viernes, 8 de abril de 2016

TRECE MANERAS HEROICAS DE DEMOSTRARLE A TU ESPOSO QUE LO AMAS

13 maneras heroicas de demostrarle a tu esposo que lo amas
¿De qué otras formas podría tu esposa demostrarte que te ama?


Por: Sebastian Campos | Fuente: http://catholic-link.com/ 



San Pablo cuando explica cómo deben ser las esposas se refiere a ellas en términos que hoy en día la mayoría de las mujeres consideraría como de sumisión y sometimiento: «Enseñen a las jóvenes a amar a su marido y a sus hijos, a ser modestas, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con su marido» (Tito 2, 4-5).
No queremos contradecir el modelo bíblico propuesto por el Apóstol, pero tampoco queremos invitarte a vivirlo de forma literal, sino a tomar el espíritu de estos versículos y comprender el sentido de San Pablo al escribir que en  la familia es bueno servir, cuidar y respetar como un gesto de amor y entrega gratuita, tal como la Iglesia se entrega a Cristo.
Es una realidad que los matrimonios se destruyen, en un porcentaje considerable, por los errores, negligencias y faltas de los hombres cuando dejan de amar y servir a sus esposas, pero muchas veces ellos se desaniman cuando sus esposas los descuidan y dejan de prestarle atención principalmente por la llegada de los hijos y de los quehaceres del hogar. Esto no busca justificar al género masculino y sus inexcusables errores, sino intentar comprender que para bailar un tango se necesitan dos y tu eres una de esos dos. En otro post les daremos ideas a los muchachos para que cumplan con sus deberes, ya tendrán su turno.
Es por eso que queremos proponerte algunas ideas para que en lo cotidiano le demuestres a tu esposo que lo amas y que lo prefieres.
Señores, ¿de qué otras formas podría tu esposa demostrarte que te ama? Y ustedes señoras quizás podrían colaborar con sus testimonios de éxito compartiendo qué acciones hacen para demostrar cuánto aman a sus maridos


13 maneras de demostrarle a tu esposo que lo amas
1
Nunca, jamás te quejes de él frente a amigos o familiares

Esto es una de las cosas que más nos avergüenzan. Entre hombres la lucha es constante por quedar bien. Si nos avergüenza nuestra propia esposa quejándose, aunque tenga razón, algo en nuestra masculinidad muere. Somos un equipo y la lealtad y el cuidado mutuo es esencial para proteger la relación.
2
Evita hacerle sentir mal cuando haces las labores de la casa

Es sabido que ustedes (las mujeres) se llevan gran parte de las labores de hogar y ya sea por mal hábito, cultura, costumbre o crianza; a los hombres nos  cuesta  tomar la iniciativa en estas cosas. No creas que nos hace sentir orgullosos el no ser buenos en las cosas de la casa. Cada vez que quieras que colabore no se lo restriegues en la cara ni te quejes, motivale con amor.
3
Mira una película de "hombres" con él

Es sencillo. Nos gustan los autos, las explosiones, los disparos y la emoción. Sabemos que preferirías una comedia romántica... pero es bueno acompañarnos y compartir los  gustos. Aunque somos un poco herméticos con nuestros espacios, es lindo que quieras formar parte de ellos.
4
Busca complementar más que criticar

La mayoría del tiempo nos damos cuenta cuando hacemos algo mal. Que el instinto masculino nos haga difícil asumir los errores frente a otros, es otra cosa. No es necesario que lo recalques. Complementa, corrige con amor, orienta y comprende. El diálogo y el animarse mutuamente son el centro de la conversación cuando hay diferencias. Piensa en cómo  mejorar las cosas en vez de que solo buscar lo que está mal
5
Permítele tener tiempo para sí mismo

Aunque gaste ese tiempo en cosas que parecen sin sentido e inútiles, regálale ese espacio para su pasatiempos, su descanso o lo que sea que haga. Los hombres necesitan tiempo para hacer “nada” y no sentir remordimiento por gastar ese tiempo.
6
Haz lo posible por mantenerte atractiva para él

No lo veas como una invitación a competir con las demás mujeres y mantener a tu hombre en casa, sino como un gesto de amor y preocupación. Nadie habla de caer en superficialidades y contratar alguien para que te haga un “fashion emergency”. Es comprensible que el poco tiempo que nos deja la rutina semanal no permite hacer ejercicios, comer bien y todo lo que uno quisiera para mantenerse en forma, pero gestos pequeños, como vestirse especial o maquillarse cuando van a salir juntos puede marcar la diferencia.
7
Dile que estás orgullosa de él

Él debe suponer que es importante en casa por su aporte en la economía del hogar y la imagen de autoridad con los niños, pero es buena idea decirle que lo hace bien cuando lo hace bien, no esperes a los discursos en fiestas importantes para hacerlo. Los hombres somos concretos y a veces los gestos sutiles que haces para demostrar tu orgullo pasan desapercibidos y no notamos lo que nos quieren demostrar. Simplemente dilo con palabras: estoy orgullosa de ti.
8
Bésalo como lo que realmente significa

Como esos novios adolescentes, como esas despedidas terribles que tenían esos días en que no querían separarse, como esos días en que se reconciliaron luego de una discusión fuerte. Un beso con amor y ternura no solo desconcierta, sino que refresca y recuerda ese sentimiento original que a veces se olvida.
9
Perdónalo cuando se equivoca

Va a ocurrir más de lo que te gustaría.  Por lo tanto no le perdones como costumbre, perdónale como un gesto de amor y compresión. Los hombres nos equivocamos mucho y nos avergüenza reconocerlo y pedir perdón. Perdonarlo le hará saber que aunque se equivoque, sigue siendo amado y así aprenderá a pedir perdón cuando falle.
10
Ámalo cuando haya tenido un mal día

Hay una relación directa entre un mal día en el trabajo y el mal carácter al llegar a casa. Más directa es la relación si no le gusta su trabajo; siempre llegará agobiado a casa. A los hombres les cuesta disociar ambas cosas. Ámalo aunque sea un pesado, pero ayúdale a que el trabajo se haga más liviano, aconsejalo, reza por él y apóyalo si tiene una nueva inciativa laboral.
11
Se agradecida cuando ayuda

Aunque no sean grandes cosas, cuando colaboramos en las cosas de la casa para muchos es un esfuerzo fuera de lo común y somos torpes en esas tareas, de hecho estropeamos muchas de las cosas que tratamos de hacer bien. Sé agradecida, aunque sea algo pequeño y tengas que ir tú después a hacerlo de nuevo, pero bien hecho.
12
Sé honesta

Él necesita que le digas lo que estás pensando cuando te lo pregunta. No respondas “nada”, sé honesta, pero conjuga el amor con la honestidad. Necesitamos saber lo que pasa por la cabeza de nuestras esposas. Suena como chiste, pero la mayoría del tiempo realmente no sabemos qué es lo que les pasa y no es por desatentos o por distraídos, es que simplemente no lo sabemos y necesitamos de su honestidad.
13
Reza por él a diario

El ingrediente secreto y la expresión de amor más profunda: serle fiel en la oración diaria por él. Lo mejor y más grande que puedes regalarle es a Dios. Presentarlo a diario en tu oración, tocará el corazón de Dios. Probablemente tu esposo no es un hombre de mucha oración y fe, pero ustedes dos son una sola carne; se para él un soporte espiritual.

HACIA LA PLENITUD INTERIOR

Hacia la plenitud interior
El autoconocimiento es una necesidad para quien busca el equilibrio más profundo de su ser. Para quien busca la paz interior.


Por: Vicky Mijares | Fuente: agenciacatolica.org 



En la actualidad hay un sin número de disciplinas alternativas que nos ofrecen encontrar la “paz interior”, de pronto pareciera que la espiritualidad se puso de “moda”.
Este “cocktail espiritual” nos ofrece “rituales a la carta”, creencias, filosofías, pseudo-ciencias, terapias, ideas heréticas, antiguas y contemporáneas (yoga, budismo, hinduismo, fen shui, reiki, constelaciones familiares, tarot, horóscopos, supersticiones, santería, inteligencia espiritual, etc.)
En las redes sociales abundan verdaderos charlatanes improvisados, hasta aparentes “profesionales” que han obtenido algún reconocimiento en Centros holísticos  y universidades “patito”, que ofrecen soluciones y alternativas para encontrar la armonía y paz interior, ya sea por medio de fórmulas y rituales, invocaciones y meditaciones o declaraciones y mantras, que solo confunde y desvían de la verdadera plenitud interior, relativismo moral y doctrinal, peligroso sincretismo religioso.
Sin duda cuando hablamos de espiritualidad, estamos hablando del interior de la persona, de su ser más íntimo, de su entraña, de su alma, la cual tiene un sentido trascendente; no se puede separar el espíritu del cuerpo, pues somos realidades encarnadas. Cada uno de nosotros tenemos este núcleo interior, el cual debiera de alimentarse de su fuente creadora, un centro del cual parte nuestra actividad y a la cual siempre regresa.
Se trata de ir a las fuentes, al principio, al inicio de todo, en una palabra es  recolocar a la  Espiritualidad en su lugar natural, en la profundidad existencial de la persona. Por ello es importante antes que nada tomar conciencia de quienes somos, de la persona humana que somos, de nuestro creador. “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti” San Agustín.


El autoconocimiento es una necesidad para quien busca el equilibrio más profundo de su ser. Para quien busca la paz interior.
Por lo tanto, hemos de hacernos conscientes de nuestra realidad objetiva; conocernos, amarnos y perdonarnos. De conocer nuestras propias posibilidades, habilidades y conocimientos. Saber cuáles son nuestros recursos, fortalezas y debilidades, no para hacer contacto con nosotros mismos, sino para hacer contacto con nuestro creador y entrar en diálogo con él, de corazón a corazón.
Y solo entonces se comenzará a realizar una real y verdadera catarsis, una conversión personal; los verdaderos cambios se gestan desde el interior de la persona humana, que reconoce su dignidad ontológica y sobrenatural, y desde ahí se construye a sí mismo.
No es el mundo el que necesita paz, somos nosotros los que necesitamos paz. Cuando las personas encontremos el verdadero camino de la paz interior, el orden volverá al mundo.
¿Por qué surgen dudas en su interior?” Lc.24, 38
“Yo soy el camino, la verdad y la vida” Jn. 14,6

OPINAR Y JUZGAR NO SON LO MISMO, NO JUZGUEMOS!!

Opinar y juzgar no son lo mismo; ¡no juzguemos!
No asumamos el papel de juez


Por: Salvador I. Reding V. | Fuente: Catholic.net 



Se nos recuerda: no debemos juzgar a otros, sobre todo si juzgamos sin conocer motivos, atenuantes y sin examinar si estamos siendo objetivos. La común precipitación para condenar a otros sin reflexionar el caso, hace mucho daño, a ellos y al propio juzgador espontáneo. Igualmente a los que repiten juicios que oyeron o leyeron sin que les conste nada.
Reflexión
Pero, podemos decir: ¿qué debo pensar, hacer o decir cuando sé que alguien hace algo que está mal? Si la “evidencia” me indica que se ha cometido una falta, un delito, un pecado… ¿no puedo juzgar lo que veo? La respuesta es: ¡No, no tenemos derecho!
Es verdad que podemos conocer actos indebidos que parecen cometidos por una persona, ¿cómo podemos entonces cerrar la mente para no pensar en ello, es decir, para no juzgar? No podemos evitar la reflexión sobre un acto, pero es posible ponernos límites, pues hay que distinguir entre opinar y juzgar. Lo primero es parte de un proceso, que debemos detener antes de juzgar.
No asumamos el papel de juez. El juez revisa un caso, las acusaciones, las pruebas de cargo y de descargo y con su conocimiento y experiencia (que debe tener), llega a una conclusión, y dicta sentencia. Esa sentencia es absolutoria o condenatoria. Si es condenatoria, porque está convencido que se violó la ley, ejerce el poder recibido para condenar y con ello aplicar una pena. Pero, algo más, el juez no es el verdugo.


Lo que hace el juez, como resultado de su análisis de causas, es lo que nosotros no podemos hacer: condenar y penalizar. Esta es la diferencia entre opinar y juzgar. Muchas veces acusamos y de una misma vez condenamos a alguien por un hecho indebido que parece haber cometido; pero, ¿tenemos todos los elementos para opinar, y para juzgar?
Los casos en que se acusa y juzga a inocentes por faltas que no cometió, son demasiado frecuentes. Lo más grave es que cuando juzgamos a alguien, no solamente nos quedamos con el juicio y su condenación, sino que en cuanto podemos lo gritamos a los cuatro vientos: que todos lo sepan. Que al responsable lo señale el mundo, lo humille, lo condene, le dé la espalda; y luego, en muchas ocasiones, resulta que es inocente o no es tan culpable, y es muy tarde para rectificar.
El problema de juzgar, que no de hacerse de una opinión, es que una vez que señalamos al culpable y resulta que no lo es, entonces la soberbia nos impide rectificar. Después del grito de ¡culpable! Nos quedamos callados.
Cuando juzgamos, y dictamos nuestra personal sentencia, olvidamos el caso de la mujer adúltera del Evangelio: “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El problema es que la soberbia de constituirnos en jueces del actuar de los demás, nos impide reconocer, ante los demás, nuestro error, inclusive nos negamos a considerar la posibilidad de habernos equivocado.
Los juicios y penalizaciones han llevado a la gente a cometer delitos para “castigar” al culpable. Las chusmas son azuzadas para que agredan, apedreen y hasta quemen y maten a supuestos culpables: “justicia” por propia mano. Tan grave pecado e injusticia cometen quienes hacen el juicio y condenan como quienes los asumen y participan como verdugos en la ejecución de la condena. Una chusma fue azuzada para que gritara que se crucificara a un justo y se liberara a un delincuente, y así Pilatos, lavándose las manos, envió a Jesús a morir en el Calvario.
Insisto, entre opinar y juzgar hay, aunque no lo parezca, una gran distancia. La vida está llena de juicios precipitados, de acusaciones que pasan de boca en boca o son publicadas “para que todo mundo se entere”. Son los chismes, la maledicencia, la difamación, la calumnia. Lo más notorio es precisamente la precipitación, que no da tiempo a conocer más sobre el caso. La acusación, el juicio y la condena, se hacen en un solo acto.
Esto no se puede hacer; es más, un juez profesional no lo hace; toma su tiempo, pero los juzgadores sociales se sienten Dios: no tienen que pensar nada, allí está “la prueba”, y sin pensarlo acusan ante quien quiera escucharles o leerles, su juicio. ¿Y la sentencia y el castigo? Como verdugos, denigrar “al culpable” o culpables, ¡que lo sepan todos! Y así se corren las voces, y hasta se acusa y señala a alguien de oídas, porque se sabe “de buena fuente” que es culpable.
Primero que todo, un principio general de Derecho es la presunción de inocencia, y segundo, que el presunto responsable tiene derecho a defenderse, a dar su versión y presentar lo que se llama pruebas de descargo, a su favor.
Así, cuando nos parece evidente que alguien ha actuado mal, lo primero que se debe hacer es no precipitar conclusiones; hay que saber más, y aún es posible que la verdad de los hechos nunca la lleguemos a conocer. Así que en vez de lanzar condenas, sentencias al aire, guardemos nuestras opiniones, y no las convirtamos en acusaciones públicas o nos nombremos verdugos. Muchas buenas honras y famas han sido mancilladas, y luego no hay vuelta atrás, los daños hechos no se reparan. Y no sirve decir “es que yo pensé… yo creí…”
No nos arroguemos en jueces, no lo somos. Y recordemos que como juzgamos, también somos juzgados. El ofrecimiento de Jesús: no juzguéis y no seréis juzgado, tan maravilloso, debe ser aceptado. Evitemos juzgar, aunque algo nos parezca mal, no cometamos ese pecado.

AQUÍ HAY UN MUCHACHO QUE TIENE CINCO PANES Y DOS PECES


Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces
Pascua



Juan 6, 1-15. Pascua. Los cinco panes son, sin duda, una representación de los talentos que Dios nos ha regalado. 


Por: P. Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan 6, 1-15
Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

Oración introductoria
La multiplicación de los panes me recuerda que la abundancia es una característica del auténtico amor. Señor, creo en ti y te amo, por eso, con toda confianza, te pido que me permitas escucharte en esta oración para conocer cuál es el camino que debo seguir para que mi amor, a Ti y a los demás, sea ilimitado.

Petición
Jesús, ayúdame a que mi amor sea incondicional, auténtico, abundante.

Meditación del Papa Francisco
El que ama conoce a Dios; el que no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. Pero no amor de telenovela. ¡No, no! Amor sólido, fuerte; amor eterno, amor que se manifiesta en su Hijo, que ha venido para salvarnos. Amor concreto; amor de obras y no de palabras. Para conocer a Dios hace falta toda una vida; un camino, un camino de amor, de conocimiento, de amor al prójimo, de amor a los que nos odian, de amor por todos. […]
El Señor tuvo compasión de la cantidad de gente que había ido a escucharlo, porque eran ovejas sin pastor, desorientadas. Y hoy mucha gente está desorientada en nuestras ciudades, en nuestros países. Por eso, Jesús les enseña la doctrina y la gente le escucha. Cuando luego se hace tarde y pide que les den de comer, sin embargo, los discípulos responden un poco nerviosos. Una vez más Dios ha llegado primero, los discípulos no habían entendido nada:
Así es el amor de Dios: siempre nos espera, siempre nos sorprende. Es el Padre, es nuestro Padre que nos ama tanto, que siempre está dispuesto a perdonarnos. ¡Siempre! No una vez, 70 veces 7. ¡Siempre! Como un padre lleno de amor y para conocer a este Dios, que es amor, debemos subir por el escalón del amor al prójimo, por las obras de caridad, por las obras de misericordia, que el Señor nos ha enseñado. Que el Señor, en estos días en que la Iglesia nos hace pensar en la manifestación de Dios, nos dé la gracia de conocerle por el camino del amor. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 8 de enero de 2015, en Santa Marta).
La multitud se conmueve por el prodigio de la multiplicación de los panes, pero el don que Jesús ofrece es plenitud de vida para el hombre hambriento. Jesús sacia no solo el hambre material, sino esa más profunda, el hambre del sentido de la vida, el hambre de Dios. Frente al sufrimiento, la soledad, la pobreza y las dificultades de tanta gente, ¿qué podemos hacer nosotros? (Homilía de S.S. Francisco, 26 de julio de 2015).
Reflexión
Entre los personajes que intervienen en la escena evangélica, además del Maestro, los apóstoles y la multitud, el muchacho de los panes y los peces pasa muy desapercibido en el relato. Apenas se menciona, pero su presencia y generosidad fueron claves para que Jesús obrara el milagro.

De hecho, cuando Felipe le señala, bien hubiera podido decir: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero no sé si quiera entregarlos y, de cualquier modo, ¿qué es eso para tantos?"

Todos los milagros de Jesús requirieron de la fe de quienes los pedían. Éste, además, requirió de la generosidad de aquel muchacho. Como si quisiera decirnos con ello el evangelista, que para obtener el milagro de la propia conversión o del propio progreso espiritual y humano, siempre se requiere generosidad. Darlo todo, y darlo de corazón.

Igualmente, cuando se trata de la ayuda a los demás, muchas veces tenemos en nuestras cestas los cinco panes y dos peces que necesita nuestro prójimo. A veces es una limosna, a veces es ceder el paso en la calle o una simple sonrisa que devuelva la confianza a nuestros hijos o compañeros de trabajo, después de que hemos sufrido algún percance.

Los cinco panes son, sin duda, una representación de los talentos que Dios nos ha regalado. Sólo en la medida en que los demos a los demás, fructifican y rinden todo cuanto pueden. Si los guardamos para nosotros mismos, pueden echarse a perder. Hay que recordar que el milagro comienza cuando aquel muchacho cedió al Maestro sus panes, para que diera de comer a toda una multitud...

Propósito
En mi siguiente encuentro con Cristo en la Eucaristía, pedirle que abra mi corazón a la compasión hacia el prójimo y al compartir fraterno.

Diálogo con Cristo 
Jesús, ayúdame a saber multiplicar mi amor. Para que el milagro se produzca necesito simplemente ofrecerte lo que tengo, nada más… pero tampoco nada menos. Tú multiplicarás estos pocos o muchos dones para el bien de todos. Con humildad y sencillez te ofrezco mis talentos, consciente de que los he recibido para darlos a los demás.
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