domingo, 11 de septiembre de 2016

IDOLATRÍA CONTEMPORÁNEA

Idolatría Contemporánea
La idolatría se manifiesta en diferentes formas, pero todo sigue siendo la manifestación de un amor desmedido hacia algo que ocupa un lugar más importante que Dios en nuestra vida


Por: Maleni Grider | Fuente: ACC – Agencia de Contenido Católico 



No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso.
Éxodo 20:3-5
Desde el inicio de su comunicación con el hombre, Dios manifestó su totalidad, así como el deseo de ser el único digno de adoración por parte de sus criaturas, especialmente de su pueblo –es decir, del pueblo qué Él eligió de entre las naciones–, así como de sus descendientes, o de los coherederos de la gracia a través de Jesucristo.
Diferentes del pueblo judío, las otras naciones en la antigüedad adoraban diversos dioses, estatuas hechas por ellos mismos, e ignoraban la existencia de Yavé. El mismo pueblo judío se apartaba constantemente de su Dios para ir en pos de otras prácticas, o de otros dioses, lo cual provocaba la ira del Dios de los ejércitos.
La idolatría es una tendencia humana. Desde siempre, el ser humano se ha hecho dioses falsos para adorarlos y postrarse ante ellos, sin darse a la tarea de conocer al único y verdadero Dios, creador de todo lo que existe. Todos sabemos que, por ejemplo, en la antigüedad, los romanos tenían cientos de dioses, así como los griegos y muchas otras razas o pueblos.


En la actualidad, la idolatría se manifiesta en diferentes formas, pero todo sigue siendo la manifestación de un amor desmedido hacia algo que ocupa un lugar más importante que Dios en nuestra vida. Por ejemplo: el dinero, la tecnología, las drogas (tanto las prohibidas como las socialmente aceptadas), la comida, la profesión, el trabajo, la pareja, el conocimiento, etcétera.
Los avances en el desarrollo de la ciencia y la vida humana en general han hecho que el intelectualismo se haya ido exacerbando, hasta el límite de no reconocer la existencia de un Creador. El individualismo, el humanismo (donde todo se centra en el hombre), y el intelectualismo son en la época contemporánea poderosos ídolos a los que, en muchas ocasiones aun sin tener conciencia, miles de personas rinden su vida, su devoción y sus esfuerzos.
En general, muchas personas creen profundamente que la inteligencia humana es el máximo poder sobre la tierra, y que no existe un poder superior. Los científicos, médicos, literatos, músicos, profesores, y todas aquellas personas que estudian mucho y obtienen posgrados, gozan de gran reputación en la sociedad. Se les considera individuos admirables, y se les reconoce incluso sin tomar en cuenta su calidad moral, su vida personal o su comportamiento social.
La adoración hacia las ideas, la creatividad, la genialidad, el conocimiento, la inteligencia es una realidad de la vida contemporánea. No muchas culturas adoran hoy piedras o estatuas, pero en forma masiva, en grandes ciudades, la idolatría es hacia la tecnología, el intelectualismo y la ciencia.
En todo caso, la misma idolatría es una postura alejada de la voluntad de Dios, quien espera de nosotros una verdadera adoración: “Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es Yavé-único. Y tú amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. (Deuteronomio 6:4-5) No hay en la tierra nada que pueda sustituir la llenura del amor de Dios. “En el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios. Este vacío no puede ser llenado por ninguna cosa creada. Éste puede ser llenado únicamente por Dios, hecho conocido mediante Cristo Jesús”, según Blaise Pascal.
La idolatría es el intento inútil por llenar ese vacío. Es también la tendencia a satisfacer nuestros propios deseos, olvidando a Dios. Sólo el amor de Jesús en nuestro corazón, y el otorgarle el trono de nuestra vida como Señor y Salvador, nos dará la plenitud y la paz que buscamos. Es en su presencia donde encontramos la razón verdadera para nuestra adoración.

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