lunes, 26 de diciembre de 2016

TARJETAS DE FELIZ NAVIDAD



















LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


La Natividad del Señor



Con la solemnidad de la Navidad, la Iglesia celebra la manifestación del Verbo de Dios a los hombres.  En efecto, éste es el sentido espiritual más importante y sugerido por la misma liturgia, que en las tres misas celebradas por todo sacerdote ofrece a nuestra meditación “el nacimiento eterno del Verbo en el seno de los esplendores del Padre (primera misa); la aparición temporal en la humildad de la carne (segunda misa); el regreso final en el último juicio (tercera misa).

Un antiguo documento del año 354 llamado el Cronógrafo confirma la existencia en Roma de esta fiesta el 25 de diciembre, que corresponde a la celebración pagana del solsticio de invierno "Natalis solis invicti", esto es, el nacimiento del nuevo sol que, después de la noche más larga del año, readquiría nuevo vigor.

Al celebrar en este día el nacimiento de quien es el verdadero Sol, la luz del mundo, que surge de la noche del paganismo, se quiso dar un significado totalmente nuevo a una tradición pagana muy sentida por el pueblo, porque coincidía con las ferias de Saturno, durante las cuales los esclavos recibían dones de sus patrones y se los invitaba a sentarse a su mesa, como libres ciudadanos. Sin embargo, con la tradición cristiana, los regalos de Navidad hacen referencia a los dones de los pastores y de los reyes magos al Niño Jesús.

En oriente se celebraba la fiesta del nacimiento de Cristo el 6 de enero, con el nombre de Epifanía, que quiere decir "manifestación", después la Iglesia oriental acogió la fecha del 25 de diciembre, práctica ya en uso en Antioquía hacia el 376, en tiempo de San Juan Crisóstomo, y en el 380 en Constantinopla. En occidente se introdujo la fiesta de la Epifanía, última del ciclo navideño, para conmemorar la revelación de la divinidad de Cristo al mundo pagano.

Los textos de la liturgia navideña, formulados en una época de reacción contra la herejía trinitaria de Arrio, subrayan con profundidad espiritual y al mismo tiempo con rigor teológico la divinidad y realeza del Niño nacido en el pesebre de Belén, para invitarnos a la adoración del insondable misterio de Dios revestido de carne humana, hijo de la purísima Virgen María.


Fuente: Catholic.net    

UN REGALO PARA EL RECIÉN NACIDO


Un regalo para el Recién Nacido
Sólo los humildes pueden ir a Belén y arrodillarse ante la maravilla infinita de un Dios hecho Niño y acostado en un pesebre.


Por: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net 




Ya, felizmente, ha llegado esta fecha venturosa de Navidad. Todos guardamos en nuestra alma recuerdos entrañables de las fiestas navideñas: bellos recuerdos de nuestra infancia, y también de nuestra edad juvenil y adulta. Y es que, en este día todos nos hacemos un poco como niños. Y está muy bien que sea así, porque nuestro Señor prometió el Reino de los cielos a los que son como niños. Más aún, desde que Dios se hizo niño, ya nadie puede avergonzarse de ser uno de ellos.

¡Tantas cosas podrían decirse en un día como éstos! Pero no voy a escribir un tratado de teología. Me voy a limitar, amigo lector, a contarte una sencilla y bella historia. Espero que te guste.

Se cuenta que el año 1994 dos americanos fueron invitados por el Departamento de Educación de Rusia –curiosamente—, para enseñar moral en algunas escuelas públicas, basada en principios bíblicos. Debían enseñar en prisiones, negocios, en el departamento de bomberos y en un gran orfanato. En el orfanato vivían casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados por sus padres y dejados en manos del Estado. Y fue en este lugar en donde sucedió este hecho.

Era 25 de diciembre. Los educadores comenzaron a contarles a los niños la historia de la primera Navidad. Les hablaron acerca de María y de José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas y, obligados por las circunstancias, tuvieron que irse a un establo a las afueras de Belén. Y fue allí, en una cueva pobre, maloliente y sucia, en donde nació Dios, el Niño Jesús. Y allí fue recostado en un pesebre.

Mientras los chicos del orfanato escuchaban aquella historia, contenían el aliento, y no salían de su asombro. Era la primera vez que oían algo semejante en su vida. Al concluir la narración, los educadores les dieron a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada niño se le dio un cuadrito de papel amarillo, cortado de unas servilletas, para que asemejaran a unas pajas. Luego, unos trocitos de franela para hacerle la manta al bebé. Y, finalmente, de un fieltro marrón, cortaron la figura de un bebé.

De pronto, uno de ellos fijó la vista en un niño que, al parecer, ya había terminado su trabajo. Se llamaba Mishna. Tenía unos ojos muy vivos y estaría alrededor de los seis años de edad. Cuando el educador miró el pesebre, quedó sorprendido al ver no un niño dentro de él, sino dos. Maravillado, llamó enseguida al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre. Mishna cruzó sus brazos y, observando la escena del pesebre, comenzó a repetir la historia muy seriamente. Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez, estaba muy bien, hasta que llegó al punto culminante. Allí Mishna empezó a inventar su propio relato, y dijo: –“Y cuando María puso al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá, y que no tenía ningún lugar adonde ir. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía, porque no tenía ningún regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús. Y por eso pensé qué podía regalarle yo al Niño. Se me ocurrió que tal vez como regalo yo podría darle un poco de calor. Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ése sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo que sí, que ése sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre. Y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre”.

Cuando el pequeño Misha terminó su relato, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas y empapaban sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!

Esta conmovedora historia, ¡tiene tanto que enseñarnos! Este niño había comprendido que lo esencial de la Navidad no son los regalos materiales, ni el pavo, ni la champagne, ni las luces y tantas otras cosas buenas y legítimas. Lo verdaderamente importante es nuestro corazón. Y querer estar para siempre al lado de Jesús a través de nuestro amor, de nuestra fe, del regalo de nuestro ser entero a Él.

Dios nace hoy en un establo, no en un palacio. Nace en la pobreza y en la humildad, no en medio de lujos, de poderes y de riquezas. Sólo así podía estar a nuestro nivel: al nivel de los pobres, de los débiles y de los desheredados.

Sólo si nosotros somos pequeños y pobres de espíritu podremos acercarnos a Él, como lo hicieron los pastores en aquella bendita noche de su nacimiento. Los soberbios, los prepotentes y los ricos de este mundo, los que creen que todo lo pueden y que no necesitan de nada ni de nadie –como el rey Herodes, los sabios doctores de Israel y también los poderosos de nuestro tiempo— tal vez nunca llegarán a postrarse ante el Niño en el pobre portal de Belén.

Ojalá nosotros también nos hagamos hoy como niños, como Mishna, como los pobres pastores del Evangelio, para poder estar siempre con Jesús.

Sólo los humildes pueden ir a Belén y arrodillarse ante la maravilla infinita y el misterio insondable de un Dios hecho Niño y acostado en un pesebre. Sólo la contemplación extasiada y llena de fe y de amor es capaz de penetrar –o, mejor dicho, de vislumbrar un poquito al menos— la grandeza inefable de la Navidad. ¡El Dios eterno, infinito, omnipotente e inmortal, convertido en un Niño recién nacido, pequeñito, impotente, humilde, incapaz de valerse por sí mismo! ¿Por qué? Por amor a ti y a mí.

Para redimirnos del pecado, para salvarnos de la muerte, para liberarnos de todas las esclavitudes que nos oprimen y afligen.

Si Dios ha hecho tanto por ti, ¿qué serás capaz tú de regalarle al Niño Dios?





P. Sergio Cordova LC

HOY EL RETO DEL AMOR ES QUE PIDAS AYUDA

Hoy el reto del Amor es que pidas ayuda.
Sin Amor, sólo crece nuestro Yo y no dejamos que Cristo, el Amor, crezca en nosotros. 


Por: El Vive de Cristo (Dominicas Lerma) | Fuente: http://dominicaslerma.es/ 



Hola, buenos días, hoy Joane nos lleva al Señor. Que pases un feliz día. 

LA GRAN HAZAÑA
Día de orden y limpieza: unas, la sala; y otras otra, parte del Noviciado. 
Recibí una llamada y, al ver que se alargaba bastante, observé la galería llena de cajas y cajas, bolsas y más bolsas de basura de gran tamaño... desplegadas por todos los sitios, pues estamos vaciando una sala que hace años que no se tocaba.



Agarrando el teléfono con la oreja aplastada sobre el hombro, mientras "escuchaba" la llamada, bajé una gran bolsa en la que, por el peso, se abrió un agujero y fui dejando un rastro que luego tuve que recoger de vuelta; otra bolsa en que, mientras "escuchaba", coincidió que mi pierna, a cada escalón, golpeaba un patito de goma que se dedicaba a delatarme con un "cuack" "cuack" continuo; otra tenía un juego para llevar a las monjas que se activó, y no paraba de decir: "¡Bienvenido a la guerra de las galaxias!", seguido de una musiquilla imparable... y yo..."escuchando" y, a su vez, sintiéndome una heroína por poder sorprender dejando vacía la galería.
Se acabó la conversación y yo sola seguí con la galería que entre todas debíamos haber vaciado después de acabar todo. Pero ya sólo miraba por el "logro" de conseguirlo sola. No me conformé y, una vez que bajé todo, sola también me dediqué a llevar todo a la otra punta del monasterio: un viaje, otro, otro...
¿Me ofrecieron ayuda? Sí, ¡incluso Israel apareció con dos carretillas! Pero, ante mi "gran acogida", desaparecieron... ¡era mi hazaña! Dentro de mí sabía que tenía que pedir ayuda, que era algo de equipo, pero no paré. Al día siguiente, el dolor de espalda se reía de mí, ¿quién no?
Cuántas veces nos ponemos metas a alcanzar solos, sin poder ver a los hermanos. Nuestro valor no depende de las grandes hazañas, de nuestra autosuficiencia, de lo sorprendidos que podamos dejar al resto con nuestra tenacidad, de lo perfectas que creamos hacer las cosas... Sin Amor, sólo crece nuestro Yo y no dejamos que Cristo, el Amor, crezca en nosotros. Y sí, yo dejé la galería impoluta, llevé todo a su sitio pero... no escuché con calma la llamada de teléfono y no me dejé ayudar. ¡Ésa era la hazaña que me pedía el Señor en ese momento!
Puede que tengas que presentar algo en el trabajo, hacer la programación de una actividad, la comida, desplazarte a algún sitio, ir a la consulta del médico, puede que te estén haciendo pasarlo mal en el cole o en el trabajo... prueba a pedir ayuda, prueba a dejar que los demás entren en lo que tienes entre manos, también en tus problemas y preocupaciones. No tengas miedo a tu debilidad, a sentirte juzgado; seguro que te sorprendes. Cristo no quiere que vivas todo solo y te pone cerca a mucha gente buena.

Hoy el reto del Amor es que pidas ayuda. Pero no te pongas este reto sólo para hoy: prueba cada día pedir ayuda en algo. Verás que no es fácil pero que esta hazaña sí es grande.

EL MARTIRIO DE SAN ESTEBAN


En el clima de la alegría navideña.. ¿el martirio de San Esteban?
Reflexiones Dios y personajes de la Biblia


En la óptica de la fe, la fiesta de san Esteban está en plena sintonía con el significado profundo de la Navidad.


Por: SS Papa Francisco | Fuente: Catholic.net 



Duante la octava de Navidad, en la alegría de la Navidad se inserta la fiesta de san Esteban, el primer martir de la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos lo presenta como "un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo", elegido con otros seis para dar servicio a las viudas y a los pobres en la primera comunidad de Jerusalén. Y nos cuenta su martirio, cuando después de un fogoso discurso que suscitó la ira de los miembros del Sanedrín, fue arrastrado afuera de las murallas de la ciudad y lapidado.

Esteban murió como Jesús, pidiendo perdón por sus asesinos. En el clima de la alegría navideña, esta conmemoración podría parecer fuera de contexto. De hecho la Navidad es la fiesta de la vida y nos infunde sentimientos de serenidad y de paz. ¿Por qué entonces turbar su encanto con el recuerdo de una violencia tan atroz? En realidad en la óptica de la fe, la fiesta de san Esteban está en plena sintonía con el significado profundo de la Navidad.

En el martirio, de hecho, el amor derrota a la violencia, la vida a la muerte. La Iglesia ve en el sacrificio de los martires su "nacimiento al cielo". Celebramos por lo tanto hoy la "navidad" de Esteban, que en profundidad se desprende de la Navidad de Cristo. ¡Jesús transforma la muerte de quienes lo aman en aurora de vida nueva!

En el martirio de Esteban se reproduce la misma lucha entre el bien y el mal, entre el odio y el perdón, entre la mansedumbre y la violencia, que tuvo su culminación en la cruz de Cristo. La memoria del primer mártir acaba así con una falsa imagen de la Navidad: ¡una imagen de fábula y duzurosa, que en el evangelio no existe!

La liturgia nos trae el sentido auténtico de la Encarnación, relacionando Belén al Calvario y recordándonos que la salvación divina implica que la lucha al pecado, pasa por la puerta estrecha de la cruz.

Este es el camino que Jesús ha indicado claramente a sus discípulos: "Serán todos odiados a causa de mi nombre. Pero quién habrá perseverado hasta el final será salvado".

Por eso hoy rezamos de manera particular por los cristianos que sufren discriminación a causa del testimonio que dan de Cristo y del evangelio. Estamos cerca de estos hermanos y hermanas que como san Esteban, son acusados injustamente y objeto de violencias de varios tipos.

Estoy seguro que, lamentablemente, son más numerosos hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia y que son tantos. Esto sucede especialmente en los lugares en donde la libertad religiosa no está todavía garantizada o no está plenamente realizada. Sucede también en países y ambientes que en sus papeles tutelan la libertad y los derechos humanos, pero donde de hecho los creyentes, especialmente los cristianos, encuentran limitaciones y discriminaciones.

A un cristiano esto no lo maravilla, porque Jesús lo ha anunciado como ocasión propicia para dar testimonio. Entretanto en el plano civil, la injusticia va denunciada y eliminada. Que María Reina de los Mártires nos ayude a vivir este tiempo de Navidad con aquel ardor de fe y de amor que refulge en san Esteban y en todos los mártires de la Iglesia.

HÁGASE

Hágase
El dolor es algo connatural al hombre, pero no todos lo enfrentan del mismo modo.


Por: SAntiago Mejía, L.C. | Fuente: Catholic.net 



Al escuchar la palabra “dolor” hay una reacción inmediata de rechazo. Es algo totalmente normal. La muerte de un ser querido, una herida, una tragedia natural: todo cae dentro de situaciones “dolorosas” en la cual el ser humano exterioriza su aflicción en variadas formas. El tema del dolor es algo presente en las obras artísticas, tanto en la antigüedad como en tiempos modernos, pero existen diferencias profundas y reales que son consecuencia del hombre mismo: su postura ante el mismo dolor.

Ya no hay pulso. El calor se retira con agilidad del cuerpo inerte. Todavía hay gotas de sangre viva y pura que se deslizan al suelo sediento. Las venas de los brazos y las manos se desinflan con cada segundo transcurrido. Ella mira en soledad profunda, sus labios inmaculados contienen el llanto. El dolor desgarrador causado por la espada en su alma no se exterioriza. No se tensa. Aguarda en su corazón. Paz, serenidad digna y noble alumbra su vista nublada. Hágase.

“La Piedad” de Miguel Ángel capta el momento más grave de la historia de la humanidad. Tragedia de tragedias. Dios mismo, hecho carne, muerto en brazos de su madre. Sin embargo, dentro de ese dolor interno se respira calma y dominio, un criterio iniciado por maestros como Fídias y Mirón más de mil años anterior a Miguel Ángel. En este período de esplendor griego, los filósofos, artistas y literatos llevaron al hombre a la cumbre de su propio conocimiento: el humanismo clásico. En aquellas obras, como “La Piedad” se reconoce que la sobriedad, el dominio personal y dignidad serena es muestra de lo humano, lo netamente humano: capacidad de elegir, de controlar la pasión, el instinto animal y elevarlos más allá de las cadenas de la existencia terrena, confiando en el destino divino. No hay conflicto sino armonía absoluta porque se sabe criatura y se confía en el Creador.

En brusco contraste, existe una obra de Munich titulada “El Grito.” En 1988, Octavio Paz decía que la obra es “palabra sin palabra, es el silencio del hombre errante en las ciudades sin alma y frente a un cielo deshabitado.” El grito caótico encuentra silencio como respuesta, hasta adversidad ante la indiferencia fría de las personas en el fondo del cuadro. La persona gritando no tiene fin, no tiene control, no tiene un regazo seguro en el cual descansar. En esta instantánea del dolor moderno sólo cabe concluir que algo ha pasado a ese concepto elevado que los humanistas tenían del hombre.

Si se ciñe al comentario de Giovanni Carducci en Opera I: “el arte es el resultado moral de la civilización, la irradiación espiritual de los pueblos”, se concluye que el hombre moderno pintado en “El Grito” carece de humanidad, dominio y equilibrio. En contraste con “La Piedad”, no hay solución para este errante desesperado. Hoy se predica la “huida del dolor.”¿Acaso no mueren o son desconectados en la eutanasia miles de personas sufrientes? ¿Acaso no existen centenares de píldoras y medicinas para aliviar, consolar o borrar la aflicción? ¿Acaso no se acude a un psiquiatra o psicólogo para mitigar el trauma? Como al personaje de “El Grito”, al hombre de hoy le horroriza el dolor y quedan cortas las soluciones propuestas.

Dice René Huyghe: “El arte siempre ha sido una expresión de la sociedad y de su religión […] La ruptura la ha producido una sociedad como la nuestra, que ha suprimido las funciones profundas del hombre, su respiración, su vida espiritual. El arte ha traducido esta desgracia y de ahí su inclinación trágica, sus imágenes obsesivas.” Por lo tanto quedan dos caminos, como se ha visto dos obras. Seguir de vagabundo por las anchas playas de la deshumanización y el rechazo violento de lo espiritual y el dolor, o volver a conocer al “hombre” en sí, aceptar su pequeñez ante el dolor y confiar en el Destino Divino con nombre y apellido. El resultado de ambos caminos se ve en la misma obra. Hágase.
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