miércoles, 9 de marzo de 2016

NO TENGO TIEMPO

No tengo tiempo
Podemos caer en el riesgo de perdernos en las cosas que hacemos y olvidamos del por qué las hacemos. 


Por: Juan Gerardo Fonseca, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores 



Había un hombre serrando árboles en un bosque. Trabajaba con mucho entusiasmo y esfuerzo, sin embargo, se angustiaba por el bajo rendimiento que obtenía de su prolongado esfuerzo. Cada día le llevaba más tiempo acabar su tarea, de modo que con frecuencia le sorprendía la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.

En su afán por trabajar cada día más, no se daba cuenta de que esa lentitud se debía a que filo de la sierra que usaba estaba muy desgastado. Un buen día se le acercó un compañero y le preguntó:

- Oye, ¿cuánto tiempo llevas intentando cortar ese árbol?
- Más de dos horas.
- Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra?
- No puedo parar, llevo mucho retraso.
- Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.
- Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.- Y así concluyó aquella conversación.

Esta historia me hizo recordar a una persona que conocí hace algunos años. Era un empresario que tenía mucho éxito, un buen coche, una casa muy hermosa, una esposa excelente y tres hijos estupendos. Pero desafortunadamente, con frecuencia le veía angustiado por su trabajo y no podía dedicar mucho tiempo a su familia. Era una persona muy responsable y dedicada; pasaba jornadas enteras trabajando. Creo que la principal motivación de su trabajo era dar lo mejor a su esposa y a sus hijos. Poco a poco, fueron surgiendo problemas con su esposa, no había mucha comunicación entre los dos. Con frecuencia, llegaba muy cansado a su casa y ya no tenía ganas ni para hablar con sus esposa. A sus hijos los veía a penas en algunos momentos durante el día, dado que muchas veces ya dormían cuando llegaba a casa por lo intenso del trabajo.

Cuando cumplió 50 años, por fin podía disponer de tiempo libre. Su empresa gozaba de una buen equipo de trabajo y no era necesario dedicarle tanto tiempo como antes. Sus hijos ya se habían casado y por razones de trabajo y estudio se fueron a vivir al extranjero. Apenas los podía ver una o dos veces al año.

Hacía algunos años que su mujer lo había abandonado por falta de comunicación y entendimiento. Al final de su vida cayó en una profunda crisis y depresión, se sentía angustiado. Ciertamente era un hombre rico, había triunfado en su empresa gracias a su extraordinaria capacidad de trabajo; pero perdió su principal riqueza que era su familia.
Creo que a este buen hombre le pasó lo mismo que al serrador: olvidó lo fundamental, a su familia. Se le olvidó afilar bien la sierra; tener siempre presente la verdadera motivación de su trabajo.

Muchas veces nos puede pasar lo mismo por tener la buena voluntad de ser responsables, cumplidores. Podemos caer en el riesgo de perdernos en las cosas que hacemos y olvidamos del por qué las hacemos. Que fácil es decir que no tenemos tiempo. Tenemos tantas cosas que hacer.

JESÚS SIEMPRE EN UNIÓN CON EL PADRE



Jesús siempre en unión con el Padre

Cuaresma y Semana Santa



Juan 5, 17-30. Cuaresma. El evangelio tiene el poder de hablarnos de Dios, de darnos a conocer su rostro, mejor aún, su corazón. 



Por: Jesús Valencia | Fuente: Catholic.net 




Del santo Evangelio según san Juan 5, 17-30
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo. Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 

Oración introductoria
Jesús, amigo íntimo, a quien ninguna puerta de mi alma está cerrada. Tú te paseas por ella, conociéndolo todo…sabes que te necesito. ¡Ven en mi ayuda y sacia con tu gracia la sed de mi alma! Porque has dicho: “vengan a mí todos los que están fatigados, que yo les daré descanso” (Mt. 11,28). Por eso acudo a ti, puro manantial de gracias, para que alivies mi alma sedienta. «Señor, dame de esa agua, » (Jn 4,15), y, así, no ya busque saciarme de las charcas del mundo.

Petición
Jesús, te pido que me ayudes a comprender con mi mente y mi corazón que Dios es mi Padre.

Meditación del Papa Francisco
¿Cómo es mi fe en Jesucristo? ¿Creo que Jesucristo es Dios, el Hijo de Dios? ¿Esta fe me cambia la vida? ¿Hace que mi corazón se renueve en este año de gracia, este año de perdón, este año de acercamiento al Señor?
Se trata de una invitación a descubrir la calidad de la fe, conscientes de que esta es un don. Nadie merece la fe. Nadie la puede comprar. Háganse la pregunta: ¿Mi fe en Jesucristo me lleva a la humillación? No digo a la humildad: a la humillación, al arrepentimiento, a la oración que pide: Perdóname, Señor, y que es capaz de dar testimonio:
Tú eres Dios. Tú puedes perdonar mis pecados.
Que el Señor nos haga crecer en la fe para que nos hagamos como quienes habiendo oído a Jesús y visto sus obras se maravillaban y alababan a Dios. De hecho, es la alabanza la prueba de que yo creo que Jesucristo es Dios en mi vida, que fue enviado a mí para perdonarme. Y la alabanza es gratuita. Es un sentimiento que da el Espíritu Santo y que te lleva a decir: Tú eres el único Dios. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 15 de enero de 2016, en Santa Marta).


Reflexión 
Quien escucha a Jesús y se deja tocar por su gracia, siente el deber, más aún, la necesidad de transmitir a voz llena esta experiencia de Cristo en su alma. El cristiano auténtico, que conoce a Jesús en la oración, en los sacramentos y en la escritura, irradia entusiasmo, y contagia a los que están en torno suyo de esa alegría de ser hijo de Dios. Luchemos por entrar en nosotros mismos y encontrar al Dios que ya habita en nosotros y, una vez hallado, démoslo al prójimo con palabras y con obras. ¡Ha llegado la hora de ser testigos apasionados de Cristo, y salir de las mazmorras en que nos ha querido encerrar el príncipe de este mundo!

Propósito
Comentar el evangelio de hoy brevemente con un familiar o amigo.

Diálogo con Cristo
Jesús, sabes que a veces me da pena hablar de ti. No me pagues con la misma moneda, que estaría perdido--- ¡perdona mi debilidad! Tú has hablado de mí a tu Padre y me has donado la vida que Él ha puesto en tus manos. Ayúdame a transmitir este mensaje de esperanza a los míos, a los que amo y los que debería amar más, para que ellos te conozcan, y conociéndote te amen, y amándote, también ellos te den a conocer a nuestros hermanos los hombres. Porque tu no me enseñaste a decir Padre mío, sino Padre nuestro.

Mi vida es un instante, una efímera hora, momento que se evade y que huye veloz. Para amarte, Dios mío, en esta pobre tierra no tengo más que un día: ¡sólo el día de hoy!(Santa Teresita del Niño Jesús)

Preguntas o comentarios al autor   Jesús Valencia
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¿NIDO O PENSIÓN PARA ADULTOS?

¿Nido o pensión para adultos?
Existe, sin embargo, el riesgo de abusar de casa, de convertirla en un nido excesivamente largo, que alberga a quien ya debería “volar” por su cuenta y riesgo.


Por: P.Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 



El nido es una etapa provisional en la vida de muchos pájaros. Una pareja de jilgueros prepara un lugar para sus crías. Ponen huevos y los incuban. Cuidan a los pequeños un día sí y otro también.

Con el pasar del tiempo, los pajarillos están más inquietos que nunca, hacen sus primeras experiencias de vuelo. Otras veces, son los adultos quienes incitan a la prole a lanzarse al vacío. Al final, el nido queda vacío y unos pájaros, ya adultos, cantan y vuelan llenos de juventud y de energía.

El mundo de los seres humanos tiene la experiencia del hogar, de la casa, que es como un nido, aunque mucho más prolongado que en el mundo de los pájaros.

Si podemos evocar la vieja definición de Aristóteles, la casa (el nido humano) es un recinto protector de bienes y personas. A esa definición podemos añadir que la casa es el lugar donde inicia la vida de los nuevos seres humanos, donde nacen los hijos (los pocos que no nacen en el hospital), donde reciben su primera educación, donde son alimentados, cuidados, defendidos, amados.

Los niños pasan en el nido familiar mucho más tiempo que los jilgueros o los pericos. Es cierto que pronto van a un kinder o a una escuela. Además, disfrutan mucho esos pequeños o grandes paseos que realizan con sus padres, primero en un carrito de ruedas, luego de la mano (o en brazos) de papá y mamá.

Conforme el tiempo pasa, los niños y los adolescentes empiezan a tener mayor libertad, a ir con los amigos, a participar en fiestas o excursiones. Pero siempre tienen abierta la puerta de casa, que no deja de ser el punto de referencia para comer, dormir y escuchar, esperamos, buenos consejos.

A cierta edad, en muchos pueblos del pasado y en no pocos del presente, el hijo maduraba lo suficiente para dejar el hogar. O, aunque no fuese maduro, recibía una orden más o menos clara de recorrer el camino de la propia vida como adulto, fuera de la protección continua de sus padres.

Hoy, sin embargo, es muy frecuente el fenómeno de hijos que siguen en casa después de los estudios, incluso si tienen la dicha de haber encontrado su primer trabajo. El hogar se convierte en un punto seguro donde encontrar despensa llena, comida preparada, ropa limpia; y, seguramente, cariño constante y fiel de los padres, aunque a veces empiecen a mostrar señales de cansancio.

Existe, sin embargo, el riesgo de abusar de casa, de convertirla en un nido excesivamente largo, que alberga a quien ya debería “volar” por su cuenta y riesgo. Los padres nunca dejan de ser padres y de ayudar a cualquier hijo que les pida una mano. Pero no pueden vivir pendientes de quien ya tiene 30, 35 ó incluso 40 años y no acaba de decidirse a construir su propia vida.

Las causas de este fenómeno son complejas. Por un lado, los jóvenes se casan cada vez más tarde. Lo cual, en cierto modo, no es sólo una causa, sino efecto de otros factores sociales: la siempre mayor duración de los estudios, los altos precios para conseguir una vivienda, la dificultad en conseguir un empleo estable y bien remunerado, los miedos a contraer un compromiso tan serio como el del matrimonio.

A lo anterior se suma el que muchos jóvenes y no tan jóvenes no alcanzan aquella madurez que les permitiría dejar de depender de la cartera de sus padres para, de una vez, iniciar a vivir por su propia cuenta.

Es cierto que en otras épocas los jóvenes entraban al mundo del trabajo en el mismo lugar donde trabajaban sus padres: en el campo de labranza, en el taller del zapatero o en la casa del herrero. Pero el mundo industrializado ha cambiado mucho los sistemas del pasado para promover una mayor movilidad social y un “desenganche” fuerte y rápido de los hijos respecto del propio núcleo familiar.

El proceso que favorecía (y favorece todavía hoy en muchos lugares) emancipaciones rápidas está ahora en crisis. Lo cual explica el que se produzcan adolescencias largas, muy largas, que llevan a encontrarnos con hombres y mujeres de más de 30 años que viven en un elevado grado de dependencia respecto de sus padres.

Puede ser que algunos de esos hijos ya tengan un trabajo, incluso remunerado hasta el punto de permitir una vida autónoma. Pero seguir en casa ahorra muchos problemas y facilita enormemente la vida. El hijo adulto no tiene que pagar el gas, el teléfono, la luz, el agua. La comida llega a casa puntualmente, no hay que cocinar, a veces ni siquiera uno se ofrece para ayudar a sus padres en las tareas de la casa (lavado de ropa y vajilla, limpieza general).

No sería correcto decir que todas las situaciones llegan a estos extremos, ni que las causas sean las mismas. Pero sí es importante reconocer que mucho tiene que cambiar en una sociedad que dificulta el compromiso, que hace casi imposible la adquisición de la primera casa, que ve al matrimonio como un salto en el vacío, que no permite el acceso a contratos justos para los jóvenes.

Un cambio drástico de este panorama resulta difícil. Aunque el problema es real, no conviene dramatizar la presencia de hijos adultos en casa. Pero tampoco permitir que vivan como “niños bien” sin colaborar seriamente en las distintas tareas y en los costos del hogar.

Mientras los hijos encuentran el modo de volar por su cuenta, pueden madurar, y mucho, si asumen sus propias responsabilidades en el hogar, si empiezan a moverse en el volumen de facturas que agobian a sus padres, si ayudan en las tareas domésticas, si viven no como inquilinos sino como quienes han recibido mucho y empiezan a dar, a quienes les han amado, cariño, compromiso y esfuerzo sincero.
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