viernes, 20 de mayo de 2016

ESTOY AQUÍ, SEÑOR, ENTRE EL TRÁFICO Y LAS PRISAS



Estoy aquí, Señor, entre el tráfico y las prisas
Reflexiones Eucaristía


Me siento cansado, agobiado y hoy vengo a ti, en recuerdo, aunque lejano de un tiempo pasado,


Por: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net 



Estoy aquí , Señor, vengo envuelto entre el tráfico, arrastrada en el vendaval del agitado mundo, de sus prisas, de sus noticias, que muchas veces dan escalofrío,... de música que no tiene armonía y melodía sino que ruidos estridentes y discordantes... de caras crispadas por gran impaciencia...

Las personas en medio de este mundo caótico se sienten solas y esa soledad abraza su espíritu con un abrazo de ahogo y tristeza infinita.

Así me sentía yo... y hoy vengo ante ti, mi amado Jesús, y el recuerdo, aunque lejano de un tiempo pasado, de una tarde como esta ante tu Presencia en el Sacramento de la Eucaristía, buscando lo que solo Tu podías entender, mis dolores, mis agobios... voy recordando:

La puerta de la pequeña Iglesia, de un pueblecito más pequeño aún, perdido en la serranía, dio un lastimero crujido cuando la empujé... la nave, humilde y sencilla, silenciosa y vacía...Tenía una luz que se filtraba atravesando unos ventanales en forma de arcos que le daban claridad a la semipenumbra del recinto, pero... ahí estabas Tu, al frente, ahí donde brillaba una lucecita roja que parpadeaba como si fuese la señal del latir de tu Corazón.

Despacio llegué hasta Ti...me puse de rodillas y suavemente fue brotando este pequeño verso ante aquel Sagrario, que ya nunca olvidaré...

Jesús : Ya no me importa la soledad,
ni el sufrimiento ya me acobarda...
Tu me enseñaste que es estar solo....
¡que es entregarse con toda el alma!

¿Cómo podré correr ansiosamente tras el lujo, la vida loca y vana,
si aprendí la mejor lección del mundo, en esta Iglesia, tan pequeña y olvidada?

¡Tu Rey de reyes, Tu que todo lo hiciste de la nada!
¡Encerrado en un Sagrario de madera
sin pulir, sin pintar....!
y sobre el altar, cuatro flores empolvadas!

¡Tu que Todo lo eres, te perdiste en la Nada...!.
¡Qué infinita humildad!.
Prisionero tras la puerta de madera, me parece que oigo latir tu corazón
y adivino el mirar de tus ojos en la espera ...

Han de ser tan dulces, tan sinceros....
han de ser tus ojos, Jesús mío,
la apoteosis de la luz y la belleza.

De tal modo se hirió mi corazón,
ante tanta grandeza y humildad,
que ahora vivo prisionera del recuerdo,
y ese recuerdo Divino es como un faro bendito, que alumbra mi oscuridad....



Este mi pequeño verso es mi mejor reflexión para adorarte y bendecirte, mi amado Jesús Sacramentado.

Preguntas o comentarios al autor  Ma. Esther de Ariño

LO QUE DIOS UNIÓ , NO LO SEPARE EL HOMBRE



Lo que Dios unió, no lo separe el hombre

Tiempo Ordinario




Marcos 10, 1-12. Tiempo Ordinario. El amor mutuo entre los esposos, es imagen del amor con que Dios ama al hombre. 



Por: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net 




Del santo Evangelio según san Marcos 10, 1-12
En aquel tiempo Jesús se marchó a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» Él les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés?» Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla» Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»

Oración introductoria 
Gracias, Señor, por el don de mi fe, por ella creo, espero y te amo. Pero hoy necesito dar un segundo paso, ya no sólo creer, confiar y quererte, sino que esta oración me ayude a transformar este querer en una auténtica pasión, de modo que derrita mi dureza de corazón y así pueda dejarte salir para que otros experimenten tu cercanía a través de mi testimonio.

Petición
Dios mío, dame tu gracia para saber trasmitir y defender la verdadera doctrina sobre el matrimonio y la familia.

Meditación del Papa Francisco
Esta Exhortación adquiere un sentido especial en el contexto de este Año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo. (S.S. Francisco, La alegría de amor, exhortación apostólica post sinodal, n. 5).
Reflexión
Dios hizo el matrimonio para que los hombres encontraran la felicidad en este mundo, pero la triste realidad es que muchos, por no decir demasiados matrimonios no sólo no encuentran la felicidad en él, sino la desesperación, la amargura y el fracaso. ¡Cuántos divorcios, infidelidades, quiebras por ahí, cuánta infelicidad!

En el matrimonio, si de algún modo se descubren las causas de los problemas, se podría poner la solución y, ciertamente, hay causas pequeñas que ayudan al fracaso, pero la causa grave, el verdadero verdugo del matrimonio, se llama “egoísmo”.

Una gran parte de los hombres y mujeres se casan por amor, pero luego viven el matrimonio con egoísmo. A las órdenes de ese monstruo que devora tanta felicidad en el hombre.

Salta a la vista el contraste entre el noviazgo y lo que sigue después: los novios se quieren, se buscan, se adoran, son capaces de grandes sacrificios por el ser querido, no se aburren, no se cansan y si alguna vez se pelean, con un perdón sincero y lágrimas, restauran el cariño y siguen adelante. Es decir, el amor supera todos los obstáculos.

Hay amor y por eso hay soluciones. Pero luego en el matrimonio dan la impresión de que ya no son capaces de perdonar, aceptarse y de seguir adelante a pesar de todas las dificultades del mundo.

Se aburren, se cansan, se hartan y se creen muy justificados echándose la culpa el uno y el otro.

Se casaron por amor, pero ahora viven de egoísmo. El vino bueno del primer amor se ha ido convirtiendo en vinagre.

El amor que no se cultiva, que no se estrena cada día, tiende a desaparecer. Alguien dijo: “No me da coraje el haber perdido el amor, sino que se haya ido poco a poco”.
Hay que pagar un precio. Se paga el teléfono y si no te lo cortan, pagas el gas o un día no enciende la estufa, cargas el tanque de gasolina, si no quieres quedarte tirado. Pero, ¿cuánto pagas por recargar tu matrimonio?

Impresiona ver los esfuerzos y sacrificios que realizan algunos por llevar un trabajo floreciente, y qué poco o casi nada de empeño ponen por llevar un matrimonio, no digo floreciente, sino un matrimonio con vida.

Me atrevo a suponer que su matrimonio y su familia les interesa mucho más que su trabajo.

¿Qué inversión haces cada día para aumentar el capital de felicidad dentro de tu hogar? ¿Estrenas cada día el matrimonio? ¿Desde cuándo no tienes un detalle con tu esposo o esposa? ¿El matrimonio es una fecha relevante para los dos? ¿Te preocupas por dar a tu pareja una agradable sorpresa? Por ejemplo: en la comida. Cuando están juntos, ¿disfrutan como viejos enamorados o procuran estar lo menos posible en compañía?

La pregunta clave para saber si quieres a tu pareja es: ¿Lo que más te importa es hacerlo feliz?

En cuestiones de amor sucede lo que con el dinero: “Cuánto más dinero pongas a producir en el banco, más intereses obtienes. Cuánto más inviertes en detalles, delicadezas, comprensión y en todo lo que se llama amor verdadero, más intereses de felicidad para los dos. Pero si de tu cuenta de ahorros sacas más de lo que inviertes, un día te quedarás en ceros”.

Honradamente, ¿cuánto invertiste ayer en la cuenta el amor?

El matrimonio se estrena cada día. El amor de hoy debe tener la frescura, la fuerza, la delicadeza del primer día. El matrimonio debe tener la fuerza del primer amor.

Diálogo con Cristo 

Jesús, dame la coherencia de vida para manifestar mi fe con las obras, porque como católico, miembro de la Iglesia, mi testimonio de vida personal, familiar, social y profesional influye, para bien o para mal, en otras personas. Debo reflejar mi fe las veinticuatro horas del día, en todas partes y en cualquier situación. Te pido la gracia de una vida auténtica.

Propósito

El amor que se estrena es maravilloso, es el primer amor. Si tu quieres puedes estrenar cada día tu amor y convertirlo en un día de maravilla.
Preguntas o comentarios al autor  P. Mariano de Blas LC

HAY DIFERENCIA ENTRE SER BUENO Y SER SANTO?


¿Hay diferencia entre ser bueno y ser santo?
Cumplir los mandamientos es necesario, pero no basta. Aquel que nos ha dado todo, nos pide todo.


Por: Luis Fernando Pérez Bustamante | Fuente: Infocatolica.com 



Muchos cristianos viven hoy en la idea de que eso de la santidad es algo reservado para unos pocos. Que al fin y al cabo, el número de aquellos que han sido beatificados o canonizados son una ínfima minoríacomparados con los millones y millones de fieles que han vivido en los últimos veinte siglos. Piensan que incluso aunque se acepte que, aparte de los que figuran en el santoral, hay tantos o más cristanos que podrían haber alcanzado ese “reconocimiento público” de haberse conocido sus vidas, siguen siendo una porción escasísima del total.
Una gran parte de aquellos que piensan así tienen una actitud parecida a la del joven rico con el que se encontró Jesús:
Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. 
Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».


Mc 10,18-20
He ahí el típico ejemplo de “buen” creyente, de “buena” persona. No mata, no roba, no adultera, no se pasa la vida acusando al prójimo de mentiras, quiere a su familia, especialmente a quienes le dieron la vida,etc. Ciertamente hoy vivimos en una época en que al menos la cuestión del adulterio no parece ser tan “importante". En relación al matrimonio, aquello de que el amor “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” y “nunca deja de ser” (1ª Cor 13,7-8) parece enterrado bajo la idea de que el amor dura hasta que dura, y cuando acaba te puedes buscar otro.
Pero aun concediendo que se es también fiel en el amor conyugal, el considerarse a uno mismo lo suficientemente bueno para heredar la vida eterna se va a encontrar de bruces con las palabras de Cristo:
Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.
Mc, 10,21-22
Jesús lo amó. Tengamos bien presente ese hecho. Ante el joven que buscaba ser salvo y había llevado una vida que encajaba dentro de los parámetros por los que se le podía considerar una “buena persona", el Señor no reacciona manifestando cierto desdén sino amor. Y tanto le amó, que le dio la clave para salvarse: “Deja todo y sígueme".
El joven, el mismo que cumplía los mandamientos, el mismo que había sido un buen hijo, un buen ciudadano y un buen creyente, tenía algo que estaba por encima de su amor a Dios. En su caso eran las riquezas materiales. Entonces Cristo dio una de las enseñanzas claves del evangelio:
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». 
Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».
Mc 10,23-27
Imaginemos a los apóstoles contemplando la escena. Ven que ese chaval era muy buena gente, que cumplía los mandamientos. Esperaban seguramente que Cristo le dijera: “querido, si haces eso, ya te has salvado". Pero no, se encuentran con que el Señor quiere más, mucho más, que un simple cumplimiento de sus preceptos. Quiere ni más ni menos que le entregue todo su ser, que no haya un resquicio que se guarde para sí. No es que cumplir los mandamientos no sea necesario. Simplemente, no basta. Y como no basta, los discípulos hacen exactamente la misma pregunta que el rico, ¿"quien puede salvarse?", pero creyendo que la respuesta es prácticamente nadie. Y Jesus les dice que ciertamente es imposible para un hombre salvarse, pero Dios puede hacerlo.
Efectivamente, solo Dios puede poner en el alma aquel verdadero amor por El que nos conduce a la salvación. Un amor que está por encima de cualquiera de nuestros deseos. Un amor que esta incluso por encima de nuestro amor a nuestros seres queridos, sean padres, cónyugues, hijos, hermanos, amigos.
Aquel que nos ha dado todo, nos pide todo. Y nos pide todo porque nos concede darle todo. Aquel que, siendo Dios, sometió su voluntad a la del Padre, llegando a entregar su vida en la Cruz, pide que sometamos nuestra voluntad a Él, de forma que pueda presentarnos ante el Padre como verdaderos hijos suyos. Y como sabe que para nosotros tal cosa es literalmente imposible sin ayuda, nos concede el incomparable don del Espíritu Santo, que es quien nos transforma y nos capacita para entregarnos por completo a Dios.
Todos, y quien diga lo contrario miente, tenemos algo en nuestras vidas que todavía no hemos entregado a Cristo. Pueden ser las riquezas materiales, puede ser cualquier apego desordenado, puede ser lo que sea. Escuchamos a Cristo diciéndonos “deja eso y sígueme", y fruncimos el ceño. “No, Señor, eso, si no te importa, me lo quedo", replicamos. Pero lo que Dios quiere de nosotros no es aquello que ya nos ha concedido darle, sino precisamente esa parte que todavía no hemos sometidoa su soberanía divina. Y he aquí la buena noticia: Dios hará todo lo que está en su mano para que se lo demos. Su gracia cubre nuestros pecados mientras dura ese proceso. De lo contrario, estaríamos condenados sin remedio. Pero esa misma gracia obra en nuestras almas un doble proceso: primero, querer entregarle lo que hemos reservado para nosotros. Segundo, entregárselo. Si movidos de la gracia aceptamos que Dios ponga en nosotros el deseo de poner a sus pies todo nuestro ser, indefectiblemente creceremos en santidad. No seremos simplemente “buenas personas". Seremos santos, que es a lo que hemos sido llamados y para lo que hemos sido salvados.
No nos asustemos si vemos que son “demasiadas” las cosas que no hemos entregado a Dios. Simplemente, quedémonos al lado de Cristo. No huyamos de su abrazo amoroso como hizo el joven rico. Permanezcamos por gracia con el Señor en la oración, en la Eucaristía, donde Él se dona para que entremos en plena comunión con su divina persona. Dejemos que perdone nuestros pecados. Imploremos al Espíritu Santo que obre la santificación en nuestras vidas. Pidamos la intercesión de su Madre para que podamos decir sí a sus palabras en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). Eso, y no otra cosa, es ser cristiano.

Laus Deo Virginique Matri
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