jueves, 12 de mayo de 2016

OCHO VALIOSOS CONSEJOS PARA EVITAR UN DIVORCIO Y FORTALECES UN MATRIMONIO

8 valiosos consejos para evitar un divorcio y fortalecer un matrimonio
Del libro Divorcio, ¿cómo ayudamos a los hijos?


Por: Aquilino Polaino-Lorente | Fuente: religionenlibertad.com 



1. Comunicarse con la pareja es un factor preventivo esencial. Lo que no se comunica no se comparte. Lo que no se comparte aleja. Lo que aleja crea distancias insalvables. Lo que distancia desune. Y lo que desune acaba por extinguir y disolver cualquier relación, hasta que cada uno de ellos se transforma en un extraño para el otro.
El silencio y la incomunicación son los mayores enemigos de las relaciones conyugales.
No deja de ser curioso que el 82% de las mujeres españolas casadas consideren la incomunicación conyugal como el más frecuente y primero de sus problemas de pareja.
2. Respetar y admirar al otro: El respeto y la admiración son también fundamentales como factores de resistencia de los conflictos de pareja. Para que emerja un conflicto entre los cónyuges forzosamente antes han tenido que dejar de admirarse.
Cuando se extingue la mutua admiración, la pérdida del respeto —al inicio sólo gestual y verbal— está cerca.


Esta inicial pérdida de respeto verbal se prolonga en ocasiones —basta con que estén más irritables o, por un momento, “pierdan los nervios”— en la pérdida de respeto físico o, dicho sin ningún eufemismo, en la violencia doméstica.
Es muy difícil que una pareja entre en crisis si la admiración y el respeto mutuo no sólo se conservan sino que, con el pasar de los años, se acrece.
3. No rehuir las dificultades y no insistir en las diferencias:Para tratar de resolver los problemas, lo primero que hay que hacer es identificarlos y, a continuación, afrontarlos.
Si las dificultades se silencian y “aparcan”, lo que era pequeño se agranda y lo que en un inicio apenas tenía importancia deviene en el detonante de la crisis.
La convivencia consiste en buena parte en aprender a resolver con éxito y conjuntamente los pequeños conflictos de cada día.
Las diferencias entre el hombre y la mujer son imborrables e inextinguibles. Por eso es de mal gusto insistir en ellas, a tiempo y a destiempo.
Los hechos diferenciales que singularizan a uno y a otro están ahí para una excelsa función: la de complementarse, crecer y enriquecerse recíprocamente.
El respeto por esas diferencias inmodificables constituye una excelente oportunidad para que ambos se conozcan mejor a ellos mismos.
4. Es imprescindible dedicar tiempo, paciencia y ternura al otro cónyuge: el amor exige tiempo, atención y dedicación vigilante.
Quien no atiende no entiende. Quien marcha siempre con prisa no puede advertir la realidad del otro, por la sencilla razón de que atraviesa su ámbito espacial sin dejarse asombrar ni afectar por la presencia de su pareja.
Entre las personas que se quieren hay que disponer de la necesaria paciencia, por lo menos de la misma paciencia que precisa la crianza y buena educación de un niño pequeño.
Si se dan las condiciones anteriores, la ternura acaba por emerger e invadir la intimidad del otro y, entonces y sólo entonces, desaparecerán las quejas acerca de si le han dicho o no que le quieren, o si le admiran o no, porque la ternura es la demostración objetiva de ese querer, un grito silencioso más poderoso que cualquier decir, y que casi nunca pasa inadvertido a las personas.
5. Esforzarse por llevar una vida sexual plena y activa: Las relaciones sexuales son necesarias en la vida de la pareja. No son, desde luego, lo primero, pero sí una de las primeras condiciones que definen a la pareja o el matrimonio y que han de satisfacerse.
La sexualidad puede suponer —y supone, de hecho— un cierto esfuerzo, sobre todo si —como habría de ser en el matrimonio— cada uno de los cónyuges se olvida de sí y solo piensa en la plenitud de la satisfacción del otro.
Hasta en esto la donación recíproca está vigente y no debería ser omitida, renunciada y mucho menos frustrada.
No deja de ser frecuente que en la pareja se use a veces de la sexualidad bien para resolver otros conflictos, en que no se llegó a acuerdo alguno, o bien mediante la negación a ella para seguir revindicando, guerreando y extendiendo los problemas que asientan en otros ámbitos de la conyugalidad cuyo contenido es muy diferente.
Lo correcto es que cada problema se resuelva justamente en el ámbito en que se originó y al que obviamente pertenece, sin dar lugar a tomarse la revancha en otros ámbitos, que en modo alguno son afines a aquel y no pueden sustituirlo.
6. Establecer y respetar el necesario ámbito de libertad personal del otro: Que hombre y mujer sean “una sola carne»” no ha de tomarse como una unión tal que conlleva a la fusión entre ellos y a la confusión de sus personas.
El matrimonio, desde luego, les constituye en una sola carne, pero al mismo tiempo —he aquí el misterio— conserva en su integridad aspectos diferenciales de las genuinas personalidades de cada uno de ellos.
Como consecuencia, es preciso establecer cuál es el necesario ámbito de libertad que es más apropiado a cada uno de ellos y que el otro no puede, no debe forzar ni dejar de respetar.
En el escenario de la profesión, por ejemplo, esta es una exigencia ética que jamás debería ser conculcada.
7. Mantener un reparto equilibrado y flexible de tareas y roles: Las diversas cualidades de cada uno de los cónyuges, su propia singularidad y la eficiencia que deriva de la división del trabajo exige este reparto de funciones entre ellos.
Lo lógico es que el más dotado para una determinada tarea o al que le cueste menos esfuerzo llevarla a cabo sea el que tenga que desempeñarla.
No se trata de “arrimar el hombro” a los menesteres menos agradables para cargar las espaldas del otro. Se trata tan solo de ser más eficaces, pero sin hundirse en el utilitarismo funcionalista.
Por eso es también conveniente que si uno de ellos advierte que al otro el desempeño de una función le supone mucho esfuerzo, se adelante y la haga o le ayude mientras la realiza.
La pareja no está constituida para restar, sino para sumar; está para multiplicar en lugar de dividir, para tener más en cuenta lo que les une que lo que les separa.
En cierto sentido, marido y mujer devienen en cofundadores, a partes iguales, de una sola y única empresa, en la que no puede precisarse qué es de cada uno de ellos, porque lo que es de uno es también del otro, porque todo es de los dos.
Aquí los dos son corresponsables, coexistentes y copartícipes de todo cuanto les acontezca a ambos.
8. Fomentar una cierta complicidad añadida: El mismo tejido de la pareja está reñido con la incomprensión y el sentimiento de soledad. La pareja es compañía, ausencia de soledad, comunión.
No es infrecuente la presencia de parejas que posiblemente se quieren mucho entre ellos y son muy equilibradas, pero se percibe que les falta algo. Son marido y mujer y excelentes padre y madre, pero... ¡no son compañeros!, la vida de uno no ha sido compañía inseparable de la vida del otro.
En estos casos lo que falta es esa generosidad para abrir la intimidad —lo que más les suele costar— y ofrecerla y regalarla gustosamente al otro.
Cuando ambos devienen en compañeros —en buenos compañeros, se entiende—, el regalo de la intimidad se desborda y surge esa alegría vital, que no se puede ocultar en quienes se sienten cómplices y realmente lo son de sus propios afanes, ilusiones, deseos, expectativas, fantasías, decires, sentimientos, proyectos, pensamientos y recuerdos.
(Por Aquilino Polaino-Lorente; fragmento del libro Divorcio, ¿cómo ayudamos a los hijos? publicado en marzo de 2015 por la editorial Stella Maris)

TENEMOS ASEGURADO EL CIELO SÓLO PORQUE NOS HAYAMOS CONFESADO?



¿Tenemos asegurado el Cielo sólo porque nos hayamos confesado?
El sacramento de la Penitencia reconcilia a los bautizados con Dios, reconduce a la comunión rota por el pecado. No borra lo que ha sucedido


Por: Toscana Oggi 




Pregunta: Hay algo que no me queda claro en relación con el sacramento de la Reconciliación. Cada vez que nos confesamos nuestros pecados son perdonados, si somos perdonados al borde de la muerte quedamos absueltos de todos los pecados. Entonces deberíamos ir al paraíso, pero no estamos seguros de eso. ¿Me podrían ayudar a entender? (Massimo Volpe)

Responde el padre Valerio Mauro, profesor de Teología Sacramental

La pregunta que se plantea pide una explicación sobre la eficacia del sacramento de la Reconciliación o Penitencia, como indica el nombre oficial del ritual litúrgico (rito de la penitencia). La cuestión, sin embargo, no se limita a la eficacia del perdón sacramental, sino que involucra también la salvación final del creyente cristiano. Y la respuesta deberá limitarse necesariamente a este caso, porque la salvación de aquellos que no son cristianos o creyentes entra en otra problemática, que requeriría otro espacio a disposición.

Nuestra breve respuesta se desarrolla, por lo tanto, en dos pasos siguientes, esperando lograr iluminar un poco la cuestión tan delicada.

1.- El primer interrogante radica en la eficacia del sacramento de la Penitencia.

Es verdad que a través del perdón sacramental nuestros pecados son perdonados por Dios. Lo afirman las mismas palabras de Cristo, como han sido comprendidas por la gran tradición eclesial. De manera particular, recordamos las palabras del Señor Resucitado la noche de la Pascua, cuando sopló el Espíritu Santo sobre los discípulos, enviándolos al mundo diciéndoles: "

"Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”(Jn 20,23)

Desde entonces, la Iglesia es conciente de haber recibido un verdadero y propio ministerio de reconciliación, que debe ejercitar en relación a los hombres, antes que nada con la predicación del Evangelio en vista de la conversión y del Bautismo, en segundo lugar con el sacramento de la Penitencia para aquellos que han sido bautizados (cf 2 Co 5,18-20)

El perdón de Dios, por lo tanto, entra en nuestra vida personal, a través del Evangelio y los sacramentos de la fe. El Bautismo concede el don singular de una profunda transformación interior, puesto que hablamos de un nuevo nacimiento del cielo, del Espíritu Santo (cf Jn 3,3-5). 

¿Qué hace entonces el Sacramento de la reconciliación?

Esto sucede una vez por todas y sólo una vez. El sacramento de la Penitencia, en cambio, reconcilia a los bautizados con Dios y la comunidad eclesial: reconduce a la comunión rota por el pecado. No borra lo que ha sucedido, sino que transforma y purifica la relación herida por los pecados.

Las consecuencias de los pecados están indicadas por la Iglesia con un lenguaje particular, distinguiendo la pena eterna de las penas temporales (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 1442s) 



Los pecados graves conducen a la pena eterna, pero no existe ningún pecado del que no se pueda obtener el perdón por parte de Dios y con él la salvación. Cada pecado, sin embargo, incide en mi relación con el Señor y el perdón recibido no quita el esfuerzo de integrar en la relación con Dios mi rechazo de su amor.

Por analogía podemos pensar en una relación de amistad. Si traiciono a un amigo, puedo pedir y obtener su perdón, con sinceridad y generosidad. Nuestra relación de amistad, sin embargo, deberá integrar en sí misma esa traición, a través de una historia vivida en el futuro. El esfuerzo de renovar nuestra relación con Dios, a través de gestos de purificación llenos de caridad, toma el nombre de penas temporales. Esta purificación sucede en la tierra o en la muerte, como a través del fuego, según el Evangelio (cf Mc 9,49). Por eso, ya sea confesados y absueltos, nuestra relación deberá vivir una purificación ulterior: el perdón sacramental nos salva de la pena eterna, quedan las penas temporales.

2.- El segundo paso que tenemos que hacer es una reflexión sobre la certeza interior de la salvación.

El Evangelio invita con fuerza a la perseverancia final (Mt 10,22; 24,13), pidiendo a cada creyente un abandono filial en los brazos de la divina misericordia. Por eso, a parte de los casos singulares de particulares gracias recibidas (y que precisamente en cuanto tales no pueden ser pretensiones ni creídas de manera infalible), “dejen que venga el Señor: él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y manifestará las intenciones secretas de los corazones. Entonces, cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda” (1 Co 5).

El momento final de nuestra vida es algo serio, marcado por posibles tentaciones de fe. Estaremos frente a la verdad de Dios con el bien que habremos hecho en nuestra vida, porque en su infinita benevolencia Dios ha querido que sus dones puedan volverse méritos de los hombres. Pero sobretodo, sostenidos por su gracia y la comunión de los santos, no podremos más que confiar en su Amor misericordioso

MONICIONES PARA LAS MISAS DOMINICALES DEL CICLO C



Moniciones para las Misas Dominicales del Ciclo C
Moniciones


Ciclo C 


Por: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net 



CUARESMA


Moniciones para el Miércoles de Ceniza
Moniciones para el Primer Domingo de Cuaresma 
Moniciones para el Segundo Domingo de Cuaresma 
Moniciones para el Tercer Domingo de Cuaresma 
Moniciones para el Cuarto Domingo de Cuaresma 
Moniciones para el Quinto Domingo de Cuaresma 
Moniciones para el Domingo de Ramos 
Moniciones para Lunes, Martes y Miércoles Santo 
Moniciones para Jueves Santo 
Moniciones para el Viernes Santo 
Moniciones para La Vigilia Pascual
Moniciones para el Domingo de Resurrección. Primero de Pascua
Moniciones para el Segundo Domingo de Pascua
Moniciones para el Tercer Domingo de Pascua
Moniciones para el Cuarto Domingo de Pascua
Moniciones para el Quinto Domingo de Pascua
Moniciones para el Sexto Domingo de Pascua

Moniciones para la Solemnidad de la Ascención del Señor
Moniciones para la Solemnidad de Pentecostés
Moniciones para la Solemnidad de la Santísima Trinidad



TIEMPO ORDINARIO

Moniciones para el 1er. Domingo Ordinario Fiesta del Bautismo del Señor
Moniciones para el 2o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 3o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 4o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 5o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 6o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 7o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 8o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 9o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 10o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 11o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 12o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 13o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 14o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 15o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 16o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 17o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 18o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 19o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 20o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 21o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 22o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 23o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 24o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 25o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 26o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 27o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 28o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 29o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 30o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 31o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 32o. Domingo Ordinario
Moniciones para el 33o. Domingo Ordinario
Moniciones para la Solemnidad del Jesucristo Rey el Universo



ADVIENTO Y NAVIDAD

Moniciones para el 1er. Domingo de Adviento
Moniciones para el 2o. Domingo de Adviento
Moniciones para el 3o. Domingo de Adviento
Moniciones para el 4o. Domingo de Adviento

Moniciones para la Natividad del Señor. Misa de media noche
Moniciones para la Natividad del Señor. Misa del día

Moniciones para la Fiesta de la Sagrada Familia
Moniciones para la Solemnidad de Santa María Madre de Dios
Moniciones para la Solemnidad la Epifanía del Señor



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Moniciones para la Fiesta de la Presentación del Señor 2 de Febrero
Moniciones para la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Moniciones para la Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista 24 de Junio.
Moniciones para la fiesta de la Transfiguración del Señor 6 de Agosto.
Moniciones para la fiesta de la Asunción de la Virgen María 15 de Agosto
Moniciones para la Natividad de la Santísima Virgen María 8 de Septiembre
Domingo Mundial de las Misiones
Moniciones para la Conmemoración de los Fieles Difuntos 2 de Noviembre
Moniciones para la Fiesta de Todos los Santos 1 de Noviembre
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María 8 de Diciembre
Solemnidad de la Virgen de Guadalupe 12 de Diciembre

TE PIDO TAMBIÉN POR LOS QUE NO VAN A CREER EN MÍ



Te pido también por los que van a creer en mí
Pascua



Juan, 17, 20-26. Estar siempre alegres, sean constantes en orar, den gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios. 


Por: José Enrique Anaya Degollado | Fuente: Catholic.net 



Del santo Evangelio según san Juan, 17, 20-26
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí. Padre, quiero que donde esté yo, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y estos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas está en ellos y yo también en ellos.» 

Oración Introductoria
Jesús, enséñame a orar. Creo en ti, y te doy gracias por el don de la fe. Tú te me has dado a conocer, me has enseñado que tu Padre es también mío. No tengo palabras para agradecerte este don. Ayúdame a corresponder viviendo como verdadero hijo de nuestro Padre Dios. Concédeme la gracia de amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas mis fuerzas.

Petición
Jesús, que me abra al amor de tu Padre, y aprenda a llamarlo: Padre nuestro.

Meditación del Papa Francisco
Jesús ora al Padre para que los suyos sean “perfectamente uno”: quiere que sean entre ellos “uno”, como Él y el Padre. Es su última petición antes de la Pasión, la más sentida: que haya comunión en la Iglesia. La comunión es esencial. El enemigo de Dios y del hombre, el diablo, no puede nada contra el Evangelio, contra la humilde fuerza de la oración y de los sacramentos, pero puede hacer mucho daño a la Iglesia tentando nuestra humanidad. Provoca la presunción, el juicio sobre los demás, las cerrazones y las divisiones. Él mismo es “el que divide” y a menudo comienza haciéndonos creer que somos buenos, quizá mejor que los demás: así tiene el terreno listo para sembrar la cizaña. Es la tentación de todas las comunidades y se puede insinuar también en los carismas más bonitos de la Iglesia. (Homilía de S.S. Francisco, 18 de marzo de 2016).

Reflexión 
Todos somos hijos del mismo Padre. No nos pudo pasar algo más genial que tener un Papá como Dios, nuestro Señor. Con cuánta confianza debemos dirigirnos a Él, constantemente y con la simplicidad de un hijito pequeño. Hay momentos en la vida en los que sólo Él puede sostenernos y llevarnos adelante. ¡Jamás dudemos del amor de un Dios, que se nos ha manifestado como Padre Bueno! En la medida en que seamos conscientes de esta paternidad de Dios, en esa medida alcanzaremos la unidad que Él desea para nosotros.

Propósito
Rezaré un Padrenuestro en familia para ponernos en sus manos, y abandonarnos a su amor de Papá Dios.

Dialogo con Cristo
Jesús, enséñame a dialogar con nuestro Padre Dios, para confiarme enteramente a su Voluntad Santísima, y alcanzar esa familiaridad de la que Tú me has hecho partícipe con tu Encarnación. Gracias por ser como eres, y perdón por mis debilidades. No permitas que jamás dude de tu amor. No permitas que jamás me separe de ti. Tú me has dado a conocer su Nombre; me enseñaste a llamarle: «Abbá» -Papá-.


Ayúdame a ser el hijo que Él espera de mí. Dios ruega porque quiere ser más Padre que Señor. (San Pedro Crisiólogo, Sermón 108)
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