martes, 28 de marzo de 2017

CUATRO PODEROSAS ARMAS CONTRA EL DEMONIO

Cuatro poderosas armas contra el Demonio
Desde la Fe nos presenta herramientas para poder luchar contra el demonio


Por: DLF Redacción | Fuente: Desde la Fe 



En una  entrevista para Radio Vaticano, el presidente de la Asociación Internacional de Exorcistas, el P. Francesco Bamonte, compartió algunos consejos sobre las mejores armas para hacer frente al Diablo, pues advirtió que no es suficiente saber que los demonios existen, sino que es preciso conocer cómo actúan para no caer en sus trampas.

Explicó el sacerdote que los demonios actúan en la historia personal y comunitaria de los hombres, tratando de propagar entre ellos la elección del mal. Recordó: “El Papa ha descrito a menudo cómo actúan los demonios a través de la tentación para separar a los hombres de Cristo. De hecho, quieren que seamos como ellos; no quieren la santidad de Cristo en nosotros, no quieren nuestro testimonio cristiano, no quieren que seamos discípulos de Jesús”.
Dijo que el Papa también ha subrayado varias veces que los demonios se disfrazan de ángeles de luz para hacerse atractivos y engañar mejor a los hombres.
Por ello, consideró que la presencia de un sacerdote exorcista en la diócesis es importantísima, pues de lo contrario, muy a menudo la gente se dirige a magos, hechiceros, lectores de cartas y del futuro, sectas…

“El exorcista –agregó– es ante todo un evangelizador, un sacerdote, por lo que sea cual sea el origen del mal que padece quien acude a él, sea o no sea una auténtica forma de acción extraordinaria del Demonio, el sacerdote exorcista se esfuerza por infundir serenidad, paz, confianza en Dios y esperanza en su gracia”.
En septiembre del 2013, el Papa Francisco envió un mensaje a los exorcistas italianos, expresando su aprecio por el servicio eclesial que realizan con el ministerio del exorcismo, ejerciendo una forma de caridad en beneficio de personas que sufren y necesitan liberación y consuelo.
            Las cuatro armas que propone el P. Francesco Bamonte a los fieles para luchar contra el Demonio, son:

1. La Palabra de Dios. “Esta es el arma más poderosa, como dice el Papa Francisco, quien nos invita a llevar siempre en el bolsillo un Evangelio. En nuestro interior, esta Palabra, cuando entra, vive, actúa y nos llena de la gracia del Espíritu Santo”.
2. El Rosario. “Le sigue el rezo del Santo Rosario, el encomendarse a la Virgen, a quien el Demonio odia especialmente”.
3. La Confesión. “Es importantes reconocernos pecadores humildemente, confesar nuestros pecados y pedir a Dios la fuerza para no pecar más”.
4. La Santa Misa. “La participación en la Santa Misa los días festivos, y también la lucha contra nuestros vicios, contra lo que el pecado original ha dejado en nosotros, para que triunfe el hombre nuevo en Cristo”.

QUIÉN DIJO QUE EL CELIBATO SACERDOTAL FUE UNA INVENCIÓN MEDIEVAL?

¿Quién dijo que el celibato sacerdotal fue una invención medieval?
Este artículo presenta los diferentes hitos históricos que fueron configurando la disposición del celibato tal como la conocemos actualmente


Por: Andrés Jaromezuk | Fuente: Catholic-link.com 



Existe un mito bastante difundido según el cual el celibato sacerdotal, lejos de tener un origen evangélico, habría sido impuesto cerca del siglo XII para contrarrestar la vida licenciosa del clero. Claro que no por falso (porque lo es) este error histórico ha dejado de pronunciarse en cada ocasión en que se debate la continencia de los llamados al sacerdocio.
Para introducirnos en el tema hay que tener en claro que las disposiciones respecto al celibato no son un dogma. Esto significa que puede discutirse sobre el asunto sin temor a vulnerar el credo pero teniendo prudencia por la profundidad histórica de esta práctica y por su origen bíblico. Como decíamos, el mito es falso. La práctica del celibato se remonta hasta los primeros años del cristianismo (el propio Cristo fue célibe) y la norma particular se fue configurando con el correr de los siglos.
Lo primero que salta a la vista es la diferencia existente entre la disciplina de las Iglesias Orientales y las Iglesias Latinas. En la primeras, un hombre casado puede ordenarse sacerdote (pero no casarse después de ordenado), en tanto los obispos deben guardar la continencia al igual que en las Latinas. Tal diferencia no radica en que las iglesias de Oriente hayan conservado la tradición originaria en tanto las occidentales la habrían abandonado sino más bien lo inverso. Allí ha faltado una autoridad universal que coordinara la disciplina general y tomara medidas efectivas de control, vigilancia y ejecución; como lo hicieran los Romanos Pontífices.
En este artículo encontrarás los diferentes hitos históricos que fueron configurando la disposición del celibato tal como la conocemos actualmente y descubrirás que esta práctica se remonta en el tiempo hasta el mismo momento en que Cristo predicó. Si te interesa el tema puedes consultar «El celibato eclesiástico. Su historia y fundamentos teológicos» del Cardenal Alfons Stickler o «Historia de la Iglesia» de Hubert Jedin. ¡Espero que te sirva para conocer la historia de nuestra Iglesia!

1. El origen Evangélico

Las primeras menciones concretas al celibato las encontramos en las propia sugerencia de Jesús a los Apóstoles (Lc 18, 28-30). La referencia no tiene la forma de un precepto, pero sí un deseo manifiesto de Cristo para todos los que quieran llevar una plena vida evangélica. La siguiente alusión a la continencia la encontramos en la Primera Carta del Apóstol San Pablo a los cristianos de Corinto (I Cor 7, 7-8). Vuelve a aparecer aquí una invitación a la comunidad para que adopten voluntariamente una vida célibe e imiten su comportamiento.


El ordenamiento jurídico de estas amplias comunidades de la Iglesia estaba constituido por disposiciones y obligaciones transmitidas sólo oralmente. La persecución esporádica de los primeros tres siglos impidió, en cierta forma, que las leyes se expresaran por escrito. Recién a partir del siglo IV surgirá una producción escrita relacionada con el derecho y la literatura cristiana. Además de los testimonios presentes en el Evangelio, la primera carta del Papa Clemente de Roma (?-97) de finales del siglo I y principios del siglo II,  ya describe la práctica de la continencia, así como también las cartas de Ignacio de Antioquía (35-98/110) a los esmirniotas y la carta a Policarpo relatan la existencia de vírgenes que tienen prestigio dentro de sus comunidades.

2. El ascetismo en el Siglo III

Fuentes del siglo III dan testimonio de la existencia de cristianos de ambos sexos que renuncian al matrimonio, se distancian del mundo profano y viven en familias o se ponen a disposición de la Iglesia. En esta centuria, Clemente de Alejandría (150-215/17) escribe su obra «Quis Dives Salvetur» (¿Quién será el hombre rico que se salvará?) donde llama a los ascetas “los escogidos de los escogidos” o Tertuliano con su «De Exhortatione Castitatis»(Exhortación a la castidad) cuyo título es por demás sugerente respecto al tema. De este ascetismo derivará el primitivo monacato de oriente cuyo célebre exponente fuera San Antonio, así como del ideal de virginidad se desarrollarán las bases del futuro celibato clerical.

3. El Concilio de Elvira

En el primer decenio del siglo IV, obispos y sacerdotes de la Iglesia de España se reunieron en el centro diocesano de Elvira para poner bajo una reglamentación común las circunscripciones eclesiásticas de Hispania, perteneciente a la parte occidental del Imperio Romano. Como durante el período anterior, caracterizado por las persecuciones y la desorganización de la Iglesia, muchos aspectos de la disciplina se habían relajado, el concilio sancionó 81 cánones que reafirmaban el antiguo orden. El canon 33 del Concilio fue la primera ley expresa sobre el celibato al afirmar que obispos, sacerdotes y diáconos debían abstenerse de sus mujeres y no engendrar hijos. Caso contrario debían ser excluidos del estado clerical.
Es importante mencionar que muchos de los clérigos mayores de la Iglesia de España eranviri probati, hombres casados antes de ser ordenados como obispos, sacerdotes o diáconos. Sin embargo, a partir del momento de la ordenación, todos estaban obligados a renunciar al uso del matrimonio y a observar una perfecta continencia. Lejos de ser una novedad, este canon fue una reacción contra la inobservancia de una obligación tradicional. Si hubiese sido algo nuevo que obligara a los ordenados a renunciar a su estado conyugal sin que existieran disposiciones anteriores, se hubiesen desatado protestas legítimas, sobretodo en un mundo tan apegado a lo legal como aquel Imperio Romano.

4. Los Concilios africanos

En el segundo Concilio de Cartago (actual Túnez) del año 390 se expresó una declaración vinculante que quedó formalizada en el Concilio de Cartago de 419 y que establecía que los tres grados (obispos, sacerdotes y diáconos) estaban ligados por la ordenación a la obligación de la castidad y a la abstención de sus esposas. En este punto se evidencia que gran parte del clero mayor estaba casado antes de la ordenación, y que después de ella debían vivir en continencia. Además, entre los textos de este concilio se establece una relación de la práctica del celibato como una enseñanza de los Apóstoles y mencionada como una antigua usanza. Aquí queda claro que existía una clara conciencia de la tradición del celibato.

5. Las disposiciones de los Papas

Un testimonio muy importante sobre la continencia de los clérigos lo brindan diversas cartas dirigidas por los Papas a obispos de diferentes diócesis. Así por ejemplo, una Cartadirecta del año 385 del Papa Siricio (384-399) al obispo Himerio de Tarragona menciona que los sacerdotes y diáconos que después de su ordenación engendran hijos, obran en contra de una ley irrenunciable, que obliga a los clérigos mayores desde el inicio de la Iglesia. De igual forma, Inocencio I (401-417) envía una carta Dominus inter a los obispos de la Galia diciendo que muchos clérigos mayores habían abandonado temerariamente la tradición de continencia y que un sínodo celebrado en ocasión decidía que los obispos, sacerdotes y diáconos estaban obligados por las Escrituras y la tradición de los padres a guardar la continencia corporal. Con posterioridad a estos Pontífices, otros Papas como León Magno (440-461) y Gregorio Magno (590-604) continuaron con la exhortación al celibato.
Disposiciones como estas nos permiten reconocer que junto al rol de los Concilios, de los cuales emanan las normas, entre ellas la del celibato,  aparece la acción orientadora y el cuidado universal de los Romanos Pontífices. Además nos muestran cómo existía una unidad de fe y disciplina entre las regiones de Europa y África que pertenecía al Patriarcado de Roma.

6. La reforma gregoriana

Hacia el siglo XI, la Iglesia atravesó un momento de crisis y de relajación de las costumbres que afectaron la observancia del celibato. En materia moral, los dos grandes males de este tiempo fueron la simonía, es decir, la compra de los oficios; y el nicolaísmo, esto es, la extendida violación del celibato eclesiástico. Para remediar esta situación, el Papa Gregorio VII emprendió un programa de cambios que dieron origen a la célebre Reforma Gregoriana. Con respecto a la práctica de la continencia, se impuso un mayor rigor a la hora de elegir los candidatos para clérigos mayores así como también se impulsó una mejora en la formación del cuerpo eclesiástico. En este sentido se fue limitado progresivamente la aceptación de hombres casados para la ordenación.
Pocos años después, en el Segundo Concilio de Letrán de 1139, se dispuso que los matrimonios contraídos por clérigos mayores, como también los de personas consagradas mediante votos de vida religiosa, fueran no solo ilícitos sino inválidos.

7. El Concilio de Trento

La Reforma Protestante que se desarrolló en el siglo XVI y produjo la defección de numerosos clérigos que pasaron a engrosar las filas de las nuevas corrientes religiosas luteranas, calvinistas o anglicanas (entre otras), produjeron un nuevo golpe a la observancia de la continencia. Algunos emperadores, reyes, príncipes e incluso representantes de la Iglesia se empeñaron en obtener un aligeramiento o una dispensa de dicho deber para intentar recuperar a los sacerdotes apóstatas. Sin embargo, una comisión instituida por los Romanos Pontífices desestimó tal posibilidad al concluir  que el origen del celibato era apostólico y no era una ley puramente eclesiástica.
La decisión más importante del Concilio de Trento (1545-1563) para salvaguardar el celibato eclesiástico fue la fundación de seminarios para la formación de sacerdotes (canon 18 de la sesión XXIII). Esta prescripción permitió ir prescindiendo de la ordenación de hombres casados y contar con sacerdotes célibes formados y fortalecidos en el ministerio.

miércoles, 22 de marzo de 2017

SOY UN BUEN CRISTIANO?

¿Soy un buen cristiano?
5 preguntas que puedes hacerte si te crees muy bueno


Por: Kristina Hjelkrem | Fuente: Catholic-link.com 



Parece fácil ser cristiano; no matarás, no mentirás, no robarás y tienes el cielo ganado.
Los 10 mandamientos nos los enseñan desde que somos pequeños (al prepararrnos para la primera comunión) y desde entonces intentamos cumplir con ellos para ser las buenas personas que queremos ser. La verdad es que querer ser buena persona es un gran comienzo, y querer cumplir con los mandamientos aún más.
Recordando el pasaje del joven rico, cuando este va al encuentro del Señor y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, Jesús le responde “Tú sabes los mandamientos: ‘no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”». A primera vista parece que lo estamos haciendo bien.
Traduciendo ese pasaje a nuestra vida, no solo se trata de atender a los 10 mandamientos –que a veces pueden sonar un poco arcaicos– («no codiciarás a la mujer de tu prójimo»), sino que se trata de cumplir con los deberes de tu estado (tu situación cotidiana actual). Por ejemplo, si soy estudiante de la universidad y contextualizo dichos mandamientos a mi día a día: voy a misa los domingos, separo un espacio para mi oración, hablo con mis padres regularmente y nunca les alzo la voz; intento (al menos intento), no hablar mal de nadie y hago mis deberes de forma diligente.
Ahora bien, ¿y si siempre he sido una persona responsable y virtuosa?, ¿si como el joven rico todo esto lo he cumplido bien? ¿Ahora qué?, ¿ya soy buena? No debemos olvidar que a la pregunta del joven el Señor también le responde: «¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios».


La mayor tentación de un cristiano comprometido con su fe está en que podemos llegar a creernos buenos. Creer que hemos hecho suficiente. Entender la vida cristiana como un catálogo de reglas que tenemos que cumplir para «ser bueno» es un error que conlleva una profunda tristeza. Quien se gana el cielo y quien vive con esa alegría en la tierra, no es la persona que concibe la vida como un continuo poner vistos en una to-do-list. Claro está que cumplir con los mandamientos es necesario (no me malinterpreten) pero esto no es suficiente para ser llenar el corazón del hombre.
Entonces, ¿cómo se es santo y se gana el cielo?
El joven rico se pregunta lo mismo y le dice al Señor : «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud” a lo que Jesús responde “Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y Me sigues».
¿Cómo entender estas palabras tan exigentes del Señor en nuestra día a día? Estas 5 preguntas te pueden ayudar:

1. ¿Me he puesto hoy al servicio de los demás?

El Señor nos invita a vivir nuestra vida desde una perspectiva distinta, la de dejar todo a los demás por Él, por amor.
Ese «vende todo lo que tienes» hoy en día es una forma de vaciar el corazón de prejuicios contra los demás, de dar demasiada importancia a las apariencias, de preocuparse excesivamente de uno mismo; y de darle la oportunidad de llenarse de Cristo.
Un amor que «da a los pobres» es aquel que se entrega por completo a los demás para vivir con una apertura radical a los demás. Ya lo decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras», ¡y no se equivoca! El amor es el auténtico fin del hombre y lo único que puede colmar su corazón con anhelos de eternidad.

2. ¿He buscado hoy ser instrumento de Dios para que los demás le conozcan?

Como hemos dicho arriba, no se trata solo de ser buenos. El«nuevo» mandamiento del amor renueva la vivencia de las enseñanzas que Dios nos ha dejado (cumplir con los mandamientos) de manera que engrandece la vida del hombre al no dejarla circunscrita a la constatación de «buenas obras», a conformarse con «ser bueno», sino que lo lleva a ilusionarse con «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48), perfectos en el amor. Y este amor, para que sea perfecto, es expansivo, busca siempre transmitirse a los demás.

3. ¿He procurado cuidar algún momento de oración hoy para poder encontrarme con Dios?

Sin oración no somos nada. Para subir un poco más arriba del escalón de «ser buenos», necesitamos de la gracia. Nadie puede ser santo por sus propios medios.
«Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: “conviene orar perseverantemente y no desfallecer”. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (San José María Escrivá).

4. ¿He sido agradecido hoy con Dios por todo lo que me ha regalado?

Una de las condiciones más importantes para la santidad es el agradecimiento. Todo lo bueno que tenemos proviene de Dios y es a Él a quien primero debemos agradecer. Vivir en un constante agradecimiento nos ayuda a crecer en la humildad y la alegría.
«El saber agradecer a los hermanos es signo de que se tiene un corazón agradecido para con Dios nuestro Señor y un corazón agradecido es siempre fuente de gracia» (Papa Francisco).

5. ¿He sabido hoy apreciar lo que los demás han hecho por mí?

No solo se trata de ser agradecidos con Dios, es bueno tambien serlo con los demás. Ir más allá de «ser buenos» implica ese ponernos siempre en disposición, en apertura hacia los otros, y esto no se trata solo de servirlos, se trata también de buscar valorar al otro por quién es, aprender a ver en cada persona una oportunidad para vivir el encuentro, la alegría y el agradecimiento.

QUIÉN ES CATÓLICO?

¿Quién es católico?
Para que una persona se pueda llamar católica, es necesario que cumpla todas estas condiciones, ya que son características esenciales del católico


Por: Los Tres Mosqueteros | Fuente: Religión en Libertad 



Mucha gente a la que se le pregunta quién es católico responde que católico es el que cree en Cristo; el que va a la Iglesia; el que hace caridades; el que es buena persona; el que cree en el Papa, en los curas… y otra mucha gente no sabe qué decir. En este caso último caso está el teólogo católico (al menos de nombre) que decía en su libro: "Si me preguntan si creo en Cristo, no sabría qué responder. Ni siquiera sé si es de las preguntas que tienen contestación". Me pregunto qué hubiera respondido este teólogo a Cristo caso de haber vivido en Palestina en tiempos del Señor. Porque, Jesús, cuando formulaba preguntas (cosa que hacía con frecuencia) exigía respuestas rotundas y sinceras, como es obvio.

Volviendo al tema. Supuesto el bautismo, es católico:

1.- El que cree el Credo y todos los Dogmas.

2.- El que cree que la Biblia es Palabra revelada por Dios, y según la enseñanza de la Iglesia, no como a cada uno se le antoje.

3.- El que admite al Papa (unido al Colegio Episcopal) como jefe infalible de la Iglesia. (En esto hay que saber que el Colegio Episcopal sin el Papa no es infalible).
Para que una persona se pueda llamar católica, es necesario que cumpla todas estas condiciones, ya que son características esenciales del católico, de tal manera que si le falta alguna dejará de serlo. (No vale decir "Yo creo el Credo" y a continuación decir "Yo no creo en el infierno, en la Iglesia…").

Recuerdo a un buen católico que al escuchar esto exclamó: "¡Pues con este filtro vamos a quedar muy pocos!". A lo que yo pensé: "Pues entonces hay mucho que hacer…".

TODOS LOS SUICIDAS SE VAN AL INFIERNO? QUÉ DICE LA IGLESIA CATÓLICA

¿Todos los suicidas se van al infierno? ¿Qué dice la Iglesia Católica sobre el Suicidio?
¿Es el suicidio un acto humano? Lo que debe demostrarse es la “total responsabilidad” del suicida 


Por: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., Luis Antequera | Fuente: Un teologo responde / RL 



Lo que impide a una persona entrar o no al cielo (es decir salvarse o no salvarse) es el morir en estado de gracia, o sea, sin pecado mortal.

Para que una persona cometa pecado mortal es condición necesaria:
1º que haya materia grave (este es el elemento objetivo de todo pecado),
2º que tenga conciencia plena de que es algo grave y
3º que consienta perfectamente al acto grave (estas últimas condiciones son los elementos subjetivos que se requieren para que haya un acto sustancialmente humano).

En el caso del suicidio se trata ciertamente de materia grave, pues la vida humana (la propia y la ajena) son bienes fundamentales de la persona custodiados por los mandamientos de la ley natural y por los diez mandamientos de la Ley divina.

Hay que ver luego, en cada caso particular, si la persona estaba en plena posesión de sus facultades como para hacer un acto plenamente humano.

A continuación trataré de esbozar los principios generales para poder hacer un juicio aproximado de este doloroso fenómeno (se puede consultar lo siguiente en: Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, cuestión 64, 5; LINO CICCONE, Non Uccidere, Ed. Ares, Milán 1988, p. 107ss; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2280-2283).


1. Nociones y datos generales

El suicidio consiste propiamente en producirse la muerte a sí mismo por propia iniciativa o autoridad, ya sea mediante una acción o una omisión.

Se divide en suicidio directo e indirecto, según la muerte se intente directamente o sólo sea permitida buscando otra finalidad (como quien, intentando salvar a otra persona, arriesga su vida y muere).

Lo consideraron lícito por principios filosóficos Hume, Montesquieu, Bentham, Schopenhauer, Nietzsche, algunos estoicos como Séneca; más cercano a nuestros tiempos, el existencialismo hizo de él un valor positivo, como “la última libertad de la vida” (Jaspers). Algunos lo han defendido por cuestiones de honor patriótico, militar o personal.

Los datos estadísticos son escalofriantes, aun teniendo en cuenta que los datos oficiales son inferiores a la realidad.

La relación que suele establecerse entre suicidios efectivos e intentos de suicidio varía según los diversos autores que se consulte: unos dicen que se llega a un suicidio cada tres intentos; otros afirman que por cada suicidio hay diez intentos fallidos; por tanto, como término medio, puede decirse que por cada suicidio hay al menos cinco intentos frustrados.

Ahora bien, la OMS (Organización Mundial para la Salud) indicaba en 1976, que cada día se suicidan en el mundo 1000 personas (lo que indicaría que otras 4000 o 5000 lo intentan sin llegar a él); aproximadamente 500.000 lo hacen por año (y por tanto, 2.500.000 quedan en el intento).


2. Juicio moral

La tradición cristiana, la doctrina del Magisterio y la reflexión teológica no han tenido ninguna duda sobre la inadmisiblidad moral del suicidio. Si ha habido alguna evolución ha sido sólo en torno a la valoración de la culpabilidad y responsabilidad subjetiva del que se suicida o intenta hacerlo.

Para no hacer un juicio erróneo, es necesario distinguir entre el juicio “objetivo” sobre el suicidio, y el juicio sobre “la responsabilidad subjetiva” del suicidio.


a) Valoración objetiva del suicidio

Como ya ha indicado Santo Tomás, el suicidio directo, objetivamente considerado, es un acto gravemente ilícito, por tres razones principales:

1º Porque es contrario a la inclinación natural (ley natural) y a la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo.

2º Porque hace injuria a la sociedad a la cual el hombre pertenece y a la que su acto mutila: la priva injustamente de uno de sus miembros que debería colaborar al bien común.

3º Porque injuria a Dios: “la vida es un don dado al hombre por Dios y sujeto a su divina potestad que mata y da la vida. Por tanto el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo... A sólo Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida...” (Santo Tomás).

Pío XII lo calificó de “signo de la ausencia de la fe o de la esperanza cristiana” (discurso del 18/II/58).

El Concilio Vaticano II lo colocó con otros delitos que atentan contra la vida misma, juzgados como “cosas... vergonzosas” que “atentan la civilidad humana... y constituyen el más grave insulto al Creador” (Gaudium et spes, 27).

En la Declaración sobre la eutanasia (26/VI/80) se afirma: “La muerte voluntaria, es decir, el suicidio, es inaceptable a la par que el homicidio. Toda la doctrina del Magisterio ha sido resumida por el Catecismo Universal en los nn. 2280-2283.

La Sagrada Escritura no se ocupa de él pero es legítimo verlo incluido en el mandamiento que dice: No matar (Ex 20,13).

Ya San Agustín lo había interpretado de tal manera: “No es lícito matarse, ya que esto se debe entender como incluido en el precepto No matar, sin ningún agregado.

No matar, por tanto, ni a otro ni a ti mismo. Porque efectivamente, quien se mata a sí mismo, mata a un hombre” (De civitate Dei, I,20).


En cuanto al así llamado suicidio indirecto (es decir, quien pierde la vida a causa de otra acción, como el médico o la religiosa que se contagia gravemente atendiendo enfermos y muere por esta razón) es también ilícito, a no ser con causa gravemente proporcionada.

Aunque la acción que indirectamente produzca la muerte pueda no ser mala o incluso buena (como en el ejemplo dado: el acto de caridad de cuidar un enfermo gravemente contagioso), se requiere causa justa y proporcionada para permitir la propia muerte.

Es lícito arriesgar apelando al principio de doble efecto; en este caso, las condiciones que debe reunir la acción, para ser lícita, han de ser:
1º que la acción u omisión sea buena o indiferente;
2º que se siga también un efecto bueno (y con la misma o mayor inmediatez del malo);
3º que solo se intente el bueno;
4º que haya una causa proporcionada (como puede ser el bien de la patria, el bien espiritual ajeno, el ejercicio de una virtud, etc.).


b) El juicio sobre la responsabilidad subjetiva

Otra cosa es la valoración de la responsabilidad moral del suicida. Hasta el siglo pasado era común juzgar al suicida como responsable de su gesto, y por tanto, culpable de su acción. Hoy en día, tanto la situación social, cuanto la formación moral del hombre moderno, obligan a tener otros criterios de valoración.

Dicho de otro modo:

1º dada la situación social potencialmente cargada de mentalidad suicida;

2º dado el elevado número de sujetos psíquicamente frágiles e incluso disturbados mentalmente;

3º y dado, por último, los escasos o casi nulos valores morales que pueden contrarrestar la mentalidad antivida reinante...

... podría admitirse que: en los casos en que faltan elementos para juzgar que un suicidio es plenamente voluntario, puede presumirse que la persona que se ha quitado la vida no ha gozado de suficiente responsabilidad moral, o incluso, en algunos casos, ha sido totalmente irresponsable.

Se podría decir que, en muchos casos, lo que debe demostrarse es la “total responsabilidad” del suicida.

De todos modos, hay que decir que en muchos casos sí hay ciertos elementos que pueden servir de guía para elaborar un cierto juicio sobre la responsabilidad objetiva del suicida (dejando, por supuesto, el juicio último únicamente a Dios).

Así, por ejemplo, indican responsabilidad plena en un suicidio: el hecho de que éste haya sido preparado fríamente, o por largo tiempo, o con motivaciones precisas, o por una persona psíquicamente sana.

También el que la decisión haya madurado dentro de una concepción de vida en la que no hay lugar para Dios o en la cual no se encuentra sentido a la vida por principios filosóficos (aunque sean vulgares).

En cambio, son indicios de responsabilidad incompleta: el suicidio impulsivo, el suicidio realizado bajo el shock de una tragedia, el suicidio ocurrido en contraste con toda una vida o una concepción de vida en la cual no parece haber lugar para el mismo, o, finalmente, el suicidio realizado por sujetos psíquicamente alterados.


3. Responsabilidad social

Gran responsabilidad por el fenómeno del suicidio corresponde a la misma sociedad, en cuanto ejerce o permite influencias que llevan a tal desenlace. Entre estos elementos cabe señalar:

a) La disgregación de los grupos primarios, especialmente la familia; la desaparición o al menos el enrarecimiento de las relaciones familiares (con el consecuente predominio de las relaciones de tipo funcional y utilitaristas) conducen al aislamiento de los individuos, condenándolos a afrontar solitariamente los problemas personales más profundos de la persona.

b) La proposición de “valores” que no satisfacen las exigencias más profundas del alma (bienestar, afirmación personal, riqueza, hedonismo, culto de la personalidad, el divismo o idolatrización de algunos personajes públicos).

c) La negligencia en formar el carácter de sus miembros con una educación humana auténtica. Esto, en vez de robustecer las estructuras psíquicas, las debilita. Surgen de aquí notables debilidades psíquicas.


¿Qué dice la Iglesia Católica sobre el Suicidio?
Cuestión: ¿Es pecado el suicidio? ¿El que se suicida se salva?
Por lo que hace a la condición pecaminosa del suicidio, en la Encíclica Evangelium Vitae, emitida
por el Papa San Juan Pablo II, leemos:



El suicidio es siempre moralmente inaceptable, al igual que el homicidio. La tradición de la Iglesia siempre lo ha rechazado como decisión gravemente mala. Aunque determinados condicionamientos psicológicos, culturales y sociales puedan llevar a realizar un gesto que contradice tan radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando o anulando la responsabilidad subjetiva, el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte, proclamada así en la oración del antiguo sabio de Israel: «Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte, haces bajar a las puertas del Hades y de allí subir»”.
Probablemente sean los grandes autores del siglo IV los primeros en tocar el tema:
Así, San Agustín (354-430), que lo hace en su obra "La Ciudad de Dios", donde afirma que suicidarse es rechazar el dominio de Dios sobre la propia existencia, y donde re-redacta el quinto mandamiento en los siguientes términos: “No matarás ni al prójimo ni a ti mismo”.
Y también San Jerónimo (340-420), que lo hace en su "Comentario a Juan", donde trata el tema desde la relación que el autor establece con lo que llamaríamos “el amor al martirio”, toda la problemática de los límites vinculados a la aceptación del martirio, estableciendo que determinadas maneras de acceder a él, cuando se busca o cuando simplemente no se hace cuanto está al alcance de uno para evitarlo, puede implicar un comportamiento pecaminoso relacionado con el suicidio.
A partir de los tratados de San Agustín y de San Jerónimo sobre el suicidio, se pronuncian muchos documentos eclesiásticos emanados de los concilios del siglo VI:Braga (563)Auxerre (578). Así como, más tarde, también el Decreto Graciano,elaborado hacia el 1140, la primera gran compilación de derecho canónico de la historia.
Santo Tomás de Aquino (1224-1274) le dedica el artículo 64 de la Segunda sección de la Segunda parte de la "Suma Teológica", donde se pregunta: “¿es lícito a alguien suicidarse?”. Respondiendo: 
“Es absolutamente ilícito suicidarse por tres razones: 
  • Primera, porque todo ser se ama naturalmente a sí mismo, y a esto se debe el que todo ser se conserve naturalmente en la existencia y resista, cuanto sea capaz, a lo que podría destruirle. Por tal motivo, el que alguien se dé muerte va contra la inclinación natural y contra la caridad por la que uno debe amarse a sí mismo; de ahí que el suicidarse sea siempre pecado mortal por ir contra la ley natural y contra la caridad.
     
  • Segunda, porque cada parte, en cuanto tal, pertenece al todo; y un hombre cualquiera es parte de la comunidad, y, por tanto, todo lo que él es pertenece a la sociedad. Por eso el que se suicida hace injuria a la comunidad, como se pone de manifiesto por el Filósofo [Aristóteles] en V Ethic.
     
  • Tercera, porque la vida es un don divino dado al hombre y sujeto a su divina potestad, que da la muerte y la vida. Y, por tanto, el que se priva a sí mismo de la vida peca contra Dios, como el que mata a un siervo ajeno peca contra el señor de quien es siervo; o como peca el que se arroga la facultad de juzgar una cosa que no le está encomendada, pues sólo a Dios pertenece el juicio de la muerte y de la vida, según el texto de Dt 32,39: Yo quitaré la vida y yo haré vivir”.
El Catecismo de la Iglesia Católica establece que: "somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado" (CIC. 2280), y marca una circunstancia agravante y otra atenuante por lo que se refiere al suicidio.
  • En cuanto a la primera, dice: "Si se comete con intención de servir de ejemplo especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere  además la gravedad del escándalo" (CIC 2282).
     
  • En cuanto a la segunda, dice: "Trastornos psíquicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la  tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida" (CIC 2282).
Por último, por lo que se refiere a la salvación o condenación del suicida, se dice en el Catecismo:
“No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que El sólo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida”. (CIC 2283)

martes, 21 de marzo de 2017

DESCONECTAR A UNA PERSONA EN CUIDADOS INTENSIVOS IMPLICA EUTANASIA?

¿Desconectar a una persona en cuidados intensivos implica eutanasia?
La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes: Cuidados paliativos; Encarnizamiento terapéutico y Eutanasia


Por: -Fr. Nelson Medina, OP | Fuente: fraynelson.com 



Pregunta:

Padre Nelson, mi familia está viviendo una situación muy difícil. Una tía mía, muy mayor, está en cuidados intensivos hace ya bastantes días. Su condición es estable pero los médicos han sido claros en decir que está con muerte cerebral total y que en realidad son los aparatos de respiración y demás los que la mantienen viva, de modo que han pedido que se reúna la familia y decida si se procede a desconectarla. Pero, ¿eso no es eutanasia, lo que prohíbe la Iglesia? Gracias por su enseñanza. --F.G.H.


Respuesta:

Ante todo, me uno al dolor que ustedes deben estar padeciendo al ver a una persona tan cercana en esa condición.

La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes:
  1. Cuidados paliativos;
  2. Encarnizamiento terapéutico;
  3. Eutanasia o suicidio asistido.
Los cuidados paliativos son el conjunto de recursos que ofrece la medicina moderna para hacer más soportables condiciones de sufrimiento físico o moral, ofrecer las mejores posibilidades de recuperación si ello es todavía posible, y mejorar en general la calidad de vida de un enfermo que, por todas las indicaciones, se encuentra en la última fase de su vida mortal. Estos cuidados incluyen de modo muy importante la llamada "clínica del dolor" es decir, el uso dosificado pero en general creciente de anestésicos que permitan sobrellevar cuadros de malestar físico y dolor que sería insoportable. Al respecto, la medicina actual ha evolucionado mucho. Aunque algunas de estas tecnologías médicas puedan apresurar el deceso del paciente, la intención no es causar la muerte sino llevar el último tramo de la vida de la mejor y más humana forma posible; por consiguientes e aplica en este caso el principio moral que se llama del "doble efecto": una práctica puede tener más de una consecuencia; pero se realiza no por los efectos no deseados, como en este caso que la muerte suceda un poco antes, sino por el efecto deseado: la calidad de vida restante.
El encarnizamiento terapéutico es una situación distinta. Cuando absolutamente toda esperanza de recuperar la conciencia, y todo trazo de vida cerebral ha desaparecido sin posibilidad de retorno, mantener una especie de vida artificial en todo dependiente de unos aparatos sofisticados ya no corresponde ni a la dignidad del paciente ni al proceso emocional de sus parientes o relacionados. Si se pretendiera continuar esa situación indefinidamente, con el único resultado de tener un cuerpo que respira y por el que circula sangre, tendríamos que hablar de encarnizamiento terapéutico, y no es algo que la Iglesia Católica pida a nadie. Hay que tener cuidado, sin embargo, porque no basta lo que se suele llamar "estado de coma" para declarar que la persona puede legítimamente ser desconectada de los aparatos que le permiten vivir. Hay noticias, incluso recientes, sobre casos de personas que han pasado años en coma y luego despiertan. Para que estemos en el caso moral aquí descrito tendría que darse una muerte cerebral completa, de modo que el cerebro ni siquiera envíe a los pulmones la señal de la respiración, pues se considera que ese intercambio de señales nerviosas pertenece a los estratos más profundos de la actividad cerebral.
Tanto la eutanasia como el suicidio asistido suponen, en cambio, una intervención médica que efectivamente procura la muerte de una persona que, sin esa intervención podría vivir, incluso con cierta calidad. La experiencia ha mostrado que las leyes de eutanasia, lo mismo que otras leyes inmorales, se introducen siempre como respuesta a casos emocionalmente extremos. Al poco tiempo, las condiciones ser van ampliando hasta llegar a lo que hay en Suiza, Holanda y otros sitios: muerte a la carta. Por supuesto, esto es moralmente reprobable y así lo ha declarado la Iglesia.
Dios bendiga tu familia y todas las familias de los pacientes en grave condición.
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