lunes, 8 de agosto de 2016

EL QUE NO CARGA SU CRUZ Y ME SIGUE...

El que no carga su cruz y me sigue...
Una tierna caricatura que nos muestra cuál es el único camino para entrar al Cielo 


Por: Ailín Fessler | Fuente: Catholic-link.com 



Desde tiempos remotos, la crucifixión ha sido un método cruel y humillante para acabar con la vida de una persona y este suplicio era destinado a los criminales más peligrosos, a los rebeldes y a los enemigos de Roma. Durante mucho tiempo, la cruz no fue más que es un símbolo de muerte, derrota y humillación. Sin embargo,ha existido Alguien que ha cargado con ella, la ha abrazado y hasta ha pronunciado palabras de amor y perdón para quienes lo habían llevado hasta allí. ¿Acaso se trataba de un loco? ¿Acaso alguien ha inventado semejante relato? Lo cierto es que, desde ese día, el rumbo de la historia de la humanidad ha cambiado.
Es probable que más de una vez te hayas preguntado por qué Dios ha elegido la cruz como camino para nuestra salvación y no otro, como por ejemplo, con un simple chasquido de sus dedos. La respuesta no la dará este video (hecho por la productora canadiense Cartoon Conrad), ni ningún otro post, ya que este misterio se encuentra en el corazón de Dios. Lo cierto es que esa cruz existe en cada ser humano y es el ticketque nos permite entrar al cielo. Sabemos que seguir a Cristo es el camino que nos lleva a la eterna felicidad, pero: ¿por qué Jesús nos dice: «Toma tu cruz y sígueme»? ¿No podemos seguirlo sin la cruz?.
El hombre rechaza la idea del sufrimiento y cree que cuando las cosas no salen como imagina es porque Dios es vengativo o porque no escucha. En cambio, cuando todo va a «su a gusto y placer» Dios es lo más grande que hay. Tomás de Kempis, autor de la «Imitación de Cristo», nos dice: «Jesús tiene muchos que aspiran a su reino celestial, pero pocos que están dispuestos a llevar su cruz. Muchos que anhelan la consolación, pero pocos que quieren la tribulación» (Lib. II, cap. 11,1). Jesús, con su muerte en la cruz, le da un sentido salvífico al sufrimiento y nos dice que el dolor y hasta la propia muerte no tienen la última palabra.
«Muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida». La cruz con Cristo deja de ser un signo de fracaso y humillación para convertirse en un signo de victoria y exaltación. La cruz con Cristo es camino seguro que nos conduce al Padre, porque Él lo ha recorrido primero: «Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores» (Is 53, 4). Dios jamás nos pedirá algo que Él no haya hecho primero, por lo tanto, pensar en el significado de la cruz en la vida de Cristo, nos ayuda a comprender mejor el sentido de la cruz en nuestras vidas.


Frente a un mundo que nos ofrece una vida llena de placeres, en una búsqueda constante por satisfacer nuestros deseos, sin que importen los sentimientos del otro con tal de lograr lo que yo quiero. En un mundo que pregona que lo superficial vale mucho más que lo interior y nos vende que debemos abandonar todo aquello que implique un gran esfuerzo buscando únicamente nuestra felicidad. Las Sagradas Escrituras nos cuentan que el camino que nos lleva al Cielo no es fácil. Cito tres ejemplos entre los muchos que podemos encontrar:
«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» (Mt 7, 13-14).
«Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?» (Lc 9, 24-25).
«Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los insultan» (Lc 6, 27-28).
Seguir a Cristo es un camino exigente, pero ya sabemos a dónde nos lleva, o mejor dicho hacia Quien nos conduce.
Cada vez que dedicas tu tiempo a cuidar de un enfermo o a ayudar a un necesitado en lugar de invertir ese tiempo en ti, estás tomando tu cruz. Cada vez que renuncias a una oferta que te traería grandes beneficios económicos pero implicaría el nulo contacto con tu esposo, con tus hijos o significaría que otros queden sin trabajo, estás tomando tu cruz. Cada vez que en un embarazo no deseado o en una situación donde el mismo se complique llegando a tener que decidir entre la vida del bebé y de la madre, te decidas en ambos casos por la vida del niño, estás tomando tu cruz. Cada vez que decides perdonar a esa persona que te ha lastimado tanto, estás tomando tu cruz. Cada vez que cuidas de tus niños como madre o padre soltero, buscando brindarles lo mejor (aunque eso implique que debas olvidarte un poco de ti), estás tomando tu cruz. Cada vez que prediques las enseñanzas de Cristo y a cambio recibas burlas, rechazos, que te tomen por loco o que incluso lleguen a hacerte daño, estás tomando tu cruz.
Si perdemos de vista la cruz, no veremos el camino (como el niño del video que quiere entrar al Paraíso sin la cruz). Tomar la cruz, es renunciar a nosotros mismos por amor a Dios y por amor a nuestro prójimo. Tomar la cruz, es decir junto con Cristo en los momentos de mayor dolor: «Padre, si es posible aparta de mi este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
El mal existe y querrá apartarte del camino de la cruz queriéndote convencer de que el sufrimiento no tiene ningún sentido y que lo único que importa en esta vida es tu felicidad inmediata, aunque eso implique herir al que tienes al lado. Recordemos que Jesús mismo ha sido tentado, por eso, debemos permanecer atentos y realizar un correcto discernimiento en nuestro obrar, sin que nos ganen el miedo o el cansancio, porque la recompensa que nos espera es muy grande, además Jesús prometió estar siempre con nosotros: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Caminemos con paso firme, con los pies sobre la tierra, Dios quiere que seamos felices desde ahora, pero tengamos nuestra mirada puesta en el Cielo, porque ese es nuestro destino. Mientras tanto, hagámosle caso a Pedro y quedémonos tranquilos: «Depositen en Él todas sus preocupaciones, pues él cuida de ustedes» (1 Pedro 5, 7)
Artículo originalmente publicado en Catholic-link.com

SE PUEDE CELEBRAR UNA HEREJÍA?

¿Se puede celebrar una herejía?
La división, en cuanto separación del mensaje de Cristo y ruptura de su Iglesia, es siempre un daño.


Por: Fernando Pascual | Fuente: Analisis y Actualidad 



La historia del cristianismo está marcada por numerosas divisiones. Ya desde los primeros años hubo quienes provocaron tensiones y conflictos que llevaron a la creación de grupos que se iban separando de la Iglesia.
 
Con el pasar de los siglos la lista de separaciones ha aumentado considerablemente. Sabelianismo, montanismo, marcionismo, modalismo, pelagianismo, arrianismo, monotelismo, gnosticismo, nestorianismo, monofisismo, catarismo, luteranismo, calvinismo...
 
La lista se hace mucho más larga a causa de los numerosos grupos que han surgido a partir de las ideas de algunos “reformadores” como Lutero, especialmente en los últimos 200 años: mormones, testigos de Jehová, adventistas...
 
Detrás de cada herejía hay personas concretas que las originaron. Los iniciadores, un día, rompieron con la unidad de la Iglesia, por motivos doctrinales o por motivos de otro tipo, y crearon nuevas organizaciones. La división había iniciado, y en algunos casos ha durado siglos y siglos.
 
Algunas de las herejías más difundidas tienen sus aniversarios. De ahí la pregunta: ¿cómo recordar el inicio de una herejía? ¿Hay que celebrar ese momento o pensar en caminos para conocer los hechos y pedir perdón si hace falta un camino de conversión?
 
Recordar el inicio de una herejía supone reconocer el drama que hay detrás de cada división. Si un grupo de cristianos dejan de creer en los dogmas enseñados por la Iglesia y optan por desobedecer al Papa y a los obispos cuando enseñan la fe recibida de los Apóstoles, ¿no estamos ante un hecho dramático y una ruptura no deseada por Cristo?
 
El Maestro rezó por la unidad. “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. (...) No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,11.20-21).
 
San Pablo advirtió en Mileto a los presbíteros venidos desde Éfeso del peligro de los lobos rapaces que dividirían y engañarían a los hermanos: “Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí” (Hch 20,29?30).
 
San Judas, por su parte, advirtió de que vendrían “hombres sarcásticos que vivirán según sus propias pasiones impías” y que crearían divisiones (cf. Judas 18?19).
 
Un texto de san Juan es especialmente claro sobre la procedencia de los falsos hermanos: “Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido, por lo cual nos damos cuenta de que es ya la última hora. Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros” (1Jn 2,18?19).
 
Es necesario aclarar que hay diferentes situaciones entre quienes creen en herejías: unos dieron inicio al nuevo grupo, mientras que otros aceptan esas herejías simplemente por haber sido educados desde niños en las mismas, o por otros motivos.
 
Pero la división, en cuanto separación del mensaje de Cristo y ruptura de su Iglesia, es siempre un daño. Por eso no tiene sentido celebrarla. Frente a las divisiones, la respuesta es conocer mejor la fe católica, pedir a Dios el don de permanecer fieles a la misma, y rezar para que pronto cesen las divisiones.
 
Entonces será posible vivir sin separaciones surgidas por culpa de las herejías. Así habrá un solo rebaño bajo un solo Pastor, gracias a la acogida del mensaje de Cristo tal y como es presentado por quienes escogió como sus Apóstoles y por sus sucesores (cf. Jn 10,16; Lc 10,16)

HAY CONDENADOS EN EL INFIERNO?

¿Hay condenados en el infierno?
Una eternidad sin nadie que se haya condenado es una eternidad frívola, no valdría la pena luchar por evitarla


Por: P. Carlos M. Buela, IVE | Fuente: iveargentina.org 



El infierno "vacío"

Hoy día algunos pretenden que el infierno está deshabitado. Piensan que no hay condenados de hecho. Los textos que hablan del infierno no serían más que amenazas que nunca se realizarán. Orígenes admitía condenados temporales, ahora se niega la existencia misma de condenados.

En el Concilio Vaticano II un Padre pidió que se declarase que había, de hecho, condenados en el infierno, porque si no, el infierno sería una mera hipótesis (67). La Comisión teológica juzgó que no era necesario introducir esa declaración porque los textos neotestamentarios citados en el documento conciliar tienen forma gramatical futura (68); no son verbos en forma hipotética o condicional, sino en forma futura. “Irán” supone, como cae de maduro, que alguien irá (69).

Las explicaciones de la Comisión teológica son el presupuesto de las votaciones y constituyen la interpretación oficial del texto. Si algún Padre no hubiese estado de acuerdo con la interpretación hubiese votado “non placet”. De modo tal que estamos frente a la interpretación oficial de cómo entiende el Concilio Vaticano II esos pasajes bíblicos y lo entiende en el sentido de que hay y habrá condenados de hecho, excluyendo la interpretación meramente hipotética del infierno.

Una vez más comprobamos que algunos que se creen los adalides del Concilio Vaticano II son los que más ignoran sus textos y la interpretación correcta de los mismos.

La fe católica afirma sin ambages que hay condenados en el infierno y que no fue destruido por Jesucristo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, citando enseñanzas anteriores del Magisterio de la Iglesia: “Jesús no bajó a los infiernos para liberar de allí a los condenados (70) ni para destruir el infierno de la condenación (71), sino para liberar a los justos que le habían precedido” (72). Por eso enseña Mons. José Capmany Casamitjana, Obispo Director Nacional de las Obras Pontificias Misionales de España: “Lo cierto es que el infierno existe y que allí hay y habrá condenados” (73),y los que tienen un mínimo de sentido común deducen: “Y yo puedo ser uno de ellos. Pondré todos los medios para evitarlo”.

Ciertamente que la Iglesia no tiene poder para declarar quienes son los que se han condenado. No existe una suerte de canonización al revés. Más aún, la incapacidad que tiene la Iglesia para señalar quien está en el infierno, es salvífica. En la Iglesia, nadie tiene poder para destruir, sino sólo para construir: “...conforme al poder que me dio el Señor para edificación nuestra y no para destruir” (cf. 2 Cor. 13,10).

Se cuenta de San Vicente Pallotti que un día el santo sacerdote acompañaba al suplicio a un asesino del peor género, que rehusaba obstinadamente arrepentirse, se mofaba de Dios y blasfemaba hasta en el cadalso. El P. Palotti había agotado ya todos lo medios de conversión: estaba en el tablado al lado de aquel miserable; bañado de lágrimas el rostro, se había echado a sus pies, suplicándole que aceptase el perdón de sus crímenes, mostrándole el anchuroso abismo en que iba a caer. A todo esto, el criminal había respondido con un insulto y una blasfemia, y su cabeza acababa de caer al golpe de la fatal cuchilla. En la exaltación de su fe, de su dolor e indignación, y también para que aquel horrible escándalo se trocase para la muchedumbre de los asistentes en saludable lección, el piadoso eclesiástico se levanta, toma por los cabellos la ensangrentada cabeza del ajusticiado y presentándola a la multitud: “¡Mirad!, exclamó con voz atronadora; ¡mirad bien!; ¡he aquí la cara de un condenado!” Se dice que este sólo hecho basto para retardar el proceso de beatificación. ¡Hasta tal punto la Iglesia es misericordiosa! (74).

Del Santo Cura de Ars solamente se cita un caso en el cual pareció temer por la suerte eterna de un difunto. “Una persona recién llegada de París o de sus alrededores -refiere Hipólito Pagés- le preguntó donde estaba el alma de uno de sus parientes recientemente fallecido. Recibió esta respuesta, sin comentario alguno: ‘No quiso confesarse a la hora de la muerte’. Desgraciadamente, era muy cierto: el moribundo había rechazado al sacerdote. El Cura de Ars no podía saberlo de antemano” (75).

Ni del mismo Judas se puede afirmar con seguridad, a pesar de que hay varios textos bíblicos que parecieran abonar la hipótesis de su condenación. De hecho, San Vicente Ferrer afirmaba que se había salvado (76).


En nombre de la misericordia divina

Hacia el 420 San Agustín (77) indica distintas teorías sobre el infierno, actuales en aquel entonces:
  1. Algunos creían que todos los pecados eran expiados en vida o después de morir;
  2. Otros sostenían que Dios no condenaría a nadie por la intercesión de los santos;
  3. Otros sostenían que ningún bautizado, ni aún los herejes, se condenarían;
  4. Había quienes limitaban la salvación a todos los bautizados en la Iglesia católica, que aunque cayesen en idolatría y ateísmo no se condenarían para siempre;
  5. Otros decían que los que perseveraran en la fe, aunque cayesen en pecados graves, se salvarían;
  6. Algunos afirmaban que sólo se condenarían los despiadados.
Ideas todas que fueron defendidas en nombre de la misericordia divina, como pasa ahora también. Todos los hombres y mujeres estarían confirmados en gracia.

San Agustín refutó todas esas teorías: “Después del juicio final unos no querrán y otros no podrán pecar... Los unos viven en la vida eterna una vida verdaderamente feliz, los otros seguirán siendo desventurados en la muerte eterna, sin poder morir: ni unos ni otros tendrán fin... La muerte eterna de los condenados no tendrá fin y el castigo común a todos consistirá en que no podrán pensar ni en el fin, ni en la tregua, ni en la disminución de sus penas” (78).

Ya hemos visto cómo en nombre de la misericordia divina Schillebeeckx niega el infierno. Pero hay otros teólogos católicos, no “infernalistas” como dice uno de ellos, que pareciera que, de hecho, creen que el infierno está vacío, como Teilhard de Chardin, Rahner y von Balthasar (79), que consideran el infierno como una posibilidad real de desastre final pero, al mismo tiempo, insisten en el deber de “esperar para todos”, según R. Gibelli (80). A primera vista pareciera que la postura de Schillebeeckx es más grave, sin embargo, este último es más peligroso engaño.

Una eternidad sin nadie que, de hecho, se haya condenado ni se vaya a condenar, es una eternidad frívola, no seria, es un infierno “light”. No vale la pena luchar por evitarlo, si de hecho se evita; por tanto tampoco vale la pena esforzarse por ganar la otra eternidad, que nos es dada sin esfuerzo. La propuesta del infierno progresista es una propuesta autoritaria y demagógica. Autoritaria, porque todos, aunque no quieran, se salvan; demagógica, porque como los políticos actuales hacen promesas fáciles de eterna salvación, que luego no cumplirán, muchos se enterarán cuando ya sea tarde, y ¿a quién reclamarán?

Un infierno vacío no es un infierno salvífico; por el contrario, un infierno habitado, sí, es salvífico. Por eso está revelado: “...irán...”, y como toda revelación sobrenatural, es una revelación salvífica.

Negar el infierno -en alguno o en todos sus elementos- es una forma de univocar el ser, de homogeneizarlo, lo cual es típico de todo sistema gnóstico. El infierno “light” es, en el fondo, un infierno hegeliano, es decir, una idea del infierno, no un infierno real, concreto, de hecho; es un “flatus vocis”, no un acontecimiento. Digamos que a la pastoral del “flatus vocis”, corresponde un infierno que es un “flatus vocis”. Los que afirman que no hay condenados en el infierno, se inscriben en la misma línea ideológica de los que niegan la transmisión por generación del pecado original, o niegan la Encarnación verdadera y real de nuestro Señor, o su resurrección corporal (81), o la integridad biológica de la Virgen María, o la presencia física de Cristo en la Eucaristía. Algunos no niegan descaradamente el infierno, ni el pecado original, ni la Encarnación del Verbo, ni la resurrección, ni la virginidad de María, ni la Eucaristía; pero sí niegan aquello que verifica, sustenta, a modo de preambula fidei la realidad del infierno, del pecado original, de la Encarnación, de la resurrección, de la virginidad, de la presencia real en la Eucaristía. Es decir, imitan la actitud inconsciente de quien serrucha la rama donde está sentado. Este infierno de ficción es una pamplinada más del progresismo. Es un infierno vano y nimio, como repulgo de empanada.

¡Qué diferencia! Antes se decía que había un cartel en la entrada del infierno: “Los que entráis aquí abandonad toda esperanza”; ahora cambiaron la leyenda del cartel por: “Prohibido entrar”. Antes: “Aquí no hay salvación”; ahora: “Se alquila. Desocupado”. Antes los malos iban al infierno; ahora si hay infierno Dios es malo.

Mucho tiempo atrás ya advertía San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia, sobre los misericordiosistas: “Pero ¡Dios es tan misericordioso! Sí; es misericordioso, pero no es tan estúpido que vaya a obrar irracionalmente; ser misericordioso con quienes quieren continuar ofendiéndole no sería bondad, sino estupidez de Dios. Dice el Señor: ¿Ha de ser malo tu ojo porque yo soy bueno? (Mt 20,15) Y porque yo soy bueno, ¿tú quieres ser malo? Dios es bueno, pero también es justo, y, por tanto, nos exhorta a observar su santa ley si queremos salvarnos: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos (Mt 19,17). Si Dios fuera misericordioso con todos los hombres, buenos y malos; si concediera a todos la gracia de convertirse antes de morir, sería ocasión de pecado hasta para los buenos; pero no, que cuando llega el término de sus misericordias castiga y no perdona más. Y mis ojos no se compadecerán de ti ni me apiadaré (Ez 7,4); por lo que nos avisa: Rogad que vuestra fuga no sea en invierno ni en sábado (Mt 14,20). En el invierno no se puede actuar por el frío ni en el sábado por la ley; lo que significa que para los pecadores impenitentes vendrá tiempo en que quisieran darse a Dios y se verán impedidos de hacerlo por sus malos hábitos” (82).

Sabias palabras que hay que sopesar atentamente:
  • Dios es misericordioso, pero no estúpido;
  • Dios es misericordioso, pero su misericordia es regulada por su sabiduría (83);
  • Dios es Amor, pero no obra irracionalmente;
  • Dios es bueno, pero no para que nosotros seamos malos; si Dios fuese bueno para que nosotros seamos malos, Dios no sería bueno;
  • Dios es bueno, pero es justo (84);
  • Si Dios salvase a todos, si quisiese con voluntad eficaz la salvación de todos los hombres, sean buenos o sean malos, Dios sería ocasión de pecado aún para los buenos, o sea, que si no castigase a los malos induciría a los buenos a que se hiciesen malos, ya que sería lo mismo. Ese absurdo, que en Dios no se da, sí se da en predicadores, catequistas o formadores que niegan el infierno por el motivo que fuese -niegan la pena de daño, o la de sentido, o la eternidad, o lo vacían-: ellos sí, de hecho, son ocasión de pecado aún para los buenos. Dios quiere con voluntad antecedente la salvación de todos los hombres, pero con voluntad consecuente, luego del pecado no retractado, quiere castigar a algunos. Sugiero que en nuestras Congregaciones religiosas se invite, tempestivamente, a quienes nieguen cualquier aspecto del infierno, a que salgan de nuestra familia religiosa. Que no nos pase, lo que ha pasado con tantos otros. Tápense los oídos cuando alguien hable negando la terrible realidad del infierno, esos son retoños del Maligno que trabajan para él. Son lobos con piel de oveja.
  • Si Dios quisiese con voluntad eficaz la salvación de todos los hombres, ¿para qué la Encarnación de su Hijo?, ¿para qué la muerte en cruz?, ¿para qué la Iglesia?, ¿para qué el Papa, los obispos, los sacerdotes y diáconos?, ¿para qué la nueva evangelización?, ¿para qué las Conferencias Episcopales, las Curias, el CELAM y todos los demás organismos?, ¿para qué los sacramentos?, ¿para qué la liturgia?, ¿para qué la Palabra de Dios, la Biblia?, ¿para que la predicación?, ¿para qué evangelizar la cultura?, ¿para qué la misión ad gentes?, ¿para qué tratar “sobre la Iglesia en el mundo actual”?, ¿para qué el diálogo, con los otros cristianos, con los que creen en Dios, con los que no creen en nada?, ¿para qué trabajar en el areópago de los medios de comunicación?, ¿para qué...?
El infierno se puebla más con la “misericordia” que con la justicia. El progresismo es antifrástico -como al gordo que le dicen flaco-: quieren un infierno vacío y lo único que logran es poblarlo más. Son los colonizadores del infierno. Un infierno deshabitado es un infierno fatal para los hombres.

Es también San Alfonso el que enseña: “Cierto autor indicaba que el infierno se puebla más por la misericordia que no por la justicia divina; y así es, porque, contando temerariamente con la misericordia, prosiguen pecando y se condenan. Dios es misericordioso. ¿Pero, quién lo niega? Y, a pesar de ello, ¡a cuántos manda hoy día la misericordia al infierno! Dios es misericordioso, pero también justo, y por eso está obligado a castigar a quien lo ofende. Él usa de misericordia con los pecadores, pero sólo con quienes luego de ofenderle lo lamentan y temen ofenderlo otra vez: Su misericordia por generaciones y generaciones para con aquellos que le temen (85), cantó la Madre de Dios. Con los que abusan de su misericordia para despreciarlo, usa de justicia. El Señor perdona los pecados, pero no puede perdonar la voluntad de pecar. Escribe San Agustín que quien peca con esperanza de arrepentirse después de pecar, no es penitente, sino que se burla de Dios (86). El Apóstol nos advierte que de Dios no se burla uno en vano: De Dios nadie se burla (87). Sería burlarse de Dios ofenderlo como y cuanto uno quiere y después ir al cielo” (88).

Leí un artículo muy ambiguo: “Díme cómo es tu infierno y te diré quién es tu Dios” (89), lo cual vale también para saber cómo es la persona que opina sobre el infierno. Si tu infierno está vacío, tu dios es estúpido y vos lo mismo. Si tu infierno es “light”, tu dios es “light”, y vos sos un hombre “light”.

Los infernovacantistas lo único que han dejado vacíos son los conventos, los seminarios y los noviciados. Muchos se quejan de que no tienen vocaciones, pero si no creen en la eternidad, ¿cómo podrán convencer a los jóvenes que vale la pena entregarlo todo por Cristo? En toda decisión vocacional a la vida consagrada está presente la dimensión escatológica. Cuando ésta falta, falta la motivación para hacer algo que valga la pena. Sin eternidad es imposible que haya vocaciones a la vida consagrada: “...es constante la doctrina que la presenta como anticipación del Reino futuro. El Concilio Vaticano II vuelve a proponer esta enseñanza cuando afirma que la consagración ‘anuncia ya la resurrección futura y la gloria del reino de los cielos’ (90). Esto lo realiza sobre todo la opción por la virginidad, entendida siempre por la tradición como una anticipación del mundo definitivo, que ya desde ahora actúa y transforma al hombre en su totalidad” (91).

Los infernovacantistas disminuyen la grandeza del misterio pascual y transforman la necesidad y urgencia de la nueva evangelización en una suerte de nuevo proselitismo. Son los agoreros de “los cielos nuevos y la tierra nueva” profetizados y prometidos (Is 65, 17 y cf. 66, 22; 2Pe 3, 13).
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Notas:


67 “Unus Pater vult aliquam sententiam introduci ex que appareat reprobos de facto haberi (ne damnatio ut mera hypotesis maneat”. Schema Constitutionis dogmaticae de Ecclesia, Modi VI, cap. 7, nº 40, p. 10.
68 “Ceterum in n. 48 Schematis citantur verba evangélica quibus Dominus ipse in forma grammaticaliter futura de reprobis loquitur” (ibid., nota anterior).
69 Prescindimos en este trabajo de la cuestión si son muchos o pocos los que se salvan. No entra dentro de nuestro intento ocuparnos de esa cuestión.
70 Cf. Concilio de Roma, año 745: DS, 587: “...Clemens, qui per suam stultitiam sanctorum Patrum statuta [scripta] respuit vel omnia synodalia acta [parvipendit], /.../ insuper et dominum Iesum Christum descendentem ad inferos omnes [!] pios et impios exinde praedicat [simul inde] abstraxisse...” (“...Clemente, quien por su estulticia rechazó los escritos de los Santos Padres o (tuvo en poco) las actas sinodales, /.../ dijo también que el Señor Jesucristo descendiendo a los infiernos extrajo a todos los píos y a los ímpios”).
71 Cf. Benedicto XII, libelo Cum dudum: DS, 1011: (“ ...sed dicunt, quod Christus propter salutem hominum est incarnatus et passus, quia per suam passionem filii Adam, qui dictam passionem praecesserunt, fuerunt liberati ab inferno, in quo erant non ratione originalis peccati quod in eis esset, sed ratione gravitatis peccati personalis primerum parentum. Credunt etiam, quod Christus propter salutem puerorum qui nati fuerunt post eius passionem, incarnatus fuit et passus, quia per suam passionem destruxit totaliter infernum...”. (“Pero ([los armenios] dicen que Cristo se encarnó y padeció por la salvación de los hombres, porque por su pasión los hijos de Adán que a dicha pasión precedieron fueron liberados del infierno, en el cual estaban no en razón del pecado original que en ellos había sino en razón de la gravedad del pecado personal de los primeros padres. Creen también que Cristo se encarnó y padeció por la salud de los niños que nacieron después de su pasión, porque por su pasión destruyó totalmente el infierno”.); Clemente VI, c. Super quibusdam: DS, 1077: “Quod Christus non destruxit descendendo ad inferos inferiorem infernum” (“Cristo descendiendo a los infiernos no destruyó el infierno inferior”).
72 Nº 633.
73 Gran Enciclopedia Rialp (GER), t. 12, p. 710.
74 Cf. Mons. de Segur, El Infierno, Iction, Buenos Aires, 1980, pp. 150-151
75 La declaración consta en el Proceso del Ordinario, p. 449.
76 Cf. Henri Gheón, Vicente Ferrer y su tiempo.
77 La Ciudad de Dios, cap. 21, sec. 17, 22.
78 Enchiridion, cap. 29, sec. 111 y 113.
79 Por ejemplo, afirma: “Il Crocifisso non soffre semplicemente l’inferno meritato dai peccatori; egli soffre qualcosa che é al di lá e al di sotto de essi: un abbandono da parte di Dio in pura obbedienza de amore, cui egli soltanto é capace in quanto é il Figlio, e che abbraccia da sotto qualitativamente ogni possibile inferno. Ció elimina in un modo ancora piú radicale la simmetria giudiziaria veterotestamentaria” (TeoDrammatica. L’Ultimo Atto, V. 5, ed. Jaca Book, 1986, p. 237 ).
“Previamente si deve avvertire che tutte le parole del Signore indicanti la possibilitá di una eterna dannazione sono prepasquali” (idem, p.238).
“Il Signore non é morto soltanto per i buoni che subito si aprono a lui, ma anche por i cattivi e gli si negano. Egli ha tempo di aspettare fino a che anche i dispersi figli de Dio siano raggiunti dalla sua luce. Giacché anche il cattivo non é fuori dalla zona del suo potere, e la dispersione del Signore abbraccia e supera anche la dispersione dei peccatori” (idem, p. 239).
“Nella passione egli deve soffrire per tutti coloro che senza di lui avrebbero meritato l’inferno. Cosí la tenebra dei peccati rimane recinta dalla tenebra dell’ amore, come la patisce il Figlio nell’abbandono di Dio” (idem, p. 241).
“Nell’inferno rimarrebbe, come realtá dannata difinitiva il peccato staccato dal peccatore mediante l’opera della croce, una realtá non assolutamente nulla a causa della forza in essa investita dall’uomo. I peccati vengono rimessi, divisi da noi, da noi distolti. Vengono rinciati lá dove é tutto ció che Dio non vuole a che condanna: nell’inferno. Questo é il loro luogo. Che un luogo simile ci sia é, nella storia che va dal peccato originale alla redenzione, molto piú importante che se non ci fosse, perché é la permanente testimonianza della remissione dei peccati. In questo censo l’inferno é addirittura un regalo della grazia divina” (idem, p.269).
80 La teología de XX secolo, Queriniana, Brescia 1992, p. 368: “...lo stesso Von Balthasar, che prospettano l’inferno come una reale possibilita del fallimento finale, ma insieme insistono sul dovere di ‘sperare per tutti’”.
81 Cf. mi artículo La resurrección, ¿mito o realidad?, Mikael, año 2, nº 6.
82 Obras Ascéticas, Sermón 34, De la impenitencia, t. II, B.A.C., 1954, p. 749.
83 Cf. S. Th., Suppl., 99, 2, ad 1.
84 Que Dios sea bueno nos da esperanza, que evita la desesperación; que Dios sea justo nos infunde temor, que evita la presunción (cf. SantoTomás, Ad Rom. 11, 22).
85 Lc 1, 50.
86 “Irrisor est, non poenitens” (Ad. Fr. in er., s. ), cit. en San Alfonso, ver nota 87.
87 Gal 6, 7.
88 Sermón 32, Ilusiones del pecador, op. cit., pp. 731-732.
89 Boletín salesiano, agosto 1993, nº 510, p.10 y ss.
90 Constitución dogmática Lumen gentium, 42.
91 Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, nº 26.
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