lunes, 5 de septiembre de 2016

EL SILENCIO DEL SEÑOR


EL SILENCIO DEL SEÑOR




Cuenta una antigua leyenda noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, quien siempre miraba un imagen de Cristo crucificado. Esta cruz era muy antigua y a ella acudía la gente a orar con mucha devoción. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso, se arrodilló ante la cruz y dijo: 
Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz. 
Y se quedó fijo con la mirada puesta en ella, como esperando la respuesta. 
El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: 
Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.

"Cual, Señor?", preguntó con acento suplicante Haakon. "¿Es una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor", respondió el viejo.

"Escucha... suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre".

Haakon contestó: 
"¡Os lo prometo, Señor!" Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció a Haakon, colgado de los clavos en la cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste, durante largo tiempo, cumplió el compromiso. A nadie dijo nada. 
Pero un día llegó un rico y, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vió y calló. 
Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. 

Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. 
El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: 
- "¡Dame la bolsa que me has robado!"

El joven sorprendido, replicó: 
- "¡No he robado ninguna bolsa!"

- "¡No mientas, devuélvemela enseguida!"

- "¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!", afirmaba el muchacho. 
Y el rico arremetió, furioso contra el joven. Sonó entonces una voz fuerte: 
- "¡Detente!"

El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. 
Haakon que no pudo permanecer en silencio, gritó defendiendo al joven, e increpando al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la Cruz quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: 
"Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio.

Pero Señor... -dijo Haakon- ¿cómo iba a permitir esa injusticia?

Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz.

El Señor, siguió hablando: 
- Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo... 
En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado... Sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal. 
Ahora, hace unos minutos, acaba de zozobrar el barco en el que ha perdido la vida. 
Tu no sabías nada. Yo sí. Por eso callo". Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué razón el Señor no nos contesta... por qué razón se queda callado el Señor? Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que deseamos oír, pero, Jesús no es así. ¡El Señor nos responde aún con el silencio! 
Debemos aprender a escucharlo. Su Divino Silencio, son palabras destinadas a convencernos de que Él sabe lo que hace.

Una de las cosas que más nos intrigan es el constatar que ante algunas circunstancias difíciles de la vida, da la impresión de que para Jesús pasa desapercibido nuestro dolor, angustia y necesidad. En otras palabras, parecería que efectivamente guarda silencio. Lo que sucede es que nosotros no podemos ver más allá de la inmediatez del momento y no nos damos cuenta de que detrás de lo que nos sucede y del aparente silencio de Jesús, se esconde un gran propósito. La próxima vez, no te preguntes el por qué de lo que te sucede, pregunta el para qué, y qué es lo que el Señor quiere de mí en esta situación.

PARA COMUNICARSE CON DIOS


Para comunicarse con Dios



Cada día resulta más fácil comunicarse con las personas; pero.. ¿Y con Dios?

Aquí tienes ocho reglas para llamarle y contar con Él, cuando desees:

1 - Marca el prefijo correcto. No a lo loco.

2 - Una conversación telefónica con Dios no es un monólogo. No hables sin parar, escucha al que habla al otro lado.

3 - Si la conversación se interrumpe, comprueba si has sido tú el causante del corte.

4 - No adoptes la costumbre de llamar sólo en casos de urgencia. Eso no es trato de amigos.

5 - No seas tacaño. No llames sólo a las horas de "tarifa reducida", es decir, cuando toca o en fines de semana. Una llamada breve en cualquier momento del día sería ideal.

6 - Las llamadas son gratuitas y no pagan impuestos.

7 - No olvides decirle a Dios que te deje en el contestador todos los mensajes que quiera y cuando quiera.

8 - Toma nota de las indicaciones que Él te diga para que no las eches en olvido.

Si a pesar del cumplimiento de estas reglas la comunicación se torna difícil, dirígete con toda confianza a las oficinas del Espíritu Santo. Él restablecerá la comunicación.

Y si tu teléfono no funciona, llévalo al taller de reparación que lleva por nombre "Sacramento del Perdón". Allí todas las reparaciones son gratuitas y tienen una garantía de por vida.

EL EQUIPAJE QUE VA CONMIGO


El equipaje que va conmigo
¡Piensa bien en lo que vas a colocar dentro! Nadie lo va a llevar por ti.
Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net 





Cuando tu vida empieza, tienes apenas una maleta pequeña de mano y unos cuantos juguetes que cuidas como lo más importante; efectivamente, la vida para ti en esos momentos es un simple juego, juegas a ser bombero, policía, enfermera, mamá o papá.

A medida en que los años van pasando, el equipaje va aumentando porque existen muchas cosas que recoges por el camino: personas, acontecimientos, sentimientos, situaciones agradables y no tanto; todas ellas en su momento las has considerado importantes y has determinado llevártelas contigo, pero en un determinado punto del camino comienzas a sentir el peso de tu carga, lo que llevas en tu corazón comienza a ser demasiado pesado, son tantas las cosas que llevas dentro de tu equipaje que se convierte en algo demasiado pesado, que ya no lo puedes llevar solo.

La elección está en tus manos, puedes escoger permanecer sentado a la vera del camino esperando que alguien te ayude, lo que es difícil, pues todos los para que pasan por allí ya traen su propio equipaje.

Puedes pasar la vida entera esperando, o puedes disminuir el peso eliminando lo que no te sirva. La pregunta que nos queda por hacer es ¿qué tirar?, decisión no fácil de tomar, son tantas cosas: impresiones, alegrías y desencantos, todo revuelto y desordenado, que es difícil elegir.

Primero empieza tirando todo hacia fuera, y ve con detenimiento lo que tienes dentro, allí encontrarás momentos maravillosos en donde percibirás valores eternos como la amistad, el amor, la comprensión, el perdón, la honestidad, la sinceridad, cosas buenas que has hecho y te han llenado de satisfacción y paz; de esto tienes muchísimo. ¡Es curioso, esto no pesa nada, al contrario, se lleva con alegría y satisfacción!

Tienes otros pesos, estos sí que pesan, ellos hacen que pagues sobrepeso en cada estación o etapa de tu vida. Hasta la fecha has hecho un gran esfuerzo para tirarlos, no quisieras llevarlos, pero ahí te encuentras cargando kilos de rabia, rencores, resentimientos, dudas, fracasos, miedos, mentirillas e incomprensiones, ¡vaya, cómo pesan!

Una vez que te das cuenta de lo que llevas, comienza la labor de desapego, desprendimiento,al fin te has convencido, "llevarlos solo causan tristeza y dolor", por eso te decides a lanzarlos fuera; sin embargo, es ley de vida que no desaparezcan a la primera, el trabajo es arduo y de muchos años, pues los has traído durante mucho tiempo contigo, así parece que renace en nuestra vida el cansancio, el miedo de no soltarlos, y con ellos el pesimismo.

En este momento, el desánimo casi te empuja hacia dentro de la maleta, pero tú empujas hacia fuera con todas tus fuerzas, y en ese esfuerzo por dejarlos fuera, aparece una SONRISA que estaba sofocada en el fondo de tu equipaje, sacas otra sonrisa y otra más, y entonces sale la FELICIDAD, porque comienzas a liberarte de aquello que te ha hecho tanto mal. Coloca tus manos dentro de la maleta y saca la TRISTEZA, las decepciones y la soledad que has dejado entrar en tu vida.

No olvides dejar la PACIENCIA dentro de tu equipaje, la necesitarás toda tu vida,también tendrás que dejar dentro de ella: la bondad, sencillez, fuerza, esperanza, coraje, entusiasmo, equilibrio, responsabilidad, tolerancia, buen humor, y en todas ellas, EL AMOR.

Tira la PREOCUPACIÓN o déjala de lado, después piensa qué hacer con ella. Como puedes ver, tu equipaje está listo, está para ser usado de nuevo, ¡qué paz se siente caminar sin tanto peso!, ¡qué liviana se hace la vida con una maleta sin tanta carga!, era necesario hacer este inventario y dejar de lado todo aquello que hasta el día de hoy ha significado para ti un peso extra.

¡¡¡Piensa bien en lo que vas a colocar dentro!!! Nadie lo va a llevar por ti. Y no te olvides de hacer esto muchas veces... pues el camino es MUY, MUY LARGO. Dios ahí está presente para que le entregues todo eso en un acto de reconocimiento, humildad, petición de perdón, y sientas su mano que te bendice y te perdona, con esas palabras mágicas que salen de la boca del Sacerdote… Y YO TE ABSUELVO DE TUS PECADOS... es decir, deja todo ese peso, aquí junto a Dios...
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