viernes, 7 de octubre de 2016

LA COMUNIÓN ESPIRITUAL, EXPLICACIÓN


La comunión espiritual
Es muy dulce comulgar de deseo: sólo entonces se depende de Jesús, de su Misericordia y de su Gracia


Por: María Vallejo-Nágera y Carmelo López-Arias | Fuente: Religion en Libertad 




La Hostia Consagrada es el Cuerpo verdadero y la Sangre verdadera de Cristo, querido lector. Supongo que lo sabe bien… Yo no lo creía, hasta que un día vi como un pobre poseído se enfurecía brutalmente ante el Santísimo expuesto en una custodia. Ahí se me abrieron los ojos, los oídos y todo lo demás… Fue una espantosa experiencia, pero le aseguro que aprendí más presenciándola que si hubiera hecho mil tesis en teología. El demonio existe y reconoce a Jesús en un trozo de pan. Lo ve, lo teme… Y le espanta.

Jesús está vivo: lo está en un trocito de pan consagrado y es EL MISMO que andaba por Galilea, sin diferencia alguna.

Es entonces triste no poder comulgar… ¿Quién es digno de recibir a todo un Dios en su boca? Nadie. Sólo los santos lo son… Y a pesar de ello, los demás comulgamos. Yo la primera. A mí me sostiene la Confesión. ¿Qué haría sin ella? Y aún así me siento indigna de comulgar. Felices las almas que tienen la alegría de comulgar todos los días con la conciencia tranquila...

Los divorciados católicos vueltos a casar sufren por no poder comulgar y son muchas las amistades que se me quejan por ello. "Nuestra religión es cruel con nosotros", me dicen.

Pero eso es falso, querido lector: la Iglesia no es cruel con los divorciados. No lo es con nadie: nos ama, protege y enseña como una Madre que conoce a Dios. Y por eso nos da un regalo abismal del que se habla poco: la Comunión Espiritual.


¿Sabía que durante siglos no se comulgaba en los conventos más que una o dos veces al año? ¿Sabía que hasta principios del siglo XX en miles de comarcas, pueblos y hasta ciudades, se permitía comulgar tan sólo una vez por semana? Así era… Y la gente, profundamente creyente, comulgaba espiritualmente y se llenaba de Dios.

Son muchas las veces que lo he hecho yo así. Es muy dulce comulgar de deseo: sólo entonces se depende de Jesús, de su Misericordia y de su Gracia. A veces, en mis viajes por Asia era para mí imposible comulgar en semanas -zonas hinduistas-, lo que me entristecía profundamente. Entonces lo hacía espiritualmente. Si no hubiera conocido este regalazo que nos ofrece la Iglesia católica, (La Comunión Espiritual), no hubiera podido sobrevivir a muchos acontecimientos con paz...

Un día, orando ante el Santísimo, tuve conocimiento de la inmensa dulzura que es la Comunión Espiritual… Sentí que el Corazón de Jesús se unía al mío. Desde entonces para mí toda ciencia teológica es el amor y la unión de mi alma con Dios por Jesucristo. Ahí está mi Todo, y no deseo saber más.

Por favor, corra hacia la Comunión, ya sea en la boca o espiritualmente. Vuele hacia Ella. Ahora ya le he contado que la Comunión Espiritual es muy poderosa también… Y es para gentes hermosas a los ojos de Dios, como los divorciados vueltos a casar.

Nunca olvide que la Iglesia es un hospital de pecadores, no una casa de santos.

Los tres pasos de la comunión espiritual

El concepto es sencillo: comulgar espiritualmente consiste en desear comulgar sacramentalmente, alimentando ese deseo con los mismos afectos y determinaciones con que nos preparamos a hacerlo en la misa.

Pero una idea tan simple envuelve un misterio infinito, sobre el que llamó la atención Santo Tomás de Aquino en la Summa Theologica: "Comer espiritualmente a Cristo es también recibir espiritualmente el sacramento". Es decir, que puede producir los mismos frutos, aunque no ex opere operato (por la misma fuerza del sacramento) sino ex opere operantis (según las disposiciones del fiel).

De ahí que el Concilio de Trento la recomendara en tiempos en que la negación luterana de la transustanciación había enfriado o extirpado la devoción eucarística.

Asimismo lo hicieron San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, dos grandes maestros de la vida moral, cuando los estragos de la Reforma, primero, y la fiebre de la desviación jansenista con su rigorismo extremo, después, alejaban a los cristianos de su alimento natural.

No está prescrita ninguna oración específica, pero sí son precisos tres pasos.

Primero, un acto de fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas. Segundo, el deseo de tomarlo sacramentalmente y unirse en intimidad con Él. Y tercero, la petición de alcanzar las mismas gracias que si nos la diera el sacerdote.

Si se cumplen estos requisitos, pueden ganarse las indulgencias que la Iglesia otorga a quienes practican esta devoción, aunque es requisito para esto último, como es obvio, el estado de gracia.

Y con la frecuencia que se desee: "Cualquier devoto puede cada día y cada hora comulgar espiritualmente con fruto" si tiene "buena voluntad y devota intención" de hacerlo sacramentalmente, dice Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo.

Tres milagros de la comunión espiritual

A veces Dios la premia con el aviso del Sermón de la Montaña ("¿Quién de vosotros, si un hijo le pide pan, le dará una piedra?") y se obra el milagro de la administración sobrenatural de la Eucaristía.

San Buenaventura, ya agónico, sufría continuos vómitos y no podía soportar la Sagrada Hostia. En el lecho de muerte, pidió tenerla junto al pecho para hacer una última comunión espiritual. Fue entonces cuando, a la vista de los hermanos presentes, un ángel extrajo una partícula del copón y la introdujo en el corazón del moribundo.

Para otros el regalo ha sido aún mayor.

El Jueves Santo de 1250, dos fervorosos franciscanos de Gaeta (Italia) se preparaban para comulgar en los oficios, cuando el superior les envió a limosnear pan. Al regresar al convento, el sacramento ya había sido administrado.

Así que se arrodillaron ante el altar para hacer una comunión espiritual: "La obediencia", protestaban ante el sagrario, "nos ha privado del consuelo de recibiros; no nos privéis, al menos, de vuestra divina bendición".

Hubo algo más que eso. A los pocos instantes el mismo Jesús salió del monumento: "Yo soy el Salvador a quien invocáis, he escuchado vuestros deseos y voy a satisfacerlos". Y les dio de comulgar, además de dejar en el pavimento del altar las huellas de sus pies, todavía hoy objeto de veneración.

O está el caso que refiere el capuchino Fray Ambrosio de Valencina (1859-1914) sobre una niña, Rosalía, cuya santidad intrigaba a su amiga Conchita.

Un día la sorprendió en su habitación, de rodillas ante el Sagrado Corazón, con el rostro encendido y "como fuera de sí". "Estoy comulgando", le dijo, y le explicó que se trataba de "la comunión espiritual, para estar más estrechamente unida con Jesucristo deseando ardientemente recibirle y tenerlo en el corazón". Rosalía confesó a su amiga que todas las noches se acostaba deseando amanecer en el cielo.

Aquel verano, Rosalía se despertó con el Sol una mañana y consagró el primer instante, como hacía siempre, a su devoción favorita. Su ángel de la guarda, a quien Jesucristo había ordenado llevarla ese día al Paraíso, aprovechó tal ímpetu de amor divino para cumplir el mandato.

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