otra frase: "No podéis servir a Dios y a Mammón" (Mt 6, 24; Lc 16, 13). ¿Jesús desprecia las riquezas, las condena? ¿Excluye de su Reino a los ricos?

1. Jesús ante los bienes materiales

Jesús era una persona pobre. Nace de una familia sin grandes recursos y en condiciones pobres. Incluso no pudieron ofrecer un cordero, por falta de recursos (cf. Lc 2, 24).

No almacena bienes y sabe vivir de la Providencia de su Padre (cf. Mt 8, 20; Lc 9, 58). Es más, las cosas son para Jesús una obra del Padre. Brotaron de la mano amorosa y providente de su Padre (cf. Mt 6, 26ss).

Y cuando llama bienaventurados a los pobres (cf. Mt 5, 3), está llamando felices a quienes son desprendidos interiormente, aquellos que ponen toda su confianza en Dios, porque todo lo esperan de Él. Pobre es sinónimo del que tiene el corazón vacío de ambiciones y preocupaciones; de quienes no esperan la solución de sus problemas sino de solo Dios. Y pobreza en la Biblia es sinónimo de hambre, de sed, de llanto, de enfermedad, trabajos y cargas agobiantes, alma vacía, falta de apoyo humano.

Jesús era pobre en ese sentido: apoya su vida en Dios, su Padre. Gracias a esa libertad interior, Jesús puede disfrutar de los bienes moderada y alegremente. Es tan libre que está por encima de las apetencias, ansiedades y vanidades. Por eso sabe gozar de las cosas y, a la vez, prescindir de ellas para seguir su misión y su preferencia por Dios Padre. Goza de un banquete (cf. Lc 7, 36-49; Jn 2, 1-12), pero también se priva de lo material cuando se lo pide su misión (cf. Jn 4, 31-32). Disfruta preparando un almuerzo a sus íntimos (cf. Jn 21, 9-12); les defiende cuando los fariseos les acusan de arrancar espigas, pues tenían hambre (cf. Mt 12, 1-8).

Pero no vive en la miseria. Tiene su vida asegurada, pues en el grupo de los apóstoles había una bolsa común (cf. Lc 8, 1-3; Jn 12, 6). Compraban alimentos (Jn 4, 8) y se hacían limosnas con parte de los bienes (cf. Jn 13, 29). Es decir, Cristo tiene bienes y los administra. Participa en banquetes y fiestas y sabe cooperar con vino generoso en las bodas de Caná (cf. Jn 2, 1 ss). Y estos mismos goces sanos los desea para los demás. De ahí su hermoso y gratuito gesto de la multiplicación de los panes y peces (cf. Mt 15, 15 ss; Jn 6, 1-15).

Acepta regalos, incluso costosos (cf. Jn 12, 1-8).

Y, sin embargo, Cristo alcanza con su gloriosa resurrección la máxima riqueza que va a distribuir a todos (cf. Mt 28, 18). Sigue siendo pobre porque no posee las riquezas materiales, sino las de Dios.

¿Cuál fue, entonces, la postura de Jesús frente a los bienes materiales? La enseñanza central de Cristo en lo económico es ésta: relativización del dinero. A Jesús le interesa mucho más cómo se usa lo que se tiene que cuánto se tiene y, sobre todo, le importa infinitamente más lo que se "es" que lo que se tiene. Jesús quiere dar a entender que la verdadera riqueza es la interior, la del corazón. La riqueza material nos debe ayudar a ser ricos en generosidad, desprendimiento y solidaridad.

Al decir que Jesús consideraba las riquezas como relativas, no significa que Jesús fuera un adorador romántico de la pobreza, en sentido material. No es que Jesús quiera la pobreza material, que se convierta en miseria. No. Por eso, su mensaje es bien claro: todos somos hermanos y debemos compartir lo que tenemos, para que nadie sufra esa pobreza material. Si no tenemos caridad no somos nada (cf. 1 Cor 13, 1 ss).

La postura de Jesús frente a las riquezas es de una gran libertad interior. Jesús no está apegado a ellas, no está esclavizado a ellas, no está obsesionado por ellas. Vive la pobreza como ese desapego interior de todo. Por eso, Jesús insiste en que lo material es perecedero y lo sobrenatural es eterno. Así se entiende por qué no toma posición ante quien le pide juicio sobre lo material (cf. Lc 12, 14).

La cruz descubre profundamente el valor que Jesús concede a las cosas materiales y terrenas. Para salvar a los hombres y cumplir la misión confiada por su Padre, dio todo cuanto tenía. Jesús en la cruz es pobre de cosas, pero es rico en amor, perdón, misericordia, obediencia. De su costado abierto brotó la Iglesia, los sacramentos, el regalo de su Madre.

2. Jesús ante los ricos

Cuando decimos que Jesús prefiere como amigos a los pobres no estamos diciendo que excluya a los ricos. Jesús, enemigo de toda discriminación, no iba Él a crear una más. En realidad, Cristo es el primer personaje de la historia que no mide a los hombres por lo económico sino por su condición de personas.

Es un hecho que no faltan en su vida algunos amigos ricos con los que convive con normalidad. Si al nacer eligió a los pastores como los primeros destinatarios de la buena nueva, no rechazó, por ello, a los magos, gente de recursos y sabia. Y si sus apóstoles eran la mayoría pescadores, no lo era Mateo, que era rico y tenía mentalidad de tal. Y Jesús no rechaza invitaciones a comer con los ricos; acepta la entrevista con Nicodemo, cuenta entre sus amigos a José de Arimatea, tiene intimidad con el dueño del cenáculo, gusta de descansar en casa de un rico, Lázaro, y, entre las mujeres que le siguen y le ayudan en su predicación figura la esposa de un funcionario de Herodes. Tampoco rehusa el ser enterrado en el sepulcro de un rico.

Jesús ama a todos: pobres y ricos. Conocemos su relación con Simón, el fariseo (cf. Lc 7, 36), y con Nicodemo, doctor de la Ley (cf. Jn 3, 1). El rico José de Arimatea es mencionado expresamente entre sus discípulos (cf. Mt 27, 57). En sus viajes le seguían"Juana, mujer de Cusa, procurador de Herodes, Susana y otras muchas que le servían con sus bienes" (Lc 8, 3). Por lo que podemos juzgar, sus apóstoles no pertenecían a las más bajas clases sociales, sino como Jesús mismo, a la clase media.

Más que a las riqueza en sí o a los ricos, Jesús combate la actitud de apego frente a esas riquezas. Jesús veía en la mayor parte de los fariseos y saduceos, representantes de la clase rica y dirigente del país, las funestas y alarmantes consecuencias del culto a Mammón. Lo que les impedía seguirle, manteniéndoles alejados del reino de los cielos, no era la riqueza en sí, sino su egoísmo duro, su orgullo, su apego a ella, a sus privilegios.

Cuando Jesús llama la atención a los ricos es porque el rico, apegado a las riquezas, no siente necesidad de nada, pues lo tiene todo y no desea que cambien las cosas para seguir en su posición privilegiada. A quien le falta siente nostalgia de Dios y le busca.

Es un hecho que Jesús frente al pobre y necesitado lo primero que hacía era la liberación de su problema o dolencia, y sólo después venía la exigencia de conversión. Mientras que, frente al bien situado y rico, lo primero que le pedía era la exigencia de conversión y, sólo cuando esta conversión se manifestaba en obras de amor a los demás, anunciaba la salvación para aquella casa (cf. Lc 19, 1-10).

Por eso Jesús no condena sin más al rico, ni canoniza sin más al pobre. Pide a todos que se pongan al servicio de los demás. Para Jesús el verdadero valor es el servicio. Por lo mismo, la salvación del pobre no será convertirle en rico y la del rico robarle su riqueza, sino convertir a todos en servidores, descubrir a todos la fraternidad que cada uno ha de vivir a su manera.

3. Juicio de Jesús sobre las riquezas

No obstante lo dicho, Jesús anuncia del peligro y riesgo de las riquezas. Aquí la palabra de Jesús no se anda con rodeos. Para Jesús la riqueza, como vimos, no es el mal en sí, pero le falta muy poco. La idolatría del dinero es mala porque aparta de Dios y aparta del hermano. Así se explican las palabras de Jesús: no se puede amar y servir a Dios y a las riquezas (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13); la preocupación por la riqueza casi inevitablemente ahoga la palabra de Dios (cf. Mt 13, 22); es sinónimo de "malos deseos" (cf. Mc 4, 19). El que atesora sólo riquezas para sí es sinónimo del condenado (cf. Lc 12, 21). Cuando el joven rico no es capaz de seguir a Cristo es porque está atrapado por la mucha riqueza (cf. Lc 18, 23).

La crítica de Jesús al abuso de la riqueza se basa, efectivamente, en el poder totalizador y absorbente de ésta. La riqueza quiere ser señora absoluta de aquél a quien posee. Por eso, Jesús pone en guardia sobre la salvación del rico. Será difícil la salvación de aquel que haya vivido sólo para la riqueza, de la riqueza, con la riqueza, despreocupado del amor a Dios y al prójimo. Haría falta un verdadero milagro de Dios para que consiga la salvación (cf. Mt 19, 23; Mc 10, 25; Lc 18, 25).

Esta es la razón por la que el rico tiene que "volver a nacer", como sucedió a Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10); tiene que compartir, si quiere salvarse, cosa que no hizo el rico Epulón (cf. Lc. 16, 19-31); tiene que aceptar la invitación de Dios al convite de la fraternidad y no hacer oídos sordos, como hicieron los egoístas descorteses, que prefirieron sus cosas y por eso no entraron en el banquete del Reino (cf. Lc 14, 15-24).

¿Se salvará o no se salvará el rico? Si abrimos san Mateo, capítulo 25, 31-46, podemos concluir lo siguiente: Se salvará -rico o pobre- el que haya dado de comer, de beber, el que haya consolado al enfermo, el que haya tenido piedad con sus hermanos. Y se condenará -rico o pobre- el que haya negado lo que tiene, mucho o poco, a los demás.

CONCLUSIÓN

Es un error pensar que la vida es un ascenso hacia la fortuna material para gozar de los bienes en el más allá. ¡Qué diversos son los bienes que nos alcanzó Cristo con su resurrección! Él nos consigue la verdad, la libertad, la sinceridad, la comprensión, la satisfacción de no tener ansiedades, la paz, el perdón. Y sobre todo, la riqueza de las riquezas: el cielo. Y por ese cielo es necesario vender todo y así comprarlo (cf. Mt 13, 44-46). ¡Es la mejor inversión en vida!

DIOS Y EL SUFRIMIENTO

Dios y el sufrimiento
Cuatro perspectivas que descubre el obispo Barron en Los milagros del cielo


Fuente: Religión en Libertad 



18 abril 2016
Los milagros del cielo, una película que hizo despertar la fe de la actriz Jennifer Garner, su protagonista. El obispo auxiliar de Los Ángeles, Robert Barron, especializado en la evangelización a través de los medios y bien conocido en Youtube antes de ser consagrado en julio de 2015, descubre en el film una perspectiva interesante para el apostolado, según explicó en un artículo en Word on Fire:
Los milagros del cielo y el problema de la Teodicea
Como te dirá cualquier apologeta que se precie, la gran objeción a la proposición de que Dios existe es el hecho del sufrimiento de los inocentes.  Si quieres una presentación particularmente brillante de esa alegación, ve a Youtube y busca la disquisición de Stephen Fry sobre por qué no cree en Dios. (Inmediatamente después, por favor, buscami respuesta a Fry.)
Pero ahí sigue la pregunta angustiada de una legión de no creyentes: ¿cómo puede un Dios todopoderoso y que nos ama infinitamente permitir el horrible sufrimiento padecido por quienes, sencillamente, no lo merecen? Di todo lo que quieras (sostienen estos críticos sobre el plan de Dios o el bien que surge del mal), pero la desproporción entre el mal y los beneficios que podrían derivarse de él simplemente descarta la credibilidad de la fe religiosa. Ese veterano y experimentado apologeta también te dirá que ante este problema no existe una "respuesta" única e inequívoca, ni ningún argumento tumbativo que deje aturdido a quien dudaba, teniendo que darte la razón. La mejor aproximación es bordear el asunto lentamente, a la manera de los fenomenólogos, iluminando ahora este aspecto, ahora este otro.


Precisamente ese método es el que presenta la sorprendentemente sugerente y emotiva película Los milagros del cielo. La historia auténtica transcurre en torno a la devota familia Beam de Burleson (Texas): Christy, Kevin y sus tres hijas. A la edad de diez años, la mediana, Annabelle, desarrolla una enfermedad devastadora que no permite a sus intestinos procesar el alimento. Tras consultar sin éxito a médicos y cirujanos locales, Christy y su madre se desplazan a Boston a ver a un pediatra conocido en todo el país.
Pero tras muchos meses más de tratamiento, su enfermedad continúa siendo grave. Durante este terrible desafío, la fe de Christy en Dios se ve seriamente sacudida, porque en apariencia sus fervientes oraciones han quedado sin respuesta. De hecho, ella transmite explícitamente al pastor de su comunidad el confuso rompecabezas al que antes hacía referencia: ¿cómo un Dios que nos ama puede permitir que sufra esta niña inocente y temerosa de Dios?
Cuando parece que las cosas no pueden empeorar, Annabelle sufre un raro accidente, al caerse de cabeza por el interior de un tronco hueco.
Cuando vuelve en sí después de estar inconsciente varias horas, está inexplicablemente curada. Incapaz de explicar esa mejora repentina, el especialista de Boston declara que la niña ha tenido una "remisión completa": es la forma médica, dice, de explicar lo que no puede explicarse. La misma Annabelle, sin embargo, habla de una experiencia extracorpórea, un viaje al cielo, donde Dios le habría asegurado que se curaría.
Me gustaría sencillamente explorar algunos aspectos del problema del sufrimiento -teodicea, para llamarlo por su nombre- que ilumina esta película.
Primero, que los milagros son raros. Como sugiere la misma etimología de la palabra (mirari es sorprenderse), los milagros no suceden todos los días, porque si fuese así no nos maravillaríamos ni sorprenderíamos con ellos. De hecho, la compañera de hospital de Annabelle, una niña pequeña que padece cáncer y a quien su padre ama con locura, no recibe un milagro. Así que no debemos esperar que Dios intervenga cada vez que alguien experimente el dolor o la tragedia.
Segundo, que a Dios normalmente le gusta actuar a través de las causas segundas. Por ofrecer un ejemplo de la película, el especialista de Boston, el doctor Nurko, es retratado como un hombre no sólo médicamente competente, sino también profundamente compasivo. El bien incomparable que hace a docenas de niños debe interpretarse como una expresión del amor vigilante de Dios, como un vehículo por medio del cual actúa Dios. ¿Y por qué Dios no actúa directamente? Santo Tomás de Aquino respondía que a la Causa Suprema le gusta involucrarnos en su causalidad, dándonos, por así decirlo, la alegria y el privilegio de compartir su obra.
Una tercera lección es que los creyentes en el Dios de la Biblia no deben esperar verse libres de dolor; justo lo contrario. Realmente causa cierta perplejidad que muchos lectores de la Biblia parezcan pensar que el amor de Dios es incompatible con el sufrimiento, siendo así que todas las principales figuras de las Escrituras (Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Josué, Samuel, David, Salomón, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Pedro, Santiago y Juan) pasan por periodos de enorme sufrimiento. Y esta perplejidad no puede sino ahondarse al recordar que la persona central en la Biblia se la suele representar clavada en la cruz y en sus últimos estertores. Lo que queda claro a lo largo de Los milagros del cielo es que la agonía de la familia Beam no carece de sentido, sino que es más bien una participación en la agonía salvífica de Cristo.
Una cuarta y última perspectiva es que el sufrimiento puede sublimarse para convertirse en amor. A lo largo de la película vemos que la gente tiene detalles de amabilidad hacia Annabelle y su familia precisamente porque el sufrimiento de la niña ha despertado en ellos la compasión.
En una palabra, el dolor de la niña tiene un efecto salvífico sobre quienes la rodean; utilizando el lenguaje de la Biblia, ella sufría en lugar de ellos (Col 1, 24). Como señalaba Charles Williams [1886-1945, escritor de la tertulia de los Inklings, que compartió con J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis o, más ocasionalmente, Roy Campbell] la coinherencia -ser con y para los demás- es la dinámica principal de la vida cristiana. Nuestros triunfos y alegrías nunca son totalmente de nuestra propiedad: son para los demás. Y lo mismo vale para las tragedias.
¿"Resuelve" esta película el problema del sufrimiento de los inocentes? Obviamente, no. Pero ¿ilumina de forma creativa algunos de sus elementos claves? Indudablemente.
Traducción de Carmelo López-Arias.

SI ME CONOCE A MI CONOCES AL PADRE


Si me conoces a mi conoces al Padre
Pascua



Juan 13, 16-20. Pascua. Reconocer lo que soy y como soy, bendiciendo a Dios con el gozo profundo del alma. 


Por: Oscar Lomán | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan 13, 16-20
Después que Jesús lavó los pies a sus discípulos les dijo: En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado.
Oración introductoria
Gracias, Señor, por esta oportunidad que me das para hacer oración. Gracias, Dios mío, por el don de la vida, de mi familia y de tu amistad. Te pido que me des la gracia de permanecer fiel a tu amor y a tu palabra. Tú, Jesús mío, conoces mi fragilidad y por eso te suplico que me ayudes a ser un cristiano auténtico. Yo quiero acogerte, Señor, en mi corazón y en mi vida para ser tu amigo fiel, sobre todo, en los momentos de dificultad.

Petición
Jesucristo, dame la gracia de ser fiel a tu amistad. No permitas que la cruz, el sufrimiento, los problemas, el mundo o mi egoísmo me separen de ti.

Meditación del Papa Francisco
Los Doce eligieron colaboradores, a quienes comunicaron el don del Espíritu que habían recibido de Cristo, por la imposición de las manos que confiere la plenitud del sacramento del Orden. De esta manera, a través de la sucesión continua de los obispos, en la tradición viva de la Iglesia se ha ido transmitiendo este tan importante ministerio, y permanece y se acrecienta hasta nuestros días la obra del Salvador.
En la persona del obispo, rodeado de sus presbíteros, está presente entre vosotros el mismo Jesucristo, Señor y Pontífice eterno. Él es quien, en el ministerio del obispo, sigue predicando el Evangelio de salvación y santificando a los creyentes mediante los sacramentos de la fe; es Cristo quien, por medio del ministerio paternal del obispo, agrega nuevos miembros a la Iglesia, su Cuerpo; es Cristo quien, valiéndose de la sabiduría y prudencia del obispo, guía al pueblo de Dios, a través de su peregrinar terreno, hasta la felicidad eterna.
Recibid, pues, con alegría y acción de gracias a nuestro hermano que, nosotros obispos, con la imposición de las manos, hoy agregamos al colegio episcopal. Debéis honrarlo como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, a él se ha confiado dar testimonio del Evangelio y administrar la vida del espíritu y la santidad. Recordad las palabras de Jesús a los Apóstoles: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”. (Homilía de S.S. Francisco, 30 de mayo de 2014).
Es doloroso constatar cuando se cree que solo algunos tienen necesidad de ser lavados, purificados no asumiendo que su cansancio y su dolor, sus heridas, son también el cansancio y el dolor, las heridas de toda una sociedad. El Señor nos lo muestra claro por medio de un gesto: lavar los pies y volver a la mesa. Una mesa en la que Él quiere que nadie quede fuera. Una mesa que ha sido tendida para todos y a la que todos somos invitados. (Homilía de S.S. Francisco, 27 de septiembre de 2015).


Reflexión 
En este pasaje evangélico, el Maestro, nos invita entrañablemente a ser fieles a su amor, a no dejarle sólo, a no fallarle. Judas es aquél de quien el Señor dijo: «El que come mi pan ha alzado contra mí su talón». Ese apóstol no abrió su corazón a Jesús de par en par, no creyó en el Hijo de Dios y prefirió el camino del egoísmo y del amor propio. Ser fiel a Jesucristo significa creer en Él cuando la sombra de la cruz se acerca a las puertas de nuestra vida. Creer en el Señor es acoger a quienes Él envía.

Nos encontramos en la última cena. Un ambiente de familia e intimidad llena la sala del banquete. La luz vacilante de las velas nos invita al silencio y la contemplación.

Hace tan sólo unos instantes, el Maestro ha lavado los pies a sus discípulos. Grande lección de humildad y servicio. Los apóstoles no terminan de creérselo. Después de este acto de servicialidad Jesús les invita a servir a los demás como Él se los acaba de enseñar. Pero el Maestro aún no termina la lección y añade: “En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís”.

¡Qué bien enseña Jesús! Nos enseña la verdadera humildad. Tan sencillo como ponerse en su sitio. La humildad no es ir todo tímido, hablando en voz baja, timorato, desconfiado. ¡Nada de eso! Muy bien decía santa Teresa de Jesús: "Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira". Es decir, ponerse en su puesto. Sé que soy una criatura débil, pues me pongo en mi lugar. Esto no quiere decir que no aceptemos las virtudes que tenemos, porque sería ofender al que nos las regaló.

La Santísima Virgen María lo supo intuir muy bien. Por eso, en el Magnificat, María reconoce las maravillas que ha obrado el Señor en Ella. Se reconoce como criatura que ha recibido unos dones de Dios especialísimos, sin dejar de vivir la humildad. Yo no me imagino a María timorata y desconfiada. Todo lo contrario, me la imagino más alegre que unas castañuelas, pero con la alegría profunda del alma. María tenía que ser alegre porque un santo triste es un triste santo.

Propósito
No ensordezcamos nuestro corazón cuando Él nos pide ser sus enviados.

Diálogo con Cristo
Ayúdame, Señor mío, a vivir cada momento de mi existencia de cara a ti. Si alguna vez te he fallado u ofendido quiero pedirte perdón a través del sacramento de la reconciliación. Estoy dispuesto a levantarme y a seguir luchando porque te amo y quiero que estés al centro de mi vida. Te reconozco, Dios mío, como mi Señor y Creador. Lejos de ti, Padre Santo, a dónde puedo ir. Apartado de tu gracias qué sentido y qué valor puede tener mi vida. Ayúdame a perseverar en la fe hasta el final.
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