miércoles, 7 de septiembre de 2016

PARA LA EDAD DEL OCASO... LA FÓRMULA



Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
Para la edad del ocaso...la fórmula
Disfrutar del momento presente que es toda nuestra realidad y regalar toda la experiencia de nuestra vida.



Difícil la vida de esa etapa para muchas personas. Hay soledad, quizá abandono, indiferencia, incomprensión... pero también nosotros, si hemos llegado a esa edad, nos podemos tornar distintos, exigentes y alhumorados con los que nos rodean y están en otras etapas y corren todo el día empujados por la vorágine del momento, porque así se lo demanda la existencia moderna y consumista. 

Pero hay una fórmula, no mágica por cierto, para vivir mejor la etapa de los "muchos años". 

Así como el amanecer es pujante y luminoso, fresco y prometedor, así el atardecer tiene melancolía en su dulce luz y el ocaso nos brinda momentos de reflexión y nos incita al agridulce sabor de los recuerdos. 

Es así la vida de los seres humanos. Los que tenemos ahora muchos años fuimos un día, amanecer. Ahora hemos llegado al ocaso y de nosotros depende que ese crepúsculo en el que hoy nos encontramos tenga una bella luz de atardecer y un cielo pintado de hermosas tonalidades. Somos nosotros los que necesariamente le podemos dar ese calor y color. 

Salimos al camino de la vida con una alforja nueva, vacía de experiencias pero llena de sueños y proyectos, el alma limpia y transparente, la mirada decidida y animosa puesta en la "cima de la montaña" de la vida. 

Ahora bajando por la ladera del otro lado, que también es un camino nuevo, sabemos que nos ha de conducir hasta el Valle del reposo. 

Una experiencia profunda del vivir nos acompaña... quizá muchos sueños se quedaron hechos jirones en las zarzas del camino, pero, ¡cuánta riqueza atesora, ahora, nuestra vieja alforja!: 
Lleva mucha paciencia, 
infinita tolerancia, 
sabiduría profunda para saber lo que es importante o no vale la pena, 
mansedumbre y paz, 
y tal vez aún, el alma limpia y transparente, si sabemos hacernos semejantes a los niños, 
valor y fuerza porque tuvimos que aprender a vivir con esos dos baluartes mientras escalábamos la "montaña"... y ahora, quizá más que nunca, necesitamos sentir lo que eso vale en nuestras vidas. 

Es esta etapa la hora del remanso y no de la prisa. 

Es la hora de dar y no de guardar. Dar a manos llenas a los que nos rodean, no solo de lo material, si lo tenemos, sino lo que en el alma llevamos ayudándolos a subir, la cada día más difícil cuesta de la vida con alegría, sin cansarlos con quejas sobre nuestros achaques, sin susceptibilidades y enojos. Discretos y llenos de tacto para hablar y oportunos en el callar. 

Disfrutar del momento presente que es toda nuestra realidad y regalar toda la experiencia de nuestra vida resumida en una sola palabra: AMOR. 



Esa es la fórmula para que nuestra etapa del atardecer sea feliz. 

ÁNIMO EN LAS MANOS DE DIOS


ANIMO EN LAS MANOS DE DIOS

Aunque me tapo los oídos con la almohada y gruño de rabia cuando suena el despertador... gracias a Dios que puedo oír...Hay muchos que son sordos.

Aunque cierro los ojos cuando, al despertar, el sol se mete en mi habitación... gracias a Dios que puedo ver... Hay muchos que son ciegos.

Aunque me pesa levantarme y pararme de la cama... gracias a Dios que tengo fuerzas para hacerlo... Hay muchos postrados que no pueden.

Aunque regaño porque no encuentro mis cosas porque los niños hicieron un desorden... gracias a Dios que tengo familia... Hay muchos solitarios.

Aunque la comida no estuvo buena y el desayuno fue peor... gracias a Dios que tengo alimentos... Hay muchos con hambre.

Aunque mi trabajo es monótono y rutinario... gracias a Dios que tengo ocupación... Hay muchos desempleados.

Aunque no estoy conforme con la vida, peleo conmigo mismo y tengo muchos motivos para quejarme... gracias a Dios por la vida.

QUÉ QUIERE DIOS DE NOSOTROS?


¿Qué quiere Dios de nosotros?
Dios quiere que le amemos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas


Por: P Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net 




Uno de mis autores preferidos es San Agustín. Y un día leyendo uno de sus libros encontré esta frase que me hizo detenerme bruscamente, y volverla a leer: “¿Quién soy yo, Señor, para que me pidas y me exijas que te ame con todo mi corazón, con toda mi alma y con todas mis fuerzas, y te enojas muchísimo si no lo hago, más aún, me amenazas con castigos eternos. ¿Quién soy yo?. Y me puse a reflexionar en ello.

A Dios le importa de nosotros sobre todo una cosa, pero le importa muchísimo. Y es que le amemos. Pero que le amemos no de cualquier forma: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.

Hay que concluir que, si no amamos, estamos perdidos. Con Dios no tenemos nada que hacer si no sabemos ofrecerle un poco de amor a Él y a nuestro prójimo. Pero si sabemos amar, estamos salvados. Después ese amor se demostrará con hechos, con actos de amor, como el participar en la misa, practicar la caridad con el prójimo etc.
Por eso, preguntémonos: ¿Cuánto amo yo a Dios? ¿Cuánto amo a mi prójimo? Ese es el máximo valor que tengo. Esa es mi salvación.

La religión cristiana era muy hermosa, la más maravillosa del mundo, cuando los cristianos cumplían sus dos únicos mandamientos de amar a Dios con todo el corazón y de amar al prójimo como a sí mismos.
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