martes, 7 de febrero de 2017

EL MIEDO A PERDER

El miedo a perder
Las cosas más bellas y valiosas de la vida siempre se consiguen con esfuerzo y exigencia.


Por: Pedro Pablo Mesa, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores 



¿Qué tal si un día de cansancio, al terminar la jornada se comienza a soñar con el famoso Miguel Ángel Buonarroti? sería genial, especialmente si nunca se ha tenido un sueño con alguien como él...

Más extraño aún sería no poder hablar porque aunque se deseara, las palabras no salen de la boca. Entonces, toma su martillo, agarra con la otra mano el cincel (uno realmente enorme) y comienza la acción. Tal vez se podría gritar del susto pero no es posible. Se siente la descarga del martillo y una parte que se desprende. Una y otra vez se clava el cincel sin piedad y se experimenta cómo la tortura se prolonga pero aún ser sigue vivo... Días después en otra habitación, hay un espejo y ahora se entiende todo...

¿Qué tal si un día se tiene este sueño? Si en medio de la noche se está convencido de ser un bloque de mármol y Miguel Ángel logra una de sus obras más famosas: la Piedad, o el Moisés ¿verdad que habrían valido la pena los “garrotazos”? ¿Quién se lamentaría al ver el resultado a pesar de tanto dolor?

Sin embargo sucede que el artista de hoy en día, en la hermosura del arte de la educación, son otros; papás, mamás, profesores, sacerdotes... Pero cuando ha de caer el martillo para dar el “golpe”, el “mármol” sí se lamenta, y los artistas, movidos por compasión, desisten. El resultado: mucho cariño, que nadie duda que sea sincero, pero finalmente el mismo trozo de mármol intacto.

Quisieran tal vez ser como ángeles protectores que pudieran estar el día entero cuidando a esa criaturita indefensa y evitándole todo mal posible porque le ha tocado vivir en un mundo supremamente injusto y sin compasión. Quisieran que nunca conocieran el dolor, la tristeza, el fracaso, todas esas cosas que tal vez ellos sí han tenido que padecer y que se siente sería mejor si se las pudieran ahorrar. Todo nace de un corazón que ama sinceramente y desea lo mejor para el amado.

Pero este no es el camino. No porque haya que volver a los tiempos en que se decía: “la letra con sangre entra”, sino más bien que las cosas más bellas y valiosas de la vida siempre se consiguen con esfuerzo y exigencia. No hay nadie que haya subido el Everest sin haber escalado una montaña menor y sin haber recibido un buen susto al quedar pendiente de una rama al borde de un precipicio. Nadie tampoco se cuelga al cuello la medalla de oro de los 100 metros planos si nunca en su vida a entrenado.

Hay que ser realistas y entender este principio. Sólo se cosecha lo que se cultiva. Los niños que hay que educar son maravillosos, con grandes y deslumbrantes talentos, pero todo esto se ve como se ve una semilla; se puede imaginar cuál será el futuro y cómo será de maravilloso, pero hay que comenzar por sembrarla, regarla, quitar las malas hierbas, etc.

La solución es sencilla de plantear pero hace falta decisión para aplicarla. Se trata de exigir con amor. Que cada reto que se plantea, cada llamada de atención, cada mirada fulminante de reprobación por un mal cometido, estén empapadas de ese cariño que no hay que improvisar, pues ya se tiene, y que cuando es sincero se transmite sin problema. Parecerá tal vez que la otra persona no lo percibe, pero es imposible confundir el amor de una mamá incluso cuando regaña, que el fastidio del profesor que se ha dado cuenta de que el alumno se ha salido con la suya.

Sirve también reconocer algo sencillo pero presente en la psicología de cada niño y adolescente, aunque no sólo en ellos. El hombre se mueve por lo que le atrae. Hay que saber motivarles para actuar, y luego sí, exigir. Si es necesario y justo también habrá que premiar. De manera que al final, después de una fuerte inversión de tiempo, paciencia, cariño, e incluso algo de dolor por la impotencia de no poder hacer con él todo lo que se quiere como se quiere, saldrá el fruto maduro de un hombre que no huye de la realidad que lo rodea sino que sabe afrontarla con gallardía y salir adelante en medio de las dificultades y problemas. Un hombre a fin de cuentas, completo y feliz.

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