miércoles, 6 de julio de 2016

QUÉ SUCEDE DESPUÉS DE LA MUERTE? QUÉ ES EL JUICIO PARTICULAR?

¿Qué sucede después de la muerte? ¿Qué es el Juicio Particular?
¿Hay vida después de la vida?


Por: buenanueva.net | Fuente: buenanueva.net 



¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Hay vida después de esta vida? ¿Queda el hombre reducido al polvo? ¿Hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté inerte y en descomposición?

El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo nos recuerda el sentido de nuestra vida en la tierra y lo que nos espera después de la muerte. El hecho de que la Santísima Virgen fuera llevada en cuerpo y alma al Cielo, cuestión que es dogma de fe para el católico, es un verdadero signo de esperanza para todos.
María, que indudablemente fue adornada de gracias excepcionales por Dios Padre para servir de Madre natural a Su Hijo Jesús, es -a pesar de estos dones especiales- plena y totalmente humana como somos todos los hombres y mujeres de este mundo.
El que María sea una mujer plena y totalmente humana, unido al hecho de que Ella está en el Cielo en cuerpo y alma en forma gloriosa, nos lleva a reflexionar sobre el destino que Dios tiene preparado a todo aquél que viva de acuerdo a esta verdad que aprendimos desde el Catecismo de Primera Comunión: hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y luego gozar plenamente de Su Presencia en la eternidad.
Y ... ¿Qué es la eternidad? ¿Qué es la Vida Eterna? ¿Qué es la salvación y la condenación ... eternas? Son nada menos que las opciones que nos esperan al terminar esta vida pasajera, temporal, finita ... fugaz y muy breve (si la comparamos con la eternidad) que ahora estamos viviendo aquí en la tierra.
Explicaba el Papa Juan Pablo II en su bestseller Cruzando el Umbral de la Esperanza, que la condenación es lo opuesto a la salvación, pero que tienen en común que ambas son eternas. El peor mal es la condenación eterna: el rechazo del hombre por parte de Dios, como consecuencia del rechazo de Dios por parte del hombre.
Pero el mayor bien es la salvación eterna: la felicidad que proviene de la unión con Dios. Es el gozar de la llamada Visión Beatífica, es decir, el ver a Dios mismo "cara a cara" (1Cor. 13, 12). De esto se trata el Cielo, que es un estado, un sitio indescriptible con nuestros limitados conocimientos humanos, pero sabemos que es mucho más de lo que podemos anhelar o imaginar. Por eso dice San Pablo: "ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón del humano pudo imaginar lo que Dios ha preparado para aquéllos que le aman" (1Cor. 2, 9).
El Papa Juan Pablo II insistía en tocar estos temas escatológicos, que él denominaba de las "realidades últimas". Nos decía así en una de sus Catequesis sobre escatología (11-8-99): "La vida cristiana ... exige tener la mirada fija en la meta, en las realidades últimas y, al mismo tiempo, comprometerse en las realidades 'penúltimas' ... para que la vida cristiana sea como una gran peregrinación hacia la casa del Padre".
En efecto, la vida en esta tierra es como una antesala, como una preparación, para unos más breve que para otros, tal vez más difícil o más dolorosa para algunos. Pero en realidad no fuimos creados sólo para esta antesala, sino para el Cielo, nuestra verdadera patria.
La Virgen María nos muestra, con su vida en la tierra y su Asunción al Cielo, el camino que hemos de recorrer todos nosotros total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios en esta vida y luego el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad. Allí estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está María, porque seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre (cfr. Juan 5,29 y 6,40).
¿Cómo es la muerte?
La muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida. Para los que mueren en Dios, la muerte es un paso a un sitio/estado mejor ... mucho mejor que aquí. No hay que pensar en la muerte con temor. La muerte no es tropezarnos con un paredón donde se acabó todo. Es más bien el paso a través de esa pared para vislumbrar, ver y vivir algo inimaginable.
Santa Teresa de Jesús decía que esta vida terrena es como pasar una mala noche en una mala posada. 
Para San Juan Crisóstomo, "la muerte es el viaje a la eternidad". Para él, la muerte es como la llegada al sitio de destino de un viajero. También hablaba de la muerte como el cambio de una mala posada, un mal cuarto de hotel (esta vida terrena) a una bellísima mansión.
"Mansión" es la palabra que usa el Señor para describirnos nuestro sitio en el Cielo. "En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar ... Volveré y los llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes" (Jn. 14, 2-3).
Es en la Liturgia de Difuntos de la Iglesia donde tal vez encontramos mejor y más claramente expresada la visión realista de la muerte. Así reza el Sacerdote Celebrante en el Prefacio de la Misa de Difuntos: La vida de los que en Tí creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo.
Por eso la muerte no tiene que ser vista como algo desagradable. ¡Es el encuentro definitivo con Dios! Los Santos (santo es todo aquél que hace la Voluntad de Dios, aunque no sea reconocido oficialmente) esperaban la muerte con alegría y la deseaban no como una forma de huir de esta vida, que sería un pecado en vez de una virtud- sino como el momento en que por fin se encontrarían con Dios. "Muero porque no muero" (Sta. Teresa de Jesús).

"Qué dulce es morir si nuestra vida ha sido buena" (San Agustín). San Agustín fue un gran pecador hasta su conversión ya bien adulto. El problema no es la muerte en sí misma, sino la forma como vivamos esta vida. Por eso no importa el tipo de muerte o el momento de la muerte, sino el estado del alma en el momento de la muerte.
¿Qué sucede después de la muerte?
¿Qué es el Juicio Particular?
Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios. Este momento se llama en Teología el Juicio Particular, y consiste en una especie de radiografía o "scaneo" espiritual instantáneo que recibe el alma por iluminación divina, mediante la cual ésta sabe exactamente el sitio/estado en que le corresponde ubicarse para la eternidad, según sus buenas y malas obras.

Es así como en el momento mismo de la muerte el alma recibe la sentencia de su destino para toda la eternidad. Al decir, entonces, que alguien ha muerto, podría también afirmarse que ese alguien también ha sido juzgado por Dios (cfr. Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación).
Por ello ante la pregunta de si conviene esperar el momento de la muerte para prepararnos para la vida eterna, la respuesta parece muy simple: No, no es conveniente, pues no sabemos ni el día, ni la hora, ni el lugar, ni las condiciones de nuestra muerte. Y es mucho, es demasiado, lo que nos estamos jugando en ese instante: nada menos que nuestro destino para siempre, para una vida que nunca tendrá fin.
¿Hay Vida después de la vida?
Sí hay Vida después de la vida. Y la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida.
El Papa Juan Pablo II nos recordaba en una de sus Catequesis sobre la vida y la muerte las palabras de Jesús: "Yo soy la Resurrección y la Vida" (Jn. 11, 25). Y nos decía que "en El, gracias al misterio de su muerte y resurrección, se cumple la promesa divina del don de la Vida Eterna, que implica la victoria total sobre la muerte. 'Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la condenación' (Jn. 5, 28-29). 'Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en El, tenga Vida Eterna y que Yo le resucite el último día'" Jn. 6, 40).
Y nos decía el Papa Juan Pablo II que no debemos pensar que la vida más allá de la muerte comienza sólo con la resurrección final, pues ésta se halla precedida por la condición especial en que se encuentra, desde el momento de la muerte física, cada ser humano. Se trata de una fase intermedia, en la que a la descomposición del cuerpo corresponde "la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual, que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo 'yo' humano, aunque mientras tanto le falte el complemento de su cuerpo" (JP II, 28-10-98).

¿Qué opciones tenemos para la Eternidad?
Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: "Cada hombre después de morir recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular, bien a través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del Cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre" (#1022).
Aquí nos habla la enseñanza de la Iglesia de las opciones que tenemos para la eternidad: Cielo, Purgatorio o Infierno. De estas tres opciones la única que no es eterna es el Purgatorio, pues las almas que allí van pasan posteriormente al Cielo.
¿Qué es el Cielo?
Es un estado y un lugar de felicidad completa y eterna donde van las almas que han obrado conforme a la Voluntad de Dios en la tierra y que mueren en estado de gracia y amistad con Dios y perfectamente purificadas.
¿Qué es el Purgatorio?
Es un estado y un lugar de purificación donde van las almas que han obrado bien, pero que aún deben ser purificadas de las consecuencias de sus pecados antes de entrar a la visión de Dios en el Cielo.
¿Qué es el Infierno?
Es un estado y un lugar de castigo eterno donde van las almas que se han rebelado contra Dios y mueren en esa actitud.

JUNIO Y JULIO, TIEMPO DE REVISIÓN

Junio-Julio, tiempo de revisión
Tiempo de cosecha, de alegrías y de desconsuelos, de propósitos de la enmienda. Tiempo de revisión en todo caso


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net 



Otra vez junio y julio, los meses de las notas. Tiempo de descanso escolar, de comienzo de vacaciones, de despedidas, de viajes. Tiempo de cosecha, de alegrías y de desconsuelos, de propósitos de la enmienda. Tiempo de revisión en todo caso.
Y este es el aspecto en el que me quiero fijar para este artículo, en la revisión. Está tan extendido esto de vivir deprisa que no nos da tiempo a pararnos en casi nada. Ya sé que no podemos salirnos de la época en la que nos ha tocado vivir, pero eso de ir siempre contrarreloj a mí me parece una fatalidad a combatir, más aún, un error porque viviendo de manera acelerada no hay manera de que las cosas importantes maduren ni tampoco de saborear la vida. ¿Se sabe de algo que necesitando madurar pueda hacerlo sin tiempo de reposo suficiente? Doy por supuesto que a la respuesta “no” le quedan pocas escapatorias. Aun así, cabe esperar que haya quien se pregunte qué pasa si la vida no se saborea. Si hubiera alguien que se hiciera esta pregunta, hay que responder que pasar, pasar, no pasa nada, solo que una vida sin saboreo es una vida sin sabiduría, que ambas cosas, saboreo y sabiduría, son uno y lo mismo.
He creído necesario hacer este inciso de pasada, pero vamos con lo que nos ocupa y digamos que aunque los tiempos nos impongan este modo de vida rico en ajetreo y esacaso en sosiego, si queremos hacer las cosas bien, no hay más remedio que abrir un paréntesis en medio de las prisas para hacer esta tarea de revisión, la cual es muy aconsejable en todos los campos y especialmente en este de la enseñanza. Las ocupaciones que llenan nuestro tiempo son tan variadas como lo es la vida, pero cualesquiera que sean esas ocupaciones, todas ellas necesitan de ser revisadas despacio, o, si se prefiere, con calma. Como cualquier otro quehacer, este de revisar tiene sus exigencias, las cuales determinan los criterios de revisión. Para lo que nos interesa, que es la revisión del curso escolar, señalamos cuatro criterios:
1. El primero es la edad. Es de experiencia común que durante la infancia el tiempo se percibe de manera muy distinta a como se va percibiendo según avanzamos en edad. En la percepción del tiempo intervienen varias causas, una de las cuales es la edad; no es que sea la única pero sí es decisiva. No deja de ser curioso que la percepción del tiempo dependa de los años que llevamos percibiéndolo. El gran salto psicológico para la percepción del tiempo está en el desarrollo del pensamiento abstracto. En la infancia, al no haber pensamiento abstracto, el tiempo no se puede vivir sino en presente porque el presente no puede ser abstracto; el presente, el aquí y el ahora, son siempre concretos. No tendría ningún sentido, pues, tratar de hacer una revisión global de todo el curso durante cualquiera de los años de la infancia. Revisar, para un niño, es tarea que hay que hacer de cada día y cada día varias veces; también lo es para un joven o para un adulto, pero al echar la vista atrás, estos pueden hacerse una idea global y el niño, en cambio, no puede, no porque no recuerde, que sí recuerda, pero lo que recuerda son cosas concretas que siempre están muy lejanas. Para un niño de Primaria el curso son las notas y por este mismo motivo a las notas las llamamos calificaciones, ya que 'califican' a la persona en su rendimiento académico. No es que no lo sean para un adolescente, pero al adolescente hay que iniciarle en una tarea de revisión de mayor hondura.
No quiero abandonar este primer punto sin decir algo que me parece del mayor interés y es sobre las dificultades que tenemos para manejarnos con el tiempo. Decía San Agustín que él tenía la noción de tiempo absolutamente clara siempre que no se le preguntara y tuviera que explicarla. Y yo me barrunto que algo parecido nos pasaría a más de uno si se nos pidiera definir el tiempo. ¿Sabemos qué es el tiempo? Cuando he hecho esta pregunta en clase siempre me he encontrado con alguien respondiendo que el tiempo es lo que miden los relojes. Eso es cierto, pero eso no define y en consecuencia tal respuesta no sirve para nada. Esa es la dimensión objetiva del tiempo ya que cada día lo tenemos dividido en veinticuatro horas exactamente iguales, toda ellas de sesenta minutos, cada uno de los cuales a su vez, son sesenta segundos. Esa es la medición, pero la percepción y la vivencia del tiempo es otra cosa que no entiende mucho de relojes ni cronómetros. Todos sabemos que en la vida práctica no es lo mismo una hora en la sala de espera de un quirófano que una hora de fiesta agradable o de sueño profundo. Y además, los relojes no sirven para los períodos largos, los años no se miden con relojes.


No tengo intención de alargar este asunto que, como se ve, tiene su complejidad, pero baste con esta pincelada para caer en la cuenta de que el tiempo en su dimensión subjetiva no es algo tan fijo ni tan sencillo ni tan fácil de encajar en mediciones ni en aparatos. Y es que en definitiva, el tiempo no es una “cosa” externa a nosotros, como lo pueden ser los objetos que voy sorteando cuando ando por la calle. Mi tiempo soy yo, mi tiempo es mi propia vida y eso podemos decirlo cada uno al tomar conciencia de que nuestro tiempo empezó cuando empezó nuestra vida y llegará a su fin cuando la vida se acabe. Echemos mano de la lógica: Si el fin de la vida es lo que llamamos muerte y el fin de nuestro tiempo es también la misma muerte, entonces es que -entendido en clave personal- el tiempo y la vida son lo mismo.
Fin de la  vida      =  Muerte
Fin  del    tiempo  =  Muerte
Siempre ha llamado mucho mi atención, por dos razones, algo que el hombre de fe le pide a Dios con esta oración del salmo 89, 12: “Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”. Lo primero que despierta mi atención es que si la Palabra de Dios nos hace pedirle al Señor que nos enseñe a calcular nuestros años, “y la Escritura no puede fallar” (Jn 10, 35), eso quiere decir que nosotros por nosotros mismos no sabemos. La cuestión no está, ya se entiende, en saber contar; calcular nuestros años no es saber cuántos tenemos, ni cuánto falta para tener uno más, sino saber acerca de nosotros mismos. No es un problema de cómputo, sino de autogobierno. No demos por hecho que lo sabemos porque hayamos vivido ya muchos, no lo sabemos, y por eso hay que pedirlo. Dios, porque nos toma muy en serio, no nos hace pedir cosas innecesarias. Si a través de su Palabra pone en nuestros la petición “enséñanos a calcular nuestros años” es por dos motivos: porque podemos aprender y porque lo necesitamos. Y si nosotros, los adultos, no sabemos, ¿cómo lo va a saber un niño o un adolescente?
Lo segundo que me llama la atención es la finalidad: “Para que adquiramos un corazón sensato”, de donde podemos extraer la idea de que acertar en el manejo de nuestro tiempo personal es prueba de sensatez y buen juicio. Si ahora unimos las dos cosas, una, que el tiempo personal es nuestra propia vida, y dos, que saber calcularlo es prueba de sensatez, hay que concluir que habérselas bien con el tiempo, atinar en su manejo, equivale a vivir prudentemente, con sensatez. Ahora bien, si esto es así, hay que aceptar también lo contrario, lo cual supone que las dificultades para calcular los años, para gestionar su tiempo, es síntoma de insensatez. El gran escollo con el que se encuentra quien no sabe gobernar su tiempo es que no sabe gobernar su vida, su propia persona. Al escribir esto, no quisiera yo que nadie se sintiera incómodo porque este es un arte en el que todos tenemos que aprender y mejorar, ya que en este campo todos somos deficitarios. Lejos de mí incomodar lo más mínimo a nadie con mis palabras, en las cuales no hay otra intención que ofrecer una pista de reflexión y ayuda por si alguien al leerlo y hacer su propia revisión pudiera verse afectado. Si así fuera, como esta cuestión del autogobierno tiene sus dificultades, aquí se le ofrece una vía para poner remedio. Porque lo tiene, empezando por pedirlo en la oración personal, utilizando las propias palabras de la Escritura: “Señor, enséñame a calcular mis años”.
2. El segundo criterio está en el valor que concedamos a las notas. Vaya por delante que tienen mucho. Las notas, dicho en términos generales, son una medida objetiva y muy ajustada a la verdad del rendimiento académico de la persona. Hacemos bien en darles valor porque lo tienen, pero dicho esto, de inmediato hay que añadir que su valor no es absoluto sino relativo y muchas veces, muy relativo. Las notas son mediciones muy precisas, y en según qué cosas, apurando hasta varios decimales, pero el valor que tienen no siempre es medible porque depende de un buen puñado de factores que escapan a la medición.
Para quien suspende por falta de esfuerzo o tiene notas por debajo de sus posibilidades, la revisión no debe ofrecer ningún problema. Ha suspendido porque no ha trabajado lo suficiente, sea poco, muy poco o nada. Si quiere encaminarse bien y actuar como debe, tendrá que asumir su responsabilidad, rectificar en lo que vea que ha fallado, tomar las medidas pertinentes y en adelante a funcionar tratando de desterrar los errores pasados. Estas situaciones, digo, no ofrecen mayores complicaciones. Otra cosa es quien puede presentar unos resultados muy buenos pero por debajo de sus posibilidades. Muy probablemente se verá tentado a justificarse con unas notas que objetivamente son buenas, con lo cual el reproche no tiene cabida. Y en cambio el reproche sí estaría justificado pues cada uno en nuestro campo de actividad debemos hacer rendir nuestras capacidades hasta donde den de sí. Esto no debe confundirse con el perfeccionismo porque no lo es. Rendir todo lo que se pueda, admitiendo los errores y tratando de subsanarlos es trabajar la perfección posible, a lo cual estamos todos obligados, mientras que el perfeccionismo es la búsqueda de una brillantez ideal, que no admite equivocaciones y que todo error lo considera un fracaso. Lo primero es una virtud, la laboriosidad, que, como toda virtud está en medio de dos extremos que son la holgazanería y el activismo. Por ser virtud, los actos derivados de ella producen sosiego, humildad y alegría, mientras que el perfeccionismo no tiene nada de virtud y cuando se cae en él, sus frutos son los contrarios: irritación, soberbia y tristeza.
3. El tercer criterio son las motivaciones. Este punto es muy interesante y debemos volver sobre él una y otra vez. Las motivaciones son las causas que van por delante de la acción, abriéndola camino y por las cuales hacemos lo que hacemos. Normalmente no hay una causa única, sino una principal y otras secundarias. Conviene preguntarse qué nos ha llevado a hacer las cosas de una determinada manera, ya que junto a la causa principal se encuentras adheridas -a veces camufladas- otras más o menos legítimas. En cuanto a la revisión del curso escolar, puede parecer que con aprobar el curso ya está cumplido el objetivo, pero ese logro, siendo muy bueno y muy loable, a la vez se queda corto. Durante la infancia tal vez puede valer, pero en la adolescencia ya no. Aprobar el curso podría ser, si vale el ejemplo, una meta volante, pero las metas volantes no son verdaderas metas; de hecho nadie se para a disfrutarlas. Las metas volantes, por ser volantes vuelan, son muy fugaces y si se disfrutan, se disfrutan sin detenerse. Estudiar para aprobar el curso es una meta, pero meta volante, que está en función de logros de más altura: conseguir una titulación, dar una satisfacción a los demás, sobre todo a los padres, afirmarse en que uno puede aspirar a metas mayores, etc. Y luego hay dos que tienen aún más peso porque su peso es de tipo moral: el cumplimiento de la propia obligación, y, para las personas de fe, la gloria de Dios. Acerca de esta última, que por sí misma es la motivación más alta, reconozcamos que no abunda demasiado. Si esta motivación se quiere someter a revisión, hay que proponer que la revisen en primer lugar los padres cristianos, porque son ellos los primeros responsables de ella.
4. En último lugar, hacer solo una indicación de tipo práctico por cuanto que la revisión no serviría de nada si se quedara en un mero ejercicio teórico. Al contrario, debe traducirse en medidas de confirmación de lo que se viene haciendo, de mejora o de rectificación. Por lo que respecta al curso académico, esas medidas deberán servir sobre todo para organizarse y hacer bien las cosas en el curso siguiente.
Para terminar creo que pueden venir bien unas palabras que hace cien años también sirvieron como conclusión de una exposición sobre el trabajo escolar, aunque no era el final de un artículo, como en este caso, sino una conferencia titulada “Aprendizaje y heroísmo”, dada en 1915 en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Su autor, Eugenio D'Ors, dirigiéndose a los residentes, cerraba así su intervención:
“Todo pasa. Pasan pompas y vanidades. Pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha”.

CUÁLES SON LOS EFECTOS QUE LA MISA PUEDE PRODUCIR EN NOSOTROS?

¿Cuáles son los efectos que la Misa puede producir en nosotros?
El sacrificio de la Misa, que perpetúa en sustancia el de la Cruz, es de un valor infinito para aplicarnos los méritos y las satisfacciones de la Pasión del Salvador.


Por: n/a | Fuente: indulgente.org 



El sacrificio de la Misa considerado en sí mismo tiene un valor infinito.La razón estriba en que, en sustancia, el sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz, el cual tiene un valor infinito a causa de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote que la ha ofrecido, pues es el Verbo hecho hombre quien, en la Cruz, era al mismo tiempo Sacerdote y Víctima. Es Él quien permanece en la Misa como Sacerdote principal y Víctima realmente presente, realmente ofrecida sacramentalmente inmolada. Mientras que los efectos de la Misa inmediatamente relativos a Dios, como la adoración reparadora y la acción de gracias, se producen siempre infaliblemente en su plenitud infinita, incluso sin nuestro concurso, sus efectos relativos a nosotros sólo se extienden en la medida de nuestras disposiciones interiores.
En cada Misa se ofrecen infaliblemente a Dios una adoración, una reparación y una acción de gracias de valor sin límites, y ello en razón de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, independientemente de las oraciones de la Iglesia universal y del fervor del celebrante.
Es imposible adorar a Dios, reconocer mejor su soberano dominio sobre todas las cosas, sobre todas las almas, que por la inmolación sacramental del Salvador muerto por nosotros en la Cruz. Tal adoración la expresa el Gloria: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos. Esta adoración la expresa de nuevo el Sanctus y aún más la doble Consagración. Es la más perfecta realización del precepto: Adorarás al Señor tu Dios y al Él sólo servirás. Sólo la infinita grandeza de Dios merece el culto de latría. En la Misa se le ofrece una adoración en espíritu y en verdad de valor sin medida.
En el momento de la Consagración, en la paz del santuario, hay como un gran impulso de adoración que sube hacia Dios. Su preludio es el Gloria y el Sanctus, cuya belleza queda subrayada algunos días por el canto gregoriano, el más excelso, el más simple y el más puro de todos los cantos religiosos; pero cuando llega el momento de la doble Consagración, todos se callan: el silencio expresa a su manera lo que el canto ya no puede decir. Que el silencio de la Consagración sea nuestro reposo y nuestra fortaleza.
Esa adoración, que sube hacia Dios en todas las Misas cotidianas, recae, de alguna manera, como fecundo rocío, sobre nuestra pobre tierra para fertilizarla espiritualmente.


Igualmente, es imposible ofrecer a Dios una reparación más perfecta por las faltas que se cometen diariamente, como dice el Concilio de Trento. No se trata de una nueva reparación, distinta de la de la Cruz: Cristo no muere ni sufre más, pero, según el mismo Concilio, el Sacrificio del altar, siendo substancialmente el mismo que el del Calvario, agrada a Dios más que lo que le desagradan todos los pecados juntos. El imprescriptible derecho de Dios, Soberano Bien, a ser amado por encima de todo no se podría reconocer mejor por la oblación [ofrecimiento] del Cordero [Jesucristo] que quita los pecados del mundo.(Dz 940 y 950, S. Tomás, de Aquino, Suma Teológica III, 48 2).
A menudo nos olvidamos de agradecer a Dios sus gracias, como los leprosos curados por Jesús; de diez, sólo uno se lo agradeció. Conviene ofrecer con frecuencia Misas de acción de gracias. Por cada Misa celebrada, por la oblación y la inmolación sacramental del Salvador en el altar, Dios obtiene infaliblemente una adoración infinita, una reparación y una acción de gracias sin límite.
No olvidemos que el más alto fin del Santo Sacrificio es la Gloria de Dios. Sin embargo hay otros efectos que son relativos a nosotros. La Misa puede obtenernos todas las gracias necesarias para la salvación. Cristo, que siempre está vivo, no deja de interceder por nosotros, (Hebreos 7,25).
¿Cuáles son los efectos que la Misa puede producir en nosotros?
Aunque el sacrificio de la Misa tenga en sí un valor infinito, en razón de la dignidad de la Víctima ofrecida y del Sacerdote principal, los efectos que produce en nosotros son siempre finitos a causa de los límites mismos de la criatura y de los límites mismos de nuestra disposición interior.
Gran número de teólogos, inspirándose en los textos de Santo Tomás, dicen: El efecto de cada Misa no está limitado por la voluntad de Cristo, sino tan sólo por la devoción de aquellos por los que se ofrece. Una sola Misa ofrecida por cien personas, puede serle provechosa a cada una, del mismo modo que si hubiese sido dicha sólo por una.
La razón estriba en que la influencia de una causa universal sólo está limitada por la capacidad de los sujetos que la reciben. Así, el sol ilumina y calienta en un solo lugar tanto a mil personas como a una sola. La influencia de la Santa Misa en nosotros no está pues, limitada más que por la disposición y el fervor de quienes las reciben.
El sacrificio de la Misa, que perpetúa en sustancia el de la Cruz, es de un valor infinito para aplicarnos los méritos y las satisfacciones de la Pasión del Salvador.
Es esto lo que explica la práctica de la Iglesia, que ofrece Misas por la salvación del mundo entero, por todos los fieles vivos y difuntos, por el Soberano Pontífice, los jefes de Estado, los obispos, sin limitar sus intenciones. Actuando así, la Iglesia no piensa en modo alguno que la Misa sea menos provechosa para aquél por quien se aplica especialmente.
En la Misa Cristo sigue ofreciéndose por acto teándrico [acto divino-humano], de valor infinito para aplicarnos los frutos de su Pasión. El límite no proviene de Él, sino sólo de nosotros, de nuestras disposiciones y de nuestro fervor. Como dice Santo Tomás de Aquino, igual que uno recibe más el calor de un hogar si se aproxima a él, así nosotros nos beneficiamos tanto más de los frutos de una Misa a la que asistimos con más espíritu de fe, de confianza en Dios, de amor y de piedad.
 La Misa facilita nuestra conversión
En tanto que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados; no se dicen en vano estas palabras antes de la Comunión: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia de nosotros. ¡Cuántos pecadores, asistiendo a Misa, han encontrado allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración de hacer una buena confesión de toda su vida!
Por razón de que la Misa facilita el arrepentimiento, se sigue que puede ser ofrecida por pecadores incluso endurecidos e impenitentes a los que no se podría dar la Comunión. El santo Sacrificio puede obtenerles suficientes gracias de luz y de conversión. Incluso puede ser ofrecido, como el de la Cruz, por todos los hombres vivos, incluso por los infieles, los cismáticos, los herejes, siempre y cuando no se ofrezca por ellos como si fuesen miembros de la Iglesia. Con esta idea, el Padre Charles de Foucauld, eremita del Sahara [África], celebraba a menudo la Misa por los musulmanes a fin de preparar sus almas para recibir más tarde la predicación del Evangelio.
La Misa neutraliza al demonio
 El espíritu del mal nada teme tanto como una Misa, sobre todo cuando es celebrada con gran fervor y cuando muchos se unen a ella con espíritu de fe. Cuando el enemigo del bien choca con un obstáculo insuperable, es que en una iglesia, un sacerdote consciente de su propia debilidad y de su pobreza, ha ofrecido la omnipotente Hostia y la Sangre redentora. Hay que recordar el caso de santos que, asistiendo a Misa, en el momento de la elevación del cáliz, han visto desbordarse la preciosa Sangre y deslizarse por los brazos del sacerdote, y los ángeles venir a recogerla en copas de oro para llevarla a aquellos que tienen mayor necesidad de participar en el misterio de la Redención.
La Misa disminuye nuestro purgatorio
El sacrificio de la Misa no sólo perdona nuestros pecados, sino la pena debida a nuestros pecados perdonados, ya se trate de vivos o muertos por quienes se ofrece el sacrificio. Este efecto es infalible; sin embargo, la pena no siempre es perdonada en su totalidad, sino según la disposición de la Providencia y el grado de nuestro fervor. Así se verifican las palabras: Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, danos la paz.
De aquí no se sigue que los difuntos que han dejado mucho dinero para que se digan numerosas Misas por su intención, sean librados más rápidamente del purgatorio que los pobres que no han podido dejar nada o casi nada; pues esos pobres, teniendo quizá menos deudas con la Justicia divina, puede ser que hayan sido mejores cristianos y participen más del fruto de las Misas dichas por todos los difuntos y del fruto general de cada Misa.
Finalmente, el sacrificio de la Misa nos obtiene los bienes espirituales y temporales necesarios o útiles para nuestra salvación. Así, conviene, como lo recomendó el Papa Benedicto XV, celebrar Misas para obtener la gracia de una buena muerte, que es la gracia de las gracias, de la que depende nuestra salvación eterna.
Conviene que al asistir a Misa, nos unamos, con gran espíritu de fe, de confianza y de amor, al acto interior de oblación que perdura siempre en el Corazón de Cristo. Mientras más nos unamos así a Nuestro Señor en el momento de la Consagración, la esencia del sacrificio de la Misa, mejor será nuestra Comunión, que es una perfecta participación en ese sacrificio.
Ofrezcamos igualmente las contrariedades cotidianas; será la mejor manera de llevar nuestra cruz, tal como el Señor lo ha pedido. ¡Quiera Dios que tengamos el pensamiento y la fortaleza de renovar esta oblación en el momento de nuestra muerte, de unirnos entonces, por medio de un gran amor, a las Misas que se celebrarán, al sacrificio de Cristo perpetuado en el altar! ¡Podríamos hacer así, del sacrificio de nuestra vida, una oblación de adoración reparadora, de súplica y de acción de gracias, que sea verdaderamente el preludio de la vida eterna!
Los fieles que poco a poco, dejan de asistir a Misa pierden progresivamente el sentido cristiano, el sentido de las cosas superiores y de la eternidad. Hay que encomendar las parroquias y las comunidades donde no se celebra Misa sino de tarde en tarde a aquellos santos del cielo que recibieron el carácter sacerdotal, en particular al alma del Santo Cura de Ars, para que desde arriba, vele sobre los rebaños sin pastor, para que interceda y obtenga a los agonizantes que no son asistidos la gracia de la buena muerte. Hay que pensar en ello a menudo al asistir al santo Sacrificio, y puesto que cada Misa tiene un valor infinito, hay que pedir que ésa a la que asistimos resplandezca allí donde ya no se celebra, donde poco a poco se pierde la costumbre de asistir a ella. Pidamos a Nuestro Señor que haga germinar vocaciones sacerdotales en esos medios; pidámosle sacerdotes, santos sacerdotes, cada día más conscientes de la grandeza del sacerdocio de Cristo, para que sean sus celosos ministros que solo vivan para la salvación de las almas. En los periodos turbulentos la Providencia envía innumerables santos; por eso es necesario pedir al Señor que envíe al mundo santos que tengan la fe y la confianza de los Apóstoles.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...