sábado, 9 de enero de 2016

QUE ÉL CREZCA Y QUE YO VENGA A MENOS


Que Él crezca y que yo venga a menos


Juan 3, 22-30. Juan vuelve a insistir a sus discípulos que es Jesús quien tiene que crecer y no él. 


Por: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan 3, 22-30
Después de esto, se fue Jesús con sus discípulos al país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba. Juan también estaba bautizando en Ainón, cerca de Salim, porque había allí mucha agua, y la gente acudía y se bautizaba. Pues todavía Juan no había sido metido en la cárcel. Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación. Fueron, pues, donde Juan y le dijeron: «Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él.» Juan respondió: «Nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo.
Vosotros mismos me sois testigos de que dije: ´Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es necesario que él crezca y que yo venga a menos.


Oración introductoria
Gracias, Señor, por este tiempo de oración. Creo en Ti, espero y confío en tu misericordia, te amo y quiero agradecerte el don de Ti mismo. Ayúdame a amarte como Tú me amas.

Petición
Padre Santo, dame la humildad para saber reconocer la presencia de tu Hijo.

Meditación del Papa Francisco
Este disminuir de Juan el Grande, continuamente hasta la nada, me hace pensar que estamos sobre este camino y vamos hacia la tierra donde todos terminaremos.
También yo terminaré. Todos terminaremos. Ninguno tiene la vida ‘comprada’. También nosotros, queriendo y no queriendo, vamos sobre el camino de la aniquilación existencial de la vida, y esto, al menos a mí, me hace rezar que este aniquilamiento se parezca lo más posible a Jesucristo, a su aniquilación.
«Así la tierra se ha convertido en la casa de Dios entre los hombres y cada uno de nosotros tiene la posibilidad de encontrar al Hijo de Dios, experimentando todo el amor y la misericordia infinita. Lo podemos encontrar realmente presente en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía. Lo podemos reconocer en el rostro de nuestros hermanos, en particular en los pobres, en los enfermos, en los encarcelados, en los refugiados: ellos son carne viva del Cristo que sufre e imagen visible del Dios invisible. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 6 de febrero de 2015, en Santa Marta y Angelus, 11 de enero de 2015).
Reflexión
El último testimonio de Juan sobre Jesús subraya nuevamente no sólo la superioridad de la misión de Jesús frente a la de Juan, sino el sentido mesiánico de la obra de Jesús. Jesús hace posible y realiza una nueva relación entre el ser humano y Dios, fundada en la gracia del Espíritu y la verdad de su Palabra.

La fe de Juan Bautista es ejemplar para el discípulo cristiano; un modelo a seguir para todo aquel que quiera ser testigo fiel de Cristo en el mundo. Él aceptó sin reservas su papel de testigo que conduce a los seres humanos al Mesías, permaneciendo siempre fiel al plan salvífico de Dios, a pesar de la inclinación de sus propios discípulos a dejarse influir por sentimientos humanos egoístas.

El austero predicador del desierto que se había presentado como testigo del Mesías, en este texto aparece como ejemplo para todos los que seguimos a Jesús y lo anunciamos entre los seres humanos. Juan no ha dudado ni un momento en disminuir, en ocultarse hasta desaparecer, con tal de que Él, Jesús el Mesías, crezca, resplandezca con toda su luz y sea aceptado y creído por los otros.

Propósito
Preparar hoy lo necesario para que mañana, la celebración dominical de la Eucaristía sea el evento más importante para mi familia.

Diálogo con Cristo 
Cuanto más humilde sea, podré ser tu discípulo y misionero, invitando, con mi testimonio de vida, a otros a seguirte. Gracias porque es en la oración y en la Eucaristía como voy formando mi corazón de apóstol.

MI ANTIGUA MÁQUINA DE ESCRIBIR


MI ANTIGUA MÁQUINA DE ESCRIBIR

(No pienses que el texto de esta reflexión contiene errores. Sólamente lo tienes que leer sustituyendo las "x" por la letra "e").

Aunqux mi máquina dx xscribir xs un modxlo antiguo, trabaja bixn, xxcxpto por una txcla qux lx falta.

Hay 45 txclas trabajando bixn; sin xmbargo, una sola qux no funcionx trax consigo una gran difxrxncia.

Algunas vxcxs mx parxcx qux xn nuxstro mundo hay pxrsonas qux sx asxmxjan a mi máquina dx xscribir y no trabajan como dxbxrían.

Ustxd dirá: "Buxno, al fin y al cabo, yo soy una sola pxrsona, no crxo qux sin mí sx obstruirá la marcha dx los proyxctos dxl mundo. Nadix notará mi falta dx ayuda y xntusiasmo. Sin xmbargo, para qux un proyxcto sxa xfxctivo y obtxnga xxito, rxquixrx la participación activa dx todos los mixmbros.

Moralxja: La próxima vxz qux ustxd pixnsx qux sus xsfuxrzos no sx nxcxsitan, rxcuxrdx mi máquina dx xscribir y dígasx: "Yo soy una dx las txclas importantxs xn nuxstro mundo y los dxmás mx nxcxsitan mucho."



Y pixnsx tambixn, por xjxmplo, xn los dixz mandamixntos. Hay gxntx qux dirá qux por no cumplir alguno, no pasa nada. Cada vxz qux ustxd pixnsx qux un mandamixnto xntrx dixz no xs importantx, rxcuxrdx mi máquina dx xscribir y dígasx: "Hay qux tratar dx cumplir todos los mandamixntos."

LA INTEGRIDAD


LA INTEGRIDAD

Se dice que cierto día salieron a pasear juntas la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Integridad. Mientras caminaban dijo la Ciencia:

Amigas mías, pudiera darse el caso de que nos separáramos unas de otras y sería bueno determinar un lugar donde pudiéramos encontrarnos de nuevo. A mí, podréis encontrarme en la biblioteca de aquel sabio a quien, como sabéis, siempre acompaño.

En cuanto a mí -expresó la Fortuna- me hallaréis en casa de ese millonario cuyo palacio está en el centro de la ciudad.

La Resignación dijo por su parte:

A mí podréis encontrarme en la pobre y triste choza de aquel buen viejecillo a quien con tanta frecuencia veo y que tanto ha sufrido en la vida.

Como la Integridad permanecía callada, sus compañeras le preguntaron:

Y a ti, ¿dónde te encontraremos?

La Integridad, bajando tristemente la cabeza, respondió:

A mí, quien una vez me pierde jamás vuelve a encontrarme.

"Quien pierde su integridad y su honradez lo ha perdido todo".

EL CRISTIANISMO, CAMINO DE UNIDAD Y PAZ

El cristianismo, camino de unidad y paz
Necesitamos corazones que se unan en el trabajo por la paz, por el perdón, por la justicia 


Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net 



La televisión nos pone continuamente ante guerras y ataques terroristas que destruyen familias, arruinan empresas, quebrantan corazones y nos dejan con una angustia profunda y un sinfín de interrogantes.

Todos deseamos un mundo mejor, donde reine la paz y la justicia. Pero nos encontramos continuamente ante el drama de la muerte de miles de personas, asesinadas simplemente por quienes quieren sembrar el pánico en el mundo entero.

Ante esta situación, no faltan voces que acusan a las religiones como fuente de división, de luchas, de guerras.

El mundo sería mejor, dicen algunos, si dejásemos de lado lo que nos separa y si construyésemos sobre lo que nos une, que normalmente coincide con la razón, con lo evidente, con lo que se puede demostrar en un laboratorio o en un discurso lleno de lógica y de sensatez. La religión, según ellos, sería algo subjetivo que nos divide. Para recuperar la unidad perdida, habría que dejarla archivada en el baúl de los objetos inútiles.

La cosa se hace más grave al constatar cómo algunos grupos que se autodeclaran religiosos empujan, por sus mismas ideas, a conflictos y enfrentamientos, grupos que son realmente peligrosos. Pero existiría un peligro común en todas las religiones, según pensadores de importancia: creer que poseen la verdad.

En efecto, muchos están convencidos de que la verdad no puede estar en dos afirmaciones contrarias. O Dios es trino, como dicen los cristianos, o Dios es no es trino, como dicen los musulmanes. De aquí surgen discusiones, conflictos y, según diversos analistas, guerras. En otras palabras, parece imposible que puedan convivir dos religiones “absolutas”, dos religiones que levanten la bandera de la verdad y que declaren equivocados a los que están bajo otra bandera distinta...

El problema es serio, y la solución puede parecer difícil. Sin embargo, no lo es si aclaramos dos ideas para no llegar a creer que las religiones son un obstáculo para la paz.

La primera: no existe el hombre “químicamente puro” ni existen discursos capaces de ponernos de acuerdo a todos. La educación, la vida familiar y una serie de decisiones personales nos hacen a cada uno diferente de los demás. Soñar que todos lleguemos a pensar lo mismo sobre los temas sociales, políticos, económicos o religiosos es una utopía. Y no han faltado quienes, por querer alcanzar ese sueño imposible, han llegado a usar la violencia que ellos mismos decían rechazar...

La segunda idea es que la diversidad en sí no es necesariamente fuente de guerra o de odios, sino que las guerras nacen a partir de ideas u opciones concretas que promueven o aceptan directamente la violencia. La diferente visión sobre Dios que tienen cristianos y musulmanes no es motivo intrínseco para crear una lucha. Lo que importa es ver qué dice el cristiano, el hebreo, el musulmán, sobre el modo de vivir en sociedad, sobre la tolerancia, sobre el amor al prójimo o al enemigo.

Desde luego, queda en pie que no todas las religiones pueden ser verdaderas al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Para el cristiano Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios. Para otros, en cambio, no. ¿Dónde está la verdad? No es justo cerrar los ojos y decir que, en el fondo, cada quien puede dar la respuesta que le parezca a esta o a otras preguntas.

Quien cree en una religión no la acepta porque sea igualmente válida que las demás religiones, sino porque está convencido de que sea la verdadera. Quien no cree en ninguna religión, piensa de la misma manera, y no por ello hay que acusarlo de integrista, de fanático o de criminal. Conviene recordar que ser religioso no es sinónimo de ser integrista, ni ser ateo es señal de ser pacifista. En otras palabras, podemos convivir con religiones distintas en el respeto mutuo, o poder vivir sin ninguna religión en un estado de lucha sangrienta de los unos contra los otros. La religión no es un impedimento para la paz. El problema está en las actitudes profundas respecto de los demás.

La paz del mundo depende, básicamente, de la respuesta que demos a una pregunta fundamental: ¿qué enseña una religión o un grupo humano sobre el amor, el perdón, la convivencia con los que son distintos, la justicia? Más aún: los que creen en esta o en aquella religión, en esta filosofía, ¿cómo viven e interpretan su propia doctrina?

A veces encontramos cristianos que recitan el “Padrenuestro” y no son capaces de perdonar a un familiar, o a musulmanes que no sólo no cortan la mano de un ladrón, sino que le ayudan a encontrar un trabajo digno, o le ofrecen una ayuda económica para su familia. Pero, está claro, en casos como estos el cristiano que recita el padrenuestro no ha comprendido, de verdad, lo que dice creer, y el musulmán ha llegado a descubrir, más allá de algunas interpretaciones del Islam, el valor del perdón.

Miremos el corazón de cada hombre. Allí están las creencias más profundas, más radicales, de las que nacen los actos de amor y de generosidad o los golpes de odio. Es importante que el corazón esté abierto al perdón y a la misericordia. Es importante tener un corazón bueno. Y, al menos así lo enseña el Evangelio, un corazón verdaderamente cristiano no puede no ser misericordioso, no puede no ser constructor de paz.

Hoy necesitamos, más que nunca, corazones que se unan en el trabajo por la paz, por el perdón, por la justicia, como deberían serlo todos los cristianos y los miembros de importantes religiones de la humanidad. De este modo el mundo puede cambiar de ruta: no se hundirá en el miedo y la desesperación que nacen de las guerras, del terrorismo y del odio planificado, sino que sabrá escribir páginas de amor, de esperanza y de alegría como lo ha hecho en tantos otros momentos (los más hermosos) de su historia.

SENTIDO DE LA MISA DEL DOMINGO


Sentido de la Misa del domingo

¿Qué pasa en la Misa, que sea tan importante? Catequesis y explicación acerca de la Misa. 


Por: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net 



Sentido de la Misa del domingo
La gente va menos a Misa que hace unos años. ¿Por qué? "Creo que depende mucho de la experiencia y tradición familiar y social de la que participa cada persona", dice una mujer que comenzó a ir con sus padres a Misa y que después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..."

En nuestra sociedad, cuando ya no hay quien controle quien va a Misa y quien no, la asistencia a Misa: ¿depende de la costumbre del entorno familiar, o de estas motivaciones de fe? Lo cierto es que, al no ir a Misa las familias, los hijos pierden la oportunidad de participar en estas motivaciones de fe. Y, cuando se asiste a Misa -en acontecimientos sociales o fiestas principales- al no saber "qué pasa ahí" se convierte en algo que se ve desde fuera, no se ahonda en su sentido profundo de memorial de Jesús resucitado, la fiesta de los cristianos, y entonces la gente se viste de fiesta sin saber celebrar la fiesta, así como no puede saborear un plato exquisito quien tiene el gusto estragado, al no poder gustar del misterio cristiano no puede desearlo y amarlo.

Por eso, no puede participar en la Misa plenamente quien no sabe realmente que por la fe tenemos una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, ver a tantos y tantos que escuchan palabras y cantos, prueban emociones estéticas en la música o en la belleza de alguna de las celebraciones, pero se quedan en unos signos externos, no viven la esencia de la Misa y de la comunión...

a) Hemos de conocer lo esencial de la vida
Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde, nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias (que son las que olvidamos más facilmente, y así nos va...) como el sentido religioso, su sentido trascendente (olvidamos las cosas que no tienen sentido de beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven). Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para echar los soportes alrededor de un árbol y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible que son los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva de felicidad. Esta dimensión invisible de la vida.

b) La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior 
Cuando no le damos salida religiosa, se proyecta en formas de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...). Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (nuclear, genético, informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedos, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque todo el bienestar no da respuesta al sentido de la vida, se pierden en un "todo es relativo" que impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en su horizonte no hay Dios; el gran ausente (todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser", en medio del pensamiento moderno, con un sentido de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías del siglo XXI como "místico" porque es la única forma de recuperar el norte).

¿Cómo recuperar a Dios, en esta "lucha por la religión" del mundo de hoy? Cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos... para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto (pero no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo de la cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta).

La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o que?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de donde vengo y a donde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.

Siendo la religión una experiencia personal -de la que no podemos prescindir, es una necesidad-, también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia (la familia que reza unida permanece unida, reza el refrán), y ante una crisis familiar (por no resistir ante las dificultades, muchas familias quedan deshechas, por no ver el cielo, por dejarse desanimar por los problemas) es especialmente importante recordar el sentido divino del contemplar el cielo. La Biblia, al relatarnos el Génesis, nos dice que Dios creó el mundo (sentido del trabajo) y luego descansó (con una mirada llena de gozosa complacencia). La celebración de este día del Señor ayuda a tener la mirada contemplativa, luz sobre todas las cosas (si nuestra mirada está sin esta luz, todo nuestro ser anda entre tinieblas). Jesús nos hace ver que ese día "se hizo para el hombre", no es un peso el descanso dominical, sino que perfecciona la persona, lo necesitamos, es recordar la necesidad de humanizar el descanso, de hacer fiesta, de libertad.

Parte esencial de este "hacer fiesta" es el culto a Dios que desde los primeros hombres se ha dado al creador (ofreciéndole sacrificios, para mostrar la dependencia de creaturas, como reconociendo agradecimiento por los favores recibidos o pidiendo perdón). Como vemos en el relato de Caín y Abel (y nos cuentan los historiadores de los primeros pueblos) a veces quemaban parte de la cosecha, o algún animal, y con esto dedicaban a Dios una cosa, la hacían "sagrada". Pero Dios dijo que no deseaba tanto estos sacrificios como algo externo sino venido de un corazón que ama y pide perdón (que tiene misericordia). De ahí surgen las ceremonias, y el "domingo" significa "el día del Señor" porque es por excelencia el día de esta relación con Dios en la que el hombre dedica un tiempo explícito a cantar esta adoración.

c) Redescubrir el domingo es algo vital
Una educación que para muchos viene desde la infancia: "para mí, ir a Misa es una cosa tan natural como el respirar o el querer. Desde pequeños nos acostumbramos, y la Misa del domingo formaba parte de nuestra vida. Unos días íbamos más a gusto y otros no, pero no lo dejábamos". Mucho más teniendo en cuenta que la "motivación sociológica" cuenta mucho, y se encontrarán los hijos en una sociedad en la que hay unas modas -verdaderas dictaduras culturales- en la que ir a Misa "no está bien visto", y el adolescente queda coaccionado por el "qué dirán", "no van los jóvenes".

Las motivaciones han de ser profundas, para no actuar por lo que hacen muchos sino conforme a la conciencia. Es cierto que en los años de adolescencia puede haber una ruptura (una decisión personal del hijo de dejar de ir a Misa), pero lo que se ha sembrado vivificará más tarde, como muchas veces pasa con la vuelta a la responsabilidad al ser padres: "vinieron los hijos... y todo fue cambiando. Siempre fui una persona inquieta, y me iba preguntando: ¿me escuchará el Señor?" y quizá cuando los hijos se preparan para hacer la primera comunión -en la edad que formulan a los padres las grandes preguntas- sienten la llamada a volver, "a través de la catequesis de padres pude expresar los sentimientos que tenía guardados durante algunos años..." y hay esta vuelta a los sacramentos, con la seguridad que esto conlleva: "he pasado momentos difíciles en mi vida, pero entre mi fe cristiana y la Misa del domingo he encontrado la fuerza para seguir adelante. Ahora entiendo mucho mejor el Evangelio...".

Y otro: "fue cuando mi hijo comenzó a frecuentar la catequesis cuando volví a ir a la parroquia. Hice la catequesis con los otros padres y a través de todo esto me incorporé nuevamente en la Iglesia". En otros casos, esta vuelta es cuando los padres -las madres, más- tienen ya colocados los hijos y tienen menos obligaciones. Estos testimonios pueden recordarnos esos momentos que bien conocemos, cuando más que una obligación el trato con Dios se convierte en una necesidad, pues ya no podemos más, estamos "ahogados" y queremos "hacer algo".

Pero todo ello se pierde si no hay una experiencia previa de ir a Misa, si no hay un "antes", pues entonces ya no se trata de "volver" sino de "descubrir". En cualquier caso, lo que está claro es que, a las puertas del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana.

Veamos las pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no voy porque no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." son algunas de las que hemos oído y que dirigen nuestra mirada hacia el "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al chico que el día de Sant Jordi lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto repetido año tras año; o a los que se aman si se cansan de ver las mismas caras.

En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantas generaciones de cristianos, y pronunciadas por primera vez por Jesús. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor.

¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: sólo el sentimiento de la persona viva del Señor asegura una participación madura, a prueba de los diversos talantes de los celebrantes, de los cambios en los gustos musicales, del adormecimiento o de la euforia del ambiente. "Ven conmigo", nos dice Jesús. Es fácil de entender y aceptar, y con los años nos vamos dando cuenta del contenido profundo y totalizante de esta invitación. Jesús poco a poco va radicalizando su propuesta, y nos pide más. Lo descubrimos como un maestro bueno, justo y merecedor de toda nuestra confianza, y nos pide un paso más: renunciar a nosotros mismos, como Él, darnos a los demás.

1. La Misa: fiesta del amor
2. ¿Por qué ir a Misa?
3. ¿Qué es la Misa?
4. Cómo vivir mejor la Misa
5. Conclusión: el domingo, la gran fiesta



Preguntas o comentarios al autor   P. P. Llucià Pou
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