sábado, 30 de julio de 2016

BASTA CON SER BUENO?

¿Basta con ser bueno?
¿Es verdad que en el fondo lo único que importa es que uno sea bueno, y no tanto la fe que tenga?


Por: Fr. Nelson Medina O.P. | Fuente: fraynelson.com 



    Pregunta:    

Le preguntaron a Felipe Gómez, laico católico, padre de familia y misionero, una opinión sobre esta frase: NO IMPORTA EN LO QUE CREAS (sostienen algunos), LO QUE IMPORTA EN ESTA VIDA, ES SER BUENO. ¿Qué decir ante esa manera de pensar?

   Respuesta:   

Esta hermosa frase, tiene tanto de larga como de ancha. Puede ser tan sana como dañina. Hace parte del diccionario relativista más común de nuestros tiempos y debemos desmenuzarla tratando de comprender su significado, para bien de nuestras convicciones.
NO IMPORTA EN LO QUE CREAS? Si importa!
No es lo mismo creer en los astros que en Jesucristo. No es igual ser politeísta o ateo que Cristiano. No sabemos con certeza que ocurrió para que el hombre se hubiera volcado contra Dios, tal vez si comió de un fruto de un árbol, (me parece convincente la narración del Génesis) o tal vez cometió otro tipo de pecado de tal gravedad que hizo que nuestra alianza de amor con Dios se rompiera para que fuéramos expulsados del paraíso. Jesús viene en la plenitud de los tiempos, nace en un pesebre, nos predica, hace milagros y nos muestra el camino, la verdad y la vida. Jesús nos deja ver su grandeza contenida no tan solo en sus palabras, sino también en sus acciones. Jesús ama, sirve y se da a nosotros hasta la más cruel muerte en la cruz, redimiendo (rescatando) a la humanidad entera con su sacrificio. Jesús mis hermanos, es DIOS. Jesús no es solo un profeta o un sabio, no es tan solo un pensador que desapareció con el paso de los años, Jesús está vivo y resucitado. Luego no es lo mismo creer en el Hijo de Dios vivo, que creer en cualquier cosa o simplemente no creer en nada.
LO QUE IMPORTA EN ESTA VIDA ES SER BUENO?


¿Y quien nos asegura que sin Dios podemos ser buenos? Por cierto, ¿que significa ser bueno? Y a quien pertenece esa bondad que nos atribuimos como nuestra?
La definición del diccionario acerca de la bondad es: La inclinación o tendencia natural a hacer el bien. ¿Natural? No. La bondad es un don del Espíritu Santo, es un regalo Divino, no una característica humana y menos natural. El amor |verdadero y hasta sus [ultimas consecuencias] es completamente sobrenatural.
¿Cómo podemos llegar a amar a nuestros enemigos (Romanos 12,17) o bendecir a quienes nos persigan? ¿Como poder tener sentimientos de nobleza hacia quienes nos hacen daño, nos maltratan y hasta nos pueden quitar la vida?
El mensaje de la cruz es contrario a la naturaleza instintiva del hombre que devuelve mal por mal.
Nosotros [por nuestras solas fuerzas] nunca seríamos capaces de decir: "Perdónalos porque no saben lo que hacen" sin la gracia de Dios. Los hombres sin Jesús, no queremos misericordia, sino una justicia acomodada que se parece más a la venganza.
La bondad practicada en cualquier hombre, cualquier cultura e incluso en cualquier momento de la historia, ha sido un descubrimiento de la gracia de Dios. Hemos podido encontrar actos de amor en todo momento, cultura e incluso credo, y esto se lo debemos a la ley natural de Dios escrita en nuestros corazones, pero no es nuestra.
Una vez se ha revelado el amor y la bondad en Jesús, no podemos seguir insistiendo que lo importante es ser bueno, es más acertado tratar de comprender que lo importante es llamar a las cosas por su nombre y dejar de atribuirnos una cualidad que no viene de nosotros sino de Dios. DIOS es bueno, El es la bondad infinita, DIOS es amor.
"Cuando salía para seguir su camino, vino uno corriendo, y arrodillándose delante de Jesús, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Y Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo uno, Dios" (Marcos 10, 17-18)
Jesús no está diciendo con esto que El no sea bueno, está recordándonos que ese "maestro bueno" es una cualidad que lo adorna a El y solo pueden reconocer quienes tengan el Espíritu Santo.
Conclusión: Sí importa en lo que creas, o más bien, en quién creas, y lo importante es ser bueno a imagen y semejanza de Dios y reconociendo su gracia. Jesús es la bondad hecha hombre. Dios los bendiga.

LA CONCIENCIA

La conciencia
La conciencia es el juicio y el conocimiento intelectual que tenemos sobre nuestras propias acciones.


Fuente: http://encuentra.com/ 



La conciencia es una realidad de experiencia: todos los hombres juzgan, al actuar, si lo que hacen está bien o mal.
ÍNDICE:
Naturaleza de la conciencia.
2 Reglas fundamentales de la conciencia.
2.1 No es lícito actuar en contra de la propia conciencia.


2.2 Actuar con duda es pecado.
2.3 Obligación de formar la conciencia.
3 División de la conciencia.
3.1 Conciencia verdadera y errónea.
3.2 Conciencia recta y falsa.
A. Relajada.
B. Estrecha.
C. Escrupulosa.
D. Perpleja.
3.3 Conciencia cierta y dudosa.
Formación de la conciencia.

1. LA CONCIENCIA
La conciencia es una realidad de experiencia: todos los hombres juzgan, al actuar, si lo que hacen está bien o mal. Este conocimiento intelectual de nuestros propios actos es la conciencia.
Es innegable que la inteligencia humana tiene un conocimiento de lo que con toda propiedad puede llamarse los primeros principios del actuar: hay que hacer el bien y evitar el mal, no podemos hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Iluminada por esos principios de la ley natural ecos de la voz de Dios, la inteligencia (o, propiamente, la conciencia), juzga sobre los actos concretos; el acto de la conciencia es, por tanto, el juicio en que esos principios primeros o los deducidos de ellos se aplican a las acciones concretas. Un ejemplo: se me presenta la oportunidad de asistir a un espectáculo inconveniente; sé que hay un precepto divino que manda la pureza del alma; la conciencia juzga y habla interiormente: no debes ir porque eso es contrario a un principio divino.
La conciencia no es una potencia más unida a la inteligencia y a la voluntad. Se puede decir que es la misma inteligencia cuando juzga la moralidad de una acción. La base de ese juicio son los principios morales innatos a la naturaleza humana, ya mencionados al hablar del contenido de la ley natural (ver 3.4).

1 NATURALEZA DE LA CONCIENCIA
Desde el punto de vista psicológico, la conciencia es el conocimiento íntimo que el hombre tiene de sí mismo y de sus actos. En moral, en cambio, la conciencia es la misma inteligencia que hace un juicio práctico sobre la bondad o maldad de un acto:
a) juicio: porque por la conciencia juzgamos acerca de la moralidad de nuestros actos;
b) práctico: porque aplica en la práctica es decir, en cada caso particular y concreto lo que la ley dice;
c) sobre la moralidad de un acto: es lo que la distingue de la conciencia psicológica; lo que le es propio es juzgar si una acción es buena, mala o indiferente.
Este juicio de la conciencia es la norma próxima e inmediata –subjetiva- de nuestras acciones, porque ninguna norma objetiva -la ley- puede ser regla de un acto si no es a través de la aplicación que cada sujeto haga de ella al actuar.
El acto de la conciencia -juicio práctico- sobre la moralidad de una acción puede intervenir de una doble forma:
a) Antes de la acción nos hace ver su naturaleza moral y, en consecuencia, la permite, la ordena o la prohíbe.
Actúa -aunque de modo espontáneo e inmediato- a modo de un silogismo, por ejemplo:
- La mentira es ilícita (principio de la ley natural),
- lo que vas a responder es mentira (aplicación del principio al acto concreto),
- luego, no puedes responder así (juicio de la conciencia propiamente dicha).
b) Después de la acción el juicio de la conciencia aprueba el acto bueno llenándonos de tranquilidad, o lo reprueba, si fue malo, con el remordimiento.
Por eso señala San Agustín (cfr. De Gen. 12, 34: PL 34, 482) que la alegría de la buena conciencia es como un anticipado paraíso.
Conviene aclarar que cuando la conciencia actúa después de la acción no influye en su moralidad, y si se diera el caso de que sólo después de realizado un acto el hombre se diera cuenta de su inmoralidad, no habría cometido pecado formal, a menos que hubiera habido ignorancia culpable. Sería una acción materialmente mala, pero no imputable.

1.2 REGLAS FUNDAMENTALES DE LA CONCIENCIA
Antes de analizar los diversos tipos de conciencia que pueden darse en el hombre, señalaremos brevemente las reglas generales por las que hay que regirse:

1.2.1 NO ES LÍCITO ACTUAR EN CONTRA DE LA PROPIA CONCIENCIA
Ya que es eco de la voz de Dios y, como hemos dicho, es la norma próxima de la moralidad de nuestros actos.
Actuar en contra de lo que dicta la conciencia es, en realidad, actuar en contra de uno mismo, de las convicciones más profundas, y de los primeros principios del actuar moral.
Y ¿qué pasa, podemos preguntarnos, con la conciencia errónea? Es decir, la conciencia que equivocadamente cree que un acto bueno es malo o que un acto malo es bueno. Siendo consecuentes con la regla que acabamos de dar, diremos que hay obligación de seguirla, siempre que se trate de una ignorancia que el sujeto no puede superar, porque ni siquiera se da cuenta de que está en la ignorancia.
Podemos aclarar esta idea con algunos ejemplos:
Como consecuencia de una educación deficiente, alguien puede pensar que tomar bebidas alcohólicas aún moderadamente es ilícito. Si en una fiesta le ofrecen una copa y piensa que beberla es malo, al hacerlo comete pecado, porque actuó en contra de lo que le dictaba la conciencia (el acto es materialmente bueno, formalmente malo).
También puede suceder lo contrario: por mala formación inculpable, pienso que tengo obligación de mentir para ayudar a una persona; en ese caso estoy obligado a mentir y peco si no lo hago, aunque ese acto sea en sí mismo malo (materialmente malo; formalmente bueno, si la ignorancia era invencible).
Es preciso señalar, sin embargo, que estos casos aunque puedan darse a veces no son corrientes. Lo ordinario es que la conciencia errónea está basada en un error superable y, por tanto, la conciencia misma obliga a salir de él, poniendo la diligencia razonable que ponen las personas en los asuntos importantes.

1.2. ACTUAR CON DUDA ES PECADO
Por lo que es necesario salir antes de la duda. De otro modo, el sujeto se expone a cometer voluntariamente un pecado. Ver al respecto el inciso 4.3.3, in fine.

1.2.3 OBLIGACIÓN DE FORMAR LA CONCIENCIA
Ya que si la conciencia se equivoca al juzgar los actos por descuidos voluntarios y culpables, el agente es responsable de ese error (cfr. Lc. 11, 34-35). De la formación de la conciencia se trata en el inciso 4.4.
Es oportuno insistir en que la conciencia no crea la norma moral, sólo la aplica. Por ejemplo, caería en el error -llamado subjetivismo moral- el que dijera: para mí no es malo blasfemar; como sería igualmente ridícula la postura de quien pensara que por opiniones personales se puede cambiar la naturaleza de un metal, o que los ácidos se comporten como sales. Tan sólo se trata de aplicar, al caso concreto, normas objetivas.

3 DIVISIÓN DE LA CONCIENCIA
Buscando la mejor comprensión de los estados de la conciencia que pueden presentarse, los teólogos han establecido tres divisiones fundamentales:
a) Por razón del objeto
- verdadera: juzga la acción en conformidad con los principios objetivos de la moralidad
- errónea: juzga la acción en desacuerdo con ellos
b) Por razón del modo de juzgar
- recta: juzga con fundamento y prudencia
- falsa: juzga sin base ni prudencia. Puede ser: relajada; estrecha; escrupulosa; perpleja
c) Por razón de la firmeza del juicio
- cierta: juzga sin temor de errar
- dudosa: juzga con temor de errar o ni siquiera se atreve a juzgar

3.1 CONCIENCIA VERDADERA Y ERRÓNEA
Como es bien sabido, la verdad es la adecuación del entendimiento a la realidad de las cosas. Cuando esa adecuación falta, se produce el error. Por consecuencia, la conciencia verdadera es aquella que juzga en conformidad con los principios objetivos de la moral, aplicados concretamente al acto, y la conciencia errónea es la que juzga en desacuerdo con la verdad objetiva de las cosas.
Actuaría con conciencia verdadera (juzga de acuerdo a la ley moral) el que dice, por ejemplo:
“Ya que cometí un pecado mortal, no debo comulgar”.
“Las faltas de respeto hacia tus padres contrarían un precepto divino”.
Serían afirmaciones procedentes de conciencia errónea las siguientes:
“Por ser madre soltera le es lícito abortar”.
“Como tiene dificultades cuando se embaraza, puede tomar píldoras anticonceptivas”.
Como se ve, en los últimos casos, hay disconformidad entre lo que preceptúa la ley moral y lo que señala el juicio de la conciencia.
La conciencia errónea puede serlo vencible o invenciblemente; en el primer caso la conciencia juzga mal por descuido o negligencia en informarse, y en el segundo no es posible dejar el error porque no se conoce, o porque se hizo lo posible por salir de él sin conseguirlo.
Nótese que esta consideración de la conciencia es idéntica a aquella sobre la ignorancia vencible o invencible pues la conciencia, al fin y al cabo, es un acto de la inteligencia, la cual puede estar afectada por el obstáculo de la ignorancia.
Tres principios que se deducen de lo anterior son:
1. Es necesario actuar siempre con conciencia verdadera, ya que la rectitud de nuestros actos consiste en su conformidad con la ley moral.
De aquí surge la obligación -de la que hablaremos más detenidamente después- de emplear todos los medios posibles para llegar a adquirir una conciencia verdadera: conocimiento de las leyes morales, petición de consejo, oración a Dios pidiendo luces, remoción de los impedimentos que afectan a la serenidad del juicio, etc.
2. No es pecado actuar con una conciencia invenciblemente errónea porque, como ya se explicó, la conciencia es la norma próxima del actuar y, en ese caso, no se está en el error culpablemente.
No se olvide, sin embargo, que aquí estamos hablando de error invencible, o porque no vino al entendimiento del que actúa, ni siquiera confusamente, la menor duda sobre la bondad del acto; o porque, aunque tuvo duda, hizo todo lo que pudo para salir de ella sin conseguirlo.
Es posible, por ejemplo, que el campesino sin instrucción religiosa ni acceso a ella ignore invenciblemente alguno o algunos de los preceptos de la Iglesia (ver cap. 15). En el caso de un universitario o de un profesionista católico, esa ignorancia sería vencible de alguna forma.
3. Es pecado actuar con conciencia venciblemente errónea, puesto que en este caso hay culpabilidad personal.
En la práctica se puede saber que el error era vencible si de algún modo se adivinó la ilicitud del acto, o si la conciencia indicaba que era necesario preguntar, o si no se quiso consultar para evitar complicaciones, etc.

3.2 CONCIENCIA RECTA Y FALSA
La conciencia es recta cuando juzga de la bondad o malicia de un acto con fundamento y prudencia, a diferencia de la falsa, que juzga con ligereza y sin fundamento serio.
No debe confundirse la conciencia recta con la verdadera. Un sujeto actúa con conciencia recta cuando ha puesto empeño en actuar, independientemente de que acierte (conciencia verdadera) o se equivoque (conciencia errónea). Se puede juzgar con rectitud aunque inculpablemente se esté en el error. Es decir, es compatible un juicio recto hecho con ponderación, estudio, etc., con el error invencible.
Para ilustrar lo anterior con un ejemplo, sería el caso del adulto recién bautizado y aún sin completa instrucción que, después de cavilar concluye que es obligación confesarse siempre antes de comulgar, aunque sólo tenga pecados veniales: juzga con aplomo considerando que los pecados veniales son incompatibles con la recepción del sacramento, aunque su juicio es erróneo invenciblemente, al menos de modo actual.
Es claro que no puede darse conciencia recta en la conciencia venciblemente errónea, pues faltó ponderación, que es uno de los constitutivos del juicio recto.
La conciencia falsa puede ser:
A. Conciencia relajada. Es la que, por superficialidad y sin razones serias, niega o disminuye el pecado donde lo hay.
En la práctica es fácil que los hombres lleguen a ese estado tan lamentable de conciencia que indica una gran falta de fe y de amor, y una culpable ceguera ante la realidad y gravedad del pecado. Son diversas las causas que conducen al alma a esa laxitud: la sensualidad en sus múltiples aspectos, el ambiente frívolo y superficial, el apegamiento a las cosas materiales, el descuido de la piedad personal, la falta de humildad para levantarse cuanto antes después de una caída, etc.
Para salir de ella habrá que remover sus causas, procurar una sólida instrucción religiosa y fomentar el temor de Dios por medio de la oración y la frecuencia de sacramentos.
B. Conciencia estrecha. Es la que con cierta facilidad y sin razones serias ve o aumenta el pecado donde no lo hay.
Es necesario combatirla porque puede llevar a cometer pecados graves donde no existen, y conducir al escrúpulo. Para ello es conveniente la formación y el pedir consejo a quien nos puede ayudar a tener un criterio más recto sobre los propios actos.
No debe confundirse con la conciencia delicada, que teme hasta las faltas más pequeñas y procura evadirlas, pero sin ver pecado donde evidentemente no lo hay.
C. Conciencia escrupulosa. Es una exageración de la conciencia estrecha que, sin motivo, llega a ver pecado en todo o casi todo lo que hace.
Esta conciencia se manifiesta en una continua inquietud por el temor de pecar en todo, principalmente en materia de pureza, y en la duda asidua sobre la validez de las confesiones pasadas, con la consecuente obstinación en repetir la acusación de los pecados en las siguientes; en el temor permanente de que el confesor no entienda la situación interior del alma y, por tanto, el deseo de repetir una y otra vez las mismas explicaciones, generalmente largas y minuciosas; en terquedad en los puntos de vista propios ante los consejos del confesor, etc.
El escrupuloso debe actuar contra sus escrúpulos ya que no son sino un vano temor, que no tiene fundamentos y, sobre todo, esforzarse seriamente por obedecer al confesor, ya que el escrúpulo es una enfermedad de la conciencia que impide un recto juicio.
D. Conciencia perpleja. Es la que ve pecado tanto en el hacer una cosa como en el no hacerla; por ejemplo, el enfermero que piensa que peca si va a Misa dejando solo al enfermo, y peca también por no ir a Misa.
Quien tiene ese tipo de conciencia debe formarse y consultar para ir saliendo de ella; cuando no le es posible hacerlo ante un acto concreto, debe escoger lo que le parezca menos mal, y si ambas cosas le parecen malas, no peca al elegir alguna.

3.3 CONCIENCIA CIERTA Y DUDOSA
La conciencia cierta es la que juzga de la bondad o malicia de un acto con firmeza y sin temor de errar.
Hay obligación de actuar de esa manera porque de lo contrario nos exponemos a ofender a Dios. No es necesaria la certeza absoluta, que excluya toda duda; basta la certeza moral, que excluye la duda prudente y con fundamento. Por ejemplo, si tengo hepatitis, tengo certeza absoluta de que la Misa no me obliga; si tengo una gripa que me obligue a estar en cama o recluido en mi domicilio, puedo tener certeza moral de estar dispensado hasta que me restablezca.
La conciencia dudosa, en cambio, es la que no sabe qué pensar sobre la moralidad de un acto; su vacilación le impide emitir un juicio.
Propiamente hablando no es verdadera conciencia porque se abstiene de emitir un juicio, que es el acto esencial de la conciencia; es más bien un estado de la mente.
La duda puede ser:
a) negativa: cuando se apoya en motivos nimios y poco serios;
b) positiva: cuando sí hay razones serias para dudar, pero no suficientes para quitar el temor a equivocarse.
Los principios morales sobre la conciencia dudosa son:
1. Las dudas negativas deben despreciarse, porque de lo contrario se haría imposible la tranquilidad interior, llenándose continuamente el alma de inquietud (por ejemplo, si valió la Misa porque estuve muy atrás, si es válida la confesión porque me absolvieron muy rápido, etc.).
2. No es lícito actuar con duda positiva, pues se aceptaría la posibilidad de pecar.
En este caso, por tanto, caben dos soluciones:
- Elegir la parte más segura, que es la favorable a la ley, no haciendo entonces falta ninguna consulta para salir de la duda, ya que así se excluye la posibilidad de pecar (si dudo positivamente si hoy obliga la Misa, y no puedo salir de la duda, debo ir a Misa. Es el aforismo popular que señala ante la duda, genuflexión).
- Llegar a una certeza práctica por el estudio diligente del asunto, la consulta a quienes más saben, etc.

4 FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA
Como la conciencia aplica la norma objetiva la ley moral a las circunstancias y a los casos particulares, se deduce con facilidad la obligación indeclinable que tiene el hombre de formar su propia conciencia.
La conciencia es susceptible de un mejoramiento continuo, que está en proporción al progreso de la inteligencia: si ésta puede progresar en el conocimiento de la verdad, también pueden ser más rectos los juicios morales que realice. Además, este juicio moral que realiza la inteligencia necesariamente se tiene que adecuar al progresivo desarrollo del acto humano, lo que hace que la conciencia se vaya formando también de esa misma manera progresiva:
- Comienza con la niñez, al despertar el uso de razón; tiene especial importancia en la juventud, cuando crece el subjetivismo y falta el justo sentido de la realidad.
- Debe continuar en la madurez, cuando el hombre afirma sus responsabilidades ante Dios, ante sí mismo y ante los demás.
Por otra parte, la experiencia muestra que no todos los hombres tienen igual disposición para el juicio recto, influyendo en esto también circunstancias puramente naturales: enfermedad mental, ignorancia, prejuicios, hábitos, etc.; y sobrenaturales: la inclinación al pecado que ocasionan en el alma el pecado original y los pecados personales.
Es necesario, por tanto, que el hombre se vaya haciendo capaz de emitir juicios morales verdaderos y ciertos: es decir, ha de adquirir, mediante la formación una conciencia verdadera y cierta.
No es lo mismo estar seguro de algo (conciencia cierta) que acertar o dar en el clavo (conciencia verdadera). Quizá nosotros mismos hemos tenido la experiencia de hacer algo con la seguridad de estar en lo cierto, y haber comprobado después nuestro error. En otras ocasiones, en cambio, además de estar totalmente convencidos de algo, acertamos, damos en el clavo.
En el primer caso, cuando estamos seguros, hay conciencia cierta seguridad subjetiva aunque luego se compruebe que no tenemos razón y no había, por tanto, conciencia verdadera sino errónea.
Para tener conciencia verdadera y cierta necesitamos la formación: un conocimiento cabal y profundo de la ley (seguridad objetiva), que nos permite luego aplicarla correctamente (seguridad subjetiva).
La actitud de fundar la conducta sólo en el criterio personal, pensar que para actuar bien basta el estar seguro de que mi actuación es buena, es de hecho ponerse en el lugar de Dios, que es el único que no se equivoca nunca.
Por eso, la necesidad de formarnos es tanto más imperativa cuanto más nos percatemos de que sin una conciencia verdadera no es posible la rectitud en la vida misma y, en consecuencia, alcanzar nuestro fin último.
A esto se dirige precisamente la formación de la conciencia, que no es otra cosa que una sencilla y humilde apertura a la verdad, un ir poniendo los medios para que libremente podamos alcanzar nuestra felicidad eterna.
Sin tratar de ser exhaustivos, ni de explicar cada uno de ellos, sí podemos señalar algunos de los medios que nos ayudan a formar la conciencia:
1) estudio de la ley moral, considerándola no como carga pesada sino como camino que conduce a Dios;
2) hábito cada día más firme de reflexionar antes de actuar;
3) deseo serio de buscar a Dios a través de la oración y de los sacramentos, pidiéndole los dones sobrenaturales que iluminan la inteligencia y fortalecen la voluntad;
4) plena sinceridad ante nosotros mismos, ante Dios y ante quienes dirijen nuestra alma;
5) petición de ayuda y de consejo a quienes tienen virtud y conocimiento, gracia de Dios para impulsar a los demás.

martes, 26 de julio de 2016

FALTAR A MISA UN DOMINGO ES PECADO MORTAL Y CASI NADIE LO RECUERDA

Faltar a Misa un domingo es pecado mortal (y casi nadie lo recuerda)
Es una terrible realidad que abarca a las conciencias de una arrolladora mayoría


Por: Padre Santiago Gonzalez | Fuente: adelantelafe.com / steresita.com 



La frase que intitula este artículo puede sonar a “sorpresa” para muchos bautizados ya que, en realidad, en muy pocos púlpitos y catequesis se recuerda. Pero es verdad que se comete un pecado mortal (no venial) si se falta a Misa un domingo o día de precepto siempre que no haya enfermedad, imposibilidad física real o cuidado de un enfermo, tal como enseña en catecismo en su punto 2181. Pero ha de recordarse también, en estos tiempos de confusión y relativismo, que este punto de nuestro catecismo está avalado en la ley de la Iglesia Católica cuyo mandato primero dice “Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar” que a su vez se avala por la misma ley Divina ya que el tercer madato de dicha ley es “Santificarás las fiestas”. Y, aún más, este precepto eclesial se justifica sobre todo en el primer mandamiento de la ley de Dios “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, ya que quien sea capaz de faltar a Misa por no restar un poco de tiempo a su ocio o, sencillamente, por no contrariar a otras personas, demuestra con creces que está a años luz de amar a Dios sobre todas las cosas.
Pero en este artículo yo deseo tocar una cuestión muy concreta: el masivo abandono de la Misa dominical se debe, sobre todo, a que desde un principio (catequesis de primera comunión), la inmensa mayoría de los niños/as NO saben que faltar a Misa en domingo es pecado mortal. De hecho la terrible realidad es más amplia: la mayoría de los niños no saben ni siquiera que es pecado. Luego cuando son adolescentes, y van a recibir la confirmación, la inmensa mayoría tras recibirla no vienen a Misa el domingo siguiente porque siguen sin saber que faltar a Misa es pecado mortal. Y hay efectos todavía peores: ya es muy extendida la costumbre sacrílega de faltar a Misa los domingos y luego, cuando hay ocasión extraordinaria de ir a Misa (en funeral, boda, primera comunión…) se asiste y se comulga sin haberse confesado, y sin propósito alguno de volver a la práctica dominical regular. Esto es así: un hecho indiscutible y a la vez tremendo.
Y la causa, vuelvo a repetirlo, es que no se predica de forma concreta este aspecto. Si: la doctrina está ahí, escrita, en el catecismo (punto 2181), pero, ¿de que sirve que la doctrina no se toque si casi nadie la conoce porque casi nadie en la Iglesia la predica o enseña?; y, lo que es aún peor: en realidad en muchas comunidades SI se predica sobre esto pero para decir lo contrario: que faltar a Misa en domingo NO es pecado mortal. Esta barbaridad se enseña en no pocos colegios “religiosos”, parroquias, facultades de teología y lugares similares de “formación”. Y, mientras tanto, generaciones y más generaciones de bautizados crecen en la ignorancia y la indiferencia. Si algún lector cree que exagero, ¿porqué no preguntan?…..si, pregunten a niños de su barrio, de su colegio,de su parroquia…..niños que ya han hecho la primera comunión y que, una vez celebrada la fiesta, sus padres ya no los traen más a Misa los domingos. Es una terrible realidad que abarca a las conciencias de una arrolladora mayoría.
Y, ante esto, los sacerdotes y catequistas que tocamos las conciencias de los fieles para recordarles que es pecado mortal faltar a Misa, ciertamente, nos sentimos muy poco apoyados por nuestros superiores. Pienso que ¡cuanto bien harían cartas pastorales CLARAS en este punto por parte de los Obispos, y hasta por parte del Papa!…….nos servirían para no parecer “guerreros del antifaz” que luchamos contra todos los elementos contrarios (tanto externos como internos de la Iglesia). Desde estas líneas, si algún Obispo me leyera, hago un ruego muy especial en esta dirección: una carta, sólo una carta firmada por un Prelado donde se recuerde a los fieles que es pecado mortal faltar a Misa un domingo o día de precepto. Dicho con claridad, concreción y sin ambigüedades. Todos estamos acostumbrados, si, a mensajes del tipo:
  • El domingo es el día del Señor
  • La familia unida en oración en domingos
  • La necesidad de orar en tiempo de descanso
  • El bien grande que recibimos al ir a Misa………..etc
Pues se hace URGENTE leer, firmado por un Obispo: “Faltar a Misa es Pecado Mortal”. Y punto.

SUS OJOS SE POSARON SOBRE UN CRISTO EN LA CRUZ, ALLÍ INICIÓ SU CAMINO A LA FE - TESTIMONIO

Sus ojos se posaron sobre un Cristo en la cruz, allí inició su camino a la fe
Educada sin fe, herida por el aborto, sufría sin paz... la terapia no bastaba, la salvó el perdón de Dios


Por: L’1visible | Fuente: Religion en Libertad // PortaLuz.org 



Marie, francesa, nació y creció en una familia laicista de París: hablar de religión en su hogar era “tabú e incluso ridículo”. Con una vida sexual promiscua, a los 20 años se practicó un aborto, sin sentir remordimiento alguno. Pero años después afloraría esta herida espiritual y sólo el encuentro con Cristo y la fe le daría sanación, perdón, paz y consuelo. Lo cuenta en la revista francesa L’1visible (junio 2016). 

Muy lejos de Dios y la fe
“Durante los primeros veinte años de mi vida, no me preguntaba sobre la existencia de Dios. Las iglesias me interesaban desde un punto de vista arquitectónico, nada más.Podría decirse que Dios era para mí casi una mala palabra en la boca”, cuenta Marie en su testimonio en primera persona.

En su casa no se hablaba de religión y ni ella ni su hermano fueron bautizados. 

A los 20 años llevaba una vida sexual intensa, sin compromisos. Y quedó embarazada.

No sintió angustia, dice, cuando decidió abortar a su bebé. “A los 20 años aborté, por comodidad, por los estudios, por la inmadurez de mi familia, por el deseo de ‘disfrutar’ mi juventud”.

Marie recuerda haberse convencido a sí misma que si era madre con 20 años, para sus padres habría sido como caer al suelo desde las nubes. Tampoco en la clínica los ‘profesionales’ le aconsejaron alguna otra alternativa que no fuera el aborto.

“Lo único que me dijeron fue: «Ya tendrás tiempo después para hacer uno de nuevo»”."Muy bien, muy bien, hagámoslo, fue mi respuesta", relata Marie. Así optó por el aborto que mató a su primer hijo.
 
Los cinco años siguientes Marie los vivió incluso con alegría, recuerda, sin sentir culpa ni dolor por su decisión. 


Buscando el hijo que no llega
A los 25 años se casó. Ella y su esposo intentaron entonces tener un hijo. Quedó embarazada, pero ella notaba que se sentía emocionalmente “incómoda”. Después, tras dos meses y medio de embarazo, padeció un aborto espontáneo.

"Mi cuerpo trataba de decirme algo, pero yo no era capaz de comprender. Unos meses después volví a quedarme embarazada, pero ocurrió lo mismo, un nuevo aborto involuntario”.

Marie comenzó a sufrir períodos de insomnio. Cuando podía conciliar el sueño tenía pesadillas con fuertes sensaciones de culpa y miedos inexplicables.

“Finalmente logré entender la fuente de mi malestar. No podía soportar el aborto que yo me hice. ¡Esta es una carga muy pesada de llevar para una mujer joven que quiere convertirse en una madre!”


Terapia: luto por los bebés perdidos
Comprendió que debía enfrentar lo que vivía y comenzó a participar del programa de acompañamiento para madres en luto de Agapa, una asociación que ofrece este servicio.

“Durante un año, necesité un hombro para ayudarme a curar esa herida. Al final del curso, fui mejorando. Pero me faltaba algo esencial que no lograba encontrar”.


El funeral y la cruz que acoge
El año 2012 fallecía el abuelo del esposo de Marie. Tuvieron que ir a la iglesia al funeral. En ese templo, en medio de esa celebración que en un comienzo creyó que sería sólo algo social, sus ojos se posaron sobre un Cristo en la cruz.

Aquel Cristo, aquella cruz, le llamaron de alguna manera misteriosa.

Me sentí atraída, sentí su cálida acogida. Yo me dije en ese instante: «Aquí, puede estar aquello que estaba buscando». Dos días después empecé mi catecumenado”.

Los dos años siguientes Marie comenzó a leer y estudiar regularmente la Sagrada Escritura, a disfrutar estando en misa, hablando con su catequista y otros catecúmenos de distintas edades -cuestión que le sorprendía-, que como ella habían pedido ser preparados para el bautismo.

Su esposo, que era católico, se mostraba feliz. Él había rezado por ella. 

Fui bautizada en la Pascua de 2014, a la edad de 28 años. ¡Por fin había encontrado lo que necesitaba para sanar mi aborto: el perdón de Dios!"

"Miré este perdón y lo recibí. Le presenté mi carga, me sentí liberada por primera vez en muchos años. Perdonarse a uno misma sigue siendo lo más difícil. Mientras tanto, mi marido comenzó un viaje hacia la Confirmación. Juntos nos confirmamos en Pentecostés que siguió a mi bautismo. A pesar de que mi fe no es como una línea recta, nunca podría volver atrás. ¡Es demasiado bueno saberse amada por toda la eternidad!”
(El testimonio en L’1visible ha sido traducido y adaptado al español en Portaluz )

domingo, 24 de julio de 2016

CÓMO MANTENER TUS VALORES?

¿Cómo mantener tus valores?
Para vivir los valores hay que aprender a mantenerlos en nuestro día a día para que se vuelvan parte de nuestra vida. 


Fuente: http://encuentra.com/ 



Los últimos detalles a considerar para llevar a buen término el proceso que hemos iniciado para vivir los valores.
Iniciamos nuestro recorrido con el propósito firme de llevar los Valores a ser parte integral de nuestra vida, planteamos una estrategia a seguir y unos medios concretos para lograr nuestro objetivo haciendo una revisión diaria de nuestras actividades.
En este momento, cabe pensar en el Mantenimiento que daremos a todo el proceso que iniciamos. Para conservarnos en el camino, debemos considerar los siguientes puntos:
- La constancia es el punto medular del proceso.
Esto se refleja en el Examen diario, la tabla que hicimos nos permite ver rápidamente cuántas veces cumplimos.


- Debemos usar la información que registramos diariamente (Lo que hice bien, Lo que hice mal y Lo que haré mañana), para revisar nuestro avance (o retroceso) del mes en cuestión.
En el apartado de "Lo que hice bien", refleja actitudes nuevas que nos ayudaron a lograr el objetivo del día. Recordemos los ejemplos del Examen Diario:
Ejemplo 1: "- ¿Qué hice bien?. Tuve mi agenda sobre el escritorio todo el tiempo y así no olvidé escribir."
Ejemplo 2: "¿Qué hice bien?. Escogí el mejor momento para la llamada, no tuve prisa y pude conversar tranquilamente.
Como se observa, las actitudes nuevas fueron:
1. Colocar la agenda sobre el escritorio (el propósito era escribir la lista de pendientes)
2. Buscar el mejor momento para llamar. (el propósito era llamar a un amigo)
Esto significa que podemos utilizar medios para recordar lo que debemos hacer, como lo de la agenda; algunas personas colocan papeles en su escritorio, el reloj en la otra mano, ponen una alarma en la agenda electrónica o en su computadora… Lo importante es encontrar algún recurso que nos sirva de "despertador" para no olvidar lo que tenemos que hacer.
También se hace necesario planear de manera sencilla, el "como" lo lograremos. En el caso de la llamada, se buscó y programó el momento oportuno. Nuestra metas pueden ser muy sencillas, pero debemos darle su tiempo y su lugar para alcanzarlas.
Aunque suene muy común el decir que "debemos aprender de nuestros errores", la información que recopilamos en "Lo que hice mal" es de gran utilidad. Pensemos que no cumplimos el propósito de salir a caminar por la mañana:
En nuestra hoja de registro tendremos (entre otras posibilidades) todo lo que no hicimos bien y el medio que pondremos para lograrlo:
- No sonó el despertador a la hora; antes de dormir poner la hora correcta y subir la intensidad del timbre (parece un poco drástico pero lo importante es alcanzar el objetivo).
- Me desvelé leyendo un libro o viendo la televisión; mañana pondré como hora límite para dormir a las…
- Olvidé comprar un calzado adecuado; mañana mismo al salir de la oficina pasaré a comprar lo necesario.
Estas acciones concretas y correctivas, las podemos visualizar en el apartado de "Lo que haré mañana".
Es necesario ser conscientes de que al principio costará más trabajo alcanzar las metas; si no avanzamos, o peor aún, retrocedemos, puede ser que no estemos poniendo los medios para cumplir con los objetivos, o realmente no queremos, o no estamos del todo convencidos de la importancia de vivir los Valores.
- Otro recurso que es de gran ayuda para mejorar, es el "Preguntar a un Especialista". Para efectos prácticos, pensemos que el especialista es un amigo, el compañero de trabajo, el vecino o el dueño de la tienda, quien se distingue por vivir muy bien alguno o varios de los valores. Lo más sensato es preguntar "Cómo" hace para vivir el valor; no significa que tenemos que decirle todo el proceso que estamos llevando (si es nuestro confidente o amigo puede ser), sino de manera sencilla, que nos explique que hace para no olvidar las cosas, darse tiempo para la familia, tener y mantener amistades, hacer ejercicio todos los días o ser más ordenado.
Podemos calificar a estas personas como especialistas por la experiencia que tienen, porque es un valor que viven casi sin esfuerzo, seguramente tienen consejos o medios ya probados que utilizan o los llevaron a la práctica para mejorar en su vida.
Nunca debemos perder de vista que los problemas y su solución se ven mejor "desde afuera"; nunca seremos un buen juez de nosotros mismos, por eso necesitamos de las personas que usualmente conviven con nosotros, porque están en mejores condiciones de ayudarnos a resolver los obstáculos que se nos presentan.

jueves, 21 de julio de 2016

DEBEMOS ANIMARNOS A SER LÍDERES

Debemos animarnos a ser líderes
El bien que podemos hacer cuando superamos la timidez, la apatía y la indecisión, y nos esforzamos por enseñar a las gentes a pensar de modo preciso y vivir de forma creativa es impresionante.


Por: D. Alfonso López Quintás | Fuente: Universidad Complutense 





El bien que podemos hacer cuando superamos la timidez, la apatía y la indecisión, y nos esforzamos por enseñar a las gentes a pensar de modo preciso y vivir de forma creativa es impresionante. ¿"Qué puedo hacer yo, pobre de mí -piensan no pocos educadores-, ante la avalancha de una forma de manipulación sistemática y poderosa?" 

Puedes hacer -le contestaría de buen grado- una labor decisiva: ofrecer, aquí o allí, claves de interpretación de la vida. No todos pueden promulgar leyes, hablar por radio o televisión, dar clases, conferencias y cursos, pero a nadie le está vedado en su vida cotidiana encender pequeñas luces que marquen el camino a seguir.

Si se hace con cierta preparación y de forma decidida, se realiza una labor de liderazgo sumamente valiosa. Los que somos, por ejemplo, profesores y vemos que exalumnos nuestros están ya trasmitiendo a sus discípulos las claves de orientación que hemos alumbrado en sus mentes sabemos que estamos ante un tipo de fuego que consume la ignorancia, supera los prejuicios, ilumina las mentes y las abre a horizontes de madurez humana y plenitud.

Esta labor promocionante de vida humana auténtica está al alcance de todos, en una medida u otra. Llevarla a cabo es sumamente fecundo para los demás y para nosotros mismos. Constituye una fuente de satisfacción que puede liberarnos de temibles frustraciones y otorgarnos una valiosa autoestima.

Es importante que nos convenzamos de que podemos ser líderes y de que nuestro liderazgo será sin duda decisivo para muchas personas e incluso para la sociedad entera.

Tal convicción nos dará energía para prepararnos cada vez más. No hay que inhibirse por temor a no disponer de suficiente preparación. Es posible que, al principio, no dispongamos todavía de los recursos necesarios para iniciar una actividad en gran escala y orientar a jóvenes, padres y educadores. Pero podemos comenzar con un grupo de amigos o colegas a trabajar diversos materiales.

Este esfuerzo en común perfeccionará nuestro conocimiento de los contenidos, afinará nuestra sensibilidad para las cuestiones decisivas, incrementará nuestra facilidad de expresión.

A poco que perseveremos en esa tarea, nos encontraremos pronto dotados de una capacidad que antes no sospechábamos.
Hay padres y profesores que desean realizar una labor educativa con niños y jóvenes, y lamentan no tener una mayor formación.

Tal lamentación es justa, pero se transforma en nefasta si bloquea la decisión de consagrar algún tiempo a prepararse.
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