viernes, 21 de octubre de 2016

LOS CAMINOS DE DIOS


Los Caminos de Dios
Al correr los años, mi madre salió embarazada siendo soltera. Esto para la abuela fue demasiado difícil de asimilar, se sentía decepcionada y avergonzada; entonces conoció a los Testigos de Jehová y cambio su religión católica para unirse en ese ambiente.


Por: Escuela de la Fe | Fuente: Tiempos de Fe 



Los Caminos de Dios
Testimonio personal
Quiero compartir contigo la experiencia que me hizo conocer y definir cuál era el camino que le daría sentido a mi vida. En ese tiempo aprendí que sólo siendo auténtico se alcanzan los ideales que conducen a la felicidad.
La familia de mi madre era oriunda de una pequeña región en el Estado de Oaxaca, y en la época agraria tuvieron que salir huyendo.
Llegaron a la Capital con lo poco que pudieron sacar de su casa.
Al correr los años, mi madre salió embarazada siendo soltera. Esto para la abuela fue demasiado difícil de asimilar, se sentía decepcionada y avergonzada; entonces conoció  a los Testigos de Jehová y cambio su religión católica para unirse en ese ambiente.


Mi madre tenía que trabajar para mantenernos y delegó mi educación en la abuela, quién después de la experiencia vivida con mi madre, se volvió fanática y dominante. A pesar de todo, yo sabía que mi abuelita amaba profundamente.
En aquel entonces no había muchos testigos. Todas las niñas que yo conocía, vecinas o compañeras del colegio, eran católicas, es decir, el enemigo, los malos, por lo tanto, no me dejaban juntarme con ellas. Esa actitud hizo que fuera una niña solitaria. Sin embargo, aquella soledad me enseñó a reflexionar desde muy chica, acerca de mi vida, mi entorno, el sentido de la justicia y el valor del amor.
Había muchas cosas en los testigos de Jehová que me parecían absurdas y contradictorias pero no me atrevía a cuestionarlas. Me da mucha tristeza reconocer que fui un títere en manos de mi abuelita. Hacia todo lo que ella quería, pero a la vez, mi corazón estaba lleno de sentimientos encontrados; impotencia, frustración, profundo amor a Dios y temor de perder el cariño de mi abuelita.
Ella me enseñó lo que ha sido la directriz de mi vida; profundo amor y respeto por Dios, aunque el dios que ella me enseño era un dios rencoroso y vengativo, más que respeto inspiraba miedo.
Mi abuelita se afanó mucho para hacerme una mujer de valores y principios,  y yo se lo agradezco, porque ya sea a base de palos o regaños, el resultado fue positivo.
Me casé muy joven, a los diecisiete años, con otro testigo, muy apreciado por toda la comunidad.
A los dos meses de casada falleció mi abuelita, y aunque me es difícil decirlo con su muerte sentí que la parte más importante de mí se liberaba.
Casi recién casados nos fuimos a vivir a una región del norte de México. No conocíamos a nadie y tuvimos que relacionarnos con personas católicas. ¡Qué gran sorpresa ¡ descubrí que no eran tan malos; al contrario, muy serviciales, siempre dispuestos a convivir con nosotros, y lo que se me hacía casi increíble era el respeto que mostraban hacía nuestras creencias. Y pensaba: Nosotros testigos de Jehová siempre atacando, agrediendo a su Iglesia, no había revista que no la pusiera como la “Ramera del Apocalipsis”.
Entre más los conocía más crecía mi inquietud por haber pensado tan mal de ellos, por haber sido tan inocente al aceptar todo lo que me decían de ellos, sin cuestionar o comprobar por mí misma si era cierto.
Mi abuela no se cansaba de decir que: “el peor de los testigos de Jehová siempre será mejor, que el mejor de los católicos”.
Esta clase de juicios temerarios llegan a marcar una vida. Ahora entiendo que antes de ser testigo de Jehová, católico, judío o lo que sea, somos seres humanos imperfectos, en peligro de caer muchas veces; pero la maravilla de haber sido creados por Dios es que nos concedió la dignidad y capacidad necesaria para arrepentirnos, levantarnos y seguir adelante.
Mi vida empezó a cambiar; tenía amigas de mi edad, tres hijos y me sentía muy contenta.
Llegó el momento de poner a mis hijos en la escuela. En aquel entonces, sólo había dos alternativas: las escuelas de gobierno o los colegios católicos. Por conservar el “status” decidimos ponerlos en colegios privados. Cada día íbamos teniendo mayor trato con la comunidad, ya no sólo con los seglares. La relación se extendió a Hermanos Lasallistas y Sacerdotes.
Durante esos años, las dudas se fueron incrementando. Me preguntaba en qué otra cosa me había engañado los testigo de Jehová. Sin embargo, yo sentía que mi deber era con Dios y seguí adelante con ellos.
Después de doce años de ausencia, tuvimos que regresar a la Ciudad de México. Busque los mismos colegios para los niños para que el cambio no fuera dramático, ya que la vida de aquí era totalmente diferente a la que habían llevado en aquella hermosa y pequeña provincia mexicana.
Para esas fechas algo había cambiado en mi manera de pensar y de vivir. Ya no estaba asistiendo a las reuniones, mi pensar, sentir y actuar no estaban en armonía, me sentía muy confundida. Mi familia le avisó a los “hermanos” que ya vivía aquí y que no estaba asistiendo a ninguna “congregación”.
Entonces me visitaron para persuadirme y me incorporara a la “unidad” correspondiente; pero yo tenía una cantidad impresionante de preguntas que hacerles, mismas que formulé pues no podía seguir adelante sin antes obtener las respuestas que me eran esenciales.
¿Quién fue el fundador? ¿Quién escogió a ese señor? ¿Cómo fue su vida, antes y después de haber sido elegido por Dios? Afirmar que somos los únicos que se salvarán en el Armagedón, ¿no es caer en la soberbia, sentirse superior al prójimo? ¿Por qué engañamos a la gente presentándonos como una Sociedad Cultural y Educativa, siendo una religión?¿Por qué se predica el amor y se enseña a odiar a los católicos?¿Por qué tanta saña para con ellos, si ni nos hacen nada? ¿Quién hizo la traducción de la Biblia que usamos? ¿Quién la interpretó? ¿Por qué siempre, no de manera directa, procuran que los jóvenes en lugar de estudiar se dediquen al proselitismo? ¿Por qué no hay acceso a mucha información interna? Etc.
En fin, el caso es que yo traía una revolución en mí cabeza que era preciso resolver y no sabía cómo.
Sus respuestas me dejaron peor, pues evadieron la mayoría de mis preguntas. Aparte me saqué tremendo regaño con la consigna de que, o sacaba a mis hijos de “esos colegios” o me expulsaban.
Me negué a hacerlo.
En todo lo que me dijeron no encontré una sola razón de peso. Ya no me podían convencer diciendo que los católicos eran malos, pues ahora sabía, por experiencia, que eso no era cierto; ni tampoco les creí cuando me aseguraron que haber estado en el “mundo pagano” me había hecho pensar de esa manera tan equivocada.
Desde mi punto de vista era humillante, indignante, es más, ofensivo que me quisieran negar el derecho de pensar y expresar mis argumentos. Según ellos debería estar avergonzada por mi conducta; “Ahora lo que tienes que hacer es corregir todos esos errores y demostrar que estás arrepentida”.
¡Arrepentida! ¿De qué? ¿De pedir razones para hacer lo que me estaban exigiendo?
Además ya habían pasado muchos años desde que me había prometido no volver a ser títere de nadie. Podría dar mi vida por Dios, pero volver a vivir el conflicto interno de aquellos años, NO.
Tanto mi familia, como la de mi esposo, trataron de que volviéramos a las reuniones, pero yo cada día estaba más decepcionada de todo aquello.
Paralelamente, mi hija menor empezó a dar muestras de una gran caridad y vida cristianas.
Al año de haber llegado a ésta ciudad mi hijo mayor empezó a tener graves problemas de salud, yo tenía miedo, no sabía a lo que me estaba enfrentando. No cabe duda que nuestro peor enemigo, el que nos paraliza, es Su Majestad “La Ignorancia”.
Comenzó una vida muy difícil para toda la familia: doctores, psiquiátricos, exámenes, desesperación, angustia, impotencia.
A veces me atormentaba la idea que Jehová estaba castigando mi rebeldía, y que esa era la razón de que mi hijo sufriendo. 
El caso es que ver así a mi hijo me afectó demasiado, lloraba continuamente, vivía angustiada, ya no le prestaba atención al resto de la familia. 
Un día, mi hija de apenas de cinco años, me dijo: “Mami, en la noche cuando te acuestes, trata de visualizar la imagen del Sagrado Corazón, y ya que tengas ubicada le dices: Señor te cambio mi dolor por mi amor, y vas a ver que ya no vas a llorar más, pues Dios cuidará de mi hermano. Tú, nada más ponlo en sus brazos”. 
Me quedé impresionado, como era posible que aquella niñita me dijera, con ese vocabulario, esas cosas. ¿Quién era su Dios de Amor y Misericordia que podía enjuagar mis lágrimas con el simple hecho de poner todo en sus brazos? ¡Qué distinto a mi Dios!
Pasaron tres años. La niña con toda la firmeza y convicción me expresó su deseo de recibir a Cristo. Su argumento fue sencillo: “Mami, si yo me muero ahorita, tú sabes ¿a dónde me voy? No estoy bautizada, ni he recibido a Cristo ¿Qué pasaría conmigo?
Me dio mucha vergüenza no saber contestar, lo único que se me ocurrió fue decirles: Cuando llegue tu papi le platicamos lo que quieres y le pedimos permiso. La niña sorprendida, abriendo tremendo ojos, contestó: “¡¿Necesito permiso para recibir a Cristo?! Si yo solo quiero que pidas en el colegio que me bauticen y hacer mi primera comunión”. 
Yo no podía creer lo que estaba oyendo, ¡Que lejos estaba de Dios!
Hablé con mi esposo y le expliqué la razón por la cual yo estaba de acuerdo con lo que quería la niña. Nosotros ya estábamos alejados de nuestra religión, no le habíamos enseñado nada, y aun así, ella era como lo era; se había ganado el derecho de pertenecer a la Iglesia que tanto la colmaba, cosa que a nosotros no nos pasaba; luego entonces, no teníamos derecho a negarle lo que ella era de vital importancia. 
La niña se bautizó y l único que nos pidió el padre fue que la lleváramos a misa los domingos pues estaba muy chiquita para ir sola; señaló que nosotros no estábamos obligados a entrar. 
Yo la acompañaba y de pasadita entraba con ella. Le pedía a Dios que cuidara de mi hijo y cuando salía me sentía mucho más tranquila, reconfortada, consolada. 
Pasamos otros tres años y el segundo de mis hijos quiso cambiar de colegio; sentía que se ahogaba entre tanto edificio, no estaba acostumbrado a los espacios cerrados. 
Hice cita en otro colegio; el director nos recibió muy amablemente; pero nos hizo la aclaración de que ya no había cupo para ese año. Sin embargo, platicó con mi hijo y le preguntó la razón por la que quería entrar a ese plantel, el niño contestó: “Porque quiero ser tan feliz como es mi hermana, quiero tener orientación religiosa que en mi casa no tengo y, también quiero bautizarme.”
El director lo aceptó. A los tres meses se bautizó y recibió la P r i m e r a  Comunión.
Ante la actitud de nuestros hijos, su valor por obtener lo que necesitaban y la fortaleza que mostraron ante nosotros, no pudimos más que reflexionar sobre nuestras vidas y seguir su ejemplo; luchar por aquello que sería lo único que le daría sentido a nuestras vidas, tan llenas de dolor y sufrimiento: DIOS.
La situación tan ambigua en que vivíamos nos estaba haciendo mucho daño, tanto de manera individual, pues no estábamos acostumbrados a vivir lejos de Dios, como a nivel familiar, pues no le estábamos enseñando nada a nuestros hijos.
Pero, cómo enseñarles una religión en la que ya no creía.
Le pedimos al Director que nos ayudara a encontrar el camino correcto.
Estuvimos visitándolo durante tres meses, dos días a la semana, dos horas cada entrevista. Nos explicaba, con mucha paciencia las creencias de la fe católica, contestaba nuestras preguntas y aclaraba las ideas equivocadas que teníamos respecto a la Iglesia, todo esto bajo la advertencia de que si no nos convencía no habría compromiso alguno.
Llegó el momento de la decisión.
La historia de los niños se la habíamos ocultado a nuestras familias, no tenía caso que los acosaran, pero ahora era distinto, “el momento de la verdad”.
Ya estábamos convencidos de querer ser católicos y era cuestión de conciencia comunicárselo a toda la familia. Estábamos conscientes que después de esto se romperían lazos entre nosotros, nos íbamos a quedar solos.
Cuando se ha vivido sinceramente en una fe, es extremadamente difícil tomar este tipo de decisiones. No era lo mismo estar alejado que convertirse a otra religión; entraba en juego el sentido de compromiso, enfrentarse a una palabra tan fuerte como es “apostasía”.
Miedo a perderlo todo afectivamente familiar y amigos; para ellos seríamos parte de los “marcados por el diablo”. Miedo a la soledad, ¿Cómo nos iban a recibir los mismos católicos?
Sobre todo, miedo a ofender a Dios si estábamos equivocados.
Ser auténticos, coherentes, poner a Dios como fin de nuestras vidas, tomar el riesgo de cambio, quedamos sin familia, sin amigos, ¿valdría la pena?
Ciertamente fue la elección más dura de nuestras vidas.
Hace nueve años, nos bautizamos, hicimos la primera comunión, confirmación y nos casamos por la Iglesia Católica, todo en una sola ceremonia.
Nos quedamos sin familia, pedimos a los amigos, nos llaman apóstatas y muchas cosas más, ¿valió la pena? 
¡Pero por supuesto que valió la pena!
Tenemos lo que tanta falta nos hacía, Dios.
Dios- amor, Misericordia, Consuelo, Perdón, Luz, Verdad, Camino y Vida.
Estamos plenamente convencidos que Dios nos ama y nos cuida, felices de haber dado respuesta a su llamado, tranquilos ante la adversidad de la vida cotidiana. 
Sabemos que Él nos ampara y que cuando nos pide algo, Él se encarga de proporcionarnos los medios y capacidades para afrontarlo con fidelidad y fortaleza.
Sé que ser auténtico es lo justo, tanto para cono uno mismo, como con los demás. Sé que definir el sentido de nuestra vida es lo más importante. Sé que por ningún motivo, y cueste lo que cueste, debemos tener miedo de defender nuestra fe con plena convicción.
Quizá nos rechacen, pero ¿tiene significado la aceptación que implique la traición a uno mismo?
Siendo auténticos, fieles a Dios N. S, se genera la tranquilidad interior, la satisfacción de estar viviendo congruentemente, la felicidad de unir el latido de nuestro corazón al de Cristo.
Aunque al principio dudemos, puedo afirmar con toda certeza que a la larga se gana el respeto aún de aquellos que no te entienden o aceptan. Eso es más que suficiente.
Después de un año de distanciamiento, logré que mi madre me aceptara.
Después de siete años conseguí  su respeto. Ahora nuestra relación es mucho más cercana que antes.
¿Qué pasó después de la ceremonia, el bautizo, la Confirmación y el Matrimonio?
¿Todo cambió y se volvió color de rosa? Para nada. La vida siguió su curso normal. Mi vida siguió violenta y traviesa, no por haberme convertido mi hijo se curó, ni los sufrimientos cotidianos desaparecieron.
Los primeros años fueron muy difíciles. No es fácil luchar contra las estructuras sobre las cuales se habían edificado más creencias anteriores, pero, ¿acaso no es el cristianismo eso, aunque se haya nacido católico, una lucha constante, acción militante  contra todo lo que pueda distorsionar nuestra fe?
La paranoia y agresividad vivida en el pasado surgía con frecuencia sin siquiera darme cuenta, es decir, veía “moros con tranchetes” en todas partes, y sólo reaccionaba, no daba respuesta, que es muy distinto. Entonces me propuse conocer a fondo la nueva religión que había abrazado, sólo así podría destruir las estructuras pasadas y edificar nuevas con un material de verdadera calidad. 
En mi interior, en mi corazón se obró la gracia de creer en el Evangelio, lo cual, cambia la visión del sufrimiento y le da sentido tanto a lo bueno como a lo malo, en los padecimientos de salud y hasta en las decepciones de nuestros afectos.
A través del conocimiento puede ir recuperando la alegría perdida, ya que la certeza de poder agradar a Dios constituye una de las fuentes principales de la alegría cristiana. 
Pero cuando conocí el sentido de la Cruz de Calvario, tembló todo mi ser, su invitación de unir mis sufrimientos a su sacrificio fue determinante.
Percibir que cuando sufro Cristo llora conmigo cambió radicalmente mi actitud.
Mi alegría es complacer a Dios y en lugar de tristeza debo tener plena confianza en Él.
No me canso de darle gracias a Dios por haberme llamado.
Por haberme dado un esposo maravilloso, que piensa, que no se asusta, que me entiende, que me apoya y que, si tengo razón, va conmigo de la mano, me acompaña en el camino que nos conduce a la realización.
Le doy gracias por habernos concedido el privilegio, después de veintiocho años de matrimonio, a pesar de los problemas y sufrimientos, de sentir que nuestras almas están unidas en el amor de Cristo para siempre.
Le doy gracias por mi hijo enfermo, pues fue él quien me obligó a desarrollar cualidades que ni siquiera me imaginé tener, que en la aridez de la desesperación me hizo acercarme a la Iglesia dónde encontré el verdadero sentido de mi vida.
Adherida a Cristo y a la Iglesia puedo decirle a los problemas: “Uno, dos, tres y el que sigue”. Pues de tu mano Señor “Frente y contra todo” ¡Nada más no me sueltes!

EL TESTIMONIO DEL PADRE DONALD CALLAWAY, TRAFICANTE DE LA MAFIA JAPONESA

El testimonio del P. Donald Callaway
Era un traficante de la mafia japonesa. Ahora es sacerdote católico.


Por: Mary Rezac | Fuente: ACI Prensa // catholicnewsagency.com 



Cuando era joven, el P. Donald Calloway perteneció a la temible mafia japonesa Yakuza, era drogadicto y estaba totalmente alejado de la fe católica. En un momento de su vida cuando solía estar constantemente drogado, leyó un libro sobre apariciones marianas que había tomado de un estante al azar y allí comenzó su conversión. Esta es su historia.
El P. Donald, al que le llamaban Donnie, fue adoptado por una familia militar y cuando tenía 10 años se mudaron de Virginia al sur de California. Pronto se sintió atraído por el estilo de vida liberal. “Para mí era un sueño, un paraíso en la tierra. Me hizo pensar que debía comenzar a divertirme y hacer cosas que me hicieran sentir bien. A los 13 años ya vivía solo por el placer. Solo me divertía”.
En un video producido por Spirit Juice Studios y los Caballeros de Colón, el sacerdote recuerda que un día su padre le dijo que la familia se mudaba a Japón y el muchacho se enfureció porque no quería dejar California.
Cuando llegó a Japón, el joven hizo amigos con costumbres similares y a través de ellos conoció a la Yakuza, la temible mafia japonesa.
“Yo era el pequeño chico caucásico al que le podían llenar la mochila con drogas y dinero para llevarlo a los diferentes casinos que había en la isla de Honshu, la isla más grande de Japón”, narró el sacerdote.


Por esta vinculación y por sus actividades delictivas, pronto se convirtió en alguien buscado por las autoridades de Japón y Estados Unidos. “Dos militares me echaron del país con las manos y pies atados. Después fui liberado bajo la custodia de mi padre”, contó.
Donnie fue enviado a un centro de rehabilitación, donde estuvo tres meses pero el mismo día que salió recayó en las drogas: “en ese momento de mi vida la felicidad significaba sentirme bien, tener mujeres constantemente y drogas. Vivir esas experiencias al máximo y sentirme feliz. Pero obviamente se volvía a la realidad. Entonces yo trataba de no estar sobrio. Hubo años donde yo casi nunca estuve sobrio”.
En una ocasión mientras se drogaba, la situación se descontroló y Donnie despertó en un hospital donde los médicos tuvieron que luchar por salvarle la vida. Luego de esa experiencia ocasionalmente se preguntaba por el significado de las cosas, pero siempre lo hacía en términos de vivir experiencias al límite y no en un sentido religioso.

(EL VÍDEO ESTÁ EN INGLÉS, SIN SUBTÍTULOS)
La conversión
Una noche, cuando casi tenía  21 años, Donnie estaba en su habitación. Comenzó a tener oscuros pensamientos que pasaron del pánico a la idea del suicidio. Buscó distraerse y tomó un libro al azar de la estantería de su padre. El texto era sobre las apariciones de la Virgen María.
Aunque su madre era católica, él había rechazado la religión hacía mucho tiempo. Por ello, no tenía ni la menor idea de quién era la Virgen. Y sucedió que cuando empezó a leer el libro se enganchó.
“Hablaba sobre una hermosa mujer llamada María que era la madre de Jesús. Ella bella, tan bella que su feminidad y su amor podían hacer que los niños pequeños se echaran a llorar y cayeran de rodillas. Eso me fascinó”, dijo el P. Calloway.
“Pienso que Dios utilizó la belleza de la Virgen María para llegar a mí y fue un método brillante porque funcionó. Leí todo el libro en una noche y comenzó mi enamoramiento radical por Jesucristo”, indicó.
En su libro “Sin vuelta atrás: Un testigo de la Misericordia”, el P. Calloway contó lo que sucedió a la mañana siguiente.
Fue donde su madre y le contó su experiencia antes de las 6:00 a.m. Ella comenzó a buscar desesperadamente a un sacerdote pero ninguno de los que llamaba podía atenderlo en ese momento, en el mejor de los casos le decían que podían recibirlo en 2 horas más, algo que no aceptaba porque veía la urgencia de la situación.
Cuando seguían repasando opciones, Donnie recordó que había una iglesia cercana donde podrían recibirlo. Fue al lugar, estuvo en Misa y el sacerdote le regaló una pintura donde aparecía Jesús.
“Me impresionó que (Jesús) no me estuviera mirando como si fuera a aplastarme. En la imagen Él hacía un gesto de bendición. Comencé a llorar. Me di cuenta que era amado y que era querido por Dios”, dijo.
“Todo lo que Él quería de mí no era una plegaria poética, sino humildad para ponerme de rodillas y entregarle mi vida. Y lo hice”, comentó.
Años más tarde Donnie se convirtió en sacerdote en la Congregación de Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. En muchos lugares ha podido compartir su historia de conversión.
“Suelo decirle a la gente que yo soy la prueba de que la Divina Misericordia existe. He hecho muchas cosas malas y lastimado a mucha gente, pero aún así hay misericordia para alguien como yo. Y si es verdad, y lo es, entonces en todo el mundo hay un océano de misericordia esperándonos”, expresó.
“Jesús te ama y vino por ti. Dios te ama locamente, Él quiere tu amistad, Él anhela tu corazón. Dáselo y confía en Él”.
Traducido para ACI Prensa por María Ximena Rondón.
Publicado originalmente en CNA.

YASMÍN ORÉ: DEJÓ LA FE CATÓLICA Y FUE MISIONERA MORMONA

Yasmín Oré: dejó la fe católica y fue misionera mormona
Descubrió que esa religión ni se sostenía en la Biblia ni respondía al anhelo de su corazón


Por: Pablo J. Ginés | Fuente: Religion en Libertad 



Yasmin Oré Ramírez, hoy con 31 años de edad, nació y creció en Lima, Perú, en una familia de tradición católica... hasta que una amiga le invitó a los mormones.
Recogemos su testimonio en primera persona, tal como lo contó a Religión en Libertad, porque explica cual es el proceso por el que se entra en este grupo, cómo captan nuevos miembros, cómo les entrenan y los envían a calles y casas.
»Mi familia era católica, aunque mis padres no estaban entonces casados por la iglesia, por unos problema de partidas de bautismo quemadas o perdidas. Dejaron el tema y se casaron por lo civil. Me dieron una educación católica: hice la secundaria en el colegio Presentación de María, de religiosas, recibí los sacramentos, la comunión y la confirmación. A los 19 años estudiaba derecho, iba a misa e incluso cantaba en el coro, pero mi formación y mi fe era muy superficial.
»Yo había oído hablar de sectas demoníacas y satanistas, y mi papá me prevenía contra los Testigos de Jehová que tocaban a menudo a la puerta. Pero nadie me había hablado de los mormones
La amiga y la acogida 
»Yo tenía una amiga en mi colegio de monjas que era mormona. Me dijo: "acompáñame un domingo a ver mi iglesia". Así que un domingo me salté la misa para ir con ella a ver su iglesia. Y me gustó. La gente era muy acogedora: todos lo eran, las señoras, las chicas de mi edad, los chicos. 


»Tenían reuniones para jóvenes en las que hablaban sobre las virtudes. A otros jóvenes quizá les parecería aburrido, pero yo era una chica con pocas amistades. No me gustaba salir de fiesta, las fiestas no me llenaban. En cambio, esta gente, que parecía tan pura, virtuosa e inocente, sí que me llenaba. 
»Hoy que soy católica y adulta sé que tenemos que enfrentar el mal que hay en el mundo y en nuestras vidas, pero entonces, con 19 años, yo no quería enfrentarme a la realidad, no quería embarrarme. Yo quería protección, un entorno seguro, un grupo acogedor y virtuoso que me protegiese. Los mormones me ofrecían eso. 
Dos chicos jóvenes hablando de Dios 
»Ellos me enviaron dos jóvenes misioneros a visitarme a mi casa y darme charlas dos días por semana. Eran dos chicos de mi edad, de 19 años, uno peruano y otro de EEUU. Yo les decía a mis padres que eran cristianos y amigos de mi amiga y que venían a hablar de Cristo y de Dios. Ellos, demasiado confiados, nos dejaban solos en el salón. 
»Yo estaba impresionada de que dos chicos de 19 años, de mi edad, me hablasen de Dios con pasión. Más aún, estaban dedicando 2 años de su vida joven sólo a eso, a hablar de Dios. Me sorprendía y admiraba: no conocía a nadie en la Iglesia católica que hiciese eso. 
Mr. Smith y el "verdadero" cristianismo 
»En las primeras charlas, te hablan del Libro de Mormón. Te dicen que la enseñanza plena cristiana se había perdido desde la muerte del apóstol Juan, y que no se ha recuperado hasta que un ángel revela al profeta Joseph Smith, hacia 1830, dónde está el Libro de Mormón con todas las enseñanzas perdidas. 
»Usan siempre las mismas citas de la Biblia para apoyar al Libro de Mormón. Los mormones enseñan, según su libro, que Jesús, al resucitar, se apareció y enseñó a los pobladores de América. Eso lo apoyan en la Biblia cuando Jesús dice: "tengo otras ovejas que no son de este redil". Para justificar que además de la Biblia esté el Libro de Mormón citan Ezequiel 37, 15-17, que habla de "un palo de Judá" y "un palo de José, o Israel", que Dios ha de unir. Ellos dicen que esos dos palos son dos libros: la Biblia y las escrituras de Mormón. Y sobre el profeta Smith citan Amós 3,7: "el Señor no hará nada sin revelar sus secretos a sus siervos los profetas".
Hacer preguntas es bueno 
»Yo en esa época escribía un diario, que aún conservo. Y apunté una idea que se me pasó por la cabeza: "si ese Libro de Mormón es otro testamento, ¿por qué no hay pruebas arqueológicas, por qué no hay papiros de él o pergaminos de él, como con la Biblia?" Ellos enseñan que el ángel se llevó el libro de láminas de oro que José Smith había leído y traducido al inglés. Pero ¿por qué Dios hizo algo tan distinto a lo que hizo con la Biblia? Me daba vergüenza preguntarles eso porque ¡ellos eran tan amables! 
»A la pregunta de por qué no tenemos los textos que el ángel reveló a José Smith, ellos responden citando a San Pablo: "la fe es certeza de lo que no vemos", y también citando su propio libro: "hay muchas cosas de Dios que no las vas a ver". 
»En realidad, como comprobé después siendo misionera mormona, a los jóvenes misioneros mormones no les enseñan muchas respuestas a las objeciones. Muy pronto responden a todo con esta frase: "Te invitamos a que ores a Dios esta noche y que Él te hable y verás que es verdad lo que enseñamos". 
»Y oré esa noche. Y no sentí nada, Dios no me dijo nada. Y lo escribí así en mi diario, sinceramente.
»Pero a ellos, sugestionada o por lo que sea, les dije: "sí, siento que es verdad". Yo quería pertenecer a ellos. Sólo me pedían ser buena, y yo quería ser buena, y pensaba que la Iglesia verdadera sería simplemente la obediente a las cosas buenas, virtuosas, y parecían ser ellos. 
»Era 2005, se acababa de morir Juan Pablo II, salía Benedicto XVI como nuevo Papa, y algunos me decían que si era feo, que vaya aspecto, que cómo iba a seguir yo en la Iglesia Católica. 
Rebautizada mormona 
»En fin, en esa fase, después de 4 o 5 charlas, te invitan a bautizarte como mormón. Para eso, te hacen antes una entrevista previa. Has de decir que crees en el Libro de Mormón y que aceptas al profeta Joseph Smith. También te preguntan si has matado a alguien, si has abortado, si has tenido relaciones sexuales. Creo que ellos no quieren aceptar a cualquiera, a gente que ha tenido una vida muy poco virtuosa, excepto si son parientes de alguien. Pueden rechazarte. Me parece que a las personas con inclinaciones homosexuales las rechazan a todas o casi todas, por ejemplo. 
»A mí me aceptaron y organizamos mi bautismo mormón. Mi papá no vino: les dijo que éramos católicos "de la Virgen y del Señor de los Milagros". De mi familia solo vino mi mama ¡y mi madrina del bautismo católico! Hoy digo ¿qué barbaridad, no? Mi madre lloraba: "hija, pero si yo te di los sacramentos en la Iglesia católica". Y yo le respondía: "¿prefieres que me vaya de discoteca cada sábado, por ahí?" Con eso la presionaba. Ellos me veían feliz, y veían que los jóvenes mormones parecían gente buena. Era una falsa elección: o ellos, o el mundo de la noche y las discotecas. 
»En el bautismo mormón entras en una piscinita de cuerpo completo, con una túnica blanca. Tú escoges qué hombre te bautiza: yo escogí a los dos misioneros que conocía. Te echan para atrás, como hacen los baptistas y otros protestantes, y te sumergen y dicen: "en el nombre del padre, del hijo y del espiritu santo", pero, atención, porque ellos no piensan que es un único Dios; para ellos son 3 dioses distintos. A Joseph Smith se le aparecieron el Padre y el Hijo en un bosque, hay un dibujo típico que lo ilustra, como dos cuerpos distintos. Cada vez que en el Antiguo Testamento se dice que Moisés vio la cara de Yavé, o que Dios señaló con su dedo, o dio la espalda al pueblo, etc... ellos interpretan que Dios Padre tiene cuerpo, con dedos, cara, espalda, etc... 
»En cuanto empiezas a ir a los mormones te animan a pasar con ellos mucho tiempo. Te hacen estar cómodo, es como tener otra familia. Ellos no creen que Dios habita en ti y te transforma y hace santo. No, ellos creen que por sus propias fuerzas serán perfectos, que ya lo están siendo, porque cada uno va a ser un dios. Y claro, esa perfección es imposible, pero esa es la fachada que intentan dar.
»Son muy exigentes en el control de la sexualidad: cualquier encíclica católica sobre el tema es mucho más humana, más comprensiva. Ellos son más tajantes, te controlan demasiado, como un robot. A las chicas las animan a estudiar, sí, pero lo ideal que plantean es que enseguida se casen y que tengan muchos hijos. 
Muchos manuales para estudiar 
»Una vez bautizado, te dan muchos manuales para estudiar, algo que haces cada domingo en su escuela dominical. Mi experiencia, y lo vi con otra gente poco dada a los estudios, es que los primeros meses al menos hay mucho interés y se leen los libros. Ellos ofrecían también un servicio para ayudar a encontrar y ayuda a la gente.
»Enseguida te dan un "llamamiento", que es un cargo, en mi casi era una función con jóvenes. Un año después me hicieron misionera de barrio: a tus ratos libres acompañas a los misioneros en sus visitas a las personas interesadas, que en su vocabulario se llaman "investigadores". Los acompañantes sirven para hacerse amigos de los "investigadores" (es decir, las personas no mormonas), invitarles, tender lazos, etc... 
»También aprendí a rezar al estilo mormón, siguiendo un tríptico que lo explicaba. Hay que hacer una breve oración al levantarte, otra al acostarte y otra en cada comida. La estructura es siempre igual: "Padre Celestial, te damos gracias por tal cosa, te pedimos tal otra, en el nombre de Jesucristo". En las comidas, das gracias por la comida. Se dice siempre "Padre Celestial", no "Padre nuestro".
El culto mormón 
»El domingo hay una reunión de unas tres horas. La llaman "reunión sacramental". Se juntan todos los miembros de una zona. No hay un oficiante sino un par de conferenciantes o discursante, los que les toque ese día. Uno habla del ayuno, otro del diezmo (un tema muy insistente). Otro día pueden hablar del bautismo de los muertos o del "sellamiento", como llaman al matrimonio. Al final, siempre alguien "da testimonio", pero eso no consiste en contar su experiencia sino simplemente en exponer, de una forma muy repetitiva, que dé seguridad, semana tras semana, que crees en Joseph Smith, en el Libro de Mormón y en su iglesia. 
»Después me tocó ser misionera en el extranjero. Es algo que todos han de hacer: 2 años los hombres; uno y medio, las mujeres. Se realiza poco antes de acabar tus estudios. Te mirarían muy mal si no lo haces. Normalmente uno se casa después, a las chicas les animan a casarse con jóvenes que ya han misionado, porque son más maduros en la fe. 
»Los misioneros mormones son, sobre todo, esos chicos y chicas jóvenes. También hay adultos ya jubilados que van como misioneros unos años al extranjero. Y hay además matrimonios mayores, a veces pre-jubilados, que pueden ser presidentes de misión. No hay misioneros "de por vida". Tampoco hay "pastores". Lo más parecido es el "obispo", pero no se mantiene con los diezmos, sino con un oficio. Los diezmos son para mantener las "capillas" (centros locales) y el resto va todo a la central a Estados Unidos. Por eso no hay escándalos de pastores con vehículos o gustos lujosos. 
Pagar las misiones a tu hija 
»En 2006, yo llevaba ya un año y medio de miembro, y mi novio era un mormón peruano que ya había sido misionero. Quedamos en que yo haría la misión y quizá luego nos casaríamos. El me animó a ir a la misión. Es caro: parte lo pagas tú, otra parte tus padres y otra la iglesia. Yo tenía ahorrados como 500 euros, mucho para Perú, que gasté en esto. Mis padres debían comprometerse a 100 euros mensuales. Mi madre lloraba: les quitaban a la hija y además había que pagar por ello. Y había que comprar mucha ropa y materiales, gastos que impacientaban a mi mamá. "Es una vez en la vida", le decía yo. 
»Primero me mandaron a Colombia casi un mes a formarme. Era como un internado donde estábamos muchos muchachos y muchachas de Perú, Colombia, Venezuela... 
Entrenamiento del joven misionero mormón 
»Nos enseñaban cómo convencer a la gente, con unos vídeos, cómo hablar, qué hacer si te sale mal. Era muy pesado, pero yo estaba contenta. Te enseñaban las escrituras que hemos comentado y cómo responder las preguntas de los "investigadores" (la gente no mormona).
»Los mormones no quieren que les refutes mucho; el mormón da sus citas, y si le hacen preguntas dicen lo de "récelo y verá que es verdad". Ellos dicen que no tienen que perder tiempo refutando doctrinas. Apenas intentan tapar dudas con la Biblia o el Libro de mormón. Nos enseñaban a hablar sólo de Joseph Smith, de la nueva revelación completa, del Libro de Mormón.
»Nos explicaban que la enseñanza cristiana se pervirtió con Constantino en el siglo IV, que se corrompió el cristianismo. Luego aprendí que esto lo tomaron de otros protestantes. Allí nos enseñaron que Calvino y Lutero apenas "prepararon" el camino para la recuperación del cristianismo, que llega con Joseph Smith. 
La compañera inflexible 
»Llegué de misionera a Guayaquil, Ecuador, en marzo de 2007. Me pusieron una compañera chilena, de mi edad, muy reglista y exigente, que no admitía ningún decaimiento ni cansancio. Era hija de mormones, con 9 hermanos, crecida en familia mormona, no como yo. Los misioneros van en parejas, a todas horas excepto al baño. Espanta peligros, pero también "tentaciones".
»Cada día a las 6 y media de la mañana nos levantábamos a estudiar lo que hablaríamos en la calle. A las 9 y media salíamos, tratábamos a la gente, de pie, caminando, con el calor de Guayaquil. Un descanso para almorzar, y seguir hasta la noche. De noche nos arrodillábamos y rezábamos pidiendo más "investigadores". Si nos peleábamos entre nosotras, ese era un momento para pedirnos perdón. Aunque los lunes era día de descanso y otros misioneros hacían turismo, ella me ponía a estudiar.
»Y así, siendo misionera en Guayaquil, se quebró mi confianza en la fe mormona. 
La anciana católica resistente
»La primera "caída" fue por una señora de unos 75 años, que era muy católica, aunque uno de sus hijos era evangélico y el otro era obispo mormón. Este obispo nos insistía ymi compañera se había encaprichado con conquistarla, y le llevaba postres y la visitábamos mucho.
»Cuando un católico se pone muy firme, nos habían enseñado en que hay que insistir en que la Iglesia católica ya no era de Cristo, que no lo era desde Constantino, que todo era malo desde entonces: las imágenes, la Virgen, el bautismo de niños, etc...
»Y mi compañera insistía tanto que yo recordé mi propio pasado católico y me emocioné. Y se lo dije a ella, a la compañera chilena, llorando: “si convenzo a esta señora siento que estoy traicionando algo mío”, dije. Mi compañera quedó de piedra. “Es normal, hace poco que eres miembro, eres de familia católica, yo hablaré con la señora”, respondió ella. No sirvió de nada: la señora llegó a la entrevista bautismal por insistencia de su hijo y sin convencimiento, pero como dijo que no pensaba ni dejar de fumar (algo importante), la rechazaron. Y la dejamos. 
Evangélicos y testigos, ¡mucha Biblia! 
»El caso es que descubrí que casi no teníamos argumentos ni respuestas. Los Testigos de Jehová nos ponían cabeza abajo, no aceptaban ni a Joseph Smith ni su libro y no estábamos preparadas para refutarles nada. Y también los evangélicos nos refutaban y yo pensaba: ¿somos misioneras, entrenadas, pero no sabemos responder cosas supuestamente básicas de la Biblia? Y empecé a dudar. Esa era mi segunda "caída", ver que no teníamos respuestas. Y lloré otra vez: “estoy dudando de la fe”. 
»La misión, que debía reforzar mi fe mormona, la estaba destruyendo. Y me preguntaba: "¿estaré haciendo bien al querer cambiarles su fe?, ¿tengo derecho a cambiar su vida? ¡Si hasta yo dudo!"
»Yo ya me había empezado a fijar en cosas: que los mormones casi no usan la Biblia, que habían tenido poligamia en un pasado reciente, que había doctrinas ocultas. Y yo me di cuenta que me gustaban y me emocionaban las campanas en las iglesias católicas, y ver la gente que salía en procesión, devota del Divino Niño. Y la Virgen. Me preguntaba: "¡cómo voy a decir que esto es malo y pagano!"
»Y en un encuentro con el obispo mormón le dije: “siento que miento cuando hablo” y dije que quería dejar la misión. Pedí a mi compañera: "Dile al presidente de la misión que me vuelvo a mi país, que me siento un robot". 
Defendiendo al Papa 
»El presidente de la misión intentó disuadirme para que no marchase. Pero yo no le dije simplemente "añoro a mi familia" o "estoy cansada". Yo defendí la Iglesia católica. Le dije que ya no quería hablar mal de la Iglesia católica, que yo pensaba bien del Papa, y que en la Iglesia católica hay santos y gente buena. Y eso le enfadó.
»Él me insistió, que la Iglesia y el Papa son la Ramera de las escrituras, que mis sentimientos venían del demonio, que si volvía al catolicismo mi vida sería un desastre en todos los sentidos. Durante una semana cada noche mi compañera me intentaba convencer; le daban instrucciones de cómo convencerme. Y le dije: “sal de mi cuarto que me confundes”. Y esos días, después de varios años, empecé a rezar a la Virgen, a pedirle que me protegiera, porque mi compañera se ponía muy sectaria y tenía miedo de que llegara a pegarme. Me dije: "en cuanto llegue a Perú con mi familia lo del mormonismo se va a acabar". Ya sabía que no podría encajar.
De vuelta a casa: un año de insistencia 
Al final me pagaron el vuelo a Perú. Y fui a mi casa. Allí los mormones me enviaron a mi novio, a los amigos, a mi mejor amigo. Yo dudaba. ¿Volver? Pero ahora ellos me daban miedo, no seguridad. Ya mi hermano me había dicho: es una secta. Insistieron casi un año. Pero yo ni les recibía, ni a mi antiguo novio: no quería recaer por amistad. Mis papás me dijeron: corta con todos ellos. Mis padres cobraron la fuerza que antes no habían tenido.
»Estuve un buen tiempo aislada en mi casa, sólo con Internet, leyendo de gente que salía de sectas. Hablé con el párroco de mamá, pero sólo me dijo: “bienvenida, no te sientas mal”. No me dio más formación. Yo necesitaba una atención especial, acababa de salir de un grupo muy cerrado e intenso. 
»Mis padres se estaban convirtiendo, avivando su fe católica en las catequesis del Camino Neocatecumenal, pero tampoco ellos me daban respuestas. Yo creía que la Iglesia católica era verdadera, y que la evangélica también lo era, porque leía muchos testimonios de ex-mormones en Internet que eran evangélicos. No había ningún “carisma” católico que me limpiase de mi experiencia mormona. Pero los pastores evangélicos tampoco me inspiraban confianza.
Los que sabían de sectas »Y un día mi madre me dio un folleto sobre sectas de los Apóstoles de la Palabra (www.apostolesdelapalabra.org), un apostolado católico muy basado en la apologética, en la defensa de la fe. Busqué su dirección. “Viven aquí en la esquina”, me dijeron. Llegué en bici, y allí estaban las Hermanas de los Apóstoles. Mi historia les asombró. "Nunca nos había llegado alguien con esta necesidad. Ven con nosotras los sábados”, me invitaron. Y fui a sus charlas: entendí la enseñanza católica sobre las imágenes, Dios, la naturaleza de Cristo, me dieron libros, todo bien explicado. Y ahora, cuando venían los mormones, ya no los rehuía: los enfrentaba, les sacaba la Biblia, les refutaba
María y una vida nueva 
»Hoy, mirando al pasado, creo que lo que mas me ayudó fue la presencia de la Virgen María, que he reconocido después. Al volver al catolicismo, vi películas sobre ella, le recé… María, creo, es lo que más me ha alegrado recuperar, y ella me ha atraído a través de sus imágenes.
Publiqué mi testimonio en algunas webs católicas, y conocí por Internet a quien hoy es mi esposo. Él también había estado cerca de los mormones por un amigo suyo y a mí me ayudó con argumentos y amistad. Él es español, de León. Después de tres años de novios "cibernéticos" nos casamos en Lima y ahora vivimos en Madrid. Somos catequistas de niños de Primera Comunión en la parroquia de San Romualdo. Y les damos pequeñas enseñanzas de una fe razonable, para defender la fe de la Iglesia de todo tipo de ataques.
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