martes, 8 de noviembre de 2016

MANIPULACIÓN AFECTIVA

Manipulación afectiva
Toma decisiones, aunque no tengas toda la certeza de que serán las mejores. No te precipites, pero tampoco lo alargues de manera excesiva. 


Por: Adolfo Güémez | Fuente: Analisis y Actualidad 



Manipulación afectiva
Hay mucha gente que se siente manipulada. ¡Sin embargo hay aún más que de hecho están  siendo manipulados, pero no se han dado cuenta! Y piensan que la vida tiene que ser así. Que  una relación amorosa, laboral o de amistad funciona de esa manera siempre. ¡Pero no!  
Manipular significa utilizar a otros para mis propios intereses. La mayor parte de las veces  se hace a base de mentiras o de injusticias.   
Claro que todos tenemos intereses. Y deseamos alcanzarlos. Lo vemos desde un niño que  patalea en el supermercado para que su mamá le compre lo que quiere, hasta una esposa que  coquetea con otros para celar a su marido.  
Pero una cosa es un hecho, y otra es una actitud. Porque muy distintos son los actos aislados  que todos podemos realizar inconscientemente, con respecto a la actitud de manipulación  constante en la que se puede basar una o varias relaciones interpersonales.   


«Padre, mi marido no me da dinero si no hago todo, ¡exactamente todo!, lo que él me dice y  de la manera en que a él le agrada.»  
Una persona manipuladora sabe qué tecla tocar para lograr sus objetivos. «Es que tengo  miedo de que me corran de mi trabajo, por eso he accedido a actuar de una manera con la  que no estoy de acuerdo.»  
Todo esto puede parecer inofensivo, y sin embargo, un manipulador lo que logra no es que  hagas tal o cual cosa, sino que te conviertas en un objeto que puede usar a su gusto. Llegas a  ser una pieza de ajedrez con la cual puede jugar a su antojo.
De esta manera, la autoestima de la persona abusada llega a estar por los suelos, llegando a  pensar incluso que si no hace lo que el manipulador le pide, entonces su trabajo o su misma  persona no tendrá ningún valor. Pautas a seguir:  
1. Lo primero que tienes que hacer es descubrirlo. No es fácil, porque el manipulador es un  camaleón. Y puede pasar de un comportamiento impositivo, agresivo y violento, a uno  sereno, amistoso y sonriente.   
Sus reacciones, por eso, serán siempre impredecibles. Un día pueden estar felices, y al  siguiente exasperados hasta por el más mínimo detalle.   
Si algo sale mal, jamás aceptará su responsabilidad. Si algo sale bien, se atribuirá la mayor  parte del mérito.   
La burla, el sarcasmo y las críticas son su arma preferida.  
2. Ahora es importante que te analices a ti mismo(a), para ver hasta dónde te ha afectado una  relación así:  
- Has perdido seguridad, te sientes vulnerable, débil, sin posibilidad de defenderte.   
- Temor excesivo a equivocarte. Haces todo lo posible con tal de no molestar al otro(a). Tu  principal preocupación es ésta.   
- Tu autoestima ha disminuido considerablemente. Lo que antes estabas seguro(a) de poder  hacer, ahora te lo cuestionas siempre.
- Te cuesta tomar decisiones, porque estás al pendiente de lo que el otro pueda pensar.   
- No te crees capaz de romper con esta manera de relacionarte.  
Y si aún dudas, pregunta a tus familiares y amigos más cercanos si te ven de esta manera o  no.   
3. Pero ahora, ¿qué hay que hacer?  
Lo primero es pedirle luz a Dios para que te ilumine y sepas qué pasos dar. No siempre se  trata de romper la relación, como de sanarla. Porque, como dice Jesús, sólo la verdad nos  hará libres.
Recuerda que para que haya una manipulación tiene que haber un manipulador y un  manipulado. Poco podrás hacer para cambiar al manipulador, ¡pero transformarte a ti  mismo(a) está completamente en tu poder!  
No des la batalla solo(a), busca apoyo afectivo en tus amigos y familiares, sicológico si lo  necesitas, y espiritual.   
Si la situación de abuso es insostenible, tendrás que tomar decisiones drásticas.   
Acéptate como eres, con tus defectos y virtudes, pero recuerda que tienes un valor y una  dignidad infinitos. Esto no depende del hecho de que los otros lo reconozcan o no.  Simplemente es así. Y la primera persona en aceptarlo debes ser tú mismo(a)  
Toma decisiones, aunque no tengas toda la certeza de que serán las mejores. No te precipites,  pero tampoco lo alargues de manera excesiva.   
Y por último, aprende a decir “no” cuando se te pida que hagas algo en contra de tu propia  dignidad. ¡Nadie, jamás, puede ser utilizado en contra de su propia libertad! 

NUESTRAS ASPIRACIONES


Nuestras aspiraciones
Cristiano de hoy


Estamos insatisfechos con nosotros mismos, nos parece que los demás siempre y en todo, han tenido mejor suerte. 


Por: Fr. Mario Knezovic | Fuente: Catholic.net 



Aceptarnos como criaturas de Dios – son palabras que a menudo escuchamos y sobre las cuales meditamos. En muchas ocasiones estamos insatisfechos con nosotros mismos. Nos parece que los demás siempre y en todo, en la creación y en el crecimiento, han tenido mejor suerte. También nuestras acciones no han sido como hubiéramos querido que fueran. A menudo nos sentimos descontentos de nuestro aspecto, ocupación, ambiente… Además, nos parece que ni Dios es justo porque permite que el sol brille y que la lluvia caiga de igual forma, a los buenos y a los malos. La insatisfacción se acumula a pesar del hecho de que sabemos que como hijos de Dios hemos sido creados precisamente a su imagen y semejanza y de que somos irrepetibles.

Muchos escritores espirituales y maestros sostienen que de la aceptación de uno mismo y de todo lo que nos sucede, provoca el cambio de estado en que vivimos. Aceptarse a sí mismo no significa permanecer siendo el mismo y no cambiar nada. Aceptarse a sí mismo es sólo el comienzo del cambio que anhelamos. En caso contrario, permanentemente nos daremos vuelta en un círculo, nos sentiremos cansados y permaneceremos en la misma posición. De esa forma, se acumula la desesperación, crece la falta de esperanza, y al final la esperanza muere.

Una pregunta fundamental sería: ¿Qué anhela nuestro corazón – lo terrenal o lo celestial? Los criterios humanos no son los de Dios. Precisamente eso Jesús reprochó a Pedro cuando éste quiso apartarlo del camino que conducía a través de la cruz y el padecimiento a la salvación. Si durante toda la vida dirigimos nuestros pensamientos y fuerzas a los bienes terrenales y anhelamos “agradar” al mundo y no a Dios y a nosotros mismo, siempre estaremos distanciados de lo más importante: cómo somos ante los ojos de Dios y los nuestros. Por eso, si nuestra insatisfacción proviene debido a las cosas terrenales y a los criterios de este mundo, hemos sido llamados a volvernos a lo que supera este mundo efímero. En la Primera Carta a los Corintios leemos: “Ustedes, por su parte, aspiren a los dones más perfectos.” (cfr. 1 Cor 12,31).

En nuestras aspiraciones se esconde también nuestra individualidad. Es muy importante conocer las propias aspiraciones. ¿Qué cosa realmente deseamos de esta vida? ¿Qué es lo más importante para nosotros? ¿Es fundamental ser bellos y ricos, si sabemos que la belleza es relativa y la riqueza efímera? Más importante que esto es gritar con el salmista las propias aspiraciones: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu”.

¿Qué debemos hacer? Ante todo, como María, agradecer y alabar a Dios. Aceptar todo, realmente todo, lo que Dios quiere de nosotros – como María, Jesús, José y otros modelos de la Iglesia. Aceptación no significa aceptación de la impotencia y la extinción del deseo de cambiar, sino significa abrir las puertas a una transformación radical de la propia vida. Cuando María acepta la voluntad de Dios, el niño brinca en su seno y Ella da a luz a Jesús. Para nosotros es lo mismo: escuchar y comprender. Después se verifica en nosotros el inicio de una vida nueva y más santa, en la cual ya no es importante lo terrenal, sino lo que concierne al Cielo, desde donde esperamos la esperanza beatífica y la nueva venida del Salvador.

POR QUÉ CONFESAR LOS PECADOS A LOS SACERDOTES SI ELLOS SON SIMPLES HOMBRES?

¿Por qué confesar los pecados a los sacerdotes si ellos son simples hombres?
La objeción es frecuente, y no sólo viene de protestantes, sino en algunos casos, también de católicos reacios a la confesión


Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE. | Fuente: TeologoResponde.org 



Pregunta:

Mi inquietud es ¿por qué debemos confesar nuestros pecados a un sacerdote, en vez de hacerlo directamente con Dios? No hay referencia bíblica que asevere que debemos confesarnos como lo vengo haciendo. ¿En qué se fundamentó la Iglesia? Disculpe mi ignorancia, pero me encuentro en esta disyuntiva; esto viene a raíz de que he estado hablando con una persona cristiana protestante; ellos dicen que uno debe pedirle perdón a la persona que uno ofendió directamente, y me preguntó sobre qué se basó la Iglesia para este Sacramento.

Respuesta:

La objeción es frecuente, y no sólo viene de protestantes, sino en algunos casos, también de católicos reacios a la confesión. Escribía un convertido, hablando de su vida pasada cuando era protestante: “La creencia católica en el sacramento de la confesión y su práctica de confesar los pecados a un sacerdote, siempre me fastidiaron. Desafiándolos, yo les decía: ‘Sólo Dios puede perdonar los pecados. Nadie tiene que ir a un hombre pecador para ser perdonado. ¡Nos dirigimos directamente a Dios!”[1].
Es cierto, y los protestantes serios no dudan de ello, de que Jesucristo tiene el poder de perdonar los pecados y de hecho, en los Evangelios lo hace en repetidas ocasiones, como al perdonar a la adúltera (Jn 8), al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados (Mc 2,5), a la pecadora en casa de Simón el fariseo: Sus pecados, sus numerosos pecados le quedan perdonados, por el mucho amor que mostró (Lc 7,47), al buen ladrón: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43). Y no sólo eso, sino que Jesucristo reivindica el derecho de hacerlo: El Hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra (Mc 2,10).
Pero la misma Biblia testimonia que este poder de perdonar los pecados es comunicado a sus apóstoles, y se trata en este caso de un acto absolutorio de los pecados en nombre del mismo Dios. Esto hay que tenerlo en cuenta. El mandato de perdonarnos unos a otros las ofensas es universal (Mt 6,14-15: si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas; Col 3,13: Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros). Pero en este mandato se nos manda que nosotros perdonemos las ofensas hechas contra nosotros mismos; este perdón no implica que el ofensor sea perdonado también por Dios; esto es otra cosa que debe arreglarse entre el pecador y Dios. Precisamente, este asunto Jesucristo lo encarga a sus apóstoles.
La promesa de este poder la encontramos en el texto de Mt 16, dirigida a Pedro bajo la metáfora de las llaves y de “atar-desatar”: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16,19). Ya hemos explicado el significado de la parábola más arriba, al hablar del primado de Pedro. Pero la entrega efectiva de ese poder, tiene lugar después de la Resurrección de Cristo y va dirigida a todos los apóstoles (a diferencia del primado, que sólo se dirige a Pedro, tanto en Mt 16 como en Jn 21): Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos (Jn 20,22-23). Los apóstoles fueron concientes de este poder, como señala San Pablo en la segunda carta a los Corintios: Todo eso es la obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo, y que a mí me encargó la obra de la reconciliación (2Co 5,18).


Los apóstoles, por su parte, al asegurar la continuidad de su ministerio por medio de la ordenación de sus sucesores (obispos y sacerdotes), les confiaron el poder recibido del mismo Cristo, como le hace notar san Pablo a Timoteo: Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por la imposición de mis manos (2Tim 1,6). De esta manera, se cumple la promesa del Señor hecha a los apóstoles de que “estaría con ellos hasta el fin del mundo” (cf. Mt 28,20); evidentemente se refería a sus sucesores, puesto que los apóstoles murieron y ellos no están ya en el mundo; por tanto, la promesa de Cristo se refería al ministerio desarrollado por los apóstoles.
No impide, este poder, que el mismo sacerdote sea pecador, porque su poder no está condicionado a su santidad. Él puede perdonar los pecados por el poder recibido en su ordenación, pero al mismo tiempo él necesita del perdón de sus pecados, y por eso debe confesarse con otro sacerdote; y esta necesidad afecta a todo hombre, sea sacerdote, obispo o el mismo Papa.
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Bibliografía sobre sacerdocio en general:
Antonio Royo Marín, El sacramento del orden, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 521-559;
Pablo VI, Enc. Sacerdotalis coelibatus (1967);
Michael Schmaus, Teología dogmática, tomo VI (Los sacramentos), Rialp, Madrid 1963, pp. 658-699.
Sobre la confesión:
Antonio Royo Marín, La penitencia, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 254-502;
P. Adnès, La penitencia, BAC, Madrid 1981;
J. Ramos Regidor, El sacramento de la penitencia, Salamanca 1975;
Juan Pablo II, Exh. Reconciliatio et paenitentia;
Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia. Manual de preparación para el sacramento de la penitencia, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 1999;
Id., A quienes perdonéis, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 2002;
B. Häring, Shalom: paz. El sacramento de la reconciliación, Herder, Barcelona 1970;
M. Nicolau, La reconciliación con Dios y con la Iglesia, Madrid 1977;
de orden más histórico es el artículo de Hubert Jedin, La necessité de la confession privée selón le Concile de Trente, en: “La Maison-Dieu” 104 (1970), p. 115.
[1] Cf. Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, p. 255-256.
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