miércoles, 11 de mayo de 2016

EL ESPÍRITU SANTO ESTÁ DE MODA

 


El Espíritu Santo está de moda
Reflexiones Pascua

Es moda en el sentido de que hemos renovado en la Iglesia algo que nunca se debiera haber arrinconado. 


Por: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 



Empiezo con una pregunta que tiene que ver muy poco con Dios: ¿Qué es la moda? Extraña la pregunta en estos mensajes que nos quieren llevar a pensar solamente en Dios. Pero hoy nos hacemos esta pregunta, y la vamos a responder.

La moda es una costumbre pasajera que se mete en la sociedad, entusiasma de momento, pero pronto pasa, porque no tiene consistencia y carece de futuro. Es de hoy, y mañana ha desaparecido.

Según esto, ¿existen modas en la Iglesia? No. Propiamente hablando, ni pueden existir. Porque, lo que no se remonta a los Apóstoles y a Jesucristo, carece de autenticidad, no es genuinamente cristiano y no podemos en modo alguno aceptarlo, lo mismo en nuestra fe que en nuestra vida.

Dios dijo la última palabra por Jesucristo, y todo el que venga después diciendo y predicando algo en nombre de Dios, o repite lo que Dios dijo por Jesucristo o sus Apóstoles, o es un mentiroso y falsificador de la verdad de Dios.

En este sentido, no puede haber modas en la Iglesia. Todo es viejo, aunque todo es actual y muy del día.

Sin embargo, hoy vamos a pensar en una moda feliz dentro de la Iglesia, como es la devoción al Espíritu Santo. Pero, ya se ve, es una moda muy diferente de las que acostumbramos a tener en la sociedad. No es moda en el sentido de que la hayamos inventado nosotros, o de que haya de pasar pronto. Todo lo contrario. Es moda en el sentido de que hemos renovado en la Iglesia algo que nunca se debiera haber arrinconado.

Por inspiración del mismo Espíritu Santo, hemos tenido la magnífica ocurrencia de sacar del armario el vestido más lujoso que lucían los cristianos de los primeros siglos, pues el Espíritu Santo, junto con la Eucaristía, constituían el núcleo viviente de la piedad de la Iglesia. Meternos en la moda del Espíritu Santo, es renovarnos hoy en lo más genuino de la vida cristiana en sus orígenes.

Cuando los Apóstoles hablaban de la Gracia, se referían ante todo al don, a la merced, al regalo que Dios nos hizo mandando a su Iglesia y a cada uno de los fieles el Espíritu Santo. Así, Pedro le recrimina severamente a Simón Mago:
- Que tu dinero te valga sólo para tu perdición, pues has pensado que con él podías comprar el DON de Dios.

¡El Espíritu Santo!... ¡Qué nombre y qué calificativo tan bello el que lleva la Tercera Persona de la Santísima Trinidad! No lo hemos llamado así nosotros, sino que fue el mismo Jesús quien nos lo dictó.

Espíritu significa aire, viento, soplo...
Por eso, Jesús resucitado exhaló su aliento sobre los Apóstoles para comunicarles el Espíritu, y la irrupción del Espíritu en Pentecostés vino acompañada de un viento huracanado. Siguiendo, pues, la comparación del aire, empleada por el mismo Jesús, digamos nosotros lo que podemos expresar del Espíritu Santo.

El aire es uno de los dones más grandes de la Naturaleza. Invisible, no lo percibimos sino por sus efectos. El movimiento de las hojas, el polvo que se levanta o las nubes que cruzan el espacio, nos dicen que existe un aire al que no vemos, pero que lo llena todo. Sin el aire en nuestros pulmones, nos asfixiaríamos en pocos minutos. Sin el aire, la naturaleza se volvería pesada y la vida se extinguiría aceleradamente. Y así como el aire puro renueva continuamente nuestro organismo, la contaminación del aire es uno de los más serios problemas que hoy tienen planteado las grandes ciudades.

Si Jesús se fija en el aire para hablarnos del Espíritu Santo y darle su nombre propio, por algo lo haría... Jesús aplica maravillosamente al Espíritu Santo la naturaleza y la acción del aire.

El Espíritu Santo es la vida de nuestra vida divina. Sin Él, seríamos unos cadáveres, privados de la vida de Dios.

El Espíritu Santo es el motor de nuestro amor. Somos capaces de amar como Dios, porque el Espíritu Santo, que es el amor del mismo Dios, ha sido derramado en nuestros corazones.

El Espíritu Santo empuja nuestra oración, y nos hace capaces de elevarnos a Dios con la plegaria.

El Espíritu Santo inspira todos nuestros movimientos hacia Dios, hablándonos muy callandito, pero sin dejarnos parar un instante en nuestra aspiración hacia el Cielo.

El Espíritu Santo -seguimos con la misma comparación de Jesús- invade todo nuestro ser, como el aire puro nuestra casa bien ventilada, y nos impulsa a realizar toda la obra de Dios.

Jesús decía: -El aire sopla por donde quiere, oyes su ruido, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Esto le pasa al que ha nacido del Espíritu Santo. Es decir, hay que abrirse a lo que el Espíritu quiere de nosotros.

Estar abierto al Espíritu Santo para orar, para cantar, para evangelizar, para sentir profundamente a Dios, no es una moda moderna, introducida por la providencial Renovación Carismática. Ella nos ha enseñado a volver a lo más puro de la piedad cristiana. A ponernos a disposición del Espíritu, que nos empuja sin parar a encontrarnos siempre con Jesús, el Señor.

Moda feliz, la del Espíritu Santo en la Iglesia. Y lo mejor que podemos hacer es lucir este vestido de gala que estaba un poquito arrinconado. ¡Bendita la devoción al Espíritu Santo, el Espíritu del Señor Jesús!....

PADRE, CUIDA EN TU NOMBRE A LOS QUE ME HAS DADO


Padre, cuida en tu nombre a los que me has dado
Pascua


Juan 17, 11-19. Pascua. La santidad es un reto para todo bautizado a través de la oración. 


Por: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan 17, 11-19
Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.

Oración introductoria
Señor, gracias por este tiempo que puedo dedicar a la oración. Aunque no soy del mundo, las cosas pasajeras ejercen una fuerte atracción, pero creo y espero en Ti, porque eres fiel a tus promesas, por eso te pido la gracia de que me reveles la verdad sobre mi vida en esta oración.

Petición
Señor, concédeme no tener en la vida otra tarea, otra ocupación, otra ilusión que ser santificado en la verdad.

Meditación del Papa Francisco
Un aspecto esencial del testimonio del Señor Resucitado es la unidad entre nosotros, sus discípulos, como la que existe entre Él y el Padre. Y la oración de Jesús en la víspera de su pasión ha resonado hoy en el Evangelio: "Que sean una sola cosa como nosotros". De este eterno amor entre el Padre y el Hijo, que se extiende en nosotros por el Espíritu Santo, toma fuerza nuestra misión y nuestra comunión fraterna; de allí nace siempre nuevamente la alegría de seguir al Señor. (Homilía de S.S. Francisco, 17 de mayo de 2015).
Los mártires y la comunidad cristiana tuvieron que elegir entre seguir a Jesús o al mundo. Habían escuchado la advertencia del Señor de que el mundo los odiaría por su causa; sabían el precio de ser discípulos. Para muchos, esto significó persecución y, más tarde, la fuga a las montañas, donde formaron aldeas católicas. Estaban dispuestos a grandes sacrificios y a despojarse de todo lo que pudiera apartarles de Cristo –pertenencias y tierras, prestigio y honor–, porque sabían que sólo Cristo era su verdadero tesoro.
En nuestros días, muchas veces vemos cómo el mundo cuestiona nuestra fe, y de múltiples maneras se nos pide entrar en componendas con la fe, diluir las exigencias radicales del Evangelio y acomodarnos al espíritu de nuestro tiempo. Sin embargo, los mártires nos invitan a poner a Cristo por encima de todo y a ver todo lo demás en relación con él y con su Reino eterno. Nos hacen preguntarnos si hay algo por lo que estaríamos dispuestos a morir.
Además, el ejemplo de los mártires nos enseña también la importancia de la caridad en la vida de fe. La autenticidad de su testimonio de Cristo, expresada en la aceptación de la igual dignidad de todos los bautizados, fue lo que les llevó a una forma de vida fraterna que cuestionaba las rígidas estructuras sociales de su época. Fue su negativa a separar el doble mandamiento del amor a Dios y amor al prójimo lo que les llevó a una solicitud tan fuerte por las necesidades de los hermanos. Su ejemplo tiene mucho que decirnos a nosotros, que vivimos en sociedades en las que, junto a inmensas riquezas, prospera silenciosamente la más denigrante pobreza; donde rara vez se escucha el grito de los pobres; y donde Cristo nos sigue llamando, pidiéndonos que le amemos y sirvamos tendiendo la mano a nuestros hermanos necesitados. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de agosto de 2014).


Reflexión
Cristo continúa orando con su Padre, y así como pidió para que nosotros seamos uno, ahora pide al Padre que seamos santificados en la verdad. Y la verdad se encuentra en las palabras de vida que del Padre hemos recibido. Es decir, todas aquellas virtudes que nos ha enseñado y que nos pide imitar. Caridad, fe, abnegación y también santidad, que es el culmen de todas las virtudes.

Los cristianos de este siglo debemos aceptar que la santidad ya no es algo tan lejano y reservado únicamente a unas cuantas almas místicas. Prueba de ello son las numerosas beatificaciones y santificaciones que el Papa realizó en el siglo pasado y en el nuevo milenio.

La santidad, por tanto, es un reto que atañe a todo bautizado. Por el bautismo recibimos las ayudas para ser santos, sólo que a lo largo de nuestra vida esa blancura de nuestra alma se ha ido manchando y, por consiguiente, nos hemos alejado de la santidad. Hemos preferido adorarnos a nosotros mismo en lugar de Dios. Sin embargo, no por ello todo está perdido. Al contrario, la santidad es un reto que Cristo, a través de su Vicario en la tierra (el Papa) nos invita a conquistar. Un reto difícil y costoso porque nuestra naturaleza humana nos arrastra a las cosas de la tierra. Pero es un reto que cuando se ha tomado en serio, llena de profunda y verdadera felicidad. Porque se experimenta la dicha de vivir con la ilusión de agradar sólo a nuestro creador. De tenerlo en nuestro corazón y de rechazar todo lo que nos pueda alejar de Él. "Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (1 Ts 4, 3).

Propósito
Hacer un examen de conciencia para ver cómo puedo dar mayor gloria a Dios con los dones que me ha dado.

Diálogo con Cristo
Señor, dejo en tus manos mis preocupaciones. Ayúdame a confiar en tu providencia, para que la revisión de mis actitudes y comportamiento, me ayude a vivir lo que creo. Sé que Tú estás conmigo, pero frecuentemente se me dificulta compartir mi fe con los demás. Dame la fortaleza para hablar de Ti y de tu amor, especialmente a mi familia.
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