lunes, 24 de octubre de 2016

SANTIFICAR EL TRABAJO Y SANTIFICAR EL MUNDO DESDE DENTRO

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»
La propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad


Por: Redacción Opus Dei | Fuente: www.opusdei.es 



Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.
No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos −porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita−, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].
No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra:cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].
Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.
Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la Santa Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinaria las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9].


Cristianizar la sociedad

Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que −como enseña el Catecismo de la Iglesia− hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].
El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado −por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral−, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticiaEsta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].
Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.
Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano, gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.
Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluye. Son también, y antes −en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal−, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.
Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]. La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].
Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho más: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].

Por medio del trabajo

De que tú y yo nos portemos como Dios quiere −no lo olvides− dependen muchas cosas grandes[21]. Si queremos cristianizar la sociedad, lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene −no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado− de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].
Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].
Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.
Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].
Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud −escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo−, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.
Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28].
 
[1] Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Ecclesia in Europa, 28-VI-2003, c. I.
[2] San Josemaría, Carta 30-IV-1946, n. 19, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 420.
[3] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.
[4] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 17, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010.
[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 31.
[6] San Josemaría, Conversaciones, n. 112.
[7] San Josemaría, Forja, n. 439.
[8] Jn 12, 32.
[9] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 27-X-1963, en E. Burkhart, J. López,Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, pp. 426-427.
[10] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 353, 1929, 1930.
[11] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 24.
[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1869.
[13] San Josemaría, Surco, n. 302.
[14] Cfr. Conc. vaticano II, Decr. Dignitatis humanae, nn. 1, 2 y 7.
[15] San Josemaría, Forja, n. 718.
[16] Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.
[17] San Josemaría, Carta 9-I-1959, n. 22, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 418.
[18] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.
[19] Cfr. 2 Cor 2, 15.
[20] Pablo VI, Exhort. apost. Evangelii nuntiandi, 8-XII-1975, n. 18.
[21] San Josemaría, Camino, n. 755.
[22] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 183.
[23] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 1-V-1991, n. 38.
[24] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 125.
[25] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 14, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 425.
[26] Conversaciones, n. 10.
[27] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 15, en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, III, Rialp, Madrid 2013, p. 574.
[28] San Josemaría, Carta 15-X-1948, n. 41 en E. Burkhart, J. López, Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de San Josemaría, I, Rialp, Madrid 2010, p. 428. Cfr Forja, n. 678.

CÓMO SANAR LAS HERIDAS DE CRISTO EN LA ORACIÓN?

¿Cómo sanar las heridas de Cristo en la oración? 
Oración

Aquí estoy, déjame sanar tu corazón Jesús.


Por: P. Guillermo Serra, LC | Fuente: La-oracion.com 



La oración es acompañar a un Dios que se hace vulnerable y que toma sobre sí mi pecado. Es mirar cómo me ama, cómo sufre, cómo es herido y cómo en silencio sube hasta la cruz por mí. Es hacer silencio para escuchar ese corazón herido, entrar en Él y para nunca más volver a salir. Es seguir viendo el rostro de Dios en un Cristo que se deja deformar por el odio cruel, y así formar en mí el cielo de laredención.

Contemplar las heridas de Cristo y mi respuesta
Aquella primera herida de tu Corazón en Getsemaní: aquella soledad que te llenó de pavor y llevó tu alma hasta una tristeza de muerte. Tus amigos te traicionaban, te entregaban y te dejaban solo: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42).
No te abandonaré, te haré compañía, secaré tus lágrimas, consolaré tu corazón con mifidelidad y mi presencia. Escucharé tu diálogo al Padre y lo haré mío. Abrazaré mi cáliz cada día, aprenderé de Ti y buscaré sólo consolar tu corazón. Mi beso no será como el de Judas, sino el del amigo fiel que se hace presente.


Aquí estoy, déjame sanar tu corazón Jesús.

¿Cómo quito de tu rostro los salivazos, de tu espalda las llagas y la sangre que corre tras los terribles latigazos?

Me presentaré ante Ti cada día, limpiaré tu rostro con mi amor delicado, constante, sencillo y tierno. Cubriré tu espalda del bálsamo de mi feesperanza y caridad.
Aquí estoy, déjame sanar tus llagas.

¿Cómo te quito la corona de espinas que penetró tu cabeza sagrada?

Miraré tu santa frente, las espinas crueles clavadas en ti. Pensaré en mis pecados y seré fiel para que nunca más se claven en tu santa cabeza. Quitaré tu corona alejando de mí las envidias, malos pensamientos, orgullo, odio, rencor.
Aquí estoy, déjame sanar tu santa cabeza.

¿Cómo alivio las heridas de tus manos traspasadas por los clavos, de tus pies fijados al madero?

Pondré mis manos en las tuyas, mis dedos entre los tuyos y no me separaré de tu divina voluntad. Entrelazaré mis dedos entre los tuyos para que dirijas mi vida y no se separe de Ti. Fijaré mis pies junto a los tuyos, dejaré libertades para fijarlos en Ti. Caminaré por donde Tú camines, subiré tus montañas, viajaré tus mares, junto a Ti.
Aquí estoy, déjame aliviar las heridas de tus pies y manos.

¿Cómo consuelo la herida del costado abierto por la lanza?

Consolaré su costado escondiéndome en él para siempre. Haré silencio en mi corazón para escuchar sólo sus latidos, así mi corazón latirá al unísono. Seremos un corazón, un mismo sentir, un mismo querer.
Dejaré que mi corazón también quede abierto, para que Él pueda entrar. Su Eucaristíaserá mi consuelo, el signo de nuestro amor sellado hoy en la cruz.
Llevaré almas a su corazón y su corazón a las almas. Hablaré sólo de amor y por el amor. Experimentaré su infinita misericordia y abriré siempre mi miseria a su infinito amor. Le pediré perdón y escucharé su perdón. Dejaré que Él me robe mi corazón y también robaré el suyo como el buen ladrón.
Aquí estoy, déjame habitar siempre en tu corazón.

Para la oración

  1. Seguir repasando la Pasión, cada detalle de amor de Cristo y convertirlo en un diálogo y en un compromiso.
  2. Contemplar sus heridas y mis heridas. Decirle: "todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío" (Jn 17,10).
  3. Diálogo: "Perdóname Señor por tantas heridas. Déjame curarlas con mi fidelidad, mi ternura, mi delicadeza en el amor. Aquí estoy, yo te he herido y yo quiero sanar tus heridas".

POR QUÉ AUMENTA EL SATANISMO?

¿Por qué aumenta el satanismo?
Aumenta porque se reza poco y porque muchos sacerdotes no creen en el demonio


Por: n/a | Fuente: Religion en Libertad 



"El satanismo está aumentando. ¿La razón? Hemos abandonado la fe, porque se reza poco y a veces mal”. Lo dice en esta entrevista con el diario La Fede Quotidiana el exorcista Ermes Macchioni, de la diócesis de Reggio Emilia, en Italia, quien da la voz de alarma y quien hace una llamada a estar vigilantes. El periodista Bruno Volpe también ha entrevistado a otro exorcista, Elio Nicli, el cual denuncia que gran parte del clero no cree en el demonio.
 
- Don Ermes, el cardenal Burke convocó a una oración penitencial ante una manifestación satanista en los EE.UU. ¿Podemos hablar de un aumento del satanismo?
El satanismo, con las malas consecuencias que esto conlleva, en realidad está en aumento, lo cual debería conducir a un examen de conciencia.
 
- Pero, ¿por qué?
Cada vez más, parece que hemos perdido la fe. La sociedad vive ahora de forma pagana y podemos decir que hay un esfuerzo continuo y extendido por eliminar a Dios de la vida pública y sustituirlo por el "yo". El hombre de hoy se siente autorreferencial y piensa que no necesita a Dios. Todo esto conduce a formas de idolatría como el dinero, el éxito, el poder cueste lo que cueste, el sexo desenfrenado y en contra del proyecto de Dios, la pornografía… En otras palabras se ora poco y mal.
 
- ¿Por qué poco y mal?
Muchas personas que se consideran cristianas no rezan, y la oración es la medicina fundamental del alma en contra de Satanás. Pienso en la recitación del Rosario, que es un arma poderosa y beneficiosa. En cuanto al hecho de orar mal, observo que se reza con adaptaciones personales a la oración, cada uno agrega, quita y pone cosas sin tener debidamente en cuenta la rica la enseñanza de la Iglesia y su tradición.
 
- Un obispo polaco, monseñor Pieronek, sostiene que si el Islam se extiende en Europa es porque el continente vive una fe, por decirlo de una manera, menos cálida…
Tiene toda la razón. Hoy en día, la fe cristiana en muchos lugares es tibia. El mayor problema es el secularismo galopante asociado con el relativismo ético y cultural. Todo esto, los musulmanes han entendido bien.
 
- Por cierto, ¿podemos definir el ISIS satánico?
Todo lo que va en contra del plan de Dios viene del diablo, y él lo inspira. ISIS mata en nombre de un dios, esto es una locura y va en contra del verdadero Dios. Usted sabe que todo lo que va en contra de Dios viene de Satanás.
 
- ¿Y la Virgen María?
La Santísima Virgen es un elemento disuasorio formidable contra las asechanzas del diablo. El Rosario lo pone en fuga a la hora de meditarlo y rezarlo. Todos los cristianos debemos hacer un mayor uso de esta bella oración.
 
- ¿Cuáles son los santos... más temidos por Satanás?
Además de la Virgen, el Padre Pío y san Gema Galgani, además de san Benito.
 
El demonio se esconde y no se revela
Bruno Volpe sigue haciéndose eco de lo que explican los exorcistas: "El mal, el diablo, el maligno, no han desaparecido; siempre han existido y hoy en día, sin dogmas, con los ateos, con cada vez menos fe, Satanás está cada vez más presente y fuerte. Su secreto, ¿lo sabe usted?: fingir que no existe. Se esconde, no se revela. Así que nadie cree que existe. Pero él trabaja y actúa cada vez en más personas, para llevarse sus almas, para que no vayan al cielo", explica el exorcista Elio Nicli.
 
Nicli es un sacerdote octogenario que ha visto mucho y de todo durante los 20 años que ha realizado exorcismos en la capilla del hospital de Tolmezzo, en Udine, Italia. También explica que a lo largo de estos años, "los casos de posesión real que he conocido no han sido más de una docena. Muchos más numerosos han sido los casos de infestación, es decir, el primer paso del diablo, cuando llega con ruidos extraños en la casa, con un olor extraño; cuando oímos que alguien entra en nuestra casa y no hay nadie”.
 
La siguiente etapa en la conquista del alma por parte del demonio, explica el sacerdote italiano, “es la obsesión: pensamientos obsesivos, como un sentimiento de persecución, o como el miedo que nunca te deja de una traición del marido o esposa...”.
 
“Luego –explica Nicli- está otro tipo de acoso del diablo: el dolor físico, cuando el cuerpo sufre. Y, entonces, el último paso, que es la posesión verdadera y propia, cuando el demonio se posesiona literalmente de una persona que luego puede llegar a tener una fuerza sobrehumana o hablar más idiomas, nunca idiomas conocidos, sino idiomas que nunca se han escuchado, idiomas antiguos”. Esta es la etapa más compleja a tratar según señala el exorcista, pero se puede tratar “con mucha fe, con una buena preparación y con la ayuda y la voluntad del Señor”.
 
"La mayoría de los sacerdotes ya no cree que el diablo"
El exorcista reiteró que "existe el diablo: así como existe el Bien. Solo que la mayoría de los sacerdotes de la Iglesia Católica ya no cree en el demonio. Ya no se bendicen las casas, no oramos, las imágenes sagradas han desaparecido de nuestros hogares. Parece cosa pasada de moda, una locura. Pero no lo es. Hemos caído en el engaño del diablo, que actualmente se encuentra fuera de control, cada vez más en esta sociedad sin valores, sin creencias, sin referencias".
 
Por último, el padre Nicli da un consejo a los jóvenes a través de la periodista: "Manténgase alejado de las sectas. Seguí a una chica de Pordenone que estaba dentro de estos círculos maléficos, que existen y que son potentísimos. ¡Ay! Cuánto ha pasado. Lo sé, pero al final lo ha conseguido y ha podido salir".
Artículo publicado originalmente en Religión en Libertad

SENTIDO DEL PECADO Y REMORDIMIENTO

Sentido del pecado y remordimiento
Es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios. 


Por: P. Dr. Miguel Ángel Fuentes | Fuente: I.V.E. 




«Al dirigir nuestra mirada ahora al mundo contemporáneo, debemos constatar que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente... Es preciso hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado, que pone al hombre contra su Creador...

A mediados del siglo pasado, Manzoni nos dejó una fina descripción psicológica del problema del pecado en su caracterización del Ignominato, el "Caballero sin Nombre" de I promessi sposi, esa hermosa novela en que el gran autor italiano recrea una vieja historia del siglo XVI: "Hacía ya algún tiempo que sus fechorías le causaban, si no remordimientos, al menos cierta desazón importuna. Las muchas que conservaba aglomeradas en su memoria, más bien que en su conciencia, se le presentaban vivamente al cometer una nueva maldad, pareciéndole harto incómodo su recuerdo, y abrumándolo su excesivo número, como si cada una agravase sobre su corazón el peso de las anteriores.

Empezaba ya a sentir otra vez aquella repugnancia que experimentó al cometer los primeros delitos, y que vencida después, había dejado de importunarlo por espacio de muchos años. Pero si en los primeros tiempos la idea de un porvenir indefinido y de una vida larga y vigorosa llenaban su ánimo de una confianza irreflexiva, ahora por el contrario, la consideración de lo futuro era la que le presentaba más desagradable lo pasado. ¡Envejecer!... ¡Morir!... ¿Y luego? ¡Cosa admirable! La imagen de la muerte, que en un peligro inmediato, delante de un enemigo, aumentaba el ánimo de aquel hombre, añadiendo el valor a la ira, la misma imagen ofreciéndosele durante el silencio de la noche, en la seguridad de su castillo, le causaba una extraordinaria consternación, porque no era un riesgo que provenía de otro hombre también mortal, ni una muerte que pudiera repelerse con mejores armas y brazos más vigorosos, sino que venía por sí sola, estaba dentro de sí mismo, y aun cuando tal vez se hallase lejana, se acercaba por momentos paso a paso: y cuanto más se esforzaba la imaginación por alejarla, se aproximaba más y más cada día. En los primeros años, los ejemplares sobrado frecuentes, y el espectáculo incesante, digámoslo así, de violencias, venganzas y asesinatos, inspirándole una atroz emulación, le servían al mismo tiempo de disculpa, y aun de autoridad para adormecer los clamores de su conciencia; pero ahora se despertaba en él de cuando en cuando la idea confusa, aunque terrible, de un juicio individual y de una razón independiente del ejemplo.

Por otra parte, el haberse distinguido de la turba de los malhechores, siendo solo en su especie, excitaba en su espíritu la idea de un espantoso aislamiento.

Representábase también la idea de Dios, aquel Dios de quien desde tiempo muy antiguo no pensaba ni en negar ni en reconocer, ocupado únicamente en vivir como si no existiera. Y ahora en ciertas ocasiones de abatimiento, sin causa de terror conocido, sin fundamento, le parecía que en su interior le gritaba: Yo existo.

En el fervor juvenil de sus pasiones, la ley que había oído anunciar a nombre de ese mismo Dios, la hubiera juzgado aborrecible; pero ahora, cuando la memoria se la recordaba, su razón la admitía, a pesar suyo, como cosa practicable y aun obligatoria. Sin embargo, lejos de traslucir ni en obras ni en palabras algo de esta nueva inquietud,la ocultaba cuidadosamente, y disfrazándola con las apariencias de una más intensa y profunda ferocidad, trataba por este medio de ocultársela a sí mismo o de disiparla.Envidiando (ya que no le era dado aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin remordimientos, y sin más cuidado que el de su feliz éxito, hacía los mayores esfuerzos a fin de que volviesen, y de robustecer de nuevo aquella antigua voluntad resuelta, orgullosa, imperturbable, persuadiéndose a sí mismo que era todavía el hombre de entonces" .

Encontramos en este relato lo que llamamos sentido del pecado, conciencia obtusa, remordimiento de las faltas pasadas, angustia moral, etc. Quiero considerar algunos aspectos de estos temas.

El sentido del pecado es el juicio de la conciencia por el cual juzgamos como ofensa a Dios los actos que se oponen a la ley moral; el sentimiento de culpabilidad es el pesar por ser los autores de tal transgresión; se presenta a menudo como remordimiento de conciencia.

La conciencia es un juicio de la razón por el que aplicamos nuestro conocimiento moral a los actos particulares; nos acompaña a lo largo de todo nuestro obrar propiamente humano. Ordinariamente actúa antes de que obremos (conciencia "antecedente") mostrándonos la bondad o malicia de los actos que se nos presentan como posibles de realizar (es decir, la moralidad de nuestros planes, proyectos, tentaciones, deseos) y consecuentemente juzga que debemos realizar tal o cual porque es obligatorio para nosotros, o que debemos abstenernos de tal otro porque pesa una prohibición sobre él, etc. Luego sigue actuando mientras obramos (conciencia "concomitante"); aquí actúa como testigo de nuestro buen o mal proceder según que estemos actuando a favor o en contra de nuestros juicios de conciencia.
Finalmente la conciencia sigue actuando después de realizados los actos (conciencia "consiguiente") tranquilizándonos y aprobándonos si hemos obrado bien; reprendiéndonos si hemos actuado mal.


1. El sentido del pecado

El "sentido del pecado" es la sensibilidad ante el pecado, es decir, la adecuada y delicada percepción del pecado y se sitúa en los tres momentos de la conciencia. El sentimiento de culpabilidad se sitúa en la conciencia concomitante (cuando la conciencia nos reprocha lo que estamos realizando) y sobre todo en la conciencia consiguiente (como tormento por el mal que hemos cometido); en menor grado se verifica en la conciencia antecedente, mientras estamos analizando la posibilidad de realizar acciones que nuestra conciencia nos reprocha.

Tanto el sentido del pecado como el sentido de la culpabilidad admiten diversos grados, según el tipo de conciencia:

1º Hay personas que tienen una percepción clara del pecado, de su gravedad, de sus consecuencias; y, consecuentemente, tienen un sentimiento normal, realista, de su responsabilidad y culpabilidad.

2º Otros parecen ciegos ante la realidad del pecado; consecuentemente parecen insensibles ante sus faltas y crímenes. Se habla generalmente de conciencia "cauterizada", y suele darse en quienes se han habituado y se aferran pertinazmente a sus pecados.

3º Algunos, por el contrario, sufren con una conciencia escrupulosa y angustiada, tal vez por faltas que no existen o al menos por pecados que no tienen la gravedad que ellos les asignan.

4º Finalmente, otros tienen lo que se llama una conciencia "farisaica", que se turba ante actos objetivamente insignificantes, pero se hacen los ciegos ante sus propios grandes crímenes. Así los fariseos del Evangelio que se escandalizaron porque Jesucristo transgredía el descanso sabático para curar enfermos, pero fueron insensibles al juicio inicuo y cargado de injusticias al que ellos mismos sometieron al Señor.

En la génesis de las diversas modalidades de conciencia y de sentido de culpabilidad, juegan como importantes factores (aunque no sean totalmente condicionantes) la civilización en que se vive, la educación recibida, la religión que se profesa, los hábitos buenos o malos contraídos voluntariamente.

El sentido del pecado manifiesta en cierta medida nuestro "sentido de la realidad", porque expresa que vemos las cosas tal como son, y en este caso, los actos deformes como deformes. Guarda cierta analogía con el sentido del humor; nos causa hilaridad lo que resulta extravagante o fuera de lugar, lo ridículo; esto supone que tenemos ciertos parámetros de la realidad, comparados con los cuales tal o cual cosa resulta desproporcionada; una nariz demasiado grande o demasiado chica nos causa gracia, porque al mirar el tamaño de una cara, espontáneamente nos damos cuenta de las dimensiones que tendría que tener una nariz para que resulte armónica en ella. Análogamente, el sentido del pecado se da en quien es capaz de percibir que una acción desfigura la norma moral (no ya estética, como en el caso del humor) a cuya medida debería corresponder. Así, cuando una persona normal percibe la "injusticia" con la que está tratando a un inocente al que le castiga sin que haya cometido delito alguno, percibe antes cómo y cuál debería ser el acto con que debería realmente tratarlo.

Se dice, incluso, que esta conciencia moral tiene una base fisiológica (hablan por eso de "conciencia biológica"). Según esto, nuestro cuerpo responde con cierto "bienestar" cuando es usado según sus fines propios, mientras que produce una depresión incluso biológica cuando es usado contra su propia naturaleza; por ejemplo, cuando se practica la anticoncepción, o en los intentos de suicidio, y especialmente en el aborto.

Ahora bien, como la conciencia moral se limita a manifestar una norma moral que es superior a ella (por lo que se trata de algo subordinado y relativo) resulta ser el portavoz de esa norma (la ley natural y la ley positiva conocida por nosotros) y de su autor. Como el autor de la ley natural y de la ley divina positiva es Dios, la conciencia es la voz de Dios: "La conciencia, dice el Concilio Vaticano II, es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella". John Henry Newman, escribía al Duque de Norfolk en una célebre carta: "La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo".

Sin embargo, lo que caracteriza al hombre moderno es la pérdida del sentido del pecado, como decía el Papa Pío XII: "El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado". Juan Pablo II ha escrito en la Exhortación Reconciliatio et poenitentia que el hombre contemporáneo vive "bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación de la conciencia, de un entorpecimiento o de una anestesia de la conciencia". ¿Cuál es la causa? Esta hay que buscarla en la pérdida del sentido de Dios,es decir, "la progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios". Perdido el sentido de Dios, la sensibilidad ante la ofensa de Dios se amortigua y pierde –valga la redundancia del término– "sentido". Las responsabilidades de este oscurecimiento pesan tanto sobre las ideologías reinantes en el mundo intelectual de los últimos siglos (psicologismo, sociologismo, historicismo ético, antropologismo cultural, etc.) cuanto a verdaderas desviaciones dentro del campo eclesial como ha sido, dice el Papa Juan Pablo II, el combatir la exageración de ver pecado en todo con la exageración de no verlo en ninguna parte, el predicar un amor de Dios incompatible con el castigo por el pecado, el hablar de un respeto por la conciencia que suprimiría el deber de decir la verdad, el ofuscar el sentido y el valor del sacramento de la confesión o darle sólo un significado comunitario, el negar que cada uno pueda conocer en el fondo su realidad pecadora, como afirma, por ejemplo, Rahner: "Jamás sabemos con última seguridad si somos realmente pecadores".

Hay que ver en todo esto una auténtica cadena que amenaza con atenazar al hombre: la violación sistemática de la ley moral amortigua la percepción de Dios (autor de la ley moral); la disminución del sentido de Dios apaga el sentido del pecado y por causa de esto las violaciones se hacen cada vez más crueles e insensibles. "Cuando se pierde el sentido de Dios, dice el Papa, también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado... La criatura sin el Creador desaparece... Más aún, por el olvido de Dios la propia criatura queda oscurecida". Y más adelante: "Una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado... En realidad, viviendo ‘como si Dios no existiera’, el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser".

Explica el Papa: "El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo... La sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza... La procreación se convierte en el enemigo a evitar en la práctica de la sexualidad... Las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias negativas son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano... Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil". Por eso el Papa ha advertido seriamente contra esta tendencia: "El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre".

Esta pérdida del sentido del pecado engendra lo que hoy se denomina "cultura de la muerte". "Lamentablemente, dice el Papa con palabras duras, una gran parte de la sociedad actual se asemeja a la que Pablo describe en la carta a los Romanos; está formada de hombres que aprisionan la verdad en la injusticia (Ro 1,18): habiendo renegado de Dios y creyendo poder construir la ciudad terrena sin necesidad de Él, se ofuscaron en sus razonamientos de modo que su insensato corazón se entenebreció(1,21); jactándose de sabios se volvieron estúpidos (1,22), se hicieron autores de obras dignas de muerte y no solamente las practican sino que aprueban a los que las cometen (1,32). Cuando la conciencia, este luminoso ojo del alma (cf. Mt 6,22-23), llama al mal bien y al bien mal (Is 5,20), camina ya hacia su degradación más inquietante y hacia la más tenebrosa ceguera moral".

En otro documento ha escrito: "La pérdida del sentido del pecado es una forma o fruto de la negación de Dios: no sólo de la atea, sino además de la secularista... Pecar no es solamente negar a Dios; pecar es también vivir como si Él no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria".

Sin embargo, "no se puede eliminar complemente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, [así] tampoco se borra jamás completamente el sentido del pecado". Si no se puede borrar totalmente el sentido de Dios, entonces éste se hace presente de otra manera: el hombre puede sentirse huérfano de un Dios que no percibe por sus pecados; o bien mirará a Dios como el enemigo de su conciencia pecadora, es decir, pasa a tener un "sentido amenazador" de la Justicia divina.


2. El sentimiento de culpabilidad y el remordimiento de la conciencia

El sentimiento de culpabilidad consiste en la conciencia de que ha sido quebrado el orden moral y de que nosotros somos los responsables de tal quebrantamiento; el remordimiento es el pesar y la angustia que acompañan ordinariamente tal conciencia y recuerdo. A él se refiere el torturado Macbeth de Shakespeare, cuando dice que "nuestros actos son lecciones sanguinarias que, una vez aprendidas, vuelven a atormentar a quien las ha inventado. Y una justicia imperturbable acerca a nuestros labios, una vez y otra, la mezcla emponzoñada de nuestro propio cáliz". Puede presentarse como dolor, como intranquilidad o como angustia por lo sucedido; no tanto por las consecuencias que pueden seguirse sino por el hecho mismo de cuanto ha sucedido y que no debía suceder y no hubiera sucedido a no ser porque con nuestros actos libres lo hemos realizado. El remordimiento o sentimiento de culpabilidad es una realidad a la que toda persona se enfrenta. El signo más claro de esta verdad es el hecho de que han tenido que buscarle una explicación incluso quienes no creen en el pecado, ni en la validez de las normas morales, ni en Dios; como Freud, Marx, todas las escuelas filosóficas y psicoanalistas ateas, etc.

Si hemos dicho antes que la conciencia es la voz de Dios, entonces debemos añadir que también el remordimiento es, de algún modo, un llamamiento de Dios al pecador, una gracia iluminativa; cuya privación en las conciencias, que se llaman cauterizadas (las que dicen no sentir remordimiento) es ya un temible castigo. "En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal –enseñaba San Ignacio en el Libro de sus Ejercicios– ... el buen espíritu usa... punzándoles y remordiéndoles las conciencias por la sindéresis de la razón". Este llamamiento de Dios tiene algo de trágico pero también mucho de misericordioso, como se manifiesta en algunos episodios bíblicos. Caín después de matar a Abel exclama: Grande e insoportable es mi pecado (Gn 4,3-16); Judas grita su pecado diciendo: Pequé entregando sangre inocente (Mt 27,3-10). "No hay cosa que más apesgue [agobie] el alma –predica San Juan de Ávila– que tener un pecado en el ánima, agravada la conciencia con remordimiento, y con sentimiento, que te digas tú a ti mismo, viéndote perdido por el pecado: ¡Oh pecador! Malo vas, infierno tienes, perdido te has; justicia tiene Dios, que te condenará por lo que has hecho contra Él. ¿Cómo te puedes sufrir a ti mismo? ¿Cómo cabes en ti? ¿Cómo no revientas?".

Sin embargo, no en todos los que son agitados por el remordimiento éste se desarrolla de la misma manera. En algunos es el primer paso para el arrepentimiento que concluye en la conversión. Tal es el remordimiento fructuoso que Jesús nos describe en la parábola del "hijo pródigo" (Lc 15,11-32). Para otros es motivo de desesperación que puede terminar incluso en el suicidio; ya señalaba Newman: "El remordimiento no es arrepentimiento". El remordimiento no acompañado de la humildad afirma la voluntad del pecador en el orgullo del pecado, por lo que resulta estéril, más aún, agrava la situación. Pero en quien reconoce humildemente su propia responsabilidad, el remordimiento es el primer paso para la contrición.

El sentimiento de culpabilidad puede ser, pues, proporcionado al acto del pecado (sentimiento "justo") o desproporcionado al acto. El sentimiento normal de culpabilidad brota únicamente del pecado personal y ayuda al sujeto a ser perfectamente consciente de su pecado y a dolerse de su acción; de modo consecuente, le ayuda a arrepentirse (pasado), purificarse mediante la confesión (presente) y enmendarse y cambiar de vida si es necesario (futuro). Al ser normal desaparece de suyo al extinguirse la culpa con el perdón sacramental, aunque puede perdurar el dolor intenso de la ofensa hecha a Dios. Puede sentirse la culpa real y normal, aun angustiosamente, cuando el amor a Dios es grande y lo fue también la falta; pero, obtenido el perdón, la posible angustia de la culpa tiende a desaparecer.

El segundo caso es un sentimiento anormal. Como anormal admite dos variantes. La primera es el sentimiento exagerado de culpabilidad; éste puede proceder de una falta real cuyo remordimiento perdura largamente después de haber sido perdonado el pecado, o también de faltas inexistentes. Se trata de un remordimiento amargo, que hunde muchas veces a la persona en estados auténticamente depresivos. En realidad, podemos encontrar aquí lo que algunos llaman "hipermoralismo", es decir, la exacerbación de los sentimientos morales del deber, de la culpabilidad y del remordimiento; y el "dismoralismo", o sea, la exacerbación más aguda que la anterior pero transportada a una zona no ética (es una conciencia de la culpabilidad o del deber con ocasión de hechos que de suyo carecen de carácter moral; es el caso típico de los escrúpulos enfermizos).

Encontramos rasgos de sentimientos enfermizos en gran parte de la literatura contemporánea afectada de cierto morbo existencialista. Ejemplos tenemos en Kafka para quien el hombre es prisionero de sus pecados, o en Graham Green quien, dominado por una verdadera obsesión por el mal, hace proclamar a uno de sus personajes que no hay inocentes ni siquiera entre los niños. Jean Guitton ha hecho notar a este respecto que así como hacia 1880 una encuesta sobre este tema entre los literatos podría haberse resumido en la fórmula "incluso los culpables son inocentes", en torno a la mitad del siglo XX, en cambio, el resultado sería: "hasta los inocentes son culpables". Este sentimiento, especialmente si se trata de pecados no perdonados por la confesión sacramental, si no procede de un natural enfermizo, al menos puede causar un estado enfermizo. Estas personas se sienten perseguidas por la ansiedad, viven en constante tensión y pueden llegar a experimentar una especie de locura persecutoria. Shakespear bosquejó la silueta de este sentimiento en la figura de Lady Macbeth atormentada en sueños por sus crímenes y por sus manos ensangrentadas: "La mancha sigue aquí –exclama entre sueños y sonambulismo mirando sus manos–. ¡Aléjate, mancha maldita! ¡Fuera, he dicho!... ¡Cómo! ¿Es que nunca van a estar limpias estas manos?... ¡Hasta aquí llega el hedor de sangre! ¡Todos los aromas de Arabia no podrían perfumar mis manos!". El gran dramaturgo pone en boca de su galeno: "Más que de médico, de sacerdote está necesitada". El mismo Macbeth, viendo la turbación que va llevando a su esposa a la locura, increpa al médico: "¡Cúrala [de sus visiones nocturnas]! ¿Es que no puedes aliviar a un espíritu enfermo, arrancar los pesares arraigados en la memoria, borrar las inquietudes grabadas en el cerebro y, con dulce antídoto de olvido, vaciar el pecho de materia peligrosa que pesa sobre el corazón?".

A veces toma la forma patológica de angustia existencial. Un ejemplo de esta personalidad la hallamos en las descripciones que de Lutero dan algunos de sus íntimos. Melanchton, por ejemplo, cuenta que el Reformador frecuentemente era víctima de "ataques angustiosos". "Él mismo –dice su compañero de la Protesta– me ha contado, y muchas personas saben, que estos terrores le sobrecogían muy a menudo, cuando pensaba en la cólera de Dios o cuando recordaba ejemplos patentes de su justicia vengadora y ello con tal violencia que poníase a punto de morir". Una vez, al oír en el coro del convento la lectura del evangelio del poseso, cayó convulsivamente gritando: "¡Yo no soy! ¡Yo no soy [poseso]!". Parece que tuvo frecuentes angustias por causa de la predestinación y una verdadera "manía del diablo" u obsesión diabólica.

El segundo caso es el del sentimiento de culpabilidad demasiado débil, el que se encuentra en personas de espíritu obtuso; y como tal puede considerarse, dice Bless, "como fenómeno de degeneración" (de hecho se verifica en muchos psicópatas criminales que toman una actitud de indiferencia cínica ante sus actos). Esta actitud se relaciona mucho con las personalidades psicóticas que presentan precisamente una frialdad afectiva muy típica. Son más o menos insensibles al dolor ajeno y aun al propio. El caso extremo es el perverso, quien carece de conmiseración y puede llegar a causar daño sólo para divertirse. "Hay personas que sin salirse de los parámetros de la normalidad, acusan una estructura de la personalidad en la que despuntan tendencias psicóticas, por ejemplo, ésta de la insensibilidad. Gente dura, sin vibración afectiva social (subrayamos ‘afectiva’ porque pueden ser superficialmente extrovertidos, sociables y divertidos). Dicho déficit afectivo influye, por supuesto, en la esfera moral".

En este campo podemos encontrarnos con diversas desviaciones éticas como el"amoralismo", que consiste en la carencia de sentimientos morales de culpabilidad, deber y remordimiento; el "hipomoralismo", que es algo semejante al amoralismo, pero en tono rebajado; y el "inmoralismo", que añade al amoralismo cierto egocentrismo exacerbado que puede conducir a acciones delictivas e incluso al crimen.

Este sentimiento es hoy "culturalmente masivo", propio de una "cultura de la muerte". Ésta, por lógica interna y para mantenerse, necesita crear una conciencia común que se ajuste a sus principios, y tal es la conciencia "cauterizada". Esta conciencia se manifiesta y se alimenta en la sistemática violación de la ley moral respecto de los valores más fundamentales y sagrados, como, por ejemplo, la vida humana en sus estadios más inocentes y desamparados. Hay que tener en cuenta que se da una interacción entre factores psicológicos y morales: "lo que debe haberse producido en la generalidad de los casos de cegueras y sorderas [morales] es un proceso interactivo de factores psicológicos y morales. Una conciencia encallecida en el mal ya no percibe el bien".

Aquí puede verificarse el efecto feed-back o "rulos de retro-alimentación", es decir: ante el horror natural que causa el cometer un grave delito, la conciencia trata de buscar justificativos o atenuantes para realizarlo; esta amortiguación del sentido moral que es resultado del esfuerzo psicológico por silenciar la voz de la conciencia va creando una psicología dura, que va progresivamente insensibilizándose, la cual va tornando al sujeto potencialmente capaz de cometer delitos cada vez más graves. Tiene mucho que iluminar aquí la doctrina de los hábitos, aplicada al terreno del hábito malo o vicio: los vicios corrompen en cierta medida la disposición de la voluntad respecto de su fin, haciéndole tender connaturalmente a los fines malos; esta tendencia hacia los fines viciosos es la base a partir de la cual el sujeto elabora sus juicios electivos, proponiendo como máximamente elegible (es decir, bueno y conveniente para él) tal fin que, en realidad, es un mal con apariencias de bien. Los vicios, por tanto, terminan "condicionando" en cierta medida nuestros juicios apreciativos sobre la realidad. Esto no es más que la confirmación del dicho popular: "vive como piensas o terminarás pensando como vives".

Así como, según dijimos antes, no puede perderse totalmente el sentido de Dios, tampoco se borra totalmente el sentimiento de culpabilidad. Pero surgirán inevitablemente quienes traten de explicarlo de alguna manera que permita eludir la responsabilidad de los actos realizados.

Freud, por ejemplo, lo reduce a un impulso interior inconsciente, puramente natural, cuyo origen confiesa desconocer; para él se trata de un miedo, una simple fobia sin contenido moral alguno y sin fundamento bien conocido. Para Sartre, el sentido de culpa es efecto de la mirada reprochadora de los demás sobre nuestros actos, confundiendo así el sentimiento de culpa con la vergüenza de verse descubiertos por el prójimo. Lutero consideraba que era una mala pasada de esa "mala bestia" que es nuestra conciencia, enemiga implacable que se esfuerza por convencernos de pecado; para Marx es una alienación de la sociedad capitalista y para Nietzsche se trata de una enfermedad que nos contagia la sociedad por lo cual exige del "superhombre" creado por su imaginación el mantenerse al margen de toda moral, de toda regla, de todo escrúpulo y de toda sensibilidad ante el mal causado por sus propias acciones. Podríamos seguir la lista. Todos ellos tienen en común el querer diluir la realidad del pecado y solucionar los remordimientos con una "explicación-terapéutica" ya apelen al historicismo, a la sociología, al psicoanálisis o al antropocentrismo cultural. A la postre obtienen idénticos resultados: sólo han conseguido crear un monstruo insensible ante el dolor ajeno, resentido y endurecido en sus vicios, apático ante su destino eterno, explotador de la debilidad ajena... en fin, creaturas de barro a las que han convencido de ser "semidioses paganos" y que, como tales hacen su historia marcados por la tragedia de la profunda amargura y desesperación causada por el fracaso de los principios amorales que profesan... ¡Y pensar que una lágrima bien derramada puede purificar tanta miseria!


3. El sentido del perdón

La sana conciencia de la transgresión y el remordimiento posterior no serían una gracia de Dios si no llevaran a experimentar el misterio del perdón divino. Sin duda... es grande el misterio de la piedad, dice San Pablo (1 Tim 3,15). Hay dos expresiones de San Juan que deben complementarse entre sí para que nuestra visión del pecado no reste tullida. La primera dice: Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Jn 1,8); la segunda es cuanto el mismo Apóstol añade a continuación: Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad (1 Jn 1,9). Más adelante él mismo dice: Si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón (1 Jn 3,20).

El verdadero sentido del pecado, así como el sano remordimiento, deben llevarnos a reconocer nuestro pecado y a reconocernos pecadores (responsables de nuestros delitos); como exclama David: Reconozco mi culpa, mi pecado está siempre ante mí; cometí la maldad que aborreces (Sl 51,5ss). Jesús hace decir al hijo pródigo arrepentido: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lc 15,18.21).

Cuando el remordimiento viene de Dios, junto con él, Dios muestra el remedio, es decir la vía para borrar el pecado que lo causa. El remordimiento sano, aun pudiendo llegar a la angustia, no va contra la esperanza (esperanza informe); el pecador sabe qué tiene que hacer para acabar con su estado y tormento. Sólo cuando rechaza esta luz sobrenatural se cierra totalmente sobre sí mismo. Pero Dios es infinitamente poderoso para borrar todos los pecados de los hombres y ofrece su perdón: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán (Is 1,18). Por boca de Ezequiel dice Dios: ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado –oráculo del Señor Yahveh– y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,23). Y más adelante lo repite nuevamente: Diles: Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? (Ez 33,11).

El sentimiento de culpa equilibrado es el que pasa de la autocondenación por el mal cometido al arrepentimiento y del arrepentimiento al pedido sincero de perdón; es decir, el remordimiento auténtico es el que termina destruyendo el pecado y salvando al pecador.

En definitiva, podemos redondear lo dicho con las palabras del Santo Padre: "Restablecer el sentido justo del pecado, ha dicho Juan Pablo II, es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo. Pero el sentido del pecado se restablece únicamente con una clara llamada a los principios inderogables de la razón y de la fe que la doctrina moral de la Iglesia ha sostenido siempre".
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