miércoles, 26 de octubre de 2016

POR QUÉ ES IMPORTANTE EL ALTAR EN UNA IGLESIA CATÓLICA?


¿Por qué es importante el altar en una iglesia católica? Responde Cardenal mexicano




CIUDAD DE MÉXICO, 25 Oct. 16 /  (ACI).- El Arzobispo Primado de México, Cardenal Norberto Rivera Carrera, explicó la importancia y el especial significado que tiene un altar en una iglesia católica, algo que constituye un distintivo ante otras confesiones cristianas.

El Purpurado, informa el SIAME, hizo esta explicación en la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe Reina del Clero, en la colonia Romero Rubio de Ciudad de México, donde dedicó el nuevo altar y bendijo la capilla construida para el Santísimo Sacramento.

El Cardenal Rivera afirmó que “a Dios se le puede adorar en cualquier lugar, ya sea en el campo, en la casa, con el amor que una familia se profesa, con el trabajo y con las oraciones; donde nos encontremos Él recibe nuestra alabanza. Sin embargo, es preciso construirle un altar, un lugar privilegiado, donde Él se haga presente y nos espere”.

“Si estamos conectados con esa Piedra (Cristo), con los apóstoles y con sus sucesores a través de los siglos, podemos tener la seguridad de que estamos en la Iglesia que Cristo quiso fundar”, aseguró el Cardenal.

“Al celebrar la Eucaristía en el Altar, estamos anunciando la muerte y proclamando la resurrección de Cristo; y en este punto es donde debemos preguntarnos si realmente estamos saliendo a la calle a anunciar el Evangelio”.


“Si no es así, si nos quedamos encerrados en la iglesia, simple y sencillamente no estamos celebrando de forma completa esa alabanza que Él desea”, precisó.

Sobre la relación de los católicos con otros cristianos, el Arzobispo comentó que seguramente “todos ustedes habrán recibido en su casa personas que les hablan de Dios, cuyas palabras pueden ser muy interesantes”.

“Pero ¿quién las envía?, ¿quién fundó su iglesia? Algunos nos dirán que fueron fundados en Estados Unidos por Joseph Smith (fundador de los mormones), otros que sus orígenes están en Europa en el siglo XVI, unos más que provienen de una iglesia oriental. A todos ellos debemos respetarlos y valorar las gracias que el Señor haya querido concederles; pero debemos saber que no son la iglesia fundada sobre Cristo”.

Estas comunidades cristianas no católicas, explicó el Cardenal, “no tienen un altar, la señal material de que estamos adheridos a Jesús con total seguridad”.

Rito de consagración de un altar

Al comenzar la Misa, el Obispo celebrante bendice el agua y rocía con ella al pueblo y el nuevo altar. Luego la oración universal o de los fieles se omite, ya que en su lugar se cantan las letanías de los santos.

Se colocan luego reliquias de los santos para expresar que todos los que han sido bautizados, y especialmente los que han derramado su sangre por el Señor, participan de la pasión de Cristo.

Se hace también una especial oración de dedicación y se unge el altar con el crisma, para recordar la unción de Cristo con el Espíritu Santo, para que, en el altar de su cuerpo, se ofrezca el sacrificio del Señor.

Se quema incienso sobre el altar para significar que el sacrificio de Cristo sube hasta Dios como suave aroma y también para expresar que las oraciones de los fieles llegan a Dios.

El revestimiento del altar con un mantel indica que se convierte en ara (piedra sagrada) del sacrificio eucarístico y al mismo tiempo la mesa del Señor.

Se ilumina el altar para mostrar que Cristo es la “luz para alumbrar a las naciones”.

CONSEJOS GENERALES PARA VIVIR LA CASTIDAD

Consejos generales para vivir la castidad
La castidad es una realidad que atañe a todos los hombres y mujeres, porque es la virtud que regula el uso adecuado y responsable de la sexualidad y de la afectividad. 


Por: P. Marcelo Bravo, L.C. (Profesor de filosofía de la religión, UPRA. Roma). | Fuente: Gama - Virtudes y Valores 



Hace unas semanas publiqué en “Virtudes y valores” una reflexión muy sencilla y breve sobre la pureza (ver el siguiente enlace). Dado que se me ha pedido tratar más este tema, en el presente artículo pretendo desarrollar un poco más esas ideas, siempre de modo esquemático, para poder comprender, valorar y vivir esta virtud tan extraña, pero tan hermosa cuando se vive “en cristiano”; es decir, según su verdadero sentido, sin caricaturas ni deformaciones.

La castidad es uno de los votos que profesan los religiosos y los consagrados dentro de la Iglesia, además de los votos de pobreza y obediencia. Con estos votos, los religiosos y consagrados (sacerdotes, hermanos, monjas, laicos consagrados) expresan públicamente que quieren ser totalmente de Dios y que están dispuestos – por el Reino de los Cielos – a renunciar a las tres dimensiones fundamentales de la existencia humana como son el deseo de perpetuarse en una familia, actuar autónoma e independientemente, y poseer bienes propios. Sin embargo, estos votos sólo se entienden a la luz de Cristo y de la novedad de vida que Cristo nos vino a traer. Jesucristo es el religioso por excelencia: Él está totalmente dedicado – consagrado – a las cosas del Padre y su único deseo es que Dios sea conocido, amado y alabado por los hombres, sin otra posesión, sin otro deseo que no sea el Reino de Dios.

Ahora bien, la castidad no es sólo un voto, es decir, una promesa solemne. La castidad es una realidad que atañe a todos los hombres y mujeres, porque es la virtud que regula el uso adecuado y responsable de la sexualidad y de la afectividad. Y esto nos toca a todos. Un religioso vivirá esta virtud en un modo concreto y según unas exigencias diversas del soltero o de las personas unidas en matrimonio. Pero todos estamos llamados a ejercitarnos en la virtud de la castidad. Existe una castidad del religioso, una castidad del soltero y una castidad del casado. Los consejos que se ofrecen a continuación valen en mayor o menor medida para todos. Toca a cada cual hacer la adaptación para la propia vida.

Los consejos generales para vivir la castidad son cinco: orden, conciencia, aprecio, fomento y cuidado. Expresaré los consejos del modo más esquemático posible.


Primer consejo: el orden

Para vivir la castidad – tanto en el celibato como en el matrimonio – es necesario el orden en la propia vida. Ahora bien, hay diversos tipos de orden:

1. Orden “teológico”: primero Dios, después las creaturas. El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas está dirigido a todos los hombres y no sólo a los religiosos. El amor a Dios ha de ser la principal preocupación de la vida. Esto significa no anteponer nada al amor de Dios: la Voluntad de Dios está antes que mi propia voluntad; el Plan de Dios sobre mi vida antes que mis planes personales; primero las cosas de Dios que mis cosas. Primero Dios y después los amigos; primero el domingo y después los demás días de la semana. Vivir constantemente en su presencia, buscando pequeños pero significativos actos de amor a Dios. En el fondo, la vida de todo hombre es una búsqueda de Dios.

2. Orden “vertical”: primero el cielo y después la tierra. Por lo tanto, hemos de aspirar al cielo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Por culpa del marxismo, del consumismo y de otras ideologías terrenas, nos hemos olvidado de pensar en el cielo como una realidad cierta que nos espera. Estamos demasiado preocupados por nuestro éxito temporal, demasiado copados por compromisos mundanos, demasiado comprometidos con quehaceres meramente circunstanciales, queremos a toda costa disfrutar de esta tierra… y nos olvidamos de que esta vida es sólo un preludio de la vida verdadera. La vida es un punto en medio de la eternidad. Esto no significa despreciar las cosas buenas que ofrece la vida, sino “ordenar” todo al cielo, que es nuestro único destino. Hemos sido creados para el cielo. La castidad sólo se entiende a la luz de la eternidad. Hay una expresión latina que reza: “quid hoc ad aeternitatem”, ¿qué es todo esto a la luz de la eternidad? ¿Qué son los placeres indignos y momentáneos a la luz de la eternidad? En conclusión: “Sólo Dios es Dios. Lo demás es ‘lo de menos’”.

3. Orden “temporal”: es necesario tener un orden en el uso de nuestro tiempo. Tener muchas cosas interesantes que hacer: oración, trabajo, comidas, merecido descanso, intereses personales… La ociosidad es la madre de todos los vicios, y nuestra sociedad actual es especialista en ofrecer toda clase de salidas frívolas y raquíticas a la ociosidad. En concreto: si es necesario entrar en Internet, que sea sólo para lo que hay que hacer y no andar “navegando” a ver “qué veo”, perdiendo miserablemente el tiempo y poniendo en riesgo la castidad. Por lo demás, esta vida es para construir algo que nos podamos llevar al más allá, al cielo. Empeñemos pues nuestra vida, no en vanidades y caprichos efímeros, cuanto menos en pecado y desenfreno, sino en grandes proyectos al servicio de los demás.

4. Orden “interior”: la persona humana es un “espíritu encarnado”, es una especie muy extraña en la creación. No es un ángel, pero tampoco una bestia. Es un ser “multidimensional”: tiene razón y voluntad, libertad, sentimientos, potencias y pasiones, etc. En esta diversidad humana hay una jerarquía, un orden en las dimensiones. En primer lugar, como dimensión rectora, está la razón iluminada e instruida por la fe. La razón debe regir a todas las demás pasiones y potencias. La virtud de la castidad es una disposición de la voluntad que nos lleva a actuar según los dictámenes de la razón en cuanto al uso ordenado de las potencias sexuales y afectivas. La castidad no significa en primer lugar represión, sino “promoción ordenada” y “moderación razonable” y es la razón, abierta a la Voluntad de Dios, la que indica cuándo se tiene que promover y cuándo se tiene que moderar.

5. Orden “afectivo”: si el primer mandamiento dice amar a Dios, éste se debe unir al “amar al prójimo como a sí mismo”. Ahora bien, también hay un orden en el “amor al prójimo”. Hay un orden en cuanto a las personas y un orden en cuanto a las manifestaciones del amor. En primer lugar debo amar a aquellos que están más próximos a mí: mi familia, mi mujer y mis hijos (si estoy casado), mis padres, mis amigos, etc. En segundo lugar, mi afecto se debe regir por este orden: las manifestaciones del amor entre esposos son específicas y difieren en cuanto al modo en las manifestaciones de amor entre hermanos y entre amigos. Este orden se debe establecer también en relación con el estado de vida que se ha escogido: si soy sacerdote, mi trato con las personas estará marcado por la consagración que he hecho de mi vida y de mi cuerpo al único amor de Cristo, lo mismo ocurre con una religiosa. Quien está casado tiene que comportarse con las personas de otro sexo, no como quien está buscando pareja, o como quien quiere “romper corazones”, sino como quien está comprometido a un amor exclusivo que ha de durar toda la vida. El joven debe comportarse con su novia de un modo diverso que el marido con su mujer, precisamente porque es novio y no esposo.

Segundo consejo: Conciencia

Tenemos que saber qué es bueno y qué es malo, “llamar al pan pan y al vino vino”, y estar convencidos de que seguir la conciencia rectamente formada es lo mejor para nosotros. La conciencia es un faro que ilumina la vida. Puede ser que no siempre tenga la fuerza para seguirla, pero el faro estará siempre allí avisándome de lo que debo hacer, y exigiéndome fidelidad. En el cultivo de la virtud de la castidad esto es esencial.

A causa de las modas imperantes y del desenfreno moral, que se eleva a ideal de vida, sentimos en nuestro corazón la dificultad de vivir la castidad. Esta dificultad real puede llevarnos a considerar que no vale la pena luchar, que es mejor vivir “feliz” según los criterios del mundo que seguir a un Dios desconocido que nos “impone” reprimir nuestros impulsos espontáneos. Es decir, la pasión nos puede llevar a justificar los actos desordenados. Es aquí donde la conciencia tiene que ser faro y decir lo que es bueno y lo que no es bueno. Mientras no se corrompa la conciencia, siempre es posible corregir y superarse.

Aquí tenemos que ser muy honestos: ¿conozco la ley moral? ¿Conozco qué es lo que Dios me pide en cuanto soltero? ¿Quiero seguir mi conciencia o prefiero amordazarla, engañándome a mí mismo con sofismas? Es preciso recordar aquí el adagio: “el que no vive como piensa, termina pensando como vive”; es decir, si traicionamos la voz de la conciencia – que no es otra que la voz de Dios que habla desde el interior – acabaremos por justificar lo injustificable, haciendo pasar hasta “un camello por el ojo de una aguja” (cf. Mt. 19,24).

Para formar la conciencia hay que acudir a los maestros que realmente nos puedan instruir en la verdad. Los medios de comunicación – grandes formadores (o deformadores) de la opinión pública – no son, la mayoría de los casos, buenos consejeros. Ellos son muchas veces los principales promotores de la cultura imperante. Acudamos más bien a personas instruidas y sensatas que puedan ayudarnos, corregirnos, decirnos las cosas claras, sin “dorar la píldora”. Acudamos sobre todo a la Palabra de Dios. Repitamos muchas veces el salmo 119: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.

Tercer consejo: Aprecio

1. Aprecio por la virtud en general. Vivimos en una sociedad de mínimos: ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para divertirme sin pecar? ¿Qué es lo mínimo que tengo que hacer para hacer lo que me pega la gana sin traicionar la conciencia? No. El cristianismo no puede vivir de mínimos. Muchas veces en la sociedad civil nos podemos regir por la moral de lo mínimo: ¿cuánto es lo mínimo que tengo que pagar con los impuestos? Nunca iré a hacer la declaración de hacienda, diciendo: “oiga, le doy más de lo que me pide porque veo que es necesario para tapar los agujeros de la carretera”. Más bien actúo así: si tengo que trabajar seis horas al día, trabajo seis horas y basta. Esto es lo mínimo que tengo que hacer.

Esto puede valer para la sociedad civil. Pero no vale para quien se declara discípulo de Jesucristo. Veamos su ejemplo: Cristo no hizo lo mínimo para salvarnos, hubiera sido un redentor bastante raquítico. No. Por el contrario, Él entregó toda su sangre por cada uno de nosotros. En el evangelio de san Juan está escrito: “Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn. 13,1), y ese extremo fue la pasión, la cruz, la muerte y la resurrección. El modelo del cristiano – y su vía de auténtica felicidad – es Cristo y no el “fresco” dandy que se la pasa disfrutando haciendo slalom con las normas, sacándoles la vuelta.

2. Aprecio por la virtud de la castidad. La castidad es una virtud austera, que exige renuncia y en cuanto tal, es difícil de practicar. A muchos parece imposible de vivir e incluso nociva. Pero tenemos que fijarnos en la dimensión positiva de la castidad: es decir, la entrega del corazón a Jesucristo y el orden en el ejercicio de la sexualidad. En cuanto cristiano – soltero, casado y, cuanto más religioso o sacerdote – mi corazón pertenece a Cristo. En cuanto hombre cabal, debo someter mi pasión sexual al imperio de la razón, pues es más hombre quien controla sus pasiones que el que se deja dominar por ellas.

Apreciar la virtud de la castidad es verla como un ideal por el cual vale la pena luchar: sea que tenga intención de casarme, el ideal de poder llegar al matrimonio con un corazón limpio, que ha sabido ser fiel al amor de su vida y que sabrá en el matrimonio subordinar el sexo al amor espiritual. Sea que opte por la castidad “por el Reino de los Cielos” (Mt. 19,12). Sea incluso en el caso de que uno no logre casarse y se vea obligado a vivir en castidad en razón de las circunstancias. En este caso es necesario “hacer de la necesidad virtud”; es decir, el no poder casarse no es el peor mal de la vida, que habría de conducir al célibe fatalmente a la pérdida del sentido de la vida, al fracaso y a la frustración existencial. Esto no es así. Si Cristo y María, su Madre castísima, vivieron el ideal de la virginidad, sería un absurdo creer que la castidad es una desgracia en la vida. Tantos santos, tantos hombres de bien han optado libremente o a causa de las circunstancias a vivir la castidad, y su vida ha sido un camino de realización plena.

3. Aprecio por la belleza del amor humano: quienes viven la castidad por el Reino de los Cielos, no lo hacen por deporte o porque tengan una visión negativa del amor humano. El religioso o la consagrada no han dejado algo malo (el matrimonio y lo que ello conlleva) por algo bueno (la castidad en sí misma, considerada como fin y no como medio). No. Vivir la castidad consagrada es renunciar a algo bueno y santo, por algo mejor: el amor y la donación total a Jesucristo. El uso de la sexualidad dentro del matrimonio no es un pecado, sino que ha sido creado por Dios para que dos personas puedan manifestarse el amor en la donación íntima del propio cuerpo, y abiertos a la llegada de los hijos. La virtud de la castidad lleva a los esposos a hacer del acto conyugal un auténtico acto de caridad sobrenatural. Si una persona viviera la castidad como rechazo y desprecio de la dimensión sexual del amor, no sería una persona virtuosa, sino todo lo contrario.

Cuarto consejo: Fomento

Si realmente tengo aprecio sincero por algo, busco incrementarlo. Si tengo un negocio que me está dando ganancias, invierto para que me dé todavía más ganancias. No lo abandono, no me despreocupo de él. Es la ley del éxito de una empresa. Pasa exactamente lo mismo con la castidad. He dicho que la castidad es una virtud no sólo para los religiosos o monjas (que se comprometen bajo voto público), sino para todo cristiano – para todo ser humano digno – sea célibe o casado. Fomentar la castidad es promover todo lo que sea la consideración de la belleza del amor. ¿Qué significa esto?

1. Llenar el corazón de nobles ideales. Desear ser como Cristo que – como dice san Pedro – pasó haciendo el bien (cf. Hch. 10,38). ¿Qué más puedo hacer? Esta ha de ser nuestra pregunta cotidiana.

2. Lecturas que nos ayuden a vivir la virtud. No se trata de leer libros sobre la castidad, sino leer mucho sobre la vida cristiana. Sobre todo la lectura de la vida de santos es un estímulo. Leyendo las vidas de santos sentimos cómo nuestro corazón se llena de deseos de imitación, pues ellos son hombres como nosotros y tuvieron que luchar como nosotros para alcanzar las virtudes.

3. Vida de Sacramentos:

a. La confesión como un encuentro íntimo con la misericordia de Dios. Si supiéramos qué misterio subyace al sacramento de la penitencia, seríamos asiduos clientes del sacerdote. Confesarnos cuando hemos caído es importante, pues en la confesión recibimos la gracia perdida y volvemos a ser hijos amados de Dios. ¡Cuánto gozo habrá sentido el joven rico cuando su Padre lo estrechó entre sus brazos! (cf. Lc. 15). Si no hemos pecado gravemente y sólo tenemos pecados veniales, la confesión nos da un incremento de gracia y la fuerza para ser fiel a nuestros ideales cristianos. Además, la confesión es un gimnasio de humildad: sin Dios no podemos ser fieles, no podemos ser castos, ni en el matrimonio ni en la vida consagrada…

b. Eucaristía: el Pan Purísimo bajado del cielo. Recibir frecuentemente a Cristo Eucaristía será un estímulo para mantener el corazón limpio de impurezas y pecados.

4. Cultivo de las virtudes teologales, en especial de la virtud de la esperanza. ¿Qué significa la esperanza? Es la certeza, que me viene de la fe, de que Dios va a ser fiel a sus promesas y me dará el cielo. Lo dice san Pablo: “los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18). Si yo me esfuerzo por vivir castamente, aunque sea difícil, aunque signifique renunciar a mi “modus vivendi”, aunque signifique cruz y abnegación, estoy dispuesto a luchar porque sé – tengo absoluta certeza – de que Jesús, que subió al cielo para prepararme una morada, está reservándome un tesoro en el cielo.

Quinto consejo: Cuidado

Esto es de sentido común. Huir de las ocasiones de caída. De acuerdo con san Francisco de Sales (citado en el libro de J. Tissot, “El arte de aprovechar nuestras faltas”) hay dos tentaciones que se vencen huyendo: las tentaciones contra la fe y las tentaciones contra la castidad. Si yo sé que ciertas compañías, que ciertos ambientes, que ciertas personas pueden hacerme naufragar, ¿para qué hacerme el “inocente” y creer que no pasa nada? Esto, sin embargo, sólo se entiende a la luz de los primeros principios vistos arriba: si yo aprecio el don de un corazón puro, si yo sé que todo es relativo de cara a la eternidad, entonces voy a actuar en consecuencia. No me voy a exponer a perder la gracia de Dios, que es lo más grande que poseo. En concreto:

1. Cuidar los ambientes: siempre será mejor no frecuentar aquellos lugares en donde sabemos que pueden naufragar los propósitos de fidelidad. Hay algunos lugares que en sí mismos son pecaminosos. No se debe acudir a espectáculos o casas en donde se fomente el vicio. Esto es obvio. Hay otros lugares que serán peligrosos, no en sí mismos, sino de acuerdo con la propia sensibilidad o con la situación existencial en la que se vive. El criterio fundamental para discernir es la honestidad: “yo sé que acudir a esta fiesta me causa problemas... pues no acudo, hago otra cosa”. En la medida de lo posible habría que evitar esos ambientes, aunque no siempre sea posible.

2. Cuidado de la vista: todo lo que entra por los ojos penetra en el corazón. A veces nos angustiamos por las tentaciones que nos azotan y nos preguntamos por qué no podemos ser fieles y puros como ángeles, por qué tenemos que luchar contra las mismas caídas, los mismos pecados, etc. Preguntémonos más bien: ¿qué miro? ¿A dónde se me van los ojos? ¿Dónde se fija mi mirada cuando miro a una mujer o a un hombre? ¿En qué “región” de la “geografía humana” se detienen mis ojos? Es necesario, por tanto, disciplinar nuestra mirada para fijarla sólo en aquello que vale la pena. En concreto:

a. Evitar siempre la pornografía. El cuerpo humano en sí mismo considerado es bello, sea femenino o masculino, porque ha sido creado por Dios. Cuando Dios creó a Adán y Eva, el escritor sagrado escribe: “Y Dios vio que era muy bueno”. Un ojo puro no pone maldad donde no la hay. Por el contrario, la pornografía busca siempre la excitación de las pasiones, las más de las veces por motivos económicos, utilizando a las personas como objeto de deleite sexual. El cuerpo del “otro” es siempre y sólo sujeto, nunca objeto.

b. Hoy en día el acceso a la pornografía es sumamente fácil: basta abrir Internet para encontrar todo tipo de imágenes eróticas. Aun cuando se proteja el acceso a través de un filtro – que siempre es recomendable –, es fácil que se cuelen las imágenes, a veces en páginas que nada tienen que ver con el erotismo. En muchos portales, entre el amplio espectro de accesos, no puede faltar nunca el link para “mayores de edad”.

c. Cuidado con la vista en la contemplación de personas de otro sexo. Hay sujetos que cuando ven pasar a una mujer hacen todo un análisis de geografía humana. Esta falta de control lleva después a llenar el corazón de “toxinas espirituales”, a crear una mentalidad que se detiene sólo en el cuerpo del otro, sin atender al corazón.

3. Cuidado del tacto:

a. Atención a las manifestaciones de afecto demasiado íntimas que podrían llevar a faltar a la castidad. Vale aquí la expresión del P. Jorge Loring sobre el baile: ciertamente importa la intención del sujeto, también la intención de la sujeta, pero sobre todo importa “cómo el sujeto sujete a la sujeta”. En el matrimonio hay una donación de alma y de cuerpo, por lo que el cuerpo ya no pertenece a sí sino a otra persona. Es una donación mutua y es una posesión determinada sólo por el amor y jamás por el dominio, precisamente porque no se trata sólo de un cuerpo, sino de un cuerpo espiritualizado. Por ello, “tocar” el cuerpo de la otra persona, sobre todo sus partes íntimas, es hacer un abuso, pues esta posibilidad compete sólo a su “dueño”, es decir, al esposo o a la esposa.

b. El cuidado del tacto se refiere también al propio cuerpo. Desde el punto de vista de la fe, mi cuerpo es templo del Espíritu y, por la gracia, la Santísima Trinidad habita en mi cuerpo como en un templo. El cristiano no desprecia el cuerpo y la sexualidad, sino todo lo contrario. Es tal la dignidad de mi cuerpo – templo de la Santísima Trinidad – que tengo que esmerarme por mantenerlo digno y “ordenado”. Esto significa que el propio cuerpo se debe tocar con respeto y no desordenadamente. Tocarse sólo por motivos higiénicos, para asearlo y poco más.

4. Cuidado de las personas: no hemos de ser ingenuos en el tema de la castidad. No todos piensan que la continencia sexual es un bien deseable. Se podría decir que sólo una mínima parte de los hombres y mujeres de hoy ven con buenos ojos la castidad. Quien quiere ser célibe tiene que luchar constantemente contra las trampas y asechanzas que otros pondrán a la vivencia de la virtud. Habrá personas que rechazarán nuestro deseo de castidad porque este testimonio les hiere profundamente. Por lo tanto:

a. Atento a los amigos que ridiculizarán nuestros propósitos y nos invitarán a transgredir la norma moral, a echar “una cana al aire”. Es necesario ser firmes en las propias convicciones y perseverar. Cuando vean que somos inflexibles, nos dejarán en paz.

b. Atención a aquella persona que se me cruzará en el camino. Si yo ya soy casado, la castidad me llevará a evitar el trato demasiado íntimo con quien no me has comprometido de por vida. Ya lo dice el refrán: “el hombre es fuego, la mujer estopa, llega el diablo y sopla”. Simplemente no te acerques al fuego. Si soy consagrado, vale lo mismo. El orden sacerdotal o los votos religiosos no quitan las tendencias, no convierten al hombre en ángel: hay que vigilar y no exponerse a la tentación manteniendo un trato afectivo poco conveniente con personas de otro sexo. El sacerdote no debería estar abrazando o besando a mujeres, por muy “santo” que éste sea y por muy piadosa que sea la “feligresa”, y lo mismo dígase de la religiosa o monja. Porque de una relación puramente espiritual se puede llegar a situaciones lamentables por falta de cuidado. La recomendación de origen agustiniano vale para todos: “el amor espiritual conduce al afectuoso, el amor afectuoso conduce al obsequioso, el obsequioso al familiar y el familiar conduce al amor carnal.

5. Cuidado con los pensamientos:

Finalmente para proteger la castidad, tengo que velar sobre mis pensamientos. La imaginación es la “loca de la casa” como decía santa Teresa. La divagación mental, el desorden interior, lleva muchas veces indefectiblemente a los pensamientos impuros. Ahora bien, dado que vivimos en una sociedad en la que casi todo nos habla de sexo, podemos sufrir los embates de la cultura imperante y ser golpeados por imágenes, recuerdos, imaginaciones, deseos bajos, etc. A veces estos pensamientos pueden ser muy insistentes. Aquí la solución es la sugerida un poco más arriba: estas tentaciones se vencen huyendo. Más que reprimir esos pensamientos, tenemos que distraerlos e ignorarlos. Ocurre como cuando nos asaltan las moscas un día de calor. Rondan las moscas, por la cara, las manos, de nuevo la cara, la nariz, la cabeza y de nuevo la cara... Uno normalmente no entra en crisis existencial porque le fastidia una mosca. Si lo que hago copa mi atención, espantaré a las moscas sin darle mayor importancia. Así también cuanto noa asalten las imaginaciones impuras: distraernos con algo que nos guste. Muchas veces no será algo espiritual. Puede ser el fútbol, el deporte, repasar los estudios, hacer ecuaciones matemáticas, etc. Lo que sea, con tal de que sea honesto y nos distraiga de los pensamientos impuros.

La castidad no es una virtud de ángeles, sino de hombres. No desnaturaliza a la persona, sino que encauza las tendencias para que el ejercicio de las mismas conduzca al verdadero bien del hombre. La castidad no es una virtud sólo de los consagrados, sino un modo de vivir de todo cristiano y de todo hombre cabal. No es más feliz quien rechaza la castidad, sino quien la vive de acuerdo con su estado de vida. Llevada – a veces sufrida – con sentido sobrenatural es fuente de amor y de entrega generosa. El hombre casto, la mujer casta, cuando viven la castidad “en cristiano”, alcanzan la plenitud del amor, porque la castidad no es otra cosa que el amor, vivido con totalidad. Vale la pena, pues, ser castos, ya sea en el matrimonio, ya sea en la vida consagrada, ya sea en el noviazgo... La castidad es la virtud que integra la sexualidad en el grande horizonte del amor verdadero que tiende a Dios como Objeto y fin último, y que permite amar al prójimo ordenadamente, como a uno mismo, e incluso mejor: como Cristo nos amó.

SE DEBE COBRAR EN LAS IGLESIAS CATÓLICAS? TRES PÁRROCOS LATINOAMERICANOS RESPONDEN


¿Se debe “cobrar” en las iglesias católicas? Tres párrocos latinoamericanos responden
Por Giselle Vargas
 Foto: Diócesis San José de Mayo (Uruguay)



REDACCIÓN CENTRAL, 25 Oct. 16 /  (ACI).- Tres párrocos latinoamericanos coincidieron en que el aporte económico de los fieles a la Iglesia ya sea a través del diezmo, la colecta dominical o el estipendio por la celebración de sacramentos u otro servicio pastoral es una necesidad urgente y prioritaria para la evangelización y la acogida de los más afligidos.

Recientemente volvió a circular en las redes sociales lo que el Papa Francisco dijo sobre el “escándalo” de pretender hacer “negocio” con los cobros excesivos en las iglesias por sacramentos como el matrimonio. ACI Prensa buscó a estos tres presbíteros para que expliquen, desde su propia experiencia, el recto orden de los estipendios en las iglesias.

[Puede leer: ¿Qué dijo el Papa Francisco sobre los cobros en las parroquias?]

En Pachuca de Soto, estado de Hidalgo a 115 kilómetros de Ciudad de México están la Parroquia El Buen Pastor y sus tres capillas a cargo del P. Zenon Olvera.

El presbítero conoce bien la realidad de la drogadicción, la delincuencia y otros problemas sociales de muchos sectores periféricos como los de la ciudad de Pachuca. En este pequeño territorio y alta densidad poblacional, existe también la regulación de la Arquidiócesis de Tulancingo “para evitar abusos o pedir donativos excesivos”.

El sacerdote explica que “tenemos que brindar la posibilidad y abrir la puerta para que las personas se acerquen a los sacramentos. Pero, tenemos que tomar conciencia de que todos somos Iglesia y todos debemos ayudar y colaborar para su sostén. No es responsabilidad única de los ministros o de los agentes pastorales”.


El P. Olvera comentó a ACI Prensa que por muy mínimo que sea el aporte, la “gente nunca nos deja solos. Siempre nos ayuda y eso es lo importante (…) Si confiamos en la Misericordia del Señor, de Él lo recibimos todo. Sólo hay que ponerse en sus manos”, precisó.

En Argentina, en la Villa Cura Brochero, en Córdoba, está el Santuario Nuestra Señora del Tránsito y Santo Cura Brochero y sus 22 capillas. El P. David Silva, que está a cargo de esas comunidades, explicó a ACI Prensa que “es una parroquia en misión” y los 7500 habitantes a los cuales tiene alcance “valoran” mucho el gesto.

Este sacerdote se preocupa que cada comunidad tenga su visita mensual y “se hacen campañas para fomentar el sostenimiento de la Iglesia”.

“Aquí la gente es muy cuidadosa de su fe” y se muestra en las “peregrinaciones; la devoción a la patrona de la ciudad Nuestra Señora del Tránsito; el rezo del Rosario del alba; los ejercicios espirituales a cargo de las hermanas; y tantas cosas más”, manifestó el P. Silva.

El sacerdote explicó que la Arquidiócesis de Córdoba “siempre ha pedido que los cobros se hagan con prudencia y capacidad de discernimiento” para lo cual “fijó un criterio para el estipendio” de acuerdo a la realidad que se vive, así como lo hacen las otras divisiones eclesiales.

Sin embargo, destacó que Córdoba es la “tercera prioridad de las diócesis más pobres del país” por eso se hace relevante “que se concientice que lo que queremos sostener es la Iglesia, donde reside la vida sacramental y cristiana”.

“Si bien hay zonas carenciadas, logramos ayudar a las comunidades periféricas. Nos sostenemos mutuamente”, y destacó los programas de ayuda social que se realizan junto a Cáritas Argentina y las campañas de ayuda para catástrofes.

En la diócesis de Rancagua, a 90 kilómetros de Santiago de Chile, el P. Iván Guajardo divide su labor pastoral entre la Parroquia Nuestra Señora del Rosario y las 18 capillas a su cargo, para atender espiritualmente a los 14 mil católicos de su territorio.


En conversación con ACI Prensa, el P. Guajardo aseguró que el sostenimiento de la Iglesia es una “responsabilidad” y “algo urgente” que debe asumir la feligresía. Porque la parroquia tiene una dimensión “espiritual pero vive en un contexto material donde tenemos que pagar servicios básicos, sueldos dignos, reparaciones y a veces incluso reconstrucciones”.

La Capilla Nuestra Señora del Carmen, ubicada en Totihue, es un ejemplo de ello, cuya reconstrucción fue posible a la gestión de Ayuda a la Iglesia que Sufre. El levantamiento de la capilla significó un gran esfuerzo para la comunidad y el premio al mejor proyecto espiritual del mundo, AR Faith 2016, de la revista londinense Architectural Review.

“Las palabras del Papa Francisco son simples, claras, específicas (...). Él sabe que la realidad de la Iglesia no se sostiene solo con la ayuda directa de los fieles. Nos llama también a tomar responsabilidades con el uno por ciento (aporte mensual equivalente al diezmo en otros países) y el apoyo a las colectas. Aun así, a veces no alcanza a cubrir el gasto básico de los templos”.

Respecto al cobro por sacramentos el presbítero asegura que “no deben ser motivo de lucro” y “no debe haber una obligación económica” por parte de la parroquia. Pero sí “debe haber una obligación moral de parte de los feligreses ya que es triste ver- por ejemplo- que gastan más en los adornos de las flores que en el lugar donde reciben el sacramento”.

“Se supone que la Iglesia es solidaria, eucarística, misionera y fraterna. Pero, en lo último estamos muy mal porque no somos fraternos entre nosotros mismos (…) Esa frase de las primeras comunidades que dice: “Miren cómo se aman” no ocurre ahora. Porque, pareciera que las personas no perciben todo lo que hace a Iglesia”, expresó el P. Guajardo.

SATANÁS NO ES UNA METÁFORA

Satanás no es una metáfora
El padre Gary Thomas insiste y mucho sobre el peligro del yoga y el Reiki


Por: J. Lozano | Fuente: Religion en Libertad 



El cine y la literatura están plagados de alusiones a Satanás. Incluso los exorcismos son muy recurrentes en estos géneros. Sin embargo, están anclados en la ficción y no en la realidad. La gran mayoría piensa que todo es un cuento. Pero no es así y hay sacerdotes que están empeñados en mostrar al mundo que el demonio existe y que actúa en la vida real.

Uno de ellos es el padre Gary Thomas es un veterano exorcista  que sirve en la diócesis de San José (Estados Unidos). En sus más de diez años de experiencia ha tratado decenas de casos de actividad demoniaca por lo que no sólo lucha contra la influencia de Satanás sino también contra la creencia generalizada en la sociedad de que no existe.

En una entrevista para la revista Cosmopolitan, que está destinada al público femenino y nada sospechosa de ser pro religión, este exorcista norteamericano acaba dando una auténtica catequesis sobre el poder de Satanás, su poder y la victoria de Cristo sobre la muerte y sobre el demonio. Un argumento cristiano que ha entrado en decenas de miles de hogares haciéndose un hueco en esta publicación.


Poster de la película El RitoSu experiencia ha inspirado libros y películas
Este exorcistas es de los más conocidos del país puesto que su experiencia permitió que se escribiera el libro que más tarde se convirtió en la película de The Rite (El rito) protagonizada por Anthony Hopkins.

Para dejar claro que existen casos y que esto no es algo del pasado, el padre Gary Thomas explicaba que el día anterior a la entrevista “recibí cinco llamadas telefónicas. Tenemos varias solicitudes a la semana para realizar el rito del exorcismo, inclusive fuera de nuestra diócesis”.

“Yo no hago nada por mí mismo. Tengo un equipo de expertos médicos conformado por un psicólogo clínico, un psiquíatra y un médico”, indicaba este sacerdote. Pero además del equipo médico tiene otro igual de importante para estos casos. “También tengo un equipo de oración que hace todos los discernimientos. Cada persona que solicita un exorcismo es evaluada. Solo se termina haciendo un exorcismo formal cuando todo lo demás ha fallado”.


El riesgo de la ouija y el Reiki
Preguntado en Cosmopolitan qué actividades pueden ser peligrosas, el padre Thomas hizo una lista que habrá sorprendido a más de una lectora de dicha revista. Y enumera: “Las personas que usan tablas de la ouija (que es un instrumento de magia, no un juguete), las cartas del tarot, las lecturas de la palma de la mano, meditaciones como el Reiki, el uso del yoga como una forma de poder mediante el cual se evoca a falsas dioses”.

En su opinión, “no es ningún secreto que nuestra sociedad tiene hambre de espiritualidad. El problema es que las personas están buscando en los lugares equivocados”. Otro de los problemas que destacó fue que una parte importante de la sociedad “el cristianismo ya no es relevante por lo que construyen su propia moralidad, su propia manera de vivir”.


"Satanás no es una metáfora"
Dirigiéndose a los miles de lectores de la revista, el exorcista estadounidense  indicó que “Jesús no vino solo para ser un buen tipo. Satanás no es una metáfora. Satanás es real. A él le gustaría que usted crea que no existe y ese es su mayor engaño. La gente tiene que darse cuenta de que no somos los dueños de nuestro propio destino. Tenemos que ponernos a disposición de Dios”.

Además, quiso incidir mucho en esta consideración: “Algo que piensan erróneamente las personas es que Satanás no existe. Satanás sí existe y es por eso que Jesucristo vino. No estoy tratando de evangelizar, pero es por eso que doy entrevistas. Doy entrevistas porque hay charlatanes que mienten al decir que ‘limpiarán su casa’.También hay otras personas que sí lo pueden hacer, porque tienen un don, y sin embargo optaron por utilizarlo del lado oscuro”.


Muy insistente con los riesgos del yoga
El padre Gary Thomas está muy concienciado sobre las posibilidades que abren la puerta al demonio y que en muchas ocasiones se presentan de manera inocente. De ahí que ya en varias ocasiones haya alertado de los riesgos del yoga, muy extendido en todo Occidente, incluso entre los católicos.

Del mismo modo, ha advertido también en distintas ocasiones de otros males que esclavizan al hombre y que permiten la entrada de Satanás: “el incremento del consumo de drogas y la adicción a la pornografía son facilitadores y signos de la acción del demonio”.

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