martes, 21 de marzo de 2017

DESCONECTAR A UNA PERSONA EN CUIDADOS INTENSIVOS IMPLICA EUTANASIA?

¿Desconectar a una persona en cuidados intensivos implica eutanasia?
La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes: Cuidados paliativos; Encarnizamiento terapéutico y Eutanasia


Por: -Fr. Nelson Medina, OP | Fuente: fraynelson.com 



Pregunta:

Padre Nelson, mi familia está viviendo una situación muy difícil. Una tía mía, muy mayor, está en cuidados intensivos hace ya bastantes días. Su condición es estable pero los médicos han sido claros en decir que está con muerte cerebral total y que en realidad son los aparatos de respiración y demás los que la mantienen viva, de modo que han pedido que se reúna la familia y decida si se procede a desconectarla. Pero, ¿eso no es eutanasia, lo que prohíbe la Iglesia? Gracias por su enseñanza. --F.G.H.


Respuesta:

Ante todo, me uno al dolor que ustedes deben estar padeciendo al ver a una persona tan cercana en esa condición.

La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes:
  1. Cuidados paliativos;
  2. Encarnizamiento terapéutico;
  3. Eutanasia o suicidio asistido.
Los cuidados paliativos son el conjunto de recursos que ofrece la medicina moderna para hacer más soportables condiciones de sufrimiento físico o moral, ofrecer las mejores posibilidades de recuperación si ello es todavía posible, y mejorar en general la calidad de vida de un enfermo que, por todas las indicaciones, se encuentra en la última fase de su vida mortal. Estos cuidados incluyen de modo muy importante la llamada "clínica del dolor" es decir, el uso dosificado pero en general creciente de anestésicos que permitan sobrellevar cuadros de malestar físico y dolor que sería insoportable. Al respecto, la medicina actual ha evolucionado mucho. Aunque algunas de estas tecnologías médicas puedan apresurar el deceso del paciente, la intención no es causar la muerte sino llevar el último tramo de la vida de la mejor y más humana forma posible; por consiguientes e aplica en este caso el principio moral que se llama del "doble efecto": una práctica puede tener más de una consecuencia; pero se realiza no por los efectos no deseados, como en este caso que la muerte suceda un poco antes, sino por el efecto deseado: la calidad de vida restante.
El encarnizamiento terapéutico es una situación distinta. Cuando absolutamente toda esperanza de recuperar la conciencia, y todo trazo de vida cerebral ha desaparecido sin posibilidad de retorno, mantener una especie de vida artificial en todo dependiente de unos aparatos sofisticados ya no corresponde ni a la dignidad del paciente ni al proceso emocional de sus parientes o relacionados. Si se pretendiera continuar esa situación indefinidamente, con el único resultado de tener un cuerpo que respira y por el que circula sangre, tendríamos que hablar de encarnizamiento terapéutico, y no es algo que la Iglesia Católica pida a nadie. Hay que tener cuidado, sin embargo, porque no basta lo que se suele llamar "estado de coma" para declarar que la persona puede legítimamente ser desconectada de los aparatos que le permiten vivir. Hay noticias, incluso recientes, sobre casos de personas que han pasado años en coma y luego despiertan. Para que estemos en el caso moral aquí descrito tendría que darse una muerte cerebral completa, de modo que el cerebro ni siquiera envíe a los pulmones la señal de la respiración, pues se considera que ese intercambio de señales nerviosas pertenece a los estratos más profundos de la actividad cerebral.
Tanto la eutanasia como el suicidio asistido suponen, en cambio, una intervención médica que efectivamente procura la muerte de una persona que, sin esa intervención podría vivir, incluso con cierta calidad. La experiencia ha mostrado que las leyes de eutanasia, lo mismo que otras leyes inmorales, se introducen siempre como respuesta a casos emocionalmente extremos. Al poco tiempo, las condiciones ser van ampliando hasta llegar a lo que hay en Suiza, Holanda y otros sitios: muerte a la carta. Por supuesto, esto es moralmente reprobable y así lo ha declarado la Iglesia.
Dios bendiga tu familia y todas las familias de los pacientes en grave condición.

ES PECADO HACERSE TATUAJES O PONERSE PIERCINGS?

Es pecado hacerse tatuajes o ponerse piercings?
Un cristiano católico debe reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo


Por: P. Modesto Lule msp | Fuente: ModestoLule.com 



El tatuaje no es una práctica moderna. En Egipto y Libia se han encontrado momias con tatuajes que datan de cientos de años antes de Cristo, y lo mismo ha sucedido en Sudamérica. Muchas de las imágenes que dichas momias tienen grabadas están directamente relacionadas con la adoración de dioses paganos. El investigador Steve Gilbert señala: “El tatuaje no abstracto más antiguo que se conoce representa a Bes, que según la mitología egipcia es la lasciva deidad de la diversión”. Los adoradores paganos, como por ejemplo los egipcios, se tatuaban los nombres o los símbolos de sus dioses en el pecho o en los brazos. Ante estos casos en el pasado algunos me preguntan:¿Es pecado hacerse tatuajes?
En la Biblia, en el Antiguo Testamento, Dios prohibía a su pueblo hacerse tatuajes: «No se hagan heridas en el cuerpo por causa de un muerto. No se hagan ninguna clase de tatuaje. Yo soy el Señor». (Lev. 19, 28) También podemos decir que prohibía hacerse heridas: «Ustedes son los hijos del Señor su Dios. No se hagan heridas en el cuerpo». (Deut. 14, 1) Con estos versículos podemos preguntarnos si es pecado ponerse aretes en el cuerpo de forma exagerada o hacerse cortes en la piel con la mera intención de llamar la atención. Pero antes de responder si es pecado o no, analicemos un poco más estos casos.
El tatuaje fue redescubierto por los europeos cuando entraron en contacto con los indios americanos y polinesios en la época de las grandes exploraciones. La misma palabra tatuaje (tattoo) fue introducida en la lengua inglesa y en otras europeas provenientes de Tahiti, donde fue recogido por la expedición de James Cook en 1769. Con el paso del tiempo y el aumento de personas tatuadas, tanto Indios y polinesios, y más tarde europeos en el extranjero, atrajeron mucho interés en exhibiciones, ferias y circos de Europa y Estados Unidos, durante los siglos XVIII y XIX.
El primer implemento eléctrico para tatuar fue patentado en los Estados Unidos en 1891. Los Estados Unidos se convirtieron en un centro de influencia en tatuajes. Y no es algo solamente de aquel tiempo, consideramos que en la actualidad siguen con el mismo perfil.
Ante la pregunta de si es pecado tatuarse o ponerse aretes por todas partes, respondemos que no es pecado. Nadie hasta el momento me ha llegado confesando ese pecado. Pero un cristiano católico debe reflexionar las cosas antes de llevarlas a cabo. En este caso se deben considerar algunas cosas, como por ejemplo la salud. Deben tener en cuenta que pueden contagiarse de enfermedades como el SIDA y el Hepatitis C. Esta última fue la causa por la que en Estados Unidos de Norteamérica prohibieron hacerse tatuajes allá en el 1961 por el brote de esta enfermedad propagada por la poca higiene al hacerse los tatuajes. Otra cosa que debe tener en cuenta un cristiano, es que no debemos marcarnos con imágenes que ofendan a los demás ni con aquello que contradiga nuestra religión. Muchos pueden decirse católicos y marcarse con imágenes de mujeres semidesnudas o con consignas groseras, satánicas y todo aquello que ofende la religión. El otro motivo es el verse impedidos por cierto tiempo de donar sangre. Muchas veces donando sangre podemos salvar una vida pero al estar tatuados nos vemos imposibilitados para esto ya sea por la contaminación que al tinta provoca en la sangre o también por contagiarse de alguna enfermedad.


Una de las cosas muy personales por las cuales yo les cuestionaría sería: ¿por qué te quieres tatuar? ¿Es vanidad? ¿Cuánto vas a gastar en dicho tatuaje, ese dinero no lo puedes usar para algo más productivo? O ¿quieres llamar la atención de otros? Porque al final, eso a mi modo de ver, sería la única intención de hacerse un tatuaje: Sólo por llamar la atención de otros. La persona no se siente contenta con su cuerpo, con su imagen y busca ponerse algo para sentirse realizado. Pareciera ser que no somos felices con lo que somos o tenemos. Pareciera ser entonces que no nos sentimos amados por los demás, nos sentimos rechazados. Creo que debemos analizar muy bien las cosas antes de hacerlas. Como cristiano católico debemos buscar vivir nuestra religión en todos los aspectos, y recordar que nuestro cuerpo es un regalo de Dios y corresponde cuidarlo y amarlo, no maltratarlo.
En la Biblia encontramos: «¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes?Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo». (1 Cor. 6, 19-20)
Dios nos ama con tatuajes o sin tatuajes, eso no se duda. Pero tratemos de reflexionar nuestras acciones antes de hacerlas para que siempre por medio de ellas demos un buen testimonio del nombre cristiano. No solamente con la predicación se anuncia a Cristo, también con nuestras actitudes damos razón del Evangelio. Que de hoy en adelante tus actitudes correspondan siempre a la de un hijo de Dios. Si ya tienes tatuajes, pues no hay más que cargarlos, pero si no tienes, mejor piensa bien las cosas. No recomiendes a otros a hacerlos. Hazles reflexionar para que no lo hagan.

ANTE EL AVANCE DE LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO

Ante el avance de la ideología de género
Ante este tema nuestra sociedad sufre de algo muy profundo y concreto: complicidad


Por: Fray Nelson Medina OP | Fuente: Infocatolica.com 



Una frase citada con frecuencia, en distintas variantes, reza así: “Ya no me extraña la maldad de los malos sino la indiferencia de los buenos.” La tesis principal de las líneas que siguen es que nuestra sociedad, de raíces cristianas, no sufre de simple indiferencia sino de algo más profundo y también más concreto: complicidad.

Detrás del muro de silencio cómplice frente a tantos abusos contra la familia y contra la fe católica no hay gente distraída, simplemente, sino gente que considera con firme convicción que hay lazos que les unen con aquellos que asaltan capillas, izan banderas arcoiris o blasfeman con rabia y cinismo. Mientras no tengamos claro qué es lo que tanta gente encuentra en común con esos extremistas seguiremos haciendo marchas que los medios de comunicación ignoran y clamando en vano ante los tribunales. En efecto, una proporción inmensa de nuestros jueces han perdido todo contacto con la ley natural y por eso, en últimas, sus fallos son opciones políticas: ellos no se sienten capaces de batallar contra la marea de la opinión dominante.

Así pues, ¿qué hay en común entre los extremistas–que pueden parecerposesas enloquecidas, como las FEMEN–y el ciudadano típico, que lleva una vida típica, en una ciudad también normal y típica?

Sucede que hace tiempo se rompieron los canales de comunicación entre el pueblo y sus dirigentes. Hace tiempo el egoísmo se instaló como lenguaje casi único del empleador hacia el obrero, con la consecuencia de que el obrero descubrió, también hace tiempo, que su único lenguaje, el del sindicato, tenía que mirar sólo los intereses egoístas del propio sindicato, así ello destruyera a la propia empresa, y fuera entonces suicidio laboral del mismo sindicato.

Algo semejante puede decirse de otros ámbitos de la sociedad: el anonimato que cunde en tantas parroquias católicas, la corrupción de la clase política, la vida irreal de las estrellas de la farándula, incluso la compra de resultados deportivos en las grandes asociaciones de clubes de fútbol: todo ello espeta al ciudadano de a pie que no vale, que no importa, que sólo existe para pagar impuestos y para ajustar las hojas de cálculo de las empresas transnacionales.

La agresividad ha surgido de ese humus de banalidad civilizada para instalarse como forma única de expresión; su engendro más visible y su punta de lanza son los extremistas y los antisistema, que, por haber nacido del humus que todos comparten, ya no son vistos como seres monstruosos sino como “vanguardia” de una especie de movimiento anónimo y omnipresente que reivindica a su modo lo que un día se supone que serán bienes por todos compartidos. O por lo menos ese es el mito que, en mi opinión, sirve de conexión entre los más violentos activistas y los más serenos inquilinos de la clase media de cualquiera de nuestros pueblos, campos o ciudades.

En el fondo es la misma lógica que uno encuentra en el terrorismo.

¿Quieren “inmolarse” con un chaleco de bombas todos y cada uno de los palestinos? Seguramente que no. Pero muchos, muchísimos, piensan que quienes sí se inmolan están empujando hacia adelante una causa que

  1. está justificada;
  2. se impondrá tarde o temprano; y
  3. no se va a conseguir de otro modo.
Si este análisis es correcto, ello explica la actitud que, repito, no es de indiferencia, sino de auténtica complicidad.Como la que muchos palestinos pueden sentir al saber que alguno se ha “inmolado” llevándose por delante a docenas de “sionistas.”

La complicidad surge, entonces, de un doble acto mental: por una parte, minimizar la aberración ética del extremista (ya que se supone que no hay otro modo de lograr que las cosas cambien), y por otra parte, compartir algo de la “causa” que el terrorista, agresor o extremista predica y practica.

Cabe entonces preguntar cuál es esa “causa” que resulta tan preciada por el común de tantas personas, en el caso de la demolición de la familia tradicional o en el caso del ataque frontal y enloquecido contra la Iglesia Católica.

Esa “causa” es un cóctel envenenado que combina casi todos los “ismos” que Usted puede haber oído en tiempos recientes: individualismo, hedonismo, materialismo, relativismo, subjetivismo… Semejante revoltura ha sido refinada una y otra vez, desde la Ilustración y la Revolución Francesa, pasando por la Modernidad y el positivismo, hasta llegar al existencialismo ateo y la llamada postmodernidad.

Es una bebida ya muy sofisticada, capaz de deleitar los paladares de millones de individuos, que pagan con gusto el precio de beberla: ese precio es el olvido de Dios(reducido a estorbo para el despliegue de la libertad del súper-hombre) y el olvido del prójimo, que queda reducido a enemigo, herramienta, juguete o cómplice. Recluido en su mismidad asfixiante, prisionero de su sed, que presiente insaciable, obligado a llamar “su libertad” a la prisión que labraron miedos y codicias, el hombre postmoderno sólo tiene claro que quiere reinar, sea como sea, y por encima de quien sea.

De ahí el odio a la Iglesia.

La Iglesia, la Católica por supuesto, es la suma de todo lo que se opone a los “ismos” que como legión de demonios poseen con furia el corazón del hombre contemporáneo. Por eso a la Iglesia no se le puede escuchar, ni razonar con ella, ni darle espacio en la plaza pública, ni reconocerle ningún bien. La Iglesia es el enemigo, y según el salvaje refrán español: “Al enemigo, ni agua.”

Así como se oye: debajo de la aparente serenidad de muchos de nuestros conciudadanos hay espesas miasmas de frustración y de odio. Es una consecuencia del ideal fundamentalmente pagano que ha quedado sembrado en sus corazones, ahora repletos de los “ismos.” Para quien no tiene trascendencia, para quien desespera de la verdad objetiva, para quien su vida es tan libre como un garabato que nadie querrá leer jamás, ¿qué queda? ¿Qué acompaña al “yo” desocupado de toda fe, toda esperanza y toda verdadera caridad? Lo único que realmente le queda a ese “yo,” tan mutilado como altanero, es su sexo, su potecia y deleite sexual. En la efímera explosión de un placer que quiere llamar completa y absolutamente suyo–según le exige su subjetivismo agobiante–el hombre postmoderno imagina, en un relámpago de endorfinas, que todavía está vivo.

Por eso la identidad sexual se convierte en el reemplazo de todo, o casi todo: es el mendrugo de cielo, es el simulacro de la compañía, es el placebo ante la angustia, es una mentira capaz de embriagar, es una libertad grosera y blasfema, como enseñó Voltaire que tenía que ser la libertad.

El “yo” postmoderno, ateo no por reflexión sino por hastío, materialista no por convicción sino por refugio, subjetivista no por elección sino por ignorancia, relativista no por análisis sino por pereza, ese “yo” grita que tiene sexo. Su grito se vuelve graffiti pornográfico, blasfemia contra el Rosario, aborto simulado a las puertas de la catedral de Tucumán, publicidad asquerosa de niñas con pene en España. Y el eco de su rugido arroja algo de consuelo a los postmodernos exiliados, embriagándolos con el engaño de que todavía podrían así vencer a la Nada; es decir, aplazar el suicidio, que será debidamente “asistido” después de haberlo pagado en su integridad.

El sexo como reemplazo de todo: hasta ahí hemos llegado. Y por lo mismo, quien se atreva a resistir, quien no doble la rodilla ante el gran baal de nuestro tiempo es tratado como hereje, y así debidamente castigado. Los feligreses de este baal, regados por las avenidas, parques y centros comerciales son los miles de ojos de la Bestia, que no soporta disenso y que sueña que tiene por fin su Babilonia, o su Sodoma rediviva.

Por eso hay complicidad; por eso los jueces pueden en tantos lugares prevaricar contra la Iglesia, a sabiendas de que nada les va a pasar; por eso los diputados pueden destrozar la familia, pues bien conocen que si la víctima se lleva en pedazos al altar de baal nadie se quejará; por eso las productoras de cine se descaran y venden a puñados sodomía y perversión, con la certeza de que el dinero que invirtieron en la producción de sus bodrios al final se recuperará con creces. Tiempos duros nos han tocado.

Pero no tiempos imposibles. Nada toma por sorpresa a Dios. Nada.

El camino será el de siempre: catacumbas que acogen comunidades compactas en la oración, la fraternidad y la sólida enseñanza. Mártires aquí y allá; dolorosas defecciones y traiciones en diversos sitios, incluso por parte de clérigos; dudas del tamaño de cataclismos y catástrofes de mayor tamaño que nuestros miedos. Y al final, un nuevo renacer. Y nuevos santos; incluso nuevos modelos de santidad. O tal vez el retorno de Cristo, aunque yo no diría que vaya a ser tan pronto. Sólo Dios lo sabe.

SOY BUEN CRISTIANO?

¿Soy un buen cristiano?
5 preguntas que puedes hacerte si te crees muy bueno


Por: Kristina Hjelkrem | Fuente: Catholic-link.com 



Parece fácil ser cristiano; no matarás, no mentirás, no robarás y tienes el cielo ganado.
Los 10 mandamientos nos los enseñan desde que somos pequeños (al prepararrnos para la primera comunión) y desde entonces intentamos cumplir con ellos para ser las buenas personas que queremos ser. La verdad es que querer ser buena persona es un gran comienzo, y querer cumplir con los mandamientos aún más.
Recordando el pasaje del joven rico, cuando este va al encuentro del Señor y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, Jesús le responde “Tú sabes los mandamientos: ‘no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”». A primera vista parece que lo estamos haciendo bien.
Traduciendo ese pasaje a nuestra vida, no solo se trata de atender a los 10 mandamientos –que a veces pueden sonar un poco arcaicos– («no codiciarás a la mujer de tu prójimo»), sino que se trata de cumplir con los deberes de tu estado (tu situación cotidiana actual). Por ejemplo, si soy estudiante de la universidad y contextualizo dichos mandamientos a mi día a día: voy a misa los domingos, separo un espacio para mi oración, hablo con mis padres regularmente y nunca les alzo la voz; intento (al menos intento), no hablar mal de nadie y hago mis deberes de forma diligente.
Ahora bien, ¿y si siempre he sido una persona responsable y virtuosa?, ¿si como el joven rico todo esto lo he cumplido bien? ¿Ahora qué?, ¿ya soy buena? No debemos olvidar que a la pregunta del joven el Señor también le responde: «¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios».


La mayor tentación de un cristiano comprometido con su fe está en que podemos llegar a creernos buenos. Creer que hemos hecho suficiente. Entender la vida cristiana como un catálogo de reglas que tenemos que cumplir para «ser bueno» es un error que conlleva una profunda tristeza. Quien se gana el cielo y quien vive con esa alegría en la tierra, no es la persona que concibe la vida como un continuo poner vistos en una to-do-list. Claro está que cumplir con los mandamientos es necesario (no me malinterpreten) pero esto no es suficiente para ser llenar el corazón del hombre.
Entonces, ¿cómo se es santo y se gana el cielo?
El joven rico se pregunta lo mismo y le dice al Señor : «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud” a lo que Jesús responde “Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y Me sigues».
¿Cómo entender estas palabras tan exigentes del Señor en nuestra día a día? Estas 5 preguntas te pueden ayudar:

1. ¿Me he puesto hoy al servicio de los demás?

El Señor nos invita a vivir nuestra vida desde una perspectiva distinta, la de dejar todo a los demás por Él, por amor.
Ese «vende todo lo que tienes» hoy en día es una forma de vaciar el corazón de prejuicios contra los demás, de dar demasiada importancia a las apariencias, de preocuparse excesivamente de uno mismo; y de darle la oportunidad de llenarse de Cristo.
Un amor que «da a los pobres» es aquel que se entrega por completo a los demás para vivir con una apertura radical a los demás. Ya lo decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras», ¡y no se equivoca! El amor es el auténtico fin del hombre y lo único que puede colmar su corazón con anhelos de eternidad.

2. ¿He buscado hoy ser instrumento de Dios para que los demás le conozcan?

Como hemos dicho arriba, no se trata solo de ser buenos. El«nuevo» mandamiento del amor renueva la vivencia de las enseñanzas que Dios nos ha dejado (cumplir con los mandamientos) de manera que engrandece la vida del hombre al no dejarla circunscrita a la constatación de «buenas obras», a conformarse con «ser bueno», sino que lo lleva a ilusionarse con «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48), perfectos en el amor. Y este amor, para que sea perfecto, es expansivo, busca siempre transmitirse a los demás.

3. ¿He procurado cuidar algún momento de oración hoy para poder encontrarme con Dios?

Sin oración no somos nada. Para subir un poco más arriba del escalón de «ser buenos», necesitamos de la gracia. Nadie puede ser santo por sus propios medios.
«Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: “conviene orar perseverantemente y no desfallecer”. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (San José María Escrivá).

4. ¿He sido agradecido hoy con Dios por todo lo que me ha regalado?

Una de las condiciones más importantes para la santidad es el agradecimiento. Todo lo bueno que tenemos proviene de Dios y es a Él a quien primero debemos agradecer. Vivir en un constante agradecimiento nos ayuda a crecer en la humildad y la alegría.
«El saber agradecer a los hermanos es signo de que se tiene un corazón agradecido para con Dios nuestro Señor y un corazón agradecido es siempre fuente de gracia» (Papa Francisco).

5. ¿He sabido hoy apreciar lo que los demás han hecho por mí?

No solo se trata de ser agradecidos con Dios, es bueno tambien serlo con los demás. Ir más allá de «ser buenos» implica ese ponernos siempre en disposición, en apertura hacia los otros, y esto no se trata solo de servirlos, se trata también de buscar valorar al otro por quién es, aprender a ver en cada persona una oportunidad para vivir el encuentro, la alegría y el agradecimiento.
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